Les chants



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, se que tu perdón fue inmenso cómo el universo! ¡Pero yo existo todavía!
Yo hice un pacto con la prostitución a fin de sem­brar el desorden de las familias. Me acuerdo de la no­che que precedió a esta peligrosa relación. Vi ante mí una tumba. Oí a una luciérnaga, grande como una ca­sa, que me dijo: «Voy a iluminarte. Lee la inscripción. Esta orden suprema no procede de mí. » Una vasta luz de color sangre, ante la cual mis mandíbulas crujieron y mis brazos cayeron inertes, se esparció por el aire has­ta el horizonte. Me apoyé contra un muro en ruinas, pues iba a caerme, y leí: «Aquí yace un adolescente que murió tuberculoso: ya sabéis por qué. No recéis por él.» Muchos hombres no hubieran tenido el valor que tuve yo. Mientras tanto, a mis pies vino a tenderse una hermosa mujer desnuda. Con triste gesto le dije: «Pue­des levantarte.» Le tendí la mano con la que el fratri­cida degüella a su hermana. La luciérnaga, a mí: «Cuídate tú, el más débil, porque yo soy la más fuerte. Es­ta se llama Prostitución». Con lágrimas en los ojos y rabia en el corazón, sentí nacer en mí una fuerza des­conocida. Tomé una piedra grande, tras un gran es­fuerzo logré levantarla hasta la altura de mi pecho, y la sostuve en el hombro con mis brazos. Escalé una montaña hasta la cima y desde allí aplasté a la luciér­naga. Su cabeza se hundió en el suelo hasta una pro­fundidad de la talla de un hombre; la piedra rebotó has­ta alcanzar la altura de seis iglesias. Fue a caer en un lago, cuyas aguas descendieron en un instante, forman­do su remolino un inmenso cono invertido. La calma se restableció en la superficie, pero la luz de color san­gre no brillo más. «Ay, ay», gritó la hermosa mujer desnuda, «¿qué has hecho?» Yo, a ella: «Te prefiero a ti, pues tengo piedad de los desgraciados. No tienes la culpa de que la justicia eterna te haya creado.» Ella, a mi: «Un día, no te digo más, los hombres me harán justicia. Déjame ir a esconder en el fondo del mar mi infinita tristeza. Sólo tú y los monstruos horribles de estos negros abismos no me despreciáis. Eres bueno. Adiós, a ti que me has amado.» Yo, a ella: «¡Adiós! ¡Adiós! ¡Te amaré siempre! Desde ahora, abandono la virtud.» Por eso, oh pueblos, cuando oís el viento de invierno gemir en el mar y sus orillas, o por encima de las grandes ciudades que desde hace mucho tiempo llevan luto por mi, o a través de las frías regiones po­lares, decís: «No es el espíritu de Dios el que pasa: es sólo el suspiro agudo de la prostitución, junto con los gemidos graves del montevideano.» Niños, soy yo quien os lo dice. Entonces, llenos de misericordia, arrodillaos, y que los hombres, más numerosos que los piojos, digan sus largas plegarias.
Al claro de luna, cerca del mar, en los lugares aisla­dos del campo, vemos, sumergido en amargas reflexio­nes, revestir todas las cosas, unas formas amarillas, in­decisas, fantásticas. Las sombras de los árboles, de pronto rápidas, de pronto lentas, corren, van, vienen, con diversas formas, aplanándose, adhiriéndose a la tie­rra. En el tiempo en que yo era transportado por las alas de la juventud, todo eso me hacía soñar, me parecía extraño, pero ahora estoy habituado. El viento gime a través de las hojas con sus lánguidas notas, y el bu­ho canta su grave endecha que hace erizar los cabellos de quienes lo escuchan. Entonces los perros, que se han vuelto furiosos, rompen las cadenas, se escapan de las granjas lejanas, corren de un lado para otro por el cam­po, presos de la locura. De pronto se detienen, miran hacia todos los lados con feroz inquietud, con mirada de fuego, y así como los elefantes, antes de morir, lan­zan en el desierto una última mirada al cielo, elevando desesperadamente su trompa, dejando caer sus orejas inertes, así los perros dejan caer inertes sus orejas, ele­van la cabeza, hinchan su terrible cuello, y se ponen a ladrar por turno, sea como un niño que grita de ham­bre, sea como un gato herido en el vientre encima de un tejado, sea como una mujer que va a parir, sea co­mo un enfermo de peste moribundo en un hospital, sea como una muchacha que canta un aria sublime, con­tra las estrellas al Oeste, contra la luna, contra las mon­tañas que semejan a lo lejos rocas gigantes que yacen en la oscuridad, contra el aire frío que aspiran a pleno pulmón y que le vuelven el interior de su nariz rojo y ardiente, contra el silencio de la noche, contra las le­chuzas cuyo vuelo sesgado les roza el hocico, llevando una rata o una rana en el pico, alimento vivo, grato para las crías, contra las liebres que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos, contra el ladrón que huye al ga­lope de sú caballo después de haber cometido un cri­men, contra las serpientes que al agitar los matorrales hacen que tiemble al piel y rechinen los dientes, contra sus propios ladridos que a ellos mismos causan mie­do, contra los sapos a los que trituran con un golpe seco de sus quijadas (¿por qué se han alejado del pan­tano?), contra los árboles cuyas hojas balanceándose suavemente son otros tantos misterio que ellos no com­prenden pero quieren descubrir con sus ojos fijos e in­teligentes, contra las arañas suspendidas de sus largas patas que trepan por los árboles para salvarse, contra los cuervos que al no encontrar de qué comer durante la jornada regresan a su refugio con las alas cansadas, contra las rocas de la costa, contra las luces que apa­recen en los mástiles de las naves invisibles, contra el sordo rumor de las olas, contra los grandes peces que al nadar muestran su dorso negro y luego se hunden en el abismo, y contra el hombre que los convierte en esclavos. Después de ello se ponen de nuevo a correr por el campo, saltando con sus patas sangrantes por encima de las fosas, los caminos, las campiñas, las hier­bas y las piedras escarpadas. Se dirían que están ata­cados por la rabia y buscan un gran estanque para cal­mar su sed. Sus prolongados aullidos espantan a la na­turaleza entera. ¡ Desgraciado el viajero que se retra­sa! Los amigos de los cementerios se arrojarán sobre él, lo despedazarán, se lo comerán con su boca cho­rreante de sangre, pues sus dientes no están deteriora­dos. Los animales salvajes no se atreven a acercarse pa­ra tomar parte en el festín de carne, temblando huyen hasta perderse de vista. Después de algunas horas, los perros, extenuados de correr de un lado para otro, ca­si muertos, con la lengua fuera de la boca, se precipi­tan los unos sobre los otros sin saber lo que hacen, y se destrozan en mil pedazos con una rapidez increíble. No se comportan así por crueldad. Un día, con los ojos vidriosos, mi madre me dijo: «Cuando estés en tu ca­ma y oigas los ladridos de los perros en el campo, es­cóndete bajo el cobertor, no te burles de lo que hacen: tienen sed insaciable de infinito, como tú, como yo, como el resto de los seres humanos de rostro pálido y alargado. Incluso te permito que te pongas delante de la ventana para que contemples ese espectáculo bas­tante sublime». Desde entonces respeto el deseo de la muerta. Yo, igual que los perros, siento la necesidad del infinito... ¡Pero no puedo, no puedo satisfacer esa necesidad! Soy hijo del hombre y de la mujer, según me han dicho. Y eso me asombra... pues creía ser más. Por otra parte, ¿qué me importa de dónde vengo? De haber podido depender de mi voluntad, hubiera que­rido ser más bien el hijo de la hembra del tiburón, cu­ya hambre es amiga de las tempestades, y del tigre, de reconocida crueldad: no sería tan malo. Vosotros, los que me miráis, alejaos de mí, pues mi aliento exhala un hálito emponzoñado. Nadie ha visto aún las arru­gas verdes de mi frente, ni los huesos que sobresalen de mi rostro descarnado, semejantes a las espinas de un gran pez o a las rocas que ocultan las orillas del mar o las abruptas montañas alpinas que tan a menudo recorría cuando tenía sobre mi cabeza cabellos de otro color. Y cuando vago alrededor de las viviendas de los hombres, durante las noches de tormenta, con los ojos ardientes, con los cabellos flagelados por los vientos tempestuosos, aislado como una piedra en me­dio del camino, cubro mi cara marchita con un trozo de terciopelo negro como el hollín que colma el inte­rior de las chimeneas: no es necesario que los ojos sean testigos de la fealdad que el Ser supremo, con una son­risa de odio poderoso, ha puesto sobre mí. Cada ma­ñana, cuando el sol se levanta para los demás, espar­ciendo la alegría y el calor saludable por toda la natu­raleza, mientras ninguno de mis rasgos se mueve, mi­rando fijamente el espacio repleto de tinieblas, acurru­cado en el fondo de mi amada caverna, con una deses­peración que me embriaga como el vino, hago jirones mi pecho con mis poderosas manos. Sin embargo, sien­to que no estoy atacado de rabia. Sin embargo, siento que no soy el único que sufre. Sin embargo, siento que respiro. Como un condenado que pronto ha de subir al cadalso y ejercita sus músculos mientras reflexiona en su suerte, de pie, sobre mi lecho de paja, con los ojos cerrados, giro lentamente mi cuello de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, durante horas en­teras, sin caer muerto. De vez en cuando, cuando mi cuello no puede ya continuar girando en el mismo sen­tido y se detiene para volver a girar en sentido contra­rio, miro súbitamente al horizonte a través de los es­casos intersticios hechos por la espesa maleza que obs­truye la entrada: ¡no veo nada! Nada... a no ser los campos que danzan en remolino con los árboles y las largas bandadas de pájaros que atraviesan los aires. Eso me trastorna la sangre y el cerebro... ¿Quién, enton­ces, me golpea con una barra de hierro en la cabeza como un martillo que golpeara en el yunque?
Me propongo, sin estar emocionado, declamar con poderosa voz la estrofa seria y fría que vais a oír. Prestad atención a su contenido y evitad la penosa im­presión que ella intentará dejar como una mancha en vuestras turbadas imaginaciones. No creías que yo es­té a punto de morir, pues todavía no soy un esqueleto ni la vejez se ha pegado a mi frente. Descartemos, por lo tanto, toda idea de comparación con el cisne en el momento en que su existencia huye, y no veáis ante vo­sotros más que un monstruo cuyo rostro me hace feliz que no podáis contemplar, aunque es menos horrible que su alma. Sin embargo no soy un criminal... Pero basta de este asunto. No hace mucho tiempo volví a ver el mar, pisé el puente de los barcos, y mis recuer­dos son tan vivos como silo hubiera abandonado ayer. No obstante, si podéis, conservad la misma calma que yo en esta lectura, que ya me arrepiento de ofreceros, y no os sonrojéis ante el pensamiento de lo que es el corazón humano. ¡Oh pulpo de mirada de seda!, tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú, el más bello de los habitantes del globo terráqueo, que mandas en un serrallo de cuatrocientas ventosas, tú, en quien se asien­tan noblemente, como en su residencia natural, por un común acuerdo, con un lazo indestructible, la dulce vir­tud comunicativa y las gracias divinas, ¿por qué no es­tás conmigo, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, sentados los dos sobre alguna roca de la orilla, para contemplar ese espectáculo que adoro?

Viejo océano de olas de cristal, te pareces, en las pro­porciones, a esas marcas azuladas que se ven sobre el dorso magullado de los grumetes, eres un inmenso azul aplicado en el cuerpo de la tierra: me gusta esta comparación. Así, a primera impresión, un soplo pro­longado de tristeza, que se creería el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando inefables huellas, sobre el alma profundamente conmovida, y, sin que siempre se advierta, evocas el recuerdo de tus amantes, los duros comienzos del hombre en los cuales tiene conocimien­to del dolor, que no le abandona jamás. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que alegra la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojos pequeños del hombre, similares por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves noctur­nas por la perfección circular de su contorno. Sin em­bargo, el hombre se ha creído hermoso en todos los siglos. Pero yo creo que el hombre sólo cree en su be­lleza por amor propio, pues en realidad no es bello y él lo sospecha; si no, ¿por qué mira el rostro de su se­mejante con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siem­pre igual a ti mismo. Nunca cambias de una manera esencial, y, si tus olas están en alguna parte furiosas, más lejos, en alguna otra zona, se hallan en la más com­pleta calma. No eres como el hombre, que se detiene en la calle para ver cómo se atenazan por el cuello dos dogos y no se detiene cuando pasa un entierro, que por la mañana es asequible y por la tarde está de mal hu­mor, que ríe hoy y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, no sería nada imposible que escondie­ras en tu seno futuros de utilidad para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secre­tos de tu íntima organización: eres modesto. El hom­bre se vanagloria de continuo, y por minucias. ¡Te sa­ludo, viejo océano!

Viejo océano, las diversas especies de peces que ali­mentas no se han jurado fraternidad entre sí. Cada es­pecie vive por su lado. Los temperamentos y las con­formaciones que varían en cada una de ella, explican, de una manera satisfactoria, lo que al principio sólo parece una anomalía. Igual sucede con el hombre, que no tiene los mismos motivos de excusa. Un trozo de tierra está ocupado por treinta millones de seres hu­manos, pero ellos se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, fijos como raíces sobre el pedazo de tierra contiguo. Descendiendo del grande al pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su gua­rida, y raramente sale de ella para visitar a su seme­jante, acurrucado igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los hombres es una utopía digna de la lógica más mediocre. Por otra parte, del espectá­culo de tus mamas fecundas se desprende la noción de ingratitud, pues se piensa en seguida en los numerosos padres, tan ingratos hacia el Creador, para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!


Viejo océano, tu grandeza material sólo es compa­rable a la medida que uno se hace de la potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede abarcar de una ojeada. Para contemplarte es preciso que la vista haga girar su telescopio con movimientos continuos hacia los cua­tro puntos del horizonte, de igual modo que un mate­mático, a fin de resolver una ecuación algebraica, está obligado a examinar separadamente los diversos casos posibles, antes de resolver la dificultad. El hombre co­me sustancias nutritivas, y hace otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar impresión de grueso. Que se hinche cuanto quiera esa adorable rana. Quédate tranquilo, nunca igualará tu corpulencia; al menos eso supongo. ¡Te saludo viejo océano!

Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exac­tamente el mismo sabor que la hiel que destila la críti­ca sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre to­do. Si alguien tiene genio, se le hace pasar por un idio­ta; si algún otro es bello de cuerpo, se le hace un horri­ble contrahecho. En verdad, es preciso que el hombre sienta con fuerza su imperfección, cuyas tres cuartas partes son debidas a sí mismo, para que lo critique de ese modo. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, los hombres, a pesar de la excelencia de sus métodos, todavía no han conseguido, ayudados de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, los cuales han reconocido inaccesiblemente las sondas más largas y pesadas. A los peces... les está permitido: no a los hombres. A menudo me he preguntado qué será más fácil de reconocer: la profundidad del océano o la profundidad del corazón humano. Con frecuencia, con la mano, de pie sobre los barcos, mientras la luna se balanceaba entre los mástiles de forma irregular, me he sorprendido, haciendo abstracción de todo lo que no fuera el objeto que perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema. Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos; el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia de la vida pue­den, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u otra de esas soluciones, me estará permitido decir que, pese a la profundidad del océano, no podrá colocarse al ras, en cuanto a la comparación sobre dicha propie­dad, con la profundidad del corazón humano. He es­tado en relación con hombres que han sido virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de exclamar: «Han hecho el bien en este mundo, es decir, han prac­ticado la caridad: eso es todo, no es nada malo, y cual­quiera puede hacer otro tanto». ¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, por una palabra mal interpretada, se separan, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y de los remordimien­tos, y no se vuelven a ver más, cada uno embozado en su solitaria soberbia? Es un milagro que se renueva cada día y que por ello no es menos milagroso. ¿Quién com­prenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las particu­lares de los amigos más queridos, aunque se está afli­gido al mismo tiempo? Un ejemplo incontestable para cerrar la serie: el hombre dice hipócritamente sí y piensa no. Por eso los jabatos de la humanidad tienen tanta confianza los unos en los otros y no son egoístas. Le queda a la sicología muchos progresos que hacer. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu poder es tan grande que los hom­bres lo han sabido a sus expensas. Y por mucho que utilicen todos los recursos de su genio... serán incapaces de dominarte. Han encontrado su maestro. Digo que han encontrado algo más fuerte que ellos. Algo que tiene nombre. Ese nombre es: ¡el océano! El miedo que le ins­piras es tal, que te respetan. A pesar de ello, haces dan­zar sus más pesadas máquinas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces realizar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables inmersiones hasta el fondo de tus dominios que un saltimbanqui envidiaría. Bienaventurados aquellos a quienes no envuelves definitivamente entre tus plie­gues burbujeantes para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas acuáticas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre dice:



«Soy más inteligente que el océano». Es posible, es in­cluso muy cierto, pero el océano le causa más temor a él que él al océano: es algo que no es necesario com­probar. Ese patriarca observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, son­ríe piadoso cuando asiste a los combates navales de las naciones. He ahí un centenar de leviatanes que han salido de las manos de la humanidad. Las órdenes en­fáticas de los superiores, los gritos de los heridos, los cañonazos, es el ruido realizado a propósito para ani­quilar algunos segundos. Parece que el drama ha ter­minado y que el océano se lo ha metido todo en su vien­tre. La boca es formidable. ¡Qué grande debe ser ha­cia abajo, en dirección a lo desconocido! Para coro­nar al fin la estúpida comedia, que carece de todo interés, se ve, en medio de los aires, alguna cigúeña re­trasada por el cansancio, que se pone a gritar, sin detener la envergadura de su vuelo: «¡Vaya!... ¡la encuen­tro mal! Allá abajo había algunos puntos negros; he cerrado los ojos y han desaparecido». ¡Te saludo, vie­jo océano!

Viejo océano, oh gran célibe, cuando recorres la so­lemne soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulle­ces, con razón, de tu magnificencia nativa y de los jus­tos elogios que me apresuro a dedicarte. Mecido vo­luptuosamente por los suaves efluvios de tu lentitud ma­jestuosa, que es el más grandioso de los atributos con que el soberano poder te ha gratificado, en medio de un sombrío misterio, tú haces rodar por toda tu subli­me superficie tus incomparables olas, con el sentimiento sereno de tu poder eterno. Ellas se persiguen paralela­mente, separadas por cortos intervalos. Apenas una dis­minuye, otra, creciendo, va a su encuentro, acompa­ñada del rumor melancólico de la espuma que se des­hace para advertirnos de que todo es espuma. (Así, los seres humanos, esas olas vivientes, mueren uno tras otro, de una manera monótona, sin dejar siquiera un ruido de espuma). El ave de paso reposa, confiada so­bre ellas, y se abandona a sus movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que los huesos de sus alas han recobrado el vigor preciso como para continuar la aérea peregrinación. Quisiera que la majestad humana sólo fuera la encarnación del reflejo de la tuya. Pido de­masiado, y ese deseo sincero te glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la refle­xión del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Respóndeme, océano, ¿quieres ser mi hermano? Agítate con impetuosidad... más... todavía más, si quieres que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas y fráguate un camino en tu propio seno... está bien. Haz que rue­den tus olas espantosas, horrible océano sólo por mi comprendido y ante el que caigo prosternado de rodi­llas. La majestad de los hombres es prestada; no se im­pone: tú, sí. Oh, cuando avanzas, con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un cortejo, magnético y salvaje, haciendo rodar tus olas unas sobre otras con la conciencia de lo que eres, mien­tras lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un remordimiento intenso que no pue­do descubrir, ese sordo bramido perpetuo que los hom­bres tanto temen, incluso cuando te contemplan, es­tando seguros, temblorosos desde la orilla, y entonces veo que no tengo el insigne derecho de llamarme tu igual. Por eso, en presencia de tu superioridad, te da­ría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor que contienen mis aspiraciones hacia lo bello), si no me hicieses dolorosamente pensar en mis semejantes, que forma contigo el más irónico contraste, la antíte­sis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no puedo amarte, te detesto. ¿Por qué vuelvo a ti, por milésima vez, hacia brazos amigos, que se abren para acariciar mi frente ardiente, cuya fiebre siento desa­parecer sólo a tu contacto? No conozco tu oculto des­tino, pero todo lo que te concierne me interesa. Dime entonces si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo... dímelo, océano (a mí sólo, para no entriste­cer a aquellos que no han conocido sino las ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades que levan­tan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que esta sea la últi­ma estrofa de mi invocación. Por lo tanto, una sola vez más, quiero saludarte y darte mi adiós. Viejo océa­no, de olas de cristal... Mis ojos se humedecen de abun­dantes lágrimas, y no tengo fuerzas para seguir, pues siento que ha llegado el momento de volver con los hombres de aspecto brutal; pero... ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, vie­jo océano!

No me verán, en mi hora última (escribo esto en mi lecho de muerto), rodeado de curas. Quiero morir, mecido por las olas del mar tempestuoso, o de pie so­bre la montaña... no con los ojos hacia lo alto: sé que mi aniquilamiento será completo. Por otra parte, no puedo esperar ninguna gracia. ¿Quién abre la puerta de mi cámara mortuoria? Había dicho que nadie en­trara. Quienquiera que seas, aléjate; pero si crees per­cibir alguna señal de dolor o de miedo en mi rostro de hiena (uso esta comparación aunque la hiena sea más hermosa que yo, y más agradable a la vista), desengá­ñate: que se aproxime. Estamos en una noche de in­vierno, cuando los elementos chocan entre sí por to­das partes, y el hombre tiene miedo, y el adolescente medita algún crimen contra uno de sus amigos, si es co­mo fui yo en mi juventud. Que el viento, cuyos lasti­mosos silbidos entristecen a la humanidad, desde que el viento y la humanidad existen, momentos antes de la última agonía, me transporté sobre la osamenta de sus alas a través del mundo, impaciente por mi muer­te. Todavía gozaré en secreto de los numerosos ejemplos de la maldad humana (sin ver visto, a un herma­no le gusta ver los actos de sus hermanos). El águila, el cuervo, el inmortal pelícano, el pato salvaje, la gru­lla viajera, despiertos, tiritando de frío, me verán pa­sar, espectro horrible y satisfecho, entre el resplandor de los relámpagos. Ellos no sabrán lo que eso signifi­ca. En la tierra, la víbora, el ojo abultado del sapo, el tigre, el elefante, y en el mar, la ballena, el tiburón, el pez martillo, la raya informe, el diente de la foca polar, se preguntaran qué significa esta derogación de la ley de la naturaleza. El hombre, temblando, pegará su frente a la tierra en medio de sus gemidos. «Sí, os supero a todos por mi innata crueldad, una crueldad cuya desaparición no he dependido de mí. ¿Es este el motivo por el que os mostráis prosternados ante mí7 ¿O es porque me veis recorrer, nuevo fenómeno, co­mo un cometa aterrador, el espacio ensangrentado? (Cae una lluvia de sangre desde mi vasto cuerpo, se­mejante a una nube negruzca que empuja ante sí al hu­racán). No temáis, niños, no quiero maldeciros. El mal que me habéis hecho es demasiado grande, y demasia­do grande el mal que yo os hice, para que fuera volun­tario. Vosotros habéis seguido por vuestro camino y yo por el mio, semejantes los dos, los dos perversos. Necesariamente tuvimos que encontrarnos en esta si­militud de carácter: el choque resultante nos ha sido recipocramente fatal». Entonces, los hombres volve­rán poco a poco a levantar la cabeza, recobrarán el va­lor para ver a quien de esta manera habla, alargando su cuello como el caracol. De pronto, su rostro ardien­te, descompuesto, mostrando las más terribles pasio­nes, hará tales muecas que los lobos se asustarán. Se pondrán de pie al mismo tiempo, como impulsados por un inmenso resorte. ¡Qué imprecaciones! ¡Qué desga­rradoras voces! Me han reconocido. He aquí que los animales de la tierra se reunen con los hombres y ha­cen oír sus extraños clamores. Basta de odio recípro­co; los dos odios se han vuelto contra el enemigo co­mún: yo; se reconcilian por un asentimiento universal. Vientos que me sostenéis, elevadme más alto; temo a la perfidia. Sí, desaparezcamos poco a poco de sus ojos, una vez más testigos de las consecuencias de las pasio­nes, completamente satisfechos... Te agradezco, oh ri­nolofo, que me hayas despertado con el movimiento de tus alas, tú que tienes la nariz coronada por una cresta en forma de herradura: me doy cuenta de que, en efecto, no era, desgraciadamente, más que una enfer­medad pasajera, y siento, con disgusto, que renazco a la vida. Algunos dicen que te aproximaste a mí para chuparme la poca sangre que me queda en el cuerpo: ¿por qué no es realidad esta hipótesis?

Una familia rodea un lámpara colocada sobre la mesa




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