Las tres soledades



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LAS TRES SOLEDADES

Alfredo Moffatt


Existen tres clases de soledad, la soledad urbana como incomunicación, la soledad como depresión clínica y la soledad necesaria para construir el dialogo interno como individuación.

La primera se da en las grandes ciudades con el hacinamiento urbano, el otro es un desconocido que nos deja solos. El vecindario, que era la red comunitaria que sostenía a las familias y entrelazaba los vínculos sociales, desapareció en la uniformidad del hacinamiento. Por último la familia, sostén de la subjetividad, involucionó; de la familia tradicional con padres, abuelos, tíos, que constituían un grupo de contención de las ansiedades psicológicas, se redujo a la familia nuclear: padres y uno o dos hijos y actualmente, con la desocupación, el padre deja de proveer y queda la madre jefa de hogar que debe ir a trabajar y los niños quedan a cargo del “tío televisor” que lo instala en un mundo de juegos virtuales que finalmente aumentan la soledad.

Nuestra sociedad optó por el modelo del individualismo competitivo, de origen norteamericano, que asegura la soledad y hemos abandonado nuestra cultura criolla que era solidaria y familiera, pero debo aclarar que en nuestras ciudades del interior todavía existe la cultura tradicional y comunitaria.

La soledad como angustia psicológica es una vivencia de la clase media y alta, en la cultura de la pobreza la interacción de los habitantes es intensa, las exigencias de la sobrevivencia llevan a una intensa cooperación. En nuestros comedores en las villas, los chicos corren en bandadas, jugando e inventando juegos entre ellos, muchas veces hay hambre pero nunca soledad.

En las grandes ciudades, especialmente Buenos Aires, estamos en “arresto domiciliario” (con rejas y todo) pues la calle se convirtió en peligrosa y ajena.

Todo esto nos lleva a construir una cultura virtual, electrónica donde al mundo lo define la televisión. Los niños no juegan si no ven jugar y los adultos no conversamos si no vemos conversar. El chateo y el cyber-sex, nos permite la ilusión del encuentro, donde puede suceder que hayamos seducido a una rubiecita irlandesa y termina siendo un travesti del Congo Belga, mis pacientes del hospital Borda hace años que “chatean” con los marcianos sin necesidad de la aparatología electrónica.

Todos estos recursos electrónicos nos dejan más solos que antes porque impiden el verdadero contacto directo y afectuoso que nos saca del sentimiento de soledad.

He vivido en sociedades donde la soledad urbana es aguda, en Nueva York viven millones de habitantes, solos y amontonados, podemos suponer que se podría ser sordomudo y ningún vecino se enteraría, nadie habla con nadie (excluyendo a los negros e hispanos que no pueden evitar charlar y abrazarse).

En oposición he conocido sociedades donde es muy difícil experimentar la soledad: en a lejana India y la cercana Bolivia existen culturas de intensa participación comunitaria, la calle es el lugar del encuentro e interacción afectuosa, las calles están habitadas.

La segunda forma de soledad depende de traumatismos vinculares, son los duelos por pérdidas. La muerte de un ser querido o separaciones traumáticas de pareja, dan lugar a depresiones con intenso sentimiento de soledad, pues estas pérdidas nos dejan sin proyecto, como detenidos en el sentimiento de existir porque todo proyecto es con otro y si el otro no está perdemos ese futuro que íbamos a vivir juntos.

La situación de máxima soledad humana es el brote psicótico, cuando se desencadena una psicosis, donde la persona vive la inaguantable ausencia de su propia identidad, se pierde a sí mismo, e inventa un delirio para salir de esa vivencia insoportable pero queda encerrado en los personajes de su delirio.

Por último me voy a referir a una soledad necesaria que es la que nos lleva a la autonomía, tiene que ver con la construcción de la subjetividad, es decir con la individuación, es la relación con la propia intimidad. Me separo para poder encontrarme conmigo y armar una historia que dé sentido a mi vida.


Alfredo Moffatt



Docente Escuela de Psicología Social de la Patagonia


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