Les chants



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Escuchad los pensamientos de mi infancia, cuando me despertaba, humanos, con la verga roja: «Acabo de despertarme, pero mi pensamiento está todavía en­tumecido. Todas las mañanas siento un peso en la ca­beza. Es raro que halle reposo por la noche, pues unos sueños horrorosos me atormentan en cuanto logro dor­mirme. De día, mi pensamiento se fatiga en medita­ciones estrafalarias, mientras mis ojos vagan al azar por el espacio, y de noche no puedo dormir. ¿Cuándo es preciso entonces que duerma? Sin embargo, la na­turaleza tiene necesidad de reclamar sus derechos. Co­mo la desdeño, ella hace que mi rostro palidezca y mis ojos brillen con la llama agria de la fiebre. Por lo de­más, únicamente deseo agotar mi espíritu en una re­flexión continua, pero, aunque yo no lo quisiera, mis sentimientos consternados me arrastran invenciblemen­te hacia esa pendiente. He advertido que los demás niños son como yo, aunque todavía más pálidos, y sus cejas están fruncidas, como las de los hombres, nues­tros mayores. Oh Creador del universo, no dejaré de ofrecerte esta mañana el incienso de mi oración infan­til. A veces la olvido, y he observado que, esos días me siento más feliz que de ordinario; mi pecho se en­sancha, libre de toda sujeción, y respiro más fácilmente el aire perfumado de los campos; por el contrario, cuando cumplo con el penoso deber, ordenado por mis padres, de dirigirte cotidianamente un cántico de ala­banza, acompañado del tedio inseparable que me cau­sa su laboriosa invención, entonces estoy triste e irri­do todo el día, porque no me parece lógico y natural decir lo que no pienso, y busco el retiro de las inmen­sas soledades. Si les pido la explicación de ese extraño estado de mi alma, no me contestan. Quisiera amarte y adorarte, pero tú eres demasiado poderoso, y hay te­mor en mis himnos. Si con una sola manifestación de tu pensamiento puedes destruir o crear mundo, mis dé­biles oraciones no te serán útiles; si cuando te place en­vías el cólera para devastar las ciudades, o la muerte para llevar en sus garras, sin ninguna distinción, las cuatro edades de la vida, no quiero unirme con un ami­go tan temible. No es que el odio conduzca el hilo de mis pensamientos, sino que tengo miedo, por el con­trario de tu propio odio, que, por una orden capricho­sa, puede salir de tu corazón y.hacerse enorme, como la envergadura del cóndor de los Andes. Tus equívo­cas diversiones no están a mi alcance, y probablemen­te sería yo la primera víctima. Tú eres el Todopodero­so, no te discuto el título, puesto que tú solo tienes de­recho a llevarlo y porque tus deseos, de consecuencias funestas o felices, sólo en ti tienen término. He ahí por qué precisamente me sería doloroso marchar al lado de tu cruel túnica de zafiro, sin ser tu esclavo, aunque pudiendo serlo de un momento a otro. Es verdad que cuando desciendas en ti mismo, para escrutar tu con­ducta soberana, si el fantasma de una injusticia pasa­da, cometida contra esa desgraciada humanidad que siempre te ha obedecido, como tu amiga más fiel, yer­gue ante ti las vértebras inmóviles de una espina dor­sal vengadora, tu ojo huraño deja caer la lágrima ate­rrada del remordimiento tardío, y entonces, con los ca­bellos erizados, tú mismo crees tomar sinceramente la resolución de suspender para siempre, en las malezas de la nada, los juegos inconcebibles de tu imaginación de tigre, que sería grotesca si no fuera lamentable; pe­ro también sé que la constancia no ha clavado en tus huesos, como una médula tenaz, el arpón de su mora­da eterna, y que caes a menudo, tú y tus pensamien­tos, recubiertos por la lepra negra del error, en el lago fúnebre de las sombrías maldiciones. Quiero creer que éstas son inconscientes (aunque por ello no ocultan me­nos su veneno fatal), y que el bien y el mal, unidos los dos, se derraman en saltos impetuosos de tu real pe­cho gangrenado, como el torrente de las rocas, por el encanto secreto de una fuerza ciega; pero nada me sir­ve de prueba. He visto demasiado a menudo tus dien­tes inmundos rechinar de rabia, y tu augusto rostro, recubierto por el musgo de los tiempos, enrojecer co­mo el carbón encendido, a causa de cualquier futili­dad microscópica que los hombres habían cometido, para poder detenerme por más tiempo delante del poste indicador de esa hipótesis bonachona. Todos los días, con las manos unidas, elevaré hacia ti los acentos de mi humilde oración, puesto que es preciso, pero, te lo suplico, que tu providencia no piense en mí, déjame a un lado, como el gusanillo que se arrastra bajo tie­rra. Debes saber que antes preferiría alimentarme con avidez de las plantas marinas de las islas salvajes y des­conocidas, que las olas tropicales arrastran en su seno espumoso en medio de esos parajes, que saber que me observas e introduces en mi conciencia tu sarcástico es­calpelo. Ella acaba de revelarte la totalidad de mis pen­samientos, y espero que tu prudencia aplauda fácilmen­te el buen sentido cuya huella imborrable conservan. Aparte de estas reservas hechas sobre el género de re­laciones más o menos intimas que debo mantener con­tigo, mi boca está dispuesta, en no importa qué hora del día, a exhalar, como un soplo artificial, el raudal de mentiras que tu vanagloria exige severamente de ca­da hombre, desde que nace la aurora azulada, buscan­do la luz en los repliegues de satén del crepúsculo, lo mismo que yo busco la bondad impulsado por el amor al bien. Mis años no son muchos, y, sin embargo, siento ya que la bondad no es más que una ensambladura de sílabas sonoras, pues no la encontré en ninguna parte. Dejas descubrir demasiado tu carácter, y es preciso que lo ocultes con más destreza. Por lo demás, acaso me equivoque y lo hagas a propósito, pues tú sabes mejor que nadie cómo debes conducirte. Los hombres espe­ran hallar su gloria al imitarte; por eso la santa bon­dad no reconoce su tabernáculo en sus ojos feroces: de tal padre, tal hijo. Se piense lo que se piense de tu inteligencia, yo sólo hablo de ella como critico impar­cial. No pido nada más que haber sido introducido al error. No deseo mostrarte el odio que siento por ti y que cultivo con amor, como a un hijo querido, pues vale más ocultarlo a tus ojos y adoptar ante ti solamente el aspecto de un censor severo, encargado de contro­lar tus actos impuros. Dejarás así todo comercio acti­vo con él, lo olvidarás, y destruirás completamente esa chinche ávida que roe tu higado. Prefiero más bien ha­certe oír palabras soñadas y dulces... Sí, tú eres quien ha creado el mundo y todo lo que el encierra. Eres per­fecto. No te falta ninguna virtud. Eres muy poderoso, todo el mundo lo sabe. ¡Que el universo entero ento­ne, a cada hora del tiempo, tu cántico eterno! Los pája­ros te bendicen cuando emprenden su vuelo en el campo. Las estrellas te pertenecen... ¡Así sea!» ¡ Después de estos comienzos, asombraos de encontrarme tal cual soy!
Yo buscaba un alma que se me asemejara, pero no pude encontrarla. Registré todos los rincones de la tie­rra; mi perseverancia fue inútil. Sin embargo, no po­día permanecer solo. Necesitaba a alguien que apro­bara mi carácter, necesitaba a alguien que tuviera las mismas ideas que yo. Era por la mañana, el sol se ele­vó en el horizonte con toda su magnificencia, y he aquí que ante mis ojos apareció también un joven cuya pre­sencia engendraba flores a su paso. Se aproximó a mí y tendiéndome la mano: «He venido hasta ti, que me buscas. Bendigamos este día feliz». Pero yo: «Vete, no te he llamado, no necesito tu amistad...» Era al atardecer, la noche comenzaba a extender la negrura de su velo sobre la naturaleza. Una hermosa mujer, a la que apenas si podía distinguir, extendía también sobre mí su influencia encantadora, y me miraba con compa­sión; sin embargo, no se atrevía a hablarme. Yo dije: «Aproximate para que pueda distinguir claramente los rasgos de tu rostro, pues la luz de las estrellas no basta para iluminarlo a esta distancia. Entonces, con paso lento y los ojos bajos, caminó sobre la hierba del cés­ped, en dirección a mí. Cuando la pude ver: «Ya veo que la bondad y la inteligencia han hecho su residen­cia en tu corazón: no podríamos vivir juntos. Ahora admiras mi belleza, que ha trastornado a más de una, pero tarde o temprano te arrepentirás de haberme con­sagrado tu amor, pues no conoces mi alma. No es que jamás te fuera infiel: a la que se entrega a mí con tanta confianza y abandono, con la misma confianza y aban­dono me entrego yo; pero métete esto en la cabeza y nunca lo olvides: los lobos y los corderos no se miran con buenos ojos». ¡Qué me hacia falta entonces a mí, que rechazaba con tanta aversión lo que existía de más hermoso en la humanidad! Lo que me hacía falta nunca hubiera sabido decirlo. No estaba todavía acostumbra­do a darme cuenta rigurosamente de los fenómenos de mi espíritu por medio de los métodos que recomienda la filosofía. Me senté en una roca, cerca del mar. Un navío acababa de desplegar todas sus velas para ale­jarse del lugar: un punto imperceptible acababa de apa­recer en el horizonte, y se aproximaba poco a poco, impulsado por el viento, agradándose con rapidez. La tempestad iba a comenzar sus ataques, y el cielo se os­curecía, volviéndose de un color negro casi tan horrible como el corazón del hombre. El navío, que era un gran barco de guerra, acababa de echar todas sus anclas, pa­ra no ser barrido hacia las rocas de la costa. El viento silbaba con furor desde los cuatro puntos cardinales, y convertía a las velas en hilachas. Los truenos estalla­ban en medio de los relámpagos, pero no podían so­brepasar al ruido de los lamentos que se oían en la casa sin cimientos, sepulcro móvil. El bamboleo de las masas acuosas no había llegado a romper las cadenas de las anclas, pero sus golpes habían abierto una vía de agua en los flancos del navío. Brecha enorme, pues las bombas no eran suficientes para achicar las espu­mosas masas de agua salada que se abatían sobre el puente. El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. El que no haya visto zozobrar un barco en medio del hu­racán, de la intermitencia de los relámpagos y de la os­curidad más profunda, mientras los que están en él se sienten abrumados por esa desesperación que ya sabéis, ése no conoce los accidentes de la vida. Por último, se escapa un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, mientras el mar redobla sus temi­bles ataques. Es el grito que ha hecho brotar el aban­dono de las fuerzas humanas. Cada uno se envuelve en el manto de la resignación y pone su suerte en las manos de Dios. Se acorralan como un rebaño de bo­rregos. El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. Han hecho funcionar las bombas durante todo el día. Es­fuerzos inútiles. La noche llegó, densa, implacable, pa­ra colmar ese espectáculo gracioso. Cada uno se dice que, una vez en el agua, ya no podrá respirar, pues, por muy lejos que haga regresar a su memoria, no re­conoce a ningún pez como antepasado; pero se exhor­ta a contener la respiración el mayor tiempo posible, a fin de prolongar su vida dos o tres segundos más; es la ironía vengadora que quiere enviar a la muerte... El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. No sabe que el barco, al hundirse, ocasiona una poderosa circun­volución de olas en torno a sí mismas, que el limo ce­nagoso se mezcla con las aguas turbias, y que una fuer­za que viene de abajo, contragolpe de la tempestad que hace sus estragos arriba, imprime al elemento unos mo­vimientos bruscos y nerviosos. Así, a pesar del acopio de sangre fría que previamente ha reunido el futuro ahogado, tras una reflexión más amplia, deberá sen­tirse feliz si prolonga su vida en los torbellinos del abis­mo, la mitad de una respiración normal, a fin de ha­cer un buen cálculo. Le será imposible, pues, burlarse de la muerte, su deseo supremo. El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. Es un error. No dispara ya cañonazos, no zozobra. La cáscara de nuez se hundió por completo. ¡Oh cielo!, ¡cómo se puede vivir después de haber experimentado tantas voluptuosidades! Aca­baba de ser testigo de las agonías mortales de muchos de mis semejantes. Minuto a minuto había seguido las peripecias de sus angustias. A veces, el bramido de al­guna vieja, enloquecida de miedo, prevalecía en aquel mercado. Otras veces, sólo el gemido de un niño de pe­cho impedía oír las órdenes para las maniobras. El bar­co estaba demasiado lejos para percibir distintamente los gemidós que me atraían las ráfagas, pero yo los aproximaba por medio de la voluntad, y la ilusión óp­tica era completa. Cada cuarto de hora, cuando un gol­pe de viento, más fuerte que los demás, entregando sus lúgubres acentos a través del grito de los petreles asus­tados, dislocaba al navío con un crujido longitudinal, y aumentaban los lamentos de aquellos que iban a ser ofrecidos en holocausto a la muerte, yo me hundía en la mejilla la punta aguda de un hierro, y pensaba en mi interior: «¡Sufren aún más!» De esta manera tenía, al menos, un término de comparación. Desde la orilla los apostrofaba, lanzándole imprecaciones y amenazas. Me parecía que debían oírme. Me parecía que mi odio y mis palabras, superando la distancia, anulaban las leyes físicas del sonido, y llegaban, inteligibles, a sus oídos, ensordecidos por los bramidos del océano en­colerizado. Me parecía que debían estar pensando en mi, y exhalaban su venganza con una rabia impoten­te. De vez en cuando, echaba una mirada hacia las ciu­dades, dormidas en tierra firme, y al ver que nadie sos­pechaba que un barco iba a zozobrar a algunas millas de la costa, con una corona de aves de presa y un pe­destal de gigantes acuáticos con el vientre vacío, yo re­cobraba el ánimo y volvía a tener esperanza: ¡estaba seguro de su pérdida! ¡No podrían escapar! Para aumentar la precaución, había ido a buscar mi esco­peta de dos tiros, a fin de que, si algún náúfrago in­tentara alcanzar las rocas a nado, para librarse de una muerte inminente, una bala en el hombro le destroza­ría el brazo, impidiéndole cumplir su intención. En el momento más fúrioso de la tempestad, vi, sobrenadan­do en las aguas, con esfuerzos desesperados, una ca­beza enérgica, con los cabellos erizados. Tragaba litros de agua y se hundía en el abismo, balanceándose co­mo un corcho. Pero en seguida aparecía de nuevo, con los cabellos chorreantes, y, fijando la mirada en la orilla, parecía desafiar a la muerte. Era admirable su san­gre fría. Una ancha herida sangrante, ocasionada por la arista de algún escollo oculto, cruzaba su rostro in­trépido y noble. No debía tener más de dieciséis años, pues a través de los relámpagos que iluminaba la no­che, apenas se notaba un vello de melocotón sobre su labio. Ahora se hallaba a doscientos metros del acan­tilado, y yo lo divisaba fácilmente. ¡Qué coraje! ¡Qué espíritu indomable! ¡ Cómo la estabilidad de su cabeza parecía burlarse del destino, hendiendo con vigor las olas, cuyos surcos se abrían con dificultad ante él!... Lo había decidido con anticipación. Debía mantener­me en mi promesa: la última hora había sonado para todos, nadie debía escapar. Esta era mi resolución, na­da la cambiaría... Se oyó un seco sonido, e inmediata­mente después la cabeza se hundió para no reaparecer más. Esa muerte no me produjo tanto placer como po­dría creerse, precisamente porque estaba ya saciado de matar de continuo, lo que hacía de ahora en adelante por un simple hábito que uno no puede pasar por al­to, pero que sólo procura un goce muy leve. Los senti­dos se embotan, se endurecen. ¿Qué voluptuosidad po­dría sentir con la muerte de este ser humano, cuando había más de un centenar que iban a ofrecerme el es­pectáculo de su última lucha con las olas, una vez hun­dido el navío? Esta muerte no tenía para mí ni siquie­ra el atractivo del peligro, pues la justicia humana, me­cida por el huracán de esta noche espantosa, dormita­ba en las casas, a unos pasos de mí. Hoy que los años pesan sobre mi cuerpo, digo con sinceridad, como una verdad suprema y solemne: yo no era tan cruel como se ha dicho después entre los hombres; pero, a veces, la maldad ejercitaba sus perseverantes estragos duran­te años enteros. Entonces no conocía limites a mi fu­ror, sufría accesos de crueldad, y me volvía terrible para aquel que se acercaba a mi mirada huraña, aunque per­teneciera a mi raza. Si se trataba de un caballo o un perro, los dejaba ir: ¿habéis oído lo que acabo de de­cir? Desgraciadamente, la noche de esa tempestad yo me hallaba en uno de esos accesos, mi razón había vo­lado (pues, de ordinario, yo era tan cruel, aunque mas prudente), y todo lo que en aquella ocasión cayera en mis manos debía perecer; no pretendo excusarme de mis errores. Tampoco toda la culpa es de mis seme­jantes. No hago más que constatar el hecho, en espera del juicio final, que me hace rascar la nuca por antici­pado... Pero, ¡qué me importa el juicio final! Mi ra­zón no vuela nunca, como he dicho para engañaros. Y cuando cometo un crimen, sé lo que hago: ¡no quería hacer otra cosa! De pie sobre la roca, mientras el huracán azotaba mis cabellos y mi manto, yo expiaba extasiado esa fuerza de la tempestad, encarnizándose con un navío, bajo un cielo sin estrellas. Seguí, con ac­titud triunfante, todas las peripecias de ese drama, des­de el instante en que el barco echó anclas hasta el ins­tante en que se hundió, hábito fatal que arrastró hacia las entrañas del mar a todos aquellos a quienes reves­tía como un manto. Pero se acercaba el instante en que yo mismo tenía que mezclarme como actor en aque­llas escenas de la naturaleza trastornada. Cuando el lu­gar donde el barco había sostenido el combate mostró claramente que éste había ido a pasar el resto de sus días en el piso bajo del mar, entonces, una parte de los que habían sido arrastrados por las olas reapare­cieron en la superficie. Disputaban cuerpo a cuerpo, dos a dos, tres a tres; era el medio de no salvar su vi-da, pues sus movimientos se hacían embarazosos y se iban al fondo como cántaros agujereados... ¿Qué es ese ejército de monstruos marinos que hiende las olas raudamente? Son seis, sus aletas son vigorosas, y se abren paso a través de las olas embravecidas. Con to­dos esos seres humanos, que mueven los cuatro miem­bros de ese continente tan poco estable, los tiburones hacen muy pronto una tortilla sin huevos, y se la re­parten de acuerdo con la ley del más fuerte. La sangre se mezcla con las aguas y las aguas se mezclan con la sangre. Sus ojos feroces iluminan suficientemente el es­cenario de la carnicería... Pero, ¿qué es ese tumulto de las aguas, allá lejos, en el horizonte? Se diría una tromba que se acerca. ¡Qué golpes de remo! Percibo lo que es: una enorme hembra de tiburones que viene a tomar parte del pastel de hígado de pato y a comer el cocido frío. Llega furiosa, pues está hambrienta. Se entabla una lucha entre ella y los tiburones entonces, se disputan algunos miembros palpitantes que flotan por aquí y por allá, en silencio, sobre la superficie de la crema roja. A derecha e izquierda, lanza dentella­das que producen heridas mortales. Pero tres tiburo­nes vivos le rodean y ella se ve obligada a girar en to­dos los sentidos para hacer fracasar su maniobra. Con creciente emoción, hasta entonces desconocida, el es­pectador, situado en la orilla, sigue esa batalla naval de nuevo género. Tiene la mirada clavada sobre esa va­lerosa hembra de tiburón, de dientes tan fuertes. No vacila más, se echa la escopeta al hombro, y, con su habitual destreza, aloja la segunda bala en las agallas de un tiburón, en el momento en que se mostraba por encima de una ola. Quedan dos tiburones que dan tes­timonio de un encarnizamiento mayor. Desde lo alto de la roca, el hombre de la saliva salobre se arroja al mar y nada hacia la alfombra agradablemente colorea­da, sosteniendo en la mano ese cuchillo de acero que no le abandona jamás. Desde ahora, cada tiburón tie­ne que habérselas con un enemigo. Avanza hacia su ad­versario cansado, y, sin apresurarse, le hunde en el vien­tre la afilada hoja. La móvil ciudadela se desembara­za fácilmente del último adversario... Se encuentran ca­ra a cara el nadador y la hembra del tiburón salvada por él. Se miran a los ojos durante unos minutos, y cada uno se asombra de encontrar tanta ferocidad en la mirada del otro. Dan vueltas en redondo nadando, sin perderse de vista, diciéndose para sí: «He estado engañado hasta ahora; he aquí uno que me gana en maldad». Entonces, de común acuerdo, entre dos aguas, se deslizaron uno hacia el otro, con mucha ad­miración, la hembra de tiburón separando las aguas con sus aletas, Maldoror agitando las olas con sús brazos, y retuvieron su aliento con una veneración profunda, cada uno deseoso de contemplar, por primera vez, su vivo retrato. Cuando estaban a tres metros de distan­cia, súbitamente, cayeron el uno sobre el otro, como dos amantes, y se abrazaron con dignidad y reconoci­miento, un abrazo tan tierno como el de un hermano o una hermana. Los deseos carnales siguieron de cer­ca a esa demostración de amistad. Dos muslos ner­viosos se unieron estrechamente a la piel viscosa del monstruo como dos sanguijuelas, y con los brazos y las aletas entrelazadas alrededor del cuerpo del objeto amado, al que rodeaban con amor, mientras sus gar­gantas y sus pechos no formaban más que una masa glauca con las exhalaciones de las algas, en medio de la tempestad que continuaba haciendo estragos, a la luz de los relámpagos, teniendo por lecho nupcial las olas espumosas, llevados por una corriente submarina como en una cuna, y rodando sobre sí mismos hacia las profundidades desconocidas del abismo, ¡se unie­ron en una cópula larga, casta y horrible!... ¡Por fin acababa de encontrar a alguien que se asemejara!

¡Desde ahora ya no estaría solo en la vida!... ¡Ella te­nía las mismas ideas que yo!... ¡Estaba frente a mi pri­mer amor!


El Sena arrastra un cuerpo humano. En esas circuns­tancias, adquiere una andadura solemne. El cadáver hinchado se mantiene sobre el agua, desaparece bajo el arco de un puente, para reaparecer de nuevo más le­jos, girando lentamente sobre si mismo, como una rue­da de molino, y hundiéndose a intervalos. El dueño de un barco, con ayuda de una pértiga, lo engancha al pa­sar y lo lleva a tierra. Antes de transportar el cuerpo al depósito de cadáveres, se le deja algún tiempo en la orilla, para intentar hacerle volver a la vida. La multi­tud compacta se reúne alrededor del cuerpo. Los que no pueden ver, por que están detrás, empujan todo lo que pueden a los que están delante. Cada uno se dice: «No soy yo quien se ahogaría». Al muchacho que se ha suicidado se le compadece, se le admira, pero no se le imita. Y, sin embargo, él ha encontrado muy na­tural haberse dado la muerte, al juzgar que no existe nada en la tierra capaz de contentarlo, pues aspira a algo más elevado. Su rostro es distinguido, y rica su vestimenta. ¿Tiene ya diecisiete años? ¡Eso es morir joven! La multitud paralizada continúa con los ojos clavados en él... Está anocheciendo. Cada uno se retí­ra silenciosamente. Nadie se atreve a darle la vuelta al ahogado, para hacerle arrojar el agua que llena su cuer­po. Tienen miedo a pasar por sensibles, y nadie se mue­ve, atrincherado en el cuello de su camisa. Uno se va silbando una absurda canción tirolesa; otro hace res­tallar los dedos como castañuelas... Hostigado por sus sombríos pensamientos, Maldoror, sobre su caballo, pasa cerca del lugar, con la velocidad el relámpago. Per­cibe al ahogado; eso basta. En seguida detiene su cor­cel y echa pie a tierra. Levanta al muchacho sin asco, y le hace expulsar el agua con abundancia. El pensa­miento de que ese cuerpo inerte pudiera volver a vivir bajo su mano, hace que sienta el corazón saltar, y, ba­jo esa excelente impresión, redobla su ánimo. ¡Vanos esfuerzos! Vanos esfuerzos, he dicho, y esa es la ver­dad. El cadáver sigue inerte, y se deja girar en todos los sentidos. Él frota sus sienes, fricciona este o aquel miembro, sopla durante una hora en la boca, apretan­do sus labios contra los labios del desconocido. Por fin le parece sentir bajo su mano, aplicada contra el pe­cho, un ligero latido. ¡El ahogado vive! En ese instan-te supremo no pudo notar que numerosas arrugas de­saparecieron de la frente del caballero y lo rejuvene­cieron diez años. Pero ¡ay!, las arrugas volverán, qui­zás mañana, quizás en seguida, en cuanto se aleje de la orilla del Sena. Mientras tanto, el ahogado abre unos ojos turbios, y, con una sonrisa descolorida, da las gra­cias a su bienhechor; pero todavía está débil y no pue­de hacer ningún movimiento. Salvar la vida a alguien, ¡qué hermoso! ¡Y cómo esta acción redime de las cul­pas! El hombre de labios de bronce, ocupado hasta en­tonces en arrancárselo a la muerte, mira al muchacho con más atención y sus rasgos no le parecen descono­cidos. Piensa que entre el ahogado de rubios cabellos y Holzer, no hay mucha diferencia. ¡Vedlos como se abrazan efusivamente! ¡No importa! El hombre de la pupila de jaspe quiere conservar la apariencia de una actitud severa. Sin decir nada, coloca a su amigo en la grupa, y el corcel se aleja al galope. Oh tú, Holzer, que te creías tan razonable y fuerte, ¿no has visto, en tu propio ejemplo, lo difícil que es, en un acceso de desesperación, conservar esa sangre fría de la que te vanaglorias? Espero que no me causes más semejante disgusto, y yo, p9r mi parte, te prometo no atentar nun­ca contra mi vida.
Hay horas en la vida en que hombre de la cabellera piojosa lanza, con los ojos fijos, miradas salvajes so­bre las membranas verdes del espacio, pues le parece oír ante silos irónicos abucheos de un fantasma. Mueve y baja la cabeza: lo que ha oído es la voz de la con­ciencia. Entonces sale de la casa con la velocidad de un loco, toma la primera dirección que se ofrece a su estupor, y devora las llanuras rugosas del campo. Pe­ro el fantasma amarillo no le pierde de vista y lo persi­gue con la misma velocidad. Algunas veces, en una no­che de tormenta, mientras legiones de pulpos alados, que desde lejos se parecen a cuervos, planean por encima de las nubes, dirigiéndose con inflexible remada hacia las ciudades de los hombres, con la misión de ad­vertirles que cambien de conducta, el guijarro de mi­rada sombría ve pasar, uno tras otro, dos seres entre el resplandor del relámpago, y, enjugando una furtiva lágrima de compasión que se desliza de su párpado he­lado, exclama: «Ciertamente, lo merece, es de justicia». Después de haber dicho esto, recobra su actitud feroz, y continúa mirando, con un temblor nervioso, la caza del hombre, y los grandes labios de la vagina sombría, de donde se desprenden sin cesar, como un río, inmen­sos espermatozoides tenebrosos que toman su ímpetu en el éter lúgubre, escondiendo, con el vasto desplie­gue de sus alas de murciélago, la naturaleza entera, y las legiones solitarias de pulpos que se han vuelto taci­turnos ante el aspecto de esas fulguraciones sordas e inexpresables. Pero durante ese tiempo el steeple-chase continúa entre los dos infatigables corredores, y el fan­tasma arroja por su boca torrentes de fuego sobre la espalda calcinada del antílope humano. Si, en el cum­plimento de ese deber, encuentra en el camino a la pie­dad que quiere cerrarle el paso, cede a sus súplicas con repugnancia, y deja que el hombre se escape. El fan­tasma hace chasquear su lengua, como para decirse a sí mismo que va a dejar la persecusión, y regresa a su pocilga hasta nueva orden. Su voz de condenado se ex­tiende hasta el interior de los lechos más lejanos del espacio, y cuando su aullido espantoso penetra en el corazón humano, éste preferiría tener, se dice, a la muerte por madre antes que al remordimiento por hi­jo. Hunde la cabeza hasta los hombros en la compli­caciones terrosas de un agujero, pero la conciencia vo­latiza esta astucia de avestruz. La excavación se eva­pora, gota de éter, la luz aparece con su cortejo de ra­yos, como una bandada de chorlitos que cae sobre el espliego, y el hombre se encuentra frente a sí mismo con los turbios ojos abiertos. Lo he visto dirigirse ha­cia el mar, subir a un promontorio destrozado y batido por la ceja de la espuma, y, como una flecha, pre­cipitarse en las olas. He aquí el milagro: el cadáver rea­parecía al día siguiente en la superficie del océano, el cual devolvía a su vez el despojo de carne a la orilla. El hombre se despojaba del molde que su cuerpo ha­bía fraguado en la arena, exprimía el agua de sus ca­bellos mojados, y volvía a emprender, con la frente mu­da e inclinada, el camino de la vida. La conciencia juzga severamente nuestros pensamientos y nuestros actos más secretos, y no se engaña. Como es a menudo im­potente para prevenir el mal, no cesa de acosar al hom­bre, como a un zorro, sobre todo durante la oscuri­dad. Ojos vengadores, que la ciencia ignorante llama meteoros, esparcen una llama lívida, pasan girando so­bre sí mismos, y articulan palabras de misterio... ¡que él comprende! Entonces su cabezal queda triturado por las sacudidas de su cuerpo, abrumado por el peso del insomnio, y oye la siniestra respiración de los vagos ru­mores de la noche. El ángel del sueño mismo, mortal­mente alcanzado en la frente por una piedra descono­cida, abandona su tarea y asciende hacia los cielos. Pues bien, esta vez me presento para defender al hombre, yo, el censor de todas las virtudes, yo, el que no ha po­dido olvidar al Creador, desde el día glorioso en que, derribando de su pedestal los anales del cielo, donde no sé por medio de qué infame embrollo estaban con­signados su dominio y su eternidad, le apliqué mis cua­trocientas ventosas debajo de la axila y le hice dar gri­tos terribles... Se convirtieron en víboras al salir de su boca y, fueron a esconderse entre las malezas, entre las murallas ruinosas, al acecho del día, al acecho de la noche. Esos gritos, que volvieron rampantes y dota­dos de innumerables anillos, con una cabeza pequeña y aplastada y ojos pérfidos, han jurado detener a la inocencia humana, y cuando ésta se pasea entre la ma­raña de los bosques, o al dorso de los taludes, o sobre las arenas de las dunas, no tarda en cambiar de idea. Sin embargo, siempre que esté a tiempo, pues en oca­siones el hombre percibe la penetración del veneno en las venas de su pierna, por una mordedura casi imper­ceptible, antes de que tenga tiempo de retroceder y lar­garse. Así es como el Creador, conservando una san­gre fría admirable, hasta en los sufrimientos más atro­ces, sabe extraer de su propio seno gérmenes nocivos para los habitantes de la tierra. Cuál no sería su asom­bro cuando vio a Maldoror, convertido en pulpo, avan­zar hacia su cuerpo con sus ocho patas monstruosas, cada una de las cuales, sólida correa, habría podido rodear fácilmente la circunferencia de un planeta. Co­gido de sorpresa, se debatió algunos instantes contra ese abrazo viscoso, que se estrechaba cada vez más... Yo temía algún golpe dañino por su parte; después de haberme nutrido abundantemente con los glóbulos de esa sangre sagráda, me separé bruscamente de su cuer­po majestuoso, y me escondí en una caverna que des­de entonces se convirtió en mi morada. Tras infructuo­sas búsquedas, no pudo encontrarme. Hace mucho tiempo de eso, pero creo que ahora ya sabe dónde está mi morada, aunque se guarda de entrar en ella; vivi­mos como dos monarcas vecinos que conocen sus res­pectivas fuerzas, y no pudiendo vencer uno a otro, es­tán cansados de las batallas inútiles del pasado. El me teme y yo le temo; cada uno, sin haber sido vencido, hemos sentido los rudos golpes de su adversario, y así estamos. Sin embargo, estoy dispuesto a comenzar de nuevo la lucha cuando él quiera. Pero que no espere ningún momento favorable para sus ocultos designios. Estaré siempre en guardia, con la vista fija en él. Que no envíe más a la tierra la conciencia y sus torturas. He enseñado a los hombres las armas con que puede combatirla con ventaja. Todavía no están familiariza­dos con ella, pero sabes que para mí es como la paja que se lleva el viento. No le hago ningún caso. Si qui­siera aprovechar la ocasión que se presenta de sutili­zar estas discusiones poéticas, añadiría que incluso hago más caso de la paja que de la conciencia, pues la paja es útil para el buey que la rumia, mientras que, la con­ciencia sólo sabe mostrar sus garras de acero. Estas su­frieron un penoso descalabro el día que se plantaron ante mí. Como la conciencia había sido enviada por el Creador, creí conveniente no dejarme cerrar el paso por ella. Si se hubiera presentado con la modestia y la humildad propias de su rango, y de las que jamás hu­biera debido apartarse, yo la habría escuchado. No me gustaba su orgullo. Extendí una mano y con mis de­dos trituré sus garras, que cayeron pulverizadas bajo la presión creciente de esa nueva clase de mortero. Ex­tendí la otra mano y le arranqué la cabeza. A conti­nuación arrojé de mi casa a latigazos a aquella mujer y no la volví a ver más. Conservé su cabeza en recuer­do de mi victoria... Con una cabeza en la mano, cuyo cráneo roía, me mantuvo sobre un pie, como la garza, al borde del precipicio fraguado en las laderas de la montaña. Me han visto descender al valle, mientras la piel de mi pecho estaba inmóvil y serena como la lápi­da de una tumba. Con una cabeza en la mano, cuyo cráneo roía, nadé entre los remolinos más peligrosos, atravesé los escollos mortales, y me sumergí bajo las corrientes para asistir, como un ser ajeno, a los com­bates de los monstruos marinos; me alejé de la costa hasta perderla de mi vista penetrante; y los horribles calambres, con su magnetismo paralizante, rondaban alrededor de mis miembros, que hendían las olas con movimientos vigorosos, sin atreverse a aproximarse. Me han visto regresar, sano y salvo, a la playa, mien­tras la piel de mi pecho estaba inmóvil y serena como la lápida de una tumba. Con una cabeza en la mano, cuyo cráneo roía, subí los peldaños que ascendían a una elevada torre. Llegué, con las piernas cansadas, a la plataforma vertiginosa. Contemplé el campo, el mar; contemplé el sol, el firmamento; empujando con el pie el granito, que no cedió, desafié a la muerte y a la ven­ganza divina con un supremo abucheo, y me precipi­té, como un adoquín, en la boca del espacio. Los hom­bres oyeron el choque doloroso y resonante que resul­tó del encuentro del suelo con la cabeza de la concien­cia, que había abandonado en mi caída. Me han visto descender, con la lentitud de un pájaro, llevado por una nube invisible, y recoger la cabeza, para forzarla a ser testigo de un triple crimen que yo debía cometer ese día, mientras la piel de mi pecho estaba inmóvil y se­rena como la lápida de una tumba. Con una cabeza en la mano, cuyo cráneo roía, me dirigí hacia el lugar donde se elevan los postes que sostienen la guillotina. Coloqué la gracia suave del cuello de tres muchachas bajo la cuchilla. Como verdugo, solté el cordón con la aparente experiencia de toda la vida, y el hierro trian­gular, cayendo oblicuamente, cortó las tres cabezas que me miraban con dulzura. Puse en seguida la mía bajo la pesada navaja, y el verdugo se dispuso a cumplir con su deber. Tres veces la cuchilla descendió entre las ra­nuras con un renovado vigor, tres veces mi armazón material, sobre todo en el sitio del cuello, fue sacudi­do hasta sus cimientos, como cuando en sueños uno se figura ser aplastado por una casa que se desploma. El pueblo estupefacto me deja pasar para que me aleje de la fúnebre plaza; me ha visto abrir a codazos sus olas ondulantes, y desplazarme, lleno de vida, avan­zando con la cabeza alta, mientras la piel de mi pecho estaba inmóvil y serena como la lápida de una tumba. Dije que quería defender al hombre esta vez, pero te­mo que mi apología no sea expresión de la verdad, y, en consecuencia, prefiero callarme. La humanidad aplaudirá esta medida con agradecimiento.

Es hora de poner freno a mi inspiración y de que me detenga un instante en mi camino, como cuando se contempla la vagina de una mujer; es bueno exami­nar el espacio recorrido, para a continuación, con los miembros descansados, dar un salto impetuoso. Dar un giro sin tomar aliento no es fácil, pues las alas se cansan mucho, en un vuelo elevado, sin esperanza y sin remordimiento. No... no conduzcamos a más pro­fundidad la huraña jauría de las piochas y las explora­ciones a través de las minas explosivas de este canto impío. El cocodrilo no cambiará una palabra del vó­mito salido del interior de su cráneo. Tanto peor, si alguna sombra furtiva, estimulada por el loable fin de vengar a la humanidad, injustamente atacada por mi, abre subrepticiamente la puerta de mi cuarto, y, rozan­do la pared como el ala de una gaviota, hunde su pu­ñal en las costillas del saqueador de despojos celestia­les. Lo mismo da que la arcilla disuelva sus átomos de esa manera que de otra.

CANTO TERCERO
RECORDEMOS los nombres de esos seres imagina­rios, de naturaleza angelical, que mi pluma, durante el segundo canto, ha extraído de un cerebro que brilla con un fulgor emanado de ellos mismos. Mueren, des­de su nacimiento, como esas chispas que, por su rápi­da desaparición, el ojo apenas puede seguir sobre el pa­pel ardiendo. ¡ Leman!... ¡ Lohengrin!... ¡ Lombano!

¡Holzer!... Aparecisteis un momento, recubiertos por las insignias de la juventud, en mi horizonte encanta­do, pero os dejé caer en el caos, como campanas de buzo. No saldréis más. Me basta con haber conserva­do vuestro recuerdo, pero tenéis que dejar el sitio a otras sustancias, acaso menos bellas, que dará a luz el desbordamiento tormentoso de un amor que ha resuelto no calmar su sed junto a la raza humana. Amor ávi­do que se devoraría a sí mismo si no buscara su ali­mento en las ficciones celestiales: creando, a la larga, una pirámide de serafines, más numerosos que los gér­menes que hormiguean en una gota de agua, para en­trelazarlos en una elipse que hará arremolinar a su al-rededor. Durante ese tiempo, el viajero, detenido frente al espectáculo de una catarata, si alza el rostro, verá, en la lejanía, a un ser humano arrastrado hacia la ca­verna del infierno por una guirnalda de camelias vivas. Pero... ¡silencio!,la imagen flotante del quinto ideal, sc dibuja lentamente, como los indecisos repliegues de una aurora boreal, sobre el plano vaporoso de mi in­teligencia y toma una consistencia cada vez más deter­minada... Mario y yo íbamos por la orilla de la costa.



Nuestros caballos, con los cuellos estirados, hendían las membranas del espacio y arrancaban chispas a los guijarros de la playa. El cierzo, que nos golpeaba en pleno rostro, se metía en nuestros mantos y hacía vol­tear hacia atrás los cabellos de nuestras cabezas geme­las. La gaviota, con sus gritos y sus aletazos, se esfor­zaba en vano por advertirnos de la posible proximidad de la tempestad, y exclamaba: «¿Adónde van con ese galope insensato?» No decíamos nada; sumergidos en el sueño, nos dejábamos llevar en alas de esa carrera furiosa; el pescador, al vernos pasar, veloces como el albatros, y creyendo percibir, huyendo ante él, a los dos hermanos misteriosos, como se les llamaba por­que estaban siempre juntos, se apresuraba a persignarse, y se escondía, con su perro paralítico, bajo alguna roca profunda. Los habitantes de la costa habían oído contar cosas extrañas de estos dos personajes, que apa­recían sobre la tierra, en medio de las grandes nubes, en las épocas de grandes calamidades, cuando una gue­rra horrorosa amenazaba plantar su arpón en el pecho de dos países enemigos, o cuando el cólera se disponía a lanzar con su honda la podredumbre y la muerte so­bre ciudades enteras. Los más viejos saqueadores de restos de naufragios fruncían el ceño con aire grave, afirmando que los dos fantasmas, de quienes habían observado la vasta envergadura de sus alas negras, du­rante los huracanes, por encima de los bancos de are­na y de los escollos, eran el genio de la tierra y el genio del mar que paseaban su majestad en medio de los aires, durante las grandes revoluciones de la naturaleza, uni­dos por una amistad eterna cuya rareza y gloria ha en­gendrado el asombro de la cadena indefinida de las ge­neraciones. Se decía que, volando uno al lado del otro como dos cóndores de los Andes, les gustaba planear, en circulos concéntricos, entre las capas de la atmós­fera más próximas al sol, que se nutrían en esos parajes de las más puras esencias de la luz, y que sólo se decidían de mala gana a cambiar la inclinación de su vuelo vertical hacia la órbita aterrorizada en donde gi­ra el globo humano en su delirio, habitado por espíri­tus crueles que se matan entre ellos en los campos donde ruge la batalla (cuando no se matan pérfidamente, en secreto, en el centro de las ciudades, con el puñal del odio y de la ambición), y que se alimentan de seres lle­nos de vida como ellos, colocados algunos grados más bajo en la escala de la existencia. O bien, cuando to­maban la firme resolución, a fin de animar a los hom­bres al arrepentimiento por las estrofas de sus profe­cías, de nadar, dirigiéndose a grandes brazadas hacia las regiones siderales en donde un planeta se desplaza­ba en medio de las espesas exhalaciones de avaricia, de orgullo, de imprecación y de burla que se despren­dían como vapores pestilentes de su superficie horri­ble, y parecía pequeño como una bola, siendo casi in­visible a causa de la distancia, no dejaban de encon­trar ocasiones en que se arrepentían amargamente de su benevolencia desconocida y menospreciada, e iban a ocultarse en el fondo de los volcanes para conversar con el fuego vivo que hierve en las cubas de los subte­rráneos centrales, o en el fondo del mar, para descan­sar agradablemente su vista desilusionadora sobre los monstruos más feroces del abismo, que les parecían modelos de dulzura, en comparación con los bastardos de la humanidad. Cuando llegaba la noche, con su propicia oscuridad, se lanzaban desde los cráteres con cresta de pórfido y desde las corrientes submari­nas, dejando tras ellos, muy lejos, el orinal rocoso don­de se menea el ano estreñido de las cacatúas humanas, hasta que no pudiesen distinguir ya la silueta suspen­dida del planeta inmundo. Entonces, apenados por su infructuosa tentativa, en medio de las estrellas que se compadecían de su dolor, y bajo la mirada de Dios, se abrazaban llorando el ángel de la tierra y el ángel del mar... Mario y el que galopaba a su lado no igno­raba los vagos y supersticiosos rumores que propaga­ban los pescadores de la costa, durante las veladas, cu­chicheando en torno al hogar con las puertas y las ven­tanas cerradas, mientras el viento de la noche, que de­seaba calentarse, hacia oír sus silbidos alrededor de la cabaña de paja, y conmovía, por su vigor, esas frági­les paredes rodeadas en su base por fragmentos de con­chas transportados por las ondulaciones moribundas de las olas. No hablábamos. ¿Qué pueden decirse dos corazones que se aman? Nada. Pero nuestros ojos lo expresaban todo. Le advertí que se ciñera más el man­to alrededor de sí, y él me hizo observar que mi caba­llo se separaba demasiado del suyo: cada uno toma tan­to interés por la vida del otro como por la propia vida; no nos reíamos. Se esfuerza por sonreirme, pero per­cibo que su rostro lleva el peso de las terribles impre­siones que en él grabó la reflexión, constantemente pen­diente de las esfinges que desconciertan con su mirada obiicua las grandes angustias de la inteligencia de los mortales. Viendo inútiles sus maniobras, desvía los ojos, muerde su freno terrestre babeando de rabia, y mira el horizonte que huye al aproximarnos. A mi vez, me esfuerzo en recordarle su dorada juventud, que só­lo pide entrar en los palacios de los placeres como una reina, pero él nota que mis palabras salen con dificul­tad de mi boca demacrada, y que los años de mi pro­pia primavera han pasado, tristes y glaciales, como un sueño implacable que pasea, sobre las mesas de los ban­quetes y sobre los lechos de satén, donde dormita la pálida sacerdotisa del amor, pagada con los reflejos del oro, las voluptuosidades amargas del desencanto, las arrugas pestilentes de la vejez, las turbaciones de la so­ledad y las llamaradas del dolor. Viendo inútiles mis maniobras, no me extraño de no poder hacerle feliz; el Todopoderoso se me aparece revestido de sus ins­trumentos de tortura, con toda la aureola resplande­ciente de su horror; desvío los ojos, y miro el horizon­te que huye al aproximarnos... Nuestros caballos ga­lopaban a lo largo de la costa, como si huyeran de la mirada humana... Mario es más joven que yo; la hu­medad del tiempo y la espuma salada que nos salpica, llevan el contacto del frío a sus labios. Le digo: «¡Ten cuidado!... ¡Ten cuidado!... Cierra tus labios, ¿no ves las garras afiladas de la grieta que surca tu piel de do­lorosas heridas?» Mira con fijeza mi frente y me repli­ca con los movimientos de su lengua: «Sí, veo esas ga­rras verdes, pero no descompondré la situación natu­ral de mi boca para hacerlas huir. Mira si miento. Pues­to que parece es voluntad de la Providencia, quiero someterme a ella. Su voluntad podría haber sido me­jor». Y yo exclamé: «Admiro esa noble venganza». Quise arrancarme los cabellos, pero me lo prohibió con una mirada severa, y le obedecí con respeto. Se hacia tarde, y el águila regresaba a su nido, excavado en las anfractuosidades de la roca. Me dijo: «Voy a prestar­te mi manto para preservarte del frío: yo no lo necesi­to». Le repliqué: «Desdichado de ti si haces lo que di­ces. No quiero que otro sufra por mí, y sobre todo tú». No me respondió porque yo tenía razón pero me puse a consolarle a causa del acento demasiado imperioso de mis palabras... Nuestros caballos galopaban a lo lar­go de la costa, como si huyeran de la mirada humana. Levanté la cabeza como la proa de un barco levantada por una ola enorme, y le dije: «¿Estás llorando? Te lo pregunto, rey de las nieves y de las nieblas. No veo lágrimas en tu rostro, bello como la flor del cactus, y tus párpados están secos como el lecho del torrente, pero distingo en el fondo de tus ojos una tina llena de sangre donde burbujea tu inocencia, mordida en el cue­llo por un escorpión gigante. Un fuerte viento se arroja sobre el fuego que calienta la caldera y esparce las llamas oscuras hasta el exterior de tu órbita sagrada. He aproximado mis cabellos a tu frente rosada y he sentido un olor a chamusquina, porque se me quema­ron. Cierra los ojos, pues de otro modo tu rostro, cal­cinado como la lava de un volcán, caerá hecho ceniza en el hueco de mis manos». Se volvió hacia mí, sin pres­tarle atención a las riendas que sostenía en su mano, y me contempló con tristeza, mientras lentamente abría y cerraba sus párpados de lirio, igual que el flujo y el reflujo del mar. Quiso responder a mi audaz pregun­ta, y he aquí como lo hizo: «No te preocupes por mi. Lo mismo que las brumas de los ríos escalan a lo largo de las laderas de la colina, y, una vez alcanzada la ci­ma, se lanzan a la atmósfera en forma de nubes, lo mis­mo tus inquietudes sobre mí han crecido insensiblemen­te, sin motivo razonable, y forman por encima de tu imaginación el cuerpo engañoso de un desolado espe­jismo. Te aseguro que no hay fuego en mis ojos, aun­que sienta la misma impresión que si mi cráneo estu­viera metido dentro de un casco de carbón ardiendo. ¿Cómo quieres que las carnes de mi inocencia burbu­jeen en la tina si sólo oigo unos gritos muy débiles y confusos que para mí no son más que los gemidos del viento que pasa por encima de nuestras cabezas? Es im­posible que un escorpión haya fijado su residencia y sus agudas pinzas en el fondo de mi órbita destroza­da; creo más bien que son vigorosas tenazas lo que pul­verizan los nervios ópticos. Sin embargo, estoy de acuerdo contigo en que la sangre que colma la tina ha sido extraída de mis venas por un verdugo invisible, mientras dormía la última noche. Te he esperado mu­cho tiempo, hijo amado del océano, y mis brazos en­tumecidos han entablado un vano combate con Aquel que se había introducido en el vestíbulo de mi casa... Si siento que mi alma se halla asegurada con candado en el cerrojo de mi cuerpo, y no puede desprenderse para huir lejos de las costas que azota el mar humano y así dejar de ser testigo del espectáculo de la lívida jau­ría de las desgracias que persiguen sin tregua, a través de los barrancos y precipicios de la inmensa desolación, a las gamuzas humanas. Pero no me quejaré. He recibido la vida como una herida y he prohibido al suici­dio que cure la cicatriz. Quiero que el Creador contem­ple, en cada hora de su eternidad, la grieta abierta. Es el castigo que le inflijo. Nuestros corceles disminuyen la velocidad de sus pies de bronce; sus cuerpos tiem­blan como el cazador sorprendido por una manada de jabalíes. No es necesario que se pongan a escuchar lo que decimos. A fuerza de prestar atención su inteligen­cia se desarrollaría y podría tal vez comprendernos. ¡Desgraciados de ellos, pues sufrirían mucho más! Sólo tienes que pensar en los jabatos de la humanidad: el grado de inteligencia que les separa de los demás seres de la creación, ¿no parece que se les ha otorgado al precio irremediable de incalculables sufrimientos? Imita mi ejemplo, y que tu espuela de plata se hunda en los costados de tu corcel...» Nuestro caballos galopaban a lo largo de la costa, como si huyeran de la mirada humana.
He ahí a la loca que pasa bailando, mientras recuer­da vagamente algo. Los niños la persiguen a pedradas como si fuera un mirlo. Blande un bastón y hace el si­mulacro de correr tras ellos, pero continúa su camino. Ha perdido un zapato en el recorrido, aunque no se da cuenta. Largas patas de araña corren por su nuca: no son otra cosa que sus cabellos. Su rostro no se pa­rece ya a un rostro humano y lanza carcajadas como la hiena. Deja escapar fragmentos de frases en las cua­les aun ordenadas, muy pocos entrarían una clara significación. Su vestido, agujereado en más de un sitio, ejecuta bruscos movimientos en torno a sus piernas huesudas y llenas de barro. Marcha adelante, como la hoja del álamo, llevada -ella, la juventud, sus ilusio­nes y su felicidad pasada que vuelve a ver a través de las brumas de una inteligencia destruida- por el tor­bellino de sus facultades inconscientes. Ha perdido su gracia y su belleza primitivas, su andar es innoble y su aliento huele a aguardiente. Si los hombres fueran fe­lices en esta tierra, habría que extrañarse. La loca no hace ningún reproche, es demasiado orgullosa para quejarse, y morirá sin haber revelado su secreto a los que se interesan por ella, aunque les ha prohibido pa­ra siempre que le dirijan la palabra. Los niños la per­sigue a pedradas como si fuera un mirlo. Ha dejado caer de su seno un rollo de papel. Un desconocido lo recoge, se encierra en su casa toda la noche, y lee el manuscrito, que contiene lo que sigue: «Después de mu­chos años estériles, la Providencia me envió una hija. Durante tres días me arrodillé en las iglesias y no cesé de dar las gracias al nombre de Aquel que al fin había atendido mis súplicas. Con mi propia leche alimenté a aquella que era más que mi vida y que yo veía crecer rápidamente, dotada de todas las cualidades del alma y del cuerpo. Ella me decía: "Quisiera tener una her­manita para jugar con ella, pídele a Dios que me envíe una, y para recompensarlo tej eré para él una guirnalda de violetas, mentas y geranios". Por cada respuesta, yo la alcé hasta mi seno y la besé con amor. Ella, que ha­bía aprendido ya a interesarse por los animales, me pre­guntaba por qué la golondrina se contenta sólo con ro­zar con su ala las chozas de los hombres, sin atreverse a entrar. Pero yo ponía un dedo en mi boca, como pa­ra decirle que guardara silencio sobre esa grave cues­tión, cuyos fundamentos no quería aún hacerle com­prender, a fin de no herir con una impresión desmedi­da su imaginación infantil, y me apresuraba a desviar la conversación sobre ese asunto, penoso de tratar para todo ser perteneciente a la raza que ha desplegado una dominación injusta sobre los demás animales de la crea­ción. Cuando ella me hablaba de las tumbas del cemen­terio, diciéndome que en esa atmósfera se respiraba los agradables perfumes de los cipreses y de las simprevivas, me guardaba de contradecirla, pero le decía que era la ciudad de los pájaros, que allí cantaban desde la aurora hasta el crepúsculo, y que las tumbas eran sus nidos, don­de descansaban de noche con sus familias, levantando la lápida. Todos los bonitos vestidos que llevaba, los ha­bía cosido yo, así como los encajes de mil arabescos que reservaba para el domingo. En invierno, tenía su sitio fijo alrededor de la gran chimenea, pues se creía una persona seria, y en verano, la pradera reconocía la suave presión de sus pasos, cuando se aventuraba, con su red de seda atada al extremo de un junco, tras los colibríes, plenos de independencia, y las maripo­sas, de sesgos molestos. "¿Qué haces, pequeña vaga­bunda, cuando la sopa te espera, desde hace una ho­ra, con la cuchara que se impacienta?". Pero ella, sal­tando a mi cuello, exclamaba que no volvería a suce­der más. Al día siguiente se escapaba de nuevo a tra­vés de las margaritas y las resedas, entre los rayos del sol y el vuelo atolondrado de los insectos efímeros; só­lo conocía la copa prismática de la vida, pero no la hiel; era feliz de ser mayor que el abejarruco; se burlaba de la curruca que no canta tan bien como el ruiseñor; le sa­caba solapadamente la lengua al villano cuervo, que la miraba paternalmente; y era graciosa como un gatito. Po­co tiempo habría yo de gozar de su presencia; se aproxi­maba la hora en que debía, de una manera inesperada, decir adiós a los encantos de la vida, abandonando para siempre la compañía de las tórtolas, de las gallinetas y de los verderones, el parloteo del tulipán y de la anémo­na, los consejos de las hierbas del pantano, el espíritu incisivo de las ranas y el frescor de los arroyos. Me con­taron lo que había sucedido, pues no estuve en el suceso que tuvo como consecuencia la muerte de mi hija. Si lo hubiese estado habría defendido a aquel ángel a costa de mi sangre... Maldoror pasaba con su alano, ve a una muchacha que duerme a la sombra de un plátano, y la confunde con una rosa. No podría decirse qué sur­gió primero en su espíritu, si la vista de aquella niña o si la resolución que tomó luego. Se desnuda rápida­mente, como un hombre que sabe lo que va a hacer. Desnudo como una piedra, se arroja sobre el cuerpo de la muchacha y le levanta el vestido para cometer un atentado al pudor... ¡a la luz del sol! ¡No se anda por las ramas, vamos!... No insistamos sobre esa acción impura. Con el espíritu descontento, se vuelve a vestir precipitadamente, arroja una mirada de cautela sobre el camino polvoriento, por donde nadie pasa, y orde­na al dogo que estrangule con un movimiento de sus quijadas a la muchacha sangrante. Indica al perro de la montaña el lugar por donde respira y grita la víctima su­friente, y se aparta para no ser testigo de la penetración de los dientes puntiagudos en las venas rosadas. El cum­plimiento de esa orden pudo parecerle severo al dogo. Creyó que le pedían lo que ya había hecho, y se limitó, ese lobo de hocico monstruoso, a violar a su vez la virgi­nidad de la delicada niña. Desde su vientre desgarrado, la sangre corre de nuevo a lo largo de sus piernas, a tra­vés de la pradera. Sus lamentos se unen a los aullidos del animal. La muchacha le presenta la cruz de oro que adorna su cuello, a fin de que se aparte; ella no se había atrevido a ponerlas ante los salvajes ojos de aquel que en primer lugar había tenido la intención de aprove­charse de la debilidad de sus años. Pero el perro no ignoraba que, si desobedecía a su dueño, un cuchillo sacado de debajo de una manga le abriría repentina­mente las entrañas sin decir ni Pío. Maldoror (¡cómo repugna pronunciar este nombre!) oía los dolores la agonía y se asombraba de que la víctima resistiera tanto y no estuviera muerta. Se aproxima al altar de sacrificio y ve la conducta de su dogo que, entregado a sus bajos instintos, levantaba la cabeza por encima de la muchacha, igual que náufrago eleva la suya por encima de las olas encolerizadas. Le da un puntapié y le salta un ojo. El perro, lleno de ira, huye hacia el cam­po, arrastrando tras sí durante un espacio que siempre es demasiado largo, por corto que sea, el cuerpo de la muchacha suspendido, que sólo se desprende gracias a las sacudidas de la fuga, pero teme atacar a su due­ño, que no volverá a verle. Éste saca de su bolsillo un cortaplumas americano, compuesto de diez o doce ho­jas que sirven para distintos usos. Abre las patas angulosas de esa hidra de acero, y, armado de semejante escalpelo, viendo que el césped no había aún desapa­ recido bajo el color de tanta sangre vertida, se dispo­ne, sin palidecer, a registrar animosamente la vagina de la desgraciada niña. Desde ese orificio, ampliado, extrae sucesivamente los órganos internos: los intesti­nos, los pulmones, el hígado, y, finalmente, el cora­zón mismo, son arrancados de sus ligamentos y lleva­dos a la luz del día a través de la espantosa abertura. El sacrificador percibe que la muchacha, pollo vacia­ do, ha muerto hace tiempo, cesa en la perseverancia creciente de sus estragos y deja al cadáver dormir a la sombra del plátano. El cortaplumas abandonado se encontró a unos pasos de distancia. Un pastor, testigo del crimen cuyo autor no había sido descubierto, lo re­lató mucho tiempo después, cuando estuvo seguro de que el criminal se encontraba a salvo tras la frontera y no tenía que temer la evidente venganza proferida contra él, en caso de revelarlo. Me compadecí del in­sensato que había cometido ese delito, que no había previsto el legislador, y carecía de precedentes. Me com­padecí porque es probable que hubiera perdido la razón cuando manejó el puñal de hoja cuatro veces triple, lace­rando de arriba a abajo las paredes de las vísceras. Me compadecí porque, si no estaba loco, su conducta ver­gonzosa debía abrigar un odio muy grande contra sus semejantes, para ensañarse de esa manera con las carnes y las arterias de la niña inofensiva que fue mi hija. Asis­ti al entierro de esos escombros humanos con muda re­signación, y todos los días voy a rezar ante la tumba». Al terminar esta lectura, el desconocido no puede con­servar sus fuerzas y se desmaya. Recobra sus sentidos y quema el manuscrito. Había olvidado ese recuerdo de su juventud (la costumbre embota la memoria), y, después de veinte años de ausencia, regresaba a aquel país fatal. ¡No comprará dogos!... ¡No conversará con los pastores!... ¡No se dormirá bajo la sombra de los plátanos!... Los niños la persiguen a pedradas como si fuera un mirlo.
Tremdall ha estrechado por última vez la mano de aquel que se ausenta voluntariamente, siempre huyen­do hacia adelante, siempre con la imagen del hombre que le persigue. El judío errante piensa que si el cetro de la tierra perteneciera a la raza de los cocodrilos no huiría de esa manera. Tremdall, de pie en el valle, ha puesto una mano ante sus ojos, para concentrar los ra­yos solares y hacer su vista más penetrante, mientras la otra palpa el seno del espacio, con el brazo horizon­tal e inmóvil. Inclinado hacia adelante, estatua de la amistad, mira con ojos misteriosos como el mar como escalan por la pendiente de la costa las polainas del via­jero, que se ayuda de su férreo bastón. Le parece que le falta la tierra bajo los pies, y, aunque lo quisiera, no podría contener sus lágrimas y sus sentimientos: «Él se halla lejos, veo su silueta caminar por un es­trecho sendero. ¿Adónde va con ese paso tan lento? Ni él mismo lo sabe... Sin embargo, estoy persuadido de que no sueño: ¿qué se acerca y va al encuentro de Maldoror? ¡Qué grande es el dragón... mucho más que un roble! Se diría que sus alas blancuzcas, fijadas por fuertes ligaduras, tienen nervios de acero, por la sol­tura con que hienden el aire. Su cuerpo comienza con un busto de tigre y termina con una larga cola de ser­piente. Yo no estaba habituado a ver esas cosas. ¿Qué tiene en la frente? Veo escrito en ella en una lengua simbólica, una palabra que no puedo descifrar. Con un último aletazo, se traslada junto aquel cuyo timbre de voz conozco. Le ha dicho: "Te esperaba, y tú tam­bién a mi. Ha llegado la hora, aquí estoy. Lee en mi frente mi nombre escrito con signos jeroglíficos". Pe­ro él, apenas ha visto llegar al enemigo, se ha conver­tido en una inmensa águila y se prepara para el com­bate haciendo chasquear de contento su pico encorva­do, queriendo decir con ello que él solo se encarga de devorar la parte posterior del dragón. Ahí están, tra­zando círculos concéntricos que disminuyen cada vez más, espiando sus recíprocos medios, antes del com­bate, y hacen bien. El dragón me parece más fuerte, y me gustaría que consiguiera la victoria sobre el águi­la. Voy a sentir grandes emociones con este espectáculo en el que una parte de mi ser está comprometida. Po­deroso dragón, te animaré con mis gritos si es necesa­rio, pues es de interés que el águila sea vencida. ¿Qué esperan para atacarse? Siento una angustia mortal. Veamos, dragón, comienza, tú el primero, el ataque. Acabas de darle un golpe seco con tu garra: no está demasiado mal. Te aseguro que el águila lo habrá sen­tido: el viento se lleva la belleza de sus plumas mancha­das de sangre. ¡Ah!, el águila te arranca un ojo con su pico, y tú, tú no le arrancaste más que piel; debiste poner cuidado en eso. Bravo, tómate la revancha y rómpele un ala; no hay nada que decir, tus dientes de tigre son muy buenos. ¡Si pudieras acercarte al águila, mientras da vueltas en el espacio, lanzado en picado sobre el campo! Observo que este águila te inspira pre­caución, incluso cuando cae. Ya está en tierra, no po­drá elevarse. El aspecto de todas esas heridas abiertas me embriaga. Vuela a ras de tierra a su alrededor, y, con los golpes de tu cola escamosa de serpiente, remá­tala, si puedes. Ánimo, hermoso dragón, húndele tus garras vigorosas, y que la sangre se mezcle con la san­gre para formar arroyos que no contengan agua. Es fácil decirlo, pero no hacerlo. El águila acaba de pre­parar un nuevo plan estratégico de defensa, condicio­nado por la suerte aciaga de esa lucha memorable; es prudente. Se ha sentado sólidamente, en una posición inmutable, sobre el ala restante, sus dos muslos y su cola, que antes le servía de timón. Desafía esfuerzos más extraordinarios que los que hasta ahora se le han opuesto. Tan pronto gira con la rapidez del tigre, sin dar muestras de cansancio, tan pronto se acuesta so­bre el lomo, con sus dos fuertes patas en el aire, y, con sangre fría, mira irónicamente a su adversario. Será preciso, a fin de cuentas, que yo sepa quién será el ven­cedor, pues el combate no puede eternizarse. ¡Pienso en las consecuencias del resultado! El águila es terri­ble, y da enormes saltos que hacen temblar la tierra, como si fuera a emprender su vuelo, aunque sabe que eso es imposible. El dragón no se fía, cree a cada ins­tante que el águila le va a atacar por el lado en que le falta el ojo. ¡Qué desgraciado soy! Esto es lo que me sucede. ¿Cómo se ha dejado el dragón agarrar por el pecho? Es en vano que use la fuerza y la astucia: veo que el águila, pegada a él con todos sus miembros, co­mo una sanguijuela, a pesar de las nuevas heridas que recibe, hunde cada vez más su pico, hasta la raíz del cuello en el vientre del dragón. No se le ve más que el cuerpo. Parece estar cómoda y no tiene prisa en salir. Busca sin duda algo, mientras el dragón con cabeza de tigre lanza bramidos que despiertan los bosques. Y he ahí al águila, que sale de esa caverna. ¡Águila, qué ho­rrible eres! ¡Eres más roja que un charco de sangre! Aunque tienes en tu pico un corazón palpitante, estás tan cubierta de heridas que apenas puedes sostenerte sobre tus patas emplumadas y sin abrir el pico te ba­lanceas, al lado del dragón que muere en medio de una horrorosa agonía. La victoria ha sido difícil, no im­porta, pero tú la has logrado: al menos hay que decir la verdad... De acuerdo con las normas de la razón, procede a despojarte de la forma de águila, mientras te alejas del cadáver del dragón. Así pues, Maldoror, ¡fuiste vencedor! Así pues, Maldoror, ¡venciste a la Es­peranza! ¡De ahora en adelante, la desesperación se nu­trirá de tu substancia más pura! A pesar de que estoy, por así decirlo, extenuado por el sufrimiento, el últi­mo golpe que has dado al dragón no he dejado de sen­tirlo yo. ¡Juzga tú mismo si sufro! Pero me das mie­do. Mirad, mirad en la lejanía a ese hombre que huye. Sobre él, tierra excelente, la maldición ha hecho bro­tar su espeso follaje: está maldito y maldice. ¿Adónde llevas tus sandalias? ¿Adónde vas, vacilante como un sonámbulo, por encima del tejado? ¡Qué tu perverso destino se cumpla! ¡Adiós Maldoror! ¡Adiós, hasta la eternidad, donde no volveremos a encontrarnos!».
Era un día de primavera. Los pájaros derramaban sus cánticos en trinos, y los seres humanos, entrega­dos a sus diferentes deberes, se bañaban en la santi­dad del cansancio. Todo trabajaba en su destino: los árboles, los planetas, los escualos. ¡Todo, excepto el Creador! Estaba tendido en el camino con los vestidos destrozados. Su labio inferior colgaba como una cuer­da somnífera, sus dientes no estaban lavados y el pol­vo se mezclaba con las ondas rubias de sus cabellos. Amodorrado por un denso sopor, machacado por los guijarros, su cuerpo hacía inútiles esfuerzos para le­vantarse. Sus fuerzas le había abandonado, y yacía allí, débil como la lombriz de tierra, impasible como la cor­teza. Oleadas de vino llenaban las huellas creadas por los sobresaltos nerviosos de sus hombros. La brutali­dad de jeta de cerdo lo cubría con sus alas protectoras y le arrojaba una mirada amorosa. Sus piernas, con los músculos relajados, barrían el suelo, como dos más­tiles ciegos. La sangre manaba de sus narices: en su caí­da el rostro se había golpeado contra un poste... ¡Es­taba borracho! ¡ Horriblemente borracho! ¡Borracho como una chinche que ha chupado durante la noche tres toneles de sangre! Llenaba el eco de palabras in­coherentes, que me guardaré de repetir aquí; si no se respeta al borracho supremo, yo debo respetar a los hombres. ¿Sabíais que el Creador... se emborrachaba? ¡Piedad para ese labio manchado en las copas de la or­gía! El erizo que pasaba le hundió sus púas en la es­palda y dijo: «Eso para ti. El sol está en la mitad de su carrera; trabaja, holgazán, y no te comas el pan de los demás. Espera un poco y me vas a ver, si llamo a la cacatúa de pico ganchudo». El picoverde y la lechu­za que pasaban le hundieron el pico entero en el vien­tre y dijeron: «Eso para ti. ¿Qué vienes a hacer a esta tierra? ¿Es para ofrecer esta lúgubre comedia a los ani­males? Ni el topo, ni el castor, ni el flamenco te imita­rán, te lo juro». El asno que pasaba le dio una cez en la sien y dijo: «Eso para ti. ¿Qué te hice yo para me dieras unas orejas tan largas? Hasta el grillo me des­precia». El sapo que pasaba le lanzó un chorro de ba­ba a la frente y dijo: «Eso para ti. Si no me hubieras hecho el ojo tan grande, no te hubiera visto en el esta­do en que estás, y habría ocultado castamente la belle­za de tus miembros bajo una lluvia de ranúnculos, de nomeolvides y de camelias, para que nadie te viera». El león que pasaba inclinó su real rostro y dijo: «Yo lo respeto, aunque su esplendor nos parezca por el mo­mento eclipsado. Vosotros, que pasáis por orgullosos y no sois más que cobardes, puesto que lo habéis ata­cado mientras dormía, ¿os alegraría si puestos en su lugar tuviérais que soportar, por parte de los que pa­san, las injurias que no le habéis ahorrado?». El hom­bre que pasaba se detuvo ante el Creador desconoci­do, y, con los aplausos de la ladilla y de la víbora, ¡de­fecó durante tres días sobre su rostro augusto! ¡ Des­graciado sea el hombre a causa de esta injuria, pues no ha respetado al enemigo caído en la mezcla de ba­rro, sangre y vino, indefenso y casi inanimado!... En­tonces, el Dios soberano, despertado al fin por todos estos mezquinos insultos, se levantó como pudo; tam­baleándose, fue a sentarse en una piedra, con los bra­zos colgando como los dos testículos de un tuberculo­so, y lanzó una mirada vidriosa, apagada, sobre toda la naturaleza, que le pertenecía. Oh humanos, sois niños terribles, pero os lo suplico, perdonemos a esta gran existencia que aún no ha terminado de incubar el licor inmundo, y no habiendo conservado suficiente fuerza para mantenerse erguido, ha vuelto a caer pesadamente sobre esta roca en la que está sentado, como un viaje­ro Prestad atención a ese mendigo que pasa: ha visto que el faquir extendía un brazo hambriento, y, sin sa­ber a quien daba limosna, ha dejado un trozo de pan en esa mano que implora misericordia. El Creador le ha expresado su agradecimiento con un movimiento de cabeza. ¡Oh, nunca sabréis qué difícil es sostener cons­tantemente las riendas del universo! A veces la sangre se sube a la cabeza cuando uno se dedica a sacar de la nada un último cometa con una nueva raza de al­mas. La inteligencia, demasiado removida de arriba abajo, se retira como un vencido, y puede caer, una vez en la vida, en los delirios de que habéis sido testigos.
Un farol rojo, bandera del vicio, suspendido del ex­tremo de un listón, balanceaba su armadura, azotada por todos los vientos, sobre una puerta maciza y car­comida. Un corredor sucio, que olía a nalga humana, daba sobre un patio, donde algunos gallos y gallinas, más flacos que sus propias alas, buscaban su comida. Sobre el muro que servía de cerco al patio, en el lado oeste, se había practicado pacientemente diversas aber­turas, cerradas por ventanillas enrejadas. El musgo re­cubría ese cuerpo de edificio que, sin duda, había sido un convento y servia en la hora actual, con el resto del caserón, como vivienda de todas esas mujeres que muestran día a día, a los que entran, el interior de su vagina, a cambio de un poco de dinero. Yo estaba so­bre un puente cuyos pilares se hundían en el agua fan­gosa de un foso circular. Desde su superficie elevada, contemplaba aquella construcción agobiada por la ve­jez en medio del campo y los más pequeños detalles de su arquitectura interior. A veces, la reja de la ven­tanilla se alzaba rechinando, como por el impulso as­cendente de una mano que violentaba la naturaleza del hierro: un hombre asomaba la cabeza por la abertura despejada a medias, sacaba sus hombros, sobre los que caía el yeso desconchado, y, tras esa extracción, hacía salir su cuerpo cubierto de telarañas. Poniendo sus ma­nos como una corona sobre las inmundicias de toda clase que comprimían el suelo con su peso, mientras tenía aún una pierna enganchada en los hierros retorcidos de la reja, recobraba su posición natural e iba a mojar sus manos en un balde rojo, cuya agua jabonosa ha­bía visto levantarse y caer a generaciones enteras, pa­ra alejarse después lo más aprisa posible de esas calle­juelas de suburbio e ir a respirar el aire puro en el cen­tro de la ciudad. Cuando el cliente había salido, una mujer completamente desnuda salía a su vez de la mis­ma manera y se dirigía hacia el mismo balde. Enton­ces, los gallos y gallinas acudían a bandadas desde di­versos puntos del patio, atraídos por el olor seminal, la tiraban al suelo, a pesar de sus vigorosos esfuerzos, pisoteaban la superficie de su cuerpo como un ester­colero, y despedazaban a picotazos, hasta hacer bro­tar sangre, los labios fláccidos de su hinchada vagina. Las gallinas y los gallos, con el buche saciado, volvían a escarbar en la hierba del patio; la mujer, ya lim­pia, se levantaba, temblorosa, cubierta de heridas, co­mo el que se despierta de una pesadilla. Dejaba caer el estropajo que había llevado para enjuagar sus pier­nas, y no teniendo ya necesidad del balde común, se volvía a su guardia de la misma manera que había sa­lido, a la espera de otro cliente. ¡Ante ese espectáculo yo también quise penetrar en la casa! Iba a descender del puente cuando vi en la cornisa de un pilar esta ins­cripción en caracteres hebreos: «Tú, que pasas por es­te puente, no vayas a ese lugar. El crimen y el vicio tie­nen en él su morada. Un día en vano esperaron sus ami­gos a un muchacho que había franqueado la puerta fa­tal». La curiosidad se impuso sobre el temor, y al ca­bo de unos instantes llegué ante la ventanilla cuya reja poseía unos sólidos barrotes que se entrecruzaban es­trechamente. Quise mirar al interior a través de este es­peso tamiz. Al principio no pude ver nada, pero no tar­dé en distinguir los objetos que había en la habitación oscura, gracias a los rayos del sol que aminoraba su luz, pues pronto iba a desaparecer por el horizonte. La primera y única cosa que atrajo mi vista fue un bastón rubio, compuesto de cuernos que penetraban unos en otros. ¡Ese bastón se movía! ¡Andaba por la habita­ción! Sus sacudidas eran tan fuertes que el piso tem­blaba, y con sus dos extremos producía enormes bo­quetes en la pared, a semejanza de un ariete que se lanza contra la puerta de una ciudad sitiada. Sus esfuerzos eran inútiles, los muros estaba construidos con piedra tallada, y, cuando chocaba con la pared, lo veía en­corvarse como una lámina de acero y rebotar como una pelota. ¡Ese bastón no era por lo tanto de madera! Noté a continuación que se enrollaba y se desenrollaba con facilidad, lo mismo que una anguila. Aunque tenía la altura de un hombre no se mantenía erguido. A veces lo intentaba y mostraba uno de sus extremos delante de la reja de la ventanilla. Daba imperiosos saltos y vol­vía a caer en tierra sin que pudiera vencer el obstácu­lo. Me puse a mirarlo cada vez con mayor atención y vi que era ¡ un cabello! Tras una gran lucha con la ma­teria que lo rodeaba como una cárcel, fue a apoyarse en la cama que había en la habitación, con la raíz des­cansando sobre una alfombra y la punta adosada a la cabecera. Después de algunos instantes de silencio, du­rante los cuales oí unos sollozos entrecortados, alzó la voz y dijo así: «Mi dueño me ha olvidado en esta ha­bitación y no viene a buscarme. Se levantó de esta ca­ma en la que estoy apoyado, se peinó la perfumada ca­bellera y no se acordó más de que yo había caído al suelo. Sin embargo, si me hubiera recogido, yo no ha­bría encontrado extraño ese sencillo acto de justicia. Me abandonó en esta habitación emparedada, después de haberse envuelto en los brazos de una mujer. ¡Y qué mujer! Las sábanas están todavía húmedas de su cáli­do contacto y conservan en su desorden la huella de una noche de amor...» ¡Y yo me preguntaba quién po­dría ser su dueño! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja ca­da vez con más energía!... «Mientras la naturaleza entera dormitaba en su castidad, él se acopló con una mu­jer degradada, entre abrazos lascivos e impuros. Se rebajó hasta dejar que aproximara a su augusta faz unas mejillas marchitas despreciables por su habitual impu­dicia. El no se avergonzaba, pero yo me avergonzaba por él. Es cierto que se sentía feliz por dormir con se­mejante esposa de una noche. La mujer extrañada del aspecto majestuoso del huésped, parecía sentir volup­tuosidades incomparables y le besaba en el cuello con frenesí». ¡ Y yo me preguntaba quién podía ser su due­ño! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja cada vez con más energía!... «Yo, durante ese tiempo, sentía que unas pústulas venenosas, cuyo número crecía en razón de su insólito ardor por los goces de la carne, rodeaban mi raíz con su hiel mortal y absorbían con sus ventosas la sustancia generatriz de mi vida. Mientras más se ol­vidaban ellos entre sus insensatos movimientos, más sen­tía yo decaer mis fuerzas. En el momento en que los deseos corporales alcanzaron el paroxismo del furor, me di cuenta de que mi raíz se retorcía sobre sí misma, co­mo un soldado herido por una bala. Habiéndose apa­gado en mí la antorcha de la vida, me desprendí de su cabeza ilustre como una rama seca y caí al suelo sin ra­bia, sin fuerza, sin vitalidad, pero con una profunda pie­dad por aquel a quien pertenecía y con un eterno dolor por su voluntario extravío...» ¡ Y yo preguntaba quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja cada vez con más energía... «¡Si al menos hubiera ro­deado con su alma el seno inocente de una virgen! Ella hubiera sido más digna de él, y la degradación habría sido menos grande. ¡Sus labios besan esa frente cubierta de barro, que los hombres han pisoteado con su tacón lleno de polvo!... ¡Aspira con su desvergonzada nariz las emanaciones de esas dos axilas húmedas!... Vi contraerse de vergüenza la piel de esas últimas, mientras, por su lado, la nariz se negaba a esa aspiración infame. Pero ni él ni ella prestaban la menor atención a las adverten­cias solemnes de las axilas, a la repulsa lúgubre y páli­da de la nariz. Ella levantaba cada vez más los brazos, y él, con mayor empuje, hundía su rostro en sus oque­dades. Estaba obligado a ser cómplice de esa profana­ción. Estaba obligado a ser espectador de ese contor­neo inaudito, a asitir a la forzada alianza de esos dos seres cuyas distintas naturalezas estaban separadas por un abismo inconmensurable...» ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su dueño! ¡ Y mis ojos se pegaban a la reja cada vez con más energía!... «Cuando se sació de aspirar a esa mujer, quiso arrancarle los músculos uno a uno, pero como era una mujer, la perdonó, y prefirió hacer sufrir a un ser de su mismo sexo. Lla­mó, en la celda vecina, a un muchacho que había lle­gado a aquella casa para pasar algunos momentos de indiferencia con una de aquellas mujeres y le ordenó que viniera a colocarse a un paso de sus ojos. Hacía mucho tiempo que yo yacía en el suelo. Al no tener fuerzas para incorporarme sobre mi raíz abrasadora, no pude ver lo que hicieron. Sólo sé que apenas el mu­chacho estuvo al alcance de su mano, unos jirones de carne cayeron a los pies del lecho y vinieron a colo­carse a mi lado. Me contaron en voz baja que las garras de mi dueño los había arrancado de los hombros del adolescente. Éste, al cabo de algunas horas, durante las cuales había luchado contra una fuerza muy supe­rior, se levantó del lecho y se retiró majestuosamente. Estaba literalmente desollado de los pies a la cabeza y arrastraba por las losas de la habitación su piel des­prendida. Se decía que su carácter estaba lleno de bon­dad, que le gustaba creer que sus semejantes eran tam­h6n buenos, y que por eso había accedido al deseo del distinguido extranjero que lo había llamado a su lado, pero que nunca, nunca hubiera esperado ser torturado por un verdugo. Por un verdugo semejante, añadió después de una pausa. Por último, se dirigió hacia la ventanilla, que se hundió con piedad hasta el nivel del suelo, en presencia de ese cuerpo desprovisto de epi­dermis. Sin abandonar su piel, que todavía podía ser­virle, tal vez como manto, intentó desaparecer de ese sitio peligroso, y, una vez lejos de la habitación, yo no pude ver ya si había tenido fuerzas para llegar a la puer­ta de salida. ¡Oh, con cuánto respeto se apartaban los gallos y gallinas, a pesar de su hambre, de ese largo rastro de sangre que empapaba la tierra!» ¡ Y yo me preguntaba quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja cada vez con más energía!... «En­tonces, aquel que hubiera debido pensar más en su dig­nidad y en su justicia, se incorporó penosamente so­bre su codo cansado. ¡ Sólo, sombrío, asqueado y ho­rrible!... Se vistió lentamente. Las monjas, sepultadas desde hacía siglos en las catacumbas del convento, des­pués de haber sido despertadas de sobresalto por los ruidos de aquella horrible noche, que chocaban entre sí en una celda situada encima de las criptas, se cogie­ron de la mano para formar un corro fúnebre alrede­dor de él. Mientras él buscaba los escombros de su an­tiguo esplendor, y se lavaba las manos con gargajos, secándoselas a continuación en sus cabellos (es mejor lavarlas con gargajos que no lavarlas con nada, des­pués de pasar toda una noche entre el vicio y el crimen), las monjas entonaron las plegarias de lamento por los muertos cuando alguien es bajado a la tumba. En efec­to, el muchacho no debía sobrevivir a ese suplicio eje­cutado sobre él por una mano divina, y su agonía ter­minó durante el canto de las monjas...» Me acordé de la inscripción del pilar, y comprendí lo que había su­cedido con el púber soñador que todavía esperaban sus amigos todos los días desde el momento de su desapa­rición... ¡ Y yo me preguntaba quién podía ser su due­ño! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja cada vez con más energía!... «Los muros se separaron para dejarlo pa­sar; las monjas, viéndole emprender el vuelo por los aires con alas que hasta entonces había ocultado entre sus ropas esmeralda, volvieron a introducirse en silen­cio bajo la lápida de la tumba. Él partió hacia su ce­lestial morada, dejándome aquí, lo que no es justo. Los demás cabellos continúan en su cabeza, y yo yazgo en esta habitación lúgubre, sobre el suelo cubierto de san­gre coagulada y jirones de carne seca; esta habitación ha quedado condenada desde que él penetró en ella; nadie entra ya, y por lo tanto yo sigo aquí encerrado. ¡Todo se acabó! Ya no volveré a ver las legiones de ángeles marchar formando densas falanges, ni a los as­tros pasearse por los jardines de la armonía. Bien, sea... sabré soportar mi desgracia con resignación. Pero no dejaré de decir a los hombres lo que ha sucedido en esta celda. Le daré permiso para rechazar su dignidad, como un vestido inútil, puesto que tienen el ejemplo de mi dueño; le aconsejaré que chupen la verga del cri­men, puesto que otro ya lo ha hecho...» El cabello se calló... ¡ Y yo me preguntaba quién podía ser su due­ño! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja cada vez con más energía!... Muy pronto estalló el trueno y un destello fosfórico penetró en la habitación. Retrocedí, a pesar mío, por no sé qué instinto de advertencia, y, aunque estaba alejado de la ventanilla, percibí otra voz, pero lenta y baja por temor de que se le oyera: «¡No des esos saltos! ¡Cállate... cállate... si alguien te oyera! Te volveré a colocar entre mis otros cabellos, pero deja primero que el sol se duerma en el horizonte, a fin de que la noche encubra tus pasos... no te he olvidado, pero te hubieran visto salir, y yo me hubiera visto com­prometido. ¡Oh, si supieras como he sufrido desde aquel momento! De regreso al cielo, mis arcángeles me rodearon con curiosidad; no quisieron preguntarme el motivo de mi ausencia. Ellos, que no se habían atrevido nunca a levantar la vista sobre mí, esforzándose por descifrar el enigma, echaban miradas estupefactas a mi rostro abatido, aunque no percibían el fondo del mis­terio, y se comunicaban en voz baja pensamientos que dudaban de algún cambio desacostumbrado en mí. De­rramaban silenciosas lágrimas; vagamente sentían que yo no era ya el mismo, que me había vuelto inferior a mi identidad. Hubiesen querido conocer qué funes­ta resolución me había hecho franquear las fronteras del cielo, para luego bajar a la tierra y gozar de las vo­luptuosidades efímeras que ellos mismos despreciaban profundamente. Notaron en mi frente una gota de es­perma, una gota de sangre. ¡ La primera había saltado desde las nalgas de la cortesana! ¡La segunda había sal­tado desde las venas de los mártires! ¡ Odiosos estig­mas! ¡ Rosetones inquebrantables! Mis ángeles encon­traron, colgados en los matorrales del espacio, los restos resplandecientes de mi túnica de ópalo que flota­ban sobre los pueblos atónicos. No pudieron recons­truirla, y mi cuerpo permanece desnudo ante su ino­cencia, memorable castigo por la virtud abandonada. Mira los surcos que se han trazado un lecho en mis des­coloridas mejillas: son la gota de esperma y la gota de sangre que se filtran lentamente a lo largo de mis secas arrugas. Llegadas al labio superior, hacen un esfuerzo inmenso y penetran en el santuario de mi boca, atraí­das como por un imán, por las fauces irresistibles. Me ahogan esas dos gotas implacables. Yo, hasta ahora, me había creído el Todopoderoso, pero no, tengo que bajar la cabeza ante el remordimiento que me grita: ¡Sólo eres un miserable! ¡No des esos saltos! ¡Cálla­te, cállate... si alguien te oyera! Te volveré a colocar entre mis otros cabellos, pero deja primero que el sol se duerma en el horizonte, a fin de que la noche encu­bra tus pasos... Vi a Satán, el gran enemigo, recom­poner el enredo óseo del esqueleto, por encima de su letargo de larva, y de pie, triunfante, sublime, arengar a sus tropas reunidas, y, como me merezco, hacer que se burlaran de mí. Dijo que se asombraba mucho de que su orgulloso rival, sorprendido en flagrante delito por el éxito, al fin realizado, de un espionaje perpe­tuo, hubiera podido rebajarse hasta el punto de besar el vestido de la corrupción humana, tras un largo via­je a través de los arrecifes del éter, y hacer peligrar en­tre sufrimientos a un miembro de la humanidad. Dijo que ese muchacho, triturado en el engranaje de mis re­finados suplicios, acaso hubiera llegado a ser una in­teligencia genial y consolar así a los hombres en esta tierra por medio de admirable cánticos de poesía y de ánimo contra los golpes del infortunio. Dijo que las monjas del convento-lupanar no pueden recobrar el sueño, vagan por el patio, gesticulando como autóma­tas, aplastando con el pie los ranúnculos y las lilas, se han vuelto locas de indignación, pero no lo bastante como para no recordar la causa que engendra esa en­fermedad de su cerebro... (Vedlas ahí avanzar revestidas de un blanco sudario, sin hablar, cogidas de la ma­no. Sus cabellos caen en desorden sobre los hombros desnudos, y llevan un ramillete de flores negras incli­nado sobre el seno. Monjas, volved a vuestras criptas, aún no ha llegado del todo la noche, sólo es el crepús­culo de la tarde... ¡Oh cabello, lo ves tú mismo, desde todos lados me asalta el desatado sentimiento de mi de­pravación!) Dijo que el Creador, que se vanagloriaba de ser la Providencia de todo lo que existe, se ha con­ducido con mucha ligereza, por no decir otra cosa, al ofrecer un espectáculo semejante a los mundos estela­res, y afirmó claramente su deseo de ir a relatar a los planetas orbiculares cómo mantengo, con mi propio ejemplo, la virtud y la bondad en la vastedad de mis reinos. Dijo que la gran estima que sentía por un ene­migo tan noble, se había desvanecido de su imaginación, y que prefería llevar la mano al seno de una mu­chacha, aunque éste fuera un acto de execrable mal­dad, antes que esculpir sobre mi rostro, recubierto de tres capas de sangre y esperma mezclados, a fin de no ensuciar su baboso gargajo. Dijo que se consideraba, con justo título, superior a mí, no por el vicio, sino por la virtud y el pudor; no por el crimen, sino por la justicia. Dijo que habría que arrastrarme por el lodo, a causa de mis innumerables faltas; hacerme quemar a fuego lento en un brasero encendido, para arrojar­me luego al mar, siempre que el mar quisiera recibir­me. Que, puesto que me vanagloriaba de ser justo, yo, que lo había condenado a las penas eternas por una ligera rebeldía que no había tenido consecuencias gra­ves, debía dictar una justicia severa contra mí mismo, y juzgar imparcialmente mi conciencia cargada de ini­quidades... ¡No des esos saltos! ¡Cállate... cállate... si alguien te oyera! Te volveré a colocar entre mis otros cabellos, pero deja primero que el sol se duerma en el horizonte, a fin de que la noche encubra tus pasos...» Se detuvo un instante, y aunque no lo viese, compren­dí, por esa parada necesaria, que una oleada de emo­ción levantaba su pecho igual que un ciclón giratorio levanta a una familia de ballenas. ¡ Pecho divino un día manchado por el amargo contacto de las tetas de una mujer impúdica! ¡Alma regia entregada en un momento de olvido al cangrejo del libertinaje, al pulpo de la de­bilidad de carácter, al tiburón de la abyección indivi­dual, a la boa de la inmoralidad, y al caracol mons­truoso de la idiotez! El cabello y su dueño se abrazaron estrechamente como dos amigos que se vuelven a ver después de una larga ausencia. El Creador prosi­guió, como un acusado que reaparece ante su propio tribunal: «Y los hombres, ¡qué pensarán de mí, ellos que tenían una opinión tan elevada, cuando lleguen a saber los yerros de mi conducta, la marcha vacilante de mi sandalia por los laberintos fangosos de la mate­ria, y la dirección de mi ruta tenebrosa a través de las aguas estancadas y de los húmedos juncos de la char­ca donde, envuelto en niebla, azulea y ruge el crimen de pata sombría!... Comprendo que es preciso que en el futuro trabaje mucho en mi rehabilitación, a fin de reconquistar su estima. Soy el Gran Todo, y sin em­bargo, por un lado, permanezco inferior a los hombres que he creado con un poco de arena! Cuéntale una mentira audaz y diles que nunca he salido del cielo, donde estoy constantemente encerrado con las preocupa­ciones del trono, entre los mármoles, las estátuas y los mosaicos de mi palacio. Me presenté ante los hijos ce­lestiales de la humanidad y les dije: 'Arrojad el mal de vuestras chozas y dejad que entre en vuestro hogar el manto del bien. Aquel que lleve la mano sobre uno de sus semejantes, haciéndole en el seno una herida mor­tal con el hierro homicida, que no espere lós efectos de mi misericordia y que tema los balances de la justi­cia. Irá a ocultar su tristeza en los bosques, pero el mur­mullo de las hojas a través de los calveros cantará en sus oídos la balada del remordimiento, y huirá de esos parajes pinchado en la cadera por la zarza, el espino y el cardo azul, entorpecidos sus rápidos pasos por la flexibilidad de las lianas y las mordeduras de los es­corpiones. Se dirigirá hacia los guijarros de la playa, pero la marea ascendente, con sus salpicaduras y su aproximación peligrosa, le contará que no ignora su pasado y se precipitará en su ciega carrera hacia la ci­ma del acantilado, mientras los vientos estridentes del equinoccio, al penetrar en las grutas naturales del gol­fo y en las canteras excavadas en la muralla de las ro­cas resonantes, mugirán como las inmensas manadas de búfalos en las pampas. Los faros de la costa lo per­seguirán con sus destellos sarcásticos hasta los límites del septentrión y los fuegos fatuos de las marismas, simples vapores en combustión, con sus danzas fantásti­cas, harán estremecer los pelos de sus poros y verdecer el iris de sus ojos. Que el pudor asiente en vuestras ca­bañas y esté seguro a la sombra de vuestros campos. De esa manera vuestros hijos serán hermosos y se in­clinarán ante sus padres con reconocimiento; si no, en­fermizos y encogidos como el pergamino de las biblio­tecas, avanzarán a grandes pasos, conducidos por la rebeldía, contra el día de su nacimiento y el clítoris de su madre impura'. ¿Cómo los hombres van a obede­cer a esas leyes severas, si es el legislador mismo cl pri­mero que se niega a ceñirse a ellas?... ¡Y mi vergüenza es inmensa como la eternidad!» Oí al cabello que le per­donaba humildemente su secuestro, puesto que su due­ño había procedido con prudencia y no con ligereza, y el último pálido rayo de sol que iluminaba mis pár­pados se retiró de los barrancos de la montaña. Vuel­to hacia él, le vi plegarse como un sudario... ¡No des esos saltos! ¡Cállate... cállate... si alguien te oyera! Te volveré a colocar entre mis otros cabellos. Y ahora que el sol ya se ha ocultado en el horizonte, viejo cínico y cabello afable, arrastraos los dos muy lejos del lupa­nar, mientras la noche, extendiendo su sombra sobre el convento, encubre el alargamiento de vuestros pa­sos furtivos por la llanura... Entonces, el piojo, salien­do súbitamente de detrás de un promontorio, me dijo, erizando sus garras: «¿Qué piensas tú de esto?» Pero yo no quise responderle. Me alejé de allí y llegué al puente. Borré la inscripción que había y la reemplacé por esta: «Doloroso es guardar, como un puñal, un se­creto en el corazón, pero juro no revelar jamás aque­llo de lo que fui testigo cuando penetré por primera vez en ese temible torreón». Arrojé por encima del ba­randal el cortaplumas que me había servido para gra­bar las letras, y, haciendo algunas rápidas reflexiones sobre el carácter del Creador que chocheaba, el cual, ¡ay!, debía aún durante mucho tiempo hacer sufrir a la humanidad (la eternidad es larga), sea por las cruel­dades ejercidas, sea por el espectáculo innoble de los chancros que ocasiona un gran vicio, cerré los ojos, co­mo un hombre ebrio, ante el pensamiento de tener a semejante ser por enemigo, y proseguir con tristeza mi camino, a través del dédalo de calles.




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