Las mejores historias de terror 3



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Aquella misma tarde, cuando regresaba de la calle, vio que un hombre mantenía abierta la puerta del ascensor para que entraran dos señoras de edad. Aceleró el paso, pero el hombre no miró en su dirección antes de seguir a las mujeres.

Precisamente en aquel momento, llegó la Dama Desvanecida, sujetó diestramente la puerta que se cerraba y, tras dirigir una mirada por encima del hombro a Ryker, entró tras el otro caballero. Aunque Ryker estaba demasiado lejos para ver los ojos de la mujer más que como dos destellos gemelos, experimentó el mismo estremecimiento arrobador que en la última ocasión, y también ahora el corazón le latió con más fuerza.

Se apresuró, pero, mientras andaba, la luz del ventanuco en la puerta gris se diluyó a medida que el ascensor subía. Unos segundos después, se encontraba ante la puerta cerrada por medio de un sistema eléctrico, con su ventanita oscura. Entristecido, se quedó contemplando el botón y el pequeño círculo indicador encima de él, ahora con un colérico color rojo revelador de que el ascensor estaba en uso y no respondía a ninguna llamada.

Se reprochó no haber pensado en gritar: «Por favor, espéreme», pero apenas había tenido tiempo para pensar y, además, eso habría sido un considerable desvío de su conducta normal, habitualmente silenciosa. ¡Otra derrota, una frustración más en su deseo de aproximarse a la Dama Desvanecida! Ojalá aquel ascensor tuviera, como en los edificios de oficinas o los hoteles, un indicador más amplio al lado o encima de la puerta, que revelara por qué piso pasaba en cada momento, de modo que uno pudiera seguir el trayecto. Sería útil saber si volvía a detenerse en el séptimo piso, pues cuando llegaba a esas alturas era difícil oír si se detenía. Claro que, si uno fuese joven y estuviera en forma, podría subir corriendo la escalera. Una vez observó hacer eso a dos jóvenes que vivían en el sexto piso: uno subió la escalera de dos en dos o tres en tres, mientras el otro lo hacía en el lento ascensor, pero nunca supo cuál de los dos llegó el primero. Por otra parte, los inquilinos jóvenes, la mayoría de los cuales residían en los pisos inferiores, donde los cambios de titularidad eran más frecuentes, a menudo subían ágilmente la escalera, incluso cuando el ascensor estaba disponible, como queriendo anunciar (junto con su juventud) el desprecio que sentían por la lentitud del viejo carcamal. Si ahora él fuese joven otra vez, ¿habría subido corriendo la escalera en pos de una muchacha desvanecida?

El indicador se apagó. Ryker apretó el botón y vio que el círculo enrojecía de nuevo, al tiempo que el camarín obedecía su orden.

A la tarde siguiente, mientras esperaba para bajar a la planta baja y salir a la calle, estuvo mirando con bastante impaciencia el indicador del piso catorce. El círculo permaneció rojo durante un buen rato, cosa que sucedía con frecuencia, pues la lentitud del ascensor y su baja capacidad lo hacían poco adecuado para las necesidades de un edificio tan grande. Y mientras el indicador permanecía en rojo era difícil saber cuántos recorridos efectuaba y durante cuánto tiempo alguien mantenía la puerta abierta en cada piso. Había escuchado numerosas conversaciones especulativas sobre «lo que hacía el ascensor», como

si tuviera una mente y una voluntad propias, cosa que había llegado a sugerir un humorista. Se suponía que ciertas personas (unas veces anónimas y otras no) hacían cosas escandalosas y prohibidas, como dejar abierta la puerta del ascensor mientras volvían a su casa en busca de algo que se habían olvidado, o recogían a amigos en otros pisos cuando bajaban o subían, organizaban una excursión o una fiesta, o tenían conversaciones y discusiones secretas antes de llegar a la calle, lugar bastante menos privado. Incluso se hablaba de casos de personas que «retiraban el ascensor» a otras personas que eran sus enemigos sólo para fastidiarlas.

Quizá la teoría más pintoresca era la que sostenían dos ancianas, ambas entusiastas veteranas del viaje en ascensor, a las que, casualmente, Ramsey había oído en dos o tres ocasiones. La piedra angular de su teoría era que todos los problemas del edificio estaban causados por los inquilinos más jóvenes y los hijos de los otros inquilinos. En una ocasión, una de ellas susurró:

—La señora Clancy me dijo que conocen una manera de detener el armatoste entre dos pisos, y así pueden besuquearse, inyectarse droga y hacer toda clase de cosas repugnantes, incluso hacer el amor, por increíble que parezca.

Esto divirtió a Ryker; daba al ascensor cierta aura erótica.

En ocasiones, el camarín se paraba de verdad, a veces con pasajeros y otras sin nadie, sobre todo entre los pisos decimosegundo y decimocuarto. Una vez Clancy le dijo, con cierto asombro, que era como si aquel trasto intentara pararse en el piso decimotercero.

Ahora, desde las alturas del último piso, Ramsey pensó que los caprichos del ascensor no resultaban ser tan divertidos, y así, tras apretar un poco más el botón —aunque por el momento el indicador estaba apagado, era evidente que algún otro inquilino se le había adelantado—, decidió «bajar andando para hacer ejercicio», cosa que había hecho a propósito en alguna ocasión.

Mientras descendía por el árbol de apartamentos (se imaginaba como una vieja ardilla que zigzagueara lentamente por la corteza del tronco que formaba el pozo del ascensor), se preguntó con extrañeza cómo era posible que el ascensor estuviera tan ocupado cuando todos los pasillos estaban tan silenciosos y vacíos. (Pero quizá las cosas sucedían antes de su llegada a cada piso, anunciada por el ruido de sus pisadas, y cuando se iba; le oían llegar y se ocultaban hasta que pasaba de largo. O quizá había alguna clase de crisis en el sótano.) Todos los pisos eran prácticamente iguales, con dos largos pasillos cerrados por puertas de vidrio con refuerzos metálicos que conducían a las salidas delantera y trasera de emergencia. Estos pasillos estaban iluminados por unas esferas blancas colocadas en su mitad, como lunas llenas colgadas en el espacio, y en cada pared, junto a esos bonitos globos, había dos espejos estrechos que iban del suelo al techo.

El árbol de apartamentos tenía muchos espejos, lo cual era una nota de lujo, como el papel gris de la pared con arabescos plateados. Había un gran espejo frente a cada puerta del ascensor y otros tres en el vestíbulo principal.

Al descender cada tramo de escalera, Ramsey echaba un vistazo al largo pasillo que conducía a la parte trasera, daba media vuelta y regresaba al descansillo (sin dejar de mirar el pasillo corto y el descansillo del ascensor, iluminados por una tercera luna central y una ventana grande). Todo ello lo hacía mientras estaba frente al largo corredor de la parte delantera; luego, daba otra vuelta y emprendía el descenso del tramo siguiente.

(Descubrió una diferencia entre los pisos. Contó los escalones y, mientras había diecinueve entre los pisos decimocuarto y decimosegundo, sólo había diecisiete entre todos los demás pares. Así pues, el camarín tenía que recorrer unos cuarenta centímetros más para ir del piso doce al catorce; no sólo parecía tardar más, sino que, en efecto, lo tardaba. ¡Para qué hablarán de ascensores fatigados!)

En nueve pisos hizo la misma inspección.

Cuando examinó el tercer piso, vio que la luna llena del corredor delantero estaba apagada, dejando todo el pasillo en la penumbra. Silueteada contra el vidrio reforzado del extremo había una figura lánguida y esbelta que se parecía mucho a la de la Dama Desvanecida. Ryker no podía distinguir el triángulo pálido del rostro o los ojos brillantes porque no había una luz directa que iluminara aquella figura. Era sólo un oscuro volumen contorneado, pero Ryker estaba seguro de que se trataba de la dama.

Sin embargo, mientras cruzaba el descansillo, tuvo tiempo de pensar en que si continuaba más allá de la escalera mostraría su intención inequívoca de ir al encuentro de la mujer; lo que debía hacer era proseguir su camino. No tenía ninguna otra excusa. Además, al acercarse de un modo amenazante e inexorable a una mujer sola y atrapada en aquel callejón sin salida, daría una mala y desagradable impresión. Mientras él avanzaba, la mujer aguardó en el extremo del túnel. silenciosa e inmóvil, una oscuridad de forma femenina.

Ryker dio su vuelta acostumbrada y siguió bajando la escalera. Se sentía tan fuera de quicio por lo que estaba sucediendo que apenas sabía en qué pensaba o qué sentía. Sólo era consciente de que su corazón galopaba como un caballo desbocado y que resollaba como si hubiera subido diez pisos en vez de bajarlos.

Hasta que llegó al segundo piso y, a través del pozo de la escalera vio los zapatos de trabajo y los pantalones de Clancy, el administrador, que estaba en el vestíbulo, no volvió a ser dueño de sí mismo. Inmediatamente, dio media vuelta y desando sus pasos con frenética

rapidez. ¡Se había acobardado de nuevo, aunque había jurado que no lo haría! Había una docena de preguntas que cortésmente podría formular a la mujer para justificar su aproximación. ¿Podía ayudarla en algo? ¿Buscaba a alguno de los inquilinos? ¿Algún número de apartamento? Etcétera. Pero incluso mientras ensayaba mentalmente estas frases, tenía la deprimente sensación de lo que iba a encontrar en el tercer piso.

Estaba en lo cierto. Ya no había ninguna figura entre las sombras que llenaban el oscuro corredor delantero.

Y entonces, mientras forzaba la vista para asegurarse, la luna llena se encendió de nuevo. En el iluminado pasillo no había nadie. Ramsey no miró más y regresó precipitadamente a la escalera. Quería estar con gente, con cualquiera, incluso con desconocidos transeúntes de la calle. Pero el señor Clancy seguía en el vestíbulo y, de pronto, Ramsey sintió la imperiosa necesidad de hablar con alguien acerca de la Dama Desvanecida.

Habló con el administrador de la bombilla defectuosa que había en el globo del tercer piso; parecía estar en las últimas, se encendía y apagaba por sí sola, así que no se podía confiar en ella. Sólo entonces, y de pasada, mencionó a la mujer que había visto y que le extrañó, pero que ya no estaba cuando volvió a mirar, añadiendo que también la había visto en el vestíbulo una o dos veces antes.

No había previsto la rapidez y seriedad de la reacción del administrador. Apenas Ryker hubo mencionado a la mujer, el ex bombero le preguntó vivamente:

—¿Tenía aspecto de pelandusca? Quiero decir una de esas mujeres...

Ramsey le dijo que no, pero no había hecho más que bosquejar su relato cuando el otro le interrumpió.

—Mire, señor Ryker, me gustaría subir y comprobar eso ahora mismo. Dice usted que vestía de negro, ¿verdad? Sí. Bueno, mire, quédese aquí, ¿quiere? Y esté atento por si baja alguien. No tardaré mucho.

Entró en el ascensor, que había estado allí esperando, y subió al cuarto o al quinto, quizás al sexto, a juzgar por los ruidos del camarín y el tiempo que el círculo indicador permaneció encendido. Ryker supuso que Clancy lo dejaría allí y bajaría la escalera para revisar los pisos uno a uno.

Clancy bajó muy pronto por la escalera, con aspecto pensativo.

—No —le dijo—, no está ahí, por lo menos no en la mitad inferior del edificio, y no creo que haya ido más arriba. Tal vez ha entrado en casa de alguien, o puede que sea una inquilina. ¿O...?

Miró inquisitivamente a Ramsey, el cual meneó la cabeza y dijo:

—No, no ha bajado nadie, ni por la escalera ni por el ascensor.

El administrador asintió y también meneó la cabeza, lentamente.

—No sé, quizá me estoy volviendo muy suspicaz.

—No sé si se habrá dado cuenta, señor Ryker, ya que usted vive muy arriba, pero de vez en cuando nos visitan vagabundos, borrachos y gente del sur que tratan de entrar y refugiarse aquí, tal vez dormir en un rincón, sobre todo en invierno. La mayoría son hombres, claro, pero en ocasiones hay alguna pelandusca. —Hizo una pausa y rió entre dientes—. Una vez tuvimos una invasión de furcias, aunque no eran eso exactamente.

Ramsey le miró expectante.

Clancy titubeó, miró a Ramsey y, tras hacer otra pausa, dijo:

—Por eso desconectamos el portero electrónico a las once de la noche y no lo volvemos a conectar hasta las ocho de la mañana. De lo contrario, a cualquier hora de la noche un vagabundo borracho puede llamar a algún piso hasta que alguien abra la puerta, o puede llamar a una docena a la vez, con la seguridad de que uno u otro abrirá. Y, una vez dentro, puede buscar un sitio apartado donde pasar caliente la noche. A lo mejor empieza a fumar para que le entre el sueño y tira las colillas por todas partes. Ese es nuestro mayor peligro, el fuego. O bien se le ocurre empezar a molestar a los vecinos, tocando los timbres y aporreando las puertas, después de lo cual podría ocurrir cualquier cosa. Incluso con el portero electrónico desconectado, algunos de ellos se las arreglan para entrar. Se quedan junto a la puerta de la calle y siguen a una pareja que llega tarde a casa, o al repartidor de periódicos que viene antes del alba. No los sigue directamente, claro, sino que usa un pie, o a veces un bastón o una muleta, para bloquear la puerta antes de que se cierre, y luego, cuando ya no hay moros en la costa, entra en el edificio.

Ramsey asintió apreciativamente en varias ocasiones, pero luego acució al otro:

—¿No iba a contarme algo sobre una invasión de mendigas?

—Ah, eso —dijo Clancy, dubitativo. Una mirada a Ramsey pareció tranquilizarle—. Eso fue antes de que usted llegara... Vino aquí hace unos cinco años, ¿verdad? Sí, bueno, eso ocurrió..., veamos, unos dos años antes de su llegada. Ni mi esposa ni yo hablamos mucho de ello con los vecinos, porque da..., da mala reputación al edificio. Claro que ya no es así. Después de siete años, todo está olvidado, ¿no?

Interrumpió su charla para saludar respetuosamente a una pareja que entraba y que pasó por su lado, camino de la escalera.

— Bueno, en cualquier caso — continuó diciendo —, en la época de que le hablo, mi esposa y yo sólo llevábamos aquí un año. Si bien un año no es mucho tiempo para conocer todas las triquiñuelas, sí es el suficiente para conocer al menos algunas.

»Ahora bien, en un edificio como éste hay una cosa que requería una explicación, y es que nunca, o casi nunca, desaparecía nadie... Ya sabe, inquilinos que sacan sus cosas a escondidas cuando deben unos meses de alquiler, o que se van un día, dejando sus cosas, y no vuelven jamás, tal vez los asesinan después de atracarlos, ¿quién sabe? Así es como ocurre continuamente en esos hoteles y pensiones llenos de pulgas al sur de la ciudad. Claro que, para empezar, la mitad de los inquilinos se drogan o están sometidos a una fuerte medicación, proceden de las cárceles o de manicomios. Aquí tenemos una clase de inquilino más formal, o así lo procuramos mi esposa y yo.

»Bueno, a lo que iba, el inquilino más formal que teníamos, aunque no el de más edad ni mucho menos, era un joven apuesto y de porte distinguido, que se llamaba Arthur J. Stensor, y vivía en el tercer piso. Muy cortés y bien hablado, nunca levantaba la voz, de tez morena, pero de cabello rubio que llevaba bastante largo, cosa que entonces no era tan corriente. Una vez oí que otro inquilino se refería a él como «ese negro con los rizos blanqueados», y me pareció que le faltaban al respeto. Vestía bien, pero nunca de un modo ostentoso. Tenía clase. Siempre llevaba sombrero. Pagaba el alquiler cada primero de mes, en metálico, sin fallar nunca, y también pagaba la plaza de garaje. Tenía un Lincoln Continental en el aparcamiento que siempre estaba pulido como cristal; no solía usar la puerta principal, sino que salía y entraba en ese coche. Y su piso estaba amueblado en consonancia: óleos con marcos dorados, estatuas de plata, equipo de alta fidelidad, pantalla gigante de televisión y el cacharro para grabar programas y películas, cuando eso costaba lo suyo. También tenía toda clase de relojes y jarrones de fantasía, sedas y terciopelos, y muchas más cosas por el estilo de lo que usted podría creer.

»Cuando había gente con él, cosa que no ocurría con frecuencia, tenía tanta clase como él, su coche y su apartamento, sobre todo las mujeres. Pertenecían a la alta sociedad y siempre eran jóvenes. Recuerdo que una vez, estando yo en el pasillo del tercer piso, una de

aquellas beldades pasó por mi lado y entró en el apartamento del joven, y pensé que si esa potranca era un pendón, seguro que procedía del mejor establo de la ciudad. Pero recuerdo que al mismo tiempo pensé que yo le estaba faltando al respeto, porque A. J. Stensor era demasiado respetable para que nadie se lo pudiera imaginar en tratos con un pendón, aunque fuera de primera categoría. Eso fue de lo más chusco, considerando lo que ocurrió luego.

—¿Qué ocurrió? —le acució Ramsey, tras haber esperado a que pasara otra pareja de inquilinos.

—Bueno, al principio no lo relacioné en absoluto con Stensor —respondió Clancy—, aunque no le había visto desde hacía cinco o seis días. Aunque no era corriente, tampoco era demasiado extraño. Bien, lo que ocurrió fue esa invasión, ¡no, maldita sea!, esa epidemia... de putas bien parecidas, en su mayoría altas y delgadas, o por lo menos delgadas, en los pasillos y el vestíbulo de este edificio. Algunas vestían de una manera demasiado respetable para ser furcias, pero la mayoría llevaban el uniforme callejero del día: tacones altos, tejanos ceñidos, largas blusas por fuera del pantalón y muchos colgantes.

Cuando las veías charlar amigablemente entre ellas, las de aspecto respetable y las otras, sabías que todas cojeaban del mismo pie.

—¿Cómo se enteró? —le preguntó Ramsey—. ¿Una queja de los inquilinos?

—Un par de ellos —admitió Clancy—. Esas viejas chismosas que denuncian a una mujer joven y guapa, basándose en el principio de que si es joven y guapa no puede tener buenas intenciones. Pero lo realmente divertido fue que la mayor parte de las denuncias me llegaron a través de chismorrees, directamente a mí o por medio de mi esposa, que es como ocurre generalmente. Era como si se tratara de algo extraño y notable, ¡y la verdad es que lo era! También hacían preguntas, por ejemplo qué diablos hacían todas aquellas mujeres, lo cual, por cierto, era una buena pregunta. Mire, ninguna de ellas hacía nada que pudiera ser motivo de queja. Era en pleno día y, desde luego, no trataban de engatusar a nadie; podríamos decir que no se dedicaban a su oficio, ni siquiera sonreían a nadie, especialmente a los hombres. No, se limitaban a caminar arriba y abajo y a hablar entre ellas; más que otra cosa parecían cotillas enfadadas. Enfadadas y muy serias, como si hubieran elegido nuestro edificio para una convención de furcias, sin que faltaran debates y alguna clase de organización feminista o sindical, con la excepción de que no se habían tomado la molestia de informar a los administradores. Cuando carraspeé y pregunté a un par de ellas qué estaban haciendo, me dieron cualquier excusa sin mirarme: que estaban citadas para comer con una señora, pero ésta no se encontraba en su casa y no podían esperar, o que estaban buscando apartamentos pero éstos no les parecían adecuados. Mientras me decían esto, empezaban a andar hacia la puerta de la calle, o hacia la escalera si estaban en el piso tercero o cuarto, todavía enzarzadas en su discusión. Al fin se marchaban, sin reparar en mí

aunque les mantuviera la puerta abierta.

»¡Y fíjese, apenas transcurrían veinte minutos cuando ya volvían a estar dentro! O por lo menos localicé a una de ellas. Sin duda, algunas tenían llaves de la puerta principal, y más tarde resultó que así era.

Por entonces, el señor Clancy se había entusiasmado con su relato, soltaba risitas de vez en cuando y casi se olvidó de bajar el tono de su voz la próxima vez que pasó un inquilino por nuestro lado.

—Había un hombre en el que se fijaron —continuó—. Me olvidé de eso, y podría haberme dado una pista de lo que ocurría, pero se me pasó por alto. Por aquel entonces, teníamos un inquilino en los pisos superiores. Era alto, delgado y bastante bien parecido, de aspecto juvenil, aunque sin ser joven, que siempre llevaba sombrero. Pues bien, yo estaba en el vestíbulo y cuatro o cinco furcias acababan de entrar por la puerta principal, discutiendo, naturalmente. Cuando las mujeres vieron al hombre saliendo del ascensor, corrieron hacia él, pero cuando estaban a unos cuatro metros y él se quitó el sombrero, quizá por cortesía, parecía un poco asustado, no sé qué pensaría, mostrando su ondulado cabello negro que llevaba teñido, todas las furcias perdieron el interés por él. Era como si se pareciera a alguien que conocían, pero que visto de cerca no fuera esa persona. Así fue como ocurrió, aunque yo seguía sin comprender. De modo que las mujeres pasaron apresuradamente por su lado, camino de la escalera, como si ése hubiera sido su objetivo en primer lugar.

»Aquél fue un día extraño, créame. Furcias vestidas de todas las maneras: con aspecto distinguido, con el uniforme de pantalón lejano y blusa de encaje, con minifalda, una parecía llevar un traje de marinero cortado para una mujer, una nostálgica toda vestida de negro, que parecía especial para funerales, quizá para dar los primeros auxilios a un viudo desconsolado. —Dirigió una mirada rápida a Ryker y continuó—: Y aunque casi todas ellas eran delgadas, recuerdo que había una gorda que llevaba un mumu y se contoneaba graciosamente, como si ejecutara la danza del vientre.

»Mi esposa quería que llamara a la policía, pero el propietario de la finca no aprueba esas cosas y no pude ponerme en contacto con él por teléfono.

»Por la noche, las furcias se marcharon poco a poco y yo me fui a acostar, fatigado por todo aquello. Mi mujer insistía para que llamara a la policía, pero me dormí como un tronco. Así que la última persona que vio el final del asunto fue el repartidor de periódicos, cuando pasó hacia las cuatro y media de la madrugada. Más tarde, volvió para verme, ya que no podía esperar más a hablarme de lo ocurrido.

»Bien, al parecer se acercaba al edificio, empujando el carrito con los periódicos, cuando vio al grupo de atractivas mujeres en la entrada; no estaba enterado de la convención de furcias del día anterior. Pudo ver que la mayoría de ellas eran jóvenes y la mitad iban cargadas con objetos que parecían valiosos: cuadros, jarrones, estatuas de plata de chicas desnudas, cacharros de cocina de cobre, relojes de oro y toda esa clase de cosas. Era como si estuvieran ayudando a un amigo rico a mudarse de casa. Pero había un atasco, dos o tres de ellas intentaban pasar a través de la puerta una carretilla descomunal que contenía el mayor televisor que el chico había visto jamás y también el mayor tocadiscos.

»Afuera, una mujer que estaba junto al bordillo y que parecía la jefa, les daba instrucciones para que maniobraran, y cerca de ella estaba otra mujer, tal vez su ayudante o recadera. La jefa daba instrucciones, como le digo, en voz apagada, y las otras mujeres vigilaban, pero todas estaban muy silenciosas, como era de esperar a esa hora de 1ª madrugada; como lo estarían por lo menos las personas sobrias, no deseosas de despertar a los vecinos.

»Pues bien, el chico lo estaba mirando todo, tratando de no perderse detalle; supongo que había muchas cosas interesantes que ver, y más en el interior. Fue entonces cuando la ayudante se acercó y se agachó a su lado. Ese repartidor de periódicos era un enano, y feo por añadidura. Quería comprarle un periódico; le dio un billete de cinco dólares y le dijo que se quedara con el cambio. El chico se azoró y bajó la vista, pero la mujer le dijo que no se preocupara, que era un muchacho guapo y muy trabajador, ojalá ella tuviera uno así, y que se merecía todo lo que pudiera conseguir. Entonces, le rodeó con un brazo, 1e atrajo hacia ella y, de repente, su tímida mirada se deslizó por la entreabierta blusa y recibió la lección de anatomía más sorprendente que pueda usted imaginar.

»E1 chico tenía cierta idea de que ya habían conseguido desatascar la carretilla y que las otras mujeres se marchaban. Pero la ayudante seguía susurrándole al oído, su aliento como vapor, diciéndole lo buen chico que era y lo satisfechos que debían de estar sus padres, al tiempo que le abrazaba tan fuerte que ya no podía mirar al interior de la blusa.




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