Las mil y una historias de Radio Venceremos José Ignacio López Vigil



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Las mil y una historias de Radio Venceremos

José Ignacio López Vigil


Indice

Presentación. 11


1. La ofensiva general


1. La llegada del Vikingo 13
2. Tomas, bombas y mantas 18
3. Locutando bajo cobijas 24
4. Le dije sí a la lucha armada 27
5. En canastilla de recién nacido 34
6. Una meada a tiempo 39
7. Sebuscaunlocutor 43
8. Más allá del río Torola 46
9. lOdeenerode 1981 51
10. Prensa es prensa 57
11. La guerra de los adjetivos 63
12. El primer trapiche guerrillero 67

2. La retaguardia estratégica


13. Cincuenta culucas más 71
14. Corresponsal de guerra en Meanguera 76
15. Cerco de aniquilamiento 83
16. Hasta la calle negra 95
17. Bienvenida, Mariposa 100
18. ¿Una radio clandestina7 104
19. TamalitosenVillaElRosario 110
20. Zapotes para todos 117
21. Nunca faltan los cuadrados 120
22. Como si fuera un chucho 125

23. Se han robado un fusil 129


24. Escondidos en El Pantano 132
25. Yunque y martillo 135
26. Al trote hacia Jucuarán 145
27. La navidad más triste 150
28. Quitarle el agua al pez 155

3. Las grandes batallas


29. La boca de la revolución 163
30. Una batalla por capítulos 169
31. El coronel Castillo, alias Pepe 174
32. Hay orejas en el pueblo 182
33. En la cueva del murciélago 187
34. Un radista aventado 196
35. Eso que llaman retroalimentación 202
36. El miedo es hombre 205
37. Siete batallones contra La Guacamaya 210
38. La caída de Berlín 216
39. Las aventuras amorosas de un diplomático 224
40. La tierra es un balón de futbol 231
41. Militan-CIA sospechosa 235
42. María, tomá tu teta, dame la mía 244
43. ¡Noticia de último segundo 248
44. Un brazalete rojo para bailar 255
45. Hacia la antena del Cacahuatique 260
46. El Carnicero de El Junquillo 272
47. Todo lo que se mueve es enemigo 281
48. El diablo siempre anda listo 284
49. Otro Camilo de Colombia 288
50. El cantante de las manguitas recortadas 292
51. Jugando al gato y al ratón 297
52. Una agencia móvil de noticias 303
53. El águila no caza a su presa 310
54. El Caballo de Troya 316
4. La dislocación de fuerzas
55. Vivimos para luchar, luchamos para vencer 339
56. Los polacos y los círculos de escucha 345
57. Cerradas las carreteras 351
58. Con las armas de la imaginación 355
59. La universidad guerrillera 362
60. ¡Soy Mara de Líber’ 367
61. Cuatrocientas bandas para el Spilsbury 372
62. La lista de los bolos 376
63. Disfrazada de avión 380
64. Tres granitos de maíz 383
65. Una tortilla para tres soldados 393
66. El puente sobre el río Torola 397
67. El arambalazo 401
68. A través de alambres de púas 413
69. Un poste, dos postes, tres postes 422
70. General Tuti Fruti, coronel Chancha Loca 426
71. Trece años de organizada 433
72. Chiyo y sus hermanos 437
73. ¿Quién compra el campo de batalla? 440

5. El salto a las ciudades


74. Encuentro de colegas 447
75. El día en que murió Jonás 452
76. Hágase guerrillero en 20 lecciones 459
77. La temible culebra de Talchiga 465
78. Un día en la Venceremos 468
79. El último tímido de la guerra 476
80. Los que no salen por el micrófono 489
81. Pegados a la comandancia 494
82. ¡No se corran, culeros! 499
83. Por todos los flancos de la comunicación 507
84. De Quilapayún a Madonna 514
85. La terca flor del izote 520
86. ¡En San Salvador nos vemos! 538
Presentación
Un afiche en la pared de mi cuarto y un cassette mal grabado, eso tenía yo de la Venceremos. Tenía también una enorme curiosidad por conocer esta radio legendaria. ¿Cómo serán los compañeros que trabajan en ella? ¿Cómo se las han arreglado para mantener tanto tiempo en el aire una emisora escondida en la profundidad de Morazán?
Lo que parece lejos, aparece cerca. Buscándolos yo, ellos me encontraron primero para que les diera un curso de producción radiofónica. ¿Un curso a una radio guerrillera? Acepto. Donde sea y cuando sea, pero voy. ¿Para dinamizar la programación? Para lo que sea.
Presentía que el curso lo iba a recibir yo y no ellos. Yo podía enseñarles unas técnicas, ejercitar unos determinados formatos. Ellos tenían una experiencia inédita, acumulada durante estos diez años de guerra, haciendo radio con el micrófono en una mano y el fusil en la otra, transmitiendo bajo tierra y en medio de las grandes balaceras. Después de las prácticas, me contaban anécdotas. Me contaron cómo fue el primer programa en la Parra de Bambú y cómo rompieron el cerco de aniquilamiento. Cómo burlaron los famosos goniómetros y cómo grababan los corresponsales desde las mismas líneas de fuego. Conocí a los fundadores de la radio, me enteré de sus amorfos en la Cueva del Murciélago, me revelaron el secreto de la muerte de Monterrosa, que todavía no se sabe. Eran historias increíbles. Al principio, las oía con la boca abierta. Luego, abrí la grabadora. Y me puse a ordenar los testimonios de año en año, según las grandes etapas de la guerra. Así, sumando relatos, nació este libro. Es de ellos, no mío. Ellos lo concibieron, le dieron vida al calor de las conversas nocturnas junto a una disimulada grabadora. Yo sólo ayudé en el parto.
¿Es un libro de radio, de comunicación? No lo sé. En todos los relatos está presente la Venceremos, eso sí. En todas las historias, sueltos, hay elementos básicos de lo que en América Latina entendemos por comunicación popular y altemaLiva. Naturalmente, una comunicación hecha en situaciones límites, en condiciones poco imaginables para los locutores que trabajan con aire acondicionado y un letrero de silencio en la puerta de la cabina. Digamos, entonces, que son narraciones de las mil y una aventuras vividas por los compas que hicieron posible esta radio. Historias que no pretenden, por cierto, probar ninguna teoría comunicacional. La narración muestra, no demuestra. Queda al ingenio del lector descubrir la moraleja de cada relato.
A veces, se cruzan las voces. Un mismo hecho es contado por dos o tres testigos que lo vivieron. La verdad es que no me ha preocupado mucho quién contaba, sino lo que contaba. Porque el protagonista de esta historia es colectivo. Los hacedores de la Venceremos tienen nombre propio, pero responsabilidad compartida. Respeté el lenguaje salvadoreño y sus “vulgaridades”. Ni los guerrilleros ni los soldados suelen hablar con diccionario. En cuanto a las expresiones guanacas, espero que se comprendan en el contexto. Y si no, si usted no es de aquí, pregúntele a cualquiera de los miles de exiliados salvadoreños dispersos por el mundo. Ellos le dirán qué significa cachiinbón y por dónde sale la Ciguanaba. Ellos le contarán otras historias tan sorprendentes como las que aquf se recogen. Si se escribieran todas, creo que no alcanzaría la tinta para tantos libros.

José Ignacio López Vigil


Décimo aniversario de Radio Venceremos.

1. La ofensiva general


1. La llegada del Vikingo
Yo estaba en México cuando se me apareció Jonás.1
—Necesitamos una radio —me dice—. Por huevos o por candelas.
La verdad es que en El Salvador, en aquellos finales de los setentas, las cosas se habían ido poniendo color de hormiga. La represión era brutal. Los medios escritos se volvían ineficaces. Si vos tenías un volante en la bolsa, eso te podía costar la vida. ¿Valía la pena, entonces, darle volantes a la gente? Las posibilidades de difundir por escrito las ideas revolucionarias se volvían muy riesgosas para el que repartía y para el que recibía también. Tal vez por eso, porque la voz no se requisa, nació el proyecto de poner una radio.
No quedaba ningún espacio. Los periódicos de la izquierda habían sido cerrados. Li Crónica del Pueblo, El Independiente, habían sido dinamitados. También comenzaron a dinamitar la emisora de Monseñor Romero. Periodistas amenazados, asesinados, ley mordaza, nadic podía in

1 Comandante Jorge Meléndez, responsable del Frente Oriental Fran cisco Sánchez y miembro de la comisón política del Partido de la Revolución Salvadoreña (PRS).

formar a nadie. Y nosotros no podíamos seguir sólo con las tomas de radios. Era algo, pero era poco.
—j,Quién nos puede dar apoyo técnico, VOS? —insistió Jonás.
Yo tenía unos mis conectes en la Universidad de Guadalajara. Y por allá encontramos a Toño, un ingeniero electrónico. Un ingeniero soñador, de esa gente que no ha hecho dinero porque quijotea la vida, porque le anda buscando un sentido a las cosas que hace.
Tofo trabajaba en un cucarachero detrás del auditorio. Allí había todo tipo de equipos viejos, de televisores a medio armar, grabadoras destripadas, un yergo de cables ensedados y su escritorio presidiendo aquel desorden.
—Nosotros necesitamos una emisora en El Salvador — le soltó Jonás—. Una radio de onda media que suene en la mera capital. Esa es la idea.
Tofo quedó enamorado del proyecto. No se lo habfamos terminado de contar y ya andaba buscando un mapa de El Salvador para estudiar las montañas, calcular las distancias, las alturas, las bajuras, la topografía de nuestro paisito. Pero la tarea inmediata no era estudiar tanto, sino conseguir el equipo. Y eso tiene mucha complicadera legal. No se puede comprar un radiotransmisor así nomás. Eso requiere un permiso, un registro, un gran montón de volados. Y como ya sospechábamos la interferencia futura, Tofo sugirió un radio de comunicaciones de onda corta. El mismo trataría de adaptarlo para onda media cristalizando el final de la banda que...
—Lo que sea, pero ya —aprobó Jonás.
Desde entonces, Toño se dedicó a la búsqueda del aparato. A través de contactos que él tenía y que nunca nos dijo, se consiguió un transmisor viejo, muy viejo, pero muy bueno. Lo fue a sacar de un barco pesquero. Un Vahan: Vi- king. Tenía ahí, en la coraza metálica, el sello de un vikingo. Era un equipo pequeño que pesaba sus buenas sesenta libras. Muy sólido. Y muy cumplidor, como lo demostró después.
Conseguido el transmisor, ya se metió Tofo al trabajo de acondicionarlo. Se encuevó en su miler. Y allí, apachando botones y soldando circuitos, logró ajustarlo para onda media. Después, comenzó a hacer las pruebas. Ponía música y salía en su carrito a sintonizar midiendo el alcance y la calidad del sonido. El hombre gozaba con aquellos preparativos, se le notaba.
—i,Quíubole? —lo saludo un día.
—Está listo —me dice—. El Vikingo responde. Va a hablar más que un loro viejo.

—Toño, ¿y cómo funciona esto? —le digo yo preocupado.

Porque el caso era que ni Jonás ni ninguno de nosotros sabía nada de electrónica. Pero lo que se llama nada de nada. Con dificultad podíamos encender un radio, pues. Entonces, él nos empezó a tratar de adiestrar a nosotros. Es decir, a mí. En la primera explicación, le pasaba a Tofo lo que le pasa a Apolonio y a todos los técnicos. Te empiezan a dar una serie de instrucciones y te hablan de ohmios y de impedancias y de vatios y de voltios y te tienen ahí sentado como que vos conocieras, como si estuvieras platicando con conocimiento de causa. Finalmente, yo le dije:
—No entiendo nada.
Quedamos en que él iba a explicar los pasos para que hasta un cipote pudiera manejarlo. En la cara del Vikingo había un gran poco de botones. Entonces, a cada botón le pondría un numerito. Y en un manual aparte iba a decir:

“Primero, ponga tal perilla para arriba. Segundo, tal perilla para abajo.” Y así. Porque allá nadie iba a entender de otra forma. Y con esos numeritos se fue el aparato. Y todavía estaba con esos numeritos cuando años después el Vikingo cayó en manos del enemigo. Nunca se los quitaron.

Luego, vino el problema del traslado. Yo había comprado un pequeño remolque, un trailercito, y le había hecho algunos camuflajes. Para el transmisor le fabriqué un embutido especial: era una caja que tenía empotrado encima un lavamanos. (‘orno no sentía confianza de dársela a un carpintero, yo mismo la serruché. Tomé las medidas precisas y me quedó bien galana la caja hueca con su lavamanos falso. ¿Todo en orden? Pues no, porque a la hora de embutirlo resulta que no entraba. El Vikingo tenía una coraza bien parejita, pero en la parte de atiá.s le sobresalía un chunche, como un enchufe viejo. Esto sobra, pensé yo. Ras, se lo quité, y entonces sí cupo perfecto. Resuelto el asunto, ya agarré viaje para El Salvador. Mi compa y yo nos fuimos felices hasta el lugar, todavía en territorio mexicano, donde debíamos entregárselo a otra gente.
—Cuidado con lavarse las manos! —le chistié a mi relevo.
Nosotros no íbamos a atravesar la frontera. El plan era que introdujeran el transmisor en el país otros chavos que no eran salvadoreños. Yo viajaría después por avión. Una vez el equipo dentro, llegaba yo con el famoso manual. ¡Porque el instructor era yo! A mí me tocaba decir cómo putas se manejaba ese volado.
Al fin, después de meses, el día tan esperado. La llegada del Vikingo había causado casi tanta expectativa como la mía, que venía con el manual de funcionamiento. Nos reunimos en Quezaltepeque, en una especie de finca. Ahí estaba toda la mara del partido comprometida en esto. Joaquín1 en primera línea. El transmisor lo colocamos en una casita medio abandonada. La amena, una antena dipolo que de tan larga casi se flOS sale dci terreno, la colgamos de un arbolón a otro. Luego, le conectamos ci cable al aparato. Todo cabal. Ahora llegaba el momento de la verdad. Entraba yo en acción. Primer paso... Segundo paso... Yo con mi manual disponiendo y ordenando.

—i,Listo? —pregunta Joaquín.

—Listo —-digo yo.

—Pero esto no funciona, vos. No sale nada.

—,No sale nada?

—Naranjas.

Yo mirando al manual y todos mirándome a mf. Joaquín, Jonás, media dirección nacional que estaba allí. Comencé a aíligirme. Y pasó lo que pasa en estos casos, todo el mundo sabe, todo el mundo opina, todo el mundo mete su cuchara.

—Mirá, ese tubo da una lucecita muy baja...

—No, hombre, no es el tubo... Es esta babosadita de

aquf...


—Socá ese pernito, fijate que está suelto...

Poné y quitá, ya nadie me prestaba atención a mí. Bueno, pues me guardé el manual en la bolsa para que ni se acordaran de preguntarme.

—Es el tubo -—concluyó uno—. Dejen de chachalaquear y cambiémosle ese tubo.

—Y si lo arruinamos? —dice otro.

1. Comandante Joaquín Villalobos, secretario general del Partido de la Revolución Saivadoreña (PRS).

—Mirá, hermano, quien nunca la juega, nunca la gana.


Al rato, va alguien a San Salvador con el tubo “malo” a comprar otro. Va el compa y regresa. Se le cambia ci tubo al Vikingo y nada que suena. Siguieron las elucubraciones sobre qué le podía estar pasando al aparato y se concluye que no sirve. Fue ahí cuando yo me acordé del chunchito que le había quitado en México. La verdad es que no mc animaba a decirlo. Pero tampoco me aguantaba sin decirlo.
—Fíjense que yo le quité una cosa, un enchufe, que no cabía en el embutido... Pero no creo que esa mierdita...
Yo estaba ahuevado. Por suerte, nadie le dio importancia a lo que dije. Y siguieron manoseando el equipo y probando y frustrándose. No daba señal de vida. Se había planchado nuestro gran proyecto.
—-César —me dice Joaquín—, ¿qué dijiste vos de un enchufe... no será eso...?
Creo que no había terminado la pregunta y ya estaba alistando mi regreso a México. Cuando Toño me ve, cuando le explico el desastre, se echa a reír:
—No me friegues, si eso es un puente. ¡El puente que hace el Circuito! ¡Como si a un carro le quitas la bujía! Orale, ¿dónde lo tienes?
Mi ridículo no fue mayor porque no había alcanzado a botar el famoso puentecito. Lo recobré, lo envié a San Salvador. Y me cuentan —yo no fui a verlo— que el Vikingo funcionó inmediatamente.
2. Tomas, bombas y mantas
A nuestro comando le tocaba la YSR, una radio muy escuchada en San Salvador porque transmitía novelas. Era como la una de la tarde, hora pico de audiencia. Nosotros habíamos montado todo un plancito para llegar a la emisora: unos para dar seguridad, otros para entrar. Y llevábamos el cassette con el mensaje, pero también la grabadora para sonarlo. Porque al principio, nos presentábamos con el cassette solito y ahí se perdía un tiempazal, buscando dónde conectar, que no entra directo por la consola, todo eso. Así que, para garantizar que saliera al aire, lo mejor era cargar también con la grabadora. Los locutores o nosotros mismos acercábamos el micrófono grande al parlantito de la grabadora y listo.
Esa vez, me acuerdo, llevábamos una grabadora recuperada. Porque también al principio las comprábamos. Pero, ¿qué carísimo no nos saldría cuando eran tomas de hasta veintiún radios simultáneas? ¡Comprar veintiún grabadoras y después tener que dejárselas de regalito a las mismas emisoras, pues no era asunto de esperar la pasada del mensaje y que te pescara la guardia! Entonces, decidimos aprovisionamos de grabadoras en los grandes almacenes.

Llegamos a la YSR, entramos y dijimos:

—Esto es una toma.

Los locutores, como no era la primera vez que nos habíamos tomado esa radio, reaccionaron muy bien. Ya conocían.


—Somos del Ejército Revolucionario del Pueblo —seguíamos nosotros—. Y queremos pasar un mensaje. ¿Nos van a hacer el capulín?
Nunca hablábamos fuerte porque los locutores no se oponían. Si había vigilantes, entonces los desarmábamos. En este caso, sin embargo, todo fue tranquilo. Les dijimos:

—Bueno, vamos a dejar la grabadora aquí.

—No hay necesidad. Llévensela y que les sirva para la próxima.

Ellos hicieron todo, organi/aron todo. Y al final nos dicen:

—Am árrennos.

Y los amarramos a las sillas para que después no tuvieran problemas con la policía por supuesta complicidad. ¡hamos con una pichinguita llena de arena y una pila con tirro y todo, como que era una bomba. No era, pero parecía.


—Ahí fuera en la entrada queda una bomba -—-les advertimos muy serios—. Pónganse al brinco. Si viene la policía, ustedes tienen que gritar que hay una bomba.
Y nos fuimos. El cassette grabado quedó dando vueltas, explicándole a la población cómo iba la cosa política, dando a conocer nuestras acciones, llamando a la organización popular.
En muchas ocasiones, los mensajes sonaban bastante tiempo, hasta los treinta minutos que dura el lado del cassette. Porque la policía se tardaba en llegar. Imaginate, tenían que correr a veintiún emisoras al mismo tiempo. ¡Y desactivar veintiún bombas!
Las tomas de las radios se convirtieron en el gran deseo. Para nosotros, era lo máximo. Yo misma estuve en una de esas acciones, la del 2 de noviembre del 75, que ocupamos diecinueve radios simultáneamente y pusimos 200 bombas de propaganda en todo el país. Y tomarse diecinueve radios, cuando todavía no estaba tan saturado el dial como ahora, equivalía prácticamente a establecer una cadena nacional.
Creo que la primera toma de radios fue a principios del 75. Ahí participaron Rafael Arce y Ana Guadalupe, tomándose nada menos que la KL, una de la estaciones más sintonizadas. Pero la broma era que la KL quedaba a una cuadra del cuartel de la Policía Nacional de San Salvador. ¡Una cuadra apenas! No era paja. Correr tamaño riesgo a cualquiera le hubiera parecido una locura. Pero, ¿de qué otra manera podíamos nosotros proyectarnos, dar a conocer lo que pasaba, lo que pensábamos, hablarle a la gente, a toda la gente, si no era a través de esas locuras? ¿De qué te sirve tener el santo si no hay vela que lo alumbre?

Las tomas de emisoras las combinábamos con bombas de propaganda. Y esas las fabricás así, mirá: agarrás una bolsa de papel fuerte, le ponés abajo, bien asegurada, una bombita pirotécnica, de esas de a peso, de pocos gramos de pólvora negra. Le ponés un cartón encima y más encima las hojitas de propaganda, la volanteada. A la bolsa le abrís un hoyito para sacar la mecha. Le fijás una cajita de fósforos con la mezcla, asegurando bien la mecha a la mezcla. A la hora que vas a ponerla, llevás una ampolla de ácido sulfúrico envuelta con papel celofán y la metés en la cauta de fósforos. El papel es comido rápido por el ácido y eso provoca una llamita. Entonces, la llamita enciende la mecha de la bomba. Cuando explota, salen todas las volantes como que fuera un árbol. Se distribuyen solitas.

Estas bombas las colocábamos en las paradas de buses o en lugares de mucha concentración. A las seis de la tarde era una hora buena para hacerlas estallar. Se veían las hojas y no lo veían a uno.

Aparecer en una noticia, en un periódico, ser mencionados en los medios de comunicación, lo considerábamos algo estratégico. Porque, ¿de qué otra forma podías proyectar la lucha armada? Vos podías hacer una acción. Pero si nadie hablaba de ella, ¿cómo estabas dando a conocer esa alternativa para la masa? De ninguna manera.

Porque al principio vos hacías una operación armada y los medios o te la mencionaban en una esquinita, o te la distorsionaban, o sencillamente, no decían nada. Entonces, el problema de cómo impactar fue algo que nos mantuvo todo el tiempo obsesionados, jalándonos los pelos.
Me acuerda de Adán, que después pasó a ser uno de los jefes militares más importantes. Una vez estuvimos preparando una acción de propaganda en San Ramón. Y una de las grandes ondas de esa acción era un minimitin. ¿Cómo colgar una gran pancarta roja con un mensaje para el pueblo? Porque la queríamos colocar alto y que todo el mundo la viera. ¿Cómo encaramar la manta en los postes más altos del alambrado? A Adán se le ocurrió la idea:
—Amarremos pitas a la manta y en las puntas les ponemos unas piedras. Lanzamos las piedras por sobre los alambres y la extendemos arriba.
Y así se hizo. Es que todo era una pasión por lograr una propaganda vistosa, que llegara a la gente. Eso lo teníamos metida siempre en la cabeza. Y no sólo lo atractivo, sino las razones. No se concebía una acción armada que no tuviera previsto su comunicado con el mensaje.
Hace poco alguien en San Salvador nos tiró una buena crítica:
—Escuchame, Luisa’, como ustedes ya se transformaron en un gran ejército, a la hora de dar los partes de guerra se preocupan más que todo por describir las operaciones militares. Y se les olvida —porque piensan que ya todo el mundo lo tiene claro en su conciencia— explicitar los mo- ti vos de cada acción, el contenido político que encierra este sabotaje o aquel asalto.

1. Comandante Mercedes del Carmen Letona, miembro de la comisión política del PRS y de la comisión político diplomática del FMLN.

Y eso es cierto. Porque antes nosotros no imaginábamos una acción si no teníamos ya escrito el comunicado con la explicación para la gente, el porqué estamos luchando.

Y todo eso también se combinaba con las pintas en las calles. Pintas, pero grandes. Había una pinta que los compañeros habían hecho en la entrada hacia Mejicanos. Era enorme, como de cien metros, cada letra medía más de un metro: LA LIBERTAD NO SE MENDIGA: SE CONQUISTA CON LAS ARMAS EN LA MANO.

Nosotros, sin embargo, siempre soñando con la multitud. ¿Qué vale una pinta solita? Coordinemos con todas las redes de comités militares. Para tal día, suponete, vamos a hacer veinte pintas en las paredes más hermosas de San Salvador, donde más gente las pueda ver. Y en una madrugada le metíamos brocha a toda la ciudad.

Así nos pasábamos, buscando muros para pintas y esquinas para las bombas de propaganda. Teníamos, además, nuestro medio escrito, El Combatiente. Pero siempre estaba la semillita de contar con una radio propia.

La obsesión por una emisora propia fue directamente de Joaquín. Insistió, insistió, se puso más necio que una ladilla. Yo creo que él ha sido una de las personas más apasionadas con esta cuestión de la propaganda. Apasionada en todo sentido, no sólo en el político, sino en el práctico, en el más concreto. Porque resulta que él es hijo de un dueño de imprenta. Así que, en los primeros años Joaquín escribía el artículo y él mismo iba a imprimirlo. Habíamos conseguido una offset de segunda mano. Y ese hombre estaba metido ahí de noche, entintando, dándole vueltas al rodillo, metiendo papel, sacando papel, compaginando,



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