Las mejores historias de terror 3


LISA TUTTLE. SALÓN DE ATRACCIONES



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LISA TUTTLE. SALÓN DE ATRACCIONES


Titulo original: In the arcade

Muy pronto 1984 habrá transcurrido y será propiedad de historiadores, estadísticos y trivializadores, el forraje de la nostalgia. Conoceremos los títulos de los libros más vendidos, de las películas que han tenido más éxito financiero y las series de televisión más populares. Habrá sido el año de la elección presidencial en Estados Unidos, sabremos quién ganó y quiénes perdieron, de la misma manera que conoceremos los ganadores y perdedores de los Juegos Olímpicos y los triunfos y fracasos en las diversas temporadas deportivas del año. Las modas de 1984 se habrán desvanecido o mostrarán una notable longevidad. Su música popular empezará a desvanecerse de nuestros oídos y recuerdos..., con la excepción de un pequeño grupo de afortunados que pasarán a la posteridad. Este año, que fue en un tiempo el coco y el espantajo del fantaseador distópico, se habrá ido y su realidad se habrá unido a la fantasía, suponemos que con una buena dosis de ironía. Será la tiranía de nuestras pesadillas contra esa tiranía más común y familiar con la que vivimos día a día y en la que apenas reparamos. Lisa Tuttle escribe vividos relatos cortos que tratan sarcásticamente de esa tiranía cotidiana, y aquí le ofrecemos uno de ellos como muestra. Tuttle es de Texas, y pese a que mide menos de tres metros, lo que podría contradecir las leyendas acerca de ese estado, su talento es realmente gigantesco.

Eula Mae se despertó. Apartó la sábana de su cuerpo sudoroso y se sentó en la cama. Hacía un calor terrible. La luz de la luna entraba directamente en la habitación a través de la ventana sin cortina, iluminando la cama y dando a las blancas sábanas un brillo casi fosforescente contra su piel oscura.

Deslizó las piernas por el borde de la cama. Era extraño que se despertara en plena noche. Todo estaba quieto y silencioso. Su esposo dormía sin hacer ningún ruido en su mitad del lecho con muelles crujientes. Eula Mae se preguntó qué podría haberla despertado en medio de tanto silencio.

Era extraño estar despierta cuando todo el mundo dormía. Aquello nunca le había sucedido antes, que recordara. Volver a dormir parecía lo único razonable, pero no estaba en absoluto somnolienta. Se levantó y se acercó a la ventana. Desde luego, la luna era grande y brillante, y estaba baja en el cielo.

Apoyó las palmas en el áspero y descascarado alféizar de la ventana, asomó la cabeza y observó la noche. No brillaba ninguna luz en las destartaladas casas de vecindad que se alineaban en la calle, y sólo lucían dos farolas..., las demás se alzaban en la penumbra, inútiles, pues los chiquillos o algún borracho airado habían roto las bombillas. Nada se movía. No se oía sonido alguno. Eula Mae frunció levemente el ceño y escuchó. Aquella quietud no era natural... Debería haber algún sonido, aunque sólo fuera el lejano monstruo del tráfico. ¿Acaso dormían todos sin sueño? No era natural; era aquella la quietud de una máquina en reposo, no el sueño inquieto de una ciudad. Se concentró para oír los sonidos que sabía que debería percibir.

¡Ya estaba! ¿No era aquello...? Pero ahora Eula Mae no podía estar segura. ¿Había oído aquel débil sonido zumbante o sólo había notado el rumor de la sangre y el aliento que recorrían los caminos de su propio cuerpo?

Eula Mae suspiró y se preguntó cuánto faltaría para el amanecer. Aquella noche no volvería a dormirse. Cambió de postura y alzó la mirada a la luna.

La visión del satélite la conmocionó y agitó el centro de las cosas. El mundo conocido, su mundo, dejó de existir. La luna siempre había estado allí, ella la había contemplado casi todas las noches de su vida. Y ahora, al mirar, no veía la luna familiar, sino un simulacro, una falsedad, una luna de decorado teatral: una luz. Tampoco era auténtico el cielo nocturno en el que brillaba..., unida a un techo invisible. La luz brillaba a través de los pliegues de unas colgaduras de color azul intenso. Los horizontes familiares se hicieron limitados y extraños. Si aquella no era su luna, no podía hallarse en su ciudad. ¿Dónde estaba?

—Howard —dijo desconsolada, volviéndose hacia la habitación. Gritó para que la ayudara—. ¡Oh, Howard, despierta!

El hombre inmóvil no se agitó. Eula Mae se sentó en el borde de la cama, que se hundió aún más bajo su peso, y puso la mano en el hombro desnudo de su marido. La piel era suave y estaba fría.

Los labios de Eula Mae formaron de nuevo su nombre, pero no habló. De repente había comprendido lo que era tan poco natural en aquella inmovilidad. Su marido no respiraba.

Ella gimió y empezó a agitarle, tratando de devolverle a la vida, de hacerle respirar de nuevo, aunque sabía que era inútil.

Oh, Howard, Howard, Howard.

Estaba allí tendido como un muñeco, como un travesaño de la cama, inmóvil, blando, frío. Estaba en algún lugar muy lejos del calor de la estancia.

Eula Mae se sentó con las manos apoyadas en el cuerpo de su marido. Las lágrimas le corrían por las mejillas. No se movió. Tal vez, si permanecía lo bastante quieta, iría a reunirse con Howard donde él estaba. Pero los sollozos sacudieron su cuerpo sin que pudiera evitarlo.

Entonces prevaleció el miedo. El miedo le hizo bajar de la cama (lentamente, tratando de no mover el cuerpo), el miedo le hizo dejar de sollozar. Tenía que ir a alguna parte, necesitaba estar con alguien. Buscó en el gran armario metálico su vestido limpio, pero no lo encontró en seguida, y la puerta mal encajada del armario oscilaba hacia dentro, empujándola, y el miedo se apoderó de ella por completo. Tenía que salir. Pensó en sus hijos, que dormían en la habitación de al lado. Los cogería e iría a casa de su hermana.

La habitación delantera estaba ocupada en su mayor parte por la gran cama en la que dormían los niños. Eula Mae percibió que algo iba mal en cuanto cruzó la puerta. No había ningún sonido. El habitual ronquido adenoide de Taddie no vibraba en el aire... La verdad era que ninguno de ellos respiraba. Se acercó a la cama pero no logró tocar a los niños. Si los tocaba, si los notaba sin vida bajo sus dedos, sin duda se convertirían en extraños.

Los hechos eran demasiado espantosos para hacerse preguntas, pero Eula Mae se preguntó por qué era ella la única a la que habían permitido despertarse. Su mente buscaba incansable, casi sin el concurso de su voluntad, una plegaria que tuviera algún significado.

En el piso de abajo vivían unos amigos. Podía acudir a ellos. El cerrojo de la puerta principal se resistía a abrirse, como siempre, pero aquella noche su testarudez parecía siniestra, como si la hubiera encerrado deliberadamente en una habitación donde todo lo que antes era familiar se hubiera vuelto maligno. Al fin la puerta se abrió quejumbrosamente, y ella bajó las escaleras de madera, clavándose astillas en los pies descalzos.

—jAnnie! ¡George! —exclamó mientras aporreaba la puerta. Su voz resonó en el pasillo mal iluminado, rebotó en las paredes y volvió a sus oídos, delgada y extraña, asustándola, por lo que cerró la boca y sólo utilizó los puños para pedir ayuda.

No hubo respuesta. Eula Mae temía salir a la extraña noche, iluminada por una luna artificial... Aquella casa era, al menos, un refugio conocido..., pero no podía permanecer allí entre los muertos. Su hermana Rose Marie vivía en la misma calle, en una casa de vecinos idéntica y un apartamento de dos habitaciones casi igual que el suyo. Su hermana Rose Marie la acogería.

Eula Mae oyó un sonido apagado. Cucarachas. Curiosamente, aquel ruido era tranquilizador, familiar. Significaba que aún había vida en aquel lugar mortalmente inmóvil.

Salió a la calle sin alzar la vista. Empezaba a dolerle la cabeza. Se llevó una mano a la frente, donde parecía centrarse el dolor, y notó la familiar impronta de la estrella de seis puntas. Apartó los dedos apresuradamente, pues el contacto parecía incrementar el dolor. Recordó un programa de radio que había oído una vez, acerca de una mujer que había caído, golpeándose la cabeza, y a consecuencia del golpe lo olvidó todo... no sabía quién era ni dónde vivía. ¿Podía haberle ocurrido algo parecido? ¿Pero qué podría haber olvidado que justificara todos aquellos cambios en su mundo?

La puerta del edificio donde vivía Rose Marie siempre estaba abierta, y Eula Mae penetró nerviosamente en el estrecho vestíbulo. Habían golpeado los buzones situados en la pared derecha hasta convertirlos en metal inservible, y cada vez que iba allí temía que, algún día, quien había destrozado aquellos buzones estuviera esperando para destrozarla a ella.

Como siempre, nadie estaba allí para golpearla, y Eula Mae subió los crujientes escalones tan rápido como podía sin tropezar. Nadie respondió a sus llamadas y golpes, ni en el apartamento de su hermana ni en el resto del pasillo, aunque debían de haber oído el ruido en todo el edificio, con sus paredes tan delgadas. ¿Se habían ido todos? ¿Estaban asustados? ¿Muertos? ¿Era posible que todo el mundo estuviera muerto?

Finalmente, Eula Mae abrió la puerta del apartamento de su hermana. No fue difícil, porque era una mujer fornida, aunque ella no se consideraba físicamente fuerte.

La habitación delantera estaba llena de niños. Dos de ellos ocupaban un estrecho catre, y los restantes descansaban en jergones tendidos en el suelo. Eula Mae se abrió paso entre ellos. No oía ningún sonido de respiración, pero no quiso investigar más de cerca.

Una cortina separaba la habitación delantera del dormitorio de Rose Marie y Jimmy. Eula Mae apartó la cortina y oyó un tranquilizador ronquido suave. Su corazón le dio un vuelco de gratitud.

—¿Rose Marie? ¿Jimmy? ¡Despertad!

El ligero ronquido sibilante continuó igual. Eula Mae se acercó a la cama.

—¡Eh, despertad! —gritó, inclinándose sobre su hermana.

Pero no salía aire de las fosas nasales de Rose Marie, ningún latido del corazón agitaba el nilón rosa de su camisa de dormir. Jimmy roncaba, durmiendo al lado de su esposa muerta. Esto ofendió a Eula Mae e, inclinándose por encima del cuerpo de su hermana, agitó vigorosamente el brazo de Jimmy.

—¡Despierta! ¡Deja de roncar y escúchame! ¿Me oyes? ¡Despierta!

Ni siquiera se alteró el ritmo de sus ronquidos. Siguió durmiendo, tan inalcanzable como Rose Marie.

Eula Mae se enderezó y dejó que los brazos le cayeran a los lados, dándose cuenta de que se hallaba sola. Estaba acostumbrada a tomar decisiones, a dirigir tanto su propia vida como la de los demás, pero nunca había estado sola y en una situación que no sabía en absoluto cómo manejar.

Regresó por el pasillo con un rancio olor a comida y bajó los traicioneros escalones para salir a la calle desierta. Intentaría encontrar a alguien, a cualquiera, amigo o desconocido, para asegurarse de que no era la última persona que quedaba con vida. Entonces decidiría lo que iba a hacer.

Mientras caminaba por las calles silenciosas recordaba algo que le había dicho su hermano menor. Puede que sólo fuera otro de los relatos que a él le encantaba inventar..., otro más de sus innumerables cuentos de horror acerca del omnipresente señor Blanco..., o

puede que fuera cierto.

—Tienen un gas —decía— que lo introducen en las habitaciones por unas tuberías y matan a todos los de dentro. Nos dicen algo como: «en esa dirección para ir a las duchas», o «espere en esta habitación hasta que llegue el doctor» y entonces —sus ojos brillaban— deslizan un tubo por debajo de la puerta o bombean el gas mediante tuberías a través de los respiraderos y... unas toses, uno o dos sofocos que apenas notas y... ¡zas!..., todo el mundo borrado del mapa, asfixiado.

Eula Mae había tenido un poco de miedo cuando le contó aquello: disfrutaba demasiado contándolo. Parecía exultar malignamente, algo que tenía muy poco que ver con su querido hermanito.

—Así es como el Hombre resuelve el problema de los negros —decía alegremente—. Los hace dormir a todos, como perros con rabia.

Cuando salió de su ensoñación, Eula Mae vio que había caminado hasta llegar mucho más lejos de lo que habría creído posible. Había salido de la ciudad y estaba en el campo. Pasó del cemento al camino de tierra y miró a su alrededor, perpleja. Aquella súbita transición era misteriosa. Eula Mae sabía que era imposible haber ido tan lejos en tan poco tiempo... Cierto que estaba embebida en sus preocupaciones, pero dudaba de que hubiera recorrido mucho más de un kilómetro. Según toda lógica, aún debería hallarse en el centro de la ciudad. Sin embargo, al mirar en tomo podía ver un campo de algodón, un huerto de sandías al otro lado del camino y algunas chozas destartaladas un poco más lejos.

Se dirigió a las chozas y fue directamente a una de ellas, pero vaciló antes de subir los escalones del ruinoso porche. Un perro dormía allí, con el morro entre las patas. ¿O no dormía? El perro no se movió, no hizo señal alguna de que supiera que ella estaba allí, mirándole. ¿Había sido realmente un gas? ¿Algún gas misterioso, difundido por todas las zonas donde vivían los negros? Pero si eso fuera cierto, ¿por qué ella había seguido viviendo?

Siguió andando más allá de la choza, continuó por el camino, aunque la cabeza le dolía más a cada paso y quería tenderse en alguna parte, descansar, liberarse del dolor que la golpeaba en el interior del cráneo, que le abría un agujero en la frente. Pero si descansaba temía que nunca se levantaría de nuevo.

Así que siguió andando, andando... y de repente se encontró con una pared invisible.

Retrocedió, mirando estúpidamente el horizonte, el camino polvoriento iluminado por la luna que se extendía ante ella. Entonces tendió una mano, tanteó, y la mano atravesó algo —el cielo, la hierba, el camino, las chozas distantes— y tocó una pared dura, plana, suave, invisible.

Eula Mae empezó a caminar lentamente al lado de la pared, con una mano tendida, tocándola para asegurarse de su presencia. Caminó en aquella dirección, siguiéndola, a lo largo de cierta distancia. Era algo etéreo, veía que su mano atravesaba el paisaje y tocaba algo sólido que no podía ver. Pero no le quedaban fuerzas para hacerse preguntas. El dolor de cabeza era casi abrumador, y ella tenía que fijar toda su atención en moverse, nada más que moverse. Las razones y las respuestas vendrían más tarde, si es que llegaban alguna vez, de la misma manera que más tarde llegaría el descanso. Por el momento tenía que moverse, porque temía detenerse o regresar.

Una vez Eula Mae miró a la derecha, en la dirección opuesta a la pared, y le sorprendió comprobar que caminaba por una calle que estaba a sólo cuatro manzanas de donde ella vivía. ¿Por qué no había intentado cruzar la pared y dirigirse a los edificios que parecía haber allí? ¿O lo había hecho? No podía recordar. Tal vez no era importante saber si su universo siempre había estado circunscrito por aquella pared, o si era éste un cambio reciente.

La pared finalizó abruptamente, la proyección se mezcló con la realidad en un edificio sólido. Era otra casa destartalada y cochambrosa, igual que otras muchas de la vecindad. Aquella estaba llena de signos con la palabra «condenado», y su puerta abierta era como una boca negra.

Eula Mae vaciló un momento. El dolor de cabeza la empujaba hacia atrás como puño brutal. Resolló levemente e hizo un esfuerzo para cruzar la puerta.

Se encontró en un pasillo corto y oscuro, con una puerta cerrada en el extremo opuesto. Eula Mae movió el pomo y la puerta se abrió dando paso a una luz deslumbrante.

Cuando abrió los ojos —lentamente, porque le dolía intensamente la cabeza y le molestaba la intensa luz— Eula Mae vio que se encontraba en un amplio corredor de paredes blancas, iluminado por paneles fluorescentes. Aquello no pertenecía a su mundo.

Eula Mae alzó la vista y contempló el corredor en toda su extensión. Paredes blancas, con puertas a los lados, se extendían en ambas direcciones. No veía ni oía a nadie y, vacilante, avanzó por el corredor. Miró atrás, a la puerta, y vio sobre su marco, en grandes letras negras, las palabras: LA CIUDAD DE LOS NEGROS.

El dolor de cabeza, el cual se había hecho tan persistente que casi podía ignorarlo, la acometió de improviso con una nueva intensidad.

Eula Mae se mordió el labio para no gemir. Era absurdo seguir adelante en vez de regresar a casa, donde podría acostarse..., pero pensó en que se acostaría al lado de su marido muerto, y supo que no podría regresar sin haber conseguido nada. No le importaba comportarse como una estúpida. Seguiría adelante.

Se alejó de la ciudad de los negros. Llegó a una puerta con el cartel «PEQUEÑO ISRAEL» y titubeó... Luego siguió andando. Vio que el corredor se curvaba algo más adelante, y apresuró el paso.

Al doblar la esquina, el corredor daba a una gran galería circular, en la que no había nadie. En las paredes se alineaban casillas o puestos similares a los que se encuentran en las ferias y parques de atracciones de todos los tamaños..., de esos donde se venden boletos y se reparten regalos. Y, como en una feria (y a Eula Mae le parecía estar fuera de lugar en aquella galena limpia, grande, vacía y bien iluminada), cada casilla estaba decorada con signos y carteles llamativos, cada uno de ellos proclamando la atracción particular que podía adquirirse en aquella casilla.

«La ciudad de los negros», en chillonas letras rojas y negras, llamó su atención y se acercó a aquella casilla.

Payasos de rostro negro. Era una imagen a la que Eula Mae estaba acostumbrada. Labios gruesos, ojos saltones, pelo rizado... Mamas con sus pequeñuelos, negritos, jóvenes con monos tañendo banjos.

«Vea», decía el texto debajo de una fotografía, «¡Costumbres conservadas desde la época tribal en el África más negra!». Encima de una caricatura que representaba unos negros en actitud piadosa, mirando al cielo, se sugería: «Únase a los felices negros en sus alegres "espirituales" y olvídese de sus canciones melancólicas».

En el centro de los llamativos dibujos había un cuadrado con un texto en letra negrita. Eula Mae lo leyó, moviendo los labios para deletrear cada palabra:

«¡Satisfacción garantizada! Observe directamente un modo de vida desaparecido. Véales temblar ante usted, el odiado blanco, o viva una experiencia estremecedora que no olvidará jamás: ¡vea la vida a través de los ojos de los negros! ¡Sí! Nuestros sustitutos son tan reales, tan vividos, que sólo un experto adiestrado podría notar la diferencia. Conecte en seguida y al instante verá, oirá, olerá, saboreará y sentirá como sólo usted puede hacerlo con su propio cuerpo. Camine entre ellos sin que le detecten, en un cuerpo negro androide... ellos le aceptarán como uno de la "tribu", sin sospechar nada, mientras usted...»

Oyó voces. Le llegaron en medio de su confusión y el dolor de cabeza. Eula Mae se quedó paralizada como un conejo ante la luz de unos faros. ¿Por dónde huir? Era gente... Ella había estado buscando gente, pero y si...

Ganó la cautela. Se puso detrás de la garita cubierta de carteles, se agachó y esperó.

Los pasos producían un sonido metálico: eran de botas. Eula Mae atisbó por el lado de la casilla y el terror la inundó al ver quién estaba allí.

Eran dos hombres blancos, apuestos, rubios, fuertes, tipos arios. El orgullo del mundo. Uno de ellos vestía un mono y llevaba un maletín de herramientas. El otro era una especie de guardia, con uniforme gris y negro y unas cruces gamadas que brillaban discretamente en sus hombros.

El obrero se quejaba y el guardia le escuchaba con una leve sonrisa en los labios.

—Es que se trata de algo tan innecesario. Es un gasto innecesario mantener gente auténtica..., la gente no vería la diferencia si los sustituyéramos a todos por androides. Al final habrá que hacerlo, cuando se mueran, así que, ¿por qué no sustituirlos a todos ahora? Los sustitutos no nos dañan esta clase de problemas.

—Probablemente tienes razón —dijo el guardia—. El público no lo sabría..., el público es muy crédulo. Pero el Viejo en persona viene a veces por aquí..., él lo sabría..., le gusta...

—¿El viene aquí? —le preguntó el otro, asombrado.

La interrupción hizo que el guardia frunciera el ceño. Había dejado de andar a fin de decir lo que deseaba, y esperaba que el otro guardara el debido respeto a sus palabras.

—Sí. Este es uno de los últimos lugares donde puedes ver esas cosas... En la mayor parte de los demás parques de atracciones casi todo son sustitutos. Cierto que algunos de ellos están muy bien hechos, pero no es lo mismo. Y para algunos, como el Viejo, poseer los elementos verdaderos es muy importante. Le hace sentirse muy orgulloso, poder venir aquí, ver una forma de vida que él ha borrado de la faz de la tierra...

El guardia reanudó su camino, y el otro se puso a su lado.

Cuando doblaron la esquina, Eula Mae todavía pudo oír la voz resonante del guardia:

—Pero, naturalmente, el Viejo no durará eternamente... Cuando desaparezca, por fin podrás disponer de todos los sustitutos y sólo tendrás que mantener a éstos.

La voz y las pisadas se desvanecieron. Eula Mae se levantó, lenta y dolorosamente. La cabeza le dolía demasiado para pensar, casi demasiado para moverse. Sólo podía desear no haberse despertado nunca, no haber observado que había algo raro en la luna... Necesitó unos minutos para hacer acopio de la fuerza y la voluntad necesarias para dar unos pasos, y estaba tan concentrada en esta acción que no oyó el ruido de las pisadas que regresaban, hasta que fue demasiado tarde.

Oyó una voz que decía quedamente:

—Ahí, ahí está.

Y entonces el dolor de cabeza se hizo insoportable, perdió el sentido y se derrumbó al suelo en el centro del gran parque de atracciones.




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