Las mejores historias de terror 3


Las mejores historias de terror 4



Descargar 1.07 Mb.
Página3/21
Fecha de conversión16.12.2018
Tamaño1.07 Mb.
Vistas378
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   21

Las mejores historias de terror 4

STEPHEN KING. LA NOCHE DEL TIGRE


The Night of the Tiger © 1978

Vi por primera vez al señor Legere cuando el circo pasó por Steubenville, pero entonces sólo hacía dos semanas que yo estaba en el es­pectáculo; él podría haber estado haciendo inde­finidamente sus irregulares visitas. Nadie parecía querer hablar mucho del señor Legere, ni siquie­ra aquella última noche, cuando parecía que el mundo iba a terminar —la noche en que desa­pareció el señor Indrasil.

Pero si voy a contárselo desde el principio, debería empezar diciendo que soy Eddie Johnston, y que nací y fui educado en Sauk City. Fui allí a la escuela, conocí allí a mi primera chica, y trabajé en la tienda del señor Lillie durante algún tiempo después de terminar mis estudios en la escuela superior. De eso hace ya unos cuan­tos años... a veces me parece que más de los que me gustaría contar. No es que Sauk City sea un lugar tan malo; a algunas personas les en­cantan las noches veraniegas, calurosas y pere­zosas, para sentarse en el porche de casa, pero eso a mí me hace sentir la urgencia de hacer algo porque no puedo soportar el estar sentado du­rante demasiado tiempo en la misma silla. Así es que me despedí de la tienda y me uní al Es­pectáculo Circense norteamericano de tres pistas de Farnum y Williams. Lo hice en un momento de vértigo. Supongo que fue cuando las fanfa­rrias del circo nublaron mi buen juicio.

Me convertí en un mozo capaz de hacerlo to­do: montar y desmontar las tiendas, extender serrín, limpiar las jaulas y a veces hasta vender dulce de algodón cuando el encargado de este menester tenía que marcharse a buscar a Chips Baily, que tenía malaria y que en ocasiones tenía que alejarse a alguna parte para poder gritar a gusto. O sea que la mayor parte de las cosas que hacía las habrían hecho los chicos a cambio de unos pases libres —como hacía yo cuando era un muchacho. Pero los tiempos cambian. Y las cosas no son como eran.

Aquel caluroso verano atravesamos Illinois e Indiana y la gente acudió a ver el espectáculo y todo el mundo se sintió feliz. Todos excepto el señor Indrasil. Porque el señor Indrasil nunca se sentía feliz. El era el domador de leones y tenía el mismo aspecto del Rodolfo Valentino que he visto en las películas antiguas. Era alto, con fac­ciones finas y arrogantes y una gran mata de pelo negro. Y unos ojos extraños, locos —los ojos más locos que he visto jamás. Permanecía silen­cioso la mayor parte del tiempo; cuando el señor Indrasil pronunciaba dos sílabas seguidas, había dicho un sermón. Toda la gente del circo man­tenía una distancia tanto mental como física con respecto a él, porque sus accesos de cólera eran legendarios. Se rumoreaba una historia sobre una taza de café derramada sobre sus manos después de una actuación particularmente difícil, y el ase­sinato de un joven mozo que se hubiera consu­mado de no apartar al señor Indrasil a tiempo. No sé nada de eso. Lo único que sé es que em­pecé a sentir más miedo ante él del que había sentido ante los fríos ojos del señor Edmont, el director de mi escuela superior, del señor Lillie, e incluso de mi propio padre, que era capaz de dar unos rapapolvos que le dejaban a uno tem­blando de vergüenza y consternación.

Cuando limpiaba las jaulas de los grandes felinos, las dejaba siempre inmaculadamente lim­pias. El recuerdo de las pocas veces que tuve que sufrir la cólera vituperativa del señor Indrasil seguía dándome fuerzas para deshacerme las ro­dillas limpiando.

En general, se trataba de sus ojos —grandes, oscuros y totalmente inexpresivos—. Los ojos y también la sensación de que un hombre capaz de controlar a siete vigilantes felinos en una pe­queña jaula tenía que ser un poco salvaje él mismo.

Y las dos únicas cosas de las que sentía miedo eran el señor Legere y el único tigre del circo, una enorme bestia llamada Terror Verde.

Como ya he dicho, vi al señor Legere por pri­mera vez en Steubenville, y él estaba mirando fijamente el interior de la jaula de Terror Verde, como si el tigre conociera todos los secretos de la vida y de la muerte.

Era un hombre flaco, moreno, tranquilo. Sus profundos y hundidos ojos tenían una expresión de dolor, y alimentaban la violencia en sus pro­fundidades moteadas de verde, y siempre tenía las manos cruzadas a la espalda mientras contem­plaba malhumoradamente al tigre.

Terror Verde era una bestia a la que no se podía dejar de mirar. Era un ejemplar enorme, hermoso, con un pelaje impecablemente listado, unos ojos de color esmeralda y unos pesados col­millos como clavos de marfil. Habitualmente, sus rugidos llenaban todo el recinto del circo —fero­ces, coléricos y extremadamente salvajes—. Pare­cía gritar su desafío y su frustración ante el mun­do entero.

Chips Baily, que trabajaba con Farnum y Wi­lliams desde Dios sabía cuándo, me dijo que el señor Indrasil solía utilizar a Terror Verde en su actuación, hasta que una noche el tigre saltó repentinamente de su elevada posición y casi le arrancó la cabeza de los hombros antes de que él pudiera salir de la jaula. Observé entonces que el señor Indrasil siempre llevaba el pelo largo, tapándole la nuca.

Todavía puedo recordar la escena de aquel día, en Steubenville. Hacía calor, un sudoroso calor, y teníamos el circo lleno de una multitud en mangas de camisa. Fue ésa la razón por la que el señor Legere y el señor Indrasil salieron. El señor Legere, de pie y en silencio ante la jaula del tigre, iba completamente vestido con traje y chaleco, y en su rostro no aparecía el menor vestigio de sudor. El señor Indrasil, con una de sus hermosas camisas de seda y unos pantalones blancos de tralla, les estaba contemplando a los dos, con el rostro mortalmente blanco, con los ojos abultados en una expresión de cólera luná­tica, de odio y de miedo. Llevaba un peine y un cepillo para limpiar caballerías, y sus manos tem­blaban al cerrarse espasmódicamente sobre ellas.

De repente, me vio y su cólera encontró al­guien sobre quien descargarse.

—¡Tú! —me gritó—. ¡Johnston!

—¿Sí, señor? —dije, sintiendo cómo algo se me arrastraba por la boca del estómago.

Sabía que estaba a punto de ver descargada sobre mí la Cólera de Indrasil y el solo pensa­miento me hizo sentirme débil de temor. Me gus­ta pensar que soy tan valiente como el que más, y de haberse tratado de cualquier otra persona, creo que me habría sentido completamente deci­dido a resistir por mí mismo. Pero no se trataba de cualquiera. Se trataba del señor Indrasil, y la mirada de sus ojos era la de un loco.

—Esas jaulas, Johnston. ¿Se supone que es­tán limpias? —preguntó, señalando con un dedo cuya dirección seguí.

Vi cuatro briznas sueltas de paja y un incri­minante pequeño charco de agua de riego en el rincón de una de ellas.

—S-sí, señor —dije.

Y lo que tenía intención de que fuese firmeza se convirtió en un paralítico envalentonamiento.

Silencio, como la pausa eléctrica inmediata­mente antes del chaparrón. La gente empezaba a mirar y me di cuenta confusamente de que el señor Legere estaba mirándonos con sus hundi­dos ojos.

—¿Sí, señor? —retumbó de repente el señor Indrasil—. ¿Sí, señor? ¿Sí, señor? ¡No insultes mi inteligencia! ¿O acaso crees que estoy ciego? ¿Que no puedo oler? ¿Has utilizado el desinfec­tante?

—Utilicé el desinfectante y...

—¡No me repliques! —rechinó, y la repentina caída del tono de su voz hizo que se me pusiera la piel de gallina—. No te atrevas nunca a re­plicarme.

Ahora, todos nos estaban mirando y yo tenía ganas de vomitar, de morirme allí mismo.

—Y ahora te vas a ese condenado cobertizo de herramientas y coges el desinfectante y friegas con estropajo y a fondo esas jaulas —susurró, midiendo cada una de sus palabras y, de repente, una mano se extendió hacia mí y me agarró con fuerza por un hombro—. Y no vuelvas a repli­carme nunca, nunca más.

No sé de dónde surgieron las palabras, pero de pronto me las encontré allí, surgiendo de mis labios.

—No le he replicado, señor Indrasil, y no me gusta que usted diga que lo he hecho. Yo... me siento ofendido. Y ahora déjeme.

Su rostro se puso bruscamente rojo y después blanco y a continuación casi adoptó el color del azafrán, lleno de ira. Sus ojos abrasaban como el infierno.

En aquellos instantes pensé que me iba a morir.

El produjo un inarticulado sonido gangoso y el agarrón sobre mi hombro se hizo atroz. Su mano derecha se levantó... arriba... arriba... arri­ba, y después descendió con una velocidad incon­cebible.

Si aquella mano me hubiera alcanzado, en el mejor de los casos me habría dejado sin sentido. En el peor de los casos, me habría roto el cuello.

Pero no me alcanzó.

Otra mano surgió mágicamente del espacio, justo frente a mí. Las dos tensas extremidades chocaron produciendo un golpe ruidoso. Era el señor Legere.

—Deje al chico en paz —dijo, sin emoción alguna.

El señor Indrasil se lo quedó mirando fija­mente durante un largo segundo, y creo que en toda aquella escena no hubo nada tan desagrada­ble como contemplar el temor al señor Legere y el loco deseo de hacer daño (¡o de matar!) mez­clados en aquellos terribles ojos.

Después, dio media vuelta y se alejó a gran­des zancadas.

Yo me volví hacia el señor Legere.

—Gracias —le dije.

—No me lo agradezcas.

Y aquello no fue un «no me lo agradezcas», sino un «no me lo agradezcas». No hubo ni un solo atisbo de modestia, sino una orden literal. Invadido por una repentina ráfaga de intuición —de empatía si ustedes quieren—, comprendí exactamente lo que él quería decir con aquel co­mentario. Yo no era más que un peón en medio de lo que debía de haber sido una larga lucha entre ellos dos. Había sido capturado por Legere antes que por Indrasil. El había detenido la ac­ción del domador no porque sintiera nada por mí, sino porque le permitía ganar una ventaja, por muy ligera que fuese, en su guerra privada.

—¿Cómo se llama usted? —pregunté, sin sen­tirme ofendido en absoluto por las conclusiones a las que había llegado, porque, después de todo, él había sido honrado conmigo.

—Legere —me contestó con brusquedad, vol­viéndose, dispuesto a marcharse.

—¿Está usted con el circo? —volví a pregun­tar, deseando no dejarle marchar tan fácilmen­te—. Parecía usted... conocerle.

Una débil sonrisa apareció en sus finos labios y una expresión cálida revoloteó en sus ojos por un momento.

—No. Puedes llamarme policía.

Y antes de que pudiera decirle nada, había desaparecido por entre la gente que se había ido congregando.

Al día siguiente, lo recogimos todo y segui­mos nuestro camino.

Volví a ver al señor Legere en Danville y, dos semanas más tarde, en Chicago. Mientras tanto, intenté evitar en todo lo posible al señor Indrasil y mantuve las jaulas inmaculadamente limpias. El día antes de partir con dirección a St. Louis, pregunté a Chips Baily y a Sally O'Hara, la equi­librista de pelo rojo, si Legere e Indrasil se cono­cían. Yo estaba bastante seguro de que así era, porque no era probable que el señor Legere si­guiera nuestro circo para tomar nuestra fabulosa comida.

Sally y Crips se miraron el uno al otro por encima de sus tazas de café.

—Nadie sabe muy bien lo que pasa entre esos dos —me contestó ella—. Pero hace ya mucho tiempo que sucede... quizá veinte años. Desde que Indrasil vino a trabajar aquí, procedente del circo de los hermanos Ringlinf, e incluso puede que antes de eso.

—Este Legere —dijo Chips, asintiendo—, se une al circo casi todos los años cuando estamos atravesando el medio Oeste y se queda con noso­tros hasta que cogemos el tren para Florida, en Little Rock. Eso hace sentirse muy susceptible al viejo Hombre Leopardo, como si fuera uno de sus felinos.

—Me dijo que era policía —informé—. ¿Qué suponéis que andará buscando por aquí? ¿No creeréis que el señor Indrasil...?

Chips y Sally se miraron extrañamente el uno al otro y, de pronto, los dos al mismo tiempo parecieron tener muchas cosas que hacer.

—Tengo que ocuparme de que guarden inme­diatamente esos pesos y contrapesos —dijo Sally.

Chips, por su parte, murmuró algo no muy convincente sobre comprobar el eje trasero de su elevador.

Y así era como solía interrumpirse cualquier conversación que afectara a Indrasil o a Legere —apresuradamente, con muchas excusas difíciles de creer.

Nos despedimos de Illinois y de las comodi­dades al mismo tiempo. En el momento de cruzar la frontera del Estado nos vimos asaltados por una ola de calor que permaneció con nosotros durante el siguiente mes y medio, mientras íba­mos cruzando con lentitud Missouri y penetrá­bamos en Kansas. Todo el mundo empezó a po­nerse de mal genio, incluidos los animales. Y eso, desde luego, también incluía a los leones, que eran responsabilidad del señor Indrasil. Dirigió sin piedad alguna a los mozos y a mí en parti­cular. Yo traté de soportarlo con mis mejores muecas, a pesar de que también estaba harto del calor. Lo que no suele hacerse es discutir con un loco, y ya había decidido para entonces que In­drasil lo estaba.

Apenas nadie podía dormir y eso es una ver­dadera maldición para todos los artistas de circo. La pérdida del sueño aminora los reflejos, y los reflejos lentos aumentan el peligro. En Independence, Sally O'Hara se cayó desde una altura de veinte metros sobre la red de nylon, fracturán­dose un hombro. Andrea Solienni, nuestro jinete a pelo, se cayó de uno de los caballos durante un ensayo y uno de los cascos le golpeó, deján­dole inconsciente. Chips Baily sufría en silencio la fiebre que siempre le acompañaba, con el ros­tro convertido en una máscara de cera, con el sudor frío arracimado en cada una de sus sienes.

Y, en muchos sentidos, el señor Indrasil fue quien tuvo mayores problemas. Los leones esta­ban nerviosos y enojadizos, y cada vez que en­traba en el interior de la Endemoniada Jaula de los Leones, como la habíamos bautizado, ponía su vida en manos de aquellos animales. Alimen­taba a los leones con cantidades desusadas de carne cruda inmediatamente antes de iniciar el espectáculo, algo que los domadores de leones sólo hacen raras veces, al contrario de lo que su­pone la gente. Su rostro aparecía con expresión de agotamiento, ojeroso y con una mirada salvaje en los ojos.

El señor Legere casi siempre estaba allí, junto a la jaula de Terror Verde, observándolo. Y eso, desde luego, era un peso más para la carga que ya soportaba el señor Indrasil. Todos los com­ponentes del circo empezamos a mirar nerviosa­mente a la figura vestida con camisa de seda, cada vez que ésta pasaba por alguna parte. Y yo sabía que todos estaban pensando lo mismo que pensaba yo: este hombre va a reventar por algu­na parte, y cuando eso suceda...

Cuando sucediera, sólo Dios sabría lo que po­dría ocurrir.

La ola de calor continuó y las temperaturas superaban cada día los treinta y dos grados. Pa­recía como si los dioses de la lluvia estuvieran mofándose de nosotros. Cada ciudad que abando­nábamos recibía las bendiciones de la lluvia. Cada ciudad a la que llegábamos aparecía ca­liente, seca, crepitante.

Y una noche, en la carretera entre Kansas City y Green Bluff, vi algo que me enojó más que ninguna otra cosa.

Hacía calor, un calor abominable. Ni siquie­ra valía la pena tratar de dormir. Yo rodaba en mi litera como un hombre en pleno delirio, siem­pre a punto de agarrar el sueño, y siempre sin terminar de cogerlo. Finalmente, me levanté, me puse los pantalones y salí fuera.

Habíamos acampado en una pequeña expla­nada, formando un círculo. Yo y otros dos mozos habíamos descargado a los leones, de modo que pudieran recibir la más mínima brisa que pu­diese correr. Las jaulas estaban allí ahora, ilumi­nadas por el tenue resplandor plateado de la luna llena de Kansas, y una figura alta con unos blan­cos pantalones de tralla se erguía junto a la ma­yor de todas ellas. Era el señor Indrasil.

Estaba acosando a Terror Verde con una pica larga y puntiaguda. El gran tigre deambulaba en silencio por la jaula, tratando de evitar la pun­ta de la pica. Y lo más terrible de todo era que cuando la pica se hundía en la carne del tigre, éste no rugía de dolor y cólera, como debería haber sido. Mantenía un siniestro silencio, más terrorífico para la persona que conoce a los ti­gres que el más fuerte de los rugidos.

Y eso también aterrorizaba a Indrasil.

—Tranquilo bastardo, ¿verdad? —gruñó.

Con los poderosos brazos flexionados, deslizó hacia adelante la pica de hierro. Terror Verde retrocedió y sus ojos giraron horriblemente... Pero no produjo ni un sonido.

—¡Aulla! —espetó Indrasil—. Venga, aulla, ¡monstruo! ¡Aulla!

Y metió la pica de hierro profundamente en el flanco del tigre.

Entonces, vi algo extraño. Me pareció como si una sombra se moviera en la oscuridad, por debajo de uno de los carromatos más alejados, y la luz de la luna pareció brillar sobre unos ojos que miraban fijamente... unos ojos verdes.

Una ráfaga de viento frío pasó silenciosamen­te a través del claro, elevando polvo y revolvién­dome el pelo.

El señor Indrasil levantó la mirada y hubo una astuta expresión en su rostro, como quien escucha algo con atención. De repente, dejó la pica, se volvió y se dirigió hacia su remolque.

Yo volví a mirar hacia el carromato más ale­jado, pero la sombra se había marchado. Terror Verde permaneció inmóvil ante los barrotes de su jaula, mirando fija e insistentemente hacia el remolque de Indrasil. Y entonces se me ocurrió pensar que odiaba al señor Indrasil no porque fuera cruel, pues un tigre respeta esas cualida­des a su propio modo animal, sino más bien porque era un perverso, incluso para la norma salvaje del tigre. Era un canalla. Esa es la única forma en que puedo expresarlo. Indrasil no sólo era un tigre humano, sino también un tigre ca­nalla.

El pensamiento cuajó en mi interior, inquie­tándome y asustándome un poco. Regresé al ca­rromato, pero seguí sin poder dormir.

El calor continuó.

Nos asábamos durante el día, nos removía­mos y sacudimos durante la noche, sudorosos y sin poder dormir. Todos estábamos enrojecidos por el sol, y se produjeron peleas a puñetazos por pequeñas tonterías. Cada uno de nosotros estaba acercándose al punto de explosión.

Legere permaneció con nosotros, como obser­vador silencioso, sin emoción alguna en su ex­presión, pero con, según pude percibir profundas corrientes de... ¿qué? ¿Odio? ¿Temor? ¿Vengan­za? No podía situarlo. Pero era potencialmente peligroso, de eso sí que estaba seguro. Quizá in­cluso más que el propio Indrasil, si hubiera habido alguien capaz de conectar su disparador particular.

Asistía a cada una de las representaciones del circo, siempre vestido con su elegante traje ma­rrón, a pesar de las mortales temperaturas rei­nantes. Permanecía en silencio junto a la jaula de Terror Verde, pareciendo comulgar profunda­mente con el tigre, que siempre se sentía tran­quilo cuando él estaba por allí.

De Kansas a Oklahoma, sin variación alguna en la temperatura. Un día sin ningún caso de insolación resultaba ya raro. La gente empezaba a escasear; ¿quién deseaba sentarse bajo una gran tienda de lona rígida cuando había un cine con aire acondicionado a sólo una manzana de distancia?

Estábamos todos tan nerviosos como gatos, por utilizar una frase particularmente aplicable en este caso. Y cuando montamos el circo en Wildwood Green (Oklahoma), creo que todos sa­bíamos que nos encontrábamos cerca de alguna especie de clímax. Y la mayoría de nosotros sa­bíamos que el señor Indrasil se vería envuelto en lo que fuera. Justo antes de nuestra primera representación en Wildwood, había ocurrido un suceso extraño. El señor Indrasil había estado en la Endemoniada Jaula de los Leones, haciendo que los enojados animales realizaran su número. Uno de ellos perdió el equilibrio sobre su pedes­tal, se tambaleó y casi logró recuperarlo.. Pero, en ese preciso momento, Terror Verde dejó esca­par un terrible rugido que hasta hizo daño en los oídos.

El león se cayó pesadamente y, de repente, se lanzó con la precisión de una bala contra Indrasil. Lanzando una maldición de susto, colocó su silla ante las patas del animal, enredándolas en ella. Logró salir de la jaula en el momento en que el león destrozaba los palos de la silla.

Cuando logró recuperarse temblorosamente y se disponía a entrar de nuevo en la jaula, Terror Verde rugió de nuevo. Pero esta vez monstruo­samente, como una risa enorme y desdeñosa.

Indrasil se quedó mirando fijamente a la bes­tia, pálido. Después se dio media vuelta y se alejó. Durante toda aquella tarde no salió para nada de su remolque.

Aquella tarde transcurrió con lentitud, inter­minablemente. Pero a medida que fue subiendo la temperatura, todos nosotros miramos llenos de esperanza hacia el oeste, donde se estaban formando unos grandes bancos de nubes tormen­tosas.

—Quizá llueva —le dije a Chips, deteniéndome junto a su plataforma, frente a la caseta.

Pero él no respondió a mi sonrisa esperanza-dora.

—No me gusta —dijo—. No hay viento. De­masiado calor. Esto será granizo o un tornado —y entonces sonrió y añadió—: No es buena cosa ir de picnic cuando se forma un tornado, con un montón de animales salvajes medio locos, Eddie. Al cruzar el cinturón de los tornados, más de una vez he dado gracias a Dios por no llevar elefantes con nosotros.

»Sí —añadió sombríamente—. Mejor será que confíes en que esas nubes se queden donde están, en el horizonte.

Pero no, no se quedaron allí. Se fueron acer­cando lentamente a nosotros, como columnas ciclópeas levantadas en el cielo, de un color púr­pura por las bases y con un siniestro tono negro-azulado a través de los cúmulo-nimbos. Cesó en­tonces todo el movimiento del aire y el calor cayó sobre nosotros como una mortaja de lana. De vez en cuando la tormenta se aclaraba la gar­ganta con algunos estampidos, más hacia el oeste.

Hacia las cuatro de la tarde el propio señor Farnum, jefe de pista y copropietario del circo, apareció para decirnos que aquella noche no ha­bría representación; sólo teníamos que asegurar­lo todo y encontrar un agujero conveniente en el que meternos en caso de que hubiera proble­mas. Se habían divisado embudos en espiral entre Wildwood y Oklahoma City, en varios lugares, algunos a sólo sesenta kilómetros de nosotros.

Había poca gente deambulando apáticamente por las casetas de exhibición o contemplando los animales cuando se hizo el anuncio. Pero el señor Legere no había estado presente en todo el día; la única persona que se encontraba ante la jaula de Terror Verde era un sudoroso escolar con un montón de libros bajo el brazo. Cuando el señor Farnum anunció la advertencia del Servicio Me­teorológico de Tornado de los Estados Unidos, el chico se apresuró a marcharse de allí.

Yo y los otros dos mozos nos pasamos el resto de la tarde trabajando a tope, asegurando las tiendas, volviendo a cargar a los animales en sus carromatos, y asegurándonos de que todo es­taba suficientemente sujeto.

Finalmente, sólo quedaron las jaulas de los leones, y había un dispositivo especial para ellas. Cada jaula disponía de un «camino» especial de malla, ajustado a ella como un acordeón, que, cuando se extendía por completo, conectaba con la Endemoniada Jaula de los Leones. Cuando se tenía que mover las jaulas pequeñas, se podía hacer que los animales pasaran a la jaula grande, mientras se cargaban aquéllas. La jaula grande rodaba sobre unas ruedas gigantescas y se la po­día empujar hacia una posición en la que se lo­graba que cada león regresara a su jaula. Parece algo complicado, y lo era, pero no había otra for­ma de hacerlo.

Lo hicimos primero con los leones y después con Terciopelo Ébano, la dócil pantera negra que había costado al circo casi las entradas de una temporada. Resultaba una tarea muy entretenida hacerles salir de las jaulas y pasar por los «ca­minos» de malla hacia la jaula grande; pero todos nosotros preferíamos llamar al señor Indrasil para que ayudara.

Cuando estuvimos preparados para trasladar a Terror Verde, había descendido sobre nosotros una penumbra precursora de la noche —era una penumbra extraña, amarillenta, que pendía hú­medamente a nuestro alrededor. Por encima, el cielo había adquirido un aspecto uniforme y bri­llante que nunca había visto y que no me gustó en absoluto.

—Será mejor darse prisa —aconsejó el señor Farnum, mientras empujábamos trabajosamente la Endemoniada Jaula de los Leones hacia donde pudiéramos engancharla en la parte posterior de la jaula de exhibición de Terror Verde—. El ba­rómetro está descendiendo muy rápidamente —sacudió la cabeza preocupadamente y añadió—: Esto tiene mal aspecto, muchachos. Muy mal aspecto.

Se marchó apresuradamente, mientras seguía sacudiendo la cabeza.

Acoplamos el conducto de malla de Terror Verde y abrimos la parte posterior de su jaula.

—Vamos, métete ahí —le dije, tratando de animarlo.

Terror Verde me miró amenazadoramente y no se movió.

El trueno resonó de nuevo, más fuerte, más cerca, más nítidamente. El cielo había adoptado un color de ictericia, el color más feo que he visto jamás. Los diablos del viento comenzaron a darnos tirones de las ropas, llevándose las apla­nadas envolturas de los dulces y los conos de azúcar de algodón desparramados por el suelo.

—Vamos, vamos —le di prisas, empujándole suavemente con la barra puntiaguda de madera que nos daban para manejarlos.

Terror Verde rugió, dejándome sordo, y una de sus garras se lanzó con una velocidad cega­dora. La barra se me escapó de las manos y se partió como si hubiera sido una ramita. Ahora, el tigre se había levantado y había una mirada asesina en sus ojos.

—Hey —dije apresuradamente—, uno de vo­sotros tendrá que ir a buscar al señor Indrasil. Eso es todo. No podemos quedarnos aquí, espe­rando.

Como para dar mayor fuerza a mis palabras, el trueno crujió mucho más intensamente, como la palmada de unas manos gigantescas.

Kelly Nixon y Mike McGregor dudaron un momento; yo no tenía que hacerlo debido a mi anterior altercado con el señor Indrasil. Kelly se hizo cargo de la tarea, lanzándonos una mirada silenciosa con la que nos decía que hubiera pre­ferido enfrentarse a la tormenta, y después se marchó.

Hacía ya diez minutos que se había marchado. Ahora, el viento estaba cobrando velocidad y la penumbra se iba convirtiendo con rapidez en una noche extraña a las seis de la tarde. Estaba asustado y no me avergüenza admitirlo. Aquel cielo que se precipitaba sobre nosotros, monó­tono; la zona desierta del circo; los agudos y fuertes vórtices del viento... todo ello forma un recuerdo que siempre permanecerá conmigo, sin debilitarse jamás.

Y Terror Verde no estaba dispuesto a introducirse en el conducto de malla.

Entonces, Kelly Nixon regresó, corriendo.

—¡He estado aporreando su puerta durante más de cinco minutos! —dijo, jadeante—. No he logrado que me abriera.

Nos miramos unos a otros, sin saber qué ha­cer. Terror Verde era una gran inversión para el circo. No podíamos dejarlo allí, al aire libre. Me volví, desesperado, buscando a Chips, al se­ñor Farnum o a alguien que pudiera decirme lo que debíamos hacer. Pero todos se habían mar­chado. El tigre era ahora nuestra responsabili­dad. Consideré la idea de cargar la jaula en el carromato, pero yo no iba a meter mis dedos en aquella jaula.

—Bueno, pues tendremos que ir y conseguir que venga —dije—. Los tres. Vamos.

Y echamos a correr hacia el remolque del se­ñor Indrasil, a través de la creciente oscuridad.

Aporreamos su puerta hasta que debió pensar que le perseguían todos los demonios del infier­no. Por fortuna, la puerta terminó por abrirse. El señor Indrasil se balanceó y se nos quedó mi­rando fijamente, con sus ojos de loco dominados por una expresión de borracho. Olía peor que una destilería.

—¡Malditos, dejadme solo! —nos espetó.

—Señor Indrasil...

Tuve que gritar para que me oyera por enci­ma del creciente silbido del viento. Aquello era una tormenta como yo no había visto ni sobre la que hubiera leído nunca. Era como el fin del mundo.

—¡Tú! —rechinó con suavidad, bajando un par de escalones y agarrándome por la camisa—. Te voy a dar una lección que no olvidarás nunca.

Miró a Kelly y a Mike, que habían retrocedido hacia las móviles sombras de la tormenta y gritó:

—¡Fuera de aquí!

Echaron a correr. No se lo reprocho a nin­guno de los dos. Ya lo he dicho: Indrasil estaba loco. Y no era un loco ordinario; era como un animal loco, como si una de sus propias fieras salvajes se hubiese vuelto loca.

—Muy bien —dijo, mirándome fijamente, con unos ojos como de huracán—. No hay nadie aho­ra que te proteja. Nadie que te ayude —sus la­bios se retorcieron en una sonrisa salvaje, horri­ble—. El no está aquí ahora, ¿verdad? Somos los dos de la misma clase. El y yo. Quizá los únicos que quedamos. Mi némesis... y yo soy la suya.

Estaba desvariando y yo no traté de detenerle. Su mente, al menos, se había apartado de mí.

—Volviendo a ese tigre contra mí, ya desde el 58. Siempre tuvo más poder que yo. El tonto podría ganar millones... Los dos podríamos ga­nar millones si él no fuera tan condenadamente altivo y arrogante..., ¿qué es eso?

Era Terror Verde, que había empezado a ru­gir poderosamente.

—¿No habéis encerrado a ese condenado ani­mal? —gritó, casi con una voz de falsete, sacu­diéndome como si fuera un muñeco.

—¡No quiere moverse! —me encontré gritán­dole—. Tiene usted que...

Pero él me empujó, soltándome. Me tambaleé sobre los escalones, frente a su remolque, y ter­miné por caer al suelo, sacudiéndome todos los huesos. Con algo que osciló entre un sollozo y una maldición, Indrasil pasó junto a mí, con el rostro deformado por la ira y el temor.

Me levanté y le seguí, como si estuviera hip­notizado. Alguna parte de mí mismo, intuitiva­mente, se daba cuenta de que estaba a punto de asistir al último acto del drama.

Una vez alejado de la protección del remol­que del señor Indrasil, la fuerza del viento era apabullante. Producía un estruendo como el de un tren de carga lanzado a toda velocidad. Yo era como una hormiga, como un grano, como una molécula sin protección alguna ante aquella fuerza estruendosa, cósmica.

Y el señor Legere estaba allí, junto a la jaula de Terror Verde.

Fue como una imagen de Dante. La jaula casi vacía, en el interior del círculo formado por los remolques; los dos hombres, uno frente a otro, mirándose en silencio, con las ropas y el pelo alborotados por la estruendosa galerna; el cielo hirviente por encima de nosotros; los retorcidos trigales del fondo, como almas en pena doblán­dose ante el látigo de Lucifer.

—Ha llegado el momento, Jason —dijo Lege­re, llevadas sus palabras a través del claro por el mismo viento.

El largo pelo de Indrasil se le levantó dejan­do al descubierto la lívida cicatriz que le cruzaba la nuca. Apretó los puños, pero no dijo nada. Casi pude percibir cómo reunía toda su voluntad, toda su fuerza vital. Se acumuló a su alrededor como si se tratara de un nimbo atroz.

Y entonces contemplé con un repentino ho­rror cómo Legere separaba el conducto de ma­lla... ¡y el fondo de la jaula estaba abierto!

Grité, pero el viento se llevó mis palabras.

El gran tigre saltó de la jaula y casi derribó a Legere. Indrasil se tambaleó, pero echó a correr. Inclinó la cabeza, y se quedó mirando fijamente al tigre.

Y Terror Verde se detuvo.

El tigre hizo oscilar su enorme cabeza hacia Legere, casi volviéndola, y después, con lentitud, volvió a mirar a Indrasil. Había en el aire una sensación terroríficamente palpable de fuerza di­rigida, una lucha de voluntades contrapuestas centradas alrededor del tigre. Y las voluntades estaban equilibradas.

Creo que, al final, fue la propia voluntad de Terror Verde —su odio contra Indrasil— lo que terminó por desequilibrar la balanza.

El tigre empezó a avanzar con sus ojos de­moníacos fulgurando. Y algo extraño comenzó a sucederle a Indrasil. Pareció doblarse sobre sí mismo, encogerse, plegarse como un acordeón. La camisa de seda perdió su forma, el oscuro y ondulante pelo se convirtió en un horrible hongo alrededor de su cuello.

Legere gritó algo hacia él y, simultáneamente, Terror Verde pegó un gran salto.

No llegué a ver el resultado. Al momento si­guiente fui golpeado de lleno en la espalda y pareció como si algo me absorbiera la respiración, sacándome todo el aire del cuerpo. Capté un de­bilitado vistazo de un enorme y altísimo embudo ciclónico y, a continuación, la oscuridad descen­dió sobre mí.

Cuando me desperté, me encontraba en mi litera, en la parte delantera del remolque de almacenaje que llevábamos para todos los pro­pósitos. Sentí el cuerpo como si me hubieran gol­peado con palos indios acolchados.

Apareció entonces Chips Baily, con una expre­sión endurecida en el rostro, muy pálido. Vio que tenía los ojos abiertos y sonrió, aliviado.

—No sabía si ibas a despertarte alguna vez. ¿Cómo te sientes?

—Dislocado —le contesté—. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo llegué aquí?

—Te encontramos aplastado contra el remol­que del señor Indrasil. El tornado casi se te llevó de recuerdo, muchacho.

Al escuchar el nombre de Indrasil, regresaron a mi memoria todos los fantasmagóricos recuer­dos.

—¿Dónde está el señor Indrasil? ¿Y el señor Legere?

Chips adoptó una mirada turbia y empezó a dar alguna clase de respuesta evasiva.

—Habla con claridad —le pedí, haciendo un esfuerzo por incorporarme sobre un codo—. Ten­go que saberlo, Chips. Tengo que saberlo.

Debió de ver algo en mi rostro que le decidió a hablar.

—Está bien. Pero esto no es exactamente lo que le dijimos a la policía... en realidad, apenas si dijimos nada a la policía. No vale la pena de­jar que la gente se piense que estamos locos. De todos modos, Indrasil se ha marchado. Ni siquie­ra sabía que Legere estuviera por aquí.

—¿Y Terror Verde?

Los ojos de Chips volvieron a adoptar una expresión ilegible.

—El y el otro tigre lucharon hasta la muerte.

—¿El otro tigre? No hay ningún otro...

—Sí. Encontraron dos tigres muertos, cada uno bañado en la sangre del otro. Un condenado lío. Cada uno desgarró el cuello del otro.

—¿Qué... dónde...?

—¿Y quién lo sabe? Nos limitamos a decirle a la policía que teníamos dos tigres. Es mucho más simple de ese modo.

Y, antes de que yo pudiera decir nada más, se marchó.

Y éste es el final de mi historia... a excep­ción de dos pequeños detalles. Las palabras que el señor Legere gritó justo antes de que el tor­nado me golpeara, fueron: «Cuando un animal y un hombre viven en el mismo armazón, Indrasil, son los instintos los que determinan la for­ma.»

La otra cuestión es la que me mantiene des­pierto por las noches. Más tarde, Chips me dijo algo, presentándomelo simplemente como un da­to. Lo que me dijo fue que el tigre extraño, el que no pertenecía al circo, mostraba una larga cicatriz en la nuca.





Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   21


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos