Les chants



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¡Qué encantador es este niño que está sentado en un banco del jardín de las Tullerías! Sus audaces ojos ta­ladran algún objeto invisible, allá lejos en el espacio. No debe tener más de ocho años, y, sin embargo, no se divierte como sería conveniente. Por lo menos debería reír y pasear con algún camarada, en lugar de que­darse solo, pero no es ése su carácter.

¡Qué encantador es ese niño que está sentado en un banco del jardín de las Tullerias! Un hombre, movido por un deseo oculto, acaba de sentarse a sñ lado en el mismo banco, con actitudes equívocas. ¿Quién es? No tengo necesidad de decíroslo, pues lo reconoceréis por su conversación tortuosa. Escuchémosles, no les molestemos:

-¿En qué pensabas, niño?

-Pensaba en el cielo.

-No es necesario que pienses en el cielo; ya es bas­tante con pensar en la tierra. ¿Estás cansado de vivir, tú que acabas apenas de nacer?

-No, pero todos prefieren el cielo a la tierra.

-Yo no. Y puesto que el cielo ha sido hecho por Dios, lo mismo que la tierra, ten por seguro que allí encontrarás los mismos males que aquí. Después de tu muerte, no tendrás ninguna recompensa por tus méri­tos, pues si se cometen injusticias en esta tierra (como comprobarás por experiencia más tarde), no hay ra­zón para que en la otra vida no se cometan más. Lo mejor que puedes hacer es no pensar en Dios, y hacer­te justicia tu mismo, puesto que te la niegan. Si uno de tus camaradas te ofendiera, ¿acaso no te haría feliz matarlo?
-Pero eso está prohibido.

-No está tan prohibido como crees. Se trata sola­mente de no dejarse atrapar. La justicia que suminis­tran las leyes no vale nada; es la jurisprudencia del ofen­dido lo que cuenta. Si detestaras a uno de tus camara­das, ¿no serías desgraciado al pensar que erí cada ins­tante tienes su pensamiento ante tus ojos?

-Es verdad.

-He ahí entonces a un camarada que te haría desgraciado toda tu vida, pues, viendo que tu odio es só­lo pasivo, no dejará de burlarse de ti y de causarte daño impunemente. No hay más que un medio de poner fin a ese situación: Desembarazarte del enemigo. Y aquí es a donde quería llegar, para hacerte comprender so­bre qué bases está fundada la sociedad actual. Cada uno debe hacerse justicia por sí mismo, a no ser que sea un imbécil. El que obtiene la victoria sobre sus se­mejantes es el más astuto y el más fuerte. ¿Acaso no querrías un día dominar a tus semejantes?

-Sí, si.

-Entonces sé el más fuerte y el más astuto. Toda­vía eres demasiado joven para ser el más fuerte, pero desde hoy puedes emplear la astucia, el más bello ins­trumento de los hombres de genio. Cuando el pastor David alcanzó en la frente al gigante Goliath con una piedra lanzada con su honda, ¿no es admirable com­probar que solamente por la astucia David venció a su adversario,.y que, por el contrario, si hubiesen lucha­do cuerpo a cuerpo, el gigante lo hubiera aplastado co­mo a una mosca? Igual hubiera sido contigo. En gue­rra abierta, jamás podrías vencer a los hombres, sobre los cuales deseas imponer tu voluntad; pero con la as­tucia, podrás luchar tú solo contra todos. ¿Deseas ri­quezas, hermosos palacios y gloria? ¿O me has enga­ñado cuando me afirmaste esas nobles pretensiones?

-No, no, no te engañaba. Pero quisiera adquirir lo que deseo por otros medios.

-Entonces no conseguirás nada. Los medios vir­tuosos y bonachones no conducen a nada. Hay que po­ner en acción palancas más enérgicas y tramas más in­teligentes. Antes de que llegues a ser célebre por tu vir­tud y alcances la meta, cientos de otros tendrán tiem­po de hacer cabriolas encima de tu espalda y llegar al final de la carrera antes que tú, de tal manera que ya no habrá lugar para tus ideas limitadas. Hay que saber abarcar con más grandeza el horizonte del tiempo presente. ¿No has oído hablar nunca, por ejemplo, de la gloria inmensa que aportan las victorias? Y, sin em­bargo, las victorias no se realizan solas. Es preciso de­rramar sangre, mucha sangre, para engendrarías y de­positarías a los pies de los conquistadores. Sin los ca­dáveres y los miembros esparcidos que observas en la llanura, donde se ha llevado a cabo sabiamente la car­nicería, no habría guerra, y sin guerra no habría victo­ria. Ya ves que, cuando quiere uno hacerse célebre, es necesario sumergirse con gracia en los ríos de sangre alimentados por la carne de cañón. El fin justifica los medios. Para llegar a ser célebre, lo primero que hay que tener es dinero. Ahora bien, como tú no lo tienes, tendrías que asesinar para conseguirlo, pero como no eres lo bastante fuerte como para manejar el puñal, hazte ladrón, en espera de que tus miembros se desa­rrollen. Y para que se desarrollen más de prisa, te acon­sejo que hagas gimnasia dos veces al día, una hora por la mañana y otra hora por la tarde. De este modo po­drás intentar el crimen con cierto éxito, desde la edad de quince años, en lugar de esperar hasta los veinte. El amor por la gloria lo excusa todo, y acaso, más tar­de, dueño de tus semejantes, puedas hacerle casi tanto bien como mal le has hecho al comienzo...



Maldoror se da cuenta de que la sangre hierve en la cabeza de su joven interlocutor; sus narices están hin­chadas y sus labios arrojan una leve espuma blanca. Le toma el pulso: las pulsaciones están aceleradas. La fiebre domina su delicado cuerpo. Teme las consecuen­cias de sus palabras; el infeliz se separa, contrariado por no haber podido conversar durante más tiempo con ese niño. Cuando en la edad madura es tan difícil do­minar las pasiones, vacilando entre el bien y el mal, ¿qué no será en un espíritu todavía colmado de inex­periencia?, ¿y qué cantidad de energía relativa no ha de necesitar cada vez más? Al niño le bastará con guar­dar tres días de cama. ¡Ruego al cielo para que el con­tacto materno lleve la paz a esa flor sensible, frágil en­voltura de un alma hermosa!
Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, con pro­fundo sopor, duerme el hermafrodita, sobre el césped mojado por sus lágrimas. La luna ha desprendido su disco de la masa de nubes, y acaricia con sus pálidos rayos el suave rostro de adolescente. Sus rasgos expre­san la energía más viril, al mismo tiempo que la gracia de una virgen celestial. Nada parece natural en él, ni siquiera los músculos de su cuerpo, que se abren paso a través de los armoniosos contornos de formas feme­ninas. Tiene el brazo curvado sobre la frente, y la ma­no apoyada sobre el pecho, como para contener los la­tidos de un corazón cerrado a todas las confidencias y abrumado por él pesado fardo de un secreto eterno. Cansado de la vida y avergonzado de caminar entre se­res que no se le asemejan, la desesperación ha alcan­zado su alma, y va solo, como el mendigo del valle. ¿Cómo se procura los medios de existencia? Almas compasivas velan de cerca por él, sin que sospeche es­ta vigilancia, y no lo abandonan: ¡es tan bueno! ¡tan resignado! Con gusto habla a veces con aquellos que tienen un carácter sensible, sin estrecharles la mano, manteniéndose a distancia, temeroso de un peligro ima­ginario. Si se le pregunta por qué ha escogido la sole­dad por compañera, sus ojos se elevan al cielo, rete­niendo con dificultad una lágrima de reproche a la Pro­videncia; pero no responde a esa pregunta imprudente que esparce por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa matinal. Si la conversación se prolonga, se vuel­ve inquieto, gira los ojos hacia los cuatro puntos del horizonte, como buscando la forma de huir de la pre­sencia de un enemigo invisible que se aproxima, dice con la mano un adiós brusco, se aleja sobre las alas de su pudor en alerta, y desaparece en el bosque. Ge­neralmente lo toman por un loco. Un día, cuatro hom­bres enmascarados que habían recibido órdenes, se arrojaron sobre él y lo sujetaron sólidamente, de ma­nera que no pudiese mover más que las piernas. El lá­tigo dejó caer sus rudas cuerdas sobre su espalda, y le dijeron que se encaminara sin dilación sobre la ruta que conduce a Bicetre. Cuando recibía los golpes, se puso a reir y a hablar con tanto sentimiento e inteligencia sobre las muchas ciencias humanas que había estudia­do, demostrando una gran instrucción en quien no ha­bía traspasado aún el umbral de la juventud, y sobre los destinos de la humanidad, revelando totalmente la nobleza poética de su alma, que sus guardianes, terri­blemente espantados por la acción que acababan de co­meter, soltaron sus miembros heridos, se arrastraron a sus pies, rogándole un perdón que les fue concedido, y se alejaron con el testimonio de una veneración que no se concede habitualmente a los hombres. Después de este acontecimiento, del que se habló mucho, su secre­to fue adivinado por todos, aunque aparentaban igno­rarlo para no aumentar sus sufrimientos; y el gobier­no le concedió una pensión honorable para hacerle ol­vidar que por un momento se le quiso internar por la fuerza, sin previa verificación, en un hospicio de alie­nados. El emplea la mitad de su dinero, el resto se lo da a los pobres. Cuando ve a un hombre y una mujer paseando por alguna avenida de plátanos, siente que su cuerpo se parte en dos de arriba a abajo, y cada una de las nuevas partes va a abrazar a uno de los pasean­tes; pero no es más que una alucinación, y la razón no tarda en recobrar su imperio. Esta es la causa por la cual no mezcla su presencia ni con los hombres ni con las mujeres, pues su pudor excesivo, que ha nacido con la idea de que sólo es un monstruo, le impide conceder su simpatía abrasadora a quienquiera que sea. Creería profanarse y profanar a los demás. Su orgullo le repite este axioma: «Que cada cual persista en su na­turaleza». Su orgullo, dije, porque teme que uniendo su vida a un hombre o a una mujer, le reprochen tarde o temprano, como una falta enorme, la conformación de su organismo. Entonces se retrae en su amor pro­pio, ofendido por esta suposición impía, que sólo vienen de él, y persevera en permanecer solo en medio de los tormentos, sin consuelo. Allí, en un bosquecillo rodea­do de flores, con profundo sopor, duerme el hermafro­dita, sobre el césped mojado por sus lágrimas. Los pá­jaros, despiertos, contemplan encantados esa figura me­lancólica, a través de las ramas de los árboles, y el rui­señor no quiere hacer oir sus cavatinas de cristal. El bos­que se ha tornado augusto como una tumba por la pre­sencia nocturna. del infortunado hermafrodita. ¡Oh via­jero perdido!, por tu espíritu aventurero, que te ha he­cho abandonar a tu padre y a tu madre desde la más tierna edad; por los sufrimientos que te ha causado la sed en el desierto; por tu patria que acaso buscas, después de haber vagado proscrito largo tiempo, entre las comarcas extranjeras; por tu corcel, tu fiel amigo, que ha soportado contigo el exilio y la intemperie de los cli­mas que te hacía recorrer tu humor vagabundo; por la dignidad que dan al hombre los viajes por tierras leja­nas y mares inexplorados, en medio de los témpanos po­lares o bajo la influencia de un sol tórrido, no toques con tu mano, como si fuera un estremecimiento de la brisa, esos bucles esparcidos por el suelo que se mezclan con la verde hierba. Apártate unos pasos y será mejor. Esa cabellera es sagrada; el hermafrodita mismo así lo ha querido. No desea que unos labios humanos besen re­ligiosamente sus cabellos perfumados por el aire de la montaña, ni tampoco su frente, que en ese momento resplandece como las estrellas del firmamento. Pero más vale creer que es una estrella que ha descendido de su órbita, atravesando el espacio, hasta su frente ma­jestuosa, a la que rodea con su luminosidad de diaman­te como una aureola. La noche, apartando con sus de­dos la tristeza, se reviste de sus encantos para festejar el sueño de esa encarnación del pudor, de esa imagen perfecta de la inocencia de los ángeles: el ruido de los insectos es menos perceptible. Las ramas inclinan so­bre él sus altas frondas, a fin de protegerlo del rocío, y la brisa, haciendo sonar las cuerdas de su arpa melo­diosa, envía sus alegres acordes a través del silencio uni­versal hacia sus párpados cerrados, que creen asistir inmóviles al concierto cadencioso de los mundos sus­pendidos. Sueña que es dichoso, que su naturaleza cor­poral ha cambiado, o que, por lo menos, vuela en una nube púrpura hacia otra esfera habitada por seres de su misma naturaleza. ¡Ay! ¡Que su ilusión se prolon­gue hasta el despertar de la aurora! Sueñas que las flo­res danzan en corro a su alrededor, como inmensas gúirnaldas enloquecidas, y lo impregnan con sus per­fumes suaves, mientras él canta un himno de amor en­tre los brazos de un ser humano de mágica belleza. Pero sus brazos sólo estrechan un vapor crepuscular, y cuan­do se despierte sus brazos no estrecharán nada. No te despiertes, hermafrodita, no te despiertes todavía, te lo suplico. ¿Por qué no quieres creerme? Duerme... duerme todavía. Que tu pecho se dilate, persiguiendo la quimérica esperanza de la dicha, te lo permito, pero no abras los ojos. ¡Ah, no abras los ojos! Quiero de­jarte así, para no ser testigo de tu despertar. Acaso un día, con la ayuda de un libro voluminoso, en conmo­vedoras páginas, cuente tu historia, asombrado de lo que ella contiene y de las enseñanzas que de ella se des­prenden. Hasta aquí no lo he podido hacer, pues cada vez que lo he intentado abundantes lágrimas caían so­bre el papel y mis dedos temblaban, sin que fuera por vejez. Pero quiero tener por fin ese valor. Estoy indig­nado por no tener más nervios que una mujer, y por desmayarme como una damisela cada vez que reflexio­no en tu enorme miseria. Duerme... duerme siempre; pero no abras tus ojos. ¡Ah, no abras tus ojos! ¡Adiós hermafrodita! Ningún día dejaré de rogar al cielo por ti (si fuese por mí, no rogaría). ¡Qué la paz sea en tu seno!

Cuando una mujer con voz de soprano emite sus no­tas vibrantes y melodiosas, ante la audición de esa ar­monía humana mis ojos se colman de una llama laten­te y despiden chispas dolorosas, mientras en mis oídos parece resonar el tronar de los cañones. ¿De dónde pue­de venir esa profunda repugnancia por todo lo que se refiere al hombre? Si los acordes se desprenden de las cuerdas de un instrumento, escucho con voluptuosidad esas notas perladas que se escapan cadenciosas a tra­vés de las ondas elásticas de la atmósfera. La percep­ción no transmite a mi oído más que la impresión de una dulzura capaz de derretir los nervios y el pensa­miento; un adormecimiento inefable envuelve con sus adormideras mágicas, como por un velo que tamiza la luz del día, la potencia activa de mis sentidos y las fuer­zas vivas de mi imaginación. ¡Cuentan que nací entre los brazos de la so era! En las primeras épocas de mi infancia no oía lo que me decían. Cuando, con las más grandes dificultades consiguieron enseñarme a hablar, solamente después de haber leído en una hoja lo que alguien escribió, podía yo comunicar a mi vez el hilo de mis razonamientos. Un día, día nefasto, crecí en be­lleza y en inocencia, y todos admiraron la inteligencia y la bondad del divino adolescente. Muchas concien­cias enrojecían cuando contemplaban los rasgos lím­pidos en donde el alma había colocado su trono. Se aproximaban a él con veneración, porque descubrían en sus ojos la mirada de un ángel. Pero no, yo sabía muy bien que las rosas felices de la adolescencia no podían florecer perpetuamente, trenzadas en caprichosas guirnaldas, sobre su frente modesta y noble que besa­ban con frenesí todas las madres. Comenzaba a apa­recerme que el universo, con su bóveda estrellada de globos impasibles y molestos, no era acaso lo que yo había soñado como más grandioso. De modo que un día, cansado de marcar el paso por el sendero abrupto del viaje terrestre, y de alejarme, tambaleándome co­mo un hombre ebrio, a través de las catacumbas oscu­ras de la vida, alcé con lentitud mis ojos esplénicos, rodeados de un cerco azulado, hacia la concavidad del firmamento, y me atrevía a penetrar, yo, tan joven, en los misterios del cielo. Al no encontrar lo que busca­ba, levanté mis párpados asustados más arriba, aún más arriba, hasta que percibí un trono formado de ex­crementos humanos y de oro, sobre el cual se pavo­neaba, con idiota orgullo, el cuerpo, envuelto en un sudario hecho con sábanas sin lavar de hospital, de aquel que se denominaba a sí mismo el Creador. Te­nía en la mano el tronco podrido de un hombre muer­to, y lo llevaba, alternativamente, de los ojos a la na­riz y de la nariz a la boca; una vez en la boca, se adivi­na que hacía con él. Sus pies se hundían en un vasto charco de sangre en ebullición, en cuya superficie se alzaban bruscamente, como tenias a través del conte­nido de un orinal, dos o tres tímidas cabezas que vol­vían a sumergirse en seguida con la rapidez de una fle­cha: un puntapié bien aplicado en el hueso de la nariz era la conocida recompensa por incumplir el reglamen­to, dada la necesidad de respirar otro ambiente, pues, en modo alguno, esos hombres no eran peces. Anfi­bios, todo lo más, que nadaban entre dos aguas en ese líquido inmundo... hasta que, no teniendo ya nada en la mano, el Creador, con las dos primeras garras del pie, cogió a otro de los sumergidos por el cuello, co­mo con unas tenazas, y lo alzó en el aire, fuera del fan­go rojizo, ¡exquisita salsa! Con éste hizo igual que con el otro. Le devoró primero la cabeza, las piernas y los brazos, y en último lugar el tronco, hasta que nó le que­dó nada, pues roía los huesos. Y así a continuación du­rante las demás horas de la eternidad. Algunas veces exclamaba: «Os he creado, y por lo tanto puedo hacer con vosotros lo que quiera. No me habéis hecho nada, no digo lo contrario. Os hago sufrir por mi propio pla­cer». Y continuaba con su comida cruel, moviendo la mandíbula inferior, la cual, a su vez, movía su barba manchada de sesos. Oh lector, este último detalle, ¿no te hace la boca agua? No come quien quiere un seso semejante, tan bueno, tan fresco y que acaba de ser pescado no hace un cuarto de hora en el lago de los peces. Con los miembros paralizados y la garganta mu­da contemplé durante algún tiempo ese espectáculo. Por tres veces poco faltó para que me cayera de espal­da, como un hombre que sufriera una emoción dema­siado fuerte; por tres veces conseguí mantenerme de pie. Ni una fibra de mi cuerpo permaneció inmóvil, pues temblaba como tiembla la lava interior de un vol­cán. Por fin, no pudiendo mi pecho oprimido expul­sar con bastante rapidez el aire que da vida, los labios de mi boca se entreabrieron y lancé un grito... un grito tan desgarrador... ¡que yo mismo lo oí! Los obstácu­los de mi oído se deshicieron de una manera brusca, el tímpano crujió por el choque de esa masa de aire sonoro expulsada con energía por mí, y se produjo un fenómeno nuevo en el órgano condenado por la natu­raleza. ¡Acababa de oír un sonido! ¡Un quinto senti­do se revelaba en mí! Pero ¿qué placer podría yo en­contrar en semejante descubrimiento? Desde entonces el sonido humano no llegó a mi oído más que como el sentimiento del dolor que engendra la piedad por una gran injusticia. Cuando alguien me hablaba, yo recor­daba lo que había visto un día por encima de las esferas visibles, y la traducción de mis sentimientos repri­midos en un grito impetuoso cuya timbre era idéntico al de mis semejantes. No podía responderle, pues los suplicios ejercidos sobre la debilidad del hombre en ese horroroso mar de púrpura, pasaban ante mi frente ru­giendo como elefantes desollados, y rozaban con sús alas de fuego mis cabellos calcinados. Más tarde, cuando conocí mejor a la humanidad, a ese sentimiento de piedad se unió un furor intenso contra esa tigresa ma­drastra, cuyos hijos endurecidos no saben sino malde­cir y hacer el mal. ¡Audacia de la mentira! ¡Dicen que entre ellos él mal es sólo una excepción!... Ahora todo acabó desde hace largo tiempo; desde hace largo tiem­po no dirijo la palabra a nadie. Oh tú, quienquiera qúe seas, cuando estés a mi lado, qúe las cuerdas de tu glo­tis no dejen escapar ninguna entonación; que tu larin­ge inmóvil no tenga que esforzarse para superar al rui­señor: y tú mismo no intentes inútilmente hacerme co­nocer tú alma con la ayuda del lenguaje. Guarda tu Si­lencio religioso que nada interrumpa; cruza humilde­mente tus manos sobre mi pecho, y dirige tus párpa­dos hacia abajo. Ya os lo dije, desde aquella visión que me hizo conocer la suprema verdad, demasiado pesa­dillas me han chupado ávidamente la garganta, durante noches y días, para tener todavía el valor de renovar, siquiera por el pensamiento, los sufrimientos que pa­decí en aquella hora infernal, que sin cesar me persi­gue con su recuerdo. Oh, cuando oigas la avalancha de nieve caer desde la cima de la fría montaña, lamen­tarse a la leona en el árido desierto por la desaparición de sus cachorros, cumplir su destino a la tempestad, mugir al condenado en la prisión la víspera de que lo guillotinen, y relatar al pulpo feroz, entre las olas del mar, sus victorias sobre los nadadores y los naúfragos, di, esas voces majestuosas, ¿no son más hermosas que la risa sarcástica del hombre?

Hay un insecto que los hombres alimentan a su cos­ta. No le deben nada, pero le temen. Este insecto, a quien no le gusta el vino, sino que prefiere la sangre, si no se les satisfacen sus legítimas necesidades, sería capaz, gracias a un poder oculto, de hacerse tan gran­de como un elefante y aplastar a los hombres como es­pigas. Hay que ver cómo se le respeta, cómo se le ro­dea de una veneración canina, cómo se le coloca en la más alta estima por encima de los demás animales de la creación. Sé le otorga la cabeza como trono, y él se aferra con sus garras a la raíz de los cabellos, con dig­nidad. Luego, cuando está gordo y entra en una edad avanzada, imitando la costumbre de un pueblo anti­guo, se le mata, a fin de que no tenga que sufrir los ataques de la vejez. Se le hace grandiosos funerales, como a un héroe, y el ataúd que le conduce directa­mente hacia la tumba es llevado a hombros por los prin­cipales ciudadanos. Sobre la tierra húmeda que el se­pulturero remueve con su diestra pala, se combinan fra­ses multicolores sobre la inmortalidad del alma, sobre la inutilidad de la vida, sobre la voluntad inexplicable de la Providencia, y el mármol se cierra para siempre sobre esa existencia, laboriosamente cumplida, que ya no es más que un cadáver. La multitud se dispersa, y la noche no tarda en cubrir con sus sombras los muros del cementerio.

Pero consolaos, humanos, de su dolorosa pérdida. Ahí está su innumerable familia que avanza y con la cual os ha liberalmente gratificado, a fin de que vues­tra desesperación sea menos amarga y se halle aliviada por la agradable presencia de esos engendros agresi­vos, que se convertirán más tarde en magníficos pío­jos, adornados de una notable belleza, monstruos con aspecto de sabios. Incubó infinitas docenas de queri­dos huevos, con su ala maternal, en vuestros cabellos, secos por la succión encarnizada de esos temibles forasteros. En seguida viene el período en el que los hue­vos estallan. No temáis nada, no tardarán en crecer esos adolescentes filósofos, a través de esta vida efímera. Crecerán de tal modo que os lo harán sentir con sus garras y su succiones.

Vosotros no sabéis por qué no devoran los huesos de vuestra cabeza y sólo se contentan con extraer, con su bomba, la quintaesencia de vuestra sangre. Espe­rad un instante y os lo diré: porque no tienen fuerza. Estad seguros de que si su mandíbula estuviera con­forme con la medida de sus ansias infinitas, el cerebro, la retina de vuestros ojos, la columna vertebral, todo vuestro cuerpo desaparecería. Sobre la cabeza de al­gún joven mendigo de la calle, observad, con un mi­croscopio, a un piojo que trabaja, y ya me lo conta­réis. Desgraciadamente esos bandidos de larga cabellera son pequeños. No serían buenos para ser reclu­tas, pues no dán la talla exigida por la ley. Pertenecen al mundo liliputiense de los paticortos, y los ciegos no vacilan en colocarlos entre los infinitamente pequeños. Desgraciado el cachalote que se batiera con un piojo. Sería devorado en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de su talla. No quedaría ni la cola para ir a dar la noti­cia. El elefante se deja acariciar. El piojo no. No os aconsejo intentar esa prueba peligrosa. Tened cuida­do si vuestra mano es peluda o se compone solamente de carne y huesos. No quedarán ni los dedos. Crujirán como si sufrieran la tortura. La piel desaparece como por un extraño encantamiento. Los piojos son incapa­ces de cometer tanto mal como su imaginación le inci­ta. Si encontráis un piojo en vuestro camino, conti­nuad, y no le lamáis las papilas de la lengua. Os suce­dería algún incidente. Está visto. Pero no importa, es­toy contento por la cantidad de mal que te hace, oh raza humana, aunque me gustaría que te hiciera toda­vía más.




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