Les chants



Descargar 0.62 Mb.
Página2/19
Fecha de conversión20.03.2018
Tamaño0.62 Mb.
Vistas429
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

A su llegada, Isidore Ducasse se traslada sin duda a Bazet, a la casa natal de su padre, donde sus tíos y sus tías lo acogen desde entonces, así como durante las vacaciones escolares, después de su permanencia en los liceos de Tarbes y Pau.

Según las listas del Liceo Imperial de Tarbes (hoy Liceo Theóphile Gautier), Isidore Ducasse es alumno interno desde octubre de 1859 a agosto de 1862. Sigue los cursos de Gramática y obtiene, en las distribucio­nes de premios, las siguientes distinciones:

Año escolar 1859-1860, clase de Sexto curso (profe­sor: señor Menginou Bouette): segundo accésit de tra­ducción latina y de gramática, segundo premio de cál­culo, primer premio de dibujo artístico y tres incrip­ciones en el cuadro de honor (una en el estudio y dos en clase).

Año escolar 1860-1861, clase de Quinto curso (pro­fesor: señor Senmartin): segundo accésit de excelencia, primer premio de traducción latina, de gramática, de dibujo artístico y una inscripción en el cuadro de honor.

Año escolar 1861-1862, clase de Cuarto curso (pro­fesor: señor Douyau): primer accésit de excelencia, pri­mer premio de aritmética y geometría, segundo accé­sit de tema latino, tercer accésit de traducción latina, segundo accésit de gramática y primer premio de di­bujo artístico.

Como hace notar Francois Alicot, todo da a enten­der que Isidore Ducasse es «un alumno mediano y su­miso». Sin embargo, aunque ingresa en Sexto curso a los trece años y medio, es decir, con un retraso de dos años sobre la mayoría de sus condiscípulos, se ve que progresa de una clase a otra (su primer accésit de exce­lencia en 1862 lo sitúa entre los mejores alumnos), y acaso sea eso 10 que explique esta laguna: Isidore Du­casse abandona el liceo de Tarbes en agosto de 1862, al terminar el Cuarto curso, y no se le vuelve a encon­trar hasta un año más tarde, en octubre de 1863, en el liceo de Pau, donde es alumno de Retórica.

Con toda probabilidad -por instigación de su pa­dre, animado por los éxitos en el liceo de Tarbes y, na­turalmente, deseoso de acelerar sus estudios-, Isido­re Ducasse sigue al mismo tiempo los cursos de Terce­ro y Segundo durante el año escolar de 1862-1863. Se ignora en qué institución, sin duda privada, pasa ese año.

Aparte de las listas de premios, no queda ninguna huella de su paso por el liceo de Tarbes. Se sabe que tiene como condiscípulos a Georges Dazet y Henri Mue, las dos primeras dedicatorias de sus poesías. Todo lle­va a creer que mantiene su relación con Georges Da­zet, numerosas veces nombrado en la primera versión del Canto 1 de Maldoror. (Según una comunicación de Jean Castex, Ferdinand Foch está en Sexto curso du­rante el año 1861-1862).

Isidore Ducasse es alumno interno en el Liceo Im­perial de Pau (hoy Liceo Louis-Barthou) de octubre de 1863 a agosto de 1865. Sigue los cursos superiores y obtiene, en la distribución de premios, los resultados siguientes:

Año escolar 1863-1864, clase de Retórica (profeso­res: señores Hinstin, Zeller y Durieux): primer accésit de recitación clásica y segundo premio de inglés.

Año escolar 1864-1865, clase de Filosofía (profeso­res: señores Muller, Zeller, Monteil y Durieux): segun­do accésit de física.

El nombre de Isidore Ducasse no figura en la lista de alumnos que terminan el bachillerato en 1864 y 1865. De una manera general, las investigaciones realizadas en los archivos de las Universidades de Burdeos, Tou­lousse y París no han dado hasta ahora ningún resul­tado: salvo error u omisión, el poeta de los Cantos no pasó ningún examen -al menos con éxito- y jamás estuvo inscrito para su licenciatura.



La estancia de Isidore Ducasse en el liceo de Pau, donde es uno de los alumnos más apagados, nos la sir­ve un testimonio de primer orden. Según las conversa­ciones que su compañero de clase Paul Lespés, enton­ces de 81 años de edad, mantuvo en 1927 con Francois Alicot, que fue a interrogarle a su retiro de Anglet, cer­ca de Bayona. Esos recuerdos tienen el mérito de hacer que se conozca mejor las tres dedicatorias de las Poe­sías: Georges Minvielle y Paul Lespés, sus «condiscí­pulos», y Gustave Hinstin, su «antiguo profesor de Re­tórica» en el liceo de Pau. Re aquí la mayor parte del testimonio de Paul Lespés:
Conocía Ducasse en el liceo de Pau el año 1864. Es­taba conmigo y con Minvielle en la clase de Retórica y en el mismo estudio. Lo veo todavía como un mu­chacho delgado, alto, con la espalda un poco curva­da, la tez pálida, los cabellos largos que le caían sobre la frente, la voz algo fría. Su fisonomía no tenía nada de atractiva.

Era de ordinario triste y silencioso y como replega­do sobre sí mismo. Dos o tres veces me habló con cier­ta animación de los países de ultramar, donde se lleva­ba una vida libre y feliz.

A menudo, en la sala de estudio, se pasaba horas en­teras con los codos apoyados en su pupitre, las manos en la frente y los ojos sobre un libro clásico que no leía; se veía que se hallaba sumergido en un sueño. Yo pen­saba, con mi amigo Minvielle, que tenía nostalgia y que sus padres lo mejor que podían hacer era llevárselo a Montevideo.

En clase, parecía algunas veces interesarse vivamen­te por las lecciones de Gustave Hinstin, brillante profesor de retórica, antiguo alumno de la Escuela de Ate­nas. Le gustaba mucho Racine y Corneille, y sobre to­do el Edipo Rey de Sófocles. La escena en que Edipo, una vez conocida la terrible verdad, lanza gritos de dolor y, con los ojos fuera de si, maldice su destino, le parecía muy bella. Lamentaba, sin embargo, que Yo-casta no hubiese llegado al limite del horror trágico dán­dose muerte ante los ojos de los espectadores.

Admiraba a Edgar Poe, del cual había leído los cuen­tos antes incluso de su ingreso en el liceo. También vi en sus manos un volumen de poesías, Albertus, de Théophile Gautier, que, creo, le había prestado Geor­ges Minvielle.

En el liceo lo teníamos por un espíritu fantástico y soñador, pero, en el fondo, también por un buen mu­chacho que no superaba el nivel medio de instrucción, probablemente a causa de su retraso en los estudios. Un día me enseñó algunos versos que había escrito. El ritmo, por lo que pude juzgar, dada mi inexperiencia, me pareció un poco extraño y el pensamiento muy os­curo.

Ducasse tenía una aversión particular por los versos latinos. Un día, Hinstin nos dio a traducir en hexámetros el pasaje relativo al pelicano en Rolla, de Musset. Ducas­se, que estaba sentado detrás de mi en el banco más elevado de la clase, se puso a echar pestes junto a mi oido por la elección de semejante asunto.

Al día siguiente, Hinstin comparó dos de las com­posiciones clasificadas como mejores con las realiza-das por los alumnos del liceo de Lille, donde había es­tado como profesor hacía poco tiempo.

Ducasse manifestó vivamente su irntación:

-¿Para qué todo esto? -me dijo- ¿Para que sin­tamos asco por el latín?

Había cosas que no quería comprender, creo yo, para no tener que ceder ante sus antipatías y sus desdenes.

Se quejaba a menudo de jaquecas que, lo reconocía él mismo, influían mucho sobre su espfritu y sobre su carácter.

Durante la canícula, los alumnos iban a bañarse al arroyo del Bois-Louis. Para Ducasse, excelente nada­dor, era una fiesta.-Sería necesario -me dijo un día- refrescar más a menudo con este agua mi mente enferma.

Ninguno de estos detalles tienen gran interés, pero son recuerdos que debo referir. En 1864, hacia el final del curso, Hinstin, que con frecuencia reprochaba a Ducasse lo que él llamaba sus exageraciones de pensa­miento y de estilo, leyó una composición de mi condiscipulo.

Las primeras frases, muy solemnes, excitaron ense­guida su hilaridad, pero pronto se sintió molesto. Du­casse no sólo había cambiado de maneras, sino que sin­gularmente, las había exagerado. Jamás hasta enton­ces había dado tanta rienda suelta a su imaginación de­senfrenada. No había una frase en la que elpensamien­to, formado en cualquier caso de imágenes acumula­das, de metáforas incomprensibles, no estuviera oscu­recido por invenciones verbales y formas de estilo que no respetaban siquiera la sintaxis.

Hinstin, clásico puro, cuya fina crítica no dejaba es­capar ninguna falta de gusto, creyó que se trataba aque­llo de una especie de desafío a la enseñanza clásica, una broma pesada gastada al profesor. Contrariamente a sus hábitos de indulgencia, infligió a Ducasse un casti­go. Este castigo hirió profundamente a nuestro con­discípulo que se nos quejaba con amargura a míy a mi amigo Georges Minvielle. Nosotros intentamos ha­cerle comprender que había colmado con mucho la medida.

En el liceo, tanto en retórica como en filosofia, Du­casse no reveló, que yo sepa, ninguna aptitud particu­lar para las matemáticas y la geometría, cuya belleza encantadora celebra con tanto entusiasmo en los Cantos de Maldoror. Sí le gustaba mucho la historia natu­ral. El mundo animal excitaba considerablemente su curiosidad. Lo vi admirar durante largo tiempo una ce­tonia de un rojo vivo que había encontrado en el par-que del liceo durante el recreo de mediodía.

Cuando supo que Minvielle y yo éramos cazadores desde nuestra infancia, nos preguntaba algunas veces sobre las costumbres y la estancia de diversos pájaros en la región pirenaica, y sobre las particularidades de su vuelo.

Tenía un gran espiritu de observación. De aquí que no me haya sorprendido leer al comienzo del primero y del quinto de los cantos de Maldoror las notables des­cripciones que hace del vuelo de las grullas y sobre to­do de los estorninos, a los que había estudiado muy bien.

No volví a ver a Ducasse desde mi salida del liceo, en 1865.

Pero algunos años después, en Bayona, recibí los Cantos de Maldoror. Sin duda aquél era un ejemplar de la primera edición, la de 1868. No llevaba ninguna dedicatoria. Pero el estilo, las extrañas ideas chocan­do entre sí a veces como en una maraña, me hicieron suponer que el autor no podía ser otro que mi antiguo condiscípulo.

Minvielle me dijo por entonces que él también ha­bía recibido un ejemplar, énviado sin dudá por Ducasse. (...)En el liceo, Ducasse tenía más relación conmi­go y con Georges Minvielle que con ninguno de los de­mas alumnos. Pero su actitud distante, si puedo em­plear esta expresión, una especie de gravedad desde­ñosa y una tendencia a considerarse como un ser apar­te, las oscuras preguntas que nos hacia a quema ropa y a las cuales teníamos dificultad en responder, sus ideas, las formas de su estilo cuya exageración hacía notar nuestro excelente profesor Hinstin, en fin, la irri­tación que a veces manifestaba sin ningún motivo se­rio, todas esas extravagancias hacia que nos inclinára­mos a creer que su cerebro carecía de equilibrio.

Su imaginación se reveló por entero en un discurso en el que había tenido ocasión de apilar, con un lujo espantoso de epítetos, las más horribles imágenes de la muerte. No se hablaba más que de huesos tritura­dos, entrañas colgantes, carnes sanguinolentas o en ebullición. El recuerdo de aquel discurso fue quien, años después, me hizo reconocer la mano del autor de los Cantos de Maldoror, aunque Ducasse jamás me ha­bía hecho alusión a sus proyectos poéticos.

Minvielle y yo estuvimos convencidos, lo mismo que otros condiscípulos, de que Hinstin se había despre­ciado al infligir a Ducasse un castigo por su discurso.

Aquello no se trataba de ninguna pesada broma gas­tada al profesor. Ducasse de sintió profundamente he­rido por los reproches y por el castigo de Hinstin. Es­taba convencido, creo yo, de haber hecho un excelen­te discurso, lleno de nuevas ideas y de bellas fórmulas de estilo. Sin duda, si se comparan los Cantos de Mal­doror con las Poesías, puede pensarse que Ducasse no ha sido sincero. Pero silo fue en el liceo, como creo, ¿por qué no habría de serlo más tarde, cuando se ha esforzado por ser poeta en prosa y, en una especie de delirio de imaginación, se 'ha persuadido de que acaso podría conducir al bien, por la imagen de la delecta­ción en lo horrible, a las almas desencantadas de la vir­tud y de la esperanza?

Teniendo en cuenta la gran edad del narrador, que evoca recuerdos que se remontan a más de sesenta años (visiblemente reavivados, y en cierta medida deformados, por la relectura de los Cantos de Maldoror), este testimonio es un buen retrato de Isidore Ducasse ha­cia el fin de su adolescencia. Hay que conservar tam­bién con claridad la impresión física que Paul Lespés guarda del personaje, completada por este rasgo: «el Ducasse que conocí se expresaba casi siempre con di­ficultad y algunas veces con una especie de rapidez nerviosa».

Los altercados entre el alumno Isidore Ducasse y su profesor Gustave Hinstin aclaran muchos párrafos de las Poesías -y en primer lugar el elogio intempestivo de los «discursos de distribución de premios en los li­ceos»: el sábado 20 de agosto de 1864, el del liceo de Pau había sido pronunciado, como indica el folleto del palmarés, por el «Señor Hinstin, profesor de retórica»-.

No debe olvidarse tampoco lo que se relaciona con las jaquecas dolorosas y, en general, con el mal estado de salud de Isidore Ducasse. El liceo de Pau, «notable por la extensión, la belleza y la afortunada situación de sus edificios y dependencias», y cuya pensión era de un precio sensiblemente más elevado que el de los demás internados, había «sido designado por el señor Ministro -dice el prospecto adjunto a los palmarés de la época- para recibir eventualmente a los alumnos de los demás liceos del Imperio cuya salud exigiéra un clima de excepcional suavidad». Aquí hay una indica­ción que puede dar con la verdadera causa de su es­tancia en el liceo de Pau, considerada como una cura, y también de la interrupción, si no del abandono defi­nitivo, de sus estudios: el alumno Isidore Ducasse aban­dona el liceo de Pau en agosto de 1865, para reponer­se -y se pierde su rastro hasta agosto de 1868 en que se le encuentra en París, no como estudiante sino co­mo hombre de letras-.


III
Esta laguna de tres años -la más importante de to­das, pues precede de inmediato a la publicación de los Cantos de Maldoror- ha dado lugar a muchas hipó­tesis. La más aceptable, en el estado actual de las in­vestigaciones, es la de que regresa a su país natal. Pru­dencio Montagne está seguro de haber visto a Isidore Ducasse, mayor que él diez años, en Montevideo: «Isi­dore era un muchacho (en esa época éramos mucha­chos hasta los veinte años> guapo, pero extremadamen­te desvergonzado, ruidoso, insoportable». Entre 1864 y 1867, dice todavía Prudencio Montagne, el canciller Ducasse «vivía en la calle Camacera, frente a la calle de la Brecha, en una casa muy antigua que aún existe. Me acuerdo de los paseos que daba con él y mi padre hasta la plaza de Artola. Luego entrabámos en la cer­vecería Thiébaut. Este paseo los hacíamos todos los do­mingos después del almuerzo en casa de mis padres, en el cual el señor Ducasse tomaba parte. Isidoro no nos acompañaba (...) Esos paseos duraron hasta 1867, época en la cual Isidoro estaba en París».

Entre su partida de Pau y su instalación en París, Isidore Ducasse habría podido residir casi dos años en Montevideo o en sus alrededores. Diga lo que diga Pru­dencio Montagne, es muy posible que el canciller, que parece mostrar un cierto liberalismo -lo muestra pron­to al permitirle venir a París y dejarlo vivir a su aire-, deja a su hijo una cierta libertad de movimiento de la que éste se aprovecha acaso viajando por los países del Río de la Plata.

No se sabe nada de la vida de Isidore Ducasse du­rante esas dos estaciones, pero es probable que algu­nas de las personas de las dedicatonas~de las Poesías, aún no identificadas (Pedro Zurmarán, Louis Durcour, Joseph Bleumstein, Joseph Durand), sean los amigos o compañeros de ese tiempo.

Existe la misma incertidumbre en lo que concierne a la fecha de regreso a Francia y en qué emplea el año que precede a la publicación en París,. en agosto de 1868, del Canto Primero del Maldoror. Si, como pa­rece probable, Isidore Ducasse desembarca en Burdeos en el verano de 1867 (Burdeos es ya, más que Bayona, el puerto de enlace con América del Sur), lo más segu­ro es que se dirija primero a la casa de sus padres en Bazet -y está fuera de dudas de que reanuda su amis­tad con su antiguo condiscípulo del liceo de Tarbes, Georges Dazet, que tiene una plaza eminente en la pri­mera versión de Maldoror: sus conversaciones, cuyo eco se encuentra en las doce o trece estrofas del Pri­mer Canto, no han podido tener lugar más que en Tar­bes, ciudad natal de Georges Dazet, y en la que ejercerá más tarde su profesión de abogado-.

Otro misterio difícil de elucidar es el de las relacio­nes de Isidore Ducasse con los editores de las dos pu­blicaciones bordolesas que anunciara en la cubierta del primer fascículo de los Poemas:
Concursos Poéticos de Burdeos: Evariste Carrance. El Concurso de las Musas, diario de los Poetas, 3, calle Brun, en Burdeos.
Si el segundo fascículo no ha publicado nada de Isi­dore Ducasse (a menos que lo hiciera bajo un pseudó­nimo ignorado hasta ahora), no sucede lo mismo con el de Evariste Carrance. Como ha revelado Kurt Mu­ller, Isidore Ducasse es candidato al «Segundo Con­curso Poético abierto en Burdeos bajo los auspicios del señor Evariste Carrance», a partir del 15 de agosto de 1868 y antes del 1~ de diciembre del mismo año, dán­dole a imprimir, en las condiciones fijadas por el pros­pecto del concurso (diez céntimos la línea, suscripción a un volumen al mes, etc.), el Canto Primero de Maldoror. Este aparecerá en la segunda serie de «Littéra­ture Contemporaine», titulada Perfumes del alma, al comienzo de 1869, unos seis meses después de la im­presión en París del mismo texto. El envío del manus­crito a Evariste Carrance es sin duda posterior a la ins­talación de Isidore Ducasse en París, aunque no pue­da excluirse que el poeta hubiera entrado en contacto con él -y con el Concurso de las Musas- en Burdeos mismo, poco después de su llegada de América.

La fecha aproximada de la llegada de Isidore Du­casse a París, y la dirección del hotel en que se hospe­da entonces, han sido suministradas por Léon Genon­ceaux, que escribe en su introducción a los Cantos: «En 1867 ocupaba una habitación en un hotel situado en el número 23 de la calle Notre-Dame-des-Victoires». Después de haber tenido en su mano las cartas de Isi­dore Ducasse al banquero Darasse, es probable que Léon Genonceaux haya descubierto sobre la más anti­gua, esa fecha y esa dirección de hotel, que parece ha­ber sido el primer domicilio del poeta en París. He aquí los otros:

Calle del Faubourg-Montmartre, número 32 (direc­ción indicada en dos cartas dirigidas a Verboeckhoven), desde octubre de 1869, lo más tarde, a febrero de 1870.

Calle Vivienne, número 15 (dirección indicada en una carta dirigida al banquero Darasse), en marzo de 1870.

Calle del Faubourg-Montmartre, número 7 (dirección ­indicada en el reverso de la cubierta de Poesías II y en el certificado de defunción), de junio a noviem­bre de 1870.

Situados a una y a otra acera del bulevar Montmar­tre, entre unas calles dedicadas al comercio de lujo (los parajes de los grandes bulevares eran hacia 1870 lo que son hoy los Campos Elíseos), esos hoteles eran segu­ramente de primera clase -lo que inclina a pensar que Isidore Ducasse tenía gusto por el confort y medios para satisfacerlo-. No se conoce la pensión mensual que su padre le tiene asignada para su subsistencia por in­termedio del banquero Darasse, calle de Lille, 5, que era asimismo el banquero titulado del Consulado de Francia en Montevideo. Pero se sabe, por sus cartas a éste, que Isidore Ducasse dispone en su banco de una provisión suplementaria y que no vacila en agotarla-lo que le vale por parte de su padre «ciertas obser­vaciones melancólicas que se le perdonan. fácilmente a un anciano», y pone a Darasse en «la necesidad de salir de (su) papel estricto de banquero, frente a un se­ñor que viene a vivir a la capital»-.

De hecho, ¿por qué ese hijo de canciller, cuyo tren de vida no es seguramente el de.un estudiante, vive en la capital? Léon Genonceaux omite decir cómo ha «ad­quirido la certeza de que Ducasse había venido a París con el fin de seguir estudiando en la Escuela Politécni­ca o de Minas», y es muy lamentable. Pues a pesar de la famosa estrofa de los Cantos sobre las matemáticas, uno no se imagina al antiguo alumno de retórica y de filosofía del liceo de Pau preparando seriamente el in­greso en las grandes escuelas, y, con toda evidencia, hay una gran distancia desde el bulevar Montmartre o la calle Vivienne hasta el Barrio Latino.

La verdad -o lo que se aproxima más a la verdad, en ausencia de la correspondencia de Francois Ducas­se y su hijo- debe deducirse de dos cartas del poeta al banquero Darasse, que mantiene relaciones conti­nuas con el Consulado de Francia en Montevideo y que, de hecho, representa un poco la autoridad paterna cerca de su joven cliente.

En su primera carta, del 22 de mayo de 1869, tan desdeñosa con respecto al banquero que ha «puesto en vigor el deplorable sistema de desconfianza prescrito vagamente por la estravagancia» de su padre, Isidore Ducasse desdeña justificar el empleo del dinero que se le niega y -aunque haya llegado a París, un año y me­dio antes, para pretenderlos- no se toma ni siquiera la molestia de mentirle en lo que concierne a los estu­dios. Por el contrario, hace alusión a su «dolor de ca­beza», lo que da a pensar que sufre continuamente de jaquecas dolorosas, de las que ya se quejaba en el li­ceo de Pau, y que su salud está lejos de ser buena. De aquí, quizás, la actitud notablemente liberal de Fran­cois Ducasse en relación con su hijo: sabiéndolo en ma­las condiciones físicas, provee largamente a sus nece­sidades, aunque le pida, como contrapartida, una vi-da regular y honorable.

La última carta al banquero Darasse, del 12 de mar­zo de 1870, no permite ignorar ninguna de las prome­sas que Isidore Ducasse hizo a su padre, y a las que éste parece acomodarse. Se trata de obtener del ban­quero, por parte del poeta, la suma de 200 francos, «al margen de la pensión», a fin de pagar los gastos de im­presión de un folleto que se propone enviar el día 22 del mismo mes a Montevideo. Este folleto no es, por otra parte, más que una muestra de la nueva obra que Isidore Ducasse tiene entre manos -con la doble es­peranza, como se deduce de las líneas siguientes, de in­teresar al autor de sus días en esa empresa y de pro­porcionarle una satisfacción: «Mi volumen no estará terminado hasta dentro de 4 ó 5 meses. Pero, entre­tanto, quisiera enviar a mi padre el prefacio, que cons­tará de unas 60 páginas, editado por Al. Lemerre. Así verá que trabajo y me enviará la suma total del volu­men que se imprimirá más tarde»-.

Parece ser que el canciller Ducasse -cuya bibliote­ca, en Montevideo, testimonia un cierto respeto por las buenas letras- no ignora la actividad de su hijo y le anima en la medida en que, desde hace algunos años, con más o menos simpatía, le proporciona el medio pa­ra hacer que aparezcan sus escritos.

Esta constatación es el mejor homenaje que se pue­de rendir al padre de Isidore Ducasse, que pasa a ser generalmente una especie de réplica varonil de la «daromphe» de su contemporáneo Arthur Rimbaud, pero que, de hecho, es el verdadero editor de los Can-tos y de las Poesías. Porque es, indiscutiblemente, a expensas del canciller como se han impreso esas obras que son los únicos acontecimientos conocidos de los últimos años del poeta, y cuya cronología es ésta:


En agosto de 1868, Isidore Ducasse envía a la im­prenta Balitout, Questry et Cie, calle Baillif, 7 (calle hoy desaparecida, en los parajes de la corte de Valois) el Canto Primero de Maldoror, que aparece sin nom­bre de autor en noviembre. El folleto es puesto a la ven­ta en la librería del Petit Journal y en la librería Weil et Bloch, en el pasaje Europeo.

Probablemente en la misma época, Isidore Ducas­se, hace publicar a Evariste Carrance, director de los Concursos Poéticos de Burdeos, calle Leberthon, 56 bis, el mismo Canto Primero, que aparece igualmente sin nombre de autor en enero de 1869, en el cuaderno Perfumes del alma, impreso por A. R. Chaynes, en Burdeos, calle Leberthon, 7.

A comienzos de noviembre de 1868, Isidore Ducasse tiene a la vista publicar el segundo canto de Maldoror en las ediciones de Albert Lacroix, director dé la im­portante «Librairie Internacionale, A. Lacroix, Ver­boeckhoven et Cie., editeurs á Paris, Bruxelles, Leip­zig et Livourne», que cuenta en sus catálogos con obras de Victor Hugo, Eugéne Sue, Proudhon y Zola. No se sabe nada de las relaciones entre el editor y el poeta, pero es preciso creer que Albert Lacroix guarda de él un vivo recuerdo cuando, hacia 1890, da a su compa­triota León Genonceaux los elementos para este retrato de Isidore Ducasse: «Era un muchacho alto, moreno, im­berbe, nervioso, ordenado y trabajador. Sólo escribía de noche, sentado ante su piano. Declamaba, forjaba sus frases, cubriendo sus prosopopeyas con acordes». El lado personal de este testimonio se explica por la relación de vecindad que pudieron establecerse entre los dos hombres: Isidore Ducasse vivía entonces en el 32 de la calle del Faubourg-Montmartre, y la Librairie Internacionale se hallaba en el número 15 del bulevar Montmartre. Probablemente es en esta dirección en donde el poeta deposita, en los primeros meses de 1869, el manuscrito de los seis Cantos de Maldoror por el con­de de Lautréamont -pseudónimo sacado, como se sa­be, de Lautréamont, novela histórica de Eugéne Sue-. El autor y el editor convienen las condiciones de pu­blicación: el libro será impreso con gastos a cargo de Isidore Ducasse, que entrega 400 francos de anticipo-y el manuscrito se envía a la imprenta de Lacroix y Verboeckhoven, en el bulevar Waterloo, 42, en Bruse­las, que compone la obra a lo largo del verano de1869-.

Una vez terminada la impresión, le entregan al poe­ta una veintena de ejemplares encuadernados y reves­tidos de una cubierta amarilla que lleva, debajo del tí­tulo: «Paris, / En venta en todas las librerías / 1869». Los nombres de los editores figuran, en calidad de im­presores, al dorso de la primera portada y en la segun­da plana de la cubierta.

Si se quiere creer lo que escribe el poeta, algunos me­ses más tarde, al banquero Darasse, es entonces cuan­do Mbert Lacroix tiene conocimiento del libro, renun­cia a publicarlo como editor, y suspende la puesta en venta. («...Pero, una vez que fue impreso, se negó a hacerlo aparecer, porque la vida estaba pintada con co­lores demasiado amargos, y temía al procurador general»).

Se conoce la reacción de Poulet-Malassis, que le gus­ta el libro y no puede dejar de juzgar severamente –él que ha sacrificado su tranquilidad y su fortuna a la Ii bre expresión de su amigo Baudelaire- la huida de Al bert Lacroix y su asociado Verboeckhoven.

Apremiado por el poeta, éste último ve la posibili dad de vender los Cantos, a título de depositario, er Bélgica y en Suiza. Ese compromiso recibe el consen timiento del poeta, como testimonia su carta del 27 de octubre de 1869 a Verboeckhoven: «Sus proposiciones han sido aceptadas: el que yo le haga vendedor para mí, el cuarenta por ciento y el ejemplar 13º». A pesa. de este acuerdo de principio, la obra permanece en e sótano y el poeta morirá sin haberla visto en las librerías.

El 21 de febrero de 1870, Isidore Ducasse pregunto todavía a Verboeckhoven qué se ha hecho de los Cantos: «Lacroix, ¿ha cedido la edición o qué ha hecho' ¿O la ha rechazado usted? El no me ha dicho nada No le he vuelto a ver desde entonces». Sin embargo anuncia que ha renegado de su pasado y que llevar,' a Albert Lacroix, en los primeros días de marzo, una nueva obra en donde «corrige en el sentido de la esperanza» los «más bellos poemas» de Lamartine, Hugo Musset, Byron y Baudelaire, así como los «seis fragmentos más perversos de (su) dichoso librejo».

El 12 de marzo, Isidore Ducasse confirma ese proyecto, escribiéndole al banquero Darasse que ha «cambiado completamente de método, para cantar exclusi vamente la espera, la esperanza, la SERENIDAD, 1' dicha, el DEBER», y que va a publicar dentro de uno diez días con el editor Lemerre un folleto de 60 páginas que será el prefacio de su próximo libro.

Pero igual que abandonó en seguida la idea de hacer aparecer una obra en las ediciones de Lacroix, Isidore Ducasse abandona su proyecto de prefacio cor el editor Lemerre, y confía a la imprenta Balitout Questroy et Cie la impresión de las Poesías. Esta obra no tiene nada que ver, parece, con los proyectos pre­cedentes, pues «no corrige» las poesías de Lamartine, Hugo, Musset, etc., sino los pensamientos de Pascal, las máximas de Rochefoucauld y de Vauvenargues. En fin, no podría considerarse esas Poesías por un «pre­facio a un libro futuro», pues -para tomar los térmi­nos, perfectamente claros, de la dedicatoria y del avi­so a los lectores- es una «publicación permanente» de los «prosáicos fragmentos que Isidore Ducasse pien­sa escribir «en la continuación de las edades» y de la cual asume él mismo la responsabilidad ante la ley, co­mo indica la nota impresa en el reverso de la cubierta:


«Le Gérant, / I.D. / Calle del Faubourg-Montmartre, 7». El primer fascículo de las Poesías aparece en abril de 1870, el segundo en junio, y no hay duda de que el tercero, el cuarto, etc., hubieran aparecido igualmen­te, si la muerte del poeta no hubiera venido de pronto a interrumpir su obra.

He aquí el acta de defunción de Isidore Ducasse, que lleva el n.0 2.028 en el registro de fallecidos del año 1870 del IX Distrito:


El jueves veinticuatro de noviembre de mil ochocien­tos setenta, a las dos horas es levantada acta de defun­ción de Isidore Lucien Ducasse, hombre de letras, de veinticuatro años, nacido en Montevideo (América Me­ridional), fallecido esta mañana a las ocho horas en su domicilio de la calle del Faubourg-Montmartre, siete, soltero, sin otros datos. Dicha acta se levanta en pre­sencia de los señores Jules Francois Dupuis, hotelero, de cincuenta años de edad, residente en París, calle del Faubourg-Montmartre, siete, y de Antoine Milleret, mozo de hotel, de treinta años de edad, residente en la misma casa, testigos que han firmado con nosotros, Louis Gustave Nast, adjunto del alcalde, tras la lectu­ra hecha, el fallecimiento constatado ante la ley.

Jules Fran~ois Dupuis

Antoine Milleret

Louis Gustave Nast
Isidore Ducasse fue inhumado al día siguiente, 25 de noviembre de 1870, en el cementerio del Norte (hoy Montmartre-Norte) en una concesión temporal de la 35 a División, como atestigua el registro de entradas en 1870, en donde está inscrito con el número 9.257.

El 20 de enero de 1871, según el número 1.166 del registro del año, Isidore Ducasse fue transferido a la 4ª División, que sería desafectada y recobrada por la Villa de París, a fines inmobiliarios, entre 1880 y 1890. Los despojos que provenían de las concesiones tempo­rales -y todo lleva a creer que los del poeta formaban parte- fueron entonces vertidos en el Osario de Pantin.


Maurice Saillet

DE LA REVISTA «LA JENEUSSE»


Bibliografía

Los Cantos de Maldoror

(un volumen, cd. Defaux, calle de Croisant, 8)


El primer efecto producido por la lectura de este li­bro es de asombro: el énfasis hiperbólico del estilo, la salvaje rareza, el vigor desesperado de la idea, el con­traste de ese lenguaje apasionado con las más insípi­das lucubraciones de nuestro tiempo, arrojan de ante­mano al espíritu en un profundo estupor.

Alfredo de Musset habla en alguna parte de lo que él llama «la enfermedad del siglo»: es la incertidum­bre del futuro, el desprecio del pasado, o la increduli­dad y la desesperación. Maldoror está contagiado por ese mal, se hace perverso, y dirige hacia la crueldad to­das las fuerzas de su genio. Primo de Chudre-Haroid y de Fausto, conoce a los hombres y los desprecia. El ansia le devora, y su corazón, siempre vacío, se agita sin cesar en sombríos pensamientos, sin poder alcan­zar nunca ese fin vago e ideal que busca y adivina.

No seguimos con el examen de este libro. Ray que leerlo para sentir la poderosa inspiración que lo ani­ma, la desesperación sombría que se derrama por sus lúgubres páginas. A pesar de sus defectos, que son nu­merosos, la incorrección del estilo, la confusión de los cuadros, esta obra, creemos nosotros, no pasará con­fundida entre las demás publicaciones del momento:

su originalidad poco común nos lo garantiza.


EL DESTINO DE ISIDORE DUCASSE
Isidore Ducasse nació en 1846 en Montevideo, de pa­dres franceses. Hizo estudios secundarios en Francia, en el colegio de Tarbes y en el liceo de Pau, donde per­manece interno; luego marcha a París para preparar el ingreso en la Escuela Politécnica. Bajo el pseudóni­mo de «Conde de Lautréamont» publica, en 1869, una obra en prosa poética, los Cantos de Maldoror, que pasa totalmente inadvertida; después publica bajo el título paradójico de Poesías dos fragmentos de prefa­cio para «un libro futuro» que jamás fue escrito. Muere tuberculoso en 1870. Su obra fue exaltada después de 1920 por los surrealistas; ella figura hoy como una ex­presión particularmente intensa de la desesperación y del frenesí romántico.
LA DESESPERACIÓN DEL MALDOROR
Al comienzo de los Cantos, Maldoror, el héroe, es-tú representado en general bajo una forma humana; encarna la miseria y las angustias de su creador. Es pá­lido y camina encorvado; tiene la sangre empobreci­da, la boca consumida; su rostro está «maquillado por arrugas precoces»; y la naturaleza «hace brillar sus ojos con la llama agria de la fiebre». Dotado de una facul­tad de discernimiento poco común, sufre a causa de su misma lucidez, que ha destruido sus ilusiones. Al mis­mo tiempo se han revelado en él las múltiples formas del sufrimiento impuesto a l~ humanidad y las calami­dades que la persiguen, guerras, incendios, naufragios o enfermedades. Torturado por su trágica ignorancia, desanimado por su experiencia amarga del dolor y del vicio, se abandona a la desesperación, que le «embria­ga con el vino»; y como un héroe byroniano, pero con más violencia aún, se rebela contra Dios.

EL FRENESÍ DE MALDOROR


Desde entonces se convierte en un símbolo infernal. Deja de encarnar el drama del hombre y se asemeja al Minotauro o a la Bestia del Apocalipsis. Caballero fan­tasma, visita, como el Mal, toda la superficie de la tie­rra. Como el Mal también, reviste las formas más im­previstas: un decreto de su voluntad le permite inme­diatas metamorfosis; se convierte en pulpo o en águi­la, grillo de cloaca o cisne negro. Su cólera vengativa se manifiesta por acciones de arrebato o por impreca­ciones de una inimaginable violencia. La obra es, por otra parte, extranamente diversa: las estrofas líricas al­ternan con los episodios fantásticos, los periodos ora­torios con las imágenes fulgurantes; pero el héroe mal­dito está presente en todas las páginas para ilustrar la terrible declaración del primer canto: «Yo me sirvo de mi genio para pintar las delicias de la crueldad».

BOLETIN TRIMESTRAL DE LAS PUBLICA­ClONES PROHIBIDAS EN FRANCIA IMPRESAS EN EL EXTRANJERO N07


PRECIO DEL ABONO: 4 FRANCOS AL AÑO

23 de octubre de 1869


10. LOS CANTOS DE MALDOROR, por el conde de Lautréamont. (Cantos 1, II, III, IV, V, VI) París, en todas las librerías; Bruselas, imp. Lacroix, Ver­boeckhoven; 1869, in-8 de 332 p.

«No existen ya maniqueos», decía Panglos.- «Exis­to yo», respondía Martín. El autor de este libro no es de una especie menos rara. Como Baudelaire, como Flaubert, cree que la expresión estética del mal impli­ca el más vivo apetito del bien, la más alta moralidad. Isidore Ducasse (hemos tenido la curiosidad de cono­cer su nombre) no ha cometido el error de hacer im­primir en Francia los Cantos de Maldoror. El sacra­mento de la sexta cámara no le hubiera faltado.


N.B. El impresor se ha negado, en el momento de ponerlos a la venta, a distribuir los Cantos de Maído­ror, anunciados con el n0. 10 del presente boletín-

DE UNA ENCUESTA


 Pregunta: «¿Cuáles son los tres libros que, perso­nalmente, usted coloca por encima de los demás y que han ejercido una influencia decisiva sobre su forma­ción literaria?»

VALERY LARBAUD: «Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror, expre­sión suprema del Romanticismo resplandeciente, don­de se vuelven a encontrar, junto al satanismo y las en­soñaciones fantásticas de las escuelas inglesa y alema­na del siglo XIX, a Gérard de Nerval, Quinet, Volney, el marqués de Foudras y Euge'ne Sue... Un clásico de mañana sin duda, y que fue, después de haber sorpren­dido y escandalizado toda rni primera adolescencia, uno de mis veinticinco o treinta libros de cabecera -bien dicho: mi cama, muy a menudo, estaba abarrotada de ellos- desde mis dieciséis a mis dieciocho áños (los de­más, a excepción quizás de Rimbaud, Corbiere y Walt Whitman, discutidos en aquél tiempo, eran los Clásicos)...



CANTO PRIMERO
RUEGO al cielo que el lector, animado y momentá­neamente tan feroz como lo que lee, encuentre, sin de­sorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y lle­nas de veneno, pues, a no ser que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual semejante al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma lo mismo que hace el agua con el azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro. En consecuen­cia, alma tímida, antes de que penetres más en seme­jantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, de igual manera que los ojos de un hijo se apartan respetuosamente de la augusta con­templación del rostro materno; o, mejor, como durante el invierno, en la lejanía, un ángulo de grullas friolen­tas y meditabundas vuela velozmente a través del si­lencio, con todas las velas desplegadas, hacia un pun­to determinado del horizonte, de donde, súbitamente, parte un viento extraño y poderoso, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, formando ella sola la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza, y, consecuen­temente, hace restallar también el pico, como una per­sona razonable, que no es~á contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello despro­visto de plumas, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondulaciones coléricas que pre­sagian la tormenta, cada vez más próxima. Después de haber mirado numerosas veces, con sangre fría, a to­dos los lados, con ojos que encierran la experiencia, prudentemente, la primera (pues ella tiene el privile­gio de mostrar las plumas de su cola a las otras gru­llas, inferiores en inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geo­métrica (es tal vez un triángulo, aunque no se vea el tercer lado, lo que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), sea a babor, sea a estribor, como un há­bil capitán, y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, porque no es necia, em­prende así otro camino más seguro y filosófico.
Lector, quizás desees que invoque al odio en el co­mienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no has de ol­fatear, sumergido en innumerables voluptuosidades, tanto como quieras, con tus orgullosas narices, anchas y afiladas, volviéndote de vientre, semejante a un ti­burón, en el aire hermoso y negro, como si compren­dieras la importancia de ese acto y la importancia no menos de tu legitimo apetito, lenta y majestuosamen­te, las rojas emanaciones? Te aseguro que los dos de­formes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eter­no. Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la ine­fable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e in­cienso, pues se colmarán de una dicha completa, co­mo los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.
En sólo unas líneas estableceré que Maldoror fue bueno durante los primeros años de su vida y vivió di­choso; dicho está Luego se apercibió de que hábia na­cido perverso: ¡ fatalidad extraordinaria! Ocultó su ca­rácter como pudo, durante un gran número de años, pero al final, a causa de esa reconcentración que no le era natural, cada día la sangre le subía a la cabeza, hasta que no pudiendo soportar más semejante vida, se arrojó resueltamente por la senda del mal... ¡atmós­fera dulce! ¿Quién lo hubiera dicho? Cuando besaba a un niño de rostro rosado hubiera querido rebañarle las mejillas como con una navaja, y muy a menudo lo hu­biera hecho, si la Justicia, con su largo cortejo de cas­tigos, no lo hubiera impedido cada vez. No era menti­roso, confesaba la verdad, y se decía cruel. Humanos, ¿habéis oído? ¡ Se atreve a repetirlo con esta pluma que tiembla! Asi, pues, existe un poder más fuerte que la voluntad... ¡Maldición! ¿Querría la piedra sustraerse a las leyes dela gravedad? Imposible. Imposible, si el mal quisiera conjugarse con el bien. Es lo que yo decía más arriba.
Aquí hay quienes escriben para conseguir los aplausos de los hombres, por medio de nobles cualidades del co­razón que la imaginación inventa o que ellos puedan te­ner. ¡ Yo hago servir mi genio para pintar las delicias de la crueldad! Delicias no pasajeras ni artificiales, si­no que, al comenzar con el hombre, terminarán con él. ¿No puede el genio aliarse con la crueldad en las resoluciones secretas de la Providencia? ¿O porque se sea cruel se tiene que carecer de genio? La prueba se verá en mis palabras; vosotros sólo tenéis que escuchar­me, si queréis... Perdón, me pareció que los cabellos se me habían erizado, pero no es nada, pues con mi mano he conseguido colocarlos fácilmente en su pri­mera posición. El que canta no pretende que sus cava­tinas sean algo desconocido, al contrario, se satisface de que los pensamientos altivos y perversos de su hé­roe estén en todos los hombres'.
He visto, durante toda mi vida, sin una sola excepción, a los hombres de hombros estrechos realizar nu­merosos actos estúpidos, embrutecer a sus semejantes, y pervertir a las almas por todos los medios. A los motivos de su acción le llaman: la gloria. Viendo esos espectáculos, he querido reír como los demás; pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé un cuchillo cu­ya hoja tenía un filo acerado y me sajé la carne en los sitios donde se unen los labios. Por un instante creí ha­ber conseguido mi objeto. Contemplé en un espejo la boca maltratada por mi propia voluntad. ¡Fue un error! La sangre que brotaba abundante de las dos heridas pedía, por otra parte, distinguir si en verdad era la a de los otros. Pero después de unos instantes de comparación, vi bien que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir, que yo no reía. He visto a los hombres de cabeza fea y ojos terribles hundidos en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca, la rigi­dez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la inso­lencia de la juventud, el furor insensato de los crimi­nales, las traiciones del hipócrita, a los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdo­tes, y a los seres más ocultos al exterior, los más fríos del mundo y del cielo, dejar a los moralistas que des­cubran su corazón, y hacer recaer sobre ellos la cólera implacable de las alturas. Los he visto a todos a la vez, con el puño más robusto dirigido hacia el cielo, como el de un niño ya perverso contra su madre, probable­mente excitados por algún espíritu infernal, con los ojos recargados de un remordimiento punzante y al mismo tiempo vengativo, en un silencio glacial, sin atre­verse a manifestar las vastas e ingratas meditaciones que encubría su seno -tan llenas estaban de injusticia ~y horror-, y entristecer así de compasión al Dios mi­sericordioso; otras veces, a cada momento del día, desde el comienzo de la infancia hasta el fin de la vejez, diseminando increibles anatemas, que no tenían el sentido común, contra todo lo que respira, contra ellos mismos y contra la Providencia, prostituir a las muje­res y a los niños, y deshonrar así las partes del cuerpo consagradas al pudor. Entonces las madres levantan sus aguas, sumergen en sus abismos los maderos; los huracanes y los temblores de tierra derriban las casas; la peste y la diversas enfermedades diezman a las familias suplicantes. Pero los hombres no lo perciben. También los he visto enrojecer o palidecer de vergúen­za por su conducta en esta tierra; aunque raramente. Tempestades hermanas de los huracanes, firmamento azulado cuya belleza no admito, mar hipócrita, ima­gen de mi corazón, tierra de seno misterioso, habitan­tes de las esferas, universo entero, Dios que los has crea­do con magnificencia, a ti te invoco: ¡muéstrame a un hombre bueno! Y entonces, que tu gracia decuplique mis fuerzas naturales, pues ante el espectáculo de ese monstruo, yo puedo morir de asombro: se muere por mucho menos.

Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡ Oh, qué dulzura entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada so­bre su labio superior, y, con los ojos muy abiertos, ha­cer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo esperá, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podría­mos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heri­das, y durante ese tiempo, que debería durar tanto co­mo la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno co­mo su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cier­to?, pues no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuer­das el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro en­fermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que na­ció para oprimirlo, las lágrimas? Las lágrimas están bue­nas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después... lo adivino por analogía, aunque ignoro qué es la amis­tad o qué es el amor (y es probable que nunca lo acepte, al menos de parte de la raza humana). Por lo tan­to, y puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgus­tan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágri­mas y de la sangre del adolescente. Véndale los ojos mientras desgarras su carne palpitante, y, después de haber oído durante largas horas sus gritos sublimes, semejantes a los profundos estertores que en una ba­talla lanzan las gargantas de los heridos agonizantes, habiéndote apartado como una avalancha, te precipi­tarás desde la habitación vecina y harás el simulacro de ir en su ayuda. Le desatarás las manos de nervios y venas hinchadas, devolverás la vista a sus ojos extra­viados, y te pondras a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡ Qué verdadero es entonces el arrepentimiento! La chis­pa divina que existe entre nosotros, y que tan raramente se manifiesta, aparece entonces, aunque ¡ demasiado tarde! Cómo se derrama el corazón cuando puede con­solar al inocente a quien se le ha causado daño: «Ado­lescente que acabas de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer contigo un crimen que no sé cómo calificar? ¡Desgraciado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si tu madre lo supiera, ella no estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que yo estoy ahora. ¡Ay! ¿Qué es entonces el bien y el mal? ¿Es la misma cosa, por medio de la cual testimonia­mos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcan­zar el infinito, incluso por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas diferentes? Sí... es mejor que sean una misma cosa... pues, sino, ¿en qué me con­vertiría el día del Juicio Final? Adolescente, perdóna­me: el que se halla ante tu rostro noble y sagrado es el que ha roto tus huesos y desgarrado tu carne, que cuelga de diferentes lugares de tu cuerpo. ¿Es un deli­rio de mi razón enferma, un instinto secreto que no de­pende de mis razonamientos, semejante al del águila que desgarra a su presa, lo que me ha empujado a cometer este crimen, y que, sin embargo, me hace sufrir tanto como a mi víctima? Adolescente, perdóname. Cuando hayamos abandonado esta vida pasajera, quie­ro que estemos abrazados por toda la eternidad, que formemos un solo ser, mi boca unida a tu boca. Inclu­so de este modo mi castigo no será completo. Enton­ces tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con tus dien­tes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guir­naldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos ~, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a tu boca. ¡Oh ado­lescente de cabellos rubios y ojos tan dulces!, ¿harás ahora lo que te aconseje? Aunque te pese, quiero que lo hagas, y mi conciencia volverá a ser feliz.» Después de haber hablado así, habrás hecho daño a un ser hu­mano, pero habrás sido amado por el mismo ser: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde po­drás internarlo en un hospital, pues el tullido no po­drá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre la gran tumba ocultarán tus pies desnudos al rostro anciano. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos