Las mejores historias de terror 3


MICHAEL BISHOP. COLABORACIÓN



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MICHAEL BISHOP. COLABORACIÓN


Titulo original: Collaborating

Desde que inició su carrera como escritor de ciencia ficción en 1970 con If a Flower Could Eclipse y Pinon Fall, Michael Bishop ha escrito algunos de los relatos más conmovedores de este género. La calidad que le ha distinguido de la corriente general de narradores de ciencia ficción y fantasía ha sido una profundidad humana que le ha permitido producir unas narraciones muy personales que se sostienen por sí mismas entre los relatos de grandiosidad y acción que, al parecer, son siempre la norma en los géneros de ciencia ficción y fantasía, por no decir nada del terror. Colaboración es realmente un estudio del carácter de una persona —o personas— a la que otros, en su ignorancia, podrían llamar «monstruo», y, como tal, es una proeza. Probablemente nadie más podría haberlo escrito.

¿Qué siente uno cuando es un hombre con dos cabezas? O mejor, ¿qué sienten dos hombres con un solo cuerpo? Quizá podamos decírselo. Escribimos estas líneas —aunque soy yo, Robert, quien lo hace en este momento— porque nos han encargado que le expliquemos lo que uno siente cuando está dentro de la piel que habita otro ser humano y porque hemos de decir nuestra última palabra.

Soy Robert. Mi hermano se llama James. Nuestro apellido de adopción es Self..., sin que nosotros hayamos intervenido en ello, aunque este apellido parezca burlarse de las circunstancias de nuestra vida.[1] James y yo llamamos a nuestro cuerpo «el monstruo». Quién posee al monstruo es una cuestión que ha ocupado gran parte de nuestro tiempo, en virtud de una insoslayable necesidad. En más de una ocasión el monstruo ha estado a punto de matarnos, pero ahora lo hemos domesticado bastante bien.

James Self, Robert Self y el monstruo.

Es muy tarde. James, que se encuentra al lado derecho de nuestros hombros, hace tiempo que se ha retirado, dejándome a mí a cargo de todo. Pero mi hermano ha sometido al monstruo de una manera más eficaz que yo. Cuando está activo, nos movemos con una agilidad gatuna que yo nunca consigo del todo. Aunque nuestro tono muscular y nuestro vigor son excelentes, cuando soy yo el activo el monstruo tiembla bajo mi dirección, camina con cierta dejadez y cambia marchas anatómicas que ni siquiera sabía que poseíamos. Mido un metro noventa de estatura y soy un hombre corpulento, mientras que James mide uno noventa y tres..., es más alto que yo..., más agraciado. Y compartimos el mismo cuerpo.

El resultado es que, con frecuencia. James se me impone durante el día, y entonces me siento como una especie de inválido al que llevan en brazos. Pero de noche, cuando James duerme y el monstruo está adecuadamente recostado en una tumbona de cuero, incluso yo puedo saborear el potencial animal de nuestros miembros, el calor de un buen vino en nuestras fauces, el cosquilleo de un deseo sexual que se puede satisfacer en privado. Es posible convivir con el monstruo.

Pero me estoy adelantando. Permítanme que les diga cómo nos encontramos en esta situación, qué esperamos del futuro y por qué perseveramos.

James y yo nacimos en un estado del sudoeste, en 1951. (Géminis es nuestro signo del Zodíaco, aunque ninguno de los dos creemos en la astrología.) Nos han dicho que fue un parto de nalgas. Supongo que nos colocamos de modo que nos salieran primero las posaderas porque no sabíamos cómo determinar la precedencia del extremo opuesto. Nos sacaron con fórceps, y la emergencia de James y Robert, dos perfectas cabezas infantiles adormecidas por el anestésico general que le habían suministrado a nuestra madre, hizo que el equipo de médicos retrocediera y formara un blanco montón de batas desde el que nos contemplaban con miedo, escepticismo, respeto e incredulidad. ¿Quién habría esperado una cosa así? Un niño de dos cabezas se revela a la auscultación con un corazón único, y no nos habían hecho radiografías.

Nos evacuaron a toda prisa de la sala de partos, antes de que nuestra madre pudiera recobrarse y preguntar por nosotros. El médico jefe, doctor Larimer Self, decretó entonces que se le diría que su hijo había nacido muerto. Self destruyó el expediente del hospital donde constaban los datos de nuestro nacimiento, hizo jurar a su personal que guardaría silencio acerca del caso y dio a mi padre biológico, un obrero temporero que trabajaba en la recogida de los melocotones y el algodón, una recomendación para un trabajo fijo en Texas.

Así, nuestro obstetra se convirtió en nuestro padre. Y nuestros padres verdaderos nos perdieron para siempre.

Larimer Self era un autócrata..., pero sentimental, eso sí. Nos crió a James y a mí prácticamente en el aislamiento, en una pequeña comunidad a veinticinco kilómetros del hospital donde nacimos. Durante el día nos dejaba al cuidado de una mujer de color llamada Velma Bymer. Crecimos en una casa de dos plantas rodeada de arbustos de acebo, mirtos y nogales. Hace dos o tres meses, tras alcanzar una notoriedad o una infamia de la que quizás ustedes hayan tenido noticia, cortamos todas las conexiones con el mundo exterior y regresamos a esta casa de grandes dimensiones y ochenta años de edad. Ni Robert ni yo sabemos si decidiremos alguna vez abandonarla de nuevo. Es el único hogar verdadero que hemos tenido.

Velma era demasiado vieja para amamantarnos, además de soltera, pero nos alimentaba en sus brazos con un biberón, poniendo cuidado para alternar las tomas entre la cabeza de Robert y la mía, puesto que los dos no podíamos tomar el biberón a la vez. Cuando empezó a cuidar de nosotros tenía cuarenta y seis años, y desde el principio no nos consideró como una maldición por su propia esterilidad, sino como una carga sagrada, un galardón por su piedad. Mis recuerdos de ella se centran en sus manos descarnadas, purpúreas, y su voz como agua clara que fluye entre rocas. En cambio. James dice que la recuerda por un olor como de algodón húmedo mezclado con el aroma de panecillos cocidos a fuego lento. Hoy Velma va a comprar las provisiones en un pequeño Fiat azul, y por las noches se sienta en su casa de una sola habitación con la Biblia en el regazo. No quiere abandonar esa casa..., pero los jueves por la tarde viene a jugar a las damas con James.

Larimer Self nos enseñó a leer, a hacer operaciones matemáticas y a reconciliar nuestros desacuerdos mediante tratos rápidos, sobre la marcha. A menudo le zurraba la badana al monstruo.

La mayoría de los niños no tienen un verdadero concepto de lo que es «compartir» hasta más allá de los tres años. James y yo, con la ayuda de nuestro padre adoptivo, llegamos pronto a un arreglo. Era necesario. Si queríamos que el monstruo trabajase para nosotros, teníamos que subordinar nuestro yo y cooperar en la manipulación de piernas, brazos y manos. De lo contrario nos embarcábamos en un baile de san Vito, producíamos movimientos espasmódicos como los de un epiléptico o nos derrumbábamos y permanecíamos en una inmovilidad alterada por temblores. Aunque antes he escrito que James a menudo «se me impone», no pretendía implicar que su control motor es más fuerte que el mío, sino simplemente mejor, y a veces le cedo voluntariamente mi tiempo de vigilia para actividades como caminar, levantar pesos o llevar cargas sobre los hombros, cualquier cosa primariamente física, pero no podíamos —excepto en contados casos de fatiga o inatención— imponer nuestra voluntad al otro. Y así, a los seis o siete meses, quizás incluso antes, empezamos a aprender cómo podíamos compartir nuestro primer juguete: el bebé animal bajo nuestros cuellos. Nos convertimos en una anomalía organizada, un equipo con dos capitanes.

Permítanme que recalque esto: James y yo no tenemos un vínculo psíquico o una conexión telepática, ni siquiera un enlace realmente fidedigno entre las emociones de cada uno. Cierto es que cuando estoy deprimido, con frecuencia James lo está también, que cuando estoy alborozado o eufórico a James le sucede lo mismo. ¿Y por qué no? Una serie de sentimientos tienen determinantes bioquímicos tanto como psicológicos, y el estado bioquímico de Robert Self es muy similar al de James Self. Cuando James bebe, me emborracho. Cuando inhalo humo hasta nuestros pulmones, al cabo de un momento es muy posible que James se ponga a toser. Pero no podemos leernos los pensamientos, y mi hermano —como creo que también él podría decir de mí— puede ser tan impredecible como un completo desconocido. Debido a nuestra característica, o por necesidad, compartimos muchas cosas, pero nuestras personalidades y nuestros pensamientos son propios de cada uno.

Es, probablemente, en cierto modo, como estar casados, incluso por lo que respecta al sexo. Normalmente nuestras necesidades puramente físicas coinciden, pero uno puede colocarse en una disposición mental que acepte o niegue esa necesidad, por lo que, al igual que un marido y su esposa. James y yo hemos de negociar. Como es lógico, en nuestro caso el asunto puede ser increíblemente más complejo. Supongo que algunos de nuestros debates podrían compararse a la discusión de proyectos de ley en el Congreso. Pero en este tema me someto a James, cuyo dominio son las complejidades.

Muy bien. ¿Qué significa estar «activo» cuando ni James ni yo somos lo bastante fuertes para manejar el cuadro de mandos del monstruo y hacerle marchar, si lo deseamos, al paso de la oca? Significa que quien está activo tiene un control motor casi absoluto, y el que está inactivo ha renunciado de buen grado a ese poder. Tanto James como yo podemos abandonar el control motor y permanecer plenamente conscientes del mundo. Podemos —y lo hacemos— dedicamos a una actividad cognitiva y, dado que nuestros centros del lenguaje no están afectados, podemos comunicarnos nuestras ideas. Esta capacidad tiene algo de oriental y yóguico, estoy seguro de ello, pero la hemos desarrollado sin el concurso de gurús ni de meditación.

¿Cómo decidimos entonces quién está activo y quién se retira? Pues bien, me temo que es una simple cuestión de cortesía —«tú primero, Alphonse» / »después de ti, Gastón»—, y lo único que podemos decir a su favor es que funciona. Finalmente, si alguno de nosotros está durmiendo, el otro se encuentra automáticamente activo.[2] El monstruo sólo obtiene tres o cuatro horas de descanso ininterrumpido, pero hemos decidido que eso es el precio que un monstruo debe pagar por preservar la cordura de sus amos.

Claro está que hay siempre quienes creen que James y yo somos el monstruo. Muchos lo creen así. Excepto durante un par de años en los que fuimos objeto de la atención nacional, cuando no sabíamos qué diablos estábamos haciendo, hemos pasado nuestra vida tratando de demostrar que esa gente se equivoca. Somos seres humanos, James y yo, a pesar de la inescrupulosa jugarreta que nos hicieron en la matriz de nuestra madre, y queremos que todo el mundo lo sepa.

Ven, monstruo. Ven a mi mano. Mi hermano duerme, son las siete de la madrugada y ya has permanecido al menos tres largas horas con los ojos cerrados, los cuatro párpados vibrando como persianas en el ventoso mayo. ¡Tres horas! Así que ven a mi mano, monstruo, y veamos lo que podemos añadir a esto.



Hay quienes creen que James y yo somos el monstruo.

Qué considerado eres, hermano, al detenerte donde yo puedo despegar con viento de cola, aunque esta mañana el monstruo esté un poco perezoso en la pista de despegue. Pero Robert es el hombre más indicado para la actividad; él es quien teclea en esta máquina de escribir con la máxima autoridad, aunque yo sea el especialista en salto de vallas del equipo. (Desde luego, el bueno de mi hermano, Robert, no mezclaría metáforas de esta manera.) Sin embargo, nuestro editor quiere que ambos colaboremos, y diseccionar nuestra monstruosa condición podría ser un buen punto de arranque para James. Dejemos que Robert duerma un poco mientras tomas mi dictado, monstruo. Eso es todo lo que pido.

Sí, muchos nos consideran un monstruo. Y en algún lugar de estas notas introductorias mi hermano se cubre la boca con una mano y susurra en un aparente: «James es más alto que yo». Bien, eso es cierto..., lo soy. Verán, Robert y yo no somos gemelos idénticos. (Soy más bien parecido que Robert, y más alto.) Esto significa que un modelo genético diferente fue responsable del rostro y las facciones de cada hermano, y, en palabras de un tendero de la localidad, «esas cosas simplemente no ocurren». Los cromosomas debieron de haberse dislocado, los genes se multiplicaron y revolvieron, y un monstruo quedó suelto en la escalera helicoidal de los nucleótidos. Lo que somos, me temo, es una especie de mutante doble... Es cierto, me oyen ustedes con claridad, un mutante..

M-U-T-A-N-T-E.

Confío en que no les haya entrado el pánico y se hayan largado a Bolivia. Los mutantes asustan, sí..., pero normalmente no funcionan muy bien o no encajan como deberían. Muchas mutaciones, ya sean de frutos, moscas u ovejas, nacen muertas, o sea, que empiezan por no existir desde el comienzo. Otras mueren más tarde. Las probabilidades no favorecen a las criaturas con miembros rudimentarios y cabeza sin tapa de los sesos. Si su código se avería, lo mejor que puede esperar es un aristocrático sexto dedo, uno más que puede empinar cuando se lleva la taza de té a los labios. Y todo el mundo ha visto esas películas en las que las radiaciones han convertido a diligentes hormiguitas o felices saltamontes en ogros del tamaño de fragatas. Como sabe, esos son mutantes.

¿Y qué decir de los hombres bicéfalos?

Pues bien, según los medios de comunicación populares están a un paso por debajo de sus genuinos mutantes, monstruos quirúrgicos que salen furtivamente de un pantano, hacha en ristre, con los labios inferiores babeantes. O, si el culpable es la radiación —una consecuencia tras el lanzamiento de la bomba a causa de la vanidad humana—, una de las cabezas es un montón de órganos idiotizados que sólo es capaz de repetir lo que dice la cabeza supuestamente normal, o bien las dos cabezas son igualmente idiotas y se comportan como un conjunto cómico a lo Abbott y Costello, que tropiezan con los ladrillos entre los montantes de madera y cantan a dúo. Crímenes capitales, todas estas maniobras. ¡Ja, ja!

Nadie se identifica con un hombre de dos cabezas.

Si usted se atreve a sugerir que el tema tiene su lado serio, ya está, la etiqueta que le colocan es «mórbido». ¿Otros términos en el arsenal de justificaciones para evitarlo? Por ejemplo «grotesco», «enfermizo», «horrendo», «patológico», «perverso». Hasta hay quien dice «poliperverso». Pero «mórbido» es el obús que arrojan para impedir toda discusión seria, y los fragmentos te perforan hasta que tú mismo sientes repugnancia de tu depravación. La gente se pregunta por qué no te matas a la vista de tu horridez, y tú sólo puedes estremecerte y escabullirte, dejando un mórbido reguero plateado detrás de ti, como la baba de un caracol.

¿Podéis pues imaginar lo que significa ser un (llamado) hombre bicéfalo en la Monocefálica Norteamérica? Es muy probable que Robert y yo seamos la minoría más mínima. Robert, yo y el monstruo, los tres juntos.

El año pasado, en Saint Augustine, Florida, en el museo Ripley, que visitábamos en compañía de un publicista de Atlanta, mi hermano y yo vimos una temerá bicéfala, disecada. Tenía una cabeza ciega y deforme que le colgaba al lado de la cabeza con ojos. Era un mutante, preservado para delicia y edificación de los turistas de la ciudad más antigua de Estados Unidos. Hurra.

Nuestro grupo se detuvo ante aquel espécimen en la atestada sala de exhibición. El silencio se precipitó como la hoja de una guillotina. Todo el mundo se preguntaba qué iban a hacer los Self. ¿Se sentirían ofendidos? Oh, no os preocupéis, ya sabían dónde se metían. Sí, pero...

—Esta es una ternera bolchevique, Robert —le digo a mi hermano—. Sin duda este bicho no figura en la procesión de las criaturas naturales. Es un engendro soviético. Se lo hicieron al Mejor Amigo del Hombre y ahora se lo hacen a un productor potencial del Alimento Más Perfecto de la Naturaleza. Aquí tienes la prueba, hermano, en medio de la ciudad más antigua de Norteamérica.

—Psé, psé —comenta Robert. Eso lo dice bastante bien.

—¿Y qué asignación supones que dedicaron nuestros burócratas de la Seguridad Social a esta ternera antes de que sucumbiera? ¿Con cuántos nombres dejaron que se inscribiera esta vaca frustrada en el registro local de votantes?

—¿Esta ternera comunista?

—Exactamente.

—Oh, con dos, desde luego. Si es un engendro soviético. James, probablemente obtuvo sus derechos del aparato de la Seguridad Social y del registro de votantes, mientras que nosotros...

—Ciudadanos norteamericanos al cien por ciento.

—Eso mismo —dice Robert—. Mientras que nosotros somos una sola persona a los ojos del Estado.

—Excepto para el pago de impuestos —digo yo.

—Excepto para el pago de impuestos—repite Robert—. Aunque nos permiten que hagamos la declaración conjunta.

Como ven, también nosotros podemos actuar como Abbott y Costello. Larry Blackman, el escritor, publicista y «descubridor de talentos», resolló significativamente, echó a andar y dirigió a nuestro grupo a una caja de vidrio llena de sobres con la dirección a medias que —créase o no— habían llegado sin embargo al museo Ripley. Uno de los sobres había llegado a su destino con sólo una rasgadura (!) en la parte delantera como única indicación de su destinatario.

Comenté jocosamente aquella circunstancia y Blackman tosió, rió y trató de impedir que Robert mirase por encima de nuestro hombro a la condenada ternera. Todavía no sé si llegó a comprender hasta qué punto había metido la pata.

Aquella noche, en nuestra habitación del motel, Robert se echó a llorar. Los sollozos nos estremecían y muy pronto el monstruo hizo que también a mí se me saltaran las lágrimas, igual que si tuviéramos otra vez nueve años y llorásemos llamando a Velma después de habernos hecho un moratón en nuestra protuberante rodilla. James y Robert Self en un motel de la cadena Howard Johnson, en las afueras de Saint Augustine, sollozando a dúo, desconcertados... Si saco esto a colación es sólo porque el episodio ocurrió hacia el fin de nuestra asociación con Blackman y porque nuestro editor quería un poco de «psicología» en este esfuerzo conjunto.

Ahí queda, pues: un poco de psicología. Hagan con ella lo que les parezca.

¡Arriba, monstruo! Apártate de esta mesa sin despertar a Robert y te alimentaré con frescos melocotones del refrigerador. Lo haré gracias a nuestra vida compartida y mi particular paladar.

La gente se pregunta por qué no te matas a la vista de tu horridez.

(James está leyendo por encima de nuestro pecho mientras escribo, contento de que haya empezado con una cita suya. Quid pro quo, le digo: una cosa por otra.)

El sexo y la muerte. La muerte y el sexo. Según nuestro contrato debemos escribir sobre estas cosas, pero James se ha limitado a hablar de uno, evitando por completo a la otra. Quizá desea dejarme la cosecha de morbideces. ¿Será posible?

(«Me has comprendido bien, hermano», replica James.)

Dejando aparte el importante asunto de los impuestos, hablemos de la muerte y el sexo... No, limitemos nuestro tema a la muerte. Aún tengo esperanzas de que James me ahorre contar un lado de nuestra vida que, por descuido, le he permitido dirigir a él. ¿James?

(«De acuerdo, Robert. Hecho.»)

Muy bien. El caso es que cuando James muera, yo moriré, y cuando yo muera. James morirá también. Trombosis coronaria. Cáncer de pulmón. Desnutrición. Envenenamiento alimenticio. Electrocución. Mordedura de serpiente. Defenestración. Cualquier cosa capaz de producir lesiones fatales al organismo acaba con los dos... Dos personalidades borradas del mundo de un solo golpe. El monstruo muere y se nos lleva consigo. La convulsión final, la última risa, pertenece a la criatura a la que habremos dedicado nuestra vida adiestrándola para que obedezca a nuestras voluntades. Bueno, quizá le debamos eso.

Sin embargo, ustedes podrían preguntarse: ¿No es posible que James o Robert puedan sufrir un golpe letal sin causar la muerte de su hermano? ¿Un tumor? ¿Una embolia? ¿Un aneurisma? ¿Una herida de bala? Sí, eso podría suceder. Pero el trastorno físico del monstruo, el envenenamiento de nuestro torrente sanguíneo, las repercusiones emocionales y psicológicas en el Self superviviente, probablemente harían indefectible su muerte. James y yo no somos gemelos siameses, a los que es posible separar con un escalpelo o un rayo láser quirúrgico, tras lo cual cada uno va por su lado. Nuestros caminos jamás han estado separados y jamás lo estarán, y, sin embargo, no nos consideramos repulsivos simplemente porque el hecho de nuestra interdependencia ha sido volcado en una ineludible metáfora anatómica. Quizá todo lo contrario.

Al principio de nuestro asalto al Mundo del Espectáculo, hace dos años (y todavía recibimos a diario solicitudes para actuar en carnavales y circos, tanto de Estados Unidos como de Europa), aparecimos en el programa televisivo Charla de Medianoche. Esto fue cosa de Blackman, un medio de presentamos al público sin necesidad de recurrir a altavoces y carteles ilustrados. Nos dijo que habíamos sido muy afortunados al lograr salir por la tele, y era fácil de ver que Blackman lo consideraba como una buena entrada en el negocio del espectáculo.

James y yo aparecimos al final del programa de un miércoles, después de las entrevistas al psicólogo Irving Brothers, el dramaturgo Kentucky Mann y la actriz Victoria Pate. Cuando por fin salimos de los vestuarios, sin ningún acompañamiento musical, el público se sobresaltó y luego empezó a aplaudir tímidamente. (James dice que los melifluos aplausos le permitieron oír que alguien exclamaba: «¡Por las barbas del profeta!», pero no puedo confirmarlo.) El anfitrión de la Charla de Medianoche, Tommy Carver, nos saludó con juvenil formalidad, como si fuésemos el papa de Roma.

—Sé que usted... hace que se giren las cabezas de la gente vaya donde vaya, señor Self —empezó a decir, tragando saliva con un gesto teatral y tamborileando sobre su mesa con un lápiz despuntado—. Bueno, quiero decir señores Self. ¿Pero cuál es...? Quiero decir, ¿cuál es la pregunta que les molesta más, que les hace rehuir la atención que deben llamar?

—Esa que usted nos hace —dijo James—. Esa es la pregunta.

El público se sobresaltó de nuevo, no tanto por esta pequeña muestra de ingenio como por el hecho de que habíamos hablado de veras. Una mujer de la primera fila rió disimuladamente.

—De acuerdo —dijo Carver, moviendo la cabeza—. Merezco esa respuesta. Veamos, pues, ¿cuál es su mayor preocupación personal? Quiero decir si es algo común a todos nosotros o algo... peculiar a ustedes.

Aquella palabra, peculiar, ocasionó algunas risitas más.

—Mi mayor preocupación —dijo James— es que Robert intente asesinarme suicidándose.

El público se rió francamente al oír esto. Carver pareció sorprendido y divertido a la vez... El monitor del estudio había aislado su rostro en un primer plano y no dejaba de lanzar tímidas miradas a la cámara.

—Pero Robert no tiene el rostro de un criminal. ¿Por qué iba a querer asesinarle, después de todo?

—Cree que le he impedido disfrutar con su chica.

Se renovaron las risas en el estudio, y Carver siguió representando el papel de un hombre serio.

—Vaya, ¿es eso cierto, Robert? —Yo debía parecer inquieto o aturdido, y el hombre quena hacerme participar en la conversación.

—Por supuesto que no —dijo James—. Si él tiene una cita, yo mantengo los ojos cerrados. No quiero azorar a nadie.

La charla siguió por ese derrotero hasta la pausa publicitaria, en la que anunció una marca de comida para perros. Larry Blackman nos había escrito el guión, y James lo había practicado para poder decir las cosas que hacían reír aunque no formularan las preguntas adecuadas. Blackman dijo que todo era cuestión de manipular el material. El agente que nos seleccionó para la Charla de Medianoche había esperado que fuésemos «invitados populares» más que actores..., es decir, alguien cuyo atractivo radica en lo que es más que en la imagen que proyecta. Pero Blackman dijo que podíamos ser ambas cosas. James el comediante y yo el ser humano sincero capaz de describir seriamente nuestra situación. Supongo que el reparto de Blackman era adecuado; el guión era lo que tenía un fondo gangrenoso. La mitad para cada cabeza. Al público le gustaba la mitad que había visto.

(«Ahora está volviendo al tema, amigos», dice James. «Ya verán.»)

Después de que el perro ovejero inglés hubiera devorado su ración, tomé la palabra.

—Antes James les ha dicho que temía que le asesine suicidándome...

—Sí, eso nos sorprendió a todos un poco.

—Bueno, la verdad es que James y yo hemos comentado la posibilidad de matarnos.

—¿De veras? —Carver se recostó en su sillón y se abrió la chaqueta.

—Muy en serio, porque nos resulta imposible actuar con independencia del otro. Por ejemplo, si yo tomara una sobredosis de anfetaminas, harían un lavado a nuestro estómago.

Carver dirigió su mirada a nuestro abdomen.

—Sí, veo lo que quiere decir.

—O si James se desanimara y aprovechara su tiempo de actividad para cortarnos las venas de las muñecas, ambos nos desangraríamos hasta morir. Como ve, el suicidio de uno supone el homicidio del otro.

—El crimen perfecto —terció Victoria Pate.

—No —repliqué yo—, porque el acto encierra su propio castigo. James y yo comprendemos eso muy bien. Por ello hemos hecho un pacto a fin de que ninguno de nosotros trate de suicidarse hasta que pactemos hacerlo juntos.

—¿Han hecho un pacto para hacer un pacto de suicidio?

—Exacto —respondió James—. Así somos hermanos de sangre, y así es como esperamos morir.

Carver se abrochó la chaqueta y se pasó un dedo entre el cuello de la camisa y la piel.

—Confío en que eso no ocurra demasiado pronto. Creo que nuestro público no está preparado para esa clase de Charla de Medianoche.

—Oh, no —le aseguré—. No esperamos emprender ninguna acción hasta dentro de varios años. Pero, ¿quién sabe? Al final, las circunstancias dictarán lo que hayamos de hacer.

Después del programa, los televidentes colapsaron la centralita telefónica con sus llamadas. Las reacciones negativas a nuestras observaciones sobre el suicidio fueron más numerosas que las preguntas acerca de cómo lo «habían hecho» los cámaras. Aunque Blackman nos felicitó calurosamente a los dos, el monstruo no durmió muy bien aquella noche.

«Cree que le he impedido disfrutar con su chica.»

Bien, extraños ejemplares se nos acercaban cautelosamente cuando Blackman estaba ocupado en los asuntos de Robert y James Self. El monstruo los devoraba en un santiamén, cuando no estaba fatigado. Les dábamos dulces naderías estereofónicas y las pesadillas que no podían tener por sí mismos. Robert, por mi bien y el del monstruo, no decía nada, nos lo consentía, nunca se quejaba. Ello ha conducido a resentimientos en ambos lados, derecho e izquierdo. Ya hemos hablado de eso.

Durante una breve época, Robert y yo estuvimos comprometidos para casarnos, y no entre nosotros mismos. Ella tenía cuatro años más que nosotros. Trabajaba en la oficina principal de la compañía eléctrica de la localidad, ante una mesa a la que sólo podía llegarse abriéndose paso entre una serie de cocinas eléctricas, lavavajillas y calentadores de agua, en su mayoría blancos, y unos pocos color aguacate.

Normalmente efectuamos nuestros pagos por correo, o le pedimos a Velma que lo haga si va a la ciudad, pero en aquella ocasión, dado que nuestros gastos mensuales habían fluctuado impredeciblemente y no podíamos llamar por teléfono, me puse al volante de nuestro coche y conduje por la carretera comarcal hasta nuestro distrito comercial. (Robert no tiene permiso de conducir.) Nuestra futura prometida, a la que llamaré X, explicaba pacientemente a un grupo de amas de casa y jornaleros el aumento de tarifas recientemente aprobado por la Comisión de Servicios Públicos, las deducciones a los consumidores ordenadas por la CSP, por haber sido desautorizado el impuesto sobre combustibles del ano anterior, y las tarifas de verano que pronto entrarían en vigor. Su voz temblaba un poco. A través de la puerta detrás de su mesa podíamos ver a dos hombres agazapados. Las luces de la sala estaban apagadas.

(«¿Vas a convertir esto en un relato de cómo-rescatamos-a-la-doncella-del-dragón?», quiere saber Robert.)

(«Vete a paseo», le digo.)

(A Robert le gustaría probablemente que el monstruo no hiciera caso de mi reprensión... pero ahora soy el único que está activo y voy a completar esta importante reminiscencia.)

Nuestra aparición en la compañía de electricidad tuvo su impacto habitual. Hicimos que los presentes volvieran la cabeza. Tres o cuatro personas se apartaron del mostrador de la caja, otras dos fingieron —sin demasiado éxito— no darse cuenta de que estábamos allí, y un viejo vestido con un mono de faena se nos quedó mirando. Una mujer con la que habíamos coincidido una vez en Wilson y Cathet nos dijo: «Buenos días, señor Self», y salió a la calle tirando de la mano de un pequeño de sexo indeterminado.

X se levantó de su silla y permaneció mirándonos como petrificada.

—Oh, mierda —susurró—. Esto es demasiado.

—Volveremos cuando se sienta mejor —le dijo una anciana con rulos en el pelo.

Todos los clientes desfilaron hacia la puerta, incluso el hombre del mono, el cual tenía un brillante bulto en la mejilla debido al tabaco de mascar oculto allí. Nadie utilizó el pasillo en el que nosotros nos encontrábamos.

Sonó el teléfono. X lo descolgó, sosteniéndolo como si fuera una porra, y nos miró a Robert y a mí sin la menor traza de sorpresa.

—Este número no funciona —dijo al receptor—. Está fuera de uso. —Y colgó.

Sobre su mesa, al lado del teléfono, había un manoseado ejemplar en rústica de El pájaro espinoso, pero X no había podido leer gran cosa aquella mañana.

—No se alarme —le dije. X no parecía alarmada—. Somos un domador de leones. Esta es la cabeza que les meto en la boca.

—Ja, ja —dijo Robert.

Aquello era un principio, pero el juego no duró mucho. Tras nuestra primera invitación, X acudió a la vieja casa de Larimer Self—nuestra vieja casa— casi todas las noches durante un mes, y demostró estar interesada por nosotros, tanto Robert como yo, en aspectos de los que no tenían idea nuestros admiradores de monstruos. Sin embargo, llegaron tarde, y quizá Robert y yo no reconocimos entonces qué clase de mujer fuera de lo común era aquella mundana y sincera X, que nos consideraba como personas.

Nos acomodábamos en la sala de estar, a la luz de las velas, y escuchábamos a la Increíble Orquesta de Cuerda que interpretaba Douglas Traherne Harding entre otras piezas, y hablábamos de viejas películas. (Las velas no respondían al deseo de crear una atmósfera romántica, sino para fastidiar, con la plena aprobación de X, a la compañía eléctrica.) En la cocina, el insensato monstruo preparaba galletas de chocolate y nos daba sus dedos quemados a Robert o a mí para que los chupásemos. De regreso a la sala de estar, todos masticábamos galletas y hablábamos como una jaula llena de monos farfulladores, reíamos frívolamente y, al final, nos poníamos lo bastante serios para hablar de cosas serias como trabajos, objetivos y futuros largamente soñados. Pero Robert y yo dejábamos a X el cuidado de la mayor parte de la conversación, mientras la contemplábamos arrobados.

Una noche, consciente de nuestro silencio, X se detuvo de repente y se acercó a nosotros para besarnos en las frentes. Luego, tras subir las escaleras delante del monstruo, le mostró cómo coordinar sus inexpertos ritmos mecánicos con los de una clase de criatura diferente pero complementaria. Hasta entonces el monstruo había sido virgen.

¿Y los sensibles Self? Bien, Robert, como él mismo dijo, estaba «encantado, realmente encantado». En cuanto a mí, estaba sumido en un complejo de sentimientos que la mayoría de la gente considera como sintomático del amor romántico. ¿Cómo diablos podía Robert estar meramente —creo que voy a sentirme mal— «encantado»?

(«¿Otra vez la amargura?»)

(«Bueno, hermanito, sabíamos que sucedería, ¿verdad?»)

Comentamos nuestra relación con X racionalmente y al contrario. Era de Ohio y había ido a nuestra ciudad desde una localidad costera donde trabajaba como empleada nocturna en un motel. El embargo árabe del petróleo le hizo perder su empleo, según creía ella, pero, dotada de una auténtica flexibilidad, había viajado al interior de la región y encontrado otro empleo en nuestra compañía eléctrica..., gracias a que poseía un título universitario, una carpeta de recomendaciones y el magnífico trabajo que había realizado para Grey Bates, su jefe. No obstante, nos halagó diciéndonos que éramos las únicas personas de la ciudad con las que se encontraba a gusto. Creo que lo decía de veras, y estoy bastante seguro de que Robert también la creía. Si luego cambió de idea fue sólo porque tenía que justificar su posterior vacilación y sabotaje.

(«¡Maldito seas. James!»)

(«De acuerdo, de acuerdo.»)

Unas dos semanas después de que X hubiera empezado a visitarnos en casa por las noches, Robert y yo llegamos a un acuerdo. Le pedimos que se casara con nosotros, con los dos..., los tres. No había otra solución.

Ella no dijo ni sí ni no. Dijo que tendría que pensarlo, y nosotros no insistimos para no abrumarla. Más tarde, cuando X superó el carácter embarazoso de la propuesta de matrimonio, nos preguntó cómo nos manteníamos. Era algo de lo que nunca habíamos hablado hasta entonces.

—¿Por qué lo preguntas? —inquirió Robert bruscamente, con evidente suspicacia.

—El dinero es de Larimer—intervine yo—. Tenemos una asignación mensual que cobramos en el banco. El también paga la casa y el terreno.

—¿Por qué lo preguntas? —repitió Robert.

—Estoy preocupada por vosotros —dijo X—. ¿Acaso el dinero de Larimer durará eternamente? Porque vosotros no hacéis nada, que yo sepa, y siempre he mirado con recelo a la gente que no se abre su propio camino. Siempre me he mantenido por mis propios medios, ¿sabéis? Soy así. Y no quiero estar recelosa de mi..., bueno, de mis maridos.

Robert se había ruborizado. La situación me afectaba a mí también... Podía notar el incremento del calor en mi rostro.

—No —dijo Robert—. El legado de Larimer no durará eternamente.

X llevaba unos pantalones cortos floreados y una especie de corpiño. Apoyaba sus limpios pies descalzos en el sucio tapizado de nuestro diván. La piel alrededor de su ombligo se plisaba atractivamente.

—¿Crees que deseo vuestro dinero, Rob? No, no lo quiero. Sólo temo que consideréis el matrimonio como una panacea para todos vuestros problemas. Y no lo es, ¿sabéis? Hay que vivir en el mundo y tenéis que abriros camino en él, casados o no. De lo contrario, es imposible ser feliz. ¿No lo veis? El matrimonio no es sólo una serie de fiestas nocturnas, amigos míos.

—Lo sabemos —le dije.

—Supongo que sí —se apresuró a reconocer X—. Bueno, también yo lo sé. Estuve casada en Dayton, durante seis años.

—Eso no nos importa, ¿verdad que no, hermano?

Robert tragó saliva. Estaba bastante claro que hubiera preferido enterarse antes de aquel asunto de Dayton, aunque hubiera sido entre las pausas de nuestro cambiadiscos automático.

—No —dijo resueltamente—, no importa.

«Una luz» cantaba la Increíble Orquesta de Cuerda, «la luz que es única aunque las lámparas sean muchas».

—Escuchad —dijo X seriamente—. Si tenéis alguna idea de lo que estoy diciendo, tal vez me case con vosotros, e iré adonde queráis ir para encontrar la otra llave de vuestra felicidad. Pero necesito algún tiempo para pensar.

No recuerdo quién estaba activo entonces, si Robert o yo. Quizá ninguno de los dos. Qué más da. El monstruo nos llevó al otro lado de la habitación con la clara intención de devorar a X sobre el sucio diván. El momento parecía dulce, aunque el decorado no lo fuera, y estaba a punto de derramar lágrimas al pensar que Robert y yo estábamos prácticamente comprometidos con aquella mujer decente y compasiva.

Pero el monstruo nos falló aquella noche. Aunque X nos recibió a los tres como su amante, el monstruo no pudo cumplir con su cometido, y yo supe con absoluta certeza que su fracaso era culpa de Robert.

—Me casaré con vosotros —susurró X consoladoramente—. Habrá otras noches, otras ocasiones. Esto sucede a veces.

¡Estábamos comprometidos! Aquella noche este hecho no llevó al monstruo a una cima de pasión enfebrecida... pero a mí, al menos, me consoló mucho. Y en varias ocasiones sucesivas, cuando Robert aceptó, al parecer, nuestra buena suerte mutua, el monstruo volvió a portarse a la perfección. Empecé a pensar en una casa de campo, un trabajo como instalador de líneas de la compañía eléctrica y, que Dios me ayude, niños en cuyos rasgos infantiles seria posible discernir algo de los tres.

(«¿Una camada de pilluelos bicéfalos? ¿O ibas a buscar un Cerbero, con sus tres hermosas cabezas, a cada nacimiento?)

(«Robert, maldita sea, ¡cállate!»)

Y entonces, sin previo aviso, Robert empezó de nuevo a sabotear los vivos intentos del monstruo para hacer el amor con X. Aunque podía considerar este mal funcionamiento como un fenómeno temporal, X era también lo bastante lista para comprender que bajo aquello había algo serio. ¿El sexo? Durante la última semana que estuvimos con ella, no lo hicimos ni una sola vez. A mí no me importaba. Lo que me preocupaba era saber que mi propio hermano estaba utilizando su poder —una especie de poder puramente negativo— para traicionarnos a los dos. No creo que haya superado realmente esta traición. Es probable que nunca la supere.

Esto por lo que concierne al sexo, hermano. Creo que así queda explicada la parte del sexo. Tú hablaste de la muerte y yo del sexo. Y ambos salimos perjudicados por lo que tú hiciste y dejaste de hacer en ambos campos. Al menos así es como lo veo yo... Tenía intención de terminar esto... pero al diablo con ello, Robert. Termínalo tú. El niño es tuyo. Tómalo.

De acuerdo. Nos recriminamos tanto por este asunto que nuestras discusiones parecen seguir ya una pauta determinada. Probablemente es culpa mía que no nos casáramos con X. Dejemos de lado la sabiduría o la locura de nuestra esperanza en contraer matrimonio. .., pues al final no lo hicimos. Y yo tuve la culpa.

Pueden ustedes eliminar ese «probablemente» que he utilizado más arriba.

Una vez James bromeó —no ha bromeado mucho sobre este asunto— diciéndome que yo me había echado atrás. Después de todo, él estaba dispuesto, el monstruo era dócil, y solamente el hermano Robert se mostraba débil. Tal vez. Sólo sé que después de nuestra propuesta nunca pude sentir el mismo entusiasmo por las visitas de X que antes. Recuerdo que ella decía: «Vosotros no hacéis nada, que yo sepa, y siempre he mirado con recelo a la gente que no se abre su propio camino». Siempre creeré que había algo complacido y condescendiente —por no decir lisa y llanamente insensible— en esta observación, y que en su deseo de saber cómo nos las arreglábamos para mantenernos había algo mezquino y cruel. X tenía una franqueza superficial bajo la que su verdadero carácter oscilaba como una mina encadenada, y James nunca pudo ver el peligro.

(«Eso no es más que una exageración.»)

(«¿Quiere empezar de nuevo, señor Self? Es suyo si lo desea.»)

James contempla a través de la ventana nuestro tejo japonés.)

El fracaso del monstruo al intentar hacer el amor puso a X sobre aviso de mi desencanto. Aunque perseveró durante algún tiempo, al parecer con la esperanza de que James me vencería finalmente, estaba vigilante como un pinzón. Sabía que yo estaba cansado de nuestra relación. Nuestras conversaciones empezaron a girar en torno a preguntas como: «¿Quieres otro trago?» y «¿Qué tal te ha ido hoy?». El monstruo no reaccionaba.

Finalmente, la última noche, X me miró y dijo: «La verdad es que no quieres que nos casemos, ¿verdad, Robert? Tienes miedo de lo que podría suceder. No quieres correr ningún riesgo ni siquiera pensando en tu posible felicidad.

Sus palabras me instigaron.

—No —le dije—, no quiero que nos casemos, y lo único que temo es lo que podrías hacernos a James y a mí al tratar de imponer tu amor nada equitativo en un matrimonio oportunista.

—¿Oportunista? —dijo ella, con un expreso tono de incredulidad.

—James y yo vamos a ganar un montón de dinero. No tenemos que depender del legado de Larimer. Y tú supiste eso en el mismo momento en que nos viste, ¿verdad?

X meneó la cabeza.

—¿Crees de veras, Rob, que me casaría —al llegar a este punto eligió sus palabras cuidadosamente— con dos hombres en un solo cuerpo a fin de mejorar mi propia situación financiera?

—Hay gente que se ha sometido a cambios de sexo por esa misma razón.

—Eso es pura especulación. No lo creo.

James había vuelto la cabeza para no verme y permanecía en absoluto silencio. Ni siquiera podía oírle respirar.

X cambió de postura en el diván. Me taladró con la mirada, como si así pudiera persuadirme de su sinceridad:

—Rob, ¿no será simplemente que te asusta la posibilidad de que pueda entremeterme entre tú y James?

—Eso es imposible —le respondí.

—Sé que lo es. Por esa razón no eres razonable al suponer que podría suceder.

—¿Quién supone tal cosa? —le pregunté—. Pero si de algo estoy seguro es de que nunca podrás queremos a ambos por igual, ¿no es cierto? Nunca podrás otorgarme el afecto de tu corazón como se lo otorgas a James.

Ella miró el techo, exhaló aire con gesto dramático y luego se levantó y cruzó la estancia hasta la silla en la que se sentaba el monstruo. Me besó en el puente de la nariz, se volvió inmediatamente hacia James y le favoreció con una bendición similar.

—Lo habría intentado —dijo—. Adiós, amigos.

James seguía manteniendo la cabeza desviada, y el monstruo se estremeció con una vehemencia que me habría sorprendido de no haber comprendido lo dolido y decepcionado que estaba mi hermano.. ., aunque yo lo hubiera hecho en un intento de salvarnos de una situación que había estado muy cerca de estallar en nuestros rostros.

X no volvió más, y yo no le permití a James que la telefoneara. Tres días después de nuestra despedida final, llegaron unas nubes del Golfo y se puso a llover como si fuera en recuerdo de Noé. Durante la tormenta se produjo un apagón, y la luz no volvió en todo el día. Al día siguiente seguía sin aparecer. El congelador de nuestra nevera empezó a descongelarse.

James telefoneó a la compañía eléctrica. Me alivió que X no estuviera allí. Bates nos dijo que se había despedido el día anterior y se marchó bajo la lluvia sin haber cobrado siquiera la paga. No podía comprender por qué nos habían cortado la electricidad si habíamos pagado nuestros recibos tan religiosamente como decíamos. Pero no teníamos que preocuparnos, porque él se encargaría de que nos devolvieran la corriente. Todo aquel episodio fue una confirmación tangible de la mezquindad de X.

Poco después de que ella nos dejara, logré finalmente persuadir a James para que me dejara escribir a Larry Blackman, de Atlanta. Salimos de nuestro encierro. Como podría haber dicho maliciosamente X, por fin nos pusimos a hacer algo. Con una comedia facilona y la magia de nuestra peculiaridad innata, nos lanzamos por la senda de la popularidad y ganamos dinero a espuertas. James fue tan listo y cooperativo que le permití alimentar al monstruo cada vez que se presentaba la oportunidad, y he de admitir que había ocasiones en que tenía la impresión de que ni el monstruo ni James eran capaces de saciarse. Pero ni una sola vez dejé de ser indulgente con ellos. Ni una sola vez...

De acuerdo. Eso es suficiente, hermano. Sé que tienes ciertos sentimientos. Te vi en aquel motel Howard Johnson de Saint Augustine. Recuerdo cómo lloraste cuando Charles Laughton se cayó del campanario de Notre Dame, y cuando King Kong se desplomó desde lo alto del Empire State Building. Y cuando la criatura que vivía a veinte mil brazas de profundidad fue electrocutada bajo las montañas rusas de Coney Island, y cuando al fin te sugerí al final de nuestra última gira que tal vez era hora de que llevásemos a cabo el pacto que mucho tiempo atrás convinimos que haríamos un día. Me dijiste que no estabas preparado. Y yo soy incapaz, por las reglas del amor y la decencia, de cumplir con ese pacto sin tu aprobación. ¿He rechazado unilateralmente tu veto? No, no lo he hecho.

Así pues, ten un poco de piedad.

Es medianoche. Hace largo tiempo que James se ha retirado, dándome el control. Velma llamó esta tarde. Dice que vendrá mañana a jugar a las damas. Eso parece haber animado un poco a James. Pero confío en convencerle para emprender otra gira antes de que termine este mes. Ahora la actividad es lo mejor para él..., lo mejor para ambos. Estoy seguro de que finalmente se dará cuenta de eso.

Apago las luces.

Rozo con los labios la mejilla de mi hermano dormido.

[1] .Self significa «uno mismo», «sí mismo». (N. del T.)

[2] Sin embargo, este estado puede complicarse. James sueña con intensidad que el monstruo se agita con vehemencia subterránea apenas refrenable. No siempre, pero con bastante frecuencia.




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