Leyendas negras de la Iglesia



Descargar 0.57 Mb.
Página12/14
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño0.57 Mb.
Vistas422
Descargas0
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

En efecto, creemos que, tras la rendición de Iraq, nadie se conmovió viendo a emires y cortesanos abandonar, con sus gruesos anillos y relojes de oro macizo, el lujoso hotel de Arabia Saudí utilizado como «sede del gobierno en el exilio» para regresar a Kuwait City con un cortejo de Rolls Royce. Por otro lado, Kuwait era famoso (y criticado) en el mundo por su fuerte rechazo a compartir con los «hermanos musulmanes» la increíble riqueza producida por el petróleo. Alguna que otra dádiva, como la efectuada para la construcción de la mezquita de Roma, no anulaba en modo alguno la fama de avaricia egoísta. ¿Se había enviado a la juventud de Occidente a sufrir y a arriesgar la vida por amor a estos sátrapas mimados?

Por supuesto, el petróleo explica algunas cosas. Estados Unidos e Inglaterra, los líderes de la coalición pro Kuwait, poseen en sus respectivos territorios pozos suficientes como para llegar a la autosuficiencia. Pero el pequeño país del golfo Pérsico no interesa tanto por ser proveedor de crudo como por su enorme concentración financiera: de sus miles de millones de dólares (de los que sólo una pequeña parte se consigue invertir en el propio país) dependen increíbles intereses con sede en las bolsas de Londres y Nueva York. Estados Unidos (y, en parte también Gran Bretaña) tienen además una deuda pública alarmante apuntalada con los medios financieros que obtienen sin esfuerzo los magnates kuwaitíes de esos novecientos pozos que los iraquíes han incendiado por el camino.

Probablemente, la cruzada internacional proclamada por Estados Unidos, con la cobertura de la ONU, a favor de aquel remoto arenal es uno de los poquísimos casos en los que el tosco esquematismo marxista (la guerra como medio de defensa y ofensa del capitalismo) se ha acercado en cierto punto a la realidad. Pero tampoco aquí, como de costumbre, puede explicarlo todo la economía. En esta guerra ha habido «algo» más. Ese «algo» que se esconde detrás del «Nuevo Orden Mundial» del que tantas veces habló el presidente norteamericano Bush, al igual que el líder británico y el presidente francés.

¿No parecería demasiado excesivo sacar a colación un «Nuevo Orden Mundial» para una guerra de trasfondo regional, contra un país cuyo ejército, a pesar de estar armado por rusos y también por occidentales, prácticamente no pudo reaccionar? El balance de víctimas en la coalición occidental fue al final igual a una pequeña parte de los muertos en las carreteras de cualquier fin de semana.

Un principio de explicación puede venir del hecho, recordado explícitamente por el Gran Maestro de la masonería italiana, Di Bernardo, en una entrevista publicada en La Stampa en marzo de 1990. Al igual que casi todos sus predecesores desde los tiempos de George Washington, George Bush es desde siempre un seguidor de las logias. Es más, posee «un grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Asmitido». O sea, ocupa el grado más alto de la pirámide de los «Hermanos». El Dios tantas veces invocado por el presidente, antes, durante y después de la guerra es, sin la menor duda — según la tradición del poder americano, por otro lado—, el Gran Arquitecto, cuya simbología se basa antes en el dólar que en el Dios de Jesucristo.

Éstas son ideas complejas, que han de exponerse con mucha prudencia dado el peligro de caer en el delirio del «ocultismo» esotérico o en la obsesión de quien detrás de la Historia sólo ve el «gran complot» de sociedades secretas. Sin embargo, es cierto que el término «Nuevo Orden Mundial» pertenece desde siempre al vocabulario masónico, es más, representa la meta final de esta orden. Un mundo «nuevo», una humanidad «nueva», una religión «nueva», sincretista y, por consiguiente, tolerante y universal que se alzará sobre las ruinas de los credos «dogmáticos», los grandes enemigos contra los cuales combate el «humanismo» masónico desde 1717.

El cristianismo y el islamismo son los «grandes enemigos». El primero, al menos en su versión protestante, hace tiempo que además de capitular se unió sin rodeos a la lucha de las logias: la presencia de los grandes dignatarios anglicanos (seguidos luego por los de otras confesiones) es constante desde los inicios de la masonería. Algo similar ocurrió en la ortodoxia oriental, cerrada en parte sobre su arqueologismo y, al nivel de las altas jerarquías, en parte también convertidas al Gran Arquitecto. Es un dato cierto, por ejemplo, que el difunto y prestigioso patriarca de Constantinopla, Atenágoras, perteneció a las logias. Respecto al catolicismo, es muy evidente la actual conversión de al menos una parte de la intelligentsia clerical de Occidente a un «humanismo» entreverado de sincretismo, defendido en nombre de la «tolerancia».

El islamismo permanece como un resistente baluarte, enrocado en la defensa del «dogmatismo» religioso. Como ya se dijo: «El único grave y, por el momento, insuperable obstáculo para el Nuevo Orden, para el Gobierno Mundial masónico lo constituye el islam: aunque las altas cúpulas de esos pueblos también estén infiltradas, las masas musulmanas no están dispuestas a aceptar una ley que no sea la del Corán y un poder político basado en un "Dios" impreciso y no en el Alá del que habló Mahoma. Si tiene que haber un gobierno mundial, el islam no está dispuesto a aceptar ninguno que no lleve el sello del Corán y sus mandamientos.»

¿Es éste, pues, el significado providencial (que sólo ahora empieza a quedarnos claro) de la aparición y la persistencia del islam? ¿Tal vez se encuentra en su oposición radical a un mundo unificado por la economía occidental y por un vago espiritualismo basado en una divinidad desvinculada de cualquier verdad revelada, y que por eso pone a todos de acuerdo? ¿Son aquellos que quieren seguir creyendo en el monoteísmo revelado por las Santas Escrituras semíticas y no en el que subyace en la Carta de la ONU los que, al constituir un verdadero obstáculo para el programa masónico, cumplen así el papel establecido ab aeterno por la Providencia?

No hay que olvidar, para seguir con el Golfo, la campaña de odio y difamación desarrollada en Occidente contra la teocracia del Irán de Jomeini: precisamente, para destruir este régimen fue por lo que Estados Unidos armó a Iraq, al que ahora combaten para premiarlo por su espíritu «laico», o, más aún, «agnóstico». Y puede que el conocimiento de todo este entramado explique la tenaz oposición a la guerra de un Papa que, por esta muestra de pacifismo, ha tenido que sufrir la campaña de difamaciones de los líderes «atlánticos» y sus medios de comunicación.

55. ¿Era mejor Torquemada?

Salman Rushdie acaba de lanzar una llamada desesperada que ha aparecido recientemente en las publicaciones más importantes de Occidente. En Italia la ha divulgado Panorama.

Rushdie, como todos saben, es el escritor en lengua inglesa de origen indio y musulmán al que el ayatolá y déspota iraní Jomeini hizo condenar a muerte en contumacia por un libro que se juzgó irreverente con Mahoma.

Superando los conflictos y divisiones teológicas, la práctica totalidad del mundo musulmán aprobó la «sentencia» del líder político-religioso de Irán.

En todos los países en los que había seguidores del islam se elevó un grito unánime: «¡Matad al blasfemo!» También en Londres y otras capitales europeas se produjeron manifestaciones de grupos de inmigrantes musulmanes que pedían la cabeza de Rushdie.

Con el fin de reforzar la creencia de que la eliminación del escritor blasfemo era un firme deber religioso de todo buen islámico, el gobierno iraní ha ofrecido como un motivo de aliento añadido una elevada cifra de dinero destinada a aquel fiel que triunfe en el intento. Gracias a suscripciones populares la «recompensa» ha aumentado muchísimo, de tal modo que quien hoy lograra matar a Rushdie habría solucionado todos sus problemas económicos y los de sus descendientes.

Si hasta ahora el condenado ha logrado escapar a un trágico final se lo debe al gobierno británico, que lo ha mantenido oculto trasladándolo de una localidad secreta a otra, poniéndolo bajo la custodia de los mejores comandos antiterroristas. En cambio, traductores y editores de la obra han sufrido durante ese tiempo diversos atentados.

Después de los más de tres años de esta no vida, Rushdie ha escrito la llamada a la que aludíamos. Dice que ya no puede más, que lo ha intentado todo para obtener el «perdón» de sus hermanos de fe habiendo tropezado siempre con respuestas feroces y con la advertencia de que ofender la reputación del Profeta es un pecado imperdonable en esta vida e inexpiable en el más allá.

También ha sido inútil su afirmación de ser un buen practicante, de haber sido incomprendido y de querer disculparse si no había llegado a hacerse entender.

Ahora Rushdie declara que ha perdido toda esperanza y que ve con resignación que «"musulmán" se está convirtiendo en una palabra aterradora». Por otro lado, dice que el Islam «no ha logrado crear en ningún lugar de la tierra una sociedad libre y no me permitirá de ningún modo que yo favorezca el advenimiento de ese tipo de comunidad». Menciona a un notable musulmán a quien se había dirigido para suplicar su mediación: «Me respondió con orgullo que, mientras él hablaba por teléfono, su esposa le cortaba las uñas de los pies, y me sugirió que encontrara una esposa así, obediente y humilde como desea ese Corán al que yo habría despreciado.»

Rushdie concluye diciendo que lo que, a semejanza del difunto «Socialismo Real», denomina «el Islam Realmente Existente», «ha hecho un dios de su Profeta, ha sustituido una religión sin sacerdotes con un cargamento de sacerdotes, hace de la adhesión a la letra del texto un arma y de la interpretación un crimen: por lo tanto, nunca permitirá que sobreviva una persona como yo».

Cometería un error quien se encogiera de hombros diciendo: «Son asuntos de ellos. Que se arreglen entre musulmanes.» Se equivocaría, además, porque acaba de llegar una pésima noticia a la que, al menos en Italia, nadie ha prestado atención. En París se ha dictado otra sentencia de muerte que, por primera vez, afecta a un escritor no islámico. Es más, se trata de un ensayista católico conocido y apreciado también entre nosotros y, por añadidura, en los ambientes «progresistas», esos que teorizan sobre la necesidad de «dialogar» siempre y en todas partes.

El condenado se llama Jean-Claude Barreau, y su última obra se titula De l'Islam en général et du monde moderne en particulier («Del Islam en general y del mundo moderno en particular»). Las predicciones del católico «progresista» Barreau a favor de una apertura del islamismo a una sociedad pluralista y democrática han agradado tan poco a la enorme y siempre en aumento masa de inmigrantes musulmanes en Francia (en la actualidad más de tres millones) como para inducir a la decisión de asesinar al incauto. Como informa la prensa francesa, Barreau ha tenido que mantenerse en la clandestinidad al igual que Rushdie. Los edificios en los que reside están vigilados día y noche por la policía armada y no puede moverse sin llevar escolta.

Es una señal inquietante de lo que nos espera. Así, esa intelligentsia que combate el cristianismo desde hace más de dos siglos en nombre de la libertad de expresión, conocerá los beneficios de tener que expresarse bajo la continua amenaza de muerte decretada por la Umma, la comunidad islámica.

Recalcaremos que la condena, a diferencia de las de la Inquisición, la sentencia un tribunal anónimo e inapelable que no contempla ninguna posibilidad de perdón o, al menos, de expiación incruenta. Como profetizaba Léon Bloy a principios de este siglo, ¿llegará el tiempo en que echaremos de menos a Torquemada?

56. Intolerantes

A propósito de intolerancia (siempre «católica», por definición) esto es lo que dice en su obra Arnold Toynbee, el gran historiador inglés de confesión anglicana, fallecido en 1975: «Todavía a principios del siglo XVII, la atmósfera espiritual dominante en Europa hacía imposible estudiar en un país si no se era practicante del cristianismo en la forma oficialmente admitida en aquel lugar: católica, protestante u ortodoxa. La Universidad de Padua, que operaba bajo la protección de la república de Venecia, fue la única excepción en Occidente al ofrecer la posibilidad de acceder a ella también a estudiantes ajenos a la confesión del lugar, la católica. En Padua estudiaron Harvey, el descubridor de la circulación de la sangre, que era inglés y protestante, y Alessandro Mavrogordato, de confesión ortodoxa y autor de un tratado sobre el descubrimiento efectuado por Harvey, antes de entrar al servicio del Imperio otomano. El liberalismo del ateneo paduano fue un caso excepcional. La Universidad de Oxford, por ejemplo, hasta 1871 seguía exigiendo la declaración de aceptación de los Treinta y Nueve Artículos de la profesión de fe de la Iglesia episcopal de Inglaterra a todos los candidatos a un título.»

Otro caso en el que los lugares comunes no soportan la prueba de la «verdadera» historia.

57. Gobernar a los hombres

Ya que tanto se discute acerca de las reformas institucionales, sobre el indispensable cambio de sistema, puede ser interesante no perder de vista la perspectiva católica.

Es sabido que los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, si bien divididos, mezclados y entrelazados de modos diversos: la monarquía, la aristocracia y la democracia.

La Iglesia siempre ha llamado a no preferir en abstracto a ninguno de estos modelos así como a no excluir tampoco a ninguno de ellos: la elección depende de los tiempos, de la historia y de la idiosincrasia de los diversos pueblos. Así, si los últimos papas (pero empezando sólo desde Pío XII con el mensaje radiado la Navidad de 1944, cuya difusión fue prohibida, y no por casualidad, en Alemania y en la República de Saló) parecían preferir para el Occidente contemporáneo el sistema representativo parlamentario, se han guardado mucho por otro lado de hacer de ello una especie de dogma, como si fuese el único aceptable para un católico. Sencillamente, lo han considerado el más oportuno en estos tiempos para dichos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no debe arrepentirse ni pedir disculpas por haber mantenido a sus capellanes en las cortes de los reyes del Antiguo Régimen o por haber considerado una Res publica christiana (pese a ciertas discusiones, pero no por causa del sistema de gobierno) a la de Venecia, que representa el sistema más ilustre de régimen aristocrático.

En aquellos tiempos, en aquellos lugares, con aquellas historias y temperamentos era lo que convenía. Y, sobre todo, se trataba de autoridades legítimas para las que regía el severo mandamiento del Apóstol: «Que todos estén sometidos a las autoridades constituidas; ya que no hay más autoridad que la de Dios y las que existen son establecidas por Dios. Así, quien se opone a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Y quienes se opongan atraerán sobre sí la condena... Es necesario estar sometidos, no sólo por temor al castigo sino también por razones de conciencia... Dad a cada uno lo que le corresponde: a quien corresponda tributo, tributo; a quien temor, temor; a quien respeto, respeto...» (Rom. 13, 1s, 5, 7).

Desde el momento en que la Iglesia no puede hacer «lo que le sale de la cabeza», no pudiendo «inventarse» una Revelación según la moda y las exigencias siempre cambiantes porque es esclava de la Palabra de Dios (tanto si ésta gusta como si no), el comportamiento «católico» específico ante los diferentes sistemas de gobierno debería juzgarse a la luz de este párrafo de Pablo y de otros del mismo tenor repartidos por el Nuevo Testamento. Entre ellos se encuentra la Primera carta de Pedro (2, 7), esa exhortación que es casi una síntesis, tan breve como eficaz, de la praxis cristiana: «Amad a todo el mundo, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey.»

Ante estas citas y ante muchísimas otras que podrían exponerse, el problema no es achacable a la Iglesia «oficial», acusada por efecto de su historia de «asimilación al poder», o de «obsequiosidad con los gobiernos, sin importar el carácter de éstos». El problema se invierte para convertirse en el de los «contestatarios», los «revolucionarios» que, no obstante, afirmaban —y en algunos casos todavía lo hacen— inspirarse en las Escrituras para llevar a cabo su lucha política, cuando éstas dicen justo lo contrario.

No se cuestiona, pues, la legitimidad «cristiana» del jesuita del siglo XVII, por poner un ejemplo, consejero del rey en Versalles; en todo caso, la del sacerdote guerrillero o el catequista revolucionario. Puede parecer desagradable pero es necesario atenerse, si se desea hacerlo, a la Palabra de Dios; o si no, inventarse otra acorde con la propia ideología.

El pensamiento católico, pues, no ha hecho un absoluto de ninguna forma política, como en la actualidad (tras despertarnos del sometimiento al «rojo» y de la borrachera «comunitaria») corremos el riesgo de hacer con el sistema democrático-liberal-capitalista que celebra inquietantes triunfos en su patria, los Estados Unidos de América.

El pensamiento católico siempre ha tenido en cuenta que todos los regímenes —hasta el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría— luego lo encarnan hombres a los que el pecado original ha legado una mezcla de valor y cobardía, de altruismo y egoísmo, de grandeza y de miseria.

Así pues, a lo largo de los siglos el esfuerzo de los hombres de la Iglesia se ha decantado menos por el perfeccionamiento de las estructuras y más por el de los hombres. Más que aspirar en abstracto a un «buen gobierno», ha intentado contribuir a formar «buenos gobernantes». La mejor estructura sociopolítica derivada de la teoría puede llegar a convertirse en una pesadilla si la dirigen hombres indignos.

El cristianismo no es un asunto de ideólogos iluministas que se encierran en sus aposentos o en las charlas de salón o de convenciones con el fin de elaborar proyectos para «el mejor de los mundos posibles». El creyente debe sustituir aquel aroma de muerte de los principios teóricos por la realidad de la vida, el pragmatismo de la relación que no se encuentra en las estructuras anónimas sino en las personas, en su contradictoria amalgama de humanidad. La política no se redime con los «manifiestos», todo lo más redimiendo a los políticos y «purificando el corazón» del pueblo que los lleva al gobierno y los apoya.

Bajo este punto de vista también se juzgaría el grandioso esfuerzo de las órdenes religiosas, sobre todo de aquellas que surgieron después de la Reforma protestante, cuando se intentaba reconstruir una sociedad desgarrada. Es decir, del esfuerzo de los jesuitas, barnabitas, escolapios y tantos otros para asegurar una formación católica a la clase dirigente.

Solamente una superficialidad de antiguo contestatario puede escandalizarse porque aquellos religiosos parecieran favorecer a los hijos de los ricos, de los poderosos, de quienes «cuentan» (sin olvidar que los hijos de la gente pobre en modo alguno quedaron abandonados a su suerte, ya que junto a los «colegios para nobles» de jesuitas o barnabitas siempre surgieron colegios, oratorios o talleres para los abandonados). Quien se escandalice no comprende el punto de vista que debería adoptar el creyente: el prius no es la lucha para cambiar el sistema de gobierno en abstracto, que es siempre relativo, imperfecto e insatisfactorio, dado que el bien absoluto no existe en estas materias y lo máximo a lo que puede llegar la política es a limitar los daños. El prius resulta ser el compromiso para colocar en las estructuras de gobierno a buenos gobernantes. Así, formar para el deber, el sentido de la solidaridad, de la justicia y de la moderación a los vástagos de las familias nobles destinados a gestionar los poderes públicos en un futuro era la forma más eficaz de ocuparse también de la suerte del campesino, del obrero y del artesano que habrían podido sufrir los efectos prácticos de ese poder.

Por esta razón no se predicó la revuelta (cuyos resultados ya hemos visto por otro lado; y que, además, estaba descartada en las Escrituras). En cambio, sí se tuvo en consideración que la intervención sobre «los de arriba» mediante la formación evangélica de los políticos y, luego, mediante el mayor grado posible de cristianización de la política, resultaba mucho más social que la llamada a «los de abajo», con la demagogia hacia las masas. Por lo demás, eran siempre conscientes de la relatividad de todas las estructuras terrenales: «Ya que no poseemos aquí abajo una ciudad permanente sino que vamos en busca de una futura» (Hab. 13, 14); «Nuestra patria está en los cielos y allí esperamos a nuestro Señor Jesucristo como salvador» (Flp. 3, 20).

Obviamente, éstos sólo son apuntes sobre asuntos que hasta hace poco el creyente daba por descontados, pero que ahora corren el riesgo de parecer escandalosos. Son apreciaciones que pueden ayudar, de todos modos, a comprender el pasado y a intervenir sobre el presente, con vistas al futuro, sin salirse del sendero de una tradición milenaria.

58. Papas enfermos

El reciente ingreso hospitalario del Papa que nos tiene a todos en vilo ha animado a los periódicos a acumular artículos que informasen sobre la «historia de las enfermedades papales». Guste o no, la ley del periodismo es así: cada uno de los días que nos da el Señor hay que estar en los quioscos con ese excesivo número de páginas disponibles al completo, aunque no haya ocurrido nada para justificar su salida. Así, algunos colegas me han telefoneado para hacerme preguntas sobre el «tema del día».

Les he hecho observar que, hasta que la medicina puso a nuestra disposición los medios que conocemos, todos los papas estuvieron «enfermos» de algo, por más que sólo fuera esa enfermedad que (repitiendo el dicho latino) es la vejez misma.

En efecto, la dinastía de los pontífices es la más antigua de la historia que todavía subsiste: la misteriosa cadena iniciada con Simón Pedro, pescador de Cafarnaum, prosigue sin interrupción hasta Karol Wojtyla.

Entre las páginas sobre las que merece la pena detenerse están las que inician el Annuario pontificio, con esa sucesión de más de 270 nombres que avanza a lo largo de los siglos recorriendo toda la historia. Pero es una dinastía completamente anómala porque está compuesta por hombres que están siempre en el umbral de la vejez o son ya ancianos en el momento de su elección. El «oficio» de Papa es el único en el que la juventud se considera un obstáculo insuperable para poder ejercerlo. Numerosos cardenales de valía se han visto excluidos en las votaciones de sus colegas por ser «demasiado jóvenes». De ahí toda la serie de achaques seniles y la importancia del arquíatra pontificio, el médico personal de esos ancianos.

Pero, como señalaba a los colegas que me interrogaban, lo sorprendente es que el cuadro bimilenario de la salud pontificia parece presentar todas las patologías existentes con una sola excepción: la locura.

Que se sepa, no hubo papas locos, o al menos, los posibles desequilibrios psíquicos graves (si se dijeron) no influyeron en su enseñanza. Ni siquiera la arteriosclerosis senil, que sin duda afectaría a algunos de ellos en sus últimos años, provocó delirios perjudiciales para la enseñanza dogmática.

De lo que se deriva para el creyente —les decía— la confirmación de una ayuda especial del Espíritu Santo.

En efecto, la potestad del Papa in spiritualibus es absoluta: la Iglesia ve en él al maestro supremo de la fe. ¿Qué hubiera sucedido si, a causa de alguna enfermedad psíquica, tan sólo uno de estos «vicarios de Cristo» hubiese empezado a dictar algo contrario a la fe católica de la que es inapelable guardián? ¿Qué habría sido de la Iglesia si un Papa hubiese redactado y promulgado documentos oficiales provistos de la autoridad de su sello —porque el derecho eclesiástico le otorgaba todas las facultades— conteniendo deliramenta, herejías, extravagancias, errores dogmáticos o aventurismos teológicos?

Nunca sucedió; y el creyente está seguro de que jamás sucederá. Ha habido papas inmorales, indignos —al menos según nuestras actuales categorías éticas— de su altísimo oficio. Pero, por una paradoja en la que una vez más el punto de vista religioso percibe un enigma de la Providencia, justamente esos pontífices que menos practicaron las exigencias de la fe fueron los más firmes y decididos proclamando la verdad de la misma.




Compartir con tus amigos:
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos