Las mejores historias de terror 3


JANET FOX. ÍNTIMAMENTE, CON LLUVIA



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JANET FOX. ÍNTIMAMENTE, CON LLUVIA


Titulo original: Intimately, with rain

Janet Fox es profesora de inglés en una escuela secundaria de Osage City, Kansas. Parece que su primer relato fue Materialista, publicado en la desaparecida revista Magazine of Horror allá en 1970. Ha publicado narraciones en Weirdbook, Fantastic, Eerie Country y otras revistas.

La tierra tenía un aspecto yermo y desgarrado, con el oscuro suelo revuelto por los trabajadores y sus máquinas, y los arbustos arrancados hasta la última rama a lo largo del arroyo. Annmarie apretó contra su cuerpo el bolso de plástico negro, estremeciéndose un poco bajo el viento de marzo, a pesar de su figura imponente. Sus zapatos, a juego con el bolso, aplastaban el barro mientras permanecía en pie, mirando hacia el arroyo. Conocía aquellas curvas, la lenta corriente de agua embarrada que reflejaba débilmente el follaje suspendido encima. Sabía dónde pescar aquellas carpas con red barredera y los lugares más profundos donde había sido posible zambullirse desnuda. Su voluminoso pecho se agitaba un poco al recordarlo.

Notó una mano en su codo.

—Podemos ir adentro. Naturalmente, todavía no hay nada terminado.

Miró a William Dudley casi con un sobresalto... Tenía el rostro redondo, con doble papada y una guirnalda de cabello gris en la cabeza calva. Sus mejillas estaban permanentemente enrojecidas bajo la piel. Ella se sorprendió, no porque le pareciera tan viejo, sino porque no podía recordarle de otra manera.

—Hace frío aquí —dijo ella, oyendo el tono quejumbroso de su propia voz, pero incapaz de alterarlo—. Debo regresar pronto. A las cuatro tengo una reunión en el Club de Mujeres Trabajadoras.

Entraron en la casa sin terminar que seria su nuevo hogar. Dentro flotaba el olor acre de la madera nueva. Daba una impresión de crudeza, pero ella no habría podido decir que se notaba vacía. Era como si el lugar estuviera habitado por algo... tímido pero inefablemente presente. «Un buen augurio», pensó, aunque sabía que era imaginario. Había algo infantil en aquella sensación, como si un niño se ocultara para que no le vieran, reteniendo la risa.

Habían transcurrido veinte años desde que Angela, su hija menor, era una chiquilla. Ahora todos eran adultos y se habían ido. Y ella no podía decir realmente que lo sintiera. Nunca faltaban las actividades a las que dedicar el tiempo.

Se alejó de William, el cual inspeccionaba el sótano, y recorrió las habitaciones una tras otra, tratando de imaginar el aspecto que tendrían aquellas cámaras vacías cuando estuvieran completadas. Suponía que sus nervios no estaban muy bien, pues no cesaba la sensación de que había alguien más en la casa, aunque sabía que era pura imaginación. Casi podría haber jurado que la observaban unos ojos grandes, inquisitivos, que se había producido un borroso movimiento en la ventana. Tan intensa fue aquella impresión que se precipitó a la ventana, un simple marco de madera sin vidrio, se aferró al alféizar y miró afuera. El sol brillaba, haciendo que todo pareciera pavorosamente real. Nada había allí excepto un pequeño lagarto marrón, que tomaba el sol sobre un montón de ladrillos. Inquieto, el animal alzó la cabeza para examinarla con un ojo que era como una perla negra, y luego se escabulló entre el montón de ladrillos. Las sombras de las hojas se agitaban bajo el único árbol vulnerable que el equipo de obreros había dejado en pie.

Bajó la vista y vio que, al apoyarse en el alféizar, se le había clavado en la muñeca una astilla de madera. Frunció los labios color ciruela y, con un estremecimiento de disgusto, se extrajo la astilla. Un hilillo de sangre le corrió por la piel y casi llegó al puño de su mejor vestido gris. Parecía tener un mal día.

—Vamonos, William. La reunión del club...

—Tranquilízate, Annie —replicó él. Había empezado a llamarla así después de que se marchara su última hija. Ella se había dado cuenta, y era extraño que ahora le sobresaltara—. Tenemos tiempo de sobra. Este es un bonito lugar, un sitio para quedarse. Convendrás conmigo en que tuve una buena idea. Y para ti es como volver a casa...

—Las cosas cambian. Al cabo de treinta años unos mueren..., otros se marchan... No puedo decir realmente que sea mi casa.

—Pero fíjate en lo bien que te adaptas, aunque sólo llevemos seis meses viviendo aquí.

Ella sonrió. Una aprendía cosas..., adonde ir, qué amistades cultivar. El dinero también ayudaba, y William lo tenía a espuertas.

La decoración era un poco pesada, incluso para el gusto de Annmarie. Gruesos sillones y divanes con estampados chabacanos, fotografías de los hijos y los nietos colgadas por todas partes..., pero a William le gustaba y era cómoda.

Annmarie estaba sentada junto a la ventana, en bata de casa, calentándose las manos con una taza de café. Aún hacía un poco de frío por las mañanas. La casa ya empezaba a resultarle familiar, aunque a veces se despertaba por la noche y creía hallarse en hogares anteriores, por lo que los contornos de aquellas habitaciones le sorprendían hasta que recordaba. Desde que residía allí había aumentado la sensación de que nunca estaba sola en la casa, aunque nunca le mencionaría a William nada semejante. Su marido vivía en un mundo bastante realista. Se limitaría a negar que pudiera existir nada parecido, y tal vez tuviera razón.

Desvió la vista de la ventana inundada de sol y miró de nuevo al interior de la habitación en penumbra. Su visión se llenó de oscilantes centelleos. Creyó ver algo junto a la chimenea, una menuda figura que parecía disponerse a volar, con una traza de brillante pelo negro. Naturalmente, cuando su visión se normalizó, no había nada en la estancia, salvo una polilla de alas polvorientas que aleteó un momento y luego desapareció en el interior de la chimenea. Sin embargo, seguía presente la impresión de una figura infantil... una especie de duende. Apuró los posos amargos del café e hizo una mueca. No tenía tiempo para quedarse allí sentada, soñando. Debía encargarse de la tómbola parroquial.

Sonrió y se puso las capas de ropa interior que ceñían su voluminoso cuerpo, haciéndolo más firme pero no más esbelto, y se aplicó el maquillaje que en realidad no disimulaba en absoluto las arrugas de su rostro. Había temido un poco regresar a su pueblo natal, aunque nunca se lo confesaría a William. Temía que alguien recordara a Annie Byrd, la hija del viejo Crikbank Ed... Anytime* Annie. Ella había oído que la llamaban así, pero siempre entre risas y susurros. Algunos deberían recordarlo..., maduros e impasibles ciudadanos por cuyo lado pasaba en las calles o saludaba en la iglesia con una circunspecta inclinación de cabeza. Sin duda el hecho de que no la reconocieran se debía al tiempo transcurrido y a los cambios que ella había sufrido entretanto. Tal vez era como si aquella otra persona, aquella otra vida no hubieran existido jamás.

Con el verano, los árboles que bordeaban el arroyo se habían cubierto de follaje, y ahora que hacía calor Annmarie había empezado a pasear por allí. La cabaña donde vivió con su padre, derribada mucho tiempo atrás, estaba a pocos kilómetros de distancia. No tenía deseos de regresar a aquel lugar, pero era agradable andar entre los árboles, y nunca paseaba sola.

Lo había aceptado porque no podía hablar de ello absolutamente con nadie. Podía verlo allí, en las ondulantes sombras verdes y doradas bajo los árboles... Era una figura derecha, esbelta, pero apenas femenina, con senos que no eran más que incipientes retoños. La piel era marrón, como ciertos dulces de azúcar y mantequilla. El pelo tenía el color y la textura del musgo, y formaba picos irregulares alrededor del rostro. Los ojos eran grandes y luminosos, el color entre la luz solar y la sombra de las hojas. Un espíritu de la madera..., un duende..., una dríada.

A pesar de su luminosa belleza, aquella cosa le hacía sentirse inquieta mientras la acompañaba entre los árboles. Sabía que si intentaba aproximarse, hablarle, desaparecería y vería entonces una ardilla o una culebra escabullirse en la maraña del sotobosque, pues aquel ser estaba avezado a confundirse con la vida natural del bosque. Pensó que casi podía correr con él a través de los pasillos entre los árboles, con los pies descalzos en íntimo contacto con la tierra y el musgo, zambulléndose en las tibias aguas marrones en un agobiante atardecer canicular para sentir la frescura del agua en la piel como una funda de seda. Y luego, por la mañana, vestida con el áspero atuendo del árbol, se asomaría un poco para ver cómo los rayos del sol penetraban sesgados hasta el suelo del bosque.

Se desprendió de aquella sensación y se volvió para recorrer de nuevo el camino hacia la casa. Cada vez que sus pensamientos corrían libres, como en esta ocasión, ella los detenía, como si le rondaran recuerdos que no se atrevía a revivir. Y tenía que preparar bocadillos para su club de bridge, cuyos miembros se reunirían aquella tarde.

El club rural estaba decorado con serpentinas rojas, blancas y azules, pero ya habían caído y estaban arrugadas. El baile se acercaba a su fin. El humo envolvía a unos pocos bailarines sonámbulos. Mientras William estaba atrapado en una interminable conversación sobre política, ella salió un momento a respirar aire fresco. Una voluminosa figura se aproximó a ella, y por un momento creyó que era William, pero en seguida vio que no era él.

—¿Señora Dudley?

Ella asintió de manera fría y distante, como si aquella clase de encuentro no le pareciera exactamente apropiada.

—¿Annmarie..., Annie Byrd?

Miró aquel rostro pálido y fofo, con sus papadas y ojeras, pero no podía recordar el nombre de la persona.

—Soy David..., David Brubaker. —El hombre permanecía en pie tambaleándose un poco, inclinándose adelante para lanzarle su aliento que hedía a alcohol rancio—. ¿No me recuerda?

Ella creyó que debería negar que le conociera, pero por alguna razón no pudo hacerlo.

—Pasamos buenos ratos ahí, en ese bosque —le dijo el hombre con voz ronca. Su rostro ajado trató de hacer una mueca obscena, pero no lo logró del todo—. Nosotros, los chicos, nunca sabíamos adonde iba usted después...

Ella le apartó de un empujón y regresó corriendo al baile, sintiéndose en cierto modo desnuda y, en parte, aliviada. Se preguntó si desde que vivía allí habría dado pie a una corriente subterránea de cuchicheos. William, que había bebido demasiado, la saludó ruidosamente. Ella se las arregló para llevarle al coche y conducir hasta su casa. Una figura liviana, libre, parecía volar ante ellos bajo la luz de los faros. Acostó a William, pero ella no pudo conciliar el sueño. Mientras paseaba por la casa, sintió una tremenda contracción y un deseo de liberarse de aquello. Era como si se deslizara desde los confines de su árbol, su cuerpo ligero y firme, su cabello vegetal frío cuando le rozaba las mejillas. Corrió ágilmente a las profundas rebalsas y esperó allí. Del crepúsculo interminable salieron, uno tras otro, encorvados sátiros juveniles, de cuyo vello rizado en el pecho y los costados la luz de la luna arrancaba destellos plateados, jóvenes dioses del bosque, con sus rostros y cuerpos tan tímidamente perfectos como los de las estatuas griegas. Las nalgas de Annmarie habían dejado su impronta en la tierra húmeda de la orilla, no una, sino muchas veces. Todos eran jóvenes y bellos. No era extraño que le resultara difícil distinguir uno de otro. Supuso que uno de ellos había sido David Brubaker, por ridículo que pareciera. Saciada, regresó para atraer más hacia ella la sustancia del árbol, y por la mañana se despertó en el diván, tratando de arroparse en la áspera manta para resguardarse del frío matutino.

El día siguiente no resultó tan difícil como ella había creído que sería. Tenía muchas cosas que hacer. Fue al salón de belleza y almorzó por varias muchachas. Después del almuerzo le esperaba su trabajo voluntario en un hospital de la ciudad cercana. Durante todo el día había ido de un lado a otro como una sonámbula. Siempre había maneras de hacer que la rutina tomara la iniciativa y el tiempo pasaba muy deprisa. Pero mientras se desvestía en su dormitorio, quitándose todas aquellas prendas que apretaban sus carnes, recordaba algunas cosas. Había escuchado las trivialidades de una mujer que se moría lentamente y que parecía vagamente divertida. Había leído unos poemas ramplones a un hombre que tenía todo el cuerpo enyesado.

William estaba sentado ante el televisor, con la boca abierta, roncando. Ella apagó el aparato pero no lo despertó. Parecía haber una tensión en el aire, y el viento traía aroma de lluvia. Recordaba aquel aroma. Algunas luciérnagas parpadeaban sobre la hierba mientras ella corría hacia el refugio de los árboles. No le parecía extraño correr descalza, vestida tan sólo con una fina bata. El viento lanzaba contra ella punzantes gotas frías, pero seguía corriendo. Sabía que reconocería el claro, con el muelle suelo de restos vegetales y su único gran roble retorcido. Una dríada nunca podía perder su propio árbol. Mientras corría pensó que casi había olvidado la sensación de aquella libertad... No la experimentada desde los días en que se bañaba desnuda con los muchachos del pueblo, uno tras otro, en las profundas rebalsas. Ahora sabía que lo había hecho con toda inocencia, sin culpabilidad, como le habían hecho creer, y si corría velozmente todavía podría recuperar aquella inocencia.

Llegó por fin al claro, sin aliento, y cayó jadeando al suave suelo del bosque. Permanecer allí tendida le trajo el recuerdo de aquella otra ocasión.

Había huido de otro de los accesos de ira de su padre, y los insultos que le había dirigido aún ardían en sus oídos. Avanzó torpemente por la orilla, tropezando aquí y allá, hasta que llegó a aquel lugar, donde se derrumbó. Los dolores empezaron en serio, como la comadrona le había advertido. También tenía en la cabeza las demás cosas que le contó la vieja. Estaba segura de que iba a morir, mientras el dolor la asolaba, llegaba y se iba en oleadas y ritmos que nada tenían que ver con lo que ella quería. Entonces entró en acción algún antiguo conocimiento que ella no sabía que poseía, debió de ocurrir así, puesto que sobrevivió.

Ahora la lluvia era firme, reconfortante, una especie de liberación. Se levantó, con la bata entreabierta, fragmentos de ramas y hierbas pegados a su carne blanca y blanda. Se acercó al árbol con expresión absorta. Había un hueco en el tronco y la dríada yacía allí, envuelta en un capullo de áspera corteza, sumida en una oscuridad en la que flotaba un olor orgánico. Introdujo la mano. Sus dedos rascaron la quebradiza pulpa de madera y palparon la masa seca, retorcida.

«Qué extraño es darme cuenta ahora —pensó— de que tú eres toda la belleza e inocencia que jamás he tenido. Haré que esos bastardos dejen de usar ese nombre y les devolveré su culpabilidad. —Meció en su brazo doblado el oscuro objeto; estaba encogido y era pardo, como una vieja raíz de árbol enterrada en la tierra—. Qué sorpresa se llevarán William y los otros —añadió—, cuando vean lo guapa que te vuelves.»



* Literalmente, «en todo momento». (N. del T.)



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