Les chants



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: -Hijo mío, dame las tijeras que están sobre esa silla.

-No están, madre.

-Ve a buscarlas entonces a la otra habitación. ¿Te acuerdas de aquella época, dulce sueño, en que hacía­mos votos para tener un hijo, en el cual renaceríamos de nuevo, y que sería el sostén de nuestra vejez?

-Me acuerdo, y Dios nos lo ha otorgado. No po­demos quejarnos de nuestra suerte en este mundo. Cada día bendecimos a la Providencia por sus beneficios. Nuestro Eduardo posee todas las virtudes de su madre.

-Y las cualidades viriles de su padre.

-Toma las tijeras, madre, al fin las he encontrado.

Reanuda su trabajo... Pero alguien se presenta en la puerta de entrada y contempla durante unos ins­tantes el cuadro que se ofrece a sus ojos:

-¿Qué significa este espectáculo? Hay poca gente que es más feliz que ésta. ¿Qué razonamiento se hacen para amar la existencia? Alejate, Maldoror, de este ape­tecible hogar; tu lugar no está aquí.

Se retira.

-No sé qué sucede, pero siento que las facultades humanas libran algún combate en mi corazón. Mi al­ma está inquieta, sin saber por qué: la atmósfera está pesada.

-Mujer, siento las mismas impresiones que tú: tiem­blo al pensar que pueda sucedemos alguna desgracia. Tengamos confianza en Dios, en él reside la suprema esperanza.

-Madre, apenas puedo respirar; me duele la cabeza.

-¿Tú también, hijo mío? Voy a humedecerte la frente y las sienes con vinagre.

-No, madre...

Vedlo; su cuerpo cansado se apoya sobre el respal­do de la silla.

-Algo que no sabría explicar da vueltas en torno a mí. Cualquier cosa me contraría en este momento.

-¡Qué pálido estás! ¡Esta velada no acabará sin que algún funesto suceso nos sumerja a los tres en el lago de la desesperación!

Oigo a lo lejos los prolongados gritos del dolor24 más punzante.

-¡Hijo mío!

-¡Ah madre!... ¡Tengo miedo!

-Dime en seguida si sufres.

-Madre, no sufro... No digo la verdad

El padre no sale de su asombro.

-Esos gritos se oyen algunas veces en el silencio de las noches sin estrellas. Aunque los oigamos, sin em­bargo, el que lanza esos gritos no está cerca, pues esos lamentos pueden oírse a tres leguas de distancia, trans­portados por el viento de una ciudad a otra. Me ha­bían hablado a menudo de ese fenómeno, pero nunca había tenido ocasión de juzgar por mí mismo su vera­cidad. Mujer, me hablabas de desgracia, y jamás exis­tió desgracia más real en la larga espiral del tiempo que la desgracia de aquel que turba ahora el sueño de sus semejantes...

Oigo a lo lejos los prolongados gritos del dolor más punzante.

-Ruego al cielo que su nacimiento no sea una cala­midad para su país, que lo ha expulsado de su seno. Va de región en región, abominado por todos. Unos dicen que se halla abatido por una especie de locura original desde su infancia. Otros creen saber que es una extrema e instintiva crueldad, que a él mismo le avergúenza, por la que sus padres murieron de dolor.

Hay quienes pretenden que se le deshonró con un apodo en su juventud, que lo dejó inconsolable para el resto de su existencia, porque su dignidad herida veía en ello una prueba flagrante de la maldad de los hom­bres, que se inicia en los primeros años y después va aumentando. Ese apodo era el vampiro...

Oigo a lo lejos los prolongados gritos del dolor más punzante.

-Agregan que, de día y de noche, sin tregua ni re­poso, unas pesadillas horribles hacen que le brote san­gre por la boca y los oídos, y que unos espectros se sien­tan a la cabecera de su cama y le arrojan al rostro, im­pulsados a su pesar por una fuerza desconocida, unas veces con voz suave, otras con voz que parece el es­truendo de las batallas, con una persistencia implaca­ble, ese apodo siempre vivo, siempre horrendo y que sólo perecerá con el universo. Algunos incluso han lle­gado a afirmar que el amor lo ha reducido a ese es­tado, o que esos gritos son el testimonio de arrepenti­miento por algún crimen sepultado en la noche de su pasado misterioso. Pero la mayor parte de la gente piensa que un orgullo incomensurable lo tortura, co­mo en otro tiempo a Satán, y que querría igualarse a Dios.

Oigo en la lejanía los prolongados gritos de dolor más punzante.

-Hijo mío, estas son confidencias excepcionales, la­mento que las hayas, oído a tu edad, y espero que no imites nunca a ese hombre.

-Habla, oh Eduardo mío, y dime que no imitarás nunca a ese hombre.

-Oh madre querida, a quien debo el ser, te prome­to, si la santa promesa de un niño tiene algún valor, no imitar nunca a ese hombre.

-Muy bien, hijo mío, es preciso obedecer a la ma­dre, sea en lo que sea.

Ya no se oyen los lamentos.

-Mujer, ¿has terminado tu trabajo?

-Me faltan algunas puntadas a esta camisa, aun­que hayamos prolongado la velada hasta tan tarde.

-Tampoco yo he terminado el capítulo que comen­cé. Aprovechemos los últimos destellos de la lámpara, pues ya no hay casi aceite, y acabemos cada uno nues­tro trabajo...

El hijo exclama.

-¡Si Dios nos deja vivir!

-Angel radiante, ven a mí, te pasearás por el prado de la mañana a la noche y no trabajarás. Mi mag­nífico palacio está construido con muros de plata, co­lumnas de oro y puertas de diamantes. Te acostarás cuando quieras, al son de una música celestial, sin re­zar tu oración. Cuando por la mañana el sol muestre sus rayos resplandecientes y la alegre alondra arrastre consigo por los aires su grito hasta perderse de vis­ta, tú podrás continuar aún en la cama hasta que te canses. Caminarás sobre las alfombras más preciosas y estarás envuelto constantemente en una atmósfera compuesta de esencias perfumadas de las más aromá­ticas flores.

-Ya es hora de que descanse el cuerpo y el espíritu. Levántate, madre de familia, sobre tus musculosos to­billos. Es justo que tus rígidos dedos abandonen la agu­ja del trabajo en exceso. Los extremos no tienen nada de bueno.

-¡Oh que apacible será tu existencial. Te daré un anillo encantado; cuando le des la vuelta al rubí, te vol­veras invisible, como los príncipes en los cuentos de hadas.

-Guarda tus armas cotidianas en el armario pro­tector, mientras, por mi parte, yo arreglo mis asuntos.

-Cuando lo vuelvas a la posición habitual reapa­recerás tal como la naturaleza te formó, oh joven ma­go. Hago esto porque te quiero y aspiro a hacer tu felicidad.

-Vete, quienquiera que seas, no me sujetes por los hombros.

-Hijo mío, no te duermas mecido por los sueños de la infancia: la oración en común no ha comenzado y tus ropas tampoco están cuidadosamente colocadas sobre la silla... ¡De rodillas! ~ Eterno creador del uni­verso, muestras tu inagotable bondad hasta en las co­sas más pequeñas.

-¿No te gustan los arroyos límpidos, donde se des­lizan millares de pececillos rojos, azules y plateados? Los cogerás con una nasa tan bella que los atraerá por sí sola, hasta que esté repleta. Desde la superficie ve­rás brillantes guijarros, más pulidos que el mármol.

-Madre, mira esas garras; desconfió de él; pero mi conciencia está tranquila, pues no tengo nada que reprocharme.

-Nos ves postrados a tus pies, abrumados por el sentimiento de tu grandeza. Si algún pensamiento altivo se insinúa en nuestra imaginación, lo rechazamos en seguida con la saliva del desdén y te lo ofrecemos como sacrificio irremisible.

-Te bañarás con muchachas que te estrecharán en sus brazos. Una vez fuera del baño, te tejerán coronas de rosas y claveles. Tendrán transparentes alas de ma­riposa y largos cabellos ondulados y flotarán alrede­dor de la gentileza de su frente.

-Aunque tu palacio fuera más bello que el cristal, jamás saldría esta casa para seguirte. Creo que no eres más que un impostor, ya que hablas tan bajo, temero­so de que te oigan. Abandonar a los padres es una ma­la acción. No seré yo un hijo ingrato. En cuanto a tus muchachas, no son tan bellas como los ojos de mi madre.

-Toda nuestra vida se ha consumido en cántico a tu gloria. Tal como hemos sido hasta ahora, seguire­mos siéndolo, hasta el momento en que recibamos de ti la orden de abandonar esta tierra.

-Ellas te obedecerán a la menor señal y sólo pensa­rán en agradarte. Si deseas el pájaro que nunca des­cansa, ellas te lo traerán. Si deseas el coche de nieve, que te transporta hasta el sol en un abrir y cerrar de ojos, ellas te lo traerán. ¡Qué no te traerían ellas! Te traerían incluso la cometa, grande como una torre, que se ha escondido en la luna, y de cuya cola están sus­pendidos, por lazos de seda, pájaros de todas las espe­cies. Cuídate de ti... escucha mis consejos.

-Haz lo que quieras; no quiero interrumpir mi ora­ción para pedir socorro. Aunque tu cuerpo se evapo­re, cuando quiero apartarlo; has de saber que no te temo.

-Ante ti, si no es la llama exhalada de un corazón puro ~ nada es grande.

-Reflexiona en lo que te he dicho, si no quieres arrepentirte.

-Padre celestial, conjura, conjura las desgracias que puedan caer sobre nuestra familia.

-¿No quieres retirarte, espíritu maligno?

-Conserva a esta esposa querida, que me ha con­solado en mis abatimientos....

-Puesto que me rechazas, haré que llore y que re­chinen tus dientes como los de un ahorcado.

-Y este hijo amante, cuyos castos labios apenas se entreabren para los besos de la aurora de la vida.

-Madre, me estrangula... Padre, socórreme... Ya no puedo respirar... ¡Vuestra bendición!

Un grito de inmensa ironía se eleva por los aires. Ved cómo las águilas, aturdidas, caen desde lo alto de las nubes, dando vueltas sobre sí mismas, literalmente ful­minadas por la columna de aire.

-Su corazón no late ya... Y ella ha muerto al mis­mo tiempo que el fruto de sus entrañas, fruto que ya no reconozco, tan desfigurado está... ¡Esposa mía!... ¡Hijo mio!... Me acuerdo de un tiempo lejano en que fui esposo y padre.

Se había dicho, ante el cuadro que se ofreció a su vista, que no soportaría esta injusticia. Pero si es efi­caz el poder que le habían concedido los espíritus in­fernales, o más bien, que extrae de sí mismo, ese hijo no debía existir ya antes de transcurrida la noche.

Aquel no sabe llorar (pues siempre rechazó el senti­miento en su interior) observó que se encontraba en No­ruega. En las islas Feroe, asistió a la búsqueda de ni­dos de aves marinas entre las grietas cortadas a pico, y se asombró de que la cuerda de trescientos metros que sostiene al explorador por encima del precipicio, la hubiesen elegido de tal solidez. Vio en ello, se diga lo que se diga, un ejemplo sorprendente de la bondad humana, y no podía creer en la visión. Si él hubiera tenido que preparar la cuerda, le hubiera hecho unos cortes en distintos sitios, a fin de que se rompiera y pre­cipitara al cazador en el mar. Una noche se dirigió al cementerio, y los adolescentes que encuentran placer en violar los cadáveres de hermosas mujeres muertas, pudieron, silo hubieran querido, oír la conversación siguiente, perdida en el cuadro de una acción que se desarrollará al mismo tiempo.

-¿No es cierto, sepulturero, que te gustaría conver­sar conmigo? Un cachalote asciende poco a poco des­de el fondo del mar y muestra su cabeza por encima de las aguas para ver la nave que pasa por estos para­jes solitarios. La curiosidad nació en el universo.

-Amigo, me es imposible cambiar ideas contigo. Hace mucho tiempo que los dulces rayos de la luna ha­cen brillar el mármol de las tumbas. Es la hora silen­ciosa en que más de un ser humano sueña que ve apa­recer mujeres encadenadas, que arrastran sus morta­jas cubiertas de manchas de sangre, como estrellas en un cielo negro. El que duerme emite gemidos semejan­tes a los de un condenado a muerte, hasta que se des­pierta y percibe que la realidad es tres veces peor que el sueño. Debo terminar de abrir esta fosa con mi pala infatigable, a fin de que esté dispuesta para mañana por la mañana. No hay que hacer dos cosas al mismo tiempo, si se quiere hacer un trabajo serio.

-¡Cree que abrir una fosa es un trabajo serio! ¿Crees que abrir una fosa es un trabajo serio?

-Cuando el salvaje pelicano se resuelve a dar su pe­cho para que lo devoren sus pequeños, sin tener otro testigo que aquel que supo crear un amor semejante, para vergüenza de los hombres, por muy grande que sea el sacrificio, ese acto es comprensible. Cuando un hombre joven ve en los brazos de un amigo a una mu­jer que idolatraba, se pone a fumar un cigarro, no sale de la casa y se une en idisoluble amistad con el dolor, ese acto es comprensible. Cuando un alumno interno en un liceo es gobernado durante años, que son siglos, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana si­guiente, por un paria de la civilización que tiene cons­tantemente los ojos sobre él, siente el oleaje tumultuo­so de un odio subir como un humo espeso a su cere­bro, que parece a punto de estallar. Desde el momen­to en que fue arrojado en la prisión hasta aquel, que se acerca, en que saldrá, una intensa fiebre le amari­llea el rostro, aproxima sus cejas y le hunde los ojos. De noche, reflexiona, porque no quiere dormir. De día, su pensamiento se precipita por encima de los muros de la mansión del embrutecimiento, hasta el instante en que se escapa o lo expulsa como un apestado de ese claustro eterno; ese acto es comprensible. Abrir una fosa supera a menudo a las fuerzas de la naturale­za. Cómo quieres tú, extranjero, que la piocha re­mueva esta tierra, que primero nos alimenta y luego nos da un lecho cómodo, preservado del viento del invierno que sopla con furia en estas frías regiones, cuando el que maneja la piocha con manos temblo­rosas, después de haber palpado convulsivamente.du­rante toda la jornada las mejillas de los antiguos vivientes que retornan su reino, vea, de noche, ante sí, escrito con letras de fuego, sobre cada cruz de madera, el enunciado del espantoso problema que la humanidad todavía ~o ha resuelto: la mortalidad o la inmortali­dad del alma. Siempre he conservado mi amor por el creador del universo, pero si después de la muerte no debemos ya existir, ¿por qué veo, la mayor parte de las noches, abrirse cada tumba, y a sus habitantes le­vantar suavemente las tapas de plomo para ir a respi­rar el aire fresco?

-¡Detente en tu trabajo! La emoción te quita fuer­zas; me pareces débil como una caña; sería una gran locura continuar. Yo soy fuerte, tomaré tu sitio. Tú, apártate; me aconsejarás si no lo hago bien.

- ¡ Qué musculosos son sus brazos y qué placer verlo cavar la tierra con tanta facilidad!

-No es necesario que una duda inútil atormente tu pensamiento: todas estas tumbas, esparcidas en un ce­menterio como las flores de un prado, comparación que carece de veracidad, son dignas de ser medidas con el compás sereno del filósofo. Las alucinaciones peligro-sas pueden originarse de día, pero se originan sobre to­do de noche. Por lo tanto, no te extrañes de las fan­tásticas visiones, que parecen percibir tus ojos. Durante el día, cuando el espíritu está en reposo, pregunta a tu conciencia: ella te dirá, seguramente, que el Dios que ha creado al hombre con una parcela de su propia in­teligencia posee una bondad sin límites, y recibirá, tras la muerte terrestre, a esa obra maestra en su seno. Se­pultureró, ¿por qué lloras? ¿Por qué esas lágrimas, se­mejantes a las de una mujer? Recuérdalo bien, estamos en este barco desmantelado para sufrir. Es un mé­rito para el hombre que Dios lo haya juzgado capaz de vencer los sufrimientos más graves. Habla, y pues­to que, según tus más queridos deseos, no se debiera sufrir más, di en qué consistiría entonces la virtud, el ideal que cada uno se esfuerza en alcanzar, si tu len­gua está hecha como la de los demás hombres.

-¿Dónde estoy? ¿No he cambiado de carácter? Siento que un poderoso hálito de consuelo roza mi fren­te serenada, igual que la brisa de la primavera reani­ma la esperanza de los ancianos. ¿Qué es este hombre que con su lenguaje sublime ha dicho cosas que no hu­biera pronunciado ningún recién llegado?. ¡ Qué be­lleza musical en la melodía incomparable de su voz! Prefiero oírle hablar a él en vez de cantar a otros. Sin embargo, cuanto más lo observo, menos franco me pa­rece su rostro. La expresión general de sus rasgos con­trasta singularmente con esas palabras que sólo el amor de Dios ha podido inspirar. Su frente, arrugada por algunos pliegues, está marcada por un estigma in­deleble. Este estigma, que lo ha envejecido prema­turamente, ¿es honorable o infamante? Sus arrugas, ¿deben ser contempladas con veneración? Lo ignoro, y temo saberlo. Aunque diga lo que no piensa, creo, por lo menos, que tiene razones para proceder como lo ha hecho, excitado por los restos hechos jirones de una caridad destruida en él. Esta absorbido por medi­taciones desconocidas para mí, y su actividad se acre­cienta en un trabajo arduo que no tiene costumbre em­prender. El sudor moja su piel, pero no se da cuenta de ello. Se halla más triste que los sentimientos que ins­pira la vista de un niño en su cuna. ¡Oh, qué sombrío es! ¿De dónde sales?... Extranjero, permíteme que te toque, y que mis manos, que raramente estrechan las de los vivos, se impongan sobre la nobleza de tu cuer­po. Ocurra lo que ocurra, sabré a qué atenerme. Esos cabellos son los más hermosos que he tocado en mi vi­da. ¿Quién sería tan audaz como para poner en duda que no conozco la calidad de los cabellos?

-¿Qué quieres de mí, cuando cavo una tumba? Al león no le gusta que se le moleste cuando se alimenta. Si no lo sabes, te lo digo. Vamos, apresúrate, cumple con tus deseos.

-Lo que se estremece a mi contacto, haciendo que me estremezca yo mismo, es carne, no hay duda. Es verdad... no sueño. ¿Quién eres tú, que te inclinas ahí para cavar una tumba, mientras yo, como un hol­gazán que se come el pan de los demás, no hago nada? Es hora de dormir, o de sacrificar el reposo a la cien­cia. En todo caso, nadie está ausente de su casa, y se guarda de dejar la puerta abierta para evitar que entre los ladrones. Se encierra en su cuarto lo mejor que pue­de, mientras las cenizas de la vieja chimenea saben to­davía caldear la sala con un resto de calor. Tú no te comportas como los demás; tus vestidos denuncian al habitante de algún país lejano.

-Aunque no estoy cansado, es inútil ahondar más la fosa. Ahora, desnúdame; luego, me meterás dentro.

-La conversación que mantenemos desde hace unos instantes es tan extraña que no sé qué responderte... Creo que quieres reírte.

-Si, sí, es verdad, quería reírme; no hagas caso de lo que te dije.

Se tambaleó, y el sepulturero se apresuró a sostenerlo.

-¿Qué te ocurre?

-Sí, sí, es verdad, mentí... estaba cansado cuando dejé la piocha... es la primera vez que realizo este tra­bajo... no hagas caso de lo que dije.

-Mi opinión se hace cada vez más consistente: es alguien que sufre de espantosos pesares. Que el cielo me quite la idea de interrogarle. Me inspira tanta pie­dad, que prefiero quedar en la incertidumbre. Además, estoy seguro, tampoco querría responderme: entregar el corazón en este estado anormal es sufrir dos veces.

-Déjame salir de este cementerio; seguiré mi camino.

-Tus piernas ya no te sostienen; te perderías mien­tras caminas. Mi deber es ofrecerte un tosco lecho; no tengo otro. Ten confianza en mí, pues la hospitalidad no exigirá en modo alguno la violación de tus secretos.

-Oh piojo venerable, tú, cuyo cuerpo está desprovisto de élitros, un día me reprochaste con acritud no amar suficientemente tu sublime inteligencia, que no se deja leer; acaso tuvieras razón, puesto que no siento el menor reconocimiento hacia ésta. Fanal de Maldoror, ¿adónde conduces sus pasos?

-A mi casa. Aunque seas un criminal que no ha te­nido la precaución de lavarse la mano derecha con ja­bón después de haber cometido su delito, cosa que es facilmente deducible de la inspección de esa mano, o un hermano que ha perdido a su hermana, o algún mo­narca destituido que huye de su reino, mi palacio ver­daderamente grandioso es digno de recibirte. No fue construido con diamantes y piedras preciosas, pues no es más que una pobre choza mal edificada; pero esta célebre choza tiene un pasado histórico que el presen­te renueva y continúa sin cesar. Si ella pudiera ha­blar, te asombrarías, tú, que me parece que no te asom­bras por nada. Cuantas veces, al mismo tiempo que ella, he visto desfilar, ante mí, ataúdes que contenían huesos, más pronto apolillados que el reverso de la puerta contra la cual me apoyaba. Mis innumerables súb­ditos aumentan cada día. No tengo necesidad de ha­cer, en períodos fijos, ningún censo para darme cuen­ta. Aquí, como entre los vivos, cada uno paga un im­puesto, proporcional a la riqueza de la mansión que ha elegido; y si. algún avaro se negara a entregar su cuo­ta, tengo orden, hablándole personalmente, de hacer como los alguaciles: no faltan chacales y buitres que desearían hacer una buena comida. He visto ordenarse, bajo las banderas de la muerte, al que fue hermo­so, al que acabada su vida no se había afeado, al hom­bre, a la mujer, al mendigo, al hijo de los reyes, a las ilusiones de la juventud, a los esqueletos de los ancia­nos, al genio, a la locura, a la pereza y su contraria, al que fue falso, al que fue veraz, a la máscara del or­gulloso, a la modestia del humilde, al vicio coronado de flores y a la inocencia traicionada.

-No, en verdad no rechazo tu cama, que es digna de mí, hasta que llegue la aurora, que ya no tardará. Agradezco tu benevolencia... Sepulturero, es hermo­so contemplar las ruinas de las ciudades, pero es más hermoso todavía contemplar las ruinas de los hombres.



El hermano de la sanguijuela camina lentamente por el bosque. Se detiene a intervalos, abriendo la boca para hablar. Pero su garganta siempre se cierra y rechaza hacia atrás el esfuerzo abortado. Por fin exclama:

«Hombre, cuando encuentres un perro muerto boca arriba, apoyado contra una esclusa que le impide par­tir, no vayas, como los demás, a coger los gusanos que salen de su vientre hinchado, observarlos con asom­bro, abrir una navaja y después despedazar un gran nú­mero de ellos, diciéndote que también tú no serás más que ese perro. ¿Qué misterio buscas? Ni yo, ni las cua­tro patas natatorias del oso marino en el océano bo­real, hemos podido resolver el problema de la vida. Ten cuidado, la noche se acerca, y tú estás ahí desde por la mañana. ¿Qué dirá tu familia, tu pequeña her­mana, al verte llegar tan tarde? Lávate las manos, to­ma de nuevo el camino que te lleva donde duermes... ¿Quién es ese ser, allá en el horizonte, que se atreve a acercarse a mí, sin temor, dando saltos oblicuos y violentos, con una majestad mezclada a una serena dul­zura? Su miráda, aunque dulce, es profunda. Sus enor­mes párpados juegan con la brisa y parecen vivir. Es un desconocido para mí. Al fijar sus ojos monstruo­sos, mi cuerpo tiembla; es la primera vez desde que succioné de las secas tetas de lo que se llama una ma­dre. Hay como una aureola de luz deslumbrante a su alrededor. Cuando habló, todo en la naturaleza enmu­deció y sintió un gran escalofrío. Puesto que te gusta venir a mí, como atraído por un imán, yo no me opon­dré. ¡Qué hermoso es! Me cuesta trabajo decirlo. De­bes ser poderoso, pues tienes un rostro más que hu­mano, triste como el universo, bello como el suicidio. Te aborrezco con todas mis fuerzas, y antes prefiero ver una serpiente alrededor de mi cuello desde el co­mienzo de los siglos que ver tus ojos... ¡Cómo!... ¡eres tú, sapo!... ¡sapo inmenso!... ¡sapo desgraciado!... ¡Perdóname!... ¡perdóname!... ¿Qué vienes a hacer a esta tierra en donde están los malditos? Pero, ¿qué has hecho de tus pústulas viscosas y fétidas para tener un as­pecto tan dulce? Cuando descendiste de lo alto, por una orden superior, con la misión de consolar a las diversas razas de seres existentes, te precipitaste sobre la tierra con la rapidez del milano, sin que las alas se cansaran por esa larga y magnífica carrera; te vi. ¡Pobre sapo! ¡Có­mo pensaba yo entonces en el infinito, al mismo tiem­po que en mi debilidad! «Uno más que es superior a los seres de la tierra, me decía yo, por voluntad divi­na. ¿Por qué yo no? ¿Por qué la injusticia, en los de­cretos supremos? El Creador es un insensato, aunque sea el más fuerte, y su cólera terrible». Desde que ante mí apareciste, monarca de los estanques y los pantanos, cubierto de una gloria que sólo a Dios pertenece, tú me has consolado en parte, pero mi vacilante razón se derrumba ante tanta grandeza. ¿Quién eres? Quédate... ¡oh!, ¡Quédate en esta tierra! Repliega tus blancas alas y no mires hacia lo alto con párpados inquietos... Si te vas, vayámonos juntos». El sapo se sentó sobre sus patas traseras (que tanto se parecen a las del hombre), y mientras las babosas, las cochinillas y los caracoles huían a la vista de su mortal enemigo, tomó la palabra en estos términos: «Maldo­ror, escúchame. Escucha mi semblante, sereno como un espejo; creo tener una inteligencia igual a la tuya. Un día me llamaste el sostén de tu vida. Desde enton­ces no he desmentido la confianza que en mí deposi­taste. No soy más que un simple habitante de los ca­ñaverales, es verdad, pero gracias a mi relación contigo


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