Las olas revolucionarias 2 la cuarta ola cómo ocurrió 11



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Ágnes Heller, Ferenc Fehér

EL PÉNDULO DE LA MODERNIDAD

UNA LECTURA DE LA ERA MODERNA DESPUÉS DE LA CAÍDA DEL COMUNISMO

Editorial península Segunda edición 2000



1. LAS OLAS REVOLUCIONARIAS 2

LA CUARTA OLA Cómo ocurrió 11



ESTADO - CIUDADANO 35

El fin del comunismo 49

Movimientos socialistas y justicia social 90

INTRODUCCIÓN: INTERPRETANDO LA MODERNIDAD MIENTRAS EL PÉNDULO OSCILA 105

Por qué la libertad es devorada por la razón —en la Historia—: relectura de Merleau-Ponty durante los días de la Revolución Soviética 154

EXPERIMENTANDO CON EL CUERPO: POLÍTICO Y SOCIAL 168

DESPUÉS DEL DESPLOME: ¿HACIA DÓNDE VA LA MODERNIDAD? 197



1. LAS OLAS REVOLUCIONARIAS


1. La primera ola: las revoluciones de dos nuuidos
El estallido de las dos revoluciones del Nuevo y el Viejo Mundo, que ha definido nuestra geografía política hasta nuestros días, tuvo lugar en una sola década. Hoy en día existe una persistente tentativa de separar la Revolución norteamericana de la Francesa, basándose primordialmente en el prejuicio (objetivamente sostenido por una gran cantidad de material histórico) de que las revoluciones se refieren a la «cuestión social», y que tienen muy poco que ver con lo que Hannah Arendt denominó constitutio libertatis, el fundamento de la libertad política. Sin embargo, esto parece ser o bien una tendenciosa mala lectura retrospectiva de los anales o bien un exceso de generalización de algunas experiencias históricas. Al menos en la mente consciente de los actores de ambas revoluciones, esas violentas rupturas de la continuidad tenían una misión primordial, quizás única: la creación de las formas modernas de libertad política, «el Estado libre». Se suponía que una vez que se hubiera hecho esa labor, la revolución estaría acabada. Fue una auténtica conmoción para los protagonistas del drama francés descubrir que las «cuestiones adicionales», es decir, las cuestiones sociales y nacionales, también debían ser incluidas en la agenda política. Además, al menos en la conciencia de los revolucionarios franceses, estas «cuestiones secundarias>< pronto revelaron ser los prerrequisitos absolutos de la libertad. Y para los radicales, le bonheur du peuple llegó pronto a ser más importante que la libertad. Este conocido volte-face, que dio lugar a la dictadura jacobina, destruyó la recién estrenada libertad política, y provocó en los ojos de la posteridad la visión de que la revolución era un ciclo imparable de luchas mortíferas y una tiranía más eficiente disfrazada de imperio de la libertad. Fue en este sentido que, en escritos históricos y en la teoría política posteriores, el cataclismo francés fue considerado corno una auténtica revolución. Simultáneamente, la fundación de la república norteamericana parecía necesitar de otra denominación, diferente de la del espantoso acontecimiento llamado «revolución». Pero este entendimiento de los terremotos políticos regularmente recurrentes es, con riesgo de ser redundante, una evidente ignorancia del deseo revolucionario primordial, que no era otro que anunciar
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la era de la libertad de los modernos. La reacción alérgica de tantos analistas modernos, al incluir «la cuestión social» en la agenda política de las revoluciones, tampoco es una garantía para la preservación de la libertad, Al no tomar en consideración el problema de la esclavitud, a la vez política, legal y social, la república norteamericana condenó durante un siglo a una considerable parte de su población a una «falta de libertad» de la peor especie.


No obstante, el reconocimiento de ta cuestión social como políticamente legítima tuvo un impacto crucial en la temporalidad de la revolución, como muy bien quedó tipificado por la metamorfosis política del ejemplo francés. A partir de un solo hecho, un punto en el tiempo, se ha creado un ciclo cuyo límite resulta difícil de ubicar. En el caso francés, la traducción de los problemas sociales al lenguaje político dio lugar a una «experimentación con el arte de gobernar» cada vez más febril, durante la cual el estado liberal inicial fue rápidamente descartado en beneficio de una moderna dictadura protototaljtarja La dictadura, a su vez, fue prontamente reemplazada por un cuasiparlamentarismo autocrático y, finalmente, por un régimen moderno carismáticopersonal
Algunas de las pertinentes y continuas preocupaciones de la historiografía han sido generadas tanto por las investigaciones persistentes sobre la duración de la vida real como por el punto de conclusión de las revoluciones 2 El término «revolución» se ha extendido gradualmente desde un ciclo o hecho aislado hasta el conjunto de la era moderna. La Gran Revolución introdujo
—con su desarrollo incompleto y su ejemplo inmortal que pide imitación, con su abundancia de nuevos problemas, política 1 Hannh Axp planteó el problema del carácter »1ibejjcjda« de la inclusión de las <‘cuestiones sociales» en la agenda política, en On Revohution (Nueva York: Viking Press, 1959). Desde entonces, ha sido un tema muy debatido. Véanse los comentarios crít>cos sobre sus puntos de vista en Ferenc FEHER, >‘The Parjah and the Cjtjzen’ On Arendt’s Politjcal Theoi en G. T. KAPLAN c. S. KESSLER, eds. Hannah Arendt: Thinking, Judging, Freedom Sydney-wellington LondonBoston. Allen and Unwin 1989, y en Ferenc FEHgR, ‘>Freedom and the “Social Question” (Arendt’s Theot’ of the French Revolution)<,, Boston: Phjlosophy auid Social Critici5n>, 1987, núms. 1-24.
2. La audaz innovac>n mctodológ>ca del >puu rna>iun de Francois FLRET, L Révolut,o0 - De Turgot a fules [cm’, 1770-1880 (París: Hachette 1989) consiste en extender el periodo rco]ucJojjarjo más aPa de la vida natural de sus protagonistas.

mente legitimados pero nunca resueltos— el autoentendimiento de la edad moderna como un continuum de revoluciones políticas, sociales, científicas, industriales y culturales. La definición del radicalismo se convirtió en algo equivalente a la disponibilidad para continuar con el proceso permanente de las revoluciones; el conservadurismo pasó a ser el equivalente al deseo de terminar el proceso en un momento arbitrariamente establecido. Además, el respaldo a la «revolución» fue, independientemente de la afiliación política de los actores y observadores (con la única excepción de la literatura contrarrevolucionaria orgánico-romántica), equivalente a la aceptación de la modernidad, esa creación «artificial» por comparación con el antiguo régimen «orgánico».


La extensión geopolítica de la primera ola fue limitada, y, al menos en un sentido directo, los temblores del terremoto sólo alcanzaron a estos dos grandes países. Fuera de sus fronteras, como afirmó Kant, únicamente «el espectador» sufrió la sacudida. Y el espectador fue casi siempre invariablemente una élite intelectual, incapaz de llevar a cabo acciones políticas. «Europa» como un sistema, al ser transformada de una familia de dinastías en una congregación de naciones soberanas,3 se implicó en la revolución sólo en forma de guerra revolucionaria. Y dado que esta última se llevó a cabo bajo el liderazgo de un moderno príncipe carismático, la tarea principal de la revolución, que era el establecimiento de la formas modernas de libertad política, sólo podría realizarse como mucho de manera indirecta. Del legado revolucionario únicamente han trascendido a las naciones espectadoras algunos aspectos de la «cuestión social» y del problema de la soberanía nacional. En este sentido crucial, el nacimiento de la modernidad europea a través de la propagación de la revolución fue asimétrico desde el principio mismo. Solamente existe una excepción: la América española. Sin embargo, aunque el detonante fue la conquista napoleónica y el hundimiento resultante del imperio regido por la rama española de la dinastía borbónica, la rebelión republicana fue percibida por sus autores (tal y como inolvidablemente la describiera Carpentier en su obra El siglo de las luces) como el embrión de la revo 3 István BIBO, The Paralysis of international institutions and lls Remedies (.4 Study of Self-Determination, Concord Arnong the Major Powers, and Political Arbitration), London: The Harvester Press, 1976.

lución. Como tal, únicamente se preocupó de la libertad política de una élite aristocrática (hasta el punto de un completo narcisismo social).


La modernidad, ese fruto de la tormenta, heredó de la primera ola un legado importantísimo y muy problemático: la narrativa revolucionaria. El ejemplo más visible del poder de esa narrativa de amplia divulgación fue la resurrección consciente del jacobismo en el bolchevismo y su dominio sobre la imaginación política del siglo xx.4 La era moderna cubrió con rapidez el camino desde la aceptación de la permanencia de las revoluciones como un hecho hasta el postulado filosófico de la generación sintética de las mismas. Así fue como el revolucionario profesional se convirtió en un filósofo diletante, pero de gran nlluencia. Su política se basó en la filosofía, y nos prometió nada menos que la realización de las promesas de la filosofía, la conclusión de la prehistoria y la entrada en «la historia real».
2. La segunda ola: 1848
Las 1-evoluciones de 1848, que en conjunto constituyeron una cadena de agitaciones sociales a lo largo del tablero político, sufrieron un extraño tipo de autoengaño. Los proyectos que conscientemente quisieron copiar, en ocasiones con una pedantería paródica, lueron elaborados en 1789 y 1793 respectivamente según la elección del actor. Pero el curso que los acontecimientos siguieron normalmente no era otro que el de la revolución nacional y social. Incluso su dinámica tenía una simetría igual a la de un espejo con respecto al gran modelo. Rápidamente se radicalizaron en ambos polos. En el representativo caso francés, una temprana revolución radical proletaria se enfrentó en 1848 a un Lumpenproletariat prefacista vestido con el uniforme de la garde mobile. Pero incluso en aquellos países en los que la modernidad se encontraba en una etapa embrionaria, surgió un radicalismo cuasimoderno (en su mayor parte de izquierdas), del que fue un claro ejen-iplo el comunismo teórico alemán. Pero desde este estado de radicalismo, las revoluciones de 1848 die 4 La mejor descripcián la transformacjon bolchevique de la narratixa jacobina clásica es la de Tamara KO\DR 1 1hV4,

ron marcha atrás; algunas veces sólo en la forma del legado que dejaron tras de sí, es decir, hacia la admisión del liberalismo. Estas revoluciones aceptaron sinceramente la herencia de 1789, la del establecimiento de la libertad política de los modernos. Pero, en su mayor parte, los revolucionarios estaban preocupados por lo social o, en mucha mayor medida, por la cuestión nacional. Su grandeza fue un auténtico respeto hacia la libertad política; su debilidad fue hacer la política de un nacionalismo triunfante al mismo tiempo que fracasaban miserablemente en el área de la cuestión social. Detrás de los republicanos idealistas, una burguesía socialdarwinista se inclinaba a ser gobernada temporalmente por generales y dictadores plebiscitarios antes que financiar las primeras formas del Estado del bienestar, que eran los talleres nacionales fundados para los desempleados. De igual forma, en los países más retrasados, una nobleza liberal pero socialmente egoísta se inclinaba más a comprometerse con el pasado dinástico —en detrimento de la independencia nacional—, que a otorgar las más mínimas concesiones al campesinado en el problema de la tierra. La crueldad de la burguesía social-darwinista generó un tipo de radicalismo proletario en el que la libertad política apareció como una libertad fingida. La combinación de todos estos elementos dejó a la política europea una herencia explosiva y desagradable.


Las revoluciones de 1848 hicieron aflorar una contradicción sintomática de la política moderna. Por un lado, los temblores desencadenados por estas revoluciones ya estaban repercutiendo en un sistema global, en lo que entonces era considerado como el epicentro del universo político. En un sentido directo, la extensión geopolítica de la segunda ola fue mucho más amplia de lo que lo había sido la primera. Las revoluciones de 1848 no sólo influyeron en otras revoluciones, sino que también las generaron —la revolución de París, las de Viena, Italia y Hungría—. Se prometieron apoyo mutuo: París y Pest, la capital húngara, hicieron promesas a la Italia que se despertaba (promesas que luego habrían de ser traicionadas). Las respectivas buena y mala suerte de aquéllas le sirvieron a ésta de inspiración y le hicieron perder la esperanza. Los revolucionarios vieneses y húngaros observaron con talantes oportunamente variables la suerte cambiante de la Asamblea Constitutiva de Frankfurt. Todas ellas tuvieron tanto efecto sobre la Rusia zarista que su influencia fue valorada en sus círculos de poder como mani12

fiestamente subversiva. Al mismo tiempo, aunque las revoluciones se consideraban nacional, y sus intereses entraban a menudo en colisión con los de otra nación revolucionaria, incluso frente al enemigo común que era la contrarrevolución conservadora.


A pesar de su derrota, la política de emancipación y unificación nacional se abrió paso y triunfó, aunque bajo un liderazgo político conservador que, a su vez, también tuvo que hacer concesiones a la legitimidad nacional en lugar de a la dinástica.5 Se introdujeron algunas primeras medidas que apuntaban en la dirección de la respuesta futura a la «cuestión social». Las figuras más inteligentes del conservadurismo posterior a 1848, principalmente Bismarck, sentían un gran desprecio por el capitalismo, si bien por razones diferentes a las del proletariado; en consecuencia, aceptaron e integraron en su régimen determinadas demandas de seguridad social de la clase trabajadora. La conceSión de Bismarck, a pesar de su decisivo intento de aplastar a la organización política de los trabajadores, dejó un imborrable impacto en la democracia social. La famosa, o infame, alternativa «reforma» o «revolución» nació precisamente bajo el período de la concesión de Bismarck y la derrota parlamentaria de su política represiva. Al mismo tiempo, la cuestión fundamental que había estado en la cresta de la primera ola, la de crear el marco adecuado para la libertad política moderna, continuaba sin ser resuelta. Hacia finales del siglo, Francia era la única democracia política europea, más o menos consistente, con una Constitución republicana.
El balance de las décadas que siguieron a la segunda ola fue muy contradictorio por lo que se refiere a la «conciencia revolucionaria». Por un lado, la idea misma de revolución como portadora privilegiada del cambio social arraigó con firmeza en todos los sectores de la cultura europea. Esta fue una importante innovación que Europa transmitiría con posterioridad al mundo. No todas las culturas están familiarizadas con el término (The Paralsj.ç, 25.

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lismo derechista y la revolución de derechas ya habían dado los primeros pasos de su andadura. Tanto en la izquierda como en la derecha, la re\olución se revelaba como la forma adecuada, valiente, consistente y radical del cambio social, y la reforma era su alternativa poco exaltante y pusilánime.
Al mismo tiempo, la idea revolucionaria fue más allá del énfasis de la primera ola; su principal tarea fue el establecimiento de formas adecuadas de libertad política para los modernos. De hecho, la revolución como proyecto perdió fuerza política y se dirigió más hacia el aspecto social y nacional; alrededor del fin de siécle, se convirtió también en una revolución cultural (hasta entonces otra innovación europea, que posteriormente habría de tener un gran futuro en otros continentes). En el mapa político aparecieron tendencias revolucionarias paralelas que lucharon unas contra otras con un odio visceral. Ya se estaban manifestando las orientaciones fundamentales de la tercera ola.
3. La tercera ola: las revoluciones totalitarias
La tercera ola revolucionaria surgió con el nuevo siglo: con el principio y ei fin de la Primera Guerra Mundial, que dejó tras de sí una completa desintegración política, principalmente en los países vencidos. El comienzo fue prometedor. En Rusia, todo el mundo había esperado desde 1905 el derrocamiento de una monarquía absoluta plenamente arcaica y opresiva; Febrero de 1917 parecía ser la repetición del espectáculo de 1905.6 Una vez más, la revolución se centró en la consecución de la libertad política, que, a todos los actores menos a uno, les parecía que era la llave para todos los problemas sociales no resueltos. Era un mito bolchevique el que se necesitara una segunda revolución para solucionar el problema social más importante de la Rusia prerrevolucionaria la cuestión agraria. Al mismo tiempo, en Alemania, pese a similares cuentos de hadas históricos fraguados a posteriori, el problema principal, al que hizo frente y estuvo dirigida la revolución de noviembre de 1918, fue la catástrofe nacional resultante de una estructura política insuficientemente libre (no demasiado democrática). Los problemas
6 Max WEBER, Wirrschaf und Ge$ellschaft, Tübingen, J. Mohr und Siebcck, pp. 420-432.

sociales, por ejemplo, la reforma agraria democrática asociada con la compensación por el reparto de las tierras entre los campesinos, el férreo control social sobre el sector milftar de la industria pesada alemana, junto con la profunda democratización y despolitización del Ejército, estuvieron de hecho muy estrechamente ligados a la modernización política. Sin embargo, en este sentido, y a pesar de la imaginación espartaquista, no era necesaria una «revolución social», sino el reforzamiento de una democracia alemana muy débil.


Como es bien sabido, el estimulante comienzo de la tercera ola fue llevado casi de inmediato a un completo parón por las primeras revoluciones totalitarias. El virulento odio entre los fascistas y los comunistas no podía disimular el hecho de que la «Italia proletaria» de Mussolini y la Rusia proletaria de Lenin habían nacido bajo auspicios muy similares. Tenían un objetivo común: la democracia, como la forma inadecuada de la modernidad. Tanto en la narrativa fascista como en la jacobino-bolchevique, la democracia era equivalente a un gobierno débil y a una hipocresía social organizada. Tras una década de esta atmósfera, la libertad política y la revolución dejaron de ser términos identificables; la revolución era o bien comunista o bien fascista. En cuanto al aislado caso español, donde surgió la única revolución democrática del período, resultó que ésta se vio ante el trágico dilema de ser derrotada por una contrarrevolución conservadora en complicidad con el totalitarismo revolucionario derechista, o bien ser devorada desde dentro por las fuerzas de la revolución totalitaria «de izquierdas».
Esta tendencia alcanzó su punto máximo de pesadilla con el pacto Stalin-Hitler. Durante un momento, pareció ser una estimación realista el que las dos ramas de revoluciones totalitarias se unieran y conquistaran el mundo entero. Ambas eran culturas revolucionarias par excellence y portadoras del cambio social. Ambas destruyeron el marco legal preexistente, que había sido mínimo en el caso bolchevique, y bien desarrollado en el caso fascista-nazi. Forzaron a las élites tradicionales a abandonar el poder y las reemplazaron por otras nuevas. (Esto se afirmó más en el escenario bolchevique que en el fascista-nazi.) Ambas modificaron drásticamente el statu quo ante, ya fuera en el sentido social o en el nacional. La revolución bolchevique destruyó la Rusia rural y produjo una sangrienta parodia de la modernidad: una revolución industrial que resultó excesivamente costosa en términos de vidas humanas y nada racional en términos de eficiencia económica. La revolución naLi llevó a Europa la colonización, el peor aspecto de la cultura europea, en su gran intento de hacer de Europa una colonia nazi. Tras el triunfo aparentemente irresistible del totalitarismo social y de las fuerzas nacionalistas-racistas, las palabras «libertad» y «revolución» parecían ir definitivamente por caminos distintos.
No fue del todo accidental, aunque ciertamente no ( desde el punto de vista hegeliano-marxista, el hecho de que, desde la Bruderzwist, la revolución social totalitaria resultara victoriosa sobre la revolución nacionalista-racista. Aparte de algunos factores geopolíticos cruciales, el secreto de la victoria bolchevique radicó en la superioridad de su narrativa.
La narrativa de la revolución social (totalitaria) era universalista y holística. Debido a su capacidad universalista, el proyecto bolchevique podía, al menos en principio, ser aplicado a todos los países y regiones. Por primera vez en la historia de la modernidad, los anuncios normalmente implícitos de revolucionar el sistema en su conjunto se convirtieron en un objetivo explícito y vigorosamente perseguido. El universalismo podía ser utilizado igualmente para mantener la falsa pretensión de ser un heredero de la Ilustración y del gran legado europeo. Éste es el motivo por el que Stalin pudo permitirse estar en la cúspide durante un período histórico, el de la Segunda Guerra Mundial, figurando como campeón de la libertad, mientras que este papel era inconcebible para Hitler o Mussolini. (Pero el peculiar carácter del totalitarismo de Mussolini no le impidió volver a los orígenes socialistas de su movimiento en el último período de su mandato, durante la República de Saló.)
El totalitario proyecto revolucionario social era igualmente holístico (más que la alternativa nacionalista-racista). Prometía una sociedad completamente nueva que trascendería radicalmente todo el marco institucional y la estructura social de la modernidad, y resolvería la «cuestión social» iii toto y para siempre; una sociedad que integraría institucionalmente a la humanidad.
Las limitaciones de esta narrativa se hicieron evidentes en las dos décadas posteriores al final de la guerra, cuando el totalitarismo bolchevique se había deshecho de su enemigo más peligroso y podía emprender su expansión. Entre las aparentes grandes victorias en Europa oriental y Asia, la fragilidad de las
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soluciones y el carácter ilusorio de la narrativa aparentemente invencible se hicieron demasiado evidentes. En una extraña metamorfosis, el totalitarismo nacionalista, que parecía haberle cedido terreno al totalitarismo social, volvió en la forma de los «comunismos nacionales» de Yugoslavia, China, Albania y Rumania. El conflicto entre estos últimos y el centro soviético fue irreconciliable, a pesar de la cuasi identidad de su estructura social y su narrativa. Este inesperado revés a la hora de su suprema victoria constituyó una sorpresa total para los dirigentes soviéticos. Aparentemente, el proyecto universalista no previó ninguna medida de emergencia para estos casos. Había subestimado enormemente la fuerza de la dimensión nacional, que se había visto forzada a la clandestinidad. Y sin embargo, un signo serio de la intensidad de la dimensión nacional fue el hecho de que en el período posterior a la guerra de Vietnam, cuando las grandes potencias hacían todos los esfuerzos a su alcance para mantenerse fuera de los conflictos militares y controlar las guerras dentro de sus sistemas de alianzas, el historial del totalitarismo social haya sido de constantes, aunque limitados, conflictos armados intrasistémicos. La guerra Ussuri entre China y la URSS, el enfrentamiento armado entre China y Vietnam, la guerra vietnamita de expansión librada contra la versión extremista del comunismo en Camboya, las acciones militares soviéticas en Checoslovaquia y Afganistán, esta última dirigida inicialmente contra un titoísmo asiático, todos ellos constituyen otros tantos signos de un vigor inerradicable de la dimensión nacionalista que ha sobrevivido bajo la fachada del régimen social-totalitario, y que no podían mantenerse controlados por una simple manipulación política.


Más irónicamente, el totalitarismo bolchevique, que prometía una solución radical a la «cuestión social», generó la más potente y explosiva combinación de antagonismo social: el máximo conflicto del Estado totalitario con una «sociedad civil» que luchaba por la autoemancipación. El término genérico «sociedad civil» puede tener un contenido demasiado vago, pero es una buena fórmula para la descripción de una situación catastrófica en la cual todo lo que no sea Estado (y ésta es la «definición» de sociedad civil) lucha contra el Estado por una u otra razón. Es más, prácticamente todos los habitantes de la región, incluyendo aquellos que son los pilares del Estado, intentaban «no ser el Estado» en al menos un aspecto de sus vidas. La aspiración totali 17

zadora del proyecto bolchevique ha creado un conflicto total entre el Estado y la sociedad sin parangón alguno en la Historia.





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