Las olas revolucionarias 2 la cuarta ola cómo ocurrió 11


LA CUARTA OLA Cómo ocurrió



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LA CUARTA OLA Cómo ocurrió


Dado que la Revolución soviética de agosto de 1991 está aún demasiado cercana como para ser discutida de un modo sistemático, el cambio de la Europa centrooriental será discutido como un modelo para la ejemplificación de la «cuarta ola». En esta región, Rusia fue por una vez un observador benigno de los hechos, «un libertador por defecto». Al mismo tiempo, la posición del grupo de Gorbachov fue tan dudosa dentro del partido que en aquel momento parecía firmemente asentado en el poder, que ya sólo este factor crucial prescribió un acelerado plan de acción a los europeos orientales (los que esperaban ansiosamente lo que aconteció con un retraso histórico en agosto de 1991: el golpe a las fuerzas del viejo régimen). El carácter claramente improvisado de la política de Gorbachov hace del supuesto de una conspiración bien planificada (entre él y los líderes de la reforma de la Europa oriental) una visión de la historia excesivamente racional y calculadora, pese a que algunos elementos de la conspiración no estuvieran del todo ausentes.7 En
7. Tenemos al menos una prueba de un complot contra los dirigentes estalinistas de la Europa del Este, urdido en nombre de la política de Gorbachov. El testimonio del veterano comunista Silviu BRUCAN, uno de los dirigentes fundadores del Frente Nacional de Salvación Rumano, implica, con cautela pero sin lugar a dudas, al propio Gorbachov en la conspiración, Les Co>nplots contre C’eausesca, «Le Monde», Selection Hebdomadaire, núm. 2182, 23-29 de agosto de 1990, pp. 1, 7. Pero un testimonio incomparablemente más importante procede de uno de los protagonistas, Erich HONECKER, en las entrevistas que concedió a dos periodistas alemanes tras su caída: «Mejo Siurz als Partei - und Staatschefwar das Ergebnis cines Manoevers, deren Drahtziehers sich noch im [Iintergrund halten
—por el contexto del libro, está claro que se refiere a Gorbachov y a su “camarilla”—. Diejenigen, dic sich heute mit dieser Tat bruesten, sind dagegen kleine Lichter. Hier haodelt es sich um grosse Vorgaenge, dic nicht von heute auf morgen eintreten, sondern u,n langfristig angestrebte Veraenderungen aufder europaeischen Buehne, ¡a au[der Weltbuehne... Wir erhielten 1987 Signale aus Washington.»
Reinhold ANDERT - Wolfgang HERZBERG, Der Stnrz (Erich Jlonecker ¡ni Kreuzverhoer), Berlin-Weimar: Aufbau Verlag, 1991, pp. 20-21.

cualquier caso, los actores consideraron a Gorhachov al menos como una fuerza refrenadora de la política soviética. Sin tal interpretación, los disidentes de la Europa oriental se habrían mantenido voluntariamente dentro de los límites de su cuasi- consenso anterior, logrado a mediados de los años ochenta, según el cual lo mejor que la oposición podía conseguir era un compromiso social-nacional con la uotnenklatura8


Sin embargo, la retirada de los soviéticos de Afganistán dio una importante y doble lección a todas las personas política- mente activas en ese área. El abandono del compromiso con un régimen soviético instalado constituyó un comienzo histórico en los anales soviéticos. En el pasado habían pactado en algunas ocasiones con Occidente (por ejemplo, al evacuar Austria en 1955 o al abstenerse de apoyar directamente a los comunistas durante la guerra civil griega). Sin embargo, una vez establecido un régimen de tipo soviético, los dirigentes soviéticos estaban preparados para asumir en su defensa riesgos incluso demasiado altos.9
8. Varios documentos cruciales de la oposición de la Europa del Este ofrecían al régimen una cooperación limitada en el caso de una moderación de su política. Quizás e? primero de ellos fue la Declaración de la Carta 77 de Praga, que umpiemente sugería, en forma de protesta, un respeto por los derechos humanos, sin insinuar siquiera un cambio en el sistema. Adam Michnik hizo 1-epeti- das alusiones a una posible reinterpretación del «sistema de Yaba,,, que es otro nombre para el compromiso, combinado con el rechazo táctico motivado por el radicalismo de la Revolución húngara de 1936. Véase nuestro análisis, «Eastern Europe’s Long Revolution Against Yaba,, - HELLER-FEHR Froin Yalta to Glasnost (Oxford: Blackwell, 1990). (Hay traducción al castellano: De Yalta a la Olasnost, Editorial Iglesias, Madrid, 1992.) Quizás el documento más representativo de esta estrategia de compromiso forzado es el Tdrsadalmj szerz?jdés (Contrato Social) de 1988, redactado por el círculo húngaro de la publicación samizdat «Beszélo,, bajo la dirección de János Kis. El grupo constituyó el núcleo de la futura Alianza de los Demócratas Libres.
9. Un ejemplo de la asunción excesiva de riesgos en defensa de un puesto avanzado de influencia soviética es la crisis de los misiles cubana, al menos en una de sus interpretaciones representativas. El propio Jruschev, el histórico actor detrás de los acontecimientos que llevó al mundo al borde de una guerra nuclear, explica su apuesta en términos de la intención de obtener por la fuerza garantías de la supejvencia de Cuba, en Khrushc/iev Remenibers traducido por Strobe Talbot, London: Sphere Books Limited, 1971, p. 462. Mientras existen muchas buenas razones para dudar de la veracidad de las interpretaciones de Jruschev sobre el gran fracaso y la humillación de la Unión Soviética, la idea de aceptar riesgos excesivos para conseguir ganancias limitadas, pero ideológicamente crm ciales, no queda del todo fuera de los principios de la política exterior soviética

La desgana del centro soviético por lanzar expediciones punitivas al primer signo de «contrarrevoluciones pacíficas>) en la Europa Occidental no explica el porqué de que la solución de los yugoslavos de declararse a sí mismos como nación absolutamente independiente, mientras mantenían su poder interno, no haya sido ni siquiera intentada seriamente por los dirigentes comunistas nacionales (a pesar de que ciertos signos en 1987-1989 apuntaban hacia esa dirección, al menos en Polonia y en Hungría). Es del todo sorprendente, ya que éste era el comportamiento típico de la desintegración del comunismo soviético en las repúblicas (no tuvo ningún éxito en Lituania, aunque sí lo consiguió durante algún tiempo en Ucrania). También es bastante asombroso a causa de que existía una voluntad nacionalista comunista explícita (la de Ceausescu) de mantener esos acontecimientos dentro de las fronteras yugoslavas.’0 La explicación normal del abandono de esa opción es la «debilidad del comunismo». El elemento más importante, genuinamente explicativo, en este complejo fenómeno es la pérdida de la propia identidad comunista.


El ejemplo húngaro aclarará lo que realmente significa «la pérdida de la propia identidad comunista». Kádár y su equipo, que habían llevado a cabo las reformas económicas de mediados de los sesenta, habían sido socializados políticamente durante la era clásica del bolchevismo. Por consiguiente, no tenían ninguna duda acerca de la interpretación del término «reforma», que para ellos equivalía simplemente a reajuste tecnológico. Pero la generación política más joven, formada por los economistas críticos y los funcionarios de la generación de Pozsgay, se debatía entre dos ideas contradictorias. Por un lado, veían que había que promover las reformas con agresividad, emancipar el mercado, e incluso cuestionar y cambiar el carácter políticamente monolítico del Estado. Pozsgay fue el primer
10. La extraordinaria serie documental de la BBC The Second Russ jan Revolution reveló el dramático hecho de que en la reunión confidencial de los países socialistas del Este de Europa en octubre de 1989, cuando los regímenes se encontraban —tras la solemne fachada de la celebración del 40° aniversario de la República Democrática Alemana— en medio de la agonía, Ceausescu declaró la intención de Rumania de intervenir unilateralmente en Polonia para hacer frente a la °contrarrevolución de Solidaridad. Tan sólo fue frenado por el resuelto Gorbachov (quien tuvo que habérselo impedido al Stalin rumano con la intervención del ejército soviético, que por una vez se puso al servicio de la libertad).

funcionario comunista del Bloque Oriental que especuló públicamente sobre la hipotética reaparición del sistema multipartidista. Por otro lado, tenían cada vez menos claro, como personas de mente lógica, lo que en el nuevo régimen sería específicamente comunista (incluso «comunista reformista»), una vez que hubieran sido introducidos todos los cambios que habían propuesto. (Por ejemplo, ¿en qué se diferenciaría de un Estado del bienestar bajo un gobierno socialdemócrata?) Si se leen los documentos claramente narcisistas de la búsqueda de identidad de los reformistas comunistas de l988l989,1l tan sólo se apreciarán dos elementos de autoidentjfjcacjón Uno de ellos es un vestigio retórico de la Primavera de Praga, «ci socialismo con rostro humano»; el otro es una demanda, igualmente vaga, de «propiedad pública de los medios de producción» que, para muchos de los reformistas, ya no era equivalente a la propiedad estatal. En este confuso estado mental, el comunismo húngaro hizo su último esfuerzo por frenar la marca, durante mayo de 1988, cuando Kádár fue desposeído de su liderazgo, para el último congreso del Partido Comunista en octubre de 1989. Este período de menos de año y medio se caracteriza porque se dedicó incomparablemente más a las luchas internas, a maniobras y contramaniobras tácticas, maquinando con el fin de lograr nuevas posiciones de poder que nunca fueron alcanzadas, que a intentar clarificar qué defendían los comunistas en la medida en que eran comunistas reformistas. No obstante, sus líderes se comprometieron solemnemente a llevar a cabo reformas serias a través de sus negociaciones simultáneas con la mesa redonda de la Oposición)2 Los viejos partidarios, que criticaban amargamente a sus dirigentes a través de documentos desesperados y prolijos (por ejemplo, por preparar un golpe contra el núcleo


11. Un documento típico de la pérdida de la propia identidad es Uj Mdrciusi Front, 1988 (Budapest - Mozgó Hldg, 1988). Esta colección de ensayos constitue el último cartucho del esfuerzo de los comunistas reformistas en el seno del Partido Comunista Húngaro (MSZMP) y de aquellos que entonces aún veían el comunismo reformista como una alternativa significativa (aunque no fueran comunistas) para encontrar una nueva identidad.
12. Este compromiso ha sido desciito por András BOZOKI, uno de los principales políticos del grupo húngaro de los Jóvenes Demócratas, en su crónica de valor histórico, «Az Ellenzéki Kerekas7tal (Elsó) Tórténete,, (La [Primera] Historia de la Mesa Redonda de la Oposición) (en cinco entregas), Be.szé/ó, 3 de marzo al 5 de abril de 1990.

leal del partido) se encontraban, en un sentido formal, no demasiado alejados de la verdad.13 Lo único que nunca entendieron fue el carácter molieresco del informe político del Comité Central, leído por Grosz durante el Congreso de Octubre de 1989, que, por lo que a su tono general y actitud manifiesta se refiere, podría haber sido presentado, con ciertas modificaciones, durante los años sesenta, cuando el gobierno, apoyándose en su policía secreta y en un ejército extranjero, se encontraba firmemente asentado en el poder.


Cuando llegó el momento del referéndum de noviembre de 1989, el primero de los triunfos electorales aplastantes de un sector de la oposición, ni los reformistas ni los comunistas conservadores entendían ya quiénes eran, qué representaban o, respecto al calendario político, en qué período vivían. El comunismo polaco sufrió una erosión de su autoidentidad similar y paralela. Pero incluso en aquellos países (Rumania, Checoslovaquia y Alemania Oriental) en los que las dictaduras parecían ser fuertes y estar seguras de sí mismas, donde ningún discurso público presionaba sistemáticamente al partido en el poder, se puso de manifiesto a la hora de la crisis que la autoidentidad del comunismo se encontraba profundamente minada. La transición del comunismo a la socialdemocracia del tipo Saulo-Pablo ocurrida de la noche a la mañana, es considerada por muchos como un revoco de la fachada y una maniobra táctica. En cualquier caso, aunque no se tratara de un auténtico cambio de doctrina, la facilidad con que fue repintada la fachada atestigua el hecho de que, durante un largo período, los comunistas habían albergado serias dudas sobre sus propios objetivos.
El comportamiento rebelde de los miembros del partido (los miembros que tenían carné pero no formaban parte del aparato, pese a que su pertenencia al partido representaba un cierto papel respecto a su situación remuneración laboral) y el comportamiento pasivo del Ejército fueron de vital importancia a lo largo del proceso. Durante décadas, los dirigentes comunistas se habían acostumbrado a hacer caso omiso del pueblo en nombre del cual gobernaban, además de no tomar demasiado en
13. Un documento caractenstico de estas amargas queias de los ie;oS creyentes que no se daban cuenta de los drásticos cambios que tenían lugar a su alrededor es el de Lajos GLacsr, 4 Nop, Ame/e Megrengere a Orsdgot, /989. Oktobee 5-9, MSZI/IP-VISZP (Los cuatro dos que conmosieron al país .), Budapest-Agria, 989.

cuenta las opiniones de los miembros de su propio partido. Pero también aprendieron de la turbulencia posestalinista que una desatención total hacia el sentir de los miembros del partido podía perjudicarles en determinados períodos. A falta de encuestas, el único testimonio, más o menos fiable, de la opinión del partido venía, retrospectivamente, del comportamiento electoral de los miembros del mismo en las primeras elecciones libres. De los cuatro países centrales de la región, tan sólo los resultados en Alemania Oriental causaron sorpresa a este respecto. El resultado electoral del Partido Comunista de Alemania Oriental, que había recibido un rápido lavado de cara, fue de un porcentaje mayor (16 por ciento) que la proporción relativa de miembros del partido frente a los no afiliados en la nación antes de la revolución. En Hungría y Checoslovaquia, ambas cifras fueron casi idénticas (alrededor del 10 por ciento). En el caso de Hungría, si el pueblo ya había dado un crédito limitado al liderazgo Nyers-Pozsgay.Horn del MSZP (el partido sucesor del comunista que se declaraba a sí mismo socialdemócrata) y si ya no consideraba a este partido como una organización típicamente comunista, entonces, evidentemente, el número de votos comunistas es comparativamente más bajo (el partido comunista sin reconstruir, MSZMP, recibió menos del 4 por ciento). En Polonia, las primeras elecciones parciales constituyeron un desastre para los comunistas. Dos años después, obtuvieron el mismo nivel que sus homólogos húngaros y checoslovacos.


Estos datos y las conclusiones que de ellos pueden sacarse permiten las siguientes explicaciones. El grueso de los miembros del partido obviamente no estaba aún preparado para abandonarlo formalmente durante sus últimos años de poder. Un acto tan provocativo podría haber resultado peligroso, pero, lo que es más importante, para que tal éxodo político masivo hubiera tenido lugar, habría sido necesaria una imaginación alternativa, inexistente en aquel momento. Al mismo tiempo, la lealtad típica del miembro medio del partido tiene que haber estado precisamente en una Situación en la que el número de afiliados constituiría una minoría del 10-15 por ciento frente a la mayoría (el grueso del pueblo), Esta podía encontrarse dividida respecto a muchos temas pero, como suponían, le sería, no obstante, hostil en su conjunto. En circunstancias «normales», esto no hubiera sido una causa de preocupación para los dirigentes. Se imaginaban que, al estar su poder garantizado por la presencia del Ejército soviético, el apoyo del 10-15 por ciento era perfectamente satisfactorio para la dictadura. Tan sólo se llegaría a un margen peligroso en una situación tal como aquella en la que se encontró el grupo de Kádár después de la revolución de 1956, cuando durante meses su partido apenas pudo recuperar a una décima parte de los anteriores miembros del partido comunista. Es obvio que nos encontramos ante dos tipos diferentes de aritmética. En términos de los dirigentes, la situación, si bien no era buena, era aceptable. En términos de la otra escala en la que hacían sus cálculos los miembros del partido, la situación era catastrófica. Ya se encontraban acosados antes de la pérdida de poder y habían empezado a mirar más allá de la existencia del régimen, evaluando las repercusiones eventuales para ellos de una futura situación minoritaria. Una aritmética influía a la otra. Los dirigentes podían dejar de lado al pueblo, pero no podían dejar de tener en cuenta por completo a los miembros del partido, especialmente cuando una purga masiva ya no era una opción viable, y menos los arrestos masivos. El clamoroso descontento de los miembros del partido tuvo una clara expresión a través de la desobediencia pública de algunos de sus ideólogos, así como en su posterior expulsión del mismo, y en la organización abierta de clubs, alianzas, coaliciones; las facciones dentro del partido tuvieron un importante papel en el desenlace de la conferencia que éste celebró en 1988: el derrocamiento de la dirección kadarista. No fue éste un proceso totalmente endógeno. Una vez que los disidentes del país no pudieron ser mantenidos completamente en la clandestinidad, la ósmosis de las ideas subversivas desde la oposición hacia unos miembros del partido descontentos no pudo seguir siendo contenida.
El Ejército es un factor ambiguo, pero siempre de vital importancia, durante los períodos de turbulencia interna en las sociedades de tipo soviético (y tanto su ambigüedad como su importancia se hicieron completamente patentes en el golpe soviético de agosto de 1991). Las premisas tácitas para las consideraciones de los dirigentes sobre los modos de utilizar las fuerzas armadas en caso de emergencia interna deben haberse producido de la siguiente forma. El Ejército nunca podía ser un instrumento directo para reprimir rebeliones. No se podía confiar más en un ejército de reclutamiento obligatorio que en el pueblo en su conjunto, siendo la única diferencia que una insu bordinació

civil podía castigarse mediante la pérdida del empico o penas leves de prisión mientras una sublevación en el Ejército podía penarse con la horca o el fusilamiento Por tanto, las unidades paramilitares del Ministerio del Interior y de la guardia del partido, milicias obreras, etc., tenían asignada la misión de terminar por la fuerza con las rebeliones eventuales, las manifestaciones y demás. La tarea principal del Ejército era proveer una sólida fachada de lealtad y subordinación, desalentando «con su presencia» —como en otros tiempos disuadiera la flota británica a los enemigos potenciales— la proliferación de la desobediencia masiva, y garantizando el aislamiento de los focos de resistencia. Estos últimos podían a su vez ser barridos por las fuerzas numéricamente muy inferiores del Ministerio del Interior y la guardia obrera.


Por estas razones fue tan decisivo el comportamiento del Ejército durante el curso de la cuarta ola. Los presagios eran alentadores para la oposición. Las dudas internas manifestadas públicamente por Jaruzelski y la autolacei-acjones de Polonia de 1981 ya eran una indicación de los cambios en el comportamiento de los mandos militares del conjunto del Pacto de Varsovia. Este hombre, una extraña combinación de dos tipos diferentes de autoritarismo, el de la nomenklatura y el de los militares tradicionales, pudo convencer a Polonia durante un tiempo de que sus motivos cuando el golpe de Estado militar contra Solidaridad en 1981 eran tan patrióticos como de naturaleza autoritaria. Debió de tomar en serio la obvia amenaza de Breznev de acabar con la soberanía polaca meramente nominal y de anexionar formalmente Polonia, a menos que el Ejército polaco actuara por su cuenta contra Solidarjdad.14 Sin embargo, una vez
14. En la actualidad contamos con un documento muy interesante sobre la amenaza real a la soberanía (aunque nominal) polaca, la entrevista concedida por el coronel Ryszard Kuk]inskj, un antiguo alto consejero de seguridad militar del gobierno polaco durante la aparición de Solidaridad, quien había trabajado durante varios años para los servicios de espionaje estadounidense, Orbis, Philadelphia, vol. 32, núm. 1, Invierno 1988, pp. 7.32. El coronel Kukjinski describe con detalle que la iniciativa para aplastar el movimiento rebelde mediante una ley marcial, casi simultánea al acuerdo entre los dirigentes comunistas polacos y Solidaridad, vino directamente de Moscú, para consternavión del general Jai-uzelski y sus allegados (que querían resolver la crisis de un modo autoritario, pero patriótico). Más adelante describe también la falta total de sensibilidad de los mandos militares soviéticos, quienes amenazaron explicitamenle con implicar al ejército de Alemania Oriental en la acción, lo que terminó el período Breznev y que la soberanía polaca ya no estuvo amenazada, parecía que Jaruzelski tenía la intención de dimitir más que de imponer de nuevo un dominio armado sobre la sociedad. Como posteriormente se vio, durante los agitados meses de enero a diciembre de 1989, prevaleció entre todos los jefes de los ejércitos del bloque soviético una actitud muy similar a la de Jaruzelski. (La crucial presencia del liderazgo de Gorbachov, que sin ningún tipo de ambigüedad ordenó a su propio Ejército no hacer nada respecto a los cambios en la Europa oriental, fue implícitamente obvia.) En Bulgaria, el golpe de noviembre contra Zhivkov verificó su potencial a través de la resuelta postura prorreformista del ministro de Defensa y del propósito del Ejército de aplastar con las armas, si era preciso, a las fuerzas de seguridad.15 En Rumania, el cambio de forma de pensar de los jefes del Ejército, la lucha de éste contra la Securitate, salvó a la revolución y derrocó a la dictadura Ceausescu. Los generales de Alemania Oriental no podían dar el menor paso sin la aprobación formal de las fuerzas de ocupación soviéticas, que nunca llegaba. En Checoslovaquia, el ministro de Defensa trató desesperadamente de hacer disipar, como si de una idea aberrante se tratara, los rumores (probablemente ciertos) de la planeada intervención del ejército durante los primeros días de la revolución. En Hungría, el Ejército fue muy leal al proceso de transición hacia la democracia, contrastando con el servicio de seguridad, que continuó su vigilancia de las conocidas figuras de la oposición incluso cuando la dirección del partido renunció al comunismo y al poder monolítico.
Pero todos los factores antes mencionados simplemente aportan el marco para la ruptura. En el contexto de este marco,
que habría supuesto para Polonia la mayor humillación nacional desde la Segunda Guerra Mundial. Añade que en términos de la postura moscovita, que finalmente fue dejada de lado a instancias del general Jaruzelski, alrededor del noventa por ciento del ejército polaco habría estado bajo el mando directo de los generales soviéticos. Aunque Jaruzelski era, sin duda alguna, un patriota, no aparece, sin embargo, como un estadista polaco responsable a través de la entrevista con Kuklinski, quien sigue convencido de que una mayor resistencia por parte del Estado Mayor polaco habría, al menos, atenuado el ansia soviética por intervenir.
15. La entrevista de Silviu Brucan en Le Monde (véase arriba) explicita el papel desempeñado por los jefes del ejército en Rumania en la preparación del golpe contra Ceausescu. Sin su determinación inicial de derrocar al dictador, quien se había convertido en algo molesto también para el ejército, la revolución romana a duras penas podría haber derrotado al régimen.

el acto revolucionario fue más claramente una hazaña libre de los actores, no determinada por ningún tipo de «necesidad histórica» ni siquiera en su imaginación política, de lo que posiblemente nunca antes lo habría sido. Un catálogo de las diferentes formas de acción de las revoluciones de la Europa oriental incluiría casi todos los elementos normales de un cambio violento (exceptuando una huelga general anunciada, pero no llevada a cabo, en Checoslovaquia). Hubo huelgas de advertencia con la clara intención de presionar a la vacilante uomenklatura (en Polonia); manifestaciones multitudinarias (de forma continuada durante las revoluciones de Checoslovaquia y Alemania Oriental, y en ocasiones simbólicas en Hungría); enfrentamientos armados en los cuales los dictadores fueron crueles e inflexibles (en Rumania); y desobediencia civil de diversas formas en todas partes. En este sentido, la cuarta ola no aportó nuevas formas al arsenal de acciones revolucionarias que, en cualquier caso, constituyen un repertorio limitado y agotable.


Y sin embargo, el espíritu innovador de la cuarta ola, cuando se la compara tanto con sus predecesoras como con levantamientos anteriores en la región, es notable. El uso de la violencia se evitaba siempre que era posible, debido en parte a la visible indulgencia de los revolucionarios de la Europa oriental, si tenemos en cuenta el historial de los gobiernos que se derrocaron. Lo que es más importante, existía un sentimiento generalizado de que para conseguir el principal objetivo estratégico, la emancipación de la «sociedad civil>i, cuanto menos fuerza se utilizase, mejor. A los actores, cada acto de violencia que no constituía una reacción a los ataques de las dictaduras que se hundían les parecía no sólo cruel sino también disfuncional. En una atmósfera violenta, aunque sea de «contra-violencia», el pluralismo de los actores es normalmente absorbido por un consenso tirante, en ocasiones histérico, que sólo reconoce el «nosotros» y el «ellos»; esto tenía que ser evitado siempre que fuera posible. La primacía de la libertad fue hecha realidad en los actos individuales de la revolución sin una tesis filosófica explícita en la mente de los actores.
Dos factores facilitaron el carácter no violento y tolerante de la cuarta ola. En primer lugar, la percepción del tiempo por los actores fue radicalmente diferente a la de los protagonistas de la Revolución húngara de 1956, como un ejemplo del pasado. Esta última vivió el momento —-otorgado por la sorprendente desgana de su adversario— como un milagro, una gracia de la historia, cuyo logro debía ser consolidado a un ritmo febril. El sutil uso de la fuerza, característico de los húngaros en 1956, consistió en arrebatar el espacio público (fábricas, oficinas, la propia calle) de las manos de un gobierno odiado por el pueblo. Esta táctica fue el resultado directo de un sentido febril del tiempo, que expresaba la convicción de los actores: en el mejor de los casos, contaban con unos cuantos días para conseguir que los cambios fueran irreversibles. (Por supuesto, nunca pensaron en lo limitado que realmente eran su tiempo y el espacio de maniobra.) Uno puede comprender la diferencia si el agitado ritmo del cambio de 1956 se compara con el pausado paso con el que la Mesa Redonda de Oposición pactó con los delegados de un poder comunista erosionado en 1989 en Hungría.
El segundo factor, inseparable del primero, fue la deliberada indecisión respecto a las futuras instituciones en los actos de oposición durante la cuarta ola. En 1956, los consejos de trabajadores y los comités revolucionarios surgieron de la nada en cuestión de días, con una clara intención de permanencia. En 1980, en Polonia, la resistencia había existido durante una década en la forma organizada de Solidaridad, el sindicato de trabajadores que era más que un sindicato. Pero en 1989, los actores eran reacios a manifestarse definitivamente sobre el marco institucional que iba a surgir. De ahí que el resultado fuera la preponderancia de «foros», «clubs», «alianzas» —organizaciones con nombre poéticos—. La explicación más razonable de este fenómeno parece ser, otra vez, la nueva percepción del tiempo. La oposición y la multitud que le seguía entendieron cada vez más que sobraba tiempo, y que sería un error comprometerse con ciertas formas de organización que estarían anticuadas al día siguiente. Sin embargo, la vaguedad en la definición del marco institucional promovió la primacía de la libertad en la acción.
Lo que Havel denominó en una brillante y breve declaración «el poder de la palabra» puede sonar como un préstamo del pathos de un drama del siglo xix excesivamente exultante.16 Pero, de hecho, con esta frase identificó el poder más importante impulsado por las revoluciones de 1989. Había un elemento bas 16 Vaclav HAVEL, The New York Review of Books, vol. XXXVI, núms. 21-22, 18 de enero de 1990, p. 5.

tante peculiar del comportamiento de la muchedumbre en ese año (quizás con la excepción de Rumania, donde la brutalidad del dictador impuso pautas de acción que emanaban más de la naturaleza de la dictadura que de la del propio pueblo). Los manifestantes —en Leipzig, Berlín, Praga, Sofía, en las ciudades polacas, en Budapest durante el funeral de Imre Nagy o en el día de la declaración de la nueva república— se comportaron de hecho de manera muy singular y completamente fuera del modelo habitual, no sólo medido respecto a los patrones de las películas soviéticas sobre las revoluciones, sino cuando se compara con el comportamiento de la gente en las calles de Budapest en 1956. No estaban ocupando edificios públicos (a excepción de un reducido número de centros locales de la Stasi —la policía de seguridad del Estado— en Alemania Oriental, con el fin de descubrir si la policía secreta estaba realmente destruyendo documentos incriminatorios). No intentaban conseguir armas (tal y como inmediatamente hicieran los manifestantes durante la primera noche del levantamiento en Hungría en 1956, y también en Poznan, en junio del mismo año). Tan sólo amenazaron con una huelga general (en la cumbre de las movilizaciones, contra las maniobras claramente perceptibles del gobierno checoslovaco para conseguir más tiempo); nunca paralizaron la vida civil de un modo permanente. Afirmaban solemnemente su sólida convicción de que el consenso nacional estaba del lado de los manifestantes, y no con el gobierno: que «el poder de la palabras estaba de su parte. De este modo, la oposición creó un nuevo espacio público para sí misma, de un modo muy real, y lejos del sentido metafórico. Los representantes del poder oficial tenían que comunicarse utilizando el propio lenguaje «subversivo» de la oposición; al menos, estaban obligados a escucharlo. Nadie sabía mejor que esta autoridad oficial, tras haber perseguido durante decenios el uso de ese lenguaje, que realmente éste tenía poder, y que dicho poder era subversivo. Porque una vez que entraron en conversaciones, tan sólo había dos alternativas; una de ellas puramente nominal: o arrestar a los interlocutores si eran demasiado «insolentes» (en aquel momento una opción puramente nominal) o prometer tales cambios que de hecho alteraran el carácter totalitario de su mandato. «El poder de la palabra» tuvo, visiblemente, un efecto eminentemente práctico.


El modus operandi de la cuarta ola quizás ejemplificó la forma más pura de revolución: tan sólo se aplicaba la fuerza que era absolutamente necesaria para conseguir la condición de lo que Habermas denomina «comunicación libre de dominación». En tanto en cuanto los gobiernos se sintieran confiados en su capacidad del uso sin restricciones de la coerción, y mientras tuvieran el respaldo del Ejército soviético, no podía establecerse ningún tipo de comunicación entre ambas partes. Sin embargo, una vez que se vieron solos, únicamente pudieron hacer una cosa: que los manifestantes pusieran las cartas boca arriba mediante la aceptación de sus canales de comunicación (desde las negociaciones en mesas redondas a las elecciones libres) y cruzar los dedos, esperando sobrevivir.
Llegados a este punto, la pérdida de la autoidentidad comunista se convirtió en un elemento constituyente de la propia revolución, porque la autoidentidad no era un apéndice psicológico de la posición sociológica de la nomenklatura, sino más bien una parte integrante de la misma posición. No se puede gobernar sin reconocer los límites del poder a menos que se cuente con una narrativa filosófica, por muy pobre que sea, que justifique dicho modus operandi. Cuando ya no se tiene una creencia inexpugnable en la propia narrativa justificatoria (siendo esta última totalmente característica de los años de Breznev), el único instrumento de poder que queda en una crisis es el ametrallamiento de la opinión disidente. Pero si una fuerza política está desprovista incluso de este último remedio, lo que, debido a Gorbachov, fue precisamente la situación de los comunistas de la Europa del Este, puede disfrutar de un poder aparentemente ilimitado un día, y absolutamente ninguno al día siguiente.
La gran superioridad política de los rebeldes de la Europa del Este fue el resultado de haber captado durante años esta pérdida de autoidentidad del comunismo y haber convertido la debilidad de sus oponentes en una ventaja para ellos. Una vez que los comunistas decidieron sentarse en la mesa de negociaciones con la oposición, podían haber tenido rabietas, haber ido contra lo que habían prometido el día anterior, haber tratado de dividir a sus oponentes, todo lo cual hicieron pero, con todo, perdieron. No podían negociar sobre el tema más importante: el mantenimiento de su propio poder, ya que, por definición, el poder absoluto no es negociable. Pero una vez que ya no negociaban como comunistas, es decir, como los depositarios del po-

der absoluto, simplemente no tenían ningún argumento en su defensa.


Un buen ejemplo de ello es el tema de los bienes del partido, que ha surgido prácticamente en todos los países de la Europa del Este, con la excepción quizá de Rumania. Inicialmente, durante la discusión en la Mesa Redonda, los comunistas húngaros dieron a sus interlocutores la típica respuesta: no es de vuestra incumbencia.’7 A largo plazo, sin embargo, se demostró la imposibilidad de tratar la pregunta de la oposición sobre los bienes del partido como un acto de lése-majesté particularmente desagradable. Como resultado, el portavoz del MSZMP (el Partido Comunista de Hungría) simplemente se batió en retirada y sometió sus libros a la agencia estatal de revisión.
Las revoluciones de 1989 y 1991 fueron llamadas a menudo «revoluciones de los medios de comunicación» debido al gran papel que la prensa y en particular la televisión jugaron en ellas. (Los inventores del fax, que a la hora de inventar sus aparatos tenían en la mente la rapidez de las transacciones empresariales y no la comunicación entre revolucionarios, fueron los benefactores de la oposición en sus horas más problemáticas.) ¿Por qué la transmisión televisiva de una manifestación multitudina 17 András nozóki describe, en ,The (First) History of the Oppositional Round Table>’ (véanse notas anteriores) lo enérgicamente que el Partido Comunista interrumpió una etapa muy avanzada de las negociaciones con la oposición cuando la Mesa Redonda exigió un inventario público de los bienes del Partido Comunista, el 26 de julio de 1990 (Beszéló, 24 de marzo de 1990, 19). El partido comunicó su posición de <‘no es de su incumbencia, a la Mesa Redonda mediante una carta basada en la absurda tesis de que aquél había conseguido sus bienes de una «forma legal<’ (con lo que quería decir las ‘leyes» del régimen estalinista, en el cual los agentes de los líderes podían confiscar cualquier propiedad privada o colectiva sobre las bases legales>< de una llamada de teléfono realizada desde la cúpula). El partido también afirmó de manera perentoria que sólo estaba dispuesto a compartir los detalles financieros de su gestión con sus propios miembros (cosa que, entre paréntesis, nunca se hizo durante toda la historia del Partido Comunista). Las negociaciones no se reanudaron hasta el 21 de agosto, y el partido, a pesar de las concesiones verbales, continuó con su táctica de intentar aplazar este tema vital. El asunto de los bienes del partido fue resuelto finalmente por el referéndum de noviembre de 1989, iniciado por la Alianza de los Demócratas Libres. El 95 por ciento de los votantes húngaros que participaron en el referéndum votaron a favor de una revisión fiscal obligatoria de los bienes del Partido Comunista y de su retorno a la supervisión estatal.
18. Timothy GARTON AsH denominó a las revoluciones de 1989 «revoluciones de los medios de comunicación». ‘The Revolution of the Magic Lantern», The New York Revjew of Books, vol. XXXVI, núms. 21-22, 18 de enero de 1990, p. 48.

La cuarta ola: revoluciones posmodernas

ria en Leipzig producía un impacto tan importante sobre la muchedumbre en Praga? En primer lugar, obviamente, porque la gente vio que ni se disparaban las ametralladoras ni rodaban los tanques soviéticos, y podía extraer sus propias conclusiones de ese hecho. En segundo lugar, la terrible sensación de aislamiento, un gran aliado del expansionismo soviético, el miedo a obrar por su cuenta que atenazó a los húngaros en 1956 y a los checos en 1968, se disipó gracias a las escenas de la pantalla. Pero existía también un tercer factor, el que Castoriadis denominó «la institución imaginaria de la sociedad». Esto es mucho más que una fantasía; es un poder físico, y cuanto menos papel desempeñan la fuerza y la violencia en la política, mayor será la contribución de la «institución imaginaria».


La influencia arrolladora de los medios de comunicación sobre los acontecimientos fue un signo del grado en que la revolución de 1989 tuvo lugar en el nivel de confrontación entre la libre autodeterminación del pueblo frente a la pérdida de identidad de los gobernantes. Los medios de comunicación crearon una imagen de sincronización histórica, la impresión de que las acciones habían sido concertadas de algún modo, lo cual tan sólo se hizo en realidad en virtud de esa imagen de sincronización que millones de personas recibían diariamente. La pantalla de la televisión también presentaba un contraste simple, casi en blanco y negro, entre el poder absoluto de ayer, en esos momentos a la deriva, sin brújula, y la legitimidad auténtica depositada en el pueblo. Es más, despojó al poder absoluto de una de sus armas más importantes: las deliberaciones y decisiones secretas. Aun cuando el «poder real» continuaba ocultando, obviamente, una importante parte de sus verdaderos planes y motivos, sus portavoces en la pantalla tenían siempre algo que decir en relación con todo, y cualquier cosa que dijeran resultaba ser su ruina. Esto se veía magnificado debido a que el lenguaje de dominación de ayer, el famoso «chino del partido», el único que podía utilizar el aparato, había sido hecho a medida para una audiencia que no tenía permitido responder o retar, y de la que no se requería entusiasmo, tan sólo se le pedía que acatara las órdenes. Los medios de masas se convirtieron, por lo tanto, en un vehículo de comunicación que, al progresar las revoluciones, fue independizándose más y más de la dominación.

La lectura típica occidental de las revoluciones de 1989 es la siguiente: estos países y sus pueblos han retornado a la historia «normal». Si bien esto es correcto en un sentido, en el de la «anormalidad» de los regímenes totalitarios, en otro sentido es tan sólo la mitad de la historia. La otra mitad, que se ha perdido en los comentarios condescendientes, es la autoconciencia pos- moderna de estas revoluciones. La conciencia que emana de los acontecimientos de 1989-1991 al igual que de sus consecuencias, hace más comprensible una importante, pero a veces oculta, tendencia occidental.


Esta tendencia se hizo bastante transparente durante los debates del bicentenario de la Revolución Francesa que, irónicamente, terminaron en el mismo momento de la historia en que llegó la respuesta a cuestiones no resueltas: en el verano de 1989. La teoría más ambiciosa del bicentenario, la tesis de Furet del «final de la Revolución»,’9 necesitaba realmente la cuarta ola para su realización práctica. El objetivo de Furet era la restauración de la superioridad de la primera ola, con la libertad política en su pináculo, suprimida durante un largo tiempo por las narrativas que emanaron de la tercera ola, las revoluciones totalitarias. Pero los historiadores tan sólo pueden ver hasta donde alcanza su horizonte, y en el horizonte de Furet no había ningún acontecimiento que hubiera sugerido una ruptura práctica con la tercera ola y sus narrativas, ninguna revolución que hubiera resuelto el problema de reconciliar la primacía de la libertad con la preocupación por los problemas sustantivos. Con las revoluciones de 1989-1991 se ha constituido un nuevo hori 19 Véase la discusión sobre lo que realmente significa la tesis de Furet de que ya había terminado la Revolución Francesa, en Ferenc FEHÉR, ,,The Loss of the Revolutionai-y Tradition?, Disserzt, 1989. La concepción de FURET, esbozada en su magistral La Révolution: De Turgot a mies Ferry, 1770-1880 (París: Hachette, 1989), se apoya en la doble convicción de que la narrativa de la revolución no puede terminar con el fin de la vida natural de sus protagonistas. La historia continúa hasta que la Tercera República introdujo el sufragio universal, y completó con esta decisión el Sistema político sol generi.s de la modernidad. No obstante, una vez alcanzado esto, la revolución llegó a su fin, y ya no hay lugar para más revoluciones en la modernidad. El hecho de que Furet no pueda ver ninguna originalidad en las revoluciones de la cuarta ola se debe a esta convicción casi dogmática. Fue Ralf DAHRENDORF quien presentó y criticó el Comentario de FURET, en Reflectjo<>s 00 Oie Revoiutio(New York: Random House, 1990).

zonte, un nuevo entendimiento de nuestra era, una nueva historicidad.


En una acción que tuvo un impacto radical, pero que rechazó en su «ideología» todos los estigmas del radicalismo político, las revoluciones de la cuarta ola cuestionaron un sentimiento vital dominante de la modernidad, el de «estar en la estación de ferrocarril».20 El impaciente anhelo de los modernos por la trascendencia absoluta, a menudo emparejada con la búsqueda de la redención, hizo permanentemente en tránsito la vida en la modernidad. Obligó a la gente a esperar constantemente al próximo tren con destino hacia un futuro sin especificar, mientras cualquier apreciación del presente parecía equivaler a un compromiso con la trivialidad.
Un fuerte impulso antiulópico y una hostilidad hacia la Historia escrita con H maviíscula son los rasgos distintivos de las tendencias intelectuales entre los disidentes de las sociedades de tipo soviético que, durante decenios, han estado preparando el terreno para el progreso. En los escritos teóricos e históricos de la oposición,21 la utopía ha sido identificada como el deseo destructivo de trbscender la modernidad a cualquier precio, para lo cual ni la vida de las presentes generaciones ni las tradiciones del pasado merecen consideración o clemencia alguna. Las implicaciones filosóficas de esta postura antiutópica no pueden ser discutidas pquí. Sin embargo, su significado teórico- político es claro. La oposición intelectual de las sociedades de la Europa del Este entendió, con tanta claridad como sus colegas en la comunidad intelectual occidental, que la búsqueda del «progreso universal», ese sello de la modernidad, puede desencadenar indiferencia e incluso brutalidad hacia la vida del presente. La renuncia característicamente posmoderna a la idea de «progreso universal» tuvo algunas implicaciones políticas en la disidencia oriental que resultaron ser muy similares a las que prevalecieron en Occidente en la generación posterior al 68.
20. Véase »Eastern Europea “Glorious Revolutioris”». (Hay traducción al castellano: ‘21 El mayor crítico filosófico de la utopía (en Marx y el marxismo, incluyendo su rama crítica) ha sido Leszek KOLAKOWSKI, a través de sus escritos de las dos últimas décadas. Su ataque antiutópico dio ímpetu a una de las interpretaciones más originales de la historia soviética, M. HELLER - A. NEKRICH, L’uropie ao pouvoir (París: Calmann-Lévv, 1985).

La hostilidad hacia la Historia con mayúscula es el mensaje explícito de La insoportable levedad del ser de Kundera. Sabina, la pintora checa, que fue educada bajo el mandato del puño de hierro de la Historia, aborrece la Historia; para ella, sólo es un desfile interminable y sin alma. En cambio, para su amante, el occidental cosmopolita de la generación del 68, la Historia tiene un atractivo irresistible: <‘Era precioso celebrar algo, reivindicar algo, protestar contra algo; no estar solo, estar al aire libre y estar con otros. Las manifestaciones que bajaban por el bulevar Saint Germain o desde la plaza de la República a la Bastilla, le fascinaban. La masa marchando y gritando era para él la imagen de Europa y su historia. Europa es la Gran Marcha. Marcha de revolución en revolución, de lucha a lucha, siempre adelante.» Y el rechazo de la Historia del otro protagonista checo, Tomás, tiene todavía más peso, porque proviene de un escepticismo metódico, no sólo de una aversión privada: «Einmal ist keinmal. Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido nunca. La historia de los checos no se repetirá por segunda vez, la de Europa tampoco. La historia de los checos y la de Europa son dos bocetos dibujados por la fatal inexperiencia de la humanidad. La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá.» 22* Aunque esta cita podría haber sido extraída de alguno de los escritos más recientes de Havel, la complejidad de esta novela en forma de heraldo escéptico de la cuarta ola sería infraestimada si se identifica a los protagonistas checos con la voz de la Europa del Este (y si se hace de Franz un occidental representativo). En la confrontación de la Europa occidental y la oriental en el 68, los tipos de experiencias respectivos se encontraban en el curso de una colisión. Pero la nueva conciencia, que será el principio posmoderno de autoentendimiento en la cuarta ola, no es idéntica a ninguno de ellos. El loco apasionamiento de la Europa occidental por la Gran Marcha de la Historia necesitaba el enfrentamiento con la sensata experiencia de la Europa del Este, la experiencia de aquellos países que vivían en la estación


22. Milan KUNDERA, The Unbearable Lightness of Beiog, traducción de Michael Henry Heim (New York: l-Iarper and Row, 1984, 99, 223).
* Para estas citas he utilizado la traducción desde el checo de Fernando de Valenzuela La insoportable levedad del ser, Milan Kundera, Tusquets Editores, Barcelona 14a. edición, 1987, pp. 105-106 y 229. (N. dela T.)

terminal en la que la Gran Marcha se detuvo absoluta y grotescamente. Pero los europeos orientales escribieron un nuevo y vital capítulo de esa misma Gran Marcha, a pesar de que se encontraban mentalmente saciados con la sensación de la levedad de la historia. A partir de ese momento, este capítulo pertenece a su autoconciencia en la misma proporción que su visión escéptica del Gran Carnaval.


Corroborada por la objeción posmodernista europeo-oriental de la Gran Marcha, en la mente de la oposición que encabezó las revoluciones de 1989-1991 se ha recopilado una «pequeña lista» de la grandes narrativas prohibidas. He aquí un ejemplo: «socialismo» (y, por implicación, «capitalismo»), «la tercera vía», «ateísmo», «fundamentalismo religioso», «progreso universal», «el fin de la alienación», «la decadencia de Occidente», «el fin de la prehistoria», y otras varias por el estilo. Las tesis aquí recogidas no han desaparecido por completo, al menos no todas ellas. En cualquier caso, ya no funcionan como una gran narrativa que puedan integrar las pautas dominantes de la acción política.
Al renunciar a la gran narrativa, el papel del intelectual ha sufrido un cambio igualmente drástico. Esto parece ser una afirmación atrevida, ya que en ninguna otra parte del mundo desempeñan los intelectuales un papel tan crucial en la política, ocupando los puestos de presidentes, primeros ministros, miembros de gabinetes gubernamentales y parlamentarios. Su presencia casi hipertrófica parece ser, en parte, la continuación del papel «profético» de la intelligentsia en la misma región en que fue acuñado el término, y en parte la confirmación de la bien conocida teoría de Konrád y Szelényi sobre «el poder de clase de los intelectuales».23 Sin embargo, la función del ropaje anticuado utilizado por los intelectuales en la Europa del Este tras 1989 (un ropaje que pronto será utilizado por muchos intelectuales de la Unión Soviética después de 1991) es considerada nueva (o posmoderna). Aquí los intelectuales se han visto curados de su enfermedad tradicional, casi profesional: el culto de los héroes, políticamente pernicioso. Además, la gran era de la vanguardia y de la función redentora del intelectual ya ha acabado. Porque ningún intelectual puede jugar ya el papel redentor sin una gran narrativa adecuada, y también, a la inversa, las
23. George K0NRÁD - Iván S/.ELóNYI, Pie Iniellecti(New York: Harcourl, Jovanovich and Broce, 1982).

grandes narrativas de tipo redentor-holístico son creadas por los profetas intelectuales.


Las revoluciones posmodernas de la Europa del Este y la URSS han acabado con la muerte en la misma forma del texto y de los guionistas. La intelligentsia, cuya personificación es quizá Vaclav Havel, puede ser mejor entendida en los términos de la interesante teoría de la posmodernidad de Z. Bauman24 que en los de las teorías de Mannheim o Konrád-Szelényi. Ciertamente sus integrantes no son ni profetas ni «legisladores»; quizá sean «traductores». Ya que, a falta de grandes narrativas unificadoras, han de traducir un minidiscurso en otro.
3. La cuarta ola: la primacía de la libertad
La preocupación en los antiguos regímenes de tipo soviético por el bebé empapado del agua del baño al sacarlo de éste se oye a menudo hoy en día, y no sólo en boca de los comunistas no reconstruidos. En esta metáfora, el agua sucia es unida metafóricamente a la faz pragmática de los regímenes comunistas, que pocos intentan ahora defender, y el niño inocente que debe ser salvado representa los llamados «logros colectivistas» o «socialistas». Es ésta una forma fundamentalmente falsa de entender la sociedad de tipo soviético construido por sus fundadores, sobre todo Stalin, de un modo consistente. En esta sociedad no existen derechos, únicamente asignaciones hechas al pueblo por un gobierno omnipotente; ninguna obligación legítima, sólo órdenes arbitrarias; ninguna propiedad colectiva, tan sólo la propiedad corporativa de la élite en el poder. En estas sociedades no puede ser cambiado ningún elemento sin cambiar el conjunto, por tanto, nada puede ser «salvado». El conjunto debe ser demolido para que surja una constitutio libertatis, y esto es lo que está comenzando a ocurrir en la Europa oriental y en la Unión Soviética.
La emancipación del individuo y de la riqueza social, en la actualidad en la agenda de la región, será una respuesta precisa a la «mancipación», a la forma en la cual se ha desarrollado el sistema.25 El término judicial romano implica un mé 24 Zygmunt BAUMAN, Legislators aod Interpreters (Towards a Sociologv of Post-modero itv) (Cambridge-Tthaca: Politv Press-Cornell Liniversity Press, 1988).

todo, aplicado primordialmente a la tierra, el ager publicus. Significa «poner las manos sobre algo y poseerlo desde ese momento», en síntesis, apoderarse del botín sin ser penalizado. La «mancipación» era la forma en la que la élite bolchevique, en el interregnum legal autoincurso, se apoderó prácticamente de todo: la tierra, sus productos y los recursos en ella existentes; la mano de obra; los denominados «medios de producción» al igual que lo que se producía. Por consiguiente, en el sentido más estricto del término, la e-mancipación se encuentra en la agenda. Prácticamente, la nueva sociedad no puede establecerse si no es a través de un acto de e-mancipación, es decir, bajo la primacía de la libertad.


La e-mancipación implica la liberalización de la tierra, de la fuerza de trabajo y de las unidades de producción, del cautiverio en que han sido mantenidas hasta ahora por la «dictadura sobre las necesidades». También significa la creación de instituciones políticas libres, y, con ellas, de ciudadanos libres. Pero existe una prioridad en este proceso. Si la primera parte del programa de e-mancipación es llevado a cabo por cualquier otro que no sean los nuevos ciudadanos, una de las conocidas antinomias, el resultado será una libertad creada sin libertad. Por lo tanto, debe ser realizado bajo la primacía de la libertad:
los ciudadanos tienen la prioridad, la e-mancipación de la riqueza nacional viene después.
Aunque el proceso de e-mancipación parece ser una cre atio ex nihilo bastante arbitraria, las revoluciones se enfrentan a ciertas tradiciones a las que deben hacer honor o al menos tener mínimamente en cuenta. A su vez, esas tradiciones establecen un límite temporal pasado el cual esta autocreación no puede desarrollarse. La primera de esas tradiciones fue establecida por las reformas agrarias o revoluciones del período inmediatamente posterior a la guerra. En la Europa del Este parece prevalecer cierto consenso, reconociendo que la e-mancipación de la tierra (de la esclavitud de la agricultura colectiva impuesta sobre los campesinos) que vaya más allá de ese límite temporal sería reaccionaria. De hecho, la definición de «reacción» en la Europa del Este es no tener en cuenta este límite temporal (establecido para la tarea de e-mancipación). Por otra parte, existen dudas sobre si tal tradición y un límite temporal aún existen en la Unión Soviética. La brutal destrucción por parte de Stalin de la estructura de las aldeas entre 1929-1933, una catástrofe cuya magnitud fue comparada por Alec Nove

con la invasión de los mongoles, pudo haber tenido tanto éxito que haya borrado de la memoria colectiva la imagen de un tiempo en el que el campesino había tomado la tierra para su propio provecho. Otra tradición semejante que pareció contar con un cierto apoyo tras la guerra, e incluso en los años cincuenta, pero mucho menos en la actualidad, es la demanda de la denominada «propiedad pública» (en oposición a la propiedad privada-capitalista). Esta tradición no era propiedad exclusiva de los comunistas. Incluso demócratas tan radicales y enemigos del comunismo, como István Bibó, defendieron el principio de la «propiedad pública», en su proyecto de Constitución de Hungría en 1956.26


Si la e-mancipación tiene lugar auténticamente bajo la primacía de la libertad después de las victoriosas revoluciones de 1989, deberá excluirse una sola de las opciones posibles, y elegir una de las tres siguientes. La opción excluida sería la de mantener intacta la propiedad del Estado, a pesar de la eliminación del poder monolítico del Partido Comunista y de la introducción del pluralismo político. Pese a estas dos últimas condiciones, ésta no sería una opción bajo la primacía de la libertad, porque en todos los países de la Europa del Este (y probablemente también en la Unión Soviética) una parte de los denominados «barones rojos» se han convertido en los propietarios reales, aunque no nominales, de fábricas y empresas. El mantener intacta la propiedad estatal sólo supondría una mayor legitimación de esa propiedad corporativa descontrolada e incontrolable (porque sería legalmente indefinible). Las tres opciones posibles en el marco de la primacía de la libertad son las siguientes: reprivatización total, junto con la creación de una clase empresarial interna como propietarios yio vendiendo parte de la propiedad estatal a inversores extranjeros; una economía mixta, conservando una gran porción de propiedad estatal, pero actuando esta última en el mercado como una empresa privada; 27 y un sistema global de autogestión. Esta última opción no puede ser declarada «imposible», tal y como lo ha hecho, de un modo bas 26. Véase el análisis del Proyecto de Constitución de Bibó en HEIiER-FEUER, From Yalta to Glasnost, en el capítulo tante arrogante, el programa-declaración de la Alianza de Demócratas Libres Húngara.28 Pero aunque un sistema generalizado de autogestión puede tener méritos colectivistas, y aunque no es una antítesis de mercado, tal y como creían los románticos marxistas, es un sistema de gestión muy poco eficiente, con una tendencia interna a aumentar la espiral de los costes laborales y a incrementar la inflación.29


En cualquier caso, ni una propiedad estatal global ni una propiedad estatal parcial (mixta) ni, finalmente, una autogestión global son equivalentes a la «propiedad pública». El Estado no puede, como propietario general ficticio, ni en su forma totalitaria ni postotalitaria, defender «lo público» o la «sociedad». Lo que verdaderamente defiende es la propiedad —real pero no nominal— de una empresa que, precisamente porque es su propietario «real pero no nominal», opera clandestinamente, al margen de la ley. Su propiedad es un factor económico sumamente irracional. De ahí se deduce que la participación del Estado en un sistema mixto considerado como «propiedad pública» habrá de ser aún menor. Las fábricas o empresas, cuando legalmente están reconocidas como propiedad del Estado, tienen la condición de fideicomisos. Como tales, este tipo de propiedades puede ser tanto un factor social muy positivo como un obstáculo para diversas estrategias económicas razonables, pero nunca el núcleo de una futura «propiedad pública». Finalmente, <‘la propiedad pública» y el sistema generalizado de autogestión tampoco son idénticos. El conjunto de grupos de autogestión no son «el público» o «la sociedad como tal» sino «todos los grupos de autogestión más sus interrelaciones y las relaciones con la sociedad ajena a ellos». Pero de este colectivo no puede derivarse ningún sujeto legal inconfundiblemente identificable que pudiera llamarse «propietario público». Y el funcionamiento de la economía sometido a normas legales no es compatible con la existencia de sujetos legales puramente ficticio-mitológicos.
Si la e-mancipación abandona el propósito de intentar perseguir el fantasma de un «propietario público», y si hubiera en la Europa oriental un deseo político considerable de establecer le 28 A reodszervcíltds prograrnja - SZDSZ, ibid.
29. Alec NovE, The Política? EconoLondres: Macmihan, 1969, pp. 122 y ss.

galmente formas de propiedad distintas de las que nos encontramos en el modelo liberal puro, la ciudadanía económica llegará a ser una seria cuestión política. La «ciudadanía económica», un término ausente en el vocabulario liberal, sólo puede establecerse en el proceso de negociación de «reglas de transacción entre el Estado, el mercado y el ciudadano».3° La tesis de las reglas de transacción tiene, en primer lugar, la ventaja metodológica de evitar las trampas inherentes al contraste «sociedad frente al individuo». Ni la entidad mitológica denominada «sociedad» ni la entidad extremadamente abstracta denominada «individuo» (que nunca puede ser entendida en completo aislamiento) establecerán aquí las reglas del juego; en su lugar, lo harán los actores de carne y hueso: hombres y mujeres que dejan atrás momentáneamente su papel en la división funcional del trabajo y actúan como «personas en la política», junto con funcionarios del Estado y, finalmente, agentes empresariales. En segundo lugar, dado que las reglas de transacción son por definición históricamente concretas, no sólo serán también históricamente concretos y diferentes los tipos de Estado y los tipos de mercado (mercados) que resulten de ellas; al menos teóricamente, nada puede tampoco excluir la posibilidad de diferentes tipo de ciudadanía, entre ellos la ciudadanía económica.


La ciudadanía económica, que parece ser el único sustitutivo razonable para la ficción de la propiedad pública, puede ser puesta en práctica de tres formas sin infringir las libertades civiles (incluyendo las libertades empresariales) y sin destruir la economía de mercado. En primer lugar, esto puede conseguirse mediante la acción de los ciudadanos que influyen en la legislación y en el Estado. Esto se da en todas partes en la modernidad, pero existe un grado óptimo de intervención política cuando ésta llega a ser más que la de un grupo de presión, cuando alcanza el umbral de la de toda la ciudadanía, sin los efectos negativos anteriormente mencionados. Para conseguir esto deben establecerse, en el curso de las negociaciones (o las re-negociaciones) de las reglas de
30. Ira KATZNELSON propuso el marco conceptual para entender las sociedades modernas en términos de ón racional, en su ponencia titulada ‘States, Markets, Citizens (New School for Social Research, 3 de mayo de 1989).

transacción, un tipo de Estado y un tipo de mercado que sean sensibles a la intervención ciudadana. En segundo lugar, la ciudadanía económica puede lograrse mediante la copropiedad de una unidad económica (por ejemplo, una empresa autogestionada); y, en tercer lugar, haciendo general el sistema de Mitbestimmung, o al menos en una estipulación constitucional que pueda ser generalizable.


La e-mancipación bajo la primacía de la libertad y en forma de negociación de las reglas de transacción entre el Estado, el mercado y los ciudadanos promete ser un proceso que introduzca cambios drásticos en el vocabulario y el autoentendimiento de la política moderna. En síntesis, reformulará la bipolaridad tradicional de la política moderna organizada en «derecha» e «izquierda». Aunque los regímenes políticos europeos orientales, que están estableciéndose sobre las ruinas del totalitarismo, pueden convertirse en los pioneros de este cambio como resultado de una tabula rasa casi completa, la tendencia se ha desarrollado bastante bien en la política de la Europa occidental, principalmente en Francia e Italia. Esto no quiere decir que la distinción tradicional en la política europea durante dos siglos, «derecha» e «izquierda» —términos binarios de autoidentificación de los actores que se han extendido por todo el mundo— haya sido, o haya llegado a ser ahora, un completo sin sentido. Pero sí que significa que el nuevo espacio político que va a ser organizado en torno al vacío postotalitario requiere nuevas guías y nuevas señales de dirección, diferentes de las señalizaciones de ayer que sólo mostraban las direcciones derecha e izquierda. 31
El único elemento de consenso que, probablemente, surgirá en las nuevas democracias tras la finalización de la cuarta ola será el consenso en torno a la primacía de la libertad. Sobre esta base, el proceso, que ha sido denominado filosóficamente el «debate interpretativo de la valiosa idea de la libertad», podrá evolucionar.32 En términos espaciales, los participantes en este debate formarán un círculo (o cualquier otro tipo de espa 31 Lo que sigue aquí implica una seria reconsideración de nuestra posición anterior tal y como se explica en Eastern Left-Westero Left (Freedorn, Democracv, Totalitarisrn) (Cambridge-White Plains: Polity Press - Humanities Press, 1988).
32. Agnes HELIER, Radical Philosophy, Oxford: Blackwell, 1984.

cio cerrado) que englobará a todos aquellos, esperemos que la mayoría, para quienes la primacía de la libertad no puede ser puesta en duda, aun cuando la interpretación de la libertad de todos los que estén dentro del círculo (el espacio cerrado) varíe de persona a persona. (Esto último es obviamente un caso extremo e hipotético.) Todos aquellos que se sitúen a sí mismos en el exterior del círculo, quienes, por tanto, cuestionan la primacía de la libertad desde la posición de cualquier valor sustantivo (desde la supremacía racial hasta la dictadura del proletariado) serán adversarios políticos en un mismo grado. En los términos de la cultura política tradicional, es posible clasificar a los que se encuentran fuera del espacio cerrado como derechistas o izquierdistas. Lo que es más importante, podría hacerse una distinción entre ellos según la gravedad actual del peligro que representan para aquellos que están en el espacio cerrado. Pero la hostilidad hacia los que hayan cuestionado la primacía de la libertad no será de por sí ni «izquierdista» ni «derechista».


Pero, ¿qué sucede con las divisiones en el seno del espacio cerrado? ¿No es legítimo funcionar con las distinciones de «derecha» e «izquierda» precisamente en el espacio social que cuenta, el que dominará el futuro de las nuevas democracias? Si tomamos de nuevo, como punto de partida, las «reglas de transacción» y, además, si tratamos de ilustrar las formas de interacción entre los principales elementos, así como las combinaciones significativas de estas interacciones, obtendremos los siguientes cuadros:
1. ESTADO-MERCADO

42


43

A

B

C

Libertad ilimitada

Fuertes prerroga-

El Estado como

del mercado. Diná-

tivas del Estado

guardián, mantiene

mica dominante:

sobre ei mercado.

el equilibrio; énfasis

emana del merca-

Dinámica domi-

político general en

do.

nante: énfasis es- tatal en la redistrí- bución.

el mercado; pero carece de una dinámica dominante.






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