Las mejores historias de terror 3


DENIS ETCHISON. EL RECLAMO



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DENIS ETCHISON. EL RECLAMO


The pitch © Whispers, 1978

Al comentar el relato de Dennis Etchison titulado Puedo oír en la oscuridad, utilicé la expresión «psicológicamente vivido». También podría haber escrito que estaba «primorosamente construido», porque, además de ser un soberbio autor de historias de terror, Etchison es un magnífico escritor a secas. En el caso de este breve y escalofriante relato, ambas calificaciones son aplicables. El reclamo es un relato tan eficaz que debería imprimirse acompañado de una advertencia. Claro que el mismo nombre de Etchison es ya suficiente advertencia para el lector avisado. Está usted a punto de leer algo muy especial.

El tercer piso bajó a su encuentro.

Hasta donde alcanzaba su vista, a ambos lados de unas colgaduras de musgo esfagnáceo que oscilaban pendientes de una de las boquillas de latón contra incendios en el techo insonorizado, dos hileras de patas de piano retrocedían formando una V hacia el departamento de utensilios de cocina, como líneas de hieráticos soldados inexpresivos en actitud de espera. Nota-Do se estremeció y soltó una maldición cuando la barra protectora de los pies le rozó las suelas de goma de sus zapatillas.

Salió del ascensor y anduvo en semicírculo, tratando de localizar una entrada.

Una dependienta, con el cabello crujiente de laca, se llevó las manos a la cintura y le preguntó:

—¿Puedo servirle en algo, señor?

—No, señora, en nada —replicó Nota-Do.

Ahora lo veía bien. Tendría que andar paralelo a la escalera mecánica, mirando adelante, naturalmente, luego doblar a la derecha y abrirse paso entre las hileras rosas y anaranjadas de la sección especial de artículos infantiles para la Pascua. Allí estaba.

—Trabajo para la casa —le explicó a la dependienta cuando ya había empezado a andar.

—¿Ah, sí? —replicó ella, dubitativa—. ¡Un empleado! ¿En qué planta será? ¿Quizá en la sección de alimentos especiales para gastrónomos, en la primera?

Si había sido una broma, la mujer se mordió la lengua en seguida. Nota-Do giró sobre sus talones y la miró ferozmente. Las arruguitas que irradiaban de sus ojos formaron líneas profundas, como flechas a punto de salir disparadas hacia ella. La dependienta retrocedió un paso.

Algunas mujeres se congregaban ya indolentemente ante la plataforma de demostración, como pollos en espera de que los cebaran, a punto, todo ángulos y huesos. «¿Puedo servirle en algo, señor?» Pues bien, las cebaré, se dijo mientras apartaba un pesado

brazo a la derecha y rebasaba una columna. Un pequeño adorno confeccionado con limpiadores de tubería y plumas teñidas se le enganchó en la manga. Dobló a la izquierda, sacudiendo el brazo para desprenderlo, y avanzó entre unas mesas repletas de toscos huevos de azúcar y animales de merengue amarillo.

Las mujeres alzaron la vista al oír sus pasos. Pensó dirigirles algunas palabras en aquel momento, acariciar sus plumas antes del golpe fatal, pero precisamente entonces los altavoces emitieron una música estridente y Nota-Do hizo una mueca de disgusto.

Rodeó la plataforma y se encorvó para pasar al otro lado de la cortina de acetato.

—Ni siquiera se dan cuenta —masculló, todavía disgustado.

—Vaya, hombre, ya está aquí —le dijo el demostrador jefe––. Excelente puntualidad.

Sentado en una silla de comedor anodizada en oro, préstamo de la sección de muebles, el hombre manoseaba el micrófono, cuyo cable tenía arrollado al cuello, y aguardaba con expresión vacía la siguiente charla de demostración.

—¿Qué, matador, preparado para darles la estocada? Oiga, ¿de qué dice usted que no se dan cuenta?

—De que voy a saquear sus billeteros dentro de un cuarto de hora.

Nota-Do se arrellanó en la segunda silla, tapizada de plástico con margaritas verde lima estampadas.

—¡Ja, ja! Bueno, por ahora deje descansar a sus perros.

El demostrador jefe desenrolló un trozo de cinta plástica negra y empezó a aplicar con sumo cuidado otra capa protectora a la pieza que sujetaba el micro pendiente del cuello.

Nota-Do observó que todo estaba preparado. Había varias cajas a modo de barricadas a cada lado de la cortina abierta, todas con la indicación Ace Products, Inc., y detrás del hombre, apoyados en dos grandes maletas, unos abultados sacos de patatas, una caja de lechugas californianas con la tapa abierta y un cubo de basura de plástico lleno hasta el borde de manojos de apio y trozos de unas gruesas zanahorias híbridas con los filamentos mustios. Nota-Do flexionó los dedos para prepararse, consultó el reloj y se pasó una mano enfundada en un guante blanco por el cabello lacio. No estaba preocupado, porque el pelo no le caería sobre los ojos. No, no le ocurriría eso mientras no tuviera que inclinarse hacia delante en un taburete sobre una escalera de mano. A veces había pensado que aquello nunca terminaría. Arriba y abajo, abajo y arriba...

—Mire, aquí tenemos quince unidades —le dijo el demostrador jefe— y hay otras cuarenta y ocho en esa caja. Pero, la verdad, no creo que haya de tocarlas. Donde vendemos mejor es en las tiendas con descuento, ya sabe.

—Claro, ya lo sé —mintió Nota-Do.

—Esas señoras —recalcó la palabra con un matiz de duda— son todas unas esnobs, ¿sabe?

El demostrador jefe cortó la cinta y se quedó mirándole mientras se quitaba la suciedad de las uñas con el cuchillo de cortar verduras. Nota-Do le miraba las manos.

—Tenga cuidado, no vaya a cortarse —le advirtió.

—Bueno, muchacho, tiene que hacer una buena presentación del producto, ¿eh? Pero usted puede vender cualquier cosa, según me dijo. Me convenció para que le aceptara; le creí.

Aquello era lo que Nota-Do le había dicho. El día anterior, a última hora, se acercó a la plataforma, se quedó mirando un par de demostraciones, y cuando el demostrador jefe terminó de raspar por última vez la tabla de cortar y estaba a punto de guardar las piezas restantes en las grandes maletas, le abordó para pedirle trabajo. «¿Quiere comprar uno? ¿No? Pues entonces no me haga perder el tiempo.» Pero Nota-Do pasó con él, sin molestarse en pedirle permiso, al otro lado de la cortina, cogió una de las piezas y se sentó en una silla de cocina como si aquel hubiera sido siempre su lugar de descanso favorito. Igual que había hecho ahora. Y la charla de demostración... Fue una buena charla, mejor incluso que el guión fotocopiado de la empresa Ace. Si hoy hablaba con la misma soltura ante el público, el demostrador jefe podría embolsarse una prima por alcanzar la cifra máxima de ventas semanal. Claro que Nota-Do nunca lo sabría. El demostrador jefe había accedido a pagarle en metálico, «de mi propio bolsillo», por cada venta. ¿Y cómo iba a enterarse Nota-Do de la comisión que podía esperar? No se molestaría en acudir a la empresa, ni hoy ni la próxima semana, porque eso supondría una retención de impuestos y cuotas sobre el salario neto. Y el hombre parecía necesitar hasta el último centavo que pudiera conseguir. Sus manos enfundadas en unos guantes blancos...

—Ya puede prepararse —le dijo—. Le guardaré esos guantes. Póngase un poco de polvos de talco en las manos y verá como así no se le caen las monedas.

—No voy a quitarme los guantes —dijo Nota-Do. Y su tono indicó al demostrador jefe que no consideraba el asunto ni trivial ni negociable.

El hombre se lo quedó mirando, pensativo, como si viera ya las manchas de los jugos que empaparían la blanca tela. Ahogó la risa y miró a otro lado, como si preguntara a un auditorio: «¿Han visto eso?».

—Bueno, amigo, son las dos. Me voy a la cafetería. Volveré a tiempo de verle actuar. Puede empezar solo, ¿verdad?

—No tenga prisa —replicó Nota-Do, esperando que se marchara.

—Oiga, no se preocupe, que no voy a pagarle con un cheque. ¡Ja, ja! ¡A tocateja! —Se dio unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta—. No todos los demostradores tienen esa suerte, ¿sabe?

—Se lo agradezco, pero el dinero no me preocupa.

—Sí, claro. —Miró al nuevo otra vez, como si tratara de recordar algo más que preguntarle o decirle, pero se limitó a añadir—: Hasta luego.

Parecía aliviado por marcharse pero, a la vez, un tanto inquieto. .. Era la suya una expresión muy curiosa.

Nota-Do dejó el micrófono encima de la silla y se puso a trabajar con las piezas. Tenía que prepararlas, y aquellos escasos minutos serían su única oportunidad de hacerlo. Si el demostrador jefe no se hubiera ido a almorzar por su propia voluntad, habría tenido que pedirle que se encargara él de la próxima demostración, a fin de permanecer detrás de la plataforma mientras el jefe soltaba la charla y tener así listas las piezas a tiempo. Se ajustó los guantes, introdujo las puntas de los dedos en la gran caja de productos Ace y rasgó el cartón. No sintió ya ningún dolor en los dedos, lo cual le alegró de un modo un tanto mordaz.

—... Y solamente por hoy —decía monótonamente Nota-Do— como oferta especial de lanzamiento por parte del fabricante, este par de tenazas de acero inoxidable con garantía de que jamás se oxidarán, lo más apropiado para sacar al bebé de la bañera...

Alzó una patata de la tabla de cortar y la arrojó ceremoniosamente al cubo de basura. Las señoras rieron en su mayoría.

—Son suyas, de veras, junto con la cuchilla regulable Perpetua, la herramienta rotatoria Vigoroso Arador, el exprimidor Vitalicio y el aparato completo para triturar frutas y verduras, con garantía escrita por cinco años y dos hojas quirúrgicas de acero intercambiables, todo ello sólo por el precio del VariVeger, siempre que todas ustedes prometan ir a su casa y hablarles de nosotros a sus amigas y vecinas, difundir nuestras ventajas. Porque no encontrarán este maravilloso producto en las estanterías de sus tiendas, no, señoras, todavía no. Cuando lo encuentren, algún día del próximo otoño, solamente el nuevo y mejorado VariVeger costará siete dólares noventa y cinco centavos. Es decir, siete noventa y cinco sólo por la trituradora, la cuchilla y el cortador de patatas en finas tiras. Todas ustedes recuerdan cómo accionar este pequeño milagro, ¿verdad? No tendrán ningún problema para usarlo y asombrar a sus maridos, a sus novios e incluso al marido de su vecina cuando lleguen a casa esta tarde.

Más risas.

—Ahora acérquense cuanto puedan, porque ésta es la última vez que voy a demostrar esta sorprendente...

—Oiga, ¿funciona de verdad ese cacharro?

—Tres años de pruebas en un laboratorio culinario... —Nota-Do vio que era el demostrador jefe, que le miraba desde el pasillo, con una divertida sonrisa en los labios—. Tres años de pruebas a cargo del mayor laboratorio especializado en productos para la cocina...

Había algo más.

Distraído, dejó que su voz reverberase unos instantes, y pronto la reverberación quedó ahogada por el ruido sordo de los clientes que iban de un lado a otro, el campanilleo de las cajas registradoras y el sonido de un piano al otro lado de la sección de artículos infantiles para la Pascua. Nota-Do titubeó e hizo rechinar los dientes. ¿Por qué ella no le permitía detenerse? Permaneció inmóvil ante la viscosa tabla de cortar, esperando, en la pausa musical, el chasquido del palmetazo que por muy poco no le alcanzaría los nudillos.

Se alzó una mano rugosa dispuesta a coger un VariVeger. Nota-Do reaccionó e impidió que se lo llevara.

—Espere un momento, señora, que en seguida repartiré las muestras. Si tiene paciencia conmigo, estoy seguro de que saldrá de estos almacenes con la sensación...

Etcétera, etcétera. Mondó una patata, colocó la rejilla del VariVeger y bajó de golpe la manija provista de guarda protectora para la mano. Docenas de delgados y descoloridos segmentos parecidos a dedos aparecieron debajo. Un susurro de deleite surgió de la concurrencia.

—¡No es necesario retirar la mano! ¡La barra de agarre de seguridad patentada les asegura que esta noche no servirán dedo cocido para cenar!

Cogió entonces el Vigoroso Arador, movió el mando para cortar un rábano e hizo girar la hoja, con la mano introducida en la guarda protectora, un dispositivo del que sin duda podría decirse que iba como anillo al dedo, pues sin aquella minúscula pieza de aluminio, la hoja seguiría girando y cortaría el guante, la carne y el hueso. Cinco segundos después extrajo el rábano en forma de espiral, como un acordeón.

—¡He aquí el regalo preciso para esa suegra a la que usted no creía poder impresionar jamás!

Proliferaron los «oh» y «ah». Nada funcionaba mejor que una conclusión que no se infiere de las premisas.

Hizo dados de cebolla, onduló rodajas de patata en sentido lateral, diagonal y entrecruzado, rebanó tomates rojos como la sangre en un número increíble de trozos...

—¡Vean la manera de estirar la cesta de la compra para que con el mismo gasto pueda dar de comer al jefe, a su esposa, a sus parientes, su marido y dieciséis críos gritones!

Extrajo gotas de zumo de una canilla de plástico, como un mago con una chistera que nunca se vacía, cortó judías verdes en tiras y convirtió un rábano en una rígida flor blanca. Hizo pedazos lechuga tras lechuga, prensó patatas, onduló los bordes de otras patatas ya cortadas en tiras, que despedían un intenso olor a almidón, cortó coles, dividió un pepino en finas rodajas, onduló pieles de limón, segmentó una zanahoria, ralló otra y terminó describiendo la cuchilla regulable Perpetua y alzando ante él un muro protector de paquete; ¡Lo que llegó a decir! Entonces dio la señal y el dinero empezó a fluir... Vendió cuarenta y tres juegos a un precio inferior a la mitad del precio de minorista establecido por el caprichoso fabricante, y los billetes se doblaron entre sus dedos como llores de papel japonesa; floreciendo y creciendo en los jugos a medida que los guantes se volvían verdes, como árboles navideños confeccionados con dólares.

Tiró los desperdicios al cubo, se enjugó la frente, se quitó el delantal de plástico, desenchufó el micrófono y bajó de la plataforma.

Cuando estaba a punto de quitarse los guantes empapados, el demostrador jefe se asomó por la abertura de la cortina.

Nota-Do se dejó los guantes puestos.

El demostrador jefe empezó a tenderle la mano, pero luego lo pensó mejor.

—Es usted un vendedor sensacional —le anunció.

—Muchas gracias, pero...

—Ahora no deje que el éxito se le suba a la cabeza.

—No, señor. Tengo que...

—Un vendedor de primera, sí. Pero dígame, ¿a qué diablos venía toda esa chachara sobre la cuchilla?

—He vendido la cuchilla junto con el resto del juego. ¿No es correcto, señor? Pero, si no le importa, tengo que...

—Es que no hizo la demostración de la cuchilla. ¿Por qué razón? ¿Acaso temía cortarse o... ?

La mirada cortante de Nota-Do le impidió continuar.

—Si no le importa, ahora he de marcharme. —Agachó la cabeza para salir—. Verá, tengo la tripa vacía. Si no le importa, señor, si cree que me he ganado mi almuerzo.

Nota-Do empezó a apartar la cortina.

—Sí, muchacho, se lo ha ganado, ¡qué diablos! —El demostrador jefe apoyó un pie en la silla de cocina. La punta del zapato rozó la caja, la que tenía la tapa desgarrada—. Oiga. espere un momento.

Nota-Do apartó la cortina.

—Vamos a ver. ¿Quiere el dinero o no?

Nota-Do se volvió hacia él.

—¡Ja, ja! —El demostrador jefe desdobló unos billetes. El muchacho los cogió sin contarlos, lo que le dejó un tanto perplejo—. Demonio de vendedor—musitó, con una sonrisa sesgada.

El demostrador jefe se quedó mirando al corpulento joven mientras se alejaba.

«Este chico debe de estar deseando echar una buena meada», se dijo. Sólo después de haber contado y apilado los billetes en la caja de caudales, tras hacer recuento de las piezas restantes, menear la cabeza y pasear de un lado a otro, embebido en alguna visión ambiciosa, reparó en la caja con la tapa desgarrada.

—Diablo de vendedor —repitió, sin dejar de sonreír ni de mover complacido la cabeza.

Hurgó en el interior de la caja, contando las piezas de reserva. Entonces se hizo un corte con algo en un dedo y se lo llevó a la boca.

—Vamos a ver. —Lentamente se subió la pernera del pantalón para no estropear la raya y se sentó ante la caja. Ahora se dio cuenta de que, inexplicablemente, alguien había hecho un cambiazo de piezas sin empaquetar—. Pero, ¿qué diablos?

«¿Qué diablos tenemos aquí?», habría podido preguntarse.

Nota-Do se dirigió apresuradamente a las escaleras del fondo. Se detuvo en el descansillo y se miró las manos. Le temblaban. Aún estaban húmedas y semejaban gruesos y blancos grupos de seudópodos. Tirando de los dedos uno tras otro, finalmente se quitó los guantes.

Le temblaban los dedos gruesos y blancos como ventrechas de pescado. Las puntas estaban desfiguradas por una línea fina y brillante. Se habían curado casi a la perfección, cosidos inmediatamente después de la amputación, en la ambulancia. Sin embargo, la fusión no era del todo perfecta y los extremos sobresalían hacia afuera, ligeramente desviados de la línea recta del resto de los dedos. Probablemente nadie lo notaría, a menos que le mirasen las manos muy de cerca. Pero a él le molestaba verlo.

Recuperó con rapidez la serenidad. Tragó saliva, se le normalizó la respiración y el corazón volvió a latirle con regularidad. No había motivo para abandonarse al pánico. Nadie descubriría nada fuera de lo ordinario, al menos hasta bastante más tarde. Tal vez aquella noche. En casa.

Ahora reconocía la sensación que experimentaba. Era de alegría. Sentía lo mismo cada vez que hacía aquello.

Había demasiados escalones hasta la planta baja. Dio la vuelta, se guardó los guantes en un bolsillo de la chaqueta y regresó al almacén.

Pasó rápidamente por el lado del departamento de utensilios de cocina. Mezcladoras, recipientes de teflón, batidoras, cucharas, cucharones, espátulas, todo colgando como relucientes adminículos de médico. Si uno de ellos cayera al suelo de madera, el ruido le sobresaltaría... O le daría palmetazos en el dorso de las manos, una y otra vez. Siempre sucedía con alguna cosa, todos los días. A veces era una cuchara, otros días algo diferente, según lo que ella hubiera cocinado. Sólo en una ocasión, la última, ella había estado cortando un jamón. Al menos olía a jamón, él lo recordaba, incluso después de tantos años. Aquel día fue un cuchillo.

Los altavoces emitían una música muy rítmica. ¿El tema de una película? Lleno de instrumentos de cuerda que ahogaban al piano, si es que había uno. Se relajó.

Las mujeres se habían alejado de la plataforma de demostración como sonámbulas, con los paquetes de las compras apretados tranquilizadoramente a los costados, moviéndose como espantapájaros con ruedas por los aledaños del departamento de música. Desde allí era imposible diferenciarlas de la dependienta que había visto junto a los pianos. Ella podría haber sido cualquiera de aquellas mujeres.

Rebasó la plataforma y saltó a la escalera mecánica. Notó fría bajo su mano la barandilla de goma. Del bolsillo interior de la chaqueta sacó un nuevo par de guantes blancos y se apresuró a ponérselos.

En la primera planta, cuando se dirigía ya al aparcamiento, decidió darse una vuelta por el departamento de confitería.

—¿Puedo servirle en algo, señor?

Las manos regordetas de la dependienta alisaron la generosa cintura de su rígido uniforme blanco.

—Libra y media de nueces garrapiñadas. ¿De acuerdo, dulzura?

La muchacha se sonrojó mientras echaba las nueces en una bolsa de papel. El vio la plaquita con su nombre: Margie. No había en ella nada severo o exigente. Sería fácil complacerla..., no habría que bailar y cantar para ella. Le dio setenta y cinco centavos, acariciando con las monedas los hondos y receptivos pliegues de la suave palma de la dependienta.

Se llevó la bolsa a la boca y recibió un montón de sabrosas nueces azucaradas.

Al llegar a la puerta de vidrio, bajó la vista para ver por qué la bolsa no le entraba bien en el ancho bolsillo del pantalón. Entonces recordó.

Sacó una de las piezas que había retirado detrás de la plataforma y le dio la vuelta, acariciándola con placer mientras caminaba por el aparcamiento. Era un objeto sencillo, un anillo de aluminio engastado en un trozo de plástico moldeado por inyección. Mientras lo examinaba, el objeto brillaba bajo el sol de la tarde. Era una pequeña guarda de seguridad que encajaba en el cortador de verduras, justo por encima del borde en el que se apoyaban las hojas quirúrgicas de acero. Una cosita nimia, bien mirado, pero aquello era todo lo que impediría que los delgados y angulosos dedos de un ama de casa cayeran junto con el pepino, las patatas o el blando y rojo tomate. Sin aquel objeto, los dedos serían troceados en segmentos iguales, frescos y limpios, hasta el último hueso. Volvió a guardárselo en el bolsillo, donde se reunió con otras piezas; algunas de ellas eran las ruedecillas de seguridad del aderezador de verduras, otras las barras protectoras de la herramienta rotatoria Vigoroso Arador, pero en su mayor parte eran piezas del VariVeger, qué encantador invento, el producto de tres años de pruebas en laboratorios especializados en productos de cocina, la afilada cuchilla, el infalible rebanador y cortador en tiras, conocido en el mundo entero por su forma rápida y segura de funcionar con una sola mano.

Picando las nueces de la bolsa, cruzó el aparcamiento y dobló la esquina, perdiéndose en seguida en la pululante e insensata congestión de la Pascua, entre los impacientes compradores de regalos para el día de la madre.




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