Les chants



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¿Hasta cuándo conservarás el culto carcomido de ese Dios insensible a las oraciones y a las ofrendas gene­rosas que le ofreces en holocausto expiatorio? Mira, el horrible manitú no te agradece las grandes copas de sangre y de seso que tú derramas por sus altares, pia­dosamente adornados con guirnaldas de flores. No te lo agradece... pues los temblores de tierra y las tem­pestades continúan haciendo estragos desde el comienzo de las cosas. Y sin embargo, espectáculo digno de ser observado, mientras más indiferente se muestra, más lo admiras. Se ve que desconfías de los atributos que ocul­ta, y tu razonamiento se apoya sobre esta considera­ción: que sólo una divinidad de una potencia extrema puede mostrar tanto desprecio hacia los fieles que obe­decen a su religión. Por eso, en cada país, existen dio­ses distintos -aquí el cocodrilo, allá la vendedora de amor-, pero cuando se trata de un piojo, ante este nombre sagrado, inclinando universalmente las cade­nas de su esclavitud, todos los pueblos se arrodillan jun­tos sobre el atrio augusto, ante el pedestal del ídolo de­forme y sanguinario. El pueblo que no obedeciera a sus propios instintos de arrastrarse y diera señales de rebeldía, desaparecería tarde o temprano de la tierra, como hoja de otoño, aniquilado por la venganza del Dios inexorable.

Oh piojo de pupila torcida, en tanto que los ríos vier­tan la pendiente de sus aguas en los abismos del mar, en tanto que los astros graviten sobre el sendero de su órbita, en tanto que el mudo vacío carezca de hori­zonte; en tanto que la humanidad desgarre sus pro­píos costados en guerras funestas, en tanto que la jus­ticia divina vierta sus rayos vengadores sobre este glo­bo egoísta, en tanto que el hombre desconozca a su creador y se burle de él, no sin razón, mezclando con ello su desprecio, tu reino estará asegurado sobre el un ­verso, y tu dinastía extenderá sus anillos de siglo en siglos. Yo te saludo, sol naciente, liberador celeste, a ti, enemigo invisible del hombre. Continúa diciendo a la suciedad que se una con él en impuros abrazos, y que le jure, con promesas no escritas en el polvo, que se­guirá siendo su amante fiel hasta la eternidad. Besa de vez en cuando la túnica de esa gran impúdica, en me­moria de los servicios importantes que nunca deja de prestarte. Si ella no sedujera al hombre con sus pechos lascivos, es probable que tú no podrías existir, tú, el producto de ese acoplamiento razonable y consecuen­te. ¡Oh hijo de la suciedad!, di a tu madre que si ella no se aparta del lecho del hombre, caminando por las rutas solitarias, sola y sin apoyo, verá su existencia comprometida. Que sus entrañas, que te llevaron nue­ve meses entre sus perfumadas paredes, se conmuevan un instante con el pensamiento de los peligros que co­rre, por lo demás, su tierno fruto, tan gentil y tranqui­lo, pero ya frío y feroz. Suciedad, reina de los impe­rios, conserva para los ojos de mi odio el espectáculo del crecimiento insensible de los músculos de tu prole hambrienta. Para alcanzar ese fin, sabes que sólo tie­nes que unirte estrechamente al costado del hombre. Puedes hacerlo, sin que el pudor sea un inconvenien­te, puesto que los dos estáis casados desde hace largo tiempo.



Por mi parte, si me está permitido agregar unas pa­labras a este himno de glorificación, diré que he hecho construir una fosa de cuarenta leguas cuadradas, y de relativa profundidad. Ahí yace, en su inmunda virgi­nidad, una mina viviente de piojos. Colma el fondo de la fosa, y después serpentea en anchas y densas vetas en todas direcciones. He aquí cómo he construido esta mina artificial. Arranqué un piojo hembra de los ca­bellos de la humanidad. Me han visto acostarme con él durante tres noches consecutivas, y luego lo arrojé a la fosa. La fecundación humana, que hubiera sido nula en otros casos parecidos, fue aceptada esta vez por la fatalidad, y, al cabo de algunos días, millares de monstruos, bullendo en un nudo compacto de mate­ria, nacieron a la luz. Ese nudo horroroso se hizo con el tiempo cada vez más inmenso, adquiriendo la pro­piedad líquida del mercurio y ramificándose en nume­rosos ramales, que se nutren, en la actualidad, devó­ranse entre ellos mismos (el nacimiento es mayor que la mortalidad), cuando no le arrojo como pasto un bas­tardo recién nacido cuya madre desea que muera, o un brazo que consigo cortar a alguna muchacha durante la noche, gracias al cloroformo. Cada quince años, las generaciones de piojos que se nutren del hombre dis­minuyen de una manera notable, y ellas mismas predi­cen, infaliblemente, la época cercana de su completa destrucción. Pues el hombre, más inteligente que su enemigo, llega a vencerlo. Entonces, con una pala in­fernal que aumenta mis fuerzas, extraigo de esta mina inagotables bloques de piojos, grandes como monta­ñas, los corto a hachazos y los trasporto, durante las noches profundas, a las arterias de las ciudades. Allí, en contacto con la temperatura humana, se disuelven como en los primeros días de su formación en las gale­rías tortuosas de la mina subterránea, se fraguan un lecho en la grava, y se diseminan en arroyos por las habitaciones, como espíritus nocivos. El guardián de la casa ladra sordamente, pues le parece que una le­gión de seres desconocidos penetra por los poros de los muros y lleva el terror a la cabecera del sueño. Quizás hayáis oído, al menos una vez que la vida, esa clase de ladridos dolorosos y prolongados. Con sus ojos im­potentes trata de traspasar la oscuridad de la noche, pues su cerebro de perro no comprende nada. Ese mur­mullo le irrita, y se siente traicionado. Millones de ene­migos se abaten así, sobre cada ciudad, como nubes de langostas. Helos ahí por quince años. Combatirán al hombre, produciéndole heridas dolorosas. Después de ese lapso de tiempo, enviaré otros. Cuando triture los bloques de materia animada, puede suceder que un fragmento sea más denso que otro. Sus átomos se es­fuerzan con rabia por separar su aglomeración para ir a atormentar a la humanidad, pero la cohesión resiste en su dureza. En una suprema convulsión, engendran tal esfuerzo, que la piedra, no pudiendo dispersar sus principios vivientes, se lanza ella misma hacia la altu­ra en el aire, como por el efecto de la pólvora, y vuel­ve a caer, hundiéndose profundamente en el suelo. A veces, el campesino soñador percibe un aerolito que corta verticalmente el espacio y se dirige al caer hacia un campo de maíz. No sabe de dónde viene la piedra. Vosotros tenéis ahora, clara y sucinta, la explicación del fenómeno.

Si la tierra estuviera cubierta de piojos, como de gra­nos de arena la orilla del mar, la raza humana sería aniquilada, presa de dolores terribles. ¡Qué espectácu­lo! Y yo, con alas de ángel, inmóvil en el aire, para contemplarlo.


Oh matemáticas severas, nunca os he olvidado, des­de que vuestras sabias lecciones, más dulces que la miel, se filtraron en mi corazón, como una ola refrescante. Instintivamente aspiraba, desde la cuna, a beber en nuestra fuente, más antigua que el sol, y todavía con­migo, yo, el más fiel de vuestros iniciados, pisando el atrio sagrado de vuestro templo. Había algo vago en mi espíritu, un no sé qué denso como el humo, pero supe ascender los peldaños que conducen a vuestro al­tar, y habéis alejado ese velo oscuro, lo mismo que el viento aleja al petrel. Habéis puesto en su lugar una frialdad excesiva, una prudencia consumada y una ló­gica implacable. Con ayuda de vuestra leche fortifican­te, mi inteligencia se ha desarrollado rápidamente y ha adquirido proporciones inmensas en medio de esa cla­ridad encantadora de la que hacéis regalo con prodi­galidad a los que os aman con sincero amor. ¡ Aritmé­tica! ¡Algebra! ¡ Geometría! ¡ Trinidad grandiosa! ¡Triangulo luminoso! ¡El que no os ha conocido es un insensato! Merece que sufra los más grandes suplicios, pues en su descuido ignorante hay un ciego despre­cio; pero aquel que os conoce y os aprecia, no quie­re ya nada de los bienes de la tierra; se contenta con vuestros goces mágicos, y, llevado por vuestras alas sombrías, no desea más que elevarse, con un vuelo ligero, construyendo una hélice ascendente, hacia la bóveda esférica de los cielos. La tierra sólo le mues­tra ilusiones y fantasmagorías morales, pero vosotras, oh matemáticas concisas, por el encadenamiento rigu­roso de vuestras proporciones tenaces y la constan­cia de vuestras férreas leyes, hacéis brillar, en los ojos deslumbrados; un reflejo poderoso de esa verdad su­prema cuya huella se advierte en el orden del univer­so. Pero el orden que os circunda, representado sobre todo por la regularidad perfecta del cuadrado, amigo de Pitágoras, es todavía más grande, pues el Todopo­deroso se reveló completamente, él y sus atributos, en este trabajo memorable que consistió en hacer salir de las entrañas del caos los tesoros de vuestros teoremas y vuestros magníficos esplendores. En las épocas anti­guas y en los tiempos modernos, más de una gran ima­ginación humana, con asombro vio a su genio contem­plando vuestras figuras simbólicas trazadas sobre el pa­pel ardiendo, como otros tantos signos misteriosos que anima un hálito latente, que no comprende el vulgar profano y que no eran más que las revelaciones resplan­decientes de axiomas y jeroglíficos eternos, que exis­tieron antes del universo y que subsistirán después de él. Ella se pregunta, inclinada sobre el precipicio de un punto de interrogación fatal, por qjié las matemáticas contienen tantas imponentes grandezas y tanta verdad incontestable, en tanto que, si las compara con el hom­bre, en éste sólo encuentra mentira y falso orgullo. En­tonces, ese espíritu superior entristecido, al que la no­ble familiaridad de vuestros consejos hace sentir aún más la pequeñez de la humanidad y su locura incom­parable, hunde su cabeza encanecida sobre una mano descarnada y permanece absorto en meditaciones so­brenaturales. Dobla sus rodillas ante vosotras, y su ve­neración rinde homenaje a vuestro divino rostro, co­mo a la propia imagen del Todopoderoso. Durante mi infancia, os aparecisteis a mí una noche de mayo, a la luz de la luna, en una pradera verdeante, a orillas de un límpido arroyo, las tres iguales en gracia y en pu­dor, las tres llenas de majestad, como reinas. Disteis algunos pasos hacia mí, con vuestros largos vestidos, flotantes como vapor, y me atrajisteis hacia vosotros al­tivos pechos, como un hijo bendito. Entonces, acudí apresurado y mis manos se crisparon sobre vuestra blanca garganta. Me nutrí, con reconocimiento, de vuestro maná fecundo, y sentí que la humanidad cre­cía en mí y se volvía mejor. Desde entonces, ¡cuántos proyectos enérgicos, cuántas simpatías que yo creí ha­ber grabado en las páginas de mi corazón como sobre mármol, no han borrado lentamente de mi razón de­sengañada sus líneas configurativas, lo mismo que el alba naciente borra las sombras de la noche! Desde en­tonces he visto la muerte, con la intención, evidente­mente, de poblar las tumbas, asolar los campos de ba­talla, cebados con sangre humana, y hacer crecer las flores matutinas por encima de las fúnebres osamen­tas. Desde entonces he asistido a las revoluciones de nuestro globo; los temblores de tierra, los volcanes con su lava abrasante, el simún del desierto y los naufra­gios por la tempestad han tenido mi presencia como espectador impasible. Desde entonces he visto a nume­rosas generaciones humanas elevar por la mañana sus alas y sus ojos hacia el espacio, con la alegría inexper­ta de la crisálida que saluda a su última metamorfosis, y morir al atardecer, antes de la puesta de sol, con la cabeza inclinada, como flores marchitas que el silbido quejumbroso del viento balancea. Pero vosotras, vo­sotras permanecéis siempre iguales. Ningún cambio, ningún aire pestilente roza las rocas escarpadas y los valles inmensos de vuestra identidad. Vuestras modes­tas pirámides durarán más que las pirámides de Egip­to, hormigueros elevados por la estupidez y de la es­clavitud. El fin de los siglos verá, todavía de pie sobre las ruinas de los tiempos, vuestras cifras cabalísticas, vuestras ecuaciones lacónicas y vuestras lineas escul­turales sentarse a la derecha vengadora del Todopode­roso, en tanto que las estrellas se hundirán, con deses­peración, como trombas, en la eternidad de una no-che horrible y universal, y la humanidad, gesticulante, pensará en ajustar sus cuentas con el juicio final. Gra­cias por los innumerables servicios que me habéis pres­tado. Gracias por las extrañas cualidades con que ha­béis enriquecido mi inteligencia. Sin vosotras, en mi lucha contra el hombre, quizás hubiera sido vencido. Sin vosotras, él me hubiera hecho rodar por la arena y besar el polvo de sus pies. Sin vosotras, una pérfida garra hubiera lacerado mis carnes y mis huesos. Pero siempre me he mantenido en guardia, como un atleta experimentado. Vosotras me disteis la frialdad que sur­ge de vuestras concepciones sublimes, exentas de pasión. Me he servido de ella para rechazar con desdén los go­ces efimeros de mi corto viaje y para arrojar de mi puerta los ofrecimientos simpáticos, aunque engañosos, de mis semejantes. Vosotras me disteis la prudencia tenaz que se descifra a cada paso en vuestros admirables métodos de análisis, de síntesis y de deducción. Me serví de ella para desconcertar a las perniciosas astucias de mi enemigo mortal, para atacarlo a mi vez con destreza y hundir en las vísceras del hombre un agudo puñal que permane­cerá para siempre clavado en su cuerpo, pues es una he­rida de la que nunca se recuperará. Vosotras me disteis la lógica, que es como el alma misma de vuestras ense­ñanzas, llena de sabiduría; con sus silogismos, cuyo complicado laberinto se hace más comprensible, mi in­teligencia sintió duplicarse sus audaces fuerzas. Con la ayuda de este terrible auxiliar, descubrí en la humani­dad, nadando hacia los bajos fondos, frente a los es­collos del odio, la maldad negra y horrorosa que se co­rrompía en medio de los miasmas deletéreos, de los que se admiraban el ombligo. Fue el primero que descubrió en las tinieblas de sus entrañas ese vicio nefasto, ¡el mal!, superior en él al bien. Con ese arma envenenada que me prestasteis, hice descender de su pedestal, cons­truido por la cobardía del hombre, ¡al Creador mis­mo! Rechinó sus dientes y sintió esa injuria ignominio­sa, pues tenía por adversario a alguien más fuerte que él. Pero lo dejaré a un lado, como un rollo de cuerdas, a fin de rebajar mi vuelo... El pensador Descartes ha­cía una vez la reflexión de que nada sólido se había edi­ficado sobre vosotras. Era una manera ingeniosa de ha­cer comprender que el primero que llega no puede, por las buenas, descubrir vuestro inestimable valor. En efecto, ¿qué hay más sólido que las tres cualidades prin­cipales, ya mencionadas, que se elevan, entrelazadas como una corona única, sobre la cima augusta de vues­tra arquitectura colosal? Monumento que crece sin ce­sar con los cotidianos descubrimientos en vuestras mi­nas de diamante y con las exploraciones científicas en vuestros soberbios dominios. ¡Oh santas matemáticas, que podáis, con vuestro comercio perpetuo, consolar el resto de mis días de la maldad del hombre y de la injusticia del Gran Todo!

«Oh lámpara de mechero de plata, mis ojos te per­ciben en los aires, compañera de la bóveda de las cate­drales, y buscan la razón de esa colgadura. Se dice que tus fulgores iluminan, durante la noche, la turba de los que llegan para adorar al Todopoderoso, y que mues­tras a los arrepentidos el camino que conduce al altar. Escucha, es muy posible... pero ¿acaso tienes necesi­dad de prestar semejantes servicios a quienes nada les debes? Deja hundidas en las tinieblas a las columnas de las basílicas, y, cuando una bocanada de la tempes­tad, sobre la cual el demonio, llevado por el espacio en forma de remolino, penetre con él en el sagrado lu­gar diseminando el terror, en lugar de luchar valiente­mente contra la ráfaga pestífera del príncipe del mal, extínguete de súbito bajo su hálito febril, para que él pueda, sin ser visto, escoger sus víctimas entre los cre­yentes arrodillados. Si haces eso, puedes decir que te deberé toda mi felicidad. Cuando brillas de esa mane­ra, diseminando tus claridades indecisas, aunque sufi­cientes, no me atrevo a entregarme a las sugestiones de mi carácter, y permanezco, bajo el pórtico sagra­do, contemplando a través de la puerta entreabierta a los que se escapan a mi venganza, en el seno del Se­ñor. ¡Oh lámpara poética!, tú que serías mi amigo si pudieras comprenderme, cuando mis pies pisan el ba­salto de las iglesias, en las horas nocturnas, ¿por qué te pones a brillar de un modo que, lo confieso, me pa­rece extraordinario? Tus reflejos se colorean entonces con las blancas tonalidades de la luz eléctrica; el ojo no puede mirarte con fijeza; y tú iluminas con una lla­ma nueva y poderosa los menores detalles de la pocil­ga del Creador, como si estuviera preso de una santa cólera. Y cuando me retiro después de haber blasfe­mado, te haces de nuevo imperceptible, modesta y pá­lida, segura de haber cumplido un acto de justicia. Di­me, ¿será porque conoces los recodos de mi corazón que, cuando aparezco yo donde tú velas, te apresuras a señalar mi presencia perniciosa y a atraer la atención de los adoradores hacia el lugar donde acaba de mos­trarse el enemigo de los hombres? Me inclino hacia es­ta opinión, pues yo también comienzo a conocerte, y sé quién eres, vieja hechicera que velas también en las sagradas mezquitas, donde se pavonea, como la cresta de un gallo, tu curioso dueño. Vigilante guardiana, te has concedido una loca misión. Te advierto que la pri­mera vez que me señales la prudencia de mis semejan­tes por el aumento de tus fulgores resplandecientes, co­mo no me gusta ese fenómeno de óptica, que por otra parte no es mencionado en ningún libro de física, te agarraré por la piel de tu pecho, y clavando mis garras en las costras de tu nuca tiñosa, te arrojaré al Sena. No pretendo, cuando no te haga nada, que te compor­tes a sabiendas de una manera que me sea perjudicial. Allí te permitiré que brilles mientras me sea agradable; allí te burlarás de mí con una sonrisa inextinguible; allí convencida de la incapacidad de tu aceite criminal, lo orinarás con amargura». Después de haber hablado así, Maldoror no sale del templo, y permanece con los ojos fijos en la lámpara del santo lugar... Cree ver una es­pecie de provocación en la actitud de esa lámpara, cu­ya presencia inoportuna le irrita en el más alto grado. Se dice que, si hay un alma encerrada en la lámpara, es cobarde al no responder con sinceridad a un ataque leal. Golpea el aire con sus brazos nerviosos y desearía que la lámpara se transformara en hombre; se prome­te que le haría pasar un mal rato. Pero no es natural que una lámpara se convierta en hombre. No se resig­na, y va a buscar, en el atrio de la miserable pagoda, una piedra plana, de canto afilado. La lanza al aire con fuerza... la cadena se corta por la mitad, como la hier­ba por la guadaña, y el instrumento de culto cae al sue­lo, derramando su aceite sobre las losas... Coge la lám­para para llevarla fuera, pero ella se resiste y empieza a crecer. Le parece ver alas en sus costados y adquirir la parte superior la forma de un busto de ángel. El con­junto quiere elevarse en el aire para emprender su vue­lo, pero él lo retiene con mano firme. Una lámpara y un ángel que forman un mismo cuerpo no se ve con frecuencia. Reconoce la forma de la lámpara, recono­ce la forma del ángel, pero no los puede separar en su espíritu; en efecto, en realidad una y otra están pega­das, formando un sólo cuerpo independiente y libre, pero él cree que alguna nube ha velado sus ojos, ha­ciéndole perder algo de su excelente vista. A pesar de todo, se prepara con valentía para la lucha, pues su ad­versario no tiene miedo. La gente sencilla cuenta, a quienes quieren creerlo, que la puerta sagrada se cerró por si misma, girando sobre sus afligidos goznes, para que nadie pudiera asistir a esa lucha impía, cuyas peri­pecias habrían de desarrollarse en el recinto del san­tuario violado. El hombre del manto, mientras recibe crueles heridas con una espada invisible, se esfuerza por aproximar su boca a la cara del ángel, sólo piensa en eso, y todos sus esfuerzos se dirigen a tal fm. Éste pierde su energía y parece presentir su destino. Lucha sólo dé­bilmente y ve el momento en que su adversario podrá besarlo a su antojo, si es que quiere hacerlo. Bien, ha llegado el momento. Con sus músculos oprime la gar­ganta del ángel, que ya no puede respirar, y le vuelve la cara, apoyándola sobre su odioso pecho. Por un ins­tante se siente conmovido por la suerte que le espera a ese ser celestial, al que con gusto hubiera hecho su amigo. Pero cree que es el enviado del Señor, y no puede contener su ira. Todo se acabó, ¡ algo horrible va a en­trar en la jaula del tiempo! Se inclina y lleva la lengua empapada de saliva sobre esa mejilla angélica, que arro­ja miradas suplicantes. Pasea algún tiempo su lengua por esa mejilla. ¡Oh!... ¡Mirad!... ¡Mirad!... ¡La mejilla blanca y rosa se ha vuelto negra como el carbón! Exhala miasmas pútridos. Tiene gangrena, no se pue­de dudar. El mal corrosivo se extiende por toda su ca­ra, y, desde allí, ejerce su furia sobre las partes bajas; en seguida todo el cuerpo no es sino una extensa haga inmunda. Él mismo, horrorizado (pues no creía que su lengua contuviera un veneno de tal violencia), reco­ge la lámpara y huye de la iglesia. Una vez fuera, per­cibe en el aire una forma negruzca, con las alas que­madas, que penosamente dirige su vuelo hacia las re­giones celestes. Se miran los dos, mientras el ángel as­ciende hacia las alturas serenas del bien, y él, Maldo­ror, por el contrario, desciende hacia los abismos ver­tiginosos del mal... ¡Qué mirada! ¡Todo lo que la hu­manidad ha pensado durante sesenta siglos, y pensará durante los siglos venideros, podría estar fácilmente contenida en ella, tantas cosas se dijeron en ese adiós supremo! Se comprende que eran pensamientos más elevados que los que surgen de la inteligencia huma­na; primero a causa de los dos personajes, y luego a causa de la circunstancia. Esa mirada les unió en una amistad eterna. Se extraña de que el Creador pueda te­ner misioneros de alma tan noble. Por un momento cree haberse engañado, y se pregunta si debió seguir la ru­ta del mal, como hizo. Pero el desconcierto ha pasa­do, persevera en su resolución, pues es glorioso, pien­sa, vencer tarde o temprano al Gran Todo, a fin de rei­nar en su lugar sobre el universo entero y sobre legiones de ángeles tan bellos. Este le ha hecho comprender sin hablar que recobrará su forma primitiva a medida que asciende hacia el cielo; deja caer una lágrima, que refresca la frente de aquel que le produjo la gangrena, y desaparece poco a poco, como un buitre, elevándose en­tre las nubes. El culpable mira la lámpara, causa de to­do lo que precede. Corre como un loco por las calles, se dirige hacia el Sena, y arroja la lámpara por encima del barandal. La lámpara forma un remolino durante unos instantes y se hunde definitivamente en las aguas cenagosas. Desde ese día, cada noche, desde la caída de la tarde, se ve una lámpara brillante que surge y se man­tiene, graciosamente, sobre la superficie del río, a la al­tura del puente Napoleón, llevando, en vez de asas, dos pequeñas alas de ángel. Avanza lentamente sobre las aguas, pasa bajo los arcos del puente de la Estación y del puente de Austerlitz, y continúa su estela silenciosa sobre el Sena hasta el puente del Alma. Una vez en este lugar, remonta con facilidad el curso del río, y regresa al cabo de cuatro horas a su punto de partida. Y así sucesivamente durante toda la noche. Sus destellos, blancos como la luz eléctrica, anulan los de las farolas que bordean las dos orillas, entre los que avanza co­mo una reina solitaria, impenetrable, con una sonrisa inextinguible, sin que su aceite se derrame con amar­gura. En un principio los barcos la perseguían, pero ella frustraba esos vanos esfuerzos, escapaba de todas las persecuciones sumergiéndose, como una coqueta, y reapareciendo más lejos, a una gran distancia. Aho­ra, los marinos supersticiosos, cuando la ven, reman en dirección contraria y reprimen sus canciones. Cuan­do paséis por un puente, durante la noche, prestad mu­cha atención: con seguridad veréis brillar la lámpara, aquí o allá, aunque se dice que no se le aparece a todo el mundo. Cuando pasa por el puente un ser humano que tiene cualquier cosa sobre la conciencia, ella apa­ga súbitamente sus reflejos, y el caminante, asombra­do, registra en vano, con una mirada desesperada, la superficie y el légamo del río. Sabe lo que eso signifi­ca. Quisiera creer que ha visto el celeste resplandor, pe­ro se dice que la luz venía de la proa de los barcos o del reflejo de las farolas, tiene razón... Sabe que esa desaparación la motiva él, y, hundido en tristes refle­xiones, apresura el paso para llegar a su casa. Enton­ces la lámpara de mechero de plata reaparece en la su­perficie y prosigue su marcha a través de los arabescos elegantes y caprichosos.



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