Les chants



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VI



El Todopoderoso había enviado a la tierra a alguno de sus arcángeles, a fin de salvar al adolescente de una muerte segura. ¡Se verá obligado a bajar él mismo! Pe­ro no hemos llegado todavía a esa parte de nuestro re­lato, y me veo en la obligación de cerrar la boca, por­que no puedo decirlo todo a la vez: cada truco de efec­to aparecerá en su lugar, cuando la trama de esta fic­ción no tenga inconveniente. Para no ser reconocido, el arcángel había tomado la forma de un cangrejo er­mitaño, grande como una vicuña. Se mantenía en la punta de un escollo, en medio del mar, y esperaba el momento favorable de la marea para bajar a la orilla. El hombre de labios de jaspe, oculto detrás de una si­nuosidad de la playa, espiaba al animal con un bastón en la mano. ¿Quién hubiera deseado leer en el pensa­miento de esos dos seres? Al primero no se le ocultaba que tenía una misión difícil de cumplir: «¿Y cómo te­ner éxito, exclamaba, mientras las olas crecientes gol­peaban su refugio temporal, allí donde mi señor ha vis­to más de una vez fracasar su fuerza y su valor? Yo no soy más que una sustancia limitada, mientras que el otro nadie sabe de dónde viene y cuál su meta final. A su nombre, los ejércitos celestiales tiemblan, y más de uno cuenta, en las regiones que he abandonado, que ni Satán mismo, Satán, la encarnación del mal, es tan temible». El segundo hacía las siguientes reflexiones, que encontraron eco en la cúpula azulada que ensucia­ron: «Tiene un aspecto de total inexperiencia; le arre­glaré las cuentas en seguida. Viene sin duda de las al­turas, enviado por aquel que tanto teme venir él mis­mo. Veremos, por la obra, si es tan imperioso como parece; no es un habitante del albaricoque terrestre; traiciona su origen seráfico por sus ojos errantes e in­decisos». El cangrejo ermitaño, que desde hacia algún tiempo paseaba su mirada por un espacio delimitado de la costa, percibió a nuestro héroe (éste se levantó entonces en toda la altura de su talla hercúlea), y le apostrofó en los términos que van a renglón seguido: «No intentes luchar y rindete. Soy enviado por alguien que es superior a nosotros dos para cargarte de cade­nas y poner los dos miembros cómplices de tu pensa­miento en la imposibilidad de moverse. Coger cuchi­llos y puñales con tus manos es algo que desde ahora te está prohibido, créeme, tanto por tu propio interés como por el de los demás. Vivo o muerto, te tendré, aunque tengo orden de llevarte vivo. No me pongas en el compromiso de tener que recurrir al poder que me ha sido conferido. Me conduciré con delicadeza; por tu lado, no opongas ninguna resistencia. Y así recono­ceré con complacencia y alegría, que has dado el pri­mer paso hacia el arrepentimiento». Cuando nuestro héroe oyó esa arenga, marcada de una sal tan profun­damente cómica, le costó trabajo mantener la seriedad sobre la rudeza de sus rasgos curtidos. Pero, en fin, nadie se extrañará si añado que acabó por estallar de risa. ¡Era más fuerte que él! ¡No había en ello mala intención! ¡En verdad no quería atraerse los reproches del cangrejo ermitaño! ¡Cuántos esfuerzos no hizo por poner fin a la hilaridad! ¡ Cuántas veces no apretó sus labios uno contra otro para no parecer que ofendía a su desconcertado interlocutor! Desgraciadamente, su carácter participaba de la naturaleza humana, y se reia como las ovejas. Por fin se detuvo. ¡Ya era hora! ¡Ha­bía estado a punto de reventar! El viento llevó esta res­puesta al arcángel del escollo: «Cuando tu señor no en­víe más caracoles y cangrejos para arreglar sus asun­tos, y se digne parlamentar personalmente conmigo, encontrará, estoy seguro, el medio de entendernos, puesto que soy inferior al que te envió, como has dicho con tanta precisión. Hasta ahora, las ideas de reconciliciación me parecen prematuras, y aptas solamente pa­ra producir un resultado quimérico. Estoy muy lejos de desconocer lo que hay de sensato en cada una de tus silabas, y, como podríamos cansar inútilmente nues­tras voces, al hacerles recorrer tres kilómetros de dis­tancia, me parece que actuarías con talento si descen­dieras de tu fortaleza inexpugnable y alcanzaras la tie­rra firme a nado: discutiriamos más cómodamente las condiciones de una rendición que, por legítima que fue­se, no dejaría de ser para mi a fin de cuentas una perspectiva desagradable». El arcángel, que no esperaba esa buena voluntad, asomó un punto su cabeza de las profundidades de la grieta, y respondió: «¡Oh Maldo­ror, por fin ha llegado el día en que tus abominables instintos verán apagarse la antorcha de injustificable orgullo que les conduce a la condenación eterna! Seré el primero en relatar ese loable cambio a las falanges de querubines, felices por encontrar de nuevo a uno de ellos. Ya sabes, y no lo has olvidado, que hubo una época en que no ocupabas el primer lugar entre noso­tros. Tu nombre iba de boca en boca, y actualmente es el tema de nuestras solitarias conversaciones. Ven pues... ven a firmar una paz duradera con tu antiguo señor; te recibirá como a un hijo perdido y no adverti­rá la enorme cantidad de culpa que posees, como una montaña de cuernos de alce levantada por los indios, amontonada sobre tu corazón». Dijo esto, y sacó to­das las partes de su cuerpo del fondo de la oscura aber­tura. Se mostró radiante sobre la superficie del esco­llo, lo mismo que un sacerdote de las religiones cuan­do tiene la certeza de recuperar una oveja extraviada. Se decidió a saltar sobre el agua, para dirigirse a nado hacia el perdonado. Pero el hombre de labios de zafi­ro calculó hace mucho tiempo un pérfido golpe. Lan­zó su bastón con fuerza, y, después de muchos rebotes sobre las olas, fue a golpear en la cabeza del arcángel bienhechor. El cangrejo, mortalmente alcanzado, ca­yó al agua. La marea llevó a la orilla el despojo flo­tante. Esperó a la marea para efectuar más fácilmente el descenso. Pero cuando llegó la marea, lo meció con sus cantos, y lo depositó blandamente en la playa, ¿que­dó el cangrejo contento? ¿Qué más quería? Y Maldo­ror, inclinado sobre la arena de la playa, recibió en sus brazos a sus dos amigos, inseparablemente reunidos por el azar del oleaje: ¡el cadáver del cangrejo ermitaño y el 'bastón asesino! «Aún no he perdido mi destreza, ex­clama, que sólo reclama ejercicio; mi brazo conserva su fuerza y mi ojo su precisión». Contempló al animal inanimado. Temía que le pidieran cuentas de la sangre derramada. ¿Dónde escondería al arcángel? Y, al mis­mo tiempo, se preguntaba si la muerte fue instantánea. Se echó a la espalda un yunque y un cadáver y se diri­gió hacia un vasto estanque, cuyas orillas estaban cu­biertas y como amuralladas por una inextricable ma­raña de grandes juncos. Quiso primero tomar un mar­tillo, pero este es un instrumento demasiado ligero, mientras que con un objeto más pesado, si el cadáver da señales de vida, lo depositará en el suelo y lo hará polvo a golpe de yunque. No es vigor lo que le falta a su brazo, vaya, esa es la menor de las dificultades. Cuando tuvo a la vista el lago, lo vio poblado de cis­nes. Pensó en un retiro seguro para él; con ayuda de una metamorfosis, sin abandonar su carga, se mezcló con la bandada de aves. Notad la mano de la Provi­dencia allí donde uno está tentado de verla ausente, y sacad buen provecho del milagro del que voy a hablaros. Negro como el ala de un cuervo, nadó tres veces entre el grupo de palmípedas de blancura deslumbran­te, y tres veces conservó ese color distintivo que lo ase­mejaba a un bloque de carbón. Y es que Dios, en su justicia, ni siquiera permitió que su astucia pudiera en­gañar a una bandada de cisnes. De tal manera que per­maneció ostensiblemente en el interior del lago, aun­que todos se mantuvieron alejados y ningún ave se acer­có a su plumaje vergonzoso para hacerle compañía. En­tonces circunscribió sus inmersiones en un lugar apar­tado, al extremo del estanque, sólo entre los habitan­tes del aire, como lo estaba entre los hombre. ¡Así se preludiaba el increíble acontecimiento de la plaza Vendóme!




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