Las relaciones entre Europa y Latinoamérica durante el Siglo XIX ofensivas comerciales e intereses económicos



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Walther L. Bernecker
Las relaciones entre Europa y Latinoamérica durante el Siglo XIX
Ofensivas comerciales e intereses económicos

1. Introducción


No es posible exponer en un sólo artículo, ni aún en forma sumaria, las relaciones entre Europa y Latinoamérica durante el siglo XIX; eran demasiado variadas y complejas, demasiado estratificados los niveles en que las interacciones operaban, y demasiados los protagonistas de tales relaciones. A menudo es difícil, a veces imposible, trazar la frontera entre economía y política; a su vez, dos grandes regiones geográficas, cada una con muchos países, deberían ser tratadas diferencialmente. Por eso, el argumento de este artículo será sintetizante en extremo, limitándose a los grandes rasgos del desarrollo, y renunciando a todo tipo de diferenciamientos.
El siglo XIX latinoamericano puede definirse, con respecto a la relación entre el subcontinente y las naciones "desarrolladas" del Atlántico norte, como un período de transición entre "viejo" y "nuevo" imperialismo. Latinoamérica había podido, a principios de siglo, sacudirse el poderío colonial hispano-portugués, pero a finales de siglo el subcontinente ya se encontraba en un nuevo estado de dependencia, ahora ante todo económica. Durante ese "siglo europeo" las naciones latinoamericanas experimentaron la creciente expansión que las nuevas potencias económicas europeas, especialmente Gran Bretaña, y poco después, de forma modificada, Alemania y Francia, operaron en el vacío dejado por la retirada de España. A fines de siglo, sin embargo, era ya ostensible que los Estados Unidos substituirían a las potencias europeas como socio dominante en las relaciones de comercio exterior latinoamericanas.
Al desaparecer las ataduras políticas con la metrópolis española, se transformó de gran manera la forma de incorporación de las estructuras económicas latinoamericanas al sistema comercial internacional, fungiendo el subcontinente como periferia de los países más desarrollados de Europa. La Independencia significó en primer lugar la eliminación de España como mediadora oficial del flujo comercial. De esa manera, el re-ajustamiento a las estructuras económicas se llevó a cabo dentro de un plan de capitalismo comercial internacional, que se expandía por toda la tierra.
En los últimos decenios se ha discutido una y otra vez, incluyendo la perspectiva histórica, sobre la cuestión, central para el desarrollo económico de los países "atrasados" o "subdesarrollados", de las relaciones entre el "país en vías de desarrollo" y la economía mundial. En la historiografía se ha generalizado la creencia de que el capital europeo y los intereses económicos europeos, especialmente después de las reformas liberales, jugaron un papel decisivo en las economías de muchos países del subcontinente latinoamericano.1 Se suele omitir que, apenas liberados los países ibero-americanos del tutelaje español, cayeron en graves dificultades económicas, cuya consecuencia fue la dependencia económica de las potencias europeas, pues aunque políticamente eran independientes, desde el principio practicaron solamente un control parcial sobre su destino económico. Los modelos económicos latinoamericanos - al contrario que en los E.E.U.U.-, continuaron dependiendo de Europa aún después de la Independencia.
La discusión acerca del desarrollo socio-económico recurrió, en los últimos decenios, cada vez más a menudo a standards de referencia de grupos exteriores. Tanto el esquema metrópolis-satélite de las nuevas teorías del "capitalismo periférico", expuesto por Dieter Senghaas, como las teorías del "deterioro secular de las relaciones de cambio" expuestas por Raúl Prebisch, a la vez que las estrategias comerciales de mejoramiento de posición presentadas por el mismo, dan muestra unívoca de la dominancia de impulsos externos, y trazan un sistema de referencia en el cual los países atrasados o subdesarrollados no tenían participación, o bien, la tenían sólo en forma reactiva.
Una razón para la subsistencia de la orientación exterior de las economías latinoamericanas parece ser que, durante el período colonial, Latinoamérica era más dependiente de la "Madre Patria" española de lo que los Estados de Nueva Inglaterra lo eran de la Gran Bretaña. Esta tradición no pudo ser eliminada después de la Independencia. También es preciso señalar que la gran mayoría de la población latinoamericana económicamente apenas era relevante, su poder de compra casi inexistente, por lo que no había ningún estímulo para la creación de una industria propia. Además, la ausencia de capital era otro factor que obstaculizaba el desarrollo de la empresa industrial. Habiendo pues permanecido las naciones latinoamericanas económicamente dependientes, y orientadas al exterior, cabe cuestionar, por una parte, la importancia de los factores externos para las economías nacionales y la forma en que estos factores afectaban a las economías. Por otra parte cabe preguntarse por qué los nuevos Estados no siguieron una consecuente política proteccionista, o de prohibición importativa. A un nivel de argumentación más bien general se pueden extraer de la literatura al menos cuatro argumentos, que se esgrimen para explicar la crónica orientación externa, y con ella, la dependencia:
a) La primera versión historiográfica acentúa que las potencias extranjeras - o al menos sus agregados comerciales, entre ellos también algunos comerciantes extranjeros - influyeron decisivamente en el comercio exterior de los países latinoamericanos. El blanco preferido de estos ataques historiográficos es el "imperialismo de libre comercio" británico, mientras que las ofensivas comerciales de los otros países europeos apenas se mencionan. De acuerdo con esas interpretaciones, los extranjeros eran capaces de influir en la política comercial de los países latinoamericanos, o hasta de imponerla a su antojo. Varios factores decidieron la superioridad extranjera: de una parte la ventaja económica de los países europeos industrializados; de otra, la inestable situación interna de los Estados latinoamericanos, golpes y guerras civiles, inestabilidad política y estancamiento económico, corrupción y problemas presupuestarios. Apoyados por sus "agentes" latinoamericanos, los cónsules extranjeros y los agregados comerciales consiguieron, utilizando diversos métodos de persuasión, influir en la política comercial de sus "anfitriones". Lo que no se conseguía a través de halago, soborno o amenaza, se lograba con la importación ilegal de artículos extranjeros, paralelamente a la importación legal. Este tipo de interpretación iguala participación masiva en el comercio exterior con "control" sobre la economía nacional, sin tomar en cuenta los factores condicionantes endógenos de la política comercial exterior de cada país. Desde ese punto de vista, las economías latinoamericanas se encontraban por definición en una relación dependiente ante la hegemonía británica. Sea como sea, la definición de "control", así como su forma de aplicación, permanece muy obscura en este contexto.
b) Un segundo modelo de interpretación parte de la existencia de unos "agentes" locales latinoamericanos, quienes en calidad de "colaboradores" o de élite intermediaria, habían hecho causa común con los intereses extranjeros. Este punto de vista enfatiza en el funcionamiento de los regímenes librecambistas, pero apenas analiza la aparición de configuraciones políticas internas, que son condición necesaria para la comprensión de la discusión entre proteccionistas y librecambistas; la existencia de un estrato social cooperante con los intereses extranjeros se afirma como un suceso permanente, sin notar que el obstáculo principal a la realización de los intereses extranjeros estribaba precisamente en la ausencia de un grupo social que pudiera fungir en forma satisfactoria como agente de dichas fuerzas .
c) El tercer esquema reúne elementos de los dos anteriores: un Estado latinoamericano débil, así reza la argumentación, no era capaz de imponerse a los fuertes Estados noratlánticos, que se guiaban por los principios librecambistas defendidos por Inglaterra; la ausencia de estabilidad interna no propiciaba al Estado latinoamericano una resistencia adecuada contra el ataque librecambista de las naciones desarrolladas. La actividad interestatal aportaba como único resultado la desventaja del más débil.

d) Para terminar, se debe denotar la fuerte corriente liberal dentro de la gran mayoría de la "inteligencia" latinoamericana, quienes veían en el ampliamiento del comercio una posibilidad de propiciar el crecimiento económico, aceptando tempranamente el papel de socio menor, proveedor de materia prima y comprador de manufactura dentro del sistema internacional de división del trabajo. Es cierto que, especialmente durante las décadas 1830 y 1840, los prohibicionistas e hiperproteccionistas defendieron enfáticamente su posición económico-política, pero su incapacidad para proveer al mercado interno con artículos "nacionales" impedía la opción por alguna alternativa practicable que contrarrestara la permanente importación de artículos extranjeros.


En la disputa que tiene lugar sobre las causas del "subdesarrollo" latinoamericano y sus consecuencias, unos abogan por la teoría de la dependencia, frente a los defensores de lo que se podría denominar - aunque con muchas salvedades -, "teoría de la autonomía". Necesariamente, esta discusión se efectúa a un nivel relativamente general y abstracto, y sólo puede ser mencionada aquí a grandes rasgos: En la clásica definición de la teoría de la dependencia, dada por Theotonio Dos Santos, se establece una situación en la que la economía de ciertos países (dependientes) está supeditada al desarrollo y expansión de otra economía (dominante). La relación de interdependencia entre dos o más sistemas económicos, como también entre estos y el mercado mundial, toma la forma de dependencia cuando los países dominantes son capaces de expanderse autónomamente, mientras que los dependientes pueden desarrollarse sólo como reflejo de la expansión y desarrollo de los dominantes, y no poseen ninguna autonomía en su desarrollo.2 Philip O'Brien ha hecho notar que, con la teoría de la dependencia se trata de demostrar que la dinámica interna de las sociedades latinoamericanas y su subdesarrollo fue y es condicionada, primariamente, por la posición de Latinoamérica en la economía internacional.3 En el caso de Chile ha afirmado André Gunder Frank que el país estuvo incorporado desde los tiempos de su conquista a la expansión y desarrollo del comercio mundial, y después, al sistema industrial capitalista. Por su parte, Stanley y Bárbara Stein identifican las economías latinoamericanas de la época independiente como economías orientadas al exterior con carácter de "herencia colonial", estrechamente unidas a las fuentes de oferta y demanda localizadas fuera de la economía nacional.4
En todas las argumentaciones dependentistas, desde las del nacionalismo pequeñoburgués latinoamericano hasta las que llaman a la revolución socialista, hay una óptica de continuidad de las economías latinoamericanas en la dependencia hacia Europa. El papel de socio dominante desempeñado por España fue continuado por Gran Bretaña. Si bien algunos autores especifican que el reemplazo de un poder hegemónico por otro no puede ser visto en forma mecánica, siempre se insiste en la orientación externa, el condicionamiento de las economías latinoamericanas aún después de la Independencia. La América Latina postcolonial y el "mundo exterior" sostuvieron, desde esta perspectiva, estrechas relaciones económicas, en las cuales Latinoamérica (tanto colonial como nacional) aparece como proveedor de comestibles, materias primas y metales preciosos, a la vez que importador de capital y artículos manufacturados. Factores exógenos, tales como las decisiones de los países "metropolitanos", son concluyentes, según lo expuesto, para el crecimiento y la estructura de la formación socioeconómica de Latinoamérica. Por su exhaustiva dedicación a la exportación, el continente no podía desarrollar la capacidad para su transformación socio-económica y el crecimiento necesario. Debido al capitalismo industrial, Latinoamérica tuvo que abrirse paulatinamente al libre comercio; así se transformó la estructura social y política de tal manera, que satisficiera las nuevas necesidades metropolitanas, y con ellas, en su calidad de "socios" o "agentes", las de las burguesías locales latinoamericanas.
Las teorías de la dependencia se han visto expuestas a fuertes críticas en los últimos años; se les acusa de argumentar en forma ahistórica y anacrónica, aplicando ciertos fenómenos históricos de una determinada época a otras épocas históricas (la dependencia exterior real de muchos Estados latinoamericanos a fines del siglo XIX, por ejemplo, a los primeros decenios de la Independencia); además, se les echa en cara una reducción "economicista" y una ruda simplificación de hechos complejos. Uno de los principales adversarios de las variantes expuestas por la teoría del imperialismo económico y comercial británico, así como de la dependencia latinoamericana respecto a las economías europeas, es D.C.M. Platt, quien en sus múltiples publicaciones,5 ha contrapuesto al concepto de dependencia exterior latinoamericana el concepto de autonomía económica latinoamericana en la fase postcolonial. Tanto las economías coloniales como los Estados independientes estaban, según Platt, orientadas al interior (inward-looking economies); después de su separación de España, las nuevas Repúblicas se mantuvieron por más de medio siglo alejadas del mercado mundial. Platt respalda su aseveración con los siguientes datos: las exportaciones británicas hacia la América española (Brasil constituye una excepción, debido a la relación especial que mantenía con Inglaterra, y por eso se le excluye de este cálculo) ascendían durante el decenio 1831-1840 a 2.49 millones de libras esterlinas de promedio anual; en el decenio siguiente a 3.31 millones de libras, y en los años cincuenta a 5.45 millones de libras de promedio anual. Durante los mismos decenios, el volumen total de exportaciones británicas ascendía a 43.53 millones, 41.74 millones y 99.27 millones de libras esterlinas de promedio anual, respectivamente.
De estas cifras se extrae que las exportaciones de Gran Bretaña a la América hispánica eran de relativamente poca importancia. Ni siquiera para la población latinoamericana aquellas importaciones pueden haber tenido demasiada importancia. En un período de depresión económica, el comercio exterior, además de estancarse, tenía poca importancia; de esta forma, y contra su voluntad, Latinoamérica permaneció aislada de las corrientes principales del comercio mundial, y por lo tanto, autárquica e "independiente". Esta afirmación, relevante en lo que se refiere a la dimensión comercial, tiene también validez en cuanto a la presunta dependencia financiera del continente. En general, es mejor hablar al respecto de autarquía producida por una tradición de aislamiento hacia los mercados mundiales, que hablar de una actuación dependiente dentro del sistema capitalista de mercado mundial. Los latinoamericanos producían principalmente para el mercado interno, y sus estructuras de producción se orientaban hacia ese rumbo. Con excepción de la economía de plantación y de los enclaves mineros, el modelo de desarrollo económico estuvo siempre orientado hacia las prioridades y necesidades internas.
Las dos posiciones que aquí se han bosquejado marcan posturas extremas en una continuada discusión, en la que se han incluido muchos otros elementos. La mayor parte de la disputa se concentra en la veracidad de las fuentes estadísticas, así como el efecto del comercio exterior sobre los distintos estratos de la sociedad. Es de notar, que los "intérpretes de la autonomía" no pueden aceptar ninguna dependencia, ni política, ni económica, en las relaciones británico-latinoamericanas durante la mayor parte del siglo XIX. Con especial énfasis niegan la categoría analítica de "imperialismo informal", así como el término "neo-colonialismo" postulado por el matrimonio Stein, un término que sugiere que la diferencia política entre el status independiente, y el de colonia, es trivial.6
Este artículo se ordena dentro de la discusión, que a manera de introducción aquí ha sido esquematizada. Como siguiente punto se cuestionará qué intereses perseguían los Estados europeos en el momento de la Independencia, y qué estrategias comerciales aplicaron en Latinoamérica. Acto seguido se contrapondrán a la perspectiva europea los conceptos latinoamericanos de desarrollo; se analizará el debate entre aquellas fuerzas que pugnaban por una industria propia, orientada al mercado interno, y las que pugnaban por una orientación externa, integrada al mercado mundial. Sobre todo en la segunda mitad de siglo logró imponerse el concepto liberal de "desarrollo hacia afuera"; el resultado de esta estrategia de modernización será ilustrado en base a varios ejemplos: el cuarto inciso tratará el comercio entre Europa y Latinoamérica, el problema de la inversión de capitales y la deuda externa. En el quinto inciso se expondrá la inmigración europea a Latinoamérica, de la cual se esperó progreso económico, y a menudo, también social.

2. Intereses europeos y estrategias comerciales


La fuerza motriz decisiva para el establecimiento de relaciones económicas por parte de países europeos con Latinoamérica después de la Independencia fue la situación económica durante las Guerras Napoleónicas, y en el decenio posterior al Congreso de Viena. Pronto se constató que, a pesar del principio de orden legitimístico, las potencias de la Santa Alianza tomaban una posición más bien pasiva ante la cuestión de la emancipación latinoamericana. El principio de legitimidad postulado en el Congreso de Viena no impulsó a las grandes potencias a intervenir a favor de España en el Nuevo Mundo, para evitar a la Madre Patria la pérdida de sus colonias. A ello se oponían los intereses reales de la Pentarquía, que pretendía el restablecimiento del status quo en Europa, pero, por razonamientos económicos y comerciales, seguía una política no intromitiva en Latinoamérica. Los intereses transmarítimos perseguían ante todo la abolición de las restricciones económicas en el tráfico comercial con las colonias españolas, un aspecto que tuvo especial envergadura dentro de los razonamientos de la política de comercio exterior británica. A fines del siglo XVIII había tenido lugar una gran concentración de capital en Inglaterra; los comerciantes ingleses se expandían por todo el mundo entonces "explorado". El volumen del comercio exterior británico casi había sido doblado entre 1790 y 1808 (de 22 a 40 millones de libras esterlinas); las Guerras Napoleónicas trajeron como resultado un nuevo impulso para la economía de la isla, que además, gozaba en aquel momento de la incursión de capitales extranjeros en peligro, fugados del continente hacia aquel seguro centro financiero. Las necesidades de las potencias continentales crearon en Inglaterra poderosas organizaciones comerciales, y, en relación con la acentuada acumulación de capital, un característico sistema de banco y financiamiento.7
Esta refinada estructura financiera y comercial parecía peligrar al final de las Guerras Europeas: la demanda continental cayó abruptamente, la economía sufrió una profunda depresión postbélica, el comercio algodonero estaba por los suelos. Sólo nuevos mercados de consumo para el amplio exceso de producción podrían ayudar a la industria inglesa a salir del estancamiento. Entonces, como era de esperar, la mirada británica se posó sobre América. A partir de 1820 el comercio inglés tomó un nuevo impulso, que preludiaba una era de violenta expansión. El valor "oficial" de los artículos algodoneros exportados por Inglaterra subió, sólo de 1821 a 1824, de 23.5 a 30.2 millones de libras esterlinas (el alza de los "valores declarados" era más baja, por la caída de los precios).8 Las exportaciones británicas hacia Latinoamérica aumentaban en forma especial; para 1823 el mercado latinoamericano ya era tan importante para el comercio algodonero de Lancashire, que la Cámara de Comercio de Manchester lo denominó "de primera categoría", exigiendo el nombramiento de agentes consulares para asegurar dicho comercio.
A los ingleses les interesaba especialmente tener rutas comerciales seguras, ingresos prontos y el volumen de venta más grande posible; aspiraban a la libertad comercial ilimitada con los mercados latinoamericanos. La intensificación del comercio transmarítimo tenía importancia decisiva para la industria británica; si bien para el comienzo y la fase inicial de la Revolución Industrial no jugó ningún papel directo, el comercio transmarítimo sí contribuyó a la creación de bases del "take-off" industrial. Las metas que Gran Bretaña perseguía en Latinoamérica, eran bastante concretas para los responsables de la política exterior inglesa ya mucho antes de la Independencia. Uno de los más ilustrativos documentos al respecto es una Memoria del Foreign Office, redactada ya en 1806 por William Jacob:9
"A predominant influence in the Spanish provinces of Mexico, New Granada, Peru, Chili, and Buenos Ayres, would be of the most beneficial consequence to Great Britain, in a political, commercial and naval view [...] by extending the consumption of our manufactures, and supplying us with many raw materials [...] Could excess be obtained (to the Latin American markets) these ten millions of people would be clothed with the produce of our looms, for it would be more advantageous to them to send their wool and their cotton to England, and receive it back manufactured, than to continue their fabrick of those articles."
El Memorándum de Jacob presenta la clásica formulación de lo que más tarde los historiadores llamaron imperialismo comercial, o "informal". El Foreign Office rechazaba categóricamente una conquista directa, o una ocupación momentánea de los países latinoamericanos; en su lugar, lanzó un proyecto casi visionario, a cuyas máximas hubo de acoplarse la política exterior británica durante largos decenios. Contenía los elementos esenciales de la división de trabajo entre el proveedor de materia prima y el productor de manufacturas; enumeraba tanto las ventajas del tráfico comercial directo (sin intermediación de los E.E.U.U.), como la importancia estratégico-militar de un comercio que hacía a Inglaterra completamente independiente del mercado europeo; hacía notar que un comercio regular (sin recurrir al contrabando) con Latinoamérica podía ser multiplicado por diez. La consecuencia política de estos razonamientos es obvia: todas las restricciones que impedían el comercio con las colonias españolas debían ser abolidas o - ya que no era de esperar que España accediera a esta política -, las colonias debían declarar su independencia. Esta clase de razonamientos económicos fue, implicita o explícitamente, el hilo conductor de la política exterior británica con Latinoamérica. Los intereses económicos y comerciales de la isla eran y siguieron siendo la fuerza motriz de la política inglesa; estos intereses dominaban las decisiones tomadas al inicio de los años veinte del siglo XIX, cuando se reconoció diplomáticamente a las nuevas Repúblicas; y aún cuando decenios más tarde ya estaba claro que las exageradas esperanzas cifradas en el comercio con Latinoamérica no se harían realidad, la combinación básica de relaciones de cambio - materia prima por manufacturas -, continuó siendo el axioma inalterado de la política británica de comercio exterior.
Los razonamientos postulados por Gran Bretaña eran también válidos - mutatis mutandis - para los demás Estados europeos, aunque se debe mencionar el retardado desarrollo continental frente al británico, y la naturaleza distinta de ambos procesos económicos. Las colonias españolas se habían convertido en un socio importante del capital comercial y manufacturero alemán a lo largo del siglo XVIII. Cuando la Corona española realizó sus "reformas borbónicas", aumentó el interés económico de Alemania por el mercado colonial. De gran importancia era entonces el lino de Silesia, que gozaba de una especial preferencia en el mercado mundial; a mediados del siglo XVIII su monto de exportación ascendió a casi 3.5 millones de táleros; en 1803 eran ya entre 8 y 10 millones de táleros;10 la mitad de esta mercancía pasaba de España a la América española vía Hamburgo. Manfred Kossok ha hecho notar que, para los productores silesianos y los exportadores hamburgueses, el dilatamiento del mercado colonial español llegó a ser una cuestión de existencia económica.



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