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POESIES - II - PRIX: UN FRANC



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POESIES

- II -


PRIX: UN FRANC
PARIS

JOURNAUX POLITIQUES ET LITTERÁIRES



LIBRAIRE GABRIE

Passsage Verdeau, 25

II
EL genio garantiza las facultades del corazón.

El hombre no es menos inmortal que el alma.

¡ Los grandes pensamientos vienen de la razón!

La fraternidad no es un mito.

Los niños al nacer no conocen nada de la vida, ni siquiera la grandeza.

En la desgracia, aumentan los amigos.

Vosotros que entráis, abandonad toda desesperación.

Bondad, tu nombre es hombre.

Aquí reside la sabiduría de las naciones.

Cada vez que he leído a Shakespeare, me ha pareci­do que desgarraba el cerebro de un jaguar.

Escribiré mis pensamientos con orden, por medio de un trazado sin confusión. Si son justos, el primero se­rá consecuencia de los demás. Es el orden verdadero. Marca mi objeto por el desorden caligráfico. Haría de­masiado deshonor a mi sujeto si no lo tratara con or­den. Quiero mostrar que es capaz de ello.

No acepto el mal. El hombre es perfecto. El alma no perece. El progreso existe. El bien es irreductible. El anticristo, los ángeles acusadores, las penas eternas, las religiones, son el producto de la duda.

Dante, Milton, al describir hipotéticamente los pá­ramos infernales, han probado que eran hienas de pri­mera clase. La prueba es excelente. El resultado es ma­lo. Sus obras no se venden.

El hombre es un roble. La naturaleza no los tiene más robustos. No es preciso que el universo se arme para defenderlo. Una gota de agua no basta para pre­servarlo. Incluso si el universo lo defendiera, no que­daría más deshonrado que si no lo preservara. El hom­bre sabe que su reino no tiene muerte, que el universo posee un comienzo. El universo no sabe nada: es todo lo más una caña pensante.

Me imagino a Elohim más frío que sentimental.

El amor de una mujer es incompatible con el amor de la humanidad. La imperfección debe ser rechaza­da. Nada es más imperfecto que el egoísmo de dos. Du­rante la vida, pululan las desconfianzas, las discrimi­naciones, las promesas escritas en polvo. No es ya el amante de Jimena, es el amante de Graciela. No es ya Petrarca, es Alfredo de Musset. Durante la muerte, de­jan oír sus pesares un trozo de roca cerca del mar, un lago cualquiera, el bosque de Fontainebleau, la isla de Ischia, un gabinete de trabajo en compañía de un cuer­vo, una capilla ardiente con un crucifijo, un cemente­rio en donde surge el objeto amado bajo los rayos de luz de una luna que termina por molestar, unas estan­cias en donde un grupo de muchachas cuyo nombre no se conoce vienen una a una a dar la medida del autor.

En ninguno de los dos casos se encuentra la dignidad. El error es la leyenda dolorosa.

Los himnos de Elohim habitúan a la vanidad a no ocuparse de las cosas de la tierra. Tal es el escollo de los himnos. Deshabitúan a la humanidad a contar con el escritor. Lo abandona. Lo llama místico, águila, per­juro a su misión. No sóis la paloma buscada.

Un peón podría hacerse de un bagaje literario, di­ciendo lo contrario de lo que han dicho los poetas de este siglo. Reemplazaría sus afirmaciones por sus ne­gaciones. Recíprocamente. Si es ridículo atacar a los primeros príncipes, mucho más ridículo es defender­los de esos mismos ataques. Yo no los defenderé.

El sueño es una recompensa para unos y un suplicio para otros. Para todos es un sanción.

Si la moral de Cleopatra hubiera sido menos corta, la faz de la tierra habría cambiado. Su nariz no se ha­bría hecho más larga.

Las acciones ocultas son las más estimables. Cuan­do veo tantas en la historia, me complace mucho. No han estado completamente ocultas. Han sido sabidas.

Lo poco que de ellas ha aparecido, aumenta el mé­rito. Lo más bello es que no se les haya podido ocultar.

El encanto de la muerte no existe más que para los valientes.

El hombre es tan grande, que su grandeza se revela

en que no quiere reconocerse miserable. Un árbol no se reconoce grande. Se es grande cuando uno se reco­noce grande. Se es grande cuando uno no se quiere re­conocer miserable. Su grandeza refuta sus miserias. Grandeza de rey.

Cuando escribo mi pensamiento, no se me escapa. Esta acción hace que me acuerde de mi fuerza, de la que siempre me olvido. Me instruyo en proporción a mi pensamiento encadenado. Tiendo solamente a co­nocer la contradicción de mi espíritu con la nada.

El corazón de un hombre es un libro que he apren­dido a estimar.

No imperfecto, ni caído, el hombre no es más que un gran misterio.

No permito a nadie, ni siquiera a Elohim, dudar de mi sinceridad.

Somos libres de hacer el bien.

El juicio es infalible.

No somos libres de hacer el mal.

El hombre es el vencedor de las quimeras, la nove­dad de mañana, la regularidad en que gime el caos, el sujeto de la conciliación. Juzga todas las cosas. No es imbécil. No es una lombriz. Es el depositario de la ver­dad, el acopio de certidumbres, la gloria, no el desecho del universo. Si se rebaja, yo le alabo. Si se alaba, yo le alabo todavía más. Lo concilio. Llega a compren­der que es el hermano del ángel.

No hay incomprensible.

El pensamiento no es menos claro que el cristal. Una religión, cúyas mentiras se apoyan en él, puede tras­tornarlo unos minutos, por hablar de esos efectos que duran largo tiempo. Para hablar de esos efectos que duran poco tiempo, un asesinato de ocho personas a las puertas de una capital, lo trastornara -es cierto-hasta la destrucción del mal. El pensamiento no tarda en recobrar su limpidez.

La poesía debe tener como fin la verdad práctica. Anuncia las relaciones que existen entre los primeros principios y las verdades secundarias de la vida. Cada cosa permanece en su sitio. La misión de la poesía es difícil. No se mezcla con los acontecimientos de la po­lítica, a la manera de cómo se gobierna un pueblo, no hace alusión a los períodos históricos, a los golpes de Estado, a los regicidios, a las intrigas de las cortes. No habla de la lucha que el hombre entabla, por excep­ción, consigo mismo, con sus pasiones. Descubre las leyes que hacen vivir a la política teórica, a la paz uni­versal, a las refutaciones de Maquiavelo, a los cucuru­chos de papel que componen las obras de Proudhon, a la psicología de la humanidad. Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu. Su obra es el código de los diplomáticos, de los legisladores, de los instructores, de la juventud. Estamos lejos de los Homero, de los Virgilio, de los Klopstock, de los Ca­moens, de las imaginaciones emancipadas, de los fa­bricantes de odas, de los mercaderes de epigramas con­tra la divinidad. ¡Volvamos a Confucio, a Buda, a Só­crates, a Jesucristo, moralistas que recorrían los pue­blos sufriendo hambre! Hay que contar desde ahora en adelante con la razón, que sólo opera sobre las fa­cultades que presiden la categoría de los fenómenos de la bondad pura.

Nada más natural que leer el Discurso del Método después de haber leído Berenice. Nada menos natural que leer el Tratado de la Inducción de Biéchy, el Pro­blema del Mal de Naville, después de haber leído las Hojas de Otoño, las Contemplaciones. La transición se pierde. El espíritu se resiste a la chatarra, a la mita­gogia. El corazón se aturde ante esas páginas que un fantoche emborrona. Esta violencia lo aclara. Cierra el libro. Vierte una lágrima en memoria de los autores salvajes. Los poetas contemporáneos han abusado de su inteligencia. Los filósofos no han abusado de la su­ya. El recuerdo de los primeros se apagará. Los últi­mos son clásicos.

Racine, Corneille, hubieran sido capaces de compo­ner las obras de Descartes, de Malebranche, de Bacon. El alma de los primeros forma una unidad con la de los últimos. Lamartine, Hugo, no hubieran sido capa­ces de componer el Tratado de la Inteligencia. El alma de su autor no está adecuada a la de los primeros. La fatuidad les ha hecho perder las cualidades centrales. Lamartime. Hugo, aunque superiores a Taine, no po­seen, como él -es penoso hacer esta confesión-, más que facultades secundarias.

Las tragedias excitan la piedad, el terror, por el de­ber. Es algo. Es malo. No es tan malo como el lirismo moderno. La Medea de Legouvé es preferible a la co­lección de obras de Byron, de Cependu, de Zaccone, de Félix, de Gagne, de Gaboriau, de Lecordaire, de Sar­dou, de Goethe, de Ravignan, de Charles Diguet. ¿Qué escritor de entre vosotros, os ruego, puede levantar -¿qué sucede? ¿Qué son esos gruñidos de resistencia?- el peso del Monólogo de Augusto? Los vodeviles bárbaros de Hugo no proclaman el deber. Los melodramas de Racine, de Corneille, las novelas de La Calprenede lo proclaman. Lamartime no es capaz de componer la Fedra de Pradon; Hugo, el Venceslas de Rotrou; Sainte-Bauve, las tragedias de Laharpe o de Marmontel. Musset es capaz de escribir proverbios. La tragedia es un error involuntario, admite la lucha, es el primer paso del bien, no aparecerá en esta obra. Con­serva su prestigio. No ocurre lo mismo con el sofisma -fuera de tiempo el gongorismo metafísico de los auto-parodistas de mi época heroico-burlesca-.

El principio de los cultos es el orgullo. Es ridículo dirigir la palabra a Elohim, corno han hecho los Job, los Jeremías, los David, los Salomón, los Turquéty. La oración es un acto falso. La mejor manera de agradarle es indirecta, más conforme con nuestra fuerza. Con­siste en hacer feliz a nuestra raza. No hay dos maneras de agradar a Elohim. La idea del bien es una. Permito que se me cite la maternidad como ejemplo de un bien que figura como menor siendo mayor. Para agradar a su madre, un hijo no le gritará que es prudente, ra­diante, que se comportará de manera que pueda mere­cer la mayor parte de sus elogios. Hace lo contrario. En lugar de decirlo él mismo, lo hace pensar con sus actos, se despoja de esa tristeza que hincha a los pe­rros de Terranova. No hay que confundir la bondad de Elohim con la trivialidad. Cada uno es verosímil. La familiaridad engendra el desprecio; la veneración engendra lo contrario. El trabajo destruye el abuso de los sentimientos.

Ningún razonador cree contra su razón.

La fe es una virtud natural por la cual aceptamos las verdades que Elohim nos revela por la conciencia.

No conozco otra gracia que la de haber nacido. Un espíritu imparcial la encuentra completa.

El bien es la victoria sobre el mal, la negación del mal. Si se canta el bien, el mal es eliminado por ese acto adecuado. No canto lo que no hay que hacer. Can­to lo que hay que hacer. El primero no contiene al se­gundo. El segundo contiene al primero.

La juventud escucha los consejos de la edad madu­ra. Tiene una confianza ilimitada en sí misma.

No conozco obstáculo que supere las fuerzas del es­píritu humano, salvo la verdad.

La máxima no tiene necesidad de ella para probar­se. Un razonamiento exige otro razonamiento. La má­xima es una ley que encierra un conjunto de razona­mientos. Un razonamiento se completa a medida que se aproxima a la máxima. Convertido en máxima, su perfección rechaza las pruebas de la metamorfosis.

La duda es un homenaje rendido a la esperanza. No es un homenaje voluntario. La esperanza no consenti­ría en no ser más que un homenaje.

El mal se rebela contra el bien. No puede hacer menos.

Una prueba de amistad es no advertir el aumento de la amistad de nuestros amigos. El amor no es la felicidad.

Si no tuviéramos defectos, no encontraríamos tanto placer en corregimos, en alabar en los demás lo que a nosotros nos falta.

Los hombres que han tomado la resolución de de­testar a sus semejantes ignorarán que es preciso comen­zar por detestarse a sí mismos.

Los hombres que no se baten en duelo creen que los hombres que se baten en duelo a muerte son valientes.

¡ Cómo se agachan en los escaparates las ignominias de la novela! Por un hombre que se pierde, como otro por una moneda de cien céntimos, a veces parece que uno mataría a un libro.

Lamartine creyó que la caída de un ángel significa­ba la Elevación de un Hombre. Se equivocó al creerlo.

Para que el mal sirva a la causa del bien, diré que la intención del primero es mala.

Una verdad banal encierra más genio que las obras de Dickens, de Gustavo Aymard, de Victor Hugo, de Landelle. Con los últimos, un niño que sobreviviera al universo, no podría reconstruir el alma humana. Con las primeras podría. Supongo que no descubriría nun­ca la definición del sofisma.

Las palabras que expresan el mal están destinadas a tomar una significación de utilidad. Las ideas mejo­ran. El sentido de las palabras participa en ello.

El plagio es necesario. Lo implica el progreso. Si­gue de cerca la frase de un autor, se sirve de sus expre­siones, borra una idea falsa, la sustituye por una idea justa.

Una máxima, para estar bien hecha, no exige ser co­rregida. Exige ser desarrollada.

En cuanto nace la aurora, las muchachas van a re­coger rosas. Una corriente de inocencia se disemina por los valles, las capitales, socorre a la inteligencia de los poetas mas entusiastas, deja caer protecciones para las cunas, coronas para la juventud, creencias en la inmor­talidad para los ancianos.

He visto a los hombres dejar que los moralistas des­cubran su corazón, y hacer que recaiga sobre ellos la bendición de las alturas. Emitían meditaciones tan am­plias como les era posible, alegraban al autor de nues­tras felicidades. Respetaban la infancia, la vejez, lo que respira y lo que no respira, rendían homenaje a la mu­jer, consagraban al pudor las partes que el cuerpo se reserva nombrar. El firmamento, cuya belleza admi­to, la tierra, imagen de mi corazón, fueron invocados por mí, a fin de que me designaran un hombre que no se creyera bueno. El espectáculo de ese monstruo, si se hubiera realizado, no me habría hecho morir de asombro: se muere por más. Todo esto carece de co­mentarios.

La razón, el sentimiento se aconsejan, se suplen. Cualquiera que conozca solo a uno de los dos, renun­ciando al otro, se priva de la totalidad de ayuda que se nos ha concedido para que nos soportemos. Vauve­nargues ha dicho «se priva de una parte de la ayuda».

Aunque su frase y la mía descansen sobre las perso­nificaciones del alma en el sentimiento y la razón, la que yo escogiera al azar no seria mejor que la otra, si yo las hubiera escrito. Una no puede ser rechazada por mí. La otra ha podido ser aceptada por Vauvenargues.

Cuando un predecesor emplea para el bien una pa­labra que pertenece al mal, es peligroso que su frase subsista al lado de la otra. Es mejor dejar a la palabra la significación del mal. Para emplear para el bien una palabra que pertenece al mal es preciso tener derecho a ello. Aquél que emplea para el mal las palabras que pertenecen al bien, no lo tiene. No es creído. Nadie qui­siera usar la corbata de Gérard de Nerval.

El alma, puesto que es una, puede introducir en el discurso la sensibilidad, la inteligencia, la voluntad, la razón, la imaginación, la memoria.

Había pasado mucho tiempo estudiando las ciencias abstractas. La poca gente con quien me comuniqué no me disgustaba. Cuando comencé el estudio del hom­bre, vi que esas ciencias le son propias, que yo salía menos de mi condición al penetrar en ellas, que los de­más al ignorarlas. ¡ Les he perdonado que no se dedi­caran a conocerlas! No creí encontrar muchos compa­ñeros en el estudio del hombre. Es lo propio. Me he engañado. Hay muchos más que estudian al hombre que a la geometría.

Perdemos la vida con alegría, con tal de que no se hable de ello.

Las pasiones disminuyen con la edad. El amor, al que no hay que clasificar entre las pasiones, disminu­ye también. Lo que pierde por un lado lo gana por el otro. No es ya severo con el objeto de sus deseos, ha­ciéndose justicia a si mismo: acepta la expansión. Los sentidos no tienen ya su aguijón para excitar a la se­xualidad carnal. El amor por la humanidad da comien­zo. En esos días en que el hombre siente que se con­vierte en un altar adornado por sus virtudes, hace la cuenta de cada dolor que se produjo, con el alma en un repliegue del corazón en el que todo parece tener nacimiento, siente algo que no palpita ya. He nombra­do al recuerdo.

El escritor, sin separar una de otra, puede indicar la ley que rige cada una de sus poesías.

Algunos filósofos son más inteligentes que algunos poetas. Spinoza, Malebranche, Aristóteles, Platón, no son Hégésippe Moreau, Malfilatre, Gilbert, André Chénier.

Fausto, Manfred, Konrad, son tipos. No son aún ti­pos razonadores. Son ya tipos agitadores.

Las descripciones son una pradera, tres rinoceron­tes, la mitad de una catafalco. Pueden ser el recuerdo, la profecía. No son el párrafo que estoy a punto de terminar.

El regulador del alma no es el regulador de una al­ma. El regulador de una alma es el regulador del al­ma, cuando estas dos especies están lo bastante confundidas como para poder afirmar que un regulador no es una reguladora más que en la imaginación de un loco que gasta bromas.

El fenómeno pasa. Yo busco las leyes.

Hay hombres que no son tipos. Los tipos no son hombres. No hay que dejarse dominar por lo accidental.

Los juicios sobre la poesía tienen más valor que la poesía. Son la filosofla de la poesía. La filosofía, com­prendida así, engloba a la poesía. La poesía no podrá prescindir de la filosofía. La filosofía podrá prescin­dir de la poesía.

Racine no es capaz de condensar sus tragedias en pre­ceptos. Una tragedia no es un precepto. Para un mis­mo espíritu, un precepto es una acción más inteligente que una tragedia.

Poned una pluma de ganso en la mano de un mora­lista que sea escritor de primer orden. Será superior a los poetas.

El amor a la justicia no es, en la mayor parte dé los hombres, más que el valor para sufrir la injusticia.

Escóndete, .guerra.

Los sentimientos expresan la felicidad, hacen son­reír. El análisis de los sentimientos expresa la felicidad, excluida toda personalidad; hace sonreír. Los prime­ros elevan el alma, con dependencia del espacio, de la duración, hasta la concepción de la humanidad, con­siderada en sí misma, en sus miembros ilustres. El úl­timo eleva el alma, independientemente de la duración, del espacio, hasta la concepción de la humanidad, con­siderada en su expresión más alta, ¡la voluntad! Los primeros se ocupan de los vicios, de las virtudes; la úl­tima no se ocupa más que de las virtudes. Los senti­mientos no conocen orden de su marcha. El análisis de los sentimientos enseña a hacerlos conocer, aumen­ta el vigor de los sentimientos. Con los primeros, todo es incertidumbre. Son la expresión de la felicidad, del dolor, dos extremos. Con el último, todo es certi­dumbre. Es la expresión de esa felicidad que resulta, en un momento dado, de saber contenerse, en medio de las pasiones buenas o malas. Emplea su serenidad para fundir la descripción de esas pasiones en un prin­cipio que circula a través de las páginas: la no existen­cia del mal. Los sentimientos lloran cuando es preciso y cuando no lo es. El análisis de los sentimientos no llora. Posee una sensibilidad latente, que coge de sor­presa, vuela por encima de las miserias, enseña a pres­cindir de guía, suministra un arma de combate. Los sen­timientos, prueba de debilidad, ¡no son el sentimien­to! El análisis del sentimiento, prueba de fuerza, en­gendra los sentimientos más extraordinarios que conoz­co. El escritor que se deja engañar por lo sentimientos no debe ser colocado en la misma línea que el escritor que no se deja engañar ni por los sentimientos ni por sí mismo. La juventud se propone lucubraciones sen­timentales. La edad madura comienza a razonar sin tur­barse. Sólo sentía, piensa. Dejaba vagar sus sensacio­nes: ahora le concede un piloto. Si considero a la hu­manidad como a una mujer, no revelaré que su juven­tud está en declive, que su edad madura se aproxima. Su espíritu cambia hacia mejor sentido. El ideal de su poesía cambiará también. Las tragedias, los poemas, las elegías, no dominarán. ¡ Dominará la frialdad de la máxima! En tiempos de Quinault hubieran sido capaces de comprender lo que acabo de decir. Gracias a algunos destellos dispersos, desde hace algunos años, en las revistas, en los libros, he sido capaz de compren­derlo. El género que emprendo es tan diferente del gé­nero de los moralistas, que sólo comprueban el mal, sin indicar el remedio, como el de éstos es de los melo­dramas, de las oraciones, de la oda, de la estancia reli­giosa. No existe el sentimiento de las luchas.

Elohim está hecho a imagen del hombre.

Muchas cosas ciertas son contradichas. Muchas co­sas falsas no son contradichas. La contradicción es la marca de la falsedad. La no contradicción es la señal de la certidumbre.

Existe una filosofía para la ciencia. No existe para la poesía. No conozco a ningún moralista que sea poe­ta de primer orden. Es extraño, dirá alguien.

Es algo horrible sentir cómo se escurre lo que se posee. Uno se aferra a ello sólo con la idea de ver si hay algo permanente.

El hombre es un sujeto vacío de errores. Todo le muestra la verdad. Nada le engaña. Los dos principios de la verdad, razón, sentidos, aparte de que no care­cen de sinceridad, se clarifican uno a otro. Los senti­dos clarifican a la razón por medio de verdaderas apa­riencias. El mismo servicio que le prestan, lo reciben de ella. Cada uno se toma la revancha. Los fenóme­nos del alma apaciguan los sentidos, les producen im­presiones que no garantizo no sean enojosas. No mien­ten. No engañan a porfía.

La poesía debe ser hecha por todos. No por uno. ¡Pobre Hugo! ¡Pobre Racine! ¡Pobre Coppée! ¡Pobre Corneille! ¡Pobre Boileau! ¡Pobre Scarron! Tics; tics, y tics.

Las ciencias tienen dos extremidades que se tocan. La primera es la ignorancia en que se encuentran los hombres al nacer. La segunda es la que alcanzan las grandes almas. Han recorrido lo que los hombres pue­den saber, comprueban que lo saben todo y vuelven a encontrarse en la misma ignorancia de la que habían partido. Es una ignorancia prudente, que se conoce. Aquellos que, habiendo salido de la primera ignoran­cia, no han podido llegar a la otra, tienen cierto tinte de esa ciencia suficiente, se hacen los entendidos. No perturban al mundo, no juzgan todo mal como los otros. El pueblo, los hábiles, componen la marcha de una nación. Los otros, que la respetan, no son menos respetados.

Para conocer las cosas, no es necesario conocer el detalle. Como es limitado, nuestros conocimientos son sólidos.

El amor no se confunde con la poesía.

¡ La mujer está a mis pies!

Para describir el cielo, no es necesario transportar hasta él los materiales de la tierra. Es necesario dejar la tierra, sus materiales, allí donde están, a fin de em­bellecer la vida con su ideal. Tutear a Elohim, dirigirle la palabra, es una bufonada que no es conveniente. El mejor medio de demostrarle reconocimiento, no es gri­tarle al oído con un corno que es poderoso, que ha crea­do el mundo, que somos unos gusanos en comparación con su grandeza. El lo sabe mejor que nosotros. Los hombres pueden dispensarse de hacérselo saber. El me­jor medio de demostrarle reconocimiento es consolar a la humanidad, entregarle todo a ella, llevarla de la mano, tratarla fraternalmente. Es más verdadero.

Para estudiar el orden, no es necesario estudiar el desorden. Las experiencias científicas, como las trage­dias, las estancias a mi hermana, el galimatías de los infortunios, no tiene nada que hacer aquí abajo.

Todas las leyes no son buenas de revelar.

Estudiar el mal, para hacer salir el bien, no es estu­diar al bien en si mismo. Dado por bueno un fenóme­no, investigaré su causa.

Hasta el presente, se ha descrito la desgracia para inspirar el terror, la piedad. Yo describiré la felicidad para inspirar los contrarios.

Existe una lógica para la poesía. No es la misma que para la filosofía. Los filósofos no son lo mismo que los poetas. Los poetas tienen derecho a considerarse por encima de los filósofos.




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