Las obras de misericordia



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PENSAMIENTOS…36

LAS OBRAS DE MISERICORDIA
INTRODUCCIÓN

Por sugerencia del R.P. Pedro Pitura, editor de mis Pensamientos, escribí la presente obra, con motivo del “Año jubilar de la misericordia” anunciado por el Papa Francisco con la bula “Misericordiae vultus”. “Es mi vivo deseo – dice el Papa - que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales”. El lema del Año jubilar de la misericordia, es el siguiente: “Sean misericordiosos como su Padre Celestial” (Lc 6,36). En estas páginas iremos reflexionando, primeramente sobre la misericordia de Dios y de nuestro obrar con misericordia en general; luego pasaremos a reflexionar sobre cada una de las obras de misericordia corporales y espirituales. Nos daremos cuenta de que la misericordia, como expresión exquisita de la caridad, es parte esencial de nuestra vida cristiana. Todos somos receptores de la misericordia de Dios, en dos sentidos: como perdón por nuestros pecados, y como ayuda en nuestras necesidades materiales y espirituales. En nuestros tiempos, cuando prima la cultura del individualismo hedonista y de la justicia dura, hablar de misericordia está fuera de moda, incluso parece ridículo. Sin embargo estamos en tiempos en que más se necesita misericordia, porque hay mucha más gente sufrida y necesitada que en otros tiempos, que están esperando una mano amiga, una ayuda, para salir de la miseria física, moral y espiritual. Veremos una por una las obras de misericordia señaladas por el catecismo, tratando de descubrir su significado y su vinculación con la voluntad de Dios y la necesidad de ponerlas en práctica, imitando al Padre misericordioso y al mismo Jesucristo, Señor de la divina misericordia, “rostro del Dios de la misericordia” (M.V.1); “Sumo sacerdote misericordioso y digno de fe” (Hb 2,17).

Mons. Roberto Bordi ofm



INDICE

La misericordia…………………………………………………… 1-14

Dar de comer al hambriento - dar de beber al sediento………….. 15-22

Vestir al denudo. Dar hospedaje al forastero…………………….. 23-32

Asistir a los enfermos…………………………………… ……… 33-41

Visitar a los presos………………………………………………. 42-49

Enterrar a los muertos……………………………………………. 50-57

Aconsejar al que lo necesita………………………………………. 58-68

Corregir al que yerra………………………………………………. 69-78

Enseñar a los ignorantes…………………………………………… 79-87

Consolar a los afligidos……………………………………………. 88-95

Perdonar las ofensas……………………………………………….. 96-104

Soportar las personas molestas…………………………………….. 105-114

Orar a Dios por los vivos y difuntos………………………………. 115-127


LA MISERICORDIA


  1. Las “obras de misericordia” se enmarcan en el mandato del amor al prójimo. La caridad para con el prójimo, es el segundo mandamiento, en orden de importancia, según la enseñanza de Jesús. “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Y El le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,36-39). Se puede amar al prójimo con un amor de complacencia, cuando nos agrada por sus virtudes, cualidades, perfecciones y beneficios; y con un amor de misericordia y compasión, cuando estamos dispuestos a perdonar sus ofensas y a socorrerlo en sus necesidades materiales y espirituales.




  1. La Iglesia nos da una lista de siete obras de misericordia corporales y siete obras de misericordia espirituales. Las primeras son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Las segundas son: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y los muertos. Todas ellas han sido extraídas de la Palabra de Dios, en A.T. y N.T.



  1. En el discurso del juicio, Jesús enumera casi todas las obras de misericordia corporales, y las considera como hechas a sí mismo: “Tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; forastero y me recibieron en su casa; sin ropas y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y fueron a verme”. (Mt. 25, 35-36). Las obras de misericordia espirituales las encontramos en todo el Evangelio. Bastaría fijarse en el ejemplo de Jesús, quien “aconsejó” y “enseñó” las verdades eternas y la conducta de santidad; “corrigió” a los pecadores, sacerdotes, escribas y fariseos, y a los mismos apóstoles; “consoló” a Marta y María e invitó a todos los afligidos a acudir a él (cfr Mt 11,28); “perdonó” a los pecadores e instituyó el sacramento del perdón (cfr Jn 20,23); “soportó” la aversión de los sacerdotes, escribas y fariseos; “rogó” al Padre por sus discípulos, resucitó muertos, prometió vida eterna, subió al cielo donde intercede delante del Padre por toda la humanidad (Rom 8,34; Hbr 9,24).



  1. En el discurso de la montaña Jesús afirma: “Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5,7). A los discípulos les dice: “Sean misericordiosos como su Padre Celestial es misericordioso” (Lc 6,36). En nuestros tiempos la misericordia parece una palabra fuera de lugar. Acostumbrados más a la justica, a las normas y leyes, a las relaciones frías, técnicas, jurídicas, comerciales, no hay lugar para la misericordia, el perdón, la reconciliación, la ayuda y la compasión. San Pablo escribe a los Efesios: “Sean bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, como Dios también los perdonó a ustedes en Cristo” (Ef 4,31-32). El apóstol Santiago dice: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? La fe sin las obras está muerta» (St 2,15-17; cf Jn 3,17).



  1. La palabra “misericordia” en su significación etimológica, proviene de dos términos latinos: “miser” y “cor-cordis”, y quiere decir tener corazón para con los míseros, sentirse conmovido por los padecimientos y necesidades del prójimo; inclinarse a socorrer y perdonar a los demás con compasión. Ya en el A.T. se habla mucho de la misericordia de Dios y de la necesidad de ser misericordiosos con el prójimo. El profeta Isaías escribe: ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento   y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo   y no dejar de lado a tus semejantes? (Isaías 58,7). Con frecuencia encontramos expresiones como éstas: “Dios es compasivo y misericordioso” (Ex 34,6); “De la misericordia de Dios está llena la tierra” (Sal 33,5); “grande hasta los cielos es tu misericordia” (Sal 57,10); El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” (Sal 103,2-4); “Alaben a Dios, porque él es bueno, porque eterna es su misericordia” (Sal 118,1).




  1. También en el N.T. encontramos muchas referencias a la misericordia de Dios: “Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,50). Jesús se dirige a los fariseos inmisericordes, diciéndoles: “Vayan, pues, y aprendan lo que esto significa: ‘Quiero misericordia, y no sacrificio’ (Mt 9,10-13; 12,1-7; compárese con Os 6,6.). Al endemoniado de Gerasa Jesús le dice: “Anda y anuncia a todos lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo” (Mc 5,19). San Pablo escribe: “Dios, rico en misericordia” (Ef 2,4); “El Señor mostró las riquezas de su gloria, en aquellos que hizo objeto de su misericordia, que Él preparó de antemano para que compartan su gloria” (Rom 9,23). San Pedro escribe: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva” (1Pdr 1,3).



  1. El pueblo de Israel y luego la comunidad cristiana invocaban con confianza al Dios de la misericordia. En los salmos leemos estas súplicas: “Ten misericordia de mí, oh Dios, porque estoy enfermo; sáname porque mis huesos se estremecen” (Sal 6,2); “Mírame y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido” (Sal 25,16);Ten misericordia de mí, oh Dios, porque estoy en angustia; se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo” (sal 31,9). Ten misericordia de nosotros, oh Dios, ten misericordia de nosotros, porque estamos muy hastiados de menosprecio” (Sal 123). Etc. En el N.T. leemos: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Hbr 14,16). El evangelio registra varias súplicas a Jesús pidiendo misericordia: “Ten misericordia de nosotros, Hijo de David” (los dos ciegos: Mt 9,27-31; Mt 20,30-34); “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio” (la cananea: Mt 15,22-28); “Señor, ten misericordia de mi hijo, porque le da ataques y sufre terriblemente” (bajando del monte de la Transfiguración: (Mt 17,14-20).




  1. La misericordia de Dios se manifiesta sobre todo en el perdón de los pecados. “Tú eres un Dios de perdón, lleno de piedad y ternura, que tardas en enojarte y eres rico en bondad” (Neh. 9,17b). “¿Qué Dios hay como Tú, que borra la falta y que perdona el crimen; ¿que no se encierra para siempre en su enojo, sino que le gusta perdonar?” (Miq. 7,18). “Yo sabía que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, paciente y lleno de bondad, siempre dispuesto a perdonar” (Jon. 4,2b). Como el oriente está lejos del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas” (Sal. 103,12). “¡Cuán grande es la misericordia del Señor y su perdón con los que se convierten a El!” (Si. 17, 29). “Pero Dios es rico en misericordia. ¡Con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo. ¡Por pura gracia ustedes han sido salvados!” (Ef. 2, 4-5).



  1. Jesús trata extensamente e intensamente del perdón de Dios. Él mismo es el perdón hecho realidad. Dijo haber venido no para condenar al mundo, sino para salvarlo (cf Jn 12,47). No vino para buscar a los justos, sino a los pecadores, para llamarlo a la conversión y ofrecerle el perdón (Lc 5,32; Mc 2,17). Se compara al Buen Pastor que busca a la oveja perdida hasta encontrarla (cf Lc 15,4-7). Busca a la Samaritana para convertirla (cf Jn 4,1-30). Defiende a la adúltera (cf Jn 8,1-11). Recibió con compasión a la mujer pecadora (cf. Lc. 7,36-47). Perdonó y prometió el paraíso al buen ladrón, arrepentido y crucificado a su lado (cf. Lc. 23,39-43). Con la parábola del hijo pródigo, Jesús nos asegura que Dios perdona y acoge con gran alegría al pecador convertido: “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc. 15,7).



  1. Nos preguntamos por qué Dios es tan misericordioso con nosotros, como resulta de la Revelación bíblica y sobre todo de las enseñanzas y actuación de Jesús. No es difícil adivinarlo, pues si Dios es Padre (Mt 6,9-13; Ef 4,6), Amor (1Jn 4,8), Bondad (Sal 138), “el único Bueno” (Lc 18,19) entonces es lógico pensar que nos tenga compasión y que siempre procure nuestro bien, el bien verdadero y objetivo. Por una parte la misericordia de Dios nos anima y reconforta, y suscita en nosotros sentimientos de confianza y gratitud; y por otra parte nos compromete a vivir con santidad y perfección para agradarle y merecer su perdón y su ayuda.



  1. Para obtener y gozar de la misericordia de Dios debemos cumplir con ciertas condiciones. En un artículo sobre “misericordia” de la enciclopedia Wikipedia, leemos: <<Según la Biblia, los que desean disfrutar de la misericordia de Dios deben buscarle con una buena predisposición de corazón y abandonando sus malos caminos y pensamientos perjudiciales (Is 55,6-7); no solo es preciso, sino propio, que le veneren y le muestren aprecio por sus preceptos justos (Sal 103,13; 119,77; 156; 157; Lc 1,50); y si se desvían del proceder justo que han estado siguiendo, no deben intentar encubrirlo, sino confesarlo y arrepentirse con un corazón contrito (Sal 51,1,17; Pr 28,13.) Otro factor imprescindible es que ellos mismos deben ser misericordiosos (Mt 5,7)>>. En el Padre nuestro, Jesús nos hace pedir: “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12). En la parábola del siervo malvado, el rey lo increpó diciendo: “Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?” (Mt 18,32-33).




  1. Todos necesitamos de la misericordia de Dios y del prójimo, pues todos somos pecadores, pobres y necesitados, en un sentido o en otro. Hay ricos en bienes materiales o intelectuales, pero que son pobres en bienes espirituales y afectivos. Hay ricos en gracia y sabiduría, pero pobres económicamente. Hay gente encumbrada en el poder y la fama, pero sufren soledad y miedo. Hay una enorme cantidad de gente que sufre: enfermos, presos, sin techo, niños y ancianos abandonados; víctimas de la injusticia, de las guerras, discriminación, racismo y clasismo; personas angustiadas, deprimidas, conflictivas, privados de la gracia de Dios y de toda dignidad, sin fe ni esperanza, sin trabajo, con futuro incierto, rumbo a la nada…Todo el mundo necesita seguridad, perdón, amor, aceptación, una palabra de aliento, una ayuda material o espiritual. De ahí la importancia de las “obras de misericordia”. La caridad y la necesidad nos la imponen.



  1. Somos una sola gran familia: no podemos desentendernos del prójimo que sufre, como no quisiéramos que los demás se desentiendan de nosotros. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, nos manda el Señor. A Santa Faustina el Señor le dijo: “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte… Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo; la primera es la acción, la segunda es la palabra, y la tercera es la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacía mí" (Diario, 742).



  1. El papa Francisco en una visita a los presos de Cagliari (Italia), en septiembre de 2013 dijo: “Debemos hacer las obras de misericordia, pero con misericordia. Con el corazón ahí. Las obras de caridad con caridad, con ternura, y siempre con humildad. ¿Sabéis? A veces se encuentra también la arrogancia en el servicio a los pobres. Estoy seguro de que vosotros lo habéis visto. Esa arrogancia en el servicio a los que necesitan de nuestro servicio. Algunos presumen, se llenan la boca con los pobres; algunos instrumentalizan a los pobres por intereses personales o del propio grupo. Lo sé, esto es humano, pero no está bien. No es de Jesús, esto. Y digo más: esto es pecado. Es pecado grave, porque es utilizar a los necesitados, a aquellos que tienen necesidad, que son la carne de Jesús, para mi vanidad. Uso a Jesús para mi vanidad, y esto es pecado grave. Sería mejor que estas personas se quedaran en casa”.

OBRAS DE MISERICORDIA CORPORAL
DAR DE COMER A LOS HAMBRIENTOS

DAR DE BEBER A LOS SEDIENTOS


  1. La comida y la bebida son una necesidad primaria y fundamental para la vida de todo ser humano. La desnutrición y la malnutrición son causa de enfermedades, inanición, sufrimiento y muerte. Dios nos ha dado la vida y nos da los medios para vivir. Con el trabajo y la justa distribución de los recursos, toda la humanidad puede alimentarse y vivir sana y dignamente. Se sabe que lo que se produce en el mundo, es suficiente para alimentar a toda la humanidad; más bien un tercio de lo producido no es consumido, sino que va al desperdicio. Si hay hambre y pobreza en el mundo, se debe al egoísmo, a la mala organización de la economía, a las políticas equivocadas o negligentes y a la falta de justicia y solidaridad. Dar de comer y de beber, no es solo cuestión de hacer limosna, sino hacer posible que los pobres puedan ganarse el sustento de cada día sin tener que humillarse o someterse a los pudientes.




  1. Según las estadísticas de la ONU, hay en el mundo más de ochocientos millones de personas que padecen hambre; y al mismo tiempo otras ochocientos millones que padecen de sobrepeso, por comer demasiado. El hambre es sencillamente la pobreza llevada a su máxima expresión. Según el sondeo de varias instituciones privadas y públicas, las causas del hambre son las siguientes: 1) La incompetencia o corrupción de los gobiernos de los países más pobres. 2) El egoísmo de los grandes países ricos, que subsidian a sus productores y cierran su mercado a los productores de países más pobres, o encarecen los precios que imposibilitan la venta o la compra de alimentos. 3) Las guerras, los desplazamientos y la inseguridad en general, que destruyen o abandonan las infraestructuras productivas. 4) Se interviene prontamente en el momento de las crisis o catástrofes alimentarias, pero no para prevenir y evitar el hambre endémica. 5) Las ayudas internacionales a veces causan la inactividad y la dependencia en las poblaciones socorridas. 6) Las enfermedades, como la malaria, la tuberculosis, el sida, que vuelven incapaces a los afectados para el trabajo, por lo tanto disminuye la posibilidad de producir y adquirir alimentos. 7) la situación geográfica y climática que desencadena sequías o inundaciones que destruyen los cultivos o las posibilidades de encontrar alimentos.




  1. Los expertos dicen que regalar comida no es, a mediano o largo plazo, la solución. Lo más importante es que la gente sepa cómo ganarse la vida, que se valga por sí misma. La doctrina social de la Iglesia insiste en que hay que “enseñar a pescar, y no regalar pescado”. La beneficencia es necesaria en casos de emergencia, pero se prefiere la promoción humana en cuanto a ofrecer ayuda para el desarrollo y para la autosuficiencia e independencia económica. Las políticas populistas y paternalistas de ciertos partidos solo genera dependencia y más pobreza. En cambio es necesario incentivar la capacidad productiva de todos, promover las iniciativas personales y de grupos; y al mismo tiempo subsidiar a los más débiles hasta que se vuelvan autosuficientes.



  1. Hay que romper el círculo pobreza-hambre-pobreza-hambre… La gente que vive en situación de pobreza generalmente no puede costearse comida nutritiva para ellos ni para sus familias. Esta situación los vuelve más débiles y menos capaces de ganar el dinero que los hubiese ayudado a escapar de la pobreza y el hambre. Esto no es solo un problema del día a día: cuando los niños sufren de desnutrición crónica, esto puede afectar sus futuros ingresos, condenándolos a una vida de pobreza y hambre. En países en vías de desarrollo, normalmente los agricultores no pueden costear las semillas, lo cual trae como consecuencia el no poder plantar los sembradíos que hubiesen provisto a sus familias de alimento. En algunos casos, ellos deben cultivar sin las herramientas ni fertilizantes necesarios. Otros no cuentan con tierra, agua o educación. En resumen, los pobres sufren de hambre y, al mismo tiempo, el hambre es lo que los mantiene en la pobreza.




  1. Los gobiernos deberán procurar la justicia social y proteger a los individuos y clases desfavorecidas, pobres, discapacitados, ancianos, menores de edad etc. para que no sufran injusticias y explotación de parte de los más pudientes; que los obreros y empleados reciban una remuneración justa para que puedan vivir dignamente; que todos tengan asistencia social… Pero hay gobiernos de tendencia liberal capitalista que más se preocupan por la libertad económica y por los negocios de las empresas y comercio, dejando indefensos y desprotegidos a los más débiles. Por otro lado hay gobiernos de izquierda que en su afán de reivindicación social, quieren centralizar el poder político y económico y mantienen a los pobres con dádivas y recursos públicos, sin incentivar la actividad personal, más bien coartando y hostigando a los productores y actores económicos. En ambos casos se genera pobreza y conflictos. Lo ideal sería una política económica que convierta a todos en actores y productores de bienes, subsidiando a los carenciados y a los que están en condiciones de inferioridad.



  1. Hay gente que trabajan honestamente y no consiguen superarse y ganar el pan de cada día. Ellos merecen ayuda. Pero hay gente que no quieren trabajar, o que se dedican a la vagancia o a negocios sucios, delictivos, criminales. Otros consiguen grandes ganancias explotando a los demás. Otros no contribuyen en nada con aportes para el bien común y luego piden asistencia pública. San Pablo dice: “Quien no quiere trabajar, que tampoco coma” (2Tes 3,10). En el Padre Nuestro pedimos a Dios que nos dé el “pan de cada día”, pero deberíamos pedirle también que nos ayude a cumplir con nuestros deberes laborales y sociales de cada día, para merecer la bebida y la comida y todo lo necesario para vivir.



  1. Dar de comer y beber es entonces cuestión de trabajo, responsabilidad, justicia social, solidaridad, política económica, y caridad. Pero la caridad que no anula la dignidad del indigente, sino que lo promueve, lo ayuda a superarse y a alcanzar el bienestar con sus fuerzas y capacidades. Hay casos extremos de gente que no puede valerse por sí mismos, por enfermedad, pos situaciones de emergencias, por conyunturas políticas y económicas que no dependen de su voluntad, por catástrofes y calamidades naturales, etc; entonces los que gozan de mejor situación, especialmente si son cristianos tienen el deber moral de intervenir y socorrer a los necesitados. En estos casos es obligatorio cumplir con lo que nos manda Jesús: «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3,11). «Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros» (Lc 11,41). "Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses". (Mat 5:42). Por eso la Iglesia en muchas partes ha organizado comedores para ancianos y para niños pobres. Pero eso no debe ser una institución permanente, sino provisoria, porque el hambre y la pobreza deben ser superadas y no eternizadas.



  1. A aquellos que son generosos y compasivos con el prójimo hambriento y sediento, no les faltará su recompensa: Dad, y se os dará; una medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir (Lc 6,38). Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo;  porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25,34-36). “Cualquiera que os dé un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que jamás perderá su recompensa” (Mc 9,41; Mt 10,42). Hay que hacerlo de manera desinteresada: “Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3). Hay que hacerlo con alegría, no de mala gana o de mala manera; San Pablo dice: “Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría (2Co 9,7).



  1. Hay que socorrer al prójimo con amor y por amor: El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?" (1Jn 3,17). Hay que hacerlo sin actitudes de superioridad ni juzgar o despreciar al pobre: “El que come, no menosprecie al que no come” (Rom 14,3). Debemos socorrer incluso a los enemigos: “ama a tus enemigos” (Mt 5,44); Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer pan; y si tiene sed, dale de beber agua” ( Prov 25, 21; cf. Rom 12,20). Quien ayuda al prójimo con caridad y con fe, sentirá una gran alegría interior, porque sabe que el Señor se identifica con los necesitados (cfr Mt 25,41). Por eso en los Hechos de los apóstoles se dice: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).




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