Les chants



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II



Tira de la aldaba de cobre y el portón del moderno palacio gira sobre sus goznes. Atraviesa el patio, cu­bierto de fina arena, y sube los ocho peldaños de la es­calinata. Las dos estatuas, situadas a derecha e izquier­da como guardianes de la aristocrática mansión, no le cortan el paso. Aquel que ha renegado de todo, padre, madre, Providencia, amor, ideal, a fin de pensar sólo en sí mismo, se ha cuidado muy bien de no seguir los pasos que le precedían. Lo ha visto entrar en un am­plio salón del piso bajo, de paredes de ágata. El hijo de familia se arroja en un sofá, y la emoción le impide hablar. Su madre, con largo vestido de cola, se mues­tra afectuosa con él y lo rodea con sus brazos. Sus her­manos, más jóvenes, se agrupan en torno al mueble car­gado con un fardo; no conocen la vida de modo sufi­ciente como para hacerse una idea de la escena que se desarrolla. Por último, el padre alza su bastón y dirije a los asistentes una mirada llena de autoridad. Apo­yando el puño sobre el brazo del sillón, se levanta de su sitio habitual y avanza con inquietud, aunque debi­litado por los años, hacia el cuerpo inmóvil de su pri­mogénito. Habla una lengua extranjera y cada uno lo escucha con un recogimiento respetuoso: «¿Quién ha puesto al muchacho en este estado? El brumoso Támesis arrastrará todavía una gran cantidad de limo an­tes de que mis fuerzas estén del todo agotadas. En esa comarca inhóspita no parece que existan leyes protec­toras. Si llegara a conocer el culpable, probaría el vi­gor de mi brazo. Aunque me halle en situación de reti­ro, alejado de los combates marítimos, mi espada de comodoro, colgada de la pared, aún no está enmohe­cida. Por otra parte, es fácil afilaría. Mervyn, tranqul­lízate; daré órdenes a mis criados para que encuentren el rastro de aquel a quien desde ahora en adelante bus­caré para hacer que muera por mi propia mano. Mu­jer, quitate de ahí y ve a acurrucarte a un rincón; tus ojos me enternecen, y sería mejor que cerraras el con­ducto de tus glándulas lacrimales. Hijo mio, te lo su­plico, recobra tus sentidos y reconoce a tu familia; es tu padre quien te habla...». La madre se aparta, y, pa­ra obedecer las órdenes de su dueño, toma un libro en­tre las manos y se esfuerza en permanecer tranquila, en presencia del peligro que corre aquel que engendró su matriz. «... Hijos, id a jugar al parque, y tened cui­dado al admirar cómo nadan los cisnes de no caer en el estanque...». Los hermanos, con las manos caídas, permanecen mudos; con la gorra coronada por una plu­ma arranca al ala del chotacabras de la Carolina, el pantalón de terciopelo hasta las rodillas, y las medias de seda roja, se toman de la mano y salen del salón, teniendo cuidado de no pisar el suelo de ébano sino con la punta del pie. Estoy seguro de que no se divertirán y se pasearán con gesto serio por las avenidas de plá­tanos. Su inteligencia es precoz. Mejor para ellos. «... cuidados inútiles, te acuno en mis brazos y eres insen­sible a mis súplicas. ¿Quieres levantar la cabeza? Abra­zaré tus rodillas si es preciso. Pero no... vuelve a caer inerte». -«Dulce dueño mio, si se lo permites a tu es­clava, iré a mi cuarto a buscar un frasco de esencia de trementina, que uso habitualmente cuando la jaqueca invade mis sienes después de regresar del teatro, o cuan­do la lectura de un relato emocionante, consignado e~ los anales británicos de la historia caballeresca de nues­tros antepasados, arroja mi pensamiento soñador en las turberas del adormecimiento». -«Mujer, no te ha­bía concedido la palabra y no tenias derecho a tomar­la. Desde nuestra legítima unión, ninguna nube ha ve­nido a interponerse entre nosotros. Estoy satisfecho de ti, jamás he teñido que reprocharte nada: y recíproca­mente. Ve a tu cuarto a buscar el frasco de esencia de trementina. Sé que se halla en uno de los cajones de tu cómoda, y no acabas de hacérmelo saber. Apresú­rate en subir los peldaños de la escalera de caracol, y vuelve aquí con un rostro alegre». Pero apenas la sen­sible londinense ha llegado a los primeros escalones (no corre tan apresuradamente como una persona de las clases inferiores) cuando una de las doncellas de cámara desciende del primer piso, las mejillas enrojecidas y su­dorosas, con el frasco que tal vez contiene el vital licor entre sus paredes de cristal. La doncella se inclina con gracia al presentar el encargo, y la madre, con su paso real, se dirije hacia los flecos que guarnecen el sofá, único objetivo que preocupa a su ternura. El comodo­ro, con un gesto altivo, aunque afable, acepta el fras­co de las manos de su esposa. Moja en el líquido un pañuelo de la India y rodea la cabeza de Mervyn con los meandros orbiculares de la seda. Respira sales; mue­ve un brazo. La circulación se reanima, y se oyen los gritos jubilosos de una cacatúa de Filipinas, posada en el alféizar de la ventana. «¿Quién va ahí? No me de­tengáis... ¿Dónde estoy? ¿Es un ataúd lo que soporta mis torpes miembros?, las tablas me parecen gratas... El medallón que contiene el retrato de mi madre, ¿es­tá aún colgado de mi cuello?... Atrás, malhechor de cabeza desgrañada. No ha podido prenderme, y he dejado entre sus dedos un palmo de mi jubón. Sol­tad la cadena de los dogos, pues esta noche un re­conocido ladrón puede introducirse en nuestra casa mientras estamos sumergidos en el sueño. Padre mío y madre mía, os reconozco y os agradezco vuestros cuidados. Llamad a mis hermanitos. Para ellos había comprado garrapiñadas, y quiero abrazarlos». Des­pués de estas palabras cae en un profundo sueño letárgico. El médico, a quien se ha llamado a toda prisa, se frota las manos y exclama: «La crisis ha pasado. To­do va bien. Mañana vuestro hijo se despertará sano. Marchaos todos a vuestras respectivas camas, lo orde­no, a fin de que me quede solo con el enfermo hasta la aparición de la aurora y el canto del ruiseñor». Mal­doror, escondido tras la puerta, no ha perdido ni una palabra. Ahora conoce el carácter de los habitantes de la mansión y obrará en consecuencia. Sabe dónde re­side Mervyn y no desea saber más. Ha anotado en un cuadernillo el nombre de la calle y el número de la ca­sa. Es lo principal. Está seguro de que no lo olvidará. Avanza, como una hiena, sin ser vista, bordeando los lados del patio. Escala la verja con agilidad y se traba un instante en las puntas de hierro; de un salto se pone en la calzada. Se aleja son sigilo: «Me tomó por un mal­hechor, exclama, es un imbécil. Quisiera encontrar a un hombre exento de la acusación que el enfermo arro­jó sobre mí. No le arranqué un trozo de su jubón, co­mo ha dicho. Simple alucinación hipnagógica causada por el terror. Mi intención no era apoderarme hoy de él, pues tengo ulteriores proyectos sobre ese adolescente tímido». Dirigios al lugar donde se halla el lago de los cisnes, y os diré más tarde por qué hay uno completa­mente negro entre el grupo, cuyo cuerpo, sosteniendo un yunque, sobre el que hay el cadáver en putrefac­ción de un cangrejo ermitaño, inspira, con todo dere­cho, desconfianza a los otros camaradas acuáticos.




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