Las mejores historias de terror 3



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»Poco después, con un beso que casi le ahogó, ella puso fin a su lección de anatomía y se levantó. Ya se habían ido todas las mujeres, y la carretilla se había desvanecido a la vuelta de la esquina. Antes de correr tras ellas, la mujer le dijo: "Hasta la vista, pequeño. Ya has recibido tu premio. Ahora reparte los periódicos".

»Y eso fue lo que hizo el muchacho en cuanto salió del asombro que le paralizaba.

»Bien, como es natural, en cuanto mencionó el gran televisor y el tocadiscos, me di cuenta de lo que me había pasado desapercibido durante todo el día, aunque estaba delante de mis propios ojos. Por qué fueron todas al tercer piso. Por qué se abalanzaron hacia el vecino del séptimo y perdieron interés por él cuando se quitó el sombrero y vieron que su cabello era negro teñido, y no rizado y rubio. Y por qué la convención de las furcias se había prolongado durante aquel día. Todo aquel botín sólo podía proceder de un lugar: el piso de Stensor. A pesar de su aspecto tan respetable, había tenido tratos con todas aquellas furcias, y cuando las dejó, debiéndoles dinero a todas, eso se me ocurrió al mismo tiempo, se resarcieron de la mejor manera que sabían.

»Corrí a su apartamento y, fíjese, la puerta ni siquiera estaba cerrada. Pensé que lo más probable era que una de ellas tuviese una llave. Naturalmente, el piso estaba desvalijado y no había ni rastro de Stensor.

»Entonces, como es normal, llamé a la policía, pero no hasta después de haber revisado el garaje. El Continental negro había desaparecido, y no había manera de saber con seguridad si lo había cogido su propietario o si también se lo habían llevado las mujeres.

»Me sorprendió la rapidez con que llegó la policía y el gran número de agentes que se personaron. Eso me demostraba que ya estaban vigilando a aquel hombre, lo cual quizá explicaba por qué se había ido de un modo tan repentino y sin llevarse sus cosas. Hicieron muchas preguntas y volvieron en repetidas ocasiones. Durante varios días estuvieron entrando y saliendo. Resulta que conocía a uno de los detectives, que vivía en el barrio y con el que había tomado un trago una o dos veces, y me dijo que iban tras Stensor por tráfico de drogas, vendía cocaína en la época en que drogarse con eso era elegante. Las furcias no les interesaban, excepto si las había utilizado como camellos. Parece ser que ellas nunca le denunciaron y los periódicos no publicaron ni una sola línea sobre el asunto.

—¿Y ése es el final de su invasión de furcias? —preguntó Ryker, riendo, poco convencido.

—No del todo —dijo Clancy, y titubeó. Entonces, se encogió de hombros, como si dijera: ¿qué puede importar?, y añadió—: Hubo una especie de curiosa continuación, pero no aclaró gran cosa. Al final, como suele ocurrir con estas cosas, la historia de Stensor y las

furcias se difundió entre la mayoría de los inquilinos. Como también ocurre con frecuencia, algunos de ellos recibieron una información tergiversada, y se creyó que Stensor era el patrono, y quizá la víctima, de las chicas de vida alegre, en vez de ser su cliente. Sea como fuere, al cabo de un tiempo empezamos, sobre todo mi mujer, a recibir información de los vecinos acerca de una muchacha o una mujer joven a la que veían esperando ante la puerta del apartamento de Stensor, o deambulando por otras partes del edificio, pero sobre todo esperando ante la puerta de aquel hombre. Y esto sucedió después de que el piso tuviera otros ocupantes. Una chica con aspecto melancólico.

—Digamos que, de todas aquellas furcias, era la única que realmente le quería y le esperaba —sugirió Ryker.

—Sí, o la única que no había conseguido su parte del botín —dijo Clancy—. O quizá a ésta le debía más que a las otras. Yo nunca la vi, aunque fui en su busca un par de veces cuando los vecinos me informaron acerca de ella. Si no hubiera sido porque las descripciones parecían coincidir, no habría hecho demasiado caso. Decían que tenía aspecto de estudiante y que vestía casi totalmente de negro. Daba la impresión de estar muy triste. Se lo dije al detective que conozco, pero él no pareció muy interesado. Dijo que, por lo que sabía, no habían echado el guante a ninguna de las mujeres. Bueno, ésa es toda la continuación. Poca cosa, como le he dicho. Al cabo de dos o tres meses los vecinos dejaron de verla.

Se interrumpió y miró a Ryker un poco dubitativo.

—Pero en todos estos años no lo olvidó, pues cuando le dije que había visto a una mujer de negro cerca de esa misma puerta, se apresuró a echar un vistazo, por si acaso, a pesar de que usted no la había visto personalmente ni una sola vez.

La observación de Ryker turbó un poco a Clancy.

—Bueno, no —admitió, mirando el vestíbulo arriba y abajo, como si confiara en que la aparición de alguien le librara de responder—. La verdad es que hubo algo más —continuó con desasosiego—, aunque no quisiera que nadie le diera demasiada importancia o que mi mujer se enterara de que se lo he contado. Claro que usted, señor Ryker, no es de los que se dedican a chismorrear, ¿verdad?

Dijo estas últimas palabras con más serenidad, dirigiendo a su inquilino una mirada esperanzada.

—No, claro que no —respondió Ryker, con más despreocupación de la que sentía—. ¿Qué ocurrió?

—Verá. Hace unos cuatro años se produjo aquí otra desaparición, la de un hombre que vivía solo. Aunque era un hombre de edad avanzada, seguía activo. Había alquilado el apartamento ya amueblado y tenía pocas posesiones, ninguna de ellas tan lujosa como las de Stensor. No tenía amigos o parientes que conociéramos, y no sabíamos de dónde procedía. La verdad es que no nos dimos cuenta de su desaparición hasta que llegó el momento de pagar el alquiler. Y hasta entonces no recordé que en las últimas ocasiones en que hablé con él mencionó a una mujer que había visto en un corredor. Estaba intrigado por

saber si había encontrado a las personas o el número de apartamento que andaba buscando. Fíjese, no presentó ninguna queja, lo mencionó sólo de pasada. Por eso, hasta que ese hombre desapareció, no se me ocurrió relacionar su caso con la muchacha del piso de Stensor.

—¿Dijo si era joven? —le preguntó Ryker.

—No estaba seguro, porque la mujer llevaba un abrigo negro y un sombrero o pañuelo que le ocultaba el rostro. No pareció reparar en él cuando la miró, sólo pensó en preguntarle si necesitaba ayuda. Pero dijo que era delgada, eso lo recuerdo.

Ryker asintió.

—Hace algunos años vivía una pareja en el piso noveno. Tenían un hijo, un bicho grande y gordo que parecía mayor de lo que era y siempre protestaba de que no había hecho las maldades que le atribuían. Una de las ancianas que vivía en el apartamento de al lado nos decía que hacía correr agua para darse un baño a las dos o las tres de la madrugada. A pesar de eso, tenía la cara dura de quejarse a nosotros de ellas, afirmando que le cogían el ascensor cada vez que quería utilizarlo, o que lo hacían ir en la dirección contraria a la que quería cuando él estaba dentro. Cuando me dijo esto me reí en sus narices, aunque supuse que aquel par de viejas serían capaces de fastidiarle si se les presentara la ocasión.

»Su madre era una mujer melancólica a la que incomodaba con tonterías y que se preocupaba excesivamente por él. Ella le contaba sus apuros a mi esposa y no paraba de hablar y hablar. Pero lo que realmente le habría aliviado sería haber dejado de preocuparse tanto por el muchacho.

»Su padre era un cascarrabias, un ex oficial del ejército que siempre estaba registrando quejas, tenía un cuaderno de notas para hacerlo. Se pasaba más de la mitad del tiempo enfadado con mi esposa y conmigo; cuando le preguntábamos, ni siquiera nos decía la hora y, naturalmente, no la pedía. Sé que él se habría sentido feliz de haber perdido de vista al bocazas de su hijo.

»Bueno, un día se me presenta el chico con una sonrisa de suficiencia y me dice: "Señor Clancy, ¿no es usted el gran experto en echar a borrachos y putas de aquí y no dejarles ocupar los vestíbulos ni siquiera un minuto? Entonces, ¿cómo es que ha dejado...?".

»"— Adelante —le dije—. ¿Qué sabes tú de putas?"

»Pero eso no le desconcertó. Creo que, en realidad, copiaba a su padre, y siguió hablando: "¿Cómo deja entonces que esa puta flacucha con un abrigo negro ande continuamente por los pasillos, tratando de irse con algún tío?".

»"—Eso te lo estás inventando —le dije seriamente—. O imaginas cosas o, de lo contrario, alguna de nuestras vecinas se va a enfadar como te oiga que la llamas puta."

»"—No es de este edificio —insistió el chico—. Tiene más clase. Ese abrigo de piel cuesta dinero. Pero no es fácil verle la cara, porque nunca te mira directamente y lleva un sombrero negro que se la oculta. Supongo que es una furcia vieja, a lo mejor tiene treinta años, y con ese sombrero no puedes verle las arrugas, pero tiene un cuerpo joven y delgado. Apuesto a que toma lecciones de karate para poder romperle los huevos a cualquier tipo que se propase, o quizá si no la satisface..."

»"—Estás haciendo castillos en el aire, hijo —le atajé."

»"—¿Y sabe una cosa? —siguió diciendo él—. Apuesto a que no lleva puesto más que las medias negras y un liguero bajo ese abrigo de piel que mantiene tan ajustado, para que cuando esté delante de un tío pueda enseñarle rápidamente su cuerpo y ponerle cachondo..."

»"—Tienes una mente sucia. Te estás inventando todo eso."

»"—Qué va, ahora mismo estaba en el piso décimo, y cuando pasé me miró de reojo, como haciéndome una invitación."

»"—¿Qué hacías tú en el décimo? —le pregunté, alzando la voz."

»"—Siempre subo un piso antes de llamar el ascensor, para que esas viejas no sepan que soy yo quien llamo y me lo retiren."

»"—Muy bien, chico, ahora tranquilízate —le dije—. Voy a subir al piso décimo para investigar todo esto, y tú vienes conmigo."

»Cuando llegamos allí no había nadie, y el chico empezó a protestar.

»" — Apuesto a que ha encontrado un cliente en este edificio y ahora mismo están follando detrás de alguna de esas puertas. Quizá el viejo señor Lucas..."

»Me proponía darle un buen rapapolvo, pero durante el trayecto hasta el décimo piso recordé a la chica de Stensor, la que se quedó rezagada, tal vez por algún tiempo, si tenía que dar crédito a lo que me dijo el otro inquilino. Todo aquello me produjo una extraña impresión, así que me limité a decirle al chico: "Mira, quizá te inventes todo esto o quizá no. En cualquier caso, sigo pensando que tienes una mente sucia. Pero si has visto a esa furcia, o si la vuelves a ver, no tienes nada que hacer con ella... Y, si te lo pide, no te vayas con ella. Lo que tienes que hacer es acudir directamente a mí y contármelo; si yo no estoy presente, buscas a un policía y se lo cuentas a él. ¿Entendido?".

»Estas palabras le aplacaron. "¡De acuerdo, de acuerdo!", dijo al fin, y se marchó escalera abajo.

— ¿Y ese chico desapareció? —preguntó Ryker al cabo de un rato.

Le parecía recordar vagamente al muchacho en cuestión, un jovencito pálido, zafio y de andares toscos que tendía a rozar a la gente y tropezar en las puertas con las personas que venían en dirección contraria.

—Bueno, verá, en cierto modo eso es objeto de discusión —respondió Clancy lentamente—. El hecho es que ésa fue la última vez que le vi, y tampoco mi esposa volvió a verle. Pero cuando pregunté a su madre por él, dijo que estaba pasando una temporada en casa de unos amigos. Sin embargo, más o menos al cabo de un mes, le dijo a mi mujer que se había marchado sin decir nada. Ella creía, por algunas de las cosas que había dicho, que se había incorporado a una comuna, cosa que a ella le parecía bien, pues el padre ya no podía aguantarle más y se peleaban continuamente. Lo único que ella deseaba era que tuviera la consideración de enviarles una postal o darles alguna noticia.

—¿Y así terminó el asunto? —preguntó Ryker.

Casi abstraído, Clancy asintió lentamente.

—Sí, eso fue todo —dijo en voz baja—. Unos diez meses después, los padres se mudaron. El chico no había aparecido. No ocurrió nada más.

—Hasta ahora —dijo Ryker—, cuando le he preguntado por la mujer de negro que he visto en el tercer piso, donde había vivido ese Stensor. Claro que el abrigo que llevaba no era de piel, y no pensé que fuese una furcia... —Se preguntó si eso era cierto—. Y ahora todo lo ocurrido se ha actualizado, incluido lo que le dijo ese chico. ¿Por ese motivo ha revisado los pisos y luego me ha contado la historia, para hacerme la misma advertencia que le hizo al muchacho?

— Pero usted es una persona muy diferente, señor Ryker — protestó Clancy—. Jamás pensaría... Pero sí, dejando eso aparte, creo que debería precaverse. Nunca se tiene suficiente cuidado.

—Tiene usted razón —comentó Ryker—. Es un asunto extraño. —Meneó la cabeza y luego, haciendo que pareciera mucho más desenfadado, incluso cómico, de lo que era en realidad, añadió—: ¿Sabe? Si esto hubiera ocurrido hace cincuenta años, creeríamos que quizá teníamos un fantasma en la casa.

Clancy soltó una risita, pero no las tenía todas consigo.

—Sí, supongo que así sería.

—Pero esta idea nos plantearía un problema, y es que en esta historia no figura para nada la desaparición de una mujer y sí la de tres hombres: Stensor, el hombre que vivía solo y el muchacho que vivía con sus padres.

—Así es —dijo el señor Clancy.

Ryker se enderezó.

—Bueno, gracias por contármelo —le dijo, mientras le estrechaba la mano—. Si me encuentro otra vez con esa dama, no correré ningún riesgo. Le pondré al corriente, Clancy, pero no se lo diré a su esposa.

—Sé que lo hará, señor Ryker —afirmó Clancy.

Ryker no estaba tan seguro de eso, pero sentía la necesidad de salir de allí para reflexionar sobre sus impresiones. Las paredes color plata deslustrada empezaban a hacerse opresivas.

Dio un largo paseo, al principio brioso y sumido en sus reflexiones, para terminarlo despacio y con la mente errante. Así que cuando regresó al árbol de apartamentos (y a nuestro relato) casi oscurecía, pero había puesto las cosas en claro. Era posible que Clancy hubiera fraguado una historia en torno a la Dama Desvanecida que empezaba de un modo divertido (¡aquella «convención de furcias»!), pero que, por etapas, resultaba estúpida, triste, siniestra, melancólica, caprichosa y, en definitiva, misteriosa.

El principal efecto retroactivo del relato de Clancy sobre el recuerdo de sus propios encuentros con la Dama Desvanecida había sido el de realzar su color sexual, darle una nota erótica más perfilada, más ásperamente erótica, una nota de Cabaña íntima, por así decirlo. Lo que en concreto le turbaba era el hecho de que, desde que había oído a Clancy narrar la fantasía de aquel deslenguado adolescente, imaginando que su «putita» sólo llevaba unas medias negras y un liguero bajo el abrigo de piel, no podía estar seguro de si él mismo había tenido unas tórridas imaginaciones similares en sus encuentros con ella.

Se preguntó si, a su edad, podría ser culpable de unas fantasías tan inexpertas y chillonas. Naturalmente que sí. Además, toda la romántica historia de la Dama Desvanecida ¿no era una adaptación, a su propio gusto, de lo que veía en la Cabaña íntima, algo que le convertía en propietario exclusivo de las chicas del teatrillo pornográfico? De alguna manera confiaba en que no fuera así. Pero ¿acaso tenía algún plan real para entablar contacto con ella si alguna vez no se desvanecía? Su tímida conducta cuando tuvo la oportunidad de entrar a solas con ella en el ascensor, y más tarde la ocasión de bajar en el mismo piso que ella, indicaba claramente que la respuesta a esa pregunta era negativa, cosa que le deprimía.

¿Hasta qué punto creía Clancy en su historia y en la realidad de la muchacha que, según todos los indicios, se había quedado en el edificio? Era evidente que había disfrutado contando la historia, y probablemente, a juzgar por su desenvoltura, lo había hecho más de una vez, contándosela a interlocutores apropiados, capaces de apreciarla. Pero ¿creía realmente que aquella mujer era una entidad verdadera, o sólo una mezcla de sugestión, azar y parecidos equívocos, chismorrees y puros embustes? Clancy nunca la había visto personalmente... ¿Habría dudado por ello de su realidad o, por el contrario, le habría provocado el testarudo anhelo de verla por lo menos una vez? Ryker pensó que, en conjunto, Clancy creía en la presencia de la mujer, bastaba ver la prisa con que había ido en su busca.

En cuanto a la idea del fantasma, que no podía descartar porque encajaba muy bien con la conducta de la mujer, su manera de aparecer y desaparecer, por muy absurda y anticuada que pudiera ser tal sugerencia, la reacción de Clancy había parecido de inquietud y escepticismo más que de rechazo directo, considerándolo una tontería.

La reacción del mismo Ryker a aquella idea era muy similar. Sabía que durante sus últimos encuentros con ella, antes de oír la historia de Clancy, había experimentado una mezcla de temor y de excitación. Inquieto, se preguntó qué sentiría ahora, después de oír la historia, si la viera de nuevo. ¿Más temor? ¿Empezaría la mujer a diluirse en una niebla? ¿Parecería diferente por el simple hecho de que él había oído hablar de ella?

Puesto que la realidad es algo tan frustrante, lo más probable era que jamás volviera a verla y, por lo tanto, no supiera cuál sería su reacción. Ahora que se había dispuesto el escenario, todas las manifestaciones cesarían.

Pero entonces, al dejar que la puerta principal se deslizara de su mano y girase hacia el cierre automático, con su solemne chasquido metálico, vio a la Dama Desvanecida a unos doce metros de distancia. Era exactamente igual a como la había visto en las dos primeras ocasiones, real, sin ningún elemento fantasmagórico (acudió a su mente el nombre del material del abrigo que llevaba: veludillo), su ensombrecido rostro dirigido hacia él, o casi, y recatadamente apartado de nuevo cuando se alejó caminando con sus zapatos negros de tacón bajo.

Ryker cruzó el vestíbulo con la mayor rapidez posible, sin que su soledad le alarmara ni le aliviase, como tampoco la soledad del largo pasillo trasero. Miró la puerta de Clancy y la ventana cerrada de la oficina, meneó la cabeza y sonrió. (¿Informaría de la aventura? ¿Para

qué?) Se dirigió a la escalera, pero meneó la cabeza de nuevo y sonrió con más pesadumbre, pues su respiración ya era muy agitada. Entró en el ascensor y, al apretar con firmeza el botón del piso decimocuarto y esperar la respuesta del camarín, vio los oscuros y brillantes ojos de la Dama Desvanecida que le miraban ansiosos, implorantes —estaban muy abiertos—, a través del estrecho ventanuco en las puertas.

La siguiente cosa de la que tuvo consciencia fue que el camarín pasaba por el tercer piso y él acababa de graznar un áspero «buenas noches», el sabor a yeso de esas palabras aún permanecía en su garganta. El resto del trayecto le pareció interminable.

Cuando el ascensor llegó al decimocuarto piso, Ryker apretó de inmediato el botón de la planta baja, y ese recorrido también le pareció interminable. En la planta baja no había señales de nadie. Miró la escalera, pero respiraba con más dificultad que antes. Finalmente, regresó al ascensor y acercó el pulgar al botón del piso decimocuarto. Podía tocarlo, pero no lo apretó. Acercó su rostro al ventanuco y esperó, esperó, esperó...

Su pulgar no apretó el botón, pero el camarín respondió. El ventanuco se cerró, y Ryker, con fatalismo, se dijo: «Está fuera de mis manos; me llevan a alguna parte». Entonces, una idea cruzó por su mente: ¿y si una persona estuviera confinada eternamente en aquel árbol de apartamentos, sin abandonarlo nunca, sólo subiendo y bajando, yendo atrás y adelante, arriba, abajo, atrás y adelante?

El ascensor no se detuvo hasta el piso decimosegundo, donde una pareja de cabello canoso abrió la puerta. Ryker respondió a sus excusas con un movimiento de cabeza mientras les decía que no tenía importancia. Salió del camarín y, con la respiración entrecortada, subió muy lentamente el último tramo de escalera. Los dos escalones de más le produjeron un breve acceso de vértigo, pero lo superó en seguida y prosiguió lentamente hacia su apartamento. Se sentía frustrado, confuso y muy cansado. Se aferraba a la idea de que había invertido la marcha del ascensor en cuanto pudo, a pesar de su temor, regresando abajo para buscar a la mujer, y que en el último atisbo que de ellos había tenido, los ojos de ella también parecían asustados.

Aquella noche tuvo otra vez la negra pesadilla. Le ocurrió por primera vez en varias semanas, y luego juzgó que fue más fuerte de lo que jamás había experimentado. La oscuridad parecía más impenetrable, como un océano de cemento negro que se cerrara sobre él. La parálisis era más completa, como si le envolvieran herméticamente con negras vendas de momia, formando un capullo negro en espiral, tenso como un torniquete. Los olores acres y a humo eran más intensos, como si se estuviera tostando y asfixiando en cenizas volcánicas, mientras los hedores de albañal competían en repugnancia con aromas a

flores y frutas que pretendían enmascararlos. La lóbrega luz espectral de su imaginación mostró la horda de seres diminutos más groseros y más parecidos a cucarachas. Y cuando, por fin, bajo el aguijón del horror más intenso, logró moverse hacia arriba, encontró, a pocos milímetros, el áspero forro del techo de su tumba, que desprendió una ceniza arenosa en su boca abierta y sus ojos sin visión.

Cuando despertó era ya de día, pero su largo sueño no le había relajado lo más mínimo. Aún se sentía fatigado y sin ganas de hacer nada. La historia y el paseo del día anterior habían sido demasiado largos, y el encuentro en el ascensor le había dejado emocionalmente exhausto. «Prisioneros del árbol de apartamentos», murmuró.

En verdad, la Dama Desvanecida era una prisionera eterna del árbol de apartamentos, no conocía más mundo que aquél y no dormía en ninguna parte, excepto por unos cortos lapsos de tiempo que eran tan repentinos como los desvanecimientos de un borracho en un inconsciente tan negro como las pesadillas de Ryker, pero de los que no conservaba ningún recuerdo, salvo un horror y una repulsión generalizados que coloreaban todos sus pensamientos durante la vigilia.

Se despertaba caminando por un corredor, en la escalera o en el ascensor en marcha, o simplemente esperando a alguien en el alto y extenso árbol de apartamentos, pero sobre todo cerca de sus raíces y generalmente sola. Entonces, se limitaba a continuar por un rato cualquier cosa que estuviera haciendo: percibir su entorno (si el episodio duraba lo suficiente, podría empezar a deambular independientemente), pensar, sentir, imaginar e interrogarse mientras se movía o permanecía de pie, siempre sintiendo horror, hasta que sucedía algo que la hacía volver al negro inconsciente. Ese algo podía ser un sonido o un pensamiento súbitos: la sirena de un coche de bomberos, por ejemplo, la vista de un espejo o de otra persona, el hallazgo del pomo de una puerta o el impulso de quitarse los guantes, la escalofriante sensación de que alguien la había observado o estaba a punto de observarla,

el temor a que pudiera atravesar sin darse cuenta una pared gris plateada y algo mugrienta, o ser absorbida lentamente por la moqueta, hundiéndose a través del suelo. No podía recordar que tales cosas hubieran sucedido jamás y, sin embargo, las temía. Se decía que, sin duda, cada vez que perdía la consciencia, iba a alguna parte. No era posible que se desplomara en el suelo, pues en ese caso habría algún indicio cuando despertara..., y siempre estaba de pie cuando eso sucedía. Además, de vez en cuando, no de manera frecuente, observaba que llevaba ropas diferentes, unas prendas similares, siempre negras o de tonalidades muy oscuras, pero de un corte o material totalmente distintos (cuero, por ejemplo, en vez de tela). Y no era posible que se cambiara de ropa, o que alguien lo hiciera por ella. Eso sería impensable, horriblemente embarazoso en un lugar semipúblico como el árbol de apartamentos. O más bien, puesto que todos sabemos que lo impensable y horriblemente embarazoso puede suceder (y también lo llanamente horrible), sería demasiado grotesco.

Sin duda, ése era su principal problema: saber tan poco de su situación; de hecho, saber tan poco de sí misma y del orden general de las cosas que regía en aquella zona. Tenía claro que sufría una amnesia casi total. Solía suponer que vivía (¿sola?) en uno de los apartamentos que colgaban del árbol o, de no ser así, que visitaba eternamente a alguien que vivía allí. Pero ¿por qué no podía recordar el número o entrar de alguna manera en ese apartamento, o despertarse dentro, o cruzar la puerta de la calle si era ahí donde se dirigía? ¿Por qué, sí, por qué no podía despertarse, aunque sólo fuera por una vez, en una cama de hospital? ¡Eso sería el paraíso! Pero entonces se preguntaba qué clase de personal y qué seres se hacían pasar por médicos y enfermeras.

Al mismo tiempo que se daba cuenta de su amnesia, sabía que debía haber alguna manera de cuidar de sí misma durante los momentos en que permanecía inconsciente, o beneficiarse del sistema de otra u otras personas que cuidaran de ella, pues de alguna manera descansaba y tenía cubiertas sus demás necesidades físicas. De algún modo debía comer y beber para mantener el funcionamiento de su cuerpo, ya que nunca se sentía terriblemente cansada ni muy enferma, débil o mareada. Nunca, excepto en los instantes antes de caer en la inconsciencia, aunque algunas de esas situaciones se producían sin previo aviso, con la celeridad de los efectos del pentotal.

Recordaba haber conocido borrachos (aunque no retenía sus nombres; su memoria era totalmente incapaz de hacerlo) que vivían horas y días enteros en un estado de inconsciencia absoluta. En ese estado cruzaban calles llenas de tráfico, comían y conducían vehículos, sin un parpadeo de consciencia, como si les guiara un ángel de la guarda, hasta el punto de despertar en ciudades distantes sin tener la menor idea de cómo habían llegado hasta allí. (Ella no podía ser una borracha; no se tambaleaba, y nunca, en las ocasiones en que se despertaba aferrando un bolso, tenía una botella en su interior.)

Pero todo esto eran deducciones y suposiciones, recuerdos que no tenían ancla ni etiqueta, que se bamboleaban en su mente y flotaban ahí un rato. ¿Qué sabía realmente de sí misma?

Por desgracia, muy poco. No conocía su nombre ni el de ningún amigo o pariente. Tampoco tenía la menor idea de su dirección ni su profesión, y lo mismo le sucedía con respecto a su educación, raza, religión y estado civil. ¡Ni siquiera sabía en qué ciudad estaba ni la edad que tenía! Ignoraba si tenía buen aspecto, o si era fea o, simplemente , inclasificable. A veces, cuando uno de esos interrogantes le obsesionaba tanto, empezaba a mirarse en uno de los muchos espejos del árbol de apartamentos o a quitarse los guantes, para averiguarlo... ¡Quizá encontraría una etiqueta con su nombre cosida en el interior del abrigo! Pero cualquiera de esas acciones la volvería a sumir en la negra inconsciencia de la que quizá esta vez no despertaría.

¿Y qué decir del orden general de las cosas que regía en aquella zona? ¿Qué sabía ella de eso? También muy poco. Estaba aquel mundo del árbol de apartamentos que conocía muy bien, aunque no se permitía mirar todas sus partes del mismo modo. Los espejos eran tabú, a menos que estuviera colocada de tal modo que no pudiera ver su propio reflejo en ellos, por lo que, generalmente, veía las caras de la gente. La gente significaba peligro. No debía mirarles, porque entonces podrían mirarla a ella.

Después, estaba el mundo exterior, un lugar misterioso y maravilloso, un cielo de delicias donde estaba todo lo deseable que pudiera pensar o imaginar, donde había libertad y reposo. Creía en esto de buena fe y por la evidencia de la mayoría de sus recuerdos. (Aunque, por desgracia, los colores brillantes de esos recuerdos parecían desvanecerse con el tiempo. Al haber perdido los nombres, tendía a perder otros detalles, o por lo menos así lo sospechaba. Además, cuando la propia vida consciente era una serie de recorridos apresurados, ocultaciones y esperas, era difícil mantenerlos vividos y brillantes, todos parecidos, frenéticos, amedrentadores, en el árbol de apartamentos, pegados por los extremos como pedazos de película, y la goma era negra.)

Pero entre esos dos mundos, el exterior y el interior, separándolos, existía una capa negra (¿quién podría saber su grosor?) de horrores inefables y terrores infinitos. Sólo podía suponer cuál era su superficie externa, la que daba al mundo exterior; la interna estaba formada claramente por las paredes, los techos y los suelos del árbol de apartamentos. Por eso le preocupaba tanto volverse olvidadiza y atravesarlos sin pretenderlo. No sabía si era lo bastante inmaterial para hacerlo (aunque a veces sentía que sí), pero podría serlo, o volverse así. En cualquier caso, no estaba dispuesta a intentarlo. Temía las grietas, las resquebrajaduras y los pequeños agujeros en cualquier parte por donde podían deslizarse pequeños seres; cosa que, lógicamente, conducía al temor a las ratas, ratones, cucarachas, chinches de agua y alimañas similares.

En lo más profundo de sí misma, generalmente se sentía del todo segura de que pasaba la mayor parte de su vida inconsciente en la capa negra, y que eran sus experiencias, o sus sueños, en ese lugar lo que infectaba de temor su tiempo de vigilia. No servía de nada pensar en eso, era demasiado terrible, así que trataba de ocupar por entero su mente con preocupaciones y temores normales, con la observación de las cosas permitidas en el árbol de apartamentos y con toda clase de ideas y pequeñas fantasías.

Una de sus fantasías favoritas, concebida y disfrutada en los momentos de pensamiento y sensación claros en los trechos frenéticos, casi siempre a la defensiva, de su fragmentaria vida consciente, era la de que, en realidad, vivía en un encantador hospital moderno. De hecho, ocupaba uno de sus pabellones entero —sin duda, era hija de un multimillonario—, y allí cuidaban de ella doctores comprensivos y enjambres de enfermeras cariñosas y alegres que la colmaban de mimos, la alimentaban con los más deliciosos manjares, le daban interminables masajes, a veces la besaban (era un lugar bastante travieso). El único inconveniente era que, durante todas estas operaciones deliciosas, permanecía dormida.

Ah, pero (fantaseaba) bastaba con mirarla —tenía los ojos cerrados, sí, pero sonreía— para ver que, en lo más hondo de sí misma, sabía lo que ocurría, en algún lugar disfrutaba. ¡Era astuta!

Luego, cuando todo el hospital dormía, ella se levantaba en silencio de la cama, se vestía y, todavía profundamente dormida, salía del hospital sin despertar a un alma, para correr a aquel lugar, sumergirse en un instante a través de la capa de horror y despertar.

¡Pero soñar con el hospital casi le hacía feliz! Eso sólo era una recompensa sin igual, que compensaba todo, si lo consideraba de la manera adecuada.

Lógicamente, al cabo de un tiempo se daba cuenta de que era hora de regresar al hospital antes de que alguien despertara y descubriera su ausencia. Por ese motivo, generalmente sin admitirse a ella misma lo que estaba haciendo, buscaba o provocaba un incidente que la sumiera de nuevo en la inconsciencia. De ese modo se transformaba en su otro yo amnésico e increíblemente inteligente, que podía viajar a cualquier parte por el universo sin errar y hacer casi cualquier cosa ¡y con los ojos cerrados! (No permitiría que los médicos y las enfermeras tuvieran la menor sospecha de que se había levantado de la cama y le impidieran regresar al árbol de apartamentos.)

Así pues, incluso los más dulces sueños tenían sus lados oscuros.

En cuanto a las peores de sus ensoñaciones, las más desagradables de sus fantasías, no servía de nada pensar en todas ellas: eran, de cabo a rabo, pura capa negra. Por ejemplo, estaba la fantasía de los gusanos borradores, unos bichos serpenteantes, reptantes, bruñidos y con armadura córnea, de unos tres centímetros de largo y el grosor y semirigidez de la goma de borrar en el extremo de un lápiz o un cable telefónico negro: una vez sueltos podían ir a cualquier parte, y había montones de ellos.

Se los imaginaba... Bueno, ¿no era mejor imaginarlos abiertamente que fingir que había soñado con ellos? En este último caso admitiría que podía haber soñado con ellos en la capa negra, lo cual significaba que podría haberlos experimentado realmente en esa capa. En cualquier caso, empezaba por imaginarse a sí misma en la más profunda oscuridad. Era extraño como, en ocasiones, pero no con frecuencia, no podía abstenerse de imaginar las peores cosas. Por un momento se hacían irresistibles, una especie de repugnante placer invertido.

Sea como fuere, imaginaba que estaba tendida en una profunda oscuridad —a veces cerraba los ojos y los cubría con las manos para aumentar la ilusión, y una vez, sola en el ascensor, tuvo el atrevimiento de apagar la luz—. Entonces, notaba que el primer gusano le tocaba un dedo del pie y se arrastraba inquisitiva y perentoriamente entre el dedo gordo y el siguiente, como si la poseyera. Pronto los gusanos rebullían sobre todo su cuerpo, investigando cada grieta y orificio a los que llegaban y, finalmente, le asaltaban la cabeza y el rostro. Ella apretaba con fuerza los labios, pero entonces le bloqueaban las fosas nasales (eran precisos un par de ellos, empujando juntos, para llenar cada orificio) y se veía obligada a separar los labios, con lo que pronto los bichos se retorcían en el interior de su boca. Apretaba los ojos con fuerza, pero... Y no tenía manera de proteger las orejas y otras aberturas corporales.

Si soportaba esto era sólo porque sabía que lo inventaba ella misma y podía detenerse en cuanto quisiera. Y quizá, no estaba segura, era una especie de prueba para demostrar que, en caso necesario, podía soportarlo. Además, aunque se dijera a sí misma que aquello no era más que fantasía, le proporcionaba ideas acerca de la capa negra.

Se despertaba de una de esas sesiones agitando la cabeza y con un estremecimiento interno, como si dijera: «¿Quién creería las cosas de que esta mujer es capaz?» y «Te estás obsesionando, estás demasiado introvertida, muchacha. Habla con otras personas. ¡Sal de tí misma!». (Y quizá lo único que ocurría es que tenía escasas oportunidades de hacerlo —momentos de calma lo bastante largos—; escasas oportunidades para dedicarse a esa experimentación en la existencia nerviosa, impredecible y, en ocasiones, precipitada del árbol de apartamentos.)

Había una serie de razones por las que no debería seguir su propio consejo y hablar con otras personas en el árbol de apartamentos, iniciar conversaciones, incluso mirarlas mucho. La razón principal era la profunda convicción de que ella no tenía derecho a estar en el árbol de apartamentos y que se metería en un lío serio si atraía la atención hacia ella. Incluso era posible que la expulsaran del árbol para siempre, sentenciada a la capa negra. (Y si esta última era, en efecto, la ridícula y absurda idea que parecía — ¿dónde estaba el tribunal y quién pronunciaría la sentencia?—, ¿por qué le producía escalofríos y una angustiosa depresión el mero hecho de mencionarlo para sus adentros?)

No, ella no tenía un apartamento allí, ni tampoco ningún amigo en el edificio. Por eso nunca había tenido una llave, ni tampoco dinero, o alguna agenda donde pudiera descubrir datos sobre sí misma, o cartas de otras personas, ¡o incluso facturas! No, era una huérfana sin hogar, no tenía nada. (La única cosa que siempre o casi siempre llevaba consigo era un completo enigma para ella: un tubo de latón delgado como una pajita, de unos diez centímetros de largo, uno de cuyos extremos atravesaba un tapón de corcho no mayor que un gusano borrador, pero no debía pensar en ellos.)

En otras ocasiones se decía que no debía tener ningún temor a que la descubrieran, la sorprendieran, la desenmascararan, que las demás personas que deambulaban por el árbol de apartamentos la considerasen una intrusa, porque era invisible para ellos, o para casi todos. La prueba de esto (ante sus propios ojos era tan evidente que le pasaba desapercibida) era sencillamente que ninguno se fijaba en ella, ni siquiera le mostraban las pequeñas cortesías que practicaban entre ellos, como sujetar la puerta del ascensor para que entrara. ¡Tenía que hacerse a un lado para ellos, y no a la inversa!

Esta especulación sobre su invisibilidad le condujo a otro horror especial. Supongamos que, en sus esfuerzos por descubrir su edad, alguna vez lograba quitarse los guantes y no descubría las suaves manos de una joven, ni tampoco las manos resecas y surcadas de venas

de una anciana. No encontraba nada en absoluto. ¿Y si conseguía abrirse el abrigo y al mirar, con el mentón hacia adentro, lo único que veía era el forro de la prenda? ¿Y si miraba en un espejo y no veía nada, excepto la pared detrás de ella, o sólo otro espejo con reflejos de reflejos que se remontarían al infinito?

¿Y si fuera un fantasma? Aunque había ocurrido mucho tiempo atrás, o así se lo parecía, creía recordar el frío vértigo que le produjo ese pensamiento la primera vez que lo tuvo. Encajaba con su situación. Los fantasmas rondaban un lugar y aparecían y desaparecían a tontas y a locas, e incluso eran visibles para unas pocas personas sensibles. No conocía ninguna historia de fantasmas contada desde el lado del fantasma; lo que pensaban y sentían, en qué medida comprendían y si sabían lo que eran (fantasmas) y lo que hacían (aparecerse).

(E incluso había habido las pocas personas sensibles que habían parecido verla —y ella les había devuelto la mirada con coquetería—. Pero no le gustaba recordar esos episodios porque le asustaban y le hacían sentirse estúpida —¿por qué había corrido el riesgo de coquetear? —, y, al final, empañaban su mente. Hubo un muchachote gordo —¿qué habría visto en él?—, y antes un anciano amable, y antes... No, desde luego que no, ¡no tenía que retroceder tanto en el recuerdo, nadie podía obligarla a hacerlo!)

Pero ahora la idea de que podría ser un fantasma se había convertido en una más de sus fantasías familiares, que regresaba a su mente, de vez en cuando, con la regularidad de un reloj y con algo, poco, de la conmoción que la idea le había producido inicialmente. «Parte de mi repertorio», se decía a modo de broma. (¡Dios sabe cómo habría logrado soportar su existencia si las cosas no le parecieran graciosas de vez en cuando!)

Pero la mayor parte de las veces no eran tan graciosas. Una y otra vez volvía a la que parecía ser la cuestión principal: ¿cuánto había durado su vida consciente, la que tenía ahora? Y, en momentos en que no la asediaba el pánico, la única respuesta que obtenía era que no lo sabía.

Podían ser meses o años, el tiempo suficiente para que, aunque no les mirase a la cara, conociera a los inquilinos del árbol de apartamentos por sus ropas y sus movimientos, por las pequeñas cosas que se decían unos a otros, por su manera de andar y sus expresiones favoritas. Llegaba a conocerlos lo bastante bien para poder reconocerlos cuando se cambiaban de ropa, se ponían zapatos nuevos, andaban más despacio o empezaban a usar bastón. En ocasiones, aparecían inquilinos nuevos y, poco a poco, se convertían en nuevos conocidos. Más tarde, estos viejos conocidos podían desaparecer, se mudaban o fallecían. ¿Acaso llevaba décadas allí? Recordó un relato de horror en el que una mujer joven y hermosa despierta de un estado de coma para encontrarse moribunda a causa de su edad. ¿Le ocurriría eso cuando por fin se mirase en el espejo?

Y si fuera un fantasma, ¿no sería el mayor de los horrores para un ser así morir como un fantasma? ¿Sentir que había tenido un diminuto rincón de existencia, desde donde, de vez en cuando, podía contemplar el espectáculo pasajero, para luego ser despojado de eso sin piedad?

Por otro lado, podría tratarse sólo de minutos, horas, a lo sumo días, de un sueño febril y extrañamente claro, o de la retirada de una droga que le producía una sensación de eternidad. La memoria es falible y la mente capaz de innumerables trucos. ¿Cómo podría estar segura?

Fuera cual fuese la verdad sobre el tiempo que llevaba allí, por el momento no tenía que preocuparse de ello. Los últimos días (y semanas, u horas y minutos, ¿qué más daba?) habían sido una nueva aventura. Sí, al margen de la definición, podría llamársele coqueteo. A pesar de que tenía sus partes malas, que le asustaban, le había hecho sentirse más feliz, más alegre, más valiente, incluso más despreocupada de lo que había estado en muchísimo tiempo. Aquella nueva aventura incluso le había revelado lo que había visto en el muchacho gordo y en el viejo antes de él. Simplemente los había visto, había sentido interés por ellos, y preocupación, sí, y también amor. Las cosas eran así ahora.

Pero eso ocurrió entonces, mientras que esto sucedía ahora.

Desde la primera vez que vio a Ryker (claro que entonces no conocía su nombre), mirándola con tanta admiración y pasmo desde la puerta principal, supo que aquel hombre no podía causarle ningún daño. No era uno de esos tipos peligrosos que la enviaban de regreso al hospital, a la capa negra o lo que fuera. Lo que le sorprendió fue la amplitud de su reacción. ¡Tenía un amigo! Alguien que la tenía en cuenta, a quien le importaba, y eso le hacía sentir vértigo, delirio. Antes de caer complacida en los brazos de la oscuridad, sólo conseguía caminar unos pasos, arrastrando la oleada emocional.

La segunda vez sucedió casi exactamente de la misma manera, pero en esta ocasión lo esperaba y sólo necesitó el menor atisbo, un movimiento de los ojos hacia aquel hombre, para asegurarse de que la primera vez no se había equivocado, aquella persona se interesaba

por ella, la amaba.

Cuando se encontraron por tercera vez, se mostró realmente atrevida. Le preparó una sorpresa, esperándole en el ascensor. Incluso se atrevió a apagar maliciosamente la luz (cuando tenía fuerzas para hacer cosas así sabía que estaba en buenas condiciones), y, de alguna manera, logró mantener la puerta abierta (eso le sorprendió incluso a ella). De ese modo, se reveló gradualmente al hombre a medida que avanzaba por el vestíbulo, una especie de juego al escondite. En cuanto a lo que podría suceder después, ¡había corrido sus

riesgos!


Entonces, él dio la vuelta, dando la poco convincente excusa de que tenía que mirar el buzón, ésa era una de las partes malas. ¿Qué le ocurría? ¿Acaso él, uno de los inquilinos, la temía realmente, a ella, una intrusa, una mujer desamparada? Y en ese caso, ¿por qué la temía? ¿Porque era una mujer o tal vez una criminal que intentaría atracarle o violarle, o quizá como a un fantasma? ¿Era tímido, o acaso sus sonrisas y su admiración no significaban nada, eran mera cortesía? Estuvo a punto de perder la sujeción de la puerta, pero logró mantenerla. «¡Date prisa, date prisa, viejo gato asustadizo!», musitó alegremente entre dientes. «¡No puedo sujetar la puerta eternamente!»

Entonces, alguien de un piso superior llamó al ascensor, sobresaltándola, y en ese momento perdió la sujeción de las puertas, que se cerraron, y el camarín inició el ascenso. Se sintió súbitamente desesperanzada, al ver que la mera casualidad le impedía realizar sus deseos, y se desvaneció.

Pero cuando despertó, pronto volvió a sentirse muy animada. Ésa fue la vez en que, obedeciendo a un puro impulso, se introdujo en el ascensor atestado de gente, en pos de aquel hombre, cosa que nunca había hecho... El riesgo de que la empujaran contra alguien y revelara así su presencia, aunque fuera invisible, era excesivo.

Pues bien, si eso no había sucedido, había sido sólo porque se mantuvo apretada contra la puerta tanto como le fue posible y porque le acompañó la suerte. En la primera parada descendió con alivio, cambió de planes y subió corriendo la escalera, con más rapidez que el crepitante camarín, y cuando vio que el hombre no descendía en el piso decimosegundo, subió al decimocuarto, cambió sus planes de nuevo (tenía la sensación de que casi estaba a punto de desvanecerse), le siguió hasta su apartamento y se fijó en el número antes de perder el conocimiento. Así es cómo se enteró de su nombre, pues la próxima vez fue a los buzones, buscó el que correspondía a su número y leyó: R. RYKER. ¡Ah, ella podía ser una estúpida huerfanita del árbol de apartamentos, pero tenía sus mañas!

Esa vez la llegada del hombre por el vestíbulo principal la cogió por sorpresa. Otro hombre sujetaba la puerta del ascensor para que entraran dos señores, y ella, dirigiendo una mirada alentadora a Ryker (¡él le respondió con una sonrisa!), se apresuró a entrar tras ellos (no le importaba que hubiera pocos pasajeros, porque podía esquivarlos), pensando que el hombre seguiría sujetando la puerta para que entrara Ryker. Pero no lo hizo, y ella dudó entre sujetarla desde donde estaba (a los demás les habría parecido algo mágico) o no hacer nada. Eligió lo último, perdiendo así la ocasión de subir con Ryker.

Pero ese fracaso no influyó en su actitud general de confianza en sí misma, de dominio de la situación. De hecho, le parecía que su mente se agudizaba y los recuerdos empezaban a abrirse. Tuvo la corazonada de que una vez había sucedido algo en el tercer piso que era importante para ella, y mientras reflexionaba sobre eso, ocurrió su segundo encuentro inesperado con Ryker. Este bajaba por la escalera y la vio. Por un momento ella pensó que él iba a encaminarse directamente hacia donde ella estaba, pero una vez más su valor o lo que fuera pareció faltarle y prosiguió su camino. Ella, decepcionada, se desvaneció.

Se dijo que esos encuentros imprevistos no servían de nada, no funcionaban. Así que la próxima vez que Ryker cruzó la puerta principal, ella le estaba esperando en el vestíbulo. Entonces, precisamente cuando todo parecía ir bien, a ella le faltó el valor, tuvo un repentino y terrible acceso de miedo al público y subió corriendo la escalera, aunque logró volverse en lo alto del primer tramo y mirar. Vio pasar a Ryker junto al ascensor, inspeccionarlo apresuradamente y dirigirse a los buzones y al corredor penumbroso. Pero inmediatamente volvió al ascensor y entró en él. Ella se dio cuenta de que había ido al corredor trasero buscándola y, recobrado su valor, bajó corriendo la escalera, pero sólo tuvo tiempo de mirar una sola vez a través del ventanuco del ascensor (y él le devolvió la mirada) antes de que el camarín subiera. Esperó, abatido, junto al pozo del ascensor y oyó débilmente que éste se detenía en lo alto..., y que inmediatamente empezaba a descender. ¿Volvía a por ella?, se preguntó, sintiendo vértigo, su mente balanceándose al borde de la inconsciencia. Logró mantenerse consciente el tiempo suficiente para saber que sí, ¡bajaba a por ella! Miró ansiosa y expectante cuando él salió del ascensor..., antes de desvanecerse por completo.

Ramsey Ryker no volvió a entrar en el árbol de apartamentos, desde su propio piso, hasta la noche siguiente. Un observador atento y reflexivo, que le hubiera acompañado en el ascensor y seguido sus lentos pasos hasta la puerta principal, habría deducido dos cosas acerca de él.

En primer lugar, por el aroma de colonia superpuesto a una débil fragancia de jabón, las mejillas perfectamente rasuradas, el cuello blanco impecable, el escaso cabello blanco bien peinado y el pequeño y pulcro nudo de la corbata, sabría que acababa de bañarse, afeitarse y arreglarse con cuidado, de modo que, si no fuera por su edad, uno estaría seguro de que se encaminaba a una cita romántica.

En segundo lugar, por su palidez casi cadavérica, su expresión abstraída y sus movimientos ritualísticos en «marcha lenta», pensaría que la aventura de la noche no era del todo placentera o, por lo menos, no era muy seria.

Si, además, el observador fuese una persona imaginativa o quizá simplemente sugestionable, podría haber juntado esas dos impresiones y obtener un total siniestro: «Si alguna vez pudo decirse que un hombre se había vestido para su propio funeral...».

Y si el mismo hipotético observador hubiera estado disponible veinte minutos después para ser testigo del regreso de Ryker al árbol de apartamentos, se habría estremecido ante la confirmación de la teoría fúnebre. Ahora Ryker lucía en la solapa un clavel blanco, mientras que su mano izquierda sujetaba un pequeño atomizador, cuyo elemento principal era una orquídea blanca.

Pero incluso a ese observador le habría sorprendido la expresión de placer que, cuando entró en el vestíbulo, embargaba y coloreaba levemente el pálido rostro de Ryker, sus facciones que traslucían determinación. Desde luego, a veces el simple hecho de bañarse, vestirse y salir al exterior puede animar de un modo asombroso a un anciano, pero este cambio de humor parecía tener, y realmente tenía, un estímulo exterior más específico.

Este estímulo era la constatación, por parte de Ryker, de que las circunstancias de su tercer encuentro con la Dama Desvanecida se habían reproducido. Había la misma impresión de penumbra adicional, la apertura de un agujero negro, todo ello debido a que las puertas del ascensor estaban abiertas y el camarín a oscuras, y la figura esbelta, con un tenue resplandor, de la Dama Desvanecida de perfil dentro del camarín y más allá de la columna de botones.

Pero esta vez la postura de la mujer no parecía abatida, sino viva y relajada. Aunque tenía la cabeza gacha, también parecía un poco vuelta en su dirección, como si observara coquetonamente su acercamiento. Había algo más que un engañoso y tenue centelleo en sus

hombros y la parte delantera de su cuerpo, y volvía a sostener (esta vez en la mano izquierda, la más próxima a él) aquel pequeño y misterioso objeto de latón que él había confundido con una llave. En conjunto, el efecto era sorprendentemente erótico, como si fuera un dibujo negro y plateado, «Cita en las sombras». Avanzó ansiosamente, cada vez más rápido, armándose firmemente contra cualquier vacilación de último momento, decidido a que sólo un cierre prematuro de las puertas le impidiera subir al ascensor.

Sin la menor vacilación, entró en el camarín a oscuras, saludando a la mujer con una ligera inclinación de cabeza, tendió la mano derecha hacia la parte superior de la columna de botones, donde estaba el interruptor de la luz, y dijo en tono bajo y respetuoso: «Buenas noches». Las palabras le salieron más profundas y resonantes de lo que se había propuesto, adquiriendo un matiz bastante sepulcral. No completó su tercer movimiento, pues nada más entrar, ella alzó la cabeza y, simultáneamente, extendió la enguantada mano derecha a través de su cuerpo y la mitad inferior de su rostro, anticipándose, al parecer, a la intención de Ryker de encender la luz, por lo que éste retiró su mano.

Se volvió y pasó por delante de la mujer, dirigiéndose al fondo del camarín y apoyándose en la pared. El brazo extendido de ella le ocultaba los labios, por lo que Ryker no pudo saber si sonreía o no, pero sus brillantes ojos siguieron su movimiento dentro del camarín y, por lo menos, no frunció el ceño. El efecto era provocativo, excitante.

Pero el brazo extendido de la mujer no encendió la luz. En cambio, su negro dedo índice pareció descansar sobre la placa de latón entre los botones de los pisos decimosegundo y decimocuarto. Pero, al hacer eso, debió de haber presionado uno de los dos, pues las puertas se cerraron con un gruñido y el camarín emprendió el ascenso.

La penumbra se hizo más intensa, pero no tanto como Ryker habría esperado, pues el extraño brillo pálido alrededor del cuello y el cierre del abrigo pareció realzarse un poco, casi chispear (¿era algo real o imaginario?, ¿podía ser el aura de su cuerpo?, ¿o era sólo un producto de sus viejos ojos deslumbrados?). Cuando pasaron ante el segundo piso, un destello de otra luz entró por el ventanuco. En su estado de conciencia agudizada, y a pesar de la penumbra, vio claramente que ella había apartado su mano derecha del panel de botones y que su otra mano había penetrado un poco en la manga de aquel brazo. Con un rápido movimiento hacia atrás, se quitó el guante de la mano derecha, la cual se abrió grácilmente hacia Ryker, con la palma hacia arriba, a través de la oscuridad, como una fina faja blanca terminada en cinco delgadas cintas blancas de longitud desigual. Ryker dio un paso al frente e inclinó la cabeza hacia la mano. Notó el suave contacto de la mano fría e ingrávida en sus propios dedos, aplicó los labios a la palma, se retiró y colocó en ella la orquídea blanca que llevaba. Otra ventanita parpadeó al pasar.

Ella se acercó la flor a la garganta y con la mano todavía enguantada tocó la del hombre, como dándole las gracias. Se preguntó por qué había apretado la superficie entre los botones y por qué el camarín había respondido, por qué no se había desvanecido mientras se quitaba el guante. Oscuros recuerdos amenazaban con abrirse, no sin causar temor. Al retirar su mano, tiró un poco de la de Ryker.

Enardecido, él dio otro paso que casi le llevó sobre la mujer. El pequeño rostro triangular, gatuno, de ella se alzó hacia el de él. Era un rostro en su mitad pálido, la otra mitad formada por la boca oscura, los ojos grises y brillantes, con las órbitas ensombrecidas bajo las delgadas cejas negras. La mano izquierda de Ryker le rozó el costado y se deslizó tras ella, cogiéndola por la fina cintura. La mano derecha buscó los dedos que sujetaban la orquídea contra la garganta y los acarició, jugando suavemente con ellos. Notó que los dedos enfundados en ante ascendían hacia su nuca.

Ella deslizó la orquídea con su pequeño atomizador en el interior de su abrigo y su húmeda mano sin guante acarició la seca mejilla de Ryker. Éste palpó dos grandes botones redondos en su cuello, los desabrochó, dejando abierto el cuello del abrigo. El centelleo diamantino que tanto le había intrigado se intensificó, brotó hacia arriba y se vertió como el agua de una fuente, como si Ryker hubiera descubierto el nido de su aura. ¿O tal vez era que su viejo corazón producía un huracán diamantino?, ¿o quizá sus cansados ojos trazaban, en la oscuridad, la irregular y brillante pauta de una migraña? Bajó la vista y, a través de aquel resplandor espectral, de aquellas estrellas microscópicas, vio un paisaje gris perla y frío como el de la luna. Era el suave valle donde descansaba la orquídea entre los pequeños senos, con sus pezones de plata oscura. Aunque osciló y se estrechó un poco, aquella escena no se perdió cuando las pequeñas manos atrajeron su cabeza hacia la suya y sus labios se encontraron en un beso prolongado que aturdió, sin alarmarle, al anciano.

Tuvo la caprichosa ocurrencia de que, aunque el paisaje perlino que seguía admirando parecía extenderse más y más, tenía un cielo negro y demasiado bajo, un techo extremadamente bajo, como dirían los aviadores. Pero ¿por qué los visos de esa fantasía eran más siniestros que divertidos?

En ese momento, se dio cuenta de que olía a humo de tabaco. Aunque el descubrimiento no le sobresaltó o alarmó, hizo que el resto de sus sentidos salieran un poco de su estado de profunda ensoñación. En realidad, esa ensoñación fue en aumento, pues en aquel instante la punta de la lengua femenina trazó una línea muy estrecha en su beso. Al mismo tiempo, al notar que el ascensor se había detenido, que su crujiente gemido había sido sustituido por un gruñido apagado que le gustaba todavía menos, mientras un oscilante resplandor rojizo, un parpadeo rojo ensombrecido, ascendía por las paredes del camarín desde alguna fuente desconocida, el tenue olor a humo de tabaco iba haciéndose más acre.

Sin proponérselo, fatigosamente (no estaba ni mucho menos cansado, pero aquello le costaba un esfuerzo), alzó la vista sin interrumpir el beso, sin pensar en interrumpirlo, y siguió acariciando la espalda y el cuello de la mujer, hasta que miró por encima del hombro de ésta.

Al resplandor rojizo, vio que la puerta del camarín se había abierto sin que él se hubiera percatado y que el ascensor estaba en el piso decimocuarto.. . Pero no del todo, pues la puerta exterior estaba cerrada y bajo la ventanita estaba pintado el número catorce, pero permanecía unos cincuenta centímetros más arriba de lo que debería.

Así pues, el suelo del camarín debía de estar a la misma distancia por debajo del suelo del piso decimocuarto.

Sin alarmarse todavía, gruñendo por cada esfuerzo realizado, Ryker adelantó la cabeza por encima del hombro de la mujer hasta que pudo mirar abajo. Al hacer esto, ella echó la cabeza hacia atrás y la ladeó un poco, acomodándose, de modo que el beso seguía ininterrumpido, mientras le abrazaba con más fuerza y emitía unos sonidos dulces, apagados e inarticulados, como si dijera: «Todo está bien».

El espacio entre los dos pisos (que era también el espacio entre el suelo del decimosegundo y el del decimocuarto) estaba abierto, formando una entrada de metro y medio de ancho y apenas treinta centímetros de altura en la pared del pozo. A través de esa abertura, desde el piso decimotercero, de techo realmente muy bajo, en la parte inferior del camarín se vertía un resplandor carmesí pulsátil que, sin embargo, parecía tener un matiz más constante, más regular en sus variaciones de intensidad, que el de cualquier fuego.

Este resplandor de horno reveló, arracimadas en torno a sus tobillos pero extendiéndose para llenar el alfombrado suelo del ascensor, una multitud de pequeñas formas achaparradas, una horda pululante de lo que parecían ser (teniendo en cuenta el escorzo extremo) rechonchos seres humanos liliputienses, algunos de los cuales alzaban sus blancos rostros para mirar, mientras otros se agachaban para realizar lo que tenían entre manos. Por ejemplo, cuatro de ellos se afanaban con unos ganchos metálicos casi tan grandes como ellos, y a los que estaban enganchados unos fuertes cordeles; otros acarreaban largas palancas, uno balanceaba garbosamente sobre su hombro lo que parecía ser un paquete de papel blanco, casi tan grande (con relación a él) como un periódico dominical. Más de la mitad de ellos sostenían entre dos dedos pequeños cilindros negros de uno de cuyos extremos se levantaban tenues zarcillos entrelazados de humo, formando una nube delgada, y cuando se llevaban los otros extremos a sus diminutas bocas brillaban como ascuas en la luz rojiza, como si fueran un enjambre de libélulas infernales.

Podría parecer inverosímil la afirmación de que Ramsey Ryker no sintió terror ni pánico ante esta visión extremadamente grotesca (pues se daba cuenta de que, de algún modo, había penetrado en el reino de sus pesadillas). Como tampoco sería verosímil afirmar que el beso entre él y la Dama Desvanecida continuó ininterrumpido (salvo por los apresurados resoplidos e inhalaciones normales en semejante contacto). Sin embargo, ambas afirmaciones son ciertas.

Lo cierto es que, mientras movía la cabeza por encima del hombro femenino hacia su primera posición ventajosa, el corazón le latía atropelladamente, había en sus oídos un rugido atronador y oleadas de oscuridad amenazaban con borrar su visión y abrirse paso hacia el cráneo, mientras que el menor movimiento que intentara resultaba inesperadamente difícil de realizar (sentía la cabeza pesada, y no miraba por encima del hombro tanto como se apoyaba en éste), pero estas reacciones físicas tenían muchas causas. Sus principales reacciones mentales al ver a los pequeños seres amontonados alrededor de sus pies se resumían en que habrían sido interesantes en otro momento y que, seguramente, tenían su propio lugar, su ocupación y sus intereses en el gran orden de las cosas. Pero ahora él tenía su propia gran tarea e intereses a los que debía volver, como confiaba en que aquellos seres se dedicaran a los suyos. Además, las caricias y los murmullos de la Dama Desvanecida, tranquilizándole y alentándole, surtían sus efectos beneficiosos, sedantes.

Pero cuando miró una vez más a lo que podría llamar sin ningún sarcasmo su valle empinado y estrecho de delicias, ya no pudo decir si las espectrales chispas plateadas que brotaban de allí estaban dentro o fuera de sus ojos y su cráneo. Los perfiles exquisitos oscilaban y se diluían en una niebla, los dedos que acariciaban el cuello y la parte inferior de la espalda femenina iban quedando ateridos y sin fuerza. La fuerza que desaparecía de todo su ser excepto de los ojos, fue debilitándose y, sostenido y guiado por las solícitas manos de la mujer, gradualmente se fue derrumbando. Su cabeza rozó el abrigo totalmente abierto y descansó, sucesivamente, contra los pechos desnudos, el vientre y los muslos, hasta quedar boca arriba sobre el suelo del camarín, al nivel del hasta entonces insospechado piso decimotercero. Mientras, al intentar ayudarle, la Dama Desvanecida se había agachado hasta quedar sentada sobre sus talones, la parte superior del cuerpo erecta, el mentón alto, sin mirar hacia abajo ni una sola vez.

Con un lento movimiento sin esfuerzo, la mujer volvió a ponerse en pie, las manos colgándole flaccidas a los lados, una de ellas aferrando todavía el tubo de latón. El garboso homúnculo levantó el papel hacia la otra mano, y ella lo cogió entre el pulgar y el índice, continuaba sin mirar hacia abajo, lo levantó hasta que lo tuvo ante los ojos y lo desenvolvió rápida pero cuidadosamente.

Desde el suelo, Ryker la miraba atentamente. Casi toda su conciencia se había centrado en ella, hasta tal extremo que sólo veía el rostro y los hombros, las atareadas manos y los incomparables senos. Los veía con mucha claridad, pero muy lejanos, como si lo hiciera por el otro extremo de un telescopio. Apenas se daba cuenta de los movimientos más próximos a él, de cómo colocaban los dos grandes ganchos bajo los hombros y en los sobacos. Aunque sin comprender, Ryker observaba con el mayor interés, consciente sólo de la belleza que contemplaba, mientras ella se introducía el extremo del tubo de latón protegido por un corcho en una fosa nasal, aplicaba delicadamente el otro extremo al cuadrado de papel blanco e inhalaba lenta pero profundamente. No oyó el distante chirrido del torno, ni sintió que los ganchos se tensaban contra sus sobacos, mientras le arrastraban fuera del ascensor del piso decimotercero y su consciencia se difuminaba.

La Dama Desvanecida no rindió honores a su desaparición o a la de sus captores con una última mirada, mientras se aplicaba con impaciencia el tubo de latón a la otra fosa nasal y colocaba el otro extremo a un borde del montoncito disminuido de pequeños cristales extendidos sobre el papel blanco. La visión de aquellos cristalitos le había recordado el uso de aquel tubo y muchas más cosas, no todo lo cual deseaba conocer de nuevo.

Recordó las sombrías esperas de Artie Stensor, su propia captura en el piso decimotercero, la búsqueda de Artie en su nueva y degenerada forma aprisionada, las sesiones que también la redujeron a ella a esa forma, su trato con los homúnculos reinantes, los tres servicios (¿o eran cuatro?) que les prometió, la atracción y la trampa en que cayeron los otros dos inquilinos. Mientras inhalaba lenta, nivelada y profundamente, arrojó todo aquello de su mente. La boquilla del tubo de latón era como una diminuta segadora que iba cercenando el borde de la coca, la «nieve» o como pudiera llamarse la soberana droga del sueño , con su centelleo diamantino, hasta que no quedó nada en el papel.

Sintió que los átomos de su cuerpo se liberaban, mientras los de su conciencia y su memoria se apretaban. Con una fantástica sensación de liberación flotó lentamente, atravesó el techo del camarín, salió a la rancia atmósfera del oscuro y cavernoso pozo del ascensor y se elevó más y más, entre los negros cables centrales. Atravesó el techo del pozo, titiló en la pequeña sala penumbrosa donde estaba el motor y los relés del ascensor, y salió del árbol de apartamentos a la inmensa noche vertiginosa.

Al sur brillaba la verde diadema del Hilton, al oeste la parpadeante luz roja que delineaba el trípode de televisión de la torre sobre Sutro Crest, al noreste la flecha de la Pirámide Transamericana, que señalaba hacia arriba y brillaba como un topacio. Más al este, al norte y al oeste, envueltos en una niebla baja, se extendían los dos grandes puentes, el Bay y el Golden Gate, y el ilimitado océano Pacífico. La mujer tuvo la sensación de que podía ver e ir a cualquier parte.

Dedicó una última mirada —con una punzada de dolor— a las almas enterradas, o más precisamente emparedadas, en San Francisco y luego, con los sentidos agudizados y la conciencia en expansión, se apresuró hacia arriba, directamente hacia aquella estrella múltiple envuelta en nebulosas, esa estrella de la constelación de Orión llamada el Trapecio.




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