Les chants



Descargar 0.62 Mb.
Página17/19
Fecha de conversión20.03.2018
Tamaño0.62 Mb.
1   ...   11   12   13   14   15   16   17   18   19

VII



El corsario de cabellos de oro recibió la respuesta de Mervyn. Sigue en esta página singular el rastro de las inquietudes intelectuales de quien la escribió, abando­nado a las débiles fuerzas de su propia sugestión. Hu­biera sido mejor consultar con sus padres, antes de res­ponder a la amistad del desconocido. No le reportará ningún beneficio mezclarse, como principal actor, en esa equívoca intriga. Pero, en fin, él lo ha querido. A la hora indicada, Mervyn, desde la puerta de su casa, se fue derecho, siguiendo el bulevar Sebastopol, hasta la fuente de Saint-Michel. Tomó el muelle de los Grands-Augustins y atravesó el muelle Conti; en el ins­tante en que pasaba por el muelle Malaquais, vio ca­minar por el muelle del Louvre, paralelamente a su pro­pia dirección, a un individuo que llevaba un saco bajo el brazo y que parecía mirarlo con atención. Las bru­mas de la mañana se habían disipado. Los dos cami­nantes desembocaron al mismo tiempo a cada lado del puente del Carrusel. ¡Aunque no se habían visto nun­ca se reconocieron! En verdad, era emocionante ver a esos dos seres, separados por la edad, aproximar' sus almas por la grandeza de sus sentimientos. Al menos esa hubiera sido la opinión de los que se hubieran de­tenido ante ese espectáculo, que más de uno, incluso con un espíritu matemático, habría encontrado conmo­vedor. Mervyn, con el rostro lleno de lágrimas, pensó que había encontrado, por así decir, al comienzo de su vida, un precioso sostén para las futuras adversida­des. Estad persuadidos de que el otro no decía nada. He aquí lo que hizo: desplegó el saco que llevaba, en­sanchó la abertura, y, cogiendo al adolescente por la cabeza, hizo pasar el cuerpo entero dentro de la envol­tura de tela. Anudó con su pañuelo el extremo que ser­vía de entrada. Como Mervyn lanzara agudos gritos, alzó el saco como si fuera un paquete de ropa blanca y lo golpeó varias veces contra el pretil del puente. En­tonces, el paciente, tras haber percibido el crujido de sus huesos, se calló. ¡Escena única, que ningún nove­lista volverá a encontrar! Pasó un carnicero, sentado sobre la carne de su carro. Un individuo corrió hacia él, le obligó a detenerse, y le dijo: «Lleva un perro en­cerrado en ese saco; tiene sarna: acabe con él lo más pronto». El interpelado se mostró complacido. El in­terruptor, al alejarse, percibió a una muchacha hara­pienta que le tendió la mano. ¿Hasta dónde llega el col­mo de la audacia y de la impiedad? ¡ Le dio una limos­na! Decidme si quéreis que os introduzca, unas horas más tarde, por la puerta de un matadero apartado. El carnicero estaba de vuelta y dijo a sus cámaradas, arro­jando a tierra un fardo: «Apresuráos a matar ese pe­rro sarnoso». Eran cuatro y cada uno de ellos empu­jaba el martillo de costumbre. Y, sin embargo, vacila­ban porque el saco se movía con fuerza. «¿Qué emo­ción se apodera de mí?», gritó uno de ellos dejando caer lentamente su brazo. «Ese perro lanza gemidos de dolor como un niño, dijo otro; se diría que compren­de la suerte que le espera». «Es su costumbre, respon­dió un tercero, incluso cuando no están enfermos, co­mo en este caso, basta que su dueño se aleje unos días de la casa, para que se pongan a dar aullidos, verda­deramente penosos de soportar». «¡ Deteneos!... ¡ De­teneos!...», gritó el cuarto, antes de que todos los bra­zos se hubiesen levantado a compás para golpear re­sueltamente esta vez sobre el saco. «Deteneos, os di­go, aquí hay algo que no está claro. ¿Quién os dice que en esta tela hay un perro? Quiero asegurarme». Enton­ces, a pesar de las burlas de sus compañeros, desató el paquete y extrajo, uno tras otro, los miembros de Mervyn. Estaba casi ahogado por la molestia de la pos­tura. Se desmayó, al ver de nuevo la luz. Unos instan­tes después dio indudables muestras de vida. El salva­dor dijo: «Aprended para otra vez a tener prudencia en vuestro oficio. Habéis estado a punto de compro­bar por vosotros mismos que de nada sirve practicar la inobservancia de esta ley». Los carniceros se fueron. Mervyn, con el corazón oprimido y lleno de presenti­mientos funestos, regresó a su casa y se encerró en su habitación. ¿Tengo que insistir sobre esta estrofa? ¡Ah, quién no deplorará los acontecimientos en ella consu­mados! Esperemos al final para emitir un juicio toda­vía más severo. El desenlace va a precipitarse, y en es­ta clase de relatos, donde una pasión, sea del género que sea, se abre sin miedo paso en medio de todo obs­táculo, no hay razón para diluir en un recipiente la go­ma laca de cuatrocientas páginas banales. Lo que pue­da ser dicho en media docena de estrofas, hay que de­cirlo, y después callarse.

VIII



Para construir mecánicamente el núcleo de un cuento soporífero, no basta con disecar tonterías y embrute­cer a tope, con dosis renovadas, la inteligencia del lec­tor, de tal manera que haga que sus facultades se pa­ralicen para el resto de su vida, a causa de la ley infali­ble de la fatiga; es preciso, además, por medio de un buen fluido magnético, colocarlo ingeniosamente en la imposibilidad sonambúlica de moverse, forzándolo a que sus ojos se oscurezcan, en contra de su naturale­za, por la fijeza de los vuestros. Quiero decir, no para hacerme comprender mejor, sino para desarrollar mi pensamiento que interesa y molesta al mismo tiempo por una de las armonías más penetrantes, que no creo sea necesario, para alcanzar la meta propuesta, inven­tar una poesía totalmente al margen de la marcha or­dinaria de la naturaleza, y cuyo hálito pernicioso pa­rece trastornar incluso las verdades absolutas; pero al­canzar semejante resultado (conforme, por otra par­te, con las reglas de la estética, si uno lo piensa bien), no es tan fácil como se cree: he aquí lo que quería de­cir. ¡Por eso haré todos los esfuerzos por conseguirlo! Si la muerte detiene la fantástica delgadez de los dos largos brazos de mis hombros, utilizados en el lúgubre aplastamiento de mi espejuelo literario, quiero al me­nos que el enlutado lector pueda decir: «Hay que ha­cerle justicia. Me ha cretinizado mucho. ¡ Qué no ha­bría hecho, si hubiera vivido más tiempo! ¡Es el mejor profesor de hipnotismo que conozco!» Grabarán es­tas conmovedoras palabras en el mármol de mi tum­ba, y mis manes quedarán satisfechos. -Continúo. Ha­bía una cola de pez que se movía al fondo de un aguje­ro, junto a mi bota sin tacón. No era natural pregun­tarse: «Dónde está el pez? No veo más que la cola que se mueve». Puesto que, precisamente, al reconocer de modo implícito que no veía al pez, era que en realidad el pez no estaba allí. La lluvia había dejado caer algu­nas gotas de agua en el fondo de ese embudo, excava­do en la arena. En cuanto a la bota sin tacón, alguien ha pensado más tarde que provenía de algún abando­no voluntario. El cangrejo ermitaño, por el poder di­vino, debía renacer de sus átomos disociados. Sacó del pozo la cola del pez y le prometió que la uniría a su cuerpo perdido, si anunciaba al Creador la impoten­cia de su mandatario para dominar las olas enfureci­das del mar maldororiano. Le prestó dos alas de alba­tros, y la cola de pez emprendió el vuelo. Voló hacia la morada del renegado para contarle lo que sucedía, y traicionar al cangrejo ermitaño. Este adivinó el propósito del espía, y, antes de que el tercer día llegara a su fin, atravesó a la cola de pez con una flecha enve­nenada. La garganta del espía dejó escapar una débil exclamación, que rindió el último suspiro antes de to­car la tierra. Entonces, una viga secular, situada en el tejado de un castillo, se alzó en toda su altura, saltan­do sobre sí misma, y pidió venganza a grandes gritos. Pero el Todopoderoso, convertido en rinoceronte, le hizo vez que aquella muerte era merecida. La viga se calmó, fue a situarse al fondo del castillo, recobró su posición horizontal, y llamó a las arañas asustadas, pa­ra que continuaran, como anteriormente, tejiendo su tela en los rincones. El hombre de labios de azufre co­noció la debilidad de su aliada, y ordenó al loco coro­nado quemar la viga y reducirla a cenizas. Aghone eje­cutó la severa orden. «Ya que, según usted, ha llegado el momento», exclamó, «he ido a recoger el anillo que había enterrado bajo la piedra, y lo he atado a uno de los extremos de la cuerda. He aquí el paquete». Y le enseñó una gruesa cuerda de sesenta metros de longi­tud enrollada sobre si misma. Su dueño le preguntó qué significaban los catorce puñales. Respondió que per­manecían fieles y estaban dispuestos para cualquier in­cidente, si fuera necesario. El esforzado inclinó la ca­beza en señal de satisfacción. Demostró sorpresa, e in­cluso inquietud, cuando Aghone añadió que había visto a un gallo partir con su pico un candelabro por la mi­tad, hundir alternativamente la mirada en cada una de las partes, y exclamar, batiendo sus alas con un frené­tico movimiento: «No hay tanta distancia como se cree desde la calle de la Paix hasta la plaza del Panthéon. ¡ Pronto tendrán la lamentable prueba!» El cangrejo ermitaño, montado en un fogoso caballo, corría a rien­da suelta en dirección al escollo, testigo del lanzamiento del bastón por un brazo tatuado, asilo desde el primer día de su descenso a la tierra. Una caravana de pere­grinos estaba en marcha para visitar el lugar, desde aho­ra consagrado por una muerte augusta. Esperaba al­canzarles para pedir socorro urgente contra la trama que se preparaba y de la que había tenido conocimien­to. Veréis algunas líneas más adelante, con ayuda de mi silencio glacial, que no llegó a tiempo para contar­les lo que le había referido un trapero escondido tras el andamiaje próximo de una casa en construcción, el día en que el puente del Carrusel, todavía cubierto del húmedo rocío nocturno, percibió con horror que el ho­rizonte de su pensamiento se ensanchaba confusamente en círculos concéntricos ante la aparición matinal de la rítmica paliza de un saco icosaédrico contra el pretil calcáreo. Antes de que estimule su compasión por el recuerdo de ese episodio, sería bueno destruir en ellos la semilla de la esperanza... Para cortar vuestra pere­za, usas los recursos de una buena voluntad, marchad a mi lado y no perdáis de vista a ese loco con la cabeza coronada por un orinal, que empuja por delante de él, con la mano armada de un bastón, a aquel que os cos­taría trabajo reconocer, si yo no me hubiese cuidado de advertiros y de recordar a vuestro oído la palabra que se pronuncia Mervyn. ¡Cómo ha cambiado! Con las manos atadas a la espalda avanza ante él, como si fuera al cadalso, y, sin embargo, no es culpable de nin­gún crimen. Han llegado al recinto circular de la plaza Vendome. Sobre la cornisa de la firme columna, apo­yado contra la balaustrada cuadrangular, a más de cin­cuenta metros de altura, un hombre lanza y desenrolla una cuerda, que cae a tierra a sólo unos pasos de Ag­hone. Con el hábito se hace pronto una cosa, pero pue­do decir que éste no empleó mucho tiempo en atar los pies de Mervyn al extremo de la cuerda. El rinoceron­te sabia ya lo que iba a suceder. Cubierto de sudor, apareció jadeante por la esquina de la calle Castiglio­ne. Ni siquiera tuvo la satisfacción de entablar com­bate. El individuo, que desde lo alto de la columna exa­minaba los alrededores, amartilló su revólver, apuntó con cuidado y apretó el gatillo. El comodoro que men­diaba por las calles desde el día en que había comen­zado lo que creyó era la locura de su hijo, y la madre a quien había llamado la hija de la nieve a causa de su extremada palidez, colocaron su pecho por delante para proteger al rinoceronte. Inútil precaución. La bala agujereó su piel como una barrena; se hubiese podido creer, con una lógica apariencia, que la muerte se pro­duciria infaliblemente. Pero nosotros sabíamos que en ese paquidermo se había introducido la sustancia del Señor. Se retiró entristecido. Si no estuviera probado que no fue demasiado bueno para una de sus criatu­ras, compadecería al hombre de la columna. Este, con un golpe seco de muñeca, atrajo hacia él la cuerda de ese modo lastrada. Colocada fuera de lo normal, sus oscilaciones balancean a Mervyn, con la cabeza hacia abajo. Agarra fuertemente con sus manos una larga guirnalda de siemprevivas que une dos ángulos conti­guos de la base, contra la cual estrella su frente. Se lle­va consigo por los aires lo que no era un punto fijo.

Después de haber amontonado a sus pies, bajo forma de elipses superpuestas, una gran parte de la cuerda, de modo que Mervyn quedara suspendido a mitad de la altura del obelisco de bronce, el forzado evadido, con su mano derecha, hace que el adolescente adquie­ra un movimiento de rotación uniformemente acelera­do, en un plano paralelo al eje de la columna, mien­tras recoge con su mano izquierda los enrollamientos serpentinos de la cuerda, que yacen a sus pies. La honda silba en el espacio; el cuerpo que Mervyn la sigue por todas partes, siempre alejado del centro por la fuerza centrífuga, siempre conservando su posición móvil y equidistante, en una circunferencia aérea, independien­te de la materia. El salvaje civilizado suelta poco a po­co, hasta el otro extremo, que retiene con metacarpo firme, lo que se asemeja equivocadaménte a una barra de acero. Se pone a correr alrededor de la balaustra­da, asiéndose a la rampa con una mano. Esta manio­brá tiene por objeto cambiar el plano primitivo de re­volución de la cuerda y aumentar su fuerza de tensión, ya tan considerable. En adelante, gira majestuosamente en un plano horizontal, después de haber pasado su­cesivamente, con una marcha insensible, a través de nu­merosos planos oblicuos. ¡El ángulo recto formado por la columna y la cuerda vegetal tienen sus lados igua­les! El brazo del renegado y el instrumento asesino se confunden en la unidad lineal, como los elementos ato­místicos de un rayo de luz que penetra en una habita­ción oscura. Los teoremas de la mecánica me permi­ten hablar así; ¡ay! se sabe que una fuerza añadida a otra fuerza engendra una resultante compuesta de las dos fuerzas primitivas. ¿Quién se atrevería a sostener que la cuerda lineal no se habría ya roto sin el vigor del atleta y sin la buena calidad del cáñamo? El corsa­rio de cabellos de oro, bruscamente y al mismo tiem­po, detiene la velocidad adquirida, abre la mano y suel­ta la cuerda. El contragolpe de esta operación, tan dis­tinta a las precedentes, hace crujir las juntas de la ba­laustrada. Mervyn, seguido de la cuerda, parece un co­meta arrastrando tras sí su resplandeciente cola. El ani­llo de hierro del nudo corredizo, reflejando los rayos del sol, obliga a completar la ilusión. En el recorrido de su parábola, el condenado a muerte hiende la at­mósfera hasta la orilla izquierda, la sobrepasa en vir­tud de la fuerza de impulsión que supongo infinita, y su cuerpo va a chocar contra el domo del Panthéon, mientras la cuerda rodea en parte con sus repliegues la pared superior de la inmensa cúpula. Sobre su esfé­rica y convexa superficie, que no se parece a una na­ranja más que por la forma, se ve, a cualquier hora del día, un esqueleto desecado que ha quedado suspen­dido. Cuando el viento lo balancea, se dice que los es­tudiantes del Barrio Latino, temerosos de una suerte parecida, rezan una breve oración: son insignificantes rumores a los que no hay que creer, propios sólo para asustar a los niños. Entre sus manos crispadas tiene co­mo una gran cinta de viejas flores amarillas. Es preci­so tener en cuenta la distancia, por lo que nadie puede afirmar, a pesar de que lo atestigüe su buena vista, que sean ésas en realidad las siemprevivas de que os hablé, y que una lucha desigual, entablada cerca de la nueva Opera, vio arrancar de un grandioso pedestal. No es menos cierto que las colgaduras en forma de luna cre­ciente no reciben ya la expresión de su simetría defini­tiva en el número cuaternario: id a verlo vosotros mis­mos, si no me queréis creer.

ISIDORE DUCASSE



POÉSIES

-I-


Je remplace la mélancolie par le cuorage, le doute

par la certitude, le désespoir par l'espoir, la m­ehanceté par le bien, Íes plaintes par le

devoir, le scepticisme par la fui, les sophismes par la froideur du calme et l'orgueil par la modestie.

PARIS


JOURNAUX POLITIQUES ET LITTERAIRES
LIBRAIRIE GABRIE

PASSAGE VERDEAU, 25

1870
A Georges DAZET, Henri MUE, Pedro ZURMA­RAN, Louis DURCOUR, Joseph BLEUMSTEIM, Jo­seph DURAND;


A mis condiscípulos, LESPES, Georges MIN­VIELLE, Auguste DELMAS;
A los directores de revistas, Alfred SIRCOS, Frédé­ric DAMÉ;
A los amigos pasados, presentes y futuros;

Al señor HINSTIN, mi antiguo profesor de retórica;

están dedicados, de una vez para siempre, los pro­saicos fragmentos que escribiré en la sucesión de las edades, el primero de los cuales comienza a ver la luz hoy, tipográficamente hablando.

POES lAS
I

LOS gemidos poéticos de este siglo son sólo sofismas. Los primeros principios deben estar fuera de discusión.

Acepto a Eurípides y a Sófocles, pero no acepto a Esquilo.

No deis muestra de carecer. de la más elemental de­cencia y del mal gusto hacia el Creador.

Rechazad la incredulidad: me causaréis placer.

No existen dos clases de poesía; sólo hay una.

Existe una convención poco tácita entre el autor y el lector, por la cual el primero se denomina enfermo, y acepta al segundo como enfermero. ¡El poeta es quien consuela a la humanidad! Los papeles están arbitra­riamente invertidos.

No quiero ser mancillado con el calificativo de presuntuoso.

No dejaré memorias.

La poesía no es la tempestad, tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil.

Solamente admitiendo la noche físicamente, se le ha llegado a aceptar moralmente. ¡Oh Noches de Young!, ¡cuántas jaquecas me habéis causado!

Se sueña sólo cuando se duerme. Son palabras co­mo sueño, nada de la vida, paso por la tierra, la pre­posición tal vez, el trípode desordenado, quienes han infiltrado en vuestras almas esa poesía húmeda de lan­guideces, semejante a la podredumbre. De las palabras a las ideas sólo hay un paso.

Las perturbaciones, las ansiedades, las depravaciones, la muerte, las excepciones en el orden físico o mo­ral, el espíritu de negación, los embrutecimientos, las alucinaciones servidas por la voluntad, los tormentos, la destrucción, los trastornos, las lágrimas, las insacia­bilidades, los servilismos, las imaginaciones penetran­tes, las novelas, lo inesperado, lo que no hay que ha­cer, las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha la carroña de alguna ilusión muerta, las ex­periencias precoces y abortadas, las oscuridades con ca­parazón de chinche, la monomanía terrible del orgullo, la inoculación de los estupores profundos, las oraciones fúnebres, las envidias, las traiciones, las tiranías, las im­piedades, las irritaciones, las acrimonias, los despropó­sitos agresivos, la demencia, el spleen, los espantos ra­zonados, las inquietudes extrañas que el lector preferiría no sentir, las muecas, las neurosis, las hileras sangrantes por las cuales se hace pasar la lógica acorralada, las exa­geraciones, la ausencia de sinceridad, las burlas, las vul­garidades, lo sombrío, lo lúgubre, los partos peores que los crímenes, las pasiones, el clan de los novelistas de tri­bunales, las tragedias, las odas, los melodramas, los ex­tremos presentados a perpetuidad, la razón impunemente silbada, los olores de los cobardes, las desazones, las ra­nas, los pulpos, los tiburones, el simún del desierto, lo sonámbulo, turbio, nocturno, somnífero, noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco, tuberculoso, espasmo­dico, afrodisiaco, anémico, tuerto, hermafrodita, bastardo, albino, pederasta, fenómeno de acuario y mujer bar-buda, las horas borrachas de desencanto taciturno, las fantasías, las acritudes, los monstruos, los silogismos desmoralizadores, las basuras, lo que no reflexiona co­mo el niño, la desolación, el manzanillo intelectual, los chancros perfumados, las nalgas con camelias, la cul­pabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos alegres, los remordimientos, las hipocresías, las perspectivas vagas que os trituran con sus engranajes imperceptibles, los serios escupitajos sobre los axiomas sagrados, los piojos y sus cosquilleos insinuantes, los prefacios in­sensatos, como los de Cromwell, la señorita de Mau­Pm y de Dumas hijo, las caducidades, las impotencias, las blasfemias, las asfixias, los ahogos, las rabias ante esos osarios inmundos que hacen que enrojezca al nombrarlos, es hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.

Vuestro espíritu es arrastrado continuamente fuera de sus casillas y, sorprendido en la trampa de las tinie­blas, construido con arte grosero por el egoísmo y el amor propio.

El gusto es la cualidad fundamental que resume a todas las demás cualidades. Es el nec plus ultra de la inteligencia. A él sólo se debe que el genio sea la salud suprema y el equilibrio de todas las facultades. Ville­main es treinticúatro veces más inteligente que Eugene Sue y Frédéric Soulié. Su prefacio al Diccionario de la Academia verá la muerte de las novelas de Walter Scott, de Fenimore Cooper, de todas las novelas posibles e imaginables. La novela es un género falso, porque des­cribe las pasiones por sí mismas: la conclusión moral está ausente. Describir las pasiones no es nada; basta con nacer un poco chacal, un poco buitre, un poco pan­tera. No nos interesa nada. Describirías, para some­terlas a una elevada moralidad, como Corneille, es otra cosa. El que se abstenga de hacer lo primero, siendo capaz de admirar y comprender a quienes les es dado hacer lo segundo, sobrepasa, con toda la superioridad de las virtudes sobre los vicios, al que hace lo primero.

Es suficiente que un profesor de segundo curso se diga: «Aunque me dieran todos los tesoros del univer­so, no querría haber escrito novelas parecidas a las de Balzac y Alejandro Dumas», para que, por eso sólo, sea más inteligente que Alejando Dumas y Balzac. Es suficiente que un alumno de tercero se haya convencido de que no hay que cantar las deformidades físicas e in­telectuales, para que, por eso sólo, sea más fuerte, más capaz, más inteligente que Victor Hugo, si sólo hubie­ra escrito novelas, dramas y cartas.

Alejandro Dumas hijo jamás pronunciará un discur­so de distribución de premios en un liceo. No sabe lo que es la moral. Ésta no transige. Si la pronunciara, antes tendría que tachar de un plumazo todo lo que ha escrito hasta ahora, comenzando por sus absurdos prefacios. Reunid un jurado de hombres competentes: sostengo que un buen alumno de segundo es más fuer­te que él en no importa qué, incluso en la sucia cues­tión de las cortesanas.

Las obras maestras de la lengua francesa son los dis­cursos de distribución en los liceos y los discursos aca­démicos. En efecto, la instrucción de la juventud es la más bella expresión del deber, y una buena apreciación de las obras de Voltaire (profundizad en la palabra apreciación) es preferible a las obras mismas. ¡ Naturalmente!

Los mejores autores de novelas y de dramas desna­turalizarían a la larga la famosa idea del bien, silos cuerpos docentes, conservadores de lo justo, no man­tuvieran a las generaciones jóvenes y viejas en el cami­no de la honestidad y el trabajo.

En su propio nombre, y a su pesar, si es preciso, ven­go a renegar, con voluntad indómita y férrea tenaci­dad, del horrible pasado de la llorona humanidad. Si: quiero proclamar lo bello en una lira de oro, excep­ción hecha de las tristezas escrofulosas y de las jactan­cias estúpidas que descomponen, en su frente, a la poe­sía cenagosa de este siglo. Pisotearé con mis pies las estrofas agrias del excepticismo, que no tiene razón de ser. El juicio, una vez introducido en la eflorescencia de su energía, imperioso y resuelto, sin oscilar un segundo en las incertidumbres irrisorias de una piedad mal situada, como un procurador general, fatídicamen­te las condena. Ray que velar sin descanso sobre los insomnios purulentos y las pesadillas atrabiliarias. Des­precio y execro el orgullo y las voluptuosidades infa­mes de una ironía, convertida en rémora, que despla­za la exactitud del pensamiento.

Algunos caracteres excesivamente inteligentes, no hay por qué invalidarlos con palinodias de dudoso gus­to, se han arrojado a ciegas en los brazos del mal. El ajenjo, que no creo sabroso, sino nocivo, mató mo­ralmente al autor de Rolla. ¡ Ay de los golosos! Ape­nas había entrado en la edad madura el aristócrata in­glés, cuando su arpa se quebró bajo los muros de Missolonghi, después de haber recogido a su paso las flo­res que encubren el opio de los tristes aniquilamientos.

Aunque superior a los genios corrientes, si hubiera encontrado en su tiempo a otro poeta, dotado como él de similares dosis de una inteligencia excepcional, y capaz de presentarse como su rival, habría sido el pri­mero en confesar la inutilidad de sus esfuerzos para producir maldiciones disparatadas, y que el bien ex­clusivo sólo es declarado digno de apropiarse de nues­tra estima por la voz de la totalidad de los mundos. El hecho es que no existió nadie que lo combatiera con ventaja. Esto es lo que nunca se ha dicho. ¡Cosa ex­traña!, incluso al hojear los libros y cuadernos de su época, a ningún crítico se le ocurrió poner de relieve el riguroso silogismo que precede. Y no es sino aquel que lo supere quien pueda haberlo inventado. Tan llenos estaban de estupor y de inquietud, más que de reflexiva admiración, ante obras escritas por una ma­no pérfida, pero que sin embargo revelaban las impo­nentes manifestaciones de un alma que no pertenecía al común de los hombres, y que se encontraba cómo­da entre las últimas consecuencias de uno de los dos problemas menos oscuros que interesan a los corazo­nes no solitarios: el bien, el mal. A cualquiera no le es dado abordar los extremos, sea en un sentido, sea en otro. Esto éxplica por qué -aunque se elogie, sin segunda intención, la inteligencia maravillosa que de-nota a cada instante, él, uno de los cuatro o cinco fa­ros de la humanidad- se hacen en silencio numerosas reservas sobre las aplicaciones y el empleo injustifica­bles que de ella se ha hecho a sabiendas. No hubiera debido recorrer los dominios satánicos.

La rebelión feroz de los Troppmann, de los Napo­león 1, de los Papavoine, de los Byron, de los Victor Noir y de las Charlotte Corday será mantenida a dis­tancia de mi severa mirada. A esos grandes crimina­les., de títulos tan diversos, los aparto con un gesto. ¿A quién creen engañar aquí?, pregunto con una lentitud que se intetpone. ¡ Oh caballitos de presidio! ¡ Pompas de jabón! ¡Muñecos de tripa! ¡Cordones usados! Que se aproximen los Konrad, los Manfred, los Lara, los marinos que se parecen al Corsario, los Mefistófeles, los Werther, los Don Juan, los Fausto, los Yago, los Rodin, los Calígula, los Cain, los Iridion, las arpías a la manera de Colomba, los Ahrimán, los manitúes ma­niqueos, embadurnados de sesos, que guardan la san­gre de sus víctimas en las pagodas sagradas del Indos­tán, la serpiente, el sapo y el cocodrilo, divinidades con­sideradas como anormales del antiguo egipto, los he­chiceros y las potencias demoniacas de la Edad Media, los Prometeo, los Titanes de la mitología fulminados por los Júpiter, los Dioses Malignos vomitados por la imaginación primitiva de los pueblos bárbaros -toda la serie escandalosa de los diablos de cartón. Con la certeza de vencerlos, tomo la fusta de la indignación y de la concentración que sopesa, y espero a esos mons­truos a pie firme, como su previsto domador.

Hay escritores denigrados, peligrosos bufones, tru­hanes de tres al cuarto, sombríos mistificadores, ver­daderos alienados, que merecerían poblar Bicetre. Sus cabezas cretinoides, de las que se ha quitado una teja, crean fantasmas gigantescos que descienden en lugar de subir. Ejercicio escabroso; gimnasia especiosa. Pa­sa, pues, grotesco petimetre. Por favor, alejaos de mi presencia, fabricantes al por mayor de acertijos prohi­bidos, en los cuales no percibía antes, al primer golpe, como hoy, el secreto de la solución frívola. Caso pa­tológico de un egoísmo formidable. Autómatas fantás­ticos: señalaos con el dedo uno a otro, hijos míos, el epíteto que los vuelva a su lugar.

Si existiesen, bajo una plástica realidad, en alguna parte, a pesar de su inteligencia probada, aunque en­gañosa, serían el oprobio, la hiel de los planetas que hábitarían, la vergúenza. Imagináoslos, por un instan­te, reunidos en sociedad con substancias que fueran sus semejantes. Sería una sucesión ininterrumpida de com­bates que no hubiera soñado los dogos, prohibidos en Francia, los tiburones y los cachalotes macrocéfalos. Serían torrentes de sangre en esas regiones caóticas lle­nas de hidras y de minotauros, de donde la paloma, asustada siempre, huye a todo vuelo. Sería un amon­tonamiento de bestias apocalípticas que no ignoran lo que hacen. Serían choques de pasiones, de irreconci­labilidades y de ambiciones, a través de los aullidos de un orgullo que no se deja leer, que se contiene, y cuyos escollos y bajos fondos nadie puede, ni siquiera aproximadamente, sondear.

Pero no se me impondrán más. Sufrir es una debili­dad, cuando uno puede impedirlo y hacer algo mejor. Exhalar los sufrimientos de un esplendor no equilibra­do, es demostrar, ¡oh moribundos de las marismas per­versas!, todavía menos resistencia y valor. Con mi voz y mi solemnidad de los grandes días, te llamo de nue­vo en mis desiertos hogares, gloriosa esperanza. Ven a sentarte junto a mí, envuelta en tu manto de ilusio­nes, sobre el trípode razonable de los apaciguamien­tos. Como un muelle que se desecha, te arrojé de mi morada, con un látigo de cuerdas de escorpiones. Si deseas que esté persuadido de que has olvidado, al re­gresar a mi casa, las penas que, bajo el indicio de los arrepentimientos, te causé en otro tiempo, trae conti­go entonces, cortejo sublime -¡sostenedme, que me desmayo!-, las virtudes ofendidas y sus imperecede­ras reparaciones.

Constato, con amargura, que no quedan más que al­gunas gotas de sangre en las arterias de nuestras tísi­cas épocas. Desde los lloriqueos odiosos y especiales, patentados sin.garantía de un punto de referencia, de los Jean-Jacques Rousseau, de los Chateaubriand y de las nodrizas con bragas de niño de pecho Obermann, a través de los demás poetas que se han revolcado en el fango impuro, hasta el sueño de Jean-Paul, el suici­dio de Dolores de Veitemilla, el Cuervo de Alían, la Comedia Infernal del polaco, los ojos sanguinarios de Zorrilla, y el inmortal cáncer. Una Carroña, que pin­tó antaño, con amor, el amante mórbido de la Venus hotentote, los dolores inverosímiles que este siglo ha creado para sí mismo, en su querer monótono y repug­nante, lo han vuelto tísico. ¡ Larvas absorbentes en su letargo insoportable!

Vamos, música.

Sí, buenas gentes, soy yo quien ordena quemar, so­bre una badila enrojecida al fuego, con un poco de azú­car amarilla, el pato de la duda con labios de vermut, que derramando, en una lucha melancólica entre el bien y el mal, lágrimas que no llegan del corazón, sin má­quina neumática, hace en todas partes el vacío univer­sal. Es lo mejor que podéis hacer.

La desesperación, nutriéndose con un propósito de­cidido de sus fantasmagorías, conduce imperturbable­mente al literato a la abrogación en masa de las leyes divinas y sociales, y a la perversidad teórica y prácti­ca. En una palabra, hacer que predomine el trasero hu­mano en los razonamientos. ¡ Vamos, dadme la pala­bra! Uno se vuelve malo, lo repito, y los ojos toman el tinte de los condenados a muerte. No retiraré lo que adelanto. Quiero que mi poesía puede ser leída por una muchacha de catorce años.

El verdadero dolor es incompatible con la esperan­za. Por muy grande que sea ese dolor, la esperanza aún se alza a cien codos más arriba. Por tanto, dejadme tranquilo con los buscadores. ¡Abajo las patas, aba­jo, perras ridículas, pretenciosos, presumidos! Lo que sufre, lo que diseca los misterios que nos rodean, ya no espera. La poesía que discute las verdades necesa­rias es menos bella que la que no las discute. Indeci­siones a ultranza, talento mal empleado, pérdida de tiempo: nada será tan fácil de comprobar.

Cantar a Adamastor, Jocelyn, Rocambole, es pue­ril. No porque el autor espere que el lector sobreen­tienda que perdonará a sus héroes, sino porque se trai­ciona a sí mismo y se apoya sobre el bien para hacer pasar la descripción del mal. En nombre de esas mis­mas virtudes que Frank ha desconocido, nosotros que­remos soportarlo, oh saltimbanquis de los malestares incurables.

¡No hagáis como esos exploradores sin pudor, es­pléndidos de melancolía a sus ojos, que encuentran co­sas desconocidas en sus espíritus y en sus cuerpos!

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperación; la desesperación es el comienzo cruel de los diferentes gra­dos de la maldad. Para que os convenzáis de ello, leed la Confesión de un hijo del siglo. La pendiente es fa­tal, una vez que uno se arroja por ella. Es seguro que se llaga a la maldad. Desconfiad de la pendiente. Ex­tirpad el mal de raíz. No estimuléis el culto de adjeti­vos tales como indescriptible, inenarrable, rutilante, in­comparable, colosal, que mienten desvergozadamente a los sustantivos que desfiguran: son perseguidos por la lubricidad.

Las inteligencias de segunda clase, como Alfredo de Musset, pueden llevar tenazmente una o dos de sus fa­cultades mucho más lejos que las facultades correspon­dientes de las inteligencias de primera clase, Lamarti­ne, Hugo. Estamos en presencia del descarrilamiento de una locomotora fatigada. Es una pesadilla que sos­tiene la pluma. Sabed que el alma se compone de una veintena de fácultades. ¡ Habladme de esos mendigos que llevan un~sombrero estupendo junto a sus sórdi­dos harapos!

He aquí un medio de constatar la inferioridad de Musset frente a los dos poetas. Leed delante de una muchacha, Rolla o Las Noches, Los Locos de Cobb, o si no, los retratos de Gwynplaine y Dea, o el relato de Terámenes de Eurípides, traducido en versos fran­ceses por Racine padre. La muchacha se sobresalta, frunce las cejas, alza y baja las manos, sin fin deter­minado, como un hombre que se ahoga; los ojos lan­zarán fulgores verdosos. Leedle la Oración para todos, de Victor Hugo. Los efectos son diametralmente opues­tos. La clase de electricidad no es la misma. Ella ríe a carcajadas y pide más.

De Hugo sólo quedarán las poesía sobre los niños, entre las que hay muchas muy malas.

Pablo y Virginia ofende a nuestras más profundas aspiraciones a la felicidad. Antaño, este episodio que rezuma oscuridad desde la primera a la última página, sobre todo el naufragio final, me producía rechinar de dientes. Me revolcaba por la alfombra y daba patadas a mi caballo de madera. La descripción del dolor es un contrasentido. Hay que hacer ver todo por la parte bella. Si esta historia fuese contada como una simple biografía, no la atacaría. Cambia en seguida de carác­ter. La desgracia se vuelve augusta por la voluntad im­penetrable de Dios, que la creó. Pero el hombre no debe crear la desgracia en sus libros. Es querer considerar a toda costa sólo un lado de las cosas. ¡Oh qué maniá­ticos chillones sois!

No reneguéis de la inmortalidad del alma, de la sa­biduría de Dios, de la grandeza de la vida, del orden que se manifiesta en el universo, de la belleza corpo­ral, del amor a la familia, del matrimonio, de las insti­tuciones sociales. Dad de lado a los escritorzuelos fu­nestos: Sand, Balzac, Alejandro Dumas, Musset, Du Terrail, Féval, Flaubert, Baudelaire, Leconte y la Huel­ga de los Herreros.

No trasmitáis a los que os leen más que la experien­cia que se desprende del dolor, y que no es el dolor mis­mo. No lloréis en público.

Hay que saber arrancar bellezas literarias hasta en el seno de la muerte; pero esas bellezas no pertenecen a la muerte. La muerte no es en ese caso más que la causa ocasional. No es el medio, es el fin, que no es la muerte.

Las verdades inmuntables y necesarias, que dan glo­ria a las naciones, y que la duda en vano se esfuerza por pertubar, comenzaron con las edades. Son cosas que no se debería tocar. Los que quieren introducir la anarquía en la literatura, con el pretexto de novedad, caen en un contrasentido. No se atreven a atacar a Dios y atacan a la inmortalidad del alma. Pero la inmorta­lidad del alma es también tan vieja como los cimientos del mundo. ¿Qué otra creencia la reemplazará, si es que debe ser reemplazada? No siempre será una negación. Si se recuerda la verdad de donde han surgido todas las demás, la bondad absoluta de Dios y su ignorancia absoluta del mal, los sofismas se hundirán por si mis­mos. Se hundirá al mismo tiempo la literatura poco Poética que se apoyó sobre ellos.

Toda literatura que discute los axiomas eternos está condenada a no vivir más que de sí misma. Es injusta. Los novissima verba hacen sonreír considerablemente a los muchachos sin pañuelo de cuarto. No tenemos derecho a interrogar al Creador sobre lo que sea.

Si sois agradecidos, no hay que decírselo al lector. Guardarlo para vosotros mismos.

Si se corrigieran los sofismas en el sentido de las ver­dades correspondientes a esos sofismas, sólo sería ver­dad la corrección, mientras que la pieza así retocada tendría derecho a no llamarse falsa. El resto estaría fue­ra de la verdad con trazas de falso, por consiguiente nulo, y considerado, forzosamente, como no a venido.

La poesía personal realizó su tiempo de truhanerías relativas y de contorsiones contingentes. Tomemos de nuevo el hilo indestructible de la poesía impersonal, bruscamente interrumpida desde el nacimiento del fi­lósofo malogrado de Ferney, desde el aborto del gran Voltaire.

Parece bello, sublime, bajo pretexto de humildad o de orgullo, discutir las causas finales y falsear las con­secuencias estables y conocidas. ¡Desengañaos, porque no hay nada más necio! Reanudemos la cadena regu­lar con los tiempos pasados; la poesía es la geometría por excelencia. Desde Racine, la poesía no ha progre­sado un milímetro. Ha retrocedido. ¿Gracias a quién? A las Grandes Cabezas Blandas de nuestra época. Gra­cias a los afeminados, Chateaubriand, el Mohicano­Melancólico; Sénacour, el Hombre con Faldas; Jean­Jacques Rousseau, el Socialista Arisco; Anne Radcliffe, el Espectro Chiflado; Edgar Poe, el Mameluco de los Sueños de Alcohol; Maturin, el Compadre de las Tinieblas; George Sand, el Hermafrodita Circunciso; Théophile Gautier, el Incomparable Especiero; Lecon­te, el Cautivo del Diablo; Goethe, el Suicidado por Llo­rar; Sainte-Beuve, el Suicidado por Reír; Lamartine, la Cigúeña Lacrimógena; Lermontoff, el Tigre que Ru­ge; Victor Hugo, la Fúnebre Estaca Verde; Misckiéwickz, el Imitador de Satán; Musset, el Petimetre Sin Camisa Intelectual; y Byron, el Hipopótamo de las Jun­glas Infernales.

La duda ha existido en todo tiempo como minoría. En este siglo está en mayoría. Respiramos la violación del deber por los poros. Eso sólo se ha visto una vez, y no se volverá a ver.

Las nociones de la simple razón están de tal manera oscurecidas en la hora presente, que lo primero que ha­cen los profesores de cuarto, cuando enseñan a escri­bir versos latinos a sus alumnos, jóvenes poetas con la boca humedecida de leche materna, es revelarles por medio de la práctica el nombre de Alfredo de Musset. ¡ Os pido demasiado! Los profesores de tercero, ade­más, dan en sus clases a traducir en verso griego dos sangrantes episodios. El primero es la repugnante com­paración del pelícano. El segundo, la espantosa catás­trofe que le sucedió a un labriego. ¿Para qué mirar el mal? ¿No está en minoría? ¿Por qué hacer inclinar la cabeza de un alumno sobre asuntos que, a falta de ha­ber sido comprendidos, hicieron perder la suya a hom­bres como Pascal y Byron?

Un alumno me contó que su profesor de segundo da­ba todos los días en su clase a traducir dos carroñas en verso hebreo. Esas llagas de la naturaleza animal y humana hicieron que estuviera enfermo durante un mes, que pasó en una enfermería. Como no nos cono­cíamos, me hizo llamar por su madre. Me contó, aun­que ingenuamente, que sus noches eran turbadas por sueños persistentes. Creía ver a un ejército de pelíca­nos que se abatían sobre su pecho y lo desgarraban. A continuación se iban volando hacia una choza en lla­mas. Se comían a la mujer del labriego y a sus hijos. Con el cuerpo ennegrecido por las quemaduras, el la­briego salía de la casa y entablaba con los pelicanos un atroz combate. Todo se precipitaba luego sobre la choza, que se derrumbaba. De la elevada masa de es­combros -eso nunca fallaba- vela salir a su profe­sor de segundo, sosteniendo su corazón en una mano y en la otra uná hoja de papel en donde se descifraba, con rasgos de azufre, la comparación del pelícano y la del labriego, tal como Musset mismo las ha compues­to. No fue fácil, en un principio, pronosticar la clase de enfermedad. Le recomendé que guardara cuidado­so silencio y de que no hablara de ello a nadie, sobre todo a su profesor de segundo. Le aconsejé a su ma­dre que se lo llevara algunos días a su casa, y le asegu­ré que todo pasaría. En efecto, me preocupé de ir to­dos los días durante algunas horas, y todo pasó.

Es preciso que la crítica ataque la forma, jamas el fondo de vuestras ideas, de vuestras frases. Arre­gláoslas.

Los sentimientos son la forma de razonamiento más incompleta que se pueda imaginar.

Todo el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual.


ISIDORE DUCASSE




Compartir con tus amigos:
1   ...   11   12   13   14   15   16   17   18   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad