Las mejores historias de terror 3


RAY RUSSELL. LOS AMANTES FUGITIVOS



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RAY RUSSELL. LOS AMANTES FUGITIVOS


Las historias de terror no tienen que ser necesariamente sobrenaturales para producir un efecto escalofriante. Ray Russell lo ha demostrado con suficiente frecuencia, desde su clásico Sardonicus hasta el relato corto que se dispone usted a leer, y se destaca entre sus colegas de oficio como maestro en ese tipo de cuentos, que no son tan apacibles e inocuos como pudiera pensarse.

Los amantes fugitivos fueron capturados poco antes de que alcanzaran las fronteras del ducado.

De inmediato fueron conducidos ante su excelencia el duque, cuyo noble porte y halo de rizos nevados le daban el aspecto de un ángel extraído de un cuadro. Su rostro mostraba

tristeza al mirar con expresión de reproche a su joven esposa y a su amante el trovador. Después, con un gran suspiro y con lágrimas brillantes en sus ancianos y bondadosos ojos, pagó en oro a los captores y entregó los prisioneros a su guardián.

Las precisas órdenes que dio al guardián resultaron sorprendentes, pues el duque gozaba de una amplia fama como señor clemente y piadoso.

Los amantes serían conducidos a las mazmorras y castigados severamente durante un total de siete días, uno por cada pecado capital, y por último serían irrevocablemente eliminados en el séptimo. Durante esos siete días, tendrían prohibido, de la manera más absoluta, verse o hablar entre sí, y procurarse consuelo por medio de palabras de ánimo o de miradas de amor.

—De la manera más absoluta —murmuraba el afable guardián mientras conducía a la infeliz pareja a las mazmorras subterráneas, y las llaves tintineaban en su mano—. Señor, eso significa que habrá que arrancaros los ojos y la lengua.

Los prisioneros gritaron protestas airadas, pero el guardián se echó a reír con aire divertido y les aseguró que se trataba de una operación muy sencilla, que se efectuaba con tenazas y hierros al rojo vivo en sólo unos segundos.

Sin embargo, todo el mundo quiere a los amantes, y el guardián era un hombre piadoso. Decidió posponer el arrancarles los ojos y la lengua hasta el amanecer siguiente, dejándoles una noche para verse y hablarse. Ver y hablar, no tocarse o acariciarse pues, tras quitarles la ropa, los recluyó en jaulas separadas, en unas jaulas pequeñas ideadas para que no tuvieran ninguna comodidad. Tras dejar una antorcha humeante encendida en un candelabro de la pared, el guardián se despidió de ellos. Los amantes, sentados en cuclillas y desnudos, con

los dedos de los pies asidos al duro hierro del suelo de las jaulas, pudieron consolarse libremente cuanto quisieron con palabras y miradas.

La mujer fue la primera en hablar.

—Mira a qué situación tan penosa hemos llegado —le dijo entre lágrimas—. Y todo por culpa tuya.

—¿Mía? —contestó el joven—. Fui yo quien insistió en que continuaras con tu esposo, el duque, pues fácilmente hubiéramos podido obtener nuestro placer bajo sus santurronas narices sin que sospechara lo más mínimo. Pero no, tú tenías que escapar.

—Cualquier otra solución hubiera sido innoble. Huir juntos era lo único decente que podíamos hacer.

—¿Tú hablas de decencia? ¿Tú? —gritó él—. Toda tú, que de la cabeza a los pies eres una boca ávida y caliente, febril de sed, reseca por culpa de un marido viejo que no se ocupa de ti, descarada, insaciable, depravada...

—¡Cierra esos labios viles! Tuya es la culpa de esta mala fortuna nuestra. No estaría aquí desnuda, como un pavo cebado en la jaula de un periquito, con siete días de tortura por delante, si tú no hubieras empezado por insinuarte.

—¡Tu memoria es tan falsa como tu virtud! ¡Fuiste tú quien me hizo la primera indicación de interés!

—¡Eres un mentiroso!

—¡Y tú una mujerzuela!

Ella rompió a llorar. Algo arrepentido de sus palabras, él gruñó:

—Está bien, digamos que no es culpa de ninguno de nosotros, sino de ese anciano marido recitador de letanías que tienes...

—¿Una ramera? No, el verdadero problema es que él no...

—No me has entendido. Quiero decir que es culpa suya casarse con una mujer cuya edad no llega a la tercera parte que la suya. Es culpa suya dejarla languidecer y apagarse. Culpa suya arrojar a uno en brazos del otro diciéndome a mí lo mucho que te gustaban mis canciones, y a ti lo mucho que me gustaba cómo las cantabas. Culpa suya por vivir en esa ciega santurronería, esa ignorancia de las necesidades camales, esa idiota inocencia que no le dejaba entrever cuál sería el resultado natural de todo ello. Sí, la culpa es suya. ¡Toda suya! ¡Ah, maldito sea ese mojigato parlanchín!

Ella contestó con un murmullo sin inflexiones de voz:

—Fue en los últimos tiempos cuando el duque evitó mi cama. Al principio de casados, mi carne juvenil le gustaba tanto que se olvidó por completo de sus canas y de sus beaterías, y se comportó mucho más como un mono que como un monje, o mejor diría como un macho cabrío, como un toro o un semental, lo que más te guste. Después, por razones que nunca entendí, pero que tomé por triste agotamiento de sus ancianas energías, fue haciéndose más manso y terminó por no ser más que un hermano para mí...

—¿un hermano? —se burló el trovador—. ¡Gran señor!

Una ráfaga de aire malsano hizo sonar los huesos de un viejo esqueleto que por las peladas muñecas colgaba de unas herrumbrosas cadenas que bajaban del techo. El sonido atrajo sus miradas y las preguntas que no se atrevían a hacerse. ¿Quién había sido? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Era un hombre o una mujer? ¿Por qué causa y cómo había muerto? ¿Le habían colgado sencilla y terriblemente hasta morir de hambre, o sometido a otras medidas menos sencillas? El trovador se estremeció y la mujer rompió a llorar otra vez. Ambos permanecieron en silencio un rato más.

Por fin, él dijo:

—Vamos a pensar un poco. En toda su larga vida, ¿ha temido alguna vez la gente al duque por su severidad? ¿Ha condenado a torturas a alguien, siquiera al malhechor más perverso? ¿Ha azotado alguna vez al más rastrero de los patanes? ¿No se han burlado de él los lacayos por su tibieza? ¿No se han reído tomándole por débil y afeminado? ¿No es su mansedumbre burla y maravilla de la tierra? ¿No es apreciado por los frailes y prelados por su piedad, su caridad, sus oraciones interminables y su santidad? ¿No es así? ¿No digo la verdad?

Un ahogado «sí» se escapó de la mujer, encogida en la jaula cercana. El trovador resumió:

—¿Cómo puede ser, entonces, que un hombre así decrete tan terribles tormentos para dos seres humanos, y más siendo uno de ellos su nueva esposa?

Ella se echó a sollozar con la cabeza metida entre las rodillas, y las lágrimas le corrieron como arroyos por las piernas desnudas hasta detenerse brillantes entre las uñas de sus pies.

—Es inútil que quieras razonarlo —murmuró—. Ya le has oído: siete días de torturas...

—¡De castigo! —replicó él con un graznido—. ¿Qué entenderá por castigo, ese mojigato? ¿Ayunar y arrodillarse y rezar y mortificar la carne? ¿Permanecer siete días a pelo? ¿Sermones apocalípticos o retórica virtuosa? —se echó a reír—. Un poco de incomodidad, una humilde muestra de arrepentimiento y un mucho de aburrimiento y bostezos, ¡Esas son las torturas que tanto tememos!

Se echó a reír otra vez, meciéndose de rodillas hasta donde permitía la jaula.

La mujer emitió un suspiro de abatimiento.

—Eres un estúpido —dijo sin rencor, como una mera afirmación de un hecho—. Al séptimo día moriremos; ésa ha sido su orden.

—«Eliminados» —contestó él—. Al séptimo día seremos «eliminados».

—Es lo mismo...

—¡No, «eliminados» es una palabra con muchos significados! Y entre ellos, el principal es «ser liberados»! —se echó a reír más fuerte—. ¡Liberados! ¿Pueden liberarse los cadáveres? ¿Puede concederse la libertad a los muertos? ¡No! Tendremos que arrodillarnos y pedir clemencia durante siete cortos días. Uno para cada pecado cardinal, ya oíste a ese piadoso adorador. ¡Y después quedaremos libres! ¡Libres! «Eliminados irrevocablemente», ¡Liberados sin posibilidad de revocación! ¡Todas nuestras preocupaciones son en vano!

Los párpados de la muchacha, hinchados y enrojecidos de tanto llorar, se abrieron lentamente y sus ojos le observaron, llenos de ironía y algo de lástima.

—¿Tan fácilmente olvidas? ¿Es que dentro de esa cabeza no tienes más sustancia que aire? ¿Tanto te ha afectado el miedo que ya no recuerdas qué más dijo? ¿No recuerdas algo sobre nuestros ojos y nuestras lenguas?

El trovador abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla. Un terror enfermizo le ensombreció el rostro una vez más.

Ella le observó con burla y desprecio:

—Dime que también nos equivocamos en esto...

El trovador no tardó en responder:

—Ante tu crueldad y tus desagradables palabras, debería dejar que continuaras pensando que vamos a perder esos órganos tan necesarios y deliciosos. ¿Por qué tengo que consolarte, cuando por mis penas no recojo sino sarcasmo y desprecio? Me callaré, pues.

Transcurrió un largo rato de silencio. Al final, la muchacha gritó:

—¡Habla, canalla!

El trovador se rió con aire triunfal.

—Hablaré porque te quiero, dulzura. Y tú me escucharás. Repasa de nuevo esas amenazadoras palabras respecto a nuestros ojos y lenguas. Recuerda quién las pronunció. ¿Fue tu santo esposo? ¿O fue un hombre de menor grado, un doméstico esclavizado, ni más ni menos que nuestro inepto guardián?

Ella caviló sobre la pregunta.

—Mi esposo dijo...

—Tu esposo dijo que no debíamos hablamos o vernos. Y que eso debía hacerse, según sus palabras, de la manera más directa. Bien, pues: ¡mordazas y vendas en los ojos! ¿No es eso más directo que las pinzas y las barras de hierro al rojo vivo? Nuestro estúpido carcelero no estaba sino sacando conclusiones por su cuenta, cavilando sin permiso sobre las órdenes de tu esposo. Y estas órdenes, cuando se lleven a término, no serán peores que una reprimenda a un niño. Créeme, mi pobre desesperada, el miedo es un fantasma que el aire transporta; no tiene freno ni señor. No te inquietes más y sécate esas lágrimas. Una semana de hábitos de penitencia y seremos perdonados, absueltos y magnánimamente «eliminados».

Sus palabras teman una cierta lógica. La muchacha comenzó a sentirse un poco más segura.

—Pido a Dios que tengas razón —musitó.

—Confía en mí —contestó él—. Tu esposo no permitirá que ninguno de los dos seamos torturados o muertos.

Al cabo de un rato regresó el guardián, aquel hombre afable, y les saludó con una alegre sonrisa. Después tomó asiento cerca de ellos mientras comía un plato de gachas, su pobre cena del día. Entre sorbos y chasquidos, les dijo:

—Su excelencia el duque dice que sería injusto teneros en la ignorancia de lo que pronto os ha de ocurrir. Lo justo, justo es, dice, pues no es un hombre cruel, un tirano como algunos para los que he servido, un canalla que dejaría a pobres nobles como vos en el temor del peor de los destinos; es decir, en la incertidumbre de las cosas. Mucho mejor, dice, será hacerles saber lo que hay guardado para ellos, y desde luego que hay verdad y sabiduría en esas palabras, por los clavos sangrantes de Cristo, si mi señora me permite la expresión. Así, pues, ve, buen hombre, me dice, regresa junto a ellos y diles cosa por cosa las que se les harán, las siete cosas para los siete días, y no seas avaro en detalles, dice, pues es conveniente que sepan lo más posible, pues deben temer lo menos posible y encomendar serenamente sus almas al cielo. Qué buen hombre, qué hombre de Dios es su excelencia.

Tras limpiarse los labios y dejar a un lado el plato vacío, el comunicativo carcelero les dijo:

—Bien, pues. Mañana es el primero de los siete días y así, al romper el alba, tras una buena noche de sueño que deseo que tengáis, esto es lo que se os hará a cada uno... Cuando les explicó el primer día, palidecieron. Cuando les explicó el segundo, gruñeron. Cuando les explicó el tercero, maldijeron. Cuando les explicó el cuarto, sollozaron. Cuando les explicó el quinto, gritaron. Cuando les explicó el sexto, vomitaron. Cuando les explicó el séptimo y último día, un día que casi llevó veinte minutos explicar, se desmayaron a media narración y para terminar de contarlo tuvo que devolverlos a la conciencia con un cubo de agua fría.

—Y eso será todo —añadió con una sonrisa—. Después de eso no habrá viles faltas de respeto paganas para sus restos, sino entierros decentes y exequias cristianas para ambos. Así lo ha estipulado su excelencia. Buenas noches, mi señora. Joven señor. .. Que duerman bien.

Tarareando una tonada, el carcelero abandonó las mazmorras cerrando la puerta metálica con un amortiguado sonido.

El joven, enloquecido de desesperación, hizo sonar los barrotes de su jaula, los golpeó con los nudillos y clavó las uñas en la cerradura hasta que le sangraron. Al final, se derrumbó en una masa informe de carne temblorosa y gimoteante.

Ella, con los ojos en blanco de la sorpresa, murmuró unas palabras desencajadas, con un tono apenas superior a un susurro.

—Obsceno... Desagradable... Más horroroso de lo que nunca pude imaginar... Más terrible que todas las agonías del infierno. ¡Siete días! ¡Y cada uno de ellos interminable! ¡0h, Dios! ¿Padecer así, sufrir tan terribles abominaciones por unos escasos momentos de placer? ¡No, no!

Su amante la miró con el rostro inexpresivo. Después barboteó:

—Debes suplicarle, rogarle, pedirle. Dile que fuiste tú quien me tentó y que yo, pobre humano hecho de barro, fui absorbido inexorablemente por el lodazal de tu lujuria. ¡Díselo! ¿Por qué ambos debemos morir de un modo tan horrible? ¿Por qué tengo que padecer por tu infidelidad?

Ella le contestó con un grito:

—¡Cobarde! ¡Víbora! ¿Soportarías verme rota y descuartizada con tal de salvar la piel? Eres tú quien tiene que buscar su gracia, decirle cómo corrompiste mi alma con trucos diabólicos y artes de nigromante, convirtiéndome en esclava indefensa de tu lujuria...

—¿Yo? ¿Hacerme jirones la garganta a gritos durante siete días y siete noches inimaginables... todo por una furcia? Un par de labios, unos ojos y..., y...

Su lengua tartamudeó, frenada por algo que había visto fuera de la jaula. Parpadeó y se lamió los resecos labios.

—Mira —dijo al fin, señalando un punto con mano temblorosa.

Ella obedeció. Allí, sobre las losas del suelo, cerca del plato vacío y no lejos de las jaulas en las que los presos estaban doblados sobre sí, había un círculo de esperanza que devolvió la vida a sus corazones: las llaves del guardián.

—La lla... —empezó a gritar ella, pero su amante le susurró silencio con el dedo en los labios.

—Ni una palabra, ni un ruido. Ésta es la mano de la providencia.

También en un susurro, ella respondió:

—Deja de invocar beaterías como mi esposo y alcánzala.

El trovador estiró el brazo entre los barrotes de la jaula, pero se quedó muy corto. Apretó el hombro desnudo entre los

barrotes, dolorosamente, extendiéndose más y más, pero incluso así las yemas de sus dedos sólo alcanzaron el aire vacío, a varios centímetros del aro que contenía las llaves. Por último, exhausto, se rindió.

Ahora fue ella quien, desde su jaula, extendió el brazo entre los barrotes negros y fríos, con sus delicados dedos retorciéndose como pequeñas serpientes en su intento de asir el llavero. Entre bastos gruñidos y vulgares maldiciones, estiró el brazo todavía más, con una de las frutas maduras que tenía por pechos cruelmente apretada contra los barrotes. Una pátina de sudor le cubrió todo el cuerpo pese al frío de las mazmorras. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, los dedos seguían sin tocar las burlonas llaves.

Él, al ver los esfuerzos de la muchacha, gimió:

—No hay manera... No hay manera...

Ella estaba poco dispuesta a rendirse tan fácilmente. Susurrando un juramento nada apropiado para una dama, desdobló ahora sus largas y bien contorneadas piernas y, gesticulando ante los aguijonazos de dolor que sentía en ellas tras las muchas horas de obligada posición acuclillada, se esforzó en sacarlas entre los barrotes y extenderlas hacia el círculo metálico de llaves que yacía en el suelo, entre ellos y la fuga. Flexionó y estiró los dedos de los pies para alcanzarlas. Estiró las piernas aún más y sus muslos se cubrieron de arañazos y morados a causa de los hierros. Mordiéndose los labios, la muchacha asió los barrotes con las manos y apretó el vientre y la entrepierna implacablemente contra el sólido hierro, casi partiéndose en dos sobre el barrote que separaba sus muslos, boqueando de dolor, con los dedos de los pies abriéndose y cerrándose y el sudor cubriéndole la carne hasta que, por fin, con un murmullo de agradecimiento a Dios, sus esfuerzos se vieron recompensados, sus pies se cerraron sobre el llavero, sintió el bienvenido contacto frío de las llaves entre los dedos de los pies y lenta, cuidadosamente, llevó el pie hacia atrás, hacia la jaula, hasta alcanzar el llavero entre las manos. Lo levantó triunfal antes de recostarse hacia atrás, viscosa por el sudor y la sangre de los rasguños, dolorida, sollozante y victoriosa.

Su amante, en la otra jaula, dedicó una mirada casi de lascivia a las llaves y croó:

—¡La cerradura! ¡Abre la cerradura!

La muchacha introdujo una de las doce llaves en la cerradura de su jaula. No servía. Intentó la siguiente. Y la otra. Ambos amantes maldecían, invadidos nuevamente de una desesperación que volvía a llenar el gran espacio que la esperanza había excavado en sus corazones, mientras ella seguía probando llaves.

A la décima fue la vencida. La muchacha abrió entre chirridos la puerta de su jaula y se arrastró por el suelo de piedra de la mazmorra. Lentamente, con un dolor lacerante, se fue incorporando hasta alcanzar toda su altura, magnífica, hermosa en su desnudez.

Luego, pasando de largo ante la jaula del trovador, enfiló directamente hacia la puerta de la mazmorra.

—¡Aguarda! —gritó él—. ¿Vas a dejarme aquí?

—Quien viaja ligero viaja mejor —le contestó ella, al tiempo que abría la puerta de la mazmorra.

—¡Abre esta jaula! ¡Puta!

Ella rió levemente y le envió un beso burlón.

—¡Tú me necesitas! —gritó él—. Me necesitas para burlar a la guardia, para robar los caballos y ropa... Si te vas sin mí, voy a romperme los pulmones para despertar a todo el castillo, y el guardián y los centinelas te capturarán antes de que puedas llegar a la primera muralla.

Ella le observó, pensativa. Luego, sonriente, volvió hacia la jaula.

—No era más que una broma —dijo, al tiempo que le liberaba.

—Prefiero creerte —gruñó él—. ¡Perra!

Abrieron la pesada puerta de metal de las mazmorras entre los dos. Silenciosa y rápidamente, sin apenas atreverse a respirar, se encaminaron con los pies desnudos hacia una estrecha escalera de caracol, de piedra, que llevaba a la armería.

¡Allí les aguardaban perfectas filas de soldados en formación!

No. A primera vista parecían soldados, pero resultaron ser armaduras vacías, con las viseras tan vacías de vida como las cuencas de los ojos de la sonriente calavera de la mazmorra.

Siguieron subiendo escaleras y recorrieron como arañas un pasillo negro y sin ventilación construido de tal modo que parecía hacerse más estrecho cuanto más penetraban en él, con el techo gradualmente más bajo a medida que avanzaban, hasta que se vieron obligados a agacharse. Las paredes iban cerrándose una sobre otra hasta el punto que tuvieron que ponerse en fila india, y luego arrastrarse sobre sus estómagos a través del aire viciado y la oscuridad impenetrable.

Pareció transcurrir más de una hora antes de que por fin notaran el aire fresco y, poco después, salieran a un lugar mayor donde pudieron ponerse en pie, igual de oscuro, pero que parecía una especie de túnel. A ciegas echaron a correr por lo que resultó ser una red laberíntica e irritante de túneles similares, chocando de vez en cuando dolorosamente con las paredes de piedra, hasta que por fin escucharon el rumor de un líquido y se dieron cuenta de que el laberinto era un sistema de alcantarillado, o de conducciones o algo parecido, ya que pronto se hallaron chapoteando en unas aguas estancadas y sucias que les llegaban hasta los tobillos, después hasta las rodillas. Luego, cuando las aguas heladas subieron hasta la altura de sus caderas desnudas, el pánico les invadió.

Padecieron una eternidad mientras avanzaban chapoteando, escuchando la chachara de las ratas y observando sus ojillos rojos en la oscuridad, hasta que un punto de luz en la lejana distancia les llevó a lanzar rudas expresiones de triunfo desde sus gargantas y entre sollozos corrieron atropelladamente hacia el punto de luz, chapoteando, resbalando, cayendo, incorporándose sobre los pies y lanzándose de nuevo hacia delante, hacia el bendito punto de luz que les llamaba, fuera del agua maloliente cuyo nivel ya había bajado por debajo de las rodillas, a continuación por debajo de los tobillos, para finalmente correr de nuevo en terreno seco. La luz se hizo cada vez mayor hasta que, con los brazos y piernas doloridos, y los pulmones ardiendo por el esfuerzo, salieron del túnel y fueron a dar a...

La mazmorra. La mismísima mazmorra de donde habían escapado. En efecto, allí estaban las jaulas, con las puertas abiertas, y el esqueleto colgante, y su amable carcelero, con un palo en la mano, saludándoles con una sonrisa que descubría su dentadura llena de agujeros.

—Una treta —gruñó el trovador, cayendo de rodillas.

—Así es, señor —asintió el guardián—. Una treta para pasar el rato y despejaros la cabeza de preocupaciones.

La muchacha emitió un chillido.

—¡Un truco de canallas! ¡Un truco para animar nuestras esperanzas y después borrarlas de un plumazo! ¡Un truco para satisfacción del demonio!

—Vamos, vamos —la reprendió el guardián—. Meteros en las jaulas, señora y joven señor, y aprisa, o me veré obligado a romperos un par de huesos con esto...

Alzó el palo amenazadoramente y, tras arrebatar el llavero de la mano de la muchacha, les volvió a encerrar en las jaulas.

—¿A qué se debe que estéis tan mojados, desnudos y amoratados de frío? —dijo el carcelero, solícito—. Animaos, al amanecer hará mucho más calor.

Con toda intención, haciéndoles expresivos guiños, abrió una alacena y extrajo un par de barras de hielo que colocó junto a un banco próximo.

—Sí, señor, fuego y calor suficientes— añadió, sonriente, y extrajo de la alacena dos cuchillos largos y afilados como gigantescas navajas de duelo—. Fuego, calor y otras cosas —añadió.

Colocó los terribles cuchillos junto a las barras de hierro. Después cerró la alacena, echó un vistazo al amenazador equipo situado en el banco y dijo:

—Esto bastará. Para el primer día, por lo menos, será suficiente.

Después, deliberadamente, hizo sonar las llaves en el aro y el aire se llenó con su amargo tintineo. Por fin, se encaminó hacia la puerta de las mazmorras mientras decía:

—Esta vez no voy a olvidarme las llaves, como un bellaco juguetón. Buenas noches, mi señora, mi joven señor. O, más bien, buenos días, pues el alba romperá antes de una hora.

La puerta se cerró.

El rostro del duque mostraba una expresión de sorpresa.

—¿Muertos, dices? ¿Ambos?

—Así es, excelencia —repuso el guardián—, y por su propia mano. A mis espaldas, alargaron la mano fuera de las jaulas y alcanzaron los cuchillos que su excelencia me ordenó poner en el banco para que ellos los vieran. El señor tenga piedad de sus almas.

El duque se santiguó, despidió al guardián y se volvió hacia el clérigo tonsurado que tenía al lado.

—¿Ha oído, monseñor? Corroídos por el remordimiento, consumidos por la sensación de culpabilidad, se han quitado la vida.

—Y, como todos los suicidas —añadió solemnemente el clérigo—, han caído a plomo en el fuego de la perdición, para sufrir allí un castigo infinitamente más severo que si hubieran muerto por orden vuestra.

—Es cierto, es cierto, pobres almas ardiendo —dijo el duque—. Yo, como vos sabéis, en ningún momento pretendía que sufrieran el menor daño físico.

—Naturalmente. Una crueldad así hubiera echado por el suelo el buen nombre de que goza su excelencia.

—Esos cuentos horripilantes que le ordené al guardián que les contara, esos esqueletos y demás, no pretendían sino humillar y doblegar sus ánimos durante una noche. ¡Oh, cuánto me arrepiento!

—¿De esos huesos y cuentos inofensivos?

—No, monseñor, no me arrepiento tanto de eso como de mi naturaleza confiada que llevó a esos dos jóvenes por el camino de la tentación. ¿Es mía la culpa? ¿Es mía la mano que les ha conducido a la depravación, el descubrimiento y la muerte?

—¡No! —contestó el clérigo, con voz firme—. La inocente bondad de su excelencia no debería culparse a sí misma de los pecados de otros.

—Gracias por decírmelo.

—Su excelencia jamás pudo imaginar ni desear la muerte de su joven esposa...

—Oh, no.

—Ni volver de nuevo a la viudez...

—El cielo no lo permitiera...

—Ni volver a su doliente soledad.

—¡Oh, qué día tan doloroso!

—Nadie en todo el reino podría culparos.

—Rezo por ello.

—El corazón de todos vuestros amigos, vuestros fieles cortesanos, vuestros más lerdos patanes, vuestros señores de más alcurnia, su majestad, la propia Iglesia... Todos se entristecen con vos en esta hora terrible.

—Gracias, reverendo padre.

—Sin embargo, y sin ánimo de faltarle, debo hablar de vuestro repentino y solitario estado. Le recordaré a su excelencia que ahora resulta posible cierta alianza muy ventajosa con una familia cuyo nombre es tan ilustre que no necesito ni mencionarlo...

—En un momento como éste, uno no debe pensar en nuevos matrimonios —contestó el duque—. Pero, cuando me haya recuperado, quizá podamos tener una conversación acerca de ese príncipe al que habéis aludido y cuya hermana tiene, calculo, unos quince años ya, y por lo tanto está a punto para el matrimonio. Os dejaré a vos, monseñor, los pequeños detalles de la ceremonia nupcial, que deberá tener lugar, no es necesario decirlo, después de lo que podríamos decir un tiempo prudencial.

—Un tiempo prudencial, por supuesto —repitió el clérigo.





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