Les chants



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, que sólo ha tomado de ti lo que era bello, mi razón se ha engrandecido, y por ello puedo hablar­te. He llegado hasta ti para sacarte del abismo. Los que se llaman tus amigos te miran, llenos de consternación, cada vez que te encuentran, pálido y encorvado, en los teatros, en las plazas públicas, en las iglesias, u opri­miendo con tus dos nerviosas piernas ese caballo que sólo galopa de noche, llevando a su amo-fantasma en­vuelto en un amplio manto negro. Abandona esos pen­samientos que dejan a tu corazón vacío como un de­sierto, pues son más abrasadores que el fuego. Tu es­píritu está tan enfermo que ni siguieras lo percibes, y crees hallarte en tu estado natural cada vez que de tu boca salen insensatas palabras, aunque llenas de una infernal grandeza. ¡Desgraciado!, ¿qué palabras has di­cho desde el día de tu nacimiento? ¡ Oh triste residuo de una inteligencia inmortal creada con tanto amor por Dios! ¡Tú sólo has engendrado maldiciones más ho­rrendas que la mirada de las panteras hambrientas! ¡Preferiría tener los párpados pegados, un cuerpo sin piernas ni brazos, haber asesinado a un hombre, antes que ser tú! Porque te odio. ¿Para qué poseer ese ca­rácter que me asombra? ¿Con qué derecho vienes a esta tierra para burlarte de los que la habitan, podrido des­pojo, agitado por el escepticismo? Si no te gusta, re­gresa a las esferas de donde has venido. Un habitan­te de la ciudad no debe residir en una aldea, como un extranjero. Sabemos que en los espacios existen esfe­ras más vastas que la nuestra, en donde los espíritus tienen una inteligencia que nosotros no podemos siquie­ra concebir. Bueno, ¡vete!... ¡retírate de este suelo mó­vil!... muestra al fin esa esencia divina que hasta aho­ra has ocultado, y, lo más aprisa posible, dirige tu vuelo ascendente hacia tu esfera, que no envidiamos, por muy orgulloso que estés de ella. Pues nunca he logrado sa­ber si eres un hombre o más que un hombre. Adiós, entonces, no esperes volver a encontrar al sapo en tu travesía. Has sido la causa de mi muerte. ¡Yo parto para la eternidad a fin de implorar tu perdón!.

Si algunas veces es lógico atenerse a la apariencia de los fenómenos, este primer canto termina aquí. No seáis severos con el que no ha hecho sino probar su li­ra: ¡de ella sale tan extraño sonido! Sin embargo, si queréis ser imparciales, habréis de reconocer ya una fuerte impronta en medio de las imperfecciones. En cuanto a mí, voy a ponerme a trabajar de nuevo para que aparezca un segundo canto en un lapso de tiempo que no sea demasiado grande. El final del siglo dieci­nueve verá a su poeta (sin embargo, al principio, no debe comenzar con una obra maestra, sino seguir la ley de la naturaleza); nació en las costas americanas, en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos, antaño rivales, se esfuerzan actualmente en superarse por medio del progreso material y moral. Buenos Aires, la reina del sur, y Montevideo, la coqueta, se tienden una mano amiga a través de las aguas plateadas del gran estuario. Pero la guerra eterna ha situado su imperio destructor sobre los campos y cosecha numerosas vic­timas. Adiós, anciano, y piensa en mí, si me has leído. Tú, muchacho, no te desesperes, pues tienes un amigo en el vampiro, aunque pienses lo contrario. Y contan­do con el acaro sarcoptes que produce la sarna, ten­drás dos amigos.



CANTO SEGUNDO
¿ADÓNDE ha ido ese primer canto de Maldoror des­de que su boca, llena de hojas de belladona, lo dejó escapar a través de los reinos de la cólera, en un mo­mento de reflexión? Dónde ha ido ese canto... No sé sabe con precisión. Ni los árboles ni los vientos lo conservaron. Y la moral, que pasaba por ese sitio, sin pre­sagiar que tenía en esas páginas incandescentes un enér­gico defensor, lo vio dirigirse con paso firme y recto hacia los rincones oscuros y las fibras secretas de las conciencias. Por. lo menos, la ciencia da por sabido que desde ese tiempo el hombre de figura de sapo no se re­conoce a sí mismo, y cae con frecuencia en accesos de furor que le hacen parecerse a una bestia de los bos­ques. No es culpa suya. En todos los tiempos él creyó, con los párpados plegados bajo las resedas de la mo­destia, que no estaba compuesto más que de bien y una mínima cantidad de mal. De pronto, yo le hice saber, descubriendo a pleno día su corazón y sus tramas, que, por el contrario, sólo estaba compuesto de una míni­ma cantidad de bien, que los legisladores tratan a toda costa de no dejar evaporar. A mí, que no le he enseña­do nada nuevo, me gustaría que no sintiera una vergüenza eterna a causa de mis amargas verdades; pero la realización de este deseo no estaría conforme con las leyes de la naturaleza. En efecto, arranco la máscara de su rostro traidor y lleno de fango, y hago caer, una a una, como bolas de marfil sobre una fuente de pla­ta, las mentiras sublimes con las cuales se engaña a sí mismo: es, por tanto, comprensible que no ordene a la calma imponer las manos sobre su rostro, incluso cuando la razón dispersa las tinieblas del orgullo. Por eso el héroe que pongo en escena ha atraído sobre si un odio irreconciliable, atacando a la humanidad, que se creía invulnerable, por la brecha de absurdas tira­das filantrópicas, que están amontonadas, como gra­nos de arena, en sus libros, cuyo ridículo lado cómico, aunque aburrido, algunas veces estoy a punto de apre­ciar, cuando la razón me abandona. El lo había pre­visto. No basta con esculpir la estatua de la bondad sobre el frontis de los pergaminos que contiene las bi­bliotecas. ¡Oh ser humano, hete ahí, ahora, desnudo como un gusano, en presencia de mi espada de diaman­te! Abandona tu método, no es tiempo ya de hacerse el orgulloso: hacia ti dirijo mi plegaria, en actitud de prosternación. Hay alguien que observa los menores movimientos de tu vida culpable; estás envuelto en las redes sutiles de su perspicacia encarnizada. No te fíes de él cuando se vuelva de espalda, pues te mira; no te fíes de él cuando cierre los ojos, pues te sigue miran­do. Es difícil suponer que, en cuanto a astucia y per­versidad, tu terrible resolución pueda superar al hijo de mi imaginación. Sus menores golpes aciertan. Con algunas precauciones, es posible hacerle saber al que cree ignorarlo, que los lobos y los bandidos no se de­voran entre sí: acaso no sea su costumbre. Por consi­guiente, entrega sin temor a sus manos el cuidado de tu existencia: él la conducirá de la manera que sabe. No creas en la intención que hace relucir al sol, de co­rregirte, pues le interesas muy poco, por no decir na­da; aunque aún no he aproximado a la verdad total la benevolente medida de mi verificación. Pero a él le gus­ta hacerte daño, por la legítima persuasión de que te volverás tan malo como él, y así cuando llegue la hora le acompañarás hasta la honda gruta del infierno. Su lugar está marcado desde hace mucho tiempo en un paraje donde se distingue una horca de hierro, de la cual están suspendidas unas cadenas y unas argollas. Cuan­do el destino lo conduzca allá, el fúnebre embudo ja­más habrá saboreado una presa más sabrosa, ni él con­templado una mansión más conveniente. Me parece que hablo de una manera intencionadamente paternal, y que la humanidad no tiene derecho a quejarse.
He tomado la pluma que va a construir el segundo canto... instrumento arrancado a las alas de algún pi­gargo rojo. Pero... ¿qué tienen mis dedos? Las articu­laciones permanecen quietas desde el momento en que comienzo mi trabajo. Sin embargo, tengo necesidad de escribir... ¡Es imposible! Bien, repito que tengo nece­sidad de escribir mi pensamiento: tengo derecho, co­mo cualquier otro, a someterme a esa ley natural... Pe­ro no, no, ¡la pluma permanece inerte!... Mirad, a tra­vés de los campos como brilla el relámpago a lo lejos. La tormenta recorre el espacio. Llueve... Sigue llovien­do... ¡Cómo llueve!... El rayo estalla... se abata sobre mi ventana entreabierta y me derriba al suelo de un gol­pe en la frente. ¡Pobre muchacho! ¡Tu rostro estaba ya demasiado maquillado por las precoces arrugas y por la deformación de nacimiento, para necesitar ade­más esa larga cicatriz sulfurosa! (Acabo de suponer que la herida está curada, cosa que no sucederá tan pron­to). ¿Por qué esta tormenta y por qué la parálisis de mis dedos? ¿Es una advertencia de las alturas para im­pedirme que escriba y para que considere mejor a lo que me expongo, al destilar la baba de mi boca cua­drada? Pero esta tormenta no me ha causado temor. ¡Qué me importa a mí una legión de tormentas! Esos agentes de la policía celeste cumplen con celo su peno­so deber, si he de juzgar brevemente por mi frente herida. No tengo que agradecer al Todopoderoso su no­table destreza; envió el rayo con objeto de cortar mi rostro en dos, precisamente a partir de la frente, sitio en donde la herida ha sido más peligrosa: ¡que otro le felicite! Pero las tormentas atacan siempre a alguien más fuerte que ellas. Así, pues, horrible Eterno con faz de víbora, no contento con haber colocado mi alma en­tre las fronteras de la locura y los pensamientos furio­sos que matan de un modo lento, ¿era preciso que cre­yéras además conveniente para tu majestad, después de un maduro examen, hacer brotar de mi frente una copa de sangre?... Pero, en fin, ¿quién te dice nada? Sabes que no te amo, y que, por el contrario, te odio: ¿por qué insistes? ¿Cuándo dejará tu conducta de adoptar las apariencias más extravagantes? Háblame con franqueza, como a un amigo: ¿no dudas acaso de que en tu odiosa persecución muestras un apresura­miento ingenuo cuyo ridículo más completo no se atre­vería a hacer resaltar ninguno de tus serafines? ¿Qué clase de cólera te posee? Has de saber que si me dejas vivir lejos de tus persecuciones, tendrás mi reconoci­miento... Vamos, Sultán, líbrame con tu lengua de es­ta sangre que mancha el pavimento. El vendaje está ter­minado: mi frente restañada ha sido lavada con agua y sal y he cruzado las vendas a través de mi rostro. El resultado no es excesivo: cuatro camisas y dos pañue­los llenos de sangre. No se creería, a primera vista, que Maldoror contuviera tanta sangre en sus arterias, pues en su rostro sólo relucen los resplandores de un cadá­ver. Pero, en fin, ese es el asunto. Tal vez se trate de casi toda la sangre que pudo contener su cuerpo, y es probable que no le quede ya nada. Basta, basta, perro ávido, deja el pavimento como está, tienes el vientre lleno. No es preciso que continúes bebiendo, pues no tardarías en vomitar. Estás convenientemente repleto, vete a dormir a la perrera, hazte cuenta que nadas en la felicidad, pues no tendrás que pensar en el hambre durante tres inmensos días, gracias a los glóbulos que has hecho descender por tu gaznante, con una satis­facción solemnemente visible. Tú, Lemán, coge una escoba, yo también quisiera coger otra, pero no tengo fuerzas. ¿Es verdad que comprendes que no tengo fuer­zas? Vuelve tus lágrimas a su funda; si no, creeré que no tienes el coraje de contemplar con sangre fría la gran cicatriz, consecuencia de un suplicio ya perdido para mí en la noche de los tiempos. Irás a la fuente a buscar dos cubos de agua. Una vez lavado el pavimento, pon­drás esa ropa interior en la habitación próxima. Si la lavandera viene esta noche, como debe hacer, se la en­tregarás; Pero como ha llovido mucho desde hace una hora, y sigue lloviendo, no creo que salga de su casa; Entonces vendrá mañana por la mañana. Si te pregun­ta de donde procede toda esa sangre, no estás obliga­do a responderlé. ¡Oh qué débil estoy! No importa; ten­dré no obstante la fuerza de levantar la pluma y el co­raje para profundizar en mi pensamiento. ¿Qué le ha reportado al Creador atormentarme, como si yo fuera un niño, con una tormenta que lanza rayos? No per­sisto menos por ello en mi resolución de escribir. Es­tas vendas me atontan, y la atmósfera de mi habita­ción respira sangre...
¡Qué no llegue el día en qué Lohengrin y yo pase­mos por la calle uno al lado del otro sin mirarnos, ro­zándonos los codos como dos transeúntes que tienen prisa! ¡Oh, que me dejen huir para siempre lejos de esta suposición! El Eterno ha creado el mundo tal co­mo es: demostrará mucha sabiduría si durante el tiem­po estrictamente necesario para romper de un marti­llazo la cabeza de una mujer, olvida su majestad side­ral, a fin de revelarnos los misterios en medio de los cuales nuestra existencia se asfixia, lo mismo que un pez en el fondo de una barca. Pero él es grande y no­ble; nos supera por la fuerza de sus concepciones; si parlamentara con los hombres, todas las vergüenzas le salpicarían hasta el rostro. Pero... ¡qué miserable eres! ¿Por qué no enrojeces? No basta con que el ejército de dolores físicos y morales que nos rodea haya sido engendrado: el secreto de nuestro destino de andrajos no se nos ha señalado. Conozco al Todopoderoso... y él también debe conocerme a mí. Si, por azar, cami­namos por el mismo sendero, su vista penetrante me ve llegar desde lejos: entonces toma por un camino transversal a fin de evitar el triple dardo de platino con que la naturaleza me ha dotado a modo de lengua. Tú me concederás el placer, oh Creador, de dejar que difunda mis sentimientos. Manejando la terrible ironía con mano fría y firme, te advierto que mi corazón la contendrá en cantidad suficiente como para atacarte hasta el fin de mi existencia. Golpearé tu hueco arma­zón, con tal fuerza que me propongo hacer salir de él las restantes parcelas de inteligencia que no quisiste dar al hombre -porque habrías estado celoso al hacerlo igual a ti-, y que habías escondido desvergonzadamente en tus tripas, astuto bandido, como si no supieras que un día u otro las habría descubierto yo con mi ojo siem­pre avizor y te las habría arrebatado para compartir­las con mis semejantes. Lo he hecho como te digo, y ahora ya no te temen, tratan contigo de poder a po­der. Dame la muerte para que me arrepienta de mi audacia: descubro mi pecho y espero con humildad. ¡Apareced, irrisorias envergaduras de los castigos eter­nos!... ¡ despliegues enfáticos de atributos demasiado envanecidos! Ha manifestado su incapacidad para de­tener la circulación de mi sangre que lo provoca. Sin embargo, tengo pruebas de que no vacila en hacer ex­tinguir, en la flor de la edad, el hálito de otros seres humanos, cuando apenas si han saboreado los goces de la vida. Lo que es sencillamente atroz, aunque so­lamente desde el punto de vista de la debilidad de mi opinión. He visto al Creador, estimulando su crueldad inútil, provocar incendios en los que perecían ancia­nos y niños. No soy el que comienza el ataque; es él quien me obliga a hacerle girar como un trompo con el látigo de cuerdas de acero. ¿No es él quien me sumí­nistra las acusaciones contra él mismo? ¡No agotará mi verbo temible! Mi verbo se nutre de las insensatas pesadillas que atormentan mis insomnios. Pero si ha sido a causa de Lohengrin el que se escribiera lo que antecede, volvamos entonces a él. Por temor de que más tarde no llegara a ser, yo había resuelto de ante­mano matarlo a cuchilladas, una vez que hubiera pa­sado la edad de la inocencia. Pero he reflexionado y sensatamente he abandonado mi resolución a tiempo. Él no sospecha que su vida ha estado en peligro du­rante un cuarto de hora. Todo estaba preparado y el cuchillo había sido comprado. Era un estilete precioso-pues me gusta la gracia y la elegancia hasta en los aparatos de la muerte-, aunque muy largo y puntia­gudo. Una sola herida en el cuello, atravesando con precisión una de las arterias carótidas, creo que hubie­ra bastado. Estoy contento de mi conducta; más tarde me hubiera arrepentido. Por lo tanto, Lohengrin, haz lo que quieras, obra como te plazca, enciérrame toda la vida en una prisión oscura, con escorpiones como compañeros de mi cautividad, o arráncame un ojo y déjalo caer en el suelo, nunca te haré el menor repro­che; soy tuyo, te pertenezco, ya no vivo para mí. El dolor que me causes no será comparable a la dicha de saber que aquel que me hiere con sus manos asesinas está impregnado de una esencia más divina que la de sus semejantes. Sí, todavía es hermoso dar la vida por un ser humano y conservar la esperanza de que todos los hombres no son malos, ya que al fin hay uno que ha sabido atraer con toda su fuerza hacia sí las repug­nancias desconfiadas de mi amarga simpatía...
Es medianoche; no se ve un sólo ómnibus desde la Bastilla a la Magdalena. Me equivoco: aquí aparece uno como si de súbito surgiera de debajo de la tierra. Los escasos transeúntes rezagados lo miran atentamente, pues no se asemeja a ningún otro. Hombres que tie­nen la mirada inmóvil, como la de un pez muerto, es­tán sentados en la imperial. Se hallan apretujados unos contra otros y parece que hubieran perdido la vida; por lo demás, no sobrepasan el número reglamentario. Cuando el cochero da un latigazo a sus caballos, se di­ría que el látigo hace mover su brazo y no su brazo al látigo. ¿Qué representa este conjunto de seres extra-ños y mudos? ¿Son habitantes de la luna? Hay momen­tos en que uno se siente tentado de creerlo, pero más bien se asemejan a cadáveres. El ómnibus, con prisa por llegar a la última estación, devora el espacio y ha­ce crujir el pavimento... ¡Se aleja!... Pero una masa informe lo persigue encarnizadamente, siguiendo sus huellas, en medio del polvo. «Deteneos, os lo ruego, deteneos... mis piernas están hinchadas por haber ca­minado durante toda la jornada... no he comido des­de ayer... mis padres me han abandonado... ya no sé qué hacer... he decidido regresar a mi casa y podría llegar pronto si me concedierais una plaza... soy un ni-ño de ocho años y confío en vosotros...» ¡Se aleja!... ¡Se aleja! Pero una masa informe lo persigue encarni­zadamente, siguiendo sus huellas, en medio del polvo. Uno de aquellos hombres de mirada fría le da un co­dazo a su vecino, y parece expresarle su descontento por esos gemidos, de timbre argentino, que llegan hasta sus oídos. El otro baja la cabeza de manera impercep­tible, a modo de asentimiento, y se hunde de nuevo en la inmovilidad de su egoísmo, como una tortuga en su caparazón. Todo indica en los rasgos de los demás via­jeros el mismo sentimiento que en los dos primeros. Durante dos o tres minutos todavía se oyen los gritos, más penetrantes de segundo en segundo. Se ven abrir-se algunas ventanas sobre el bulevar, y una figura asus­tada con una luz en la mano, después de arrojar una mirada sobre la calzada, vuelve a cerrar los postigos con ímpetu, para no reaparecer más... ¡Se aleja!... ¡Se aleja!... Pero una masa informe lo persigue encarni­zadamente, siguiendo sus huellas, en medio del polvo. Sólo un muchacho, sumergido en sus sueños entre to­dos esos personajes de piedra, parece sentir piedad por la desgracia. No se atreve a elevar la voz en favor del niño, que cree poder alcanzarlo con sus piernecitas do­loridas, pues los demás hombres le lanzan autoritarias y despreciativas miradas, y sabe que no puede hacer nada contra todos. Con los codos apoyados en las ro­dillas y la cabeza entre las manos, se pregunta, estupe­facto, si es en verdad eso lo que se llama caridad hu­mana. Reconoce entonces que no es más que una pa­labra vacía, que ya ni siquiera se encuentra en el dic­cionario de la poesía, y confiesa con sinceridad su error. Se dice para sí: «En verdad, ¿por qué preocuparse por un niño? Démosle de lado». Sin embargo, una lágri­ma ardiente rueda por las mejillas del adolescente, que acaba de blasfemar. Se pasa penosamente la mano por la frente como para apartar una nube cuya opacidad oscurece su inteligencia. Se agita, aunque en vano, en ese siglo en el que ha sido arrojado; siente que no se halla en su lugar, y sin embargo no puede salir de él. ¡Prisión terrible! ¡Fatalidad horrorosa! Lombano, des­de esa día estoy contento contigo. No dejaba de ob­servarte, mientras mi rostro respiraba la misma indi­ferencia que el de los otros viajeros. El adolescente se levanta, con un movimiento de indignación, y quiere retirarse, para no participar, ni siquiera involuntariamente, en una mala acción. Le hago una seña y vuelve a mi lado... ¡Se aleja!... ¡Se aleja!... Pero una masa informe lo persigue encarnizadamente, siguiendo sus huellas, en medio del polvo. Los gritos cesan súbita­mente, pues el niño ha pegado con el pie contra un ado­quín saliente y se ha hecho una herida en la cabeza al caer. El ómnibus ha desaparecido en el horizonte, y ya no se ve más que la calle silenciosa... ¡Se aleja!... ¡Se aleja!... Pero una masa informe lo persigue encarni­zadamente, siguiendo sus huellas, en medio del polvo. Mirad ese trapero que pasa, encorvado sobre su farol mortecino; hay en él más corazón que en todos sus se­mejantes del ómnibus. Acaba de recoger al niño; es­tad seguros de que lo curará, y no lo abandonará, co­mo hicieron sus padres. ¡Se aleja!... ¡Se aleja!... Pe­ro, desde el lugar en que se encuentra, la mirada pene­trante del trapero lo persigue encarnizadamente, si­guiendo sus huellas, en medio del polvo... ¡Raza estú­pida e idiota! Te arrepentirás de conducirte así. Te lo digo yo. Te arrepentirás, sí, te arrepentirás. Mi poesía sólo consistirá en atacar por todos los medios al hom­bre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no debería haber engendrado semejante canalla. Los volúmenes se amontonarán sobre los volúmenes, hasta el fin de mi vida, y, sin embargo, en todos ellos no se verá más que esta única idea, siempre presente en mi conciencia.
Al dar mi paseo cotidiano, todos los días pasaba por una calle estrecha, y todos los días una esbelta mucha­cha de diez años me seguía a distancia, respetuosamen­te, a lo largo de esa calle, mirándome con ojos simpá­ticos y curiosos. Era muy alta para su edad y tenía el talle delgado. Abundantes cabellos negros, separados por una raya en medio de la cabeza, caían en forma de trenzas independientes sobre sus hombros marmó­reos. Un día que me seguía como de costumbre, los bra­zos musculosos de una mujer la cogieron por los cabe-líos, lo mismo que un torbellino coge a una hoja, le administró dos brutales bofetadas sobre la mejilla al­tiva y muda, y se llevó a su casa a aquella conciencia extraviada. Aunque yo manifestara indiferencia, ella jamás dejaba de perseguirme con su presencia siempre inoportuna. Cuando a buen paso me metía por otra calle para continuar mi camino, ella se detenía, hacien­do un violento esfuerzo sobre si misma, al final de aquella estrecha calle, inmóvil como la estatua del Si­lencio, y no dejaba de mirar hasta que yo desaparecía. Una vez, la muchacha me precedió en la calle y, de­lante de mí, acompasó su paso con el mío. Si yo me apresuraba, ella casi echaba a correr para mantener la misma distancia; pero si yo disminuía el paso, para que hubiera un intervalo mayor entre ella y yo, ella lo dis­minuía también, poniendo en ello la gracia de la in­fancia. Cuando hubo llegado el final de la calle, se vol­vió lentamente, de manera que me obstruía el paso. No tuve tiempo de esquivarla, y me encontré frente a su rostro. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Fácil­mente me di cuenta de que quería hablarme, pero no sabía cómo hacerlo. Poniéndose súbitamente pálida co­mo un cadáver, me pregunto: «¿Tendría la bondad de decirme qué hora es?» Le dije que no llevaba reloj, y me alejé rápidamente. Desde ese día, niña de imagina­ción inquieta y precoz, no has vuelto a ver, en la calle estrecha, al joven misterioso que deambulaba arrastran­do penosamente sus pesadas sandalias por las encruci­jadas tortuosas. La aparición de ese cometa inflama­do no brillará más, como un triste motivo de curiosi­dad fanática, sobre la fachada de tu observación de­cepcionada, y pensará a menudo, demasiado a menu­do, quizás siempre, en aquel ser que no parecía inquie­tarse por los males ni por los bienes de la vida presen­te, y vagaba al azar, con un rostro horriblemente muer­to, los cabellos erizados, el andar vacilante, y agitan­do los brazos ciegamente en las aguas irónicas del éter, como para buscar en ellas la presa sangrante de la es­peranza, que hace rebotar continuamente, a través de las inmensas regiones del espacio, el quitanieves impla­cable de la fatalidad. ¡No me verás ni yo te veré más!... ¿Quién sabe? Acaso esa niña no fuera lo que parecía. Bajo una apariencia ingenua, es posible que ella escon­diera una inmensa astucia, el peso de dieciocho años, y el encanto del vicio. Se ha visto a vendedoras de amor expatriarse con alegría de las Islas Británicas, atrave­sando el estrecho. Hacían brillar sus alas, girando en dorados enjambres, ante la luz parisiense, y cuando eran advertidas, os decíais: «Pero si son todavía niñas; no tienen más que diez o doce años». En realidad te­nían veinte. ¡Oh, bajo esta suposición, malditos sean los meandros de esta calle oscura! ¡Horrible! ¡Horri­ble lo que pasa aquí! Creo que su madre le golpeó por­que no ejercía su oficio con bastante habilidad. Es po­sible también que no fuera más que una niña, y enton­ces su madre sería aún más culpable. No quiero creer en esta suposición, que sólo es una hipótesis, y prefie­ro amar, en su carácter novelesco, a un alma que se revela prematuramente... ¡Ah!, lo ves, muchacha, te aconsejo que no vuelvas a aparecer ante mi vista, si al­guna vez paso por esa calle estrecha. ¡Podría costarte caro! La sangre y el odio se me suben a la cabeza, en oleadas ardientes. ¡Que sea yo tan generoso como pa­ra amar a mis semejantes! ¡No, no! Lo he resuelto des­de el día de mi nacimiento. ¡Ellos no me aman! Se ve­rá a los mundos destruirse, y al granito deslizarse, co­mo un cormorán, sobre la superficie del oleaje, antes de que yo estreche la mano infame de un ser humano. ¡Atrás... atrás esa mano!... Muchacha no eres un án­gel, y llegarás a ser, en resumen, como las demás mu­jeres. No, no, te lo suplico, no vuelvas a aparecer ante mis cejas fruncidas y turbias. En un momento de ex­travío, podría cogerte los brazos, retorcerlos como ro­pa lavada a la que se exprime el agua, o quebrarlos con intrépido como dos ramas secas, y hacertelos comer a continuación, empleando la fuerza. Podría, tomando tu cabeza entre mis manos, con un aire dulce y acari­ciador, hundir mis dedos ávidos en los lóbulos de tu cerebro inocente, para extraer de él, con la sonrisa en los labios, una grasa eficaz que limpie mis ojos, dolo­ridos por el insomnio eterno de la vida. Podría, cosien­do tus párpados con una aguja, privarte del espectá­culo del universo, ponerte en la imposibilidad de en­contrar tu camino, y no ser yo quien te sirviera de guía. Podría, levantando tu cuerpo virgen con férreo brazo, asirte por las piernas, hacerte girar a mi alrededor co­mo una honda, concentrar mis fuerzas al describir la última circunferencia, y arrojarte contra el muro. Ca­da gota de sangre salpicará sobre un pecho humano, para asombrar a los hombres, y poner ante ellos el ejemplo de mi perversidad. Se arrancarán sin tregua jirones y jirones de carne, pero la gota de sangre per­manecerá imborrable, en el mismo sitio, y brillará co­mo un diamante. Quédate tranquila, daré a media do­cena de criados la orden de guardar los restos venera­dos de tu cuerpo, y de preservarlos del hambre de los perros voraces. Sin duda, el cuerpo ha permanecido pe­gado al muro como una pera madura, y no ha caído al suelo; pero los perros saben dar saltos elevados, si no se toman precauciones.



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