Las mejores historias de terror 3


FRITZ LEIBER. IMAGINACIONES HORRIBLES



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FRITZ LEIBER. IMAGINACIONES HORRIBLES


Es probable que Fritz Leiber sea el escritor de ciencia ficción y literatura fantástica que más premios ha recibido. La última incorporación a su vitrina de trofeos fue el Grana Master de los autores norteamericanos de ciencia ficción, concedido por toda una vida dedicada al cultivo del género. El relato que sigue es de un estilo similar al de su última colaboración en Whispers, «El moldeador de botones», que obtuvo el premio británico Fantasy a los mejores relatos del año. Es un retrato minuciosamente detallado de un edificio, un hombre, un fantasma, una ciudad, el cielo, el infierno y el purgatorio. Desde luego, encaja bien en nuestro tema, la muerte, y presenta una puerta de acceso a ella poco común.

«¡Los temores presentes son menos horribles que los que inspira la imaginación!»

Macbeth

El viejo Ramsey Ryker sólo empezó a acariciar la idea de ir a ver (a través de un vidrio opaco por el otro lado) a las mujeres jóvenes que jugueteaban con sus genitales después de que se iniciaran los sueños en la oscuridad de la habitación de techo bajo, aquellas negras y deprimentes pesadillas. Pero antes de que empezara a tener atisbos de la misteriosa muchacha de edad indefinida que se desvanecía en seguida, con su atuendo negro y centelleante, que le acechaba en los pasillos de la planta baja o se desvanecía en el ascensor, y que una o dos veces se deslizó por los pasillos superiores del árbol (o esqueleto) de apartamentos que es, con una sola excepción, el escenario único de este relato, el cual no se aventura más allá, no turba la intimidad de los pisos ni da un paso en la ruidosa calle metropolitana. Aquí todo está amortiguado.



Al decir árbol de apartamentos me refiero al espacio público, o por lo menos el que comparten los inquilinos, en el edificio de trece pisos donde Ryker vivía solo. Haciendo un pequeño esfuerzo, el lector podrá visualizar ese volumen de espacio conectado como un árbol más bien repetitivo (si le sirve de ayuda, puede colorearlo de rojo o verde, como esos puntos que señalan en los planos diagramáticos: «usted está aquí». Yo lo veo de color gris claro, pues ése es el color del papel que cubre las paredes de los corredores externos, un gris pálido con una tenue pátina de plata deslucida). Sus raíces están en el garaje del sótano, con plazas de aparcamiento alquiladas por algunos inquilinos del edificio junto con tenderos y hombres de negocios de la vecindad. El tronco corresponde al pozo del ascensor central, al lado del cual hay una escalera abierta. Periódicamente, el propietario del edificio ha tenido dificultades con los inspectores de seguridad por culpa de esa escalera; querían cerrarla con un muro y pesadas puertas de cierre automático en cada piso; desde luego, ni hoy ni en las tres últimas décadas habrían concedido permiso para edificar una estructura tan elevada con una escalera abierta. Sus ramas son los tres corredores, dos largos y uno corto, que irradian desde el tronco o pozo del ascensor central, y que, salvo pequeños detalles, son idénticos en cada nivel. Desde el piso superior, un último tramo de escalera, a modo de rama inclinada, conduce a través de una puerta robusta (cerrada por afuera pero que se abre desde el interior, cosa que obedece a otra regulación de seguridad en caso de incendio) al tejado y el macizo cobertizo que alberga el motor del ascensor y los anticuados relés mecánicos. No obstante, tampoco vamos a cruzar esa puerta para observar el contaminado pero, de todos modos, impresionante paisaje urbano y buscar alguna estrella solitaria o, lo que sería más raro todavía, una ventana interesante.

En la planta baja, uno de los largos corredores conducía a la puerta de la calle, y en los pisos superiores a la salida de emergencia principal. El pasillo corto no tenía salida (el inspector de seguridad también menearía la cabeza y frunciría el ceño si viera eso).

Sin duda, aunque sólo sea para complacer a los minuciosos, ahora hemos de mencionar el micromundo del árbol de apartamentos, sus ramitas y hojuelas más minúsculas. Por decirlo de algún modo: todas las grietas y hendiduras (y agujeros de ratas y ratones, si los hay) en paredes, techos y suelos, algunos de los cuales quizá conduzca a unos espacios más amplios, aunque de todos modos, reducidos.

Pero sería una descortesía por nuestra parte divagar tan frívolamente por el extraño y laberíntico árbol de apartamentos, con su anguloso fruto prohibido de uno y dos dormitorios, cuando Ramsey Ryker, un anciano alto y demacrado, parecido de algún modo a un espantapájaros bien vestido, nos espera con sus problemas y preocupaciones, igualmente extraños y tortuosos. Las negras pesadillas son, con mucho, las peores y, en cierto sentido, también la causa, o por lo menos el preludio, de todos los demás.

Aunque de una manera un tanto demorada, aquéllas eran las peores pesadillas que Ramsey recordaba haber tenido en las siete décadas de su vida. Eran las únicas, incluso los únicos sueños de cualquier clase, que no tenían ningún elemento visual (de ahí que fueran «negras») y consistían solamente en sonidos, tacto, sensaciones intramusculares y olores. El negro era intenso, con el color de la tinta, un negro de noche sin luna ni estrellas, de hollín, de pez. Ni siquiera contenía ninguno de esos débiles y agitados puntos luminosos, a veces coloreados, que vemos al cerrar los ojos en una oscuridad absoluta, como si los bastones y conos de nuestra retina se encendieran sin que les alcanzara ningún fotón de luz exterior. No, la única luz en las pesadillas del anciano, si es que había alguna, era de la clase fantasmal con que están pintados los recuerdos: un destello rápido, que a veces parece extenso, pero que empieza a desvanecerse al instante y nunca parece estar en la retina, algo más fantasmal incluso que la pululación nebulosa bajo los párpados en la oscuridad más profunda.

El viejo tenía pesadillas de ésas cada dos o tres noches, casi con la regularidad de un reloj, desde hacía por lo menos un mes, por lo que empezaban a preocuparle seriamente y a oprimirle. Hasta ahora he usado el plural, pero en realidad debería hablar de una única pesadilla, repetida con los cambios en sus detalles precisos para convencerle de que experimentaba nuevas pesadillas y no se limitaba a recordar la primera. Esto las hacía más amenazantes y aterradoras; sabía, hasta cierto punto, lo que se avecinaba, y sufría más a causa de ello.

Cada «sesión» de su aterrador sueño sin luz, las noches en que su subconsciente decidía montar un número, empezaba de la misma manera. Gradualmente, como si su mente se alzara con dificultad de unas honduras inimaginables de sueño, era consciente de que estaba

tendido, desnudo, boca arriba, con los brazos extendidos en los costados, pero no estaba en su cama, pues la superficie bajo él era demasiado rugosa y dura. Respiraba someramente y con dificultad, o más bien descubría que si trataba de comprobar su respiración, acelerarla o reducirla, hinchar más el pecho, corría el riesgo de producir un espasmo estrangulador o un ataque de tos, perspectiva que le asustaba, y procuraba evitar que ocurriera.

En su sueño quería investigar esto, explorar el espacio a su alrededor, y trataba de levantar un brazo, de estirar una pierna a un lado..., y descubría que no podía hacerlo. Cuando trataba de realizar algún movimiento considerable con sus miembros, se daba cuenta de que estaba paralizado, y esto, naturalmente, le aterraba y le empujaba hacia el pánico. Apenas podía evitar abandonarse a inútiles esfuerzos para mover su cuerpo, tratar de retorcerse, sollozar y echarse a gritar.

Luego, cuando su pánico cedía lentamente, cuando se obligaba a soportar en silencio esta limitación de sus acciones, descubría que su parálisis no era completa. Entonces, si se esforzaba, lentamente podía moverse un poco, menear la cabeza a uno y otro lado, contorsionar un poco los músculos superficiales y la piel bajo los hombros, en la espalda, las nalgas y las piernas, agitar lentamente los talones y las puntas de los dedos. De este modo, descubría que la superficie dura sobre la que estaba tendido se hallaba formada por ásperos listones muy juntos y muy polvorientos, o más bien cubiertos de partículas duras.

Tenía entonces en su sueño una sensación de sonido. Al principio, parecía el rumor normal de cualquier gran ciudad, pero luego empezaba a distinguir en él un ligero crujido y un ínfimo y muy rápido chasquido que estaba mucho más cerca y parecía aproximarse cada vez más. Entonces, pensaba en insectos y arañas, le inundaba una nueva oleada de terror y tenía que esforzarse de nuevo para no ceder a la histeria. En ese momento de su sueño solía pensar en ejércitos de cucarachas, tan normales en las grandes ciudades como los ruidos y, aunque su repulsión iba en aumento, su terror se desvanecía. ¡Asquerosas criaturas! Pero ¿quién podía temerlas? Cierto que su querida esposa, muerta cinco años atrás, temía pisarlas en la oscuridad y oír el crujido. (A él le resultaba bastante difícil entender esa reacción. Si no le causaba un placer, por lo menos le satisfacía pisar a las cucarachas o aplastarlas en la pica.)

Lo más probable era que su atención regresara al susurro, al gruñido, al ligero zumbido, al componente algo nasal del sonido general, y entonces empezaba a oír voces, aunque apenas podía identificar las palabras o las frases... Eran como las voces de una multitud que sale de un teatro, un campo de béisbol o una sala de reuniones, comentando y discutiendo, monótona y cansinamente, sobre lo que acababan de ver u oír. Voces sobre todo masculinas, cínicas, sarcásticas, desaprobadoras, mezquinas, soñolientas y salvajes, e ignorantes, muy ignorantes, de eso estaba seguro. Nunca tenían el volumen que debería corresponderles, siempre daban una impresión de pequeñez. (¿Sería duro de oído en sus pesadillas? ¿Acaso soñaba que se quedaba sordo?) ¿Eran voces de niños depravados? No, eran mucho más bajas, con tonos guturales profundos. Una vez se preguntó si serían enanos, y pasó por su mente la idea de que un hombre tendido es aún más bajo que cualquier enano.

Sus sentidos sufrían asaltos acumulativos, y al sonido seguía el olor. Era primero un olor seco, rancio, un olor a largo encierro, y de algún modo parecía tan natural que no distinguía los distintos matices. Pero luego olía a humo y conocía una clase especial de temor... ¿Iban a quemarle vivo, sin que pudiera moverse? ¿Y oiría sirenas de coches de bomberos, amortiguadas por la distancia y los muros aislantes, unos coches que no serían mayores que los de juguete?

Poco después podía identificar el olor con mayor precisión: era humo de tabaco, sobre todo de apestosos cigarros, y recordaba que su difunta esposa detestaba ese olor, a pesar de que ella misma fumaba cigarrillos.

Seguía una serie de olores secundarios: efluvios de lavabo y los fuertes y baratos desodorantes utilizados para neutralizarlos, olor de cuerpos viejos, el hedor a pescado sin lavar, olores de vestuarios, de cerveza, de desinfectantes, de vómitos cargados de vino... Y todo ello muy en consonancia con el débil gruñido.

Tras el sonido y el olor, el tacto. Lo notaba detrás del lóbulo de la oreja derecha, en el ángulo deprimido de la mandíbula, donde una rama de la carótida pulsa cerca de la superficie. Era como una presión exploradora de la punta de algo que podría ser el pulgar de un bebé, la goma de borrar en el extremo de un lápiz, el hocico de un ratón o de una culebra, el puño de un embrión, un cigarrillo sin encender, un supositorio, el falo de un maniquí viril... Un sondeo y un empuje que no se detenían ni se alejaban.

En ese punto, o tal vez antes, el sueño se convertía en una pesadilla total. El anciano intentaba mover la cabeza a los lados, se debatía, tratando de saltar por el borde de la superficie sobre la que estaba inmovilizado, de agitar brazos y piernas y echarse a gritar sin tener en cuenta los efectos en su respiración. Pero descubría que la parálisis seguía atenazándole, que se intensificaba cuanto más se debatía, y sus cuerdas vocales estaban tan rígidas como si estuvieran dando las últimas boqueadas de su vida.

Y entonces, más toques similares a los de antes, como de una marioneta, en el costado, en el muslo, entre dos dedos, arriba y abajo de su cuerpo. Los sonidos y olores aumentaban a medida que pesaba sobre él una opresión general sofocante. Por su imaginación cruzaban destellos de grotescas visiones que, como los de la memoria, difieren tanto de la visión real. Veía una multitud de rechonchos liliputienses, muñecos vivientes de mandíbulas oscuras y frente estrecha, gruesos y feos, de pie o apoyados en actitudes de vestuario, cada uno de ellos acariciando con una mano bajo la panza el pene semierecto, con una lascivia indiferente, al tiempo que sostenían con la otra mano una lata de cerveza, un cigarro o ambas cosas a la vez, mientras mantenían una incesante charla sobre crímenes, deportes, sexo, poder y ganancias. El anciano imaginaba los diminutos glandes presionándole en todas partes, como si le envolvieran cada vez más en una manta de goma formada por minúsculos botones elásticos.

En ese momento hacía un esfuerzo supremo para levantar la cabeza, exponiéndose a sufrir un ataque cardiaco, luchando por cada milímetro de avance hacia arriba, y descubría que la frente y la nariz se aplastaban contra una áspera superficie rugosa que estaba a menos de diez centímetros por encima de él, como la tapa plana de un ataúd.

Entonces, y sólo entonces, en aquel instante de horror sin límite, se despertaba al fin, se estiraba metódicamente en la cama, jadeando sólo un poco, con una patética erección que más parecía el síntoma de alguna enfermedad mortal que un preludio de placer.

El lector podría objetar que al entrar en el dormitorio de Ramsey hemos rebasado los límites del árbol de apartamentos impuestos a las acciones de este relato, pero no es así, puesto que tan sólo hemos examinado los recuerdos que de sus pesadillas tenía el anciano, recuerdos que nunca tienen la fuerza de la realidad. Y así nos hemos asomado a su sueño, quizá hemos entrado en su dormitorio, pero no hemos encendido la luz. Y lo mismo se puede decir de sus pensamientos y reacciones ante esa erección que le turbaba al despertar de su pesadilla y que le parecía más una mórbida tumoración cancerosa que una tumescencia prometedora de delicias carnales.

Ahora bien, Ramsey era un hombre que había vivido lo bastante como para preguntarse si sus pesadillas eran una expresión, aunque desusada y muy extravagante, de una creciente excitación sexual, como parecían indicar sus invariables erecciones al despertar; o si la descarga de esa creciente presión sexual no tendría como resultado el cese de las pesadillas o, por lo menos, su disminución en número e intensidad. Por un lado, su soledad era muy estricta: desde que falleció su esposa, cinco años antes, suceso que coincidió con su jubilación y su traslado a aquella vivienda, no había vuelto a tener relaciones íntimas. Por otro lado, tenía un profundo prejuicio personal contra la masturbación, sin ninguna base moral o religiosa, sino simplemente porque estaba convencido de que ese acto exige un cómplice o compañero para que sea efectivamente real. Por muy distante y tenue que sea la relación entre las dos personas, es preciso aventurarse al mundo real y hacer algo en él, aunque sea algo muy leve.

Sin duda, en esta postura había sombras de un sentimiento de culpabilidad, pues en su lejana infancia absorbió toda clase de nociones erróneas acerca de la insalubridad del autoerotismo, y seguían influyendo en sus sentimientos, y posiblemente también en su intelecto. Influía también la ética laboral del protestantismo, según la cual todo tiene su precio, y hay que trabajar, sudar y sufrir por cada cosa que se quiere conseguir.

Es posible que en la actitud del viejo hubiera también un toque de la romántica creencia de que el sexo no merece la pena si no está sazonado con el peligro, lo cual requiere también que uno se aventure más allá de sí mismo.

Unos ocho meses atrás, en la última ocasión en que Ramsey percibió signos de tensión sexual creciente (signos que eran mucho más grotescamente inapropiados, temibles, opresivos y deprimentes que sus actuales pesadillas, las cuales parecían terminar con un fuerte atisbo de entierro prematuro), había imaginado la manera de liberar su tensión. Esta consistía en aventurarse unas cuatro manzanas por el mundo exterior (el mundo que se extendía al otro lado de la puerta del árbol de apartamentos) hasta un teatrito llamado Cabaña íntima. En aquel local, por un precio modesto (en estos tiempos de inflación), podía entrar en contacto con tres muchachas (se trataba de un contacto silencioso a través de un pesado vidrio opaco por el otro lado), las cuales se desnudaban y se exhibían íntimamente de una manera calculada para provocar la excitación.

(Una pausa para observar que hemos vuelto a salir del árbol de apartamentos, pero sólo como una aventura recordada... Y, como hemos visto, la memoria es incluso menos real que el sueño.)

El motivo por el que Ramsey no había vuelto a recurrir ni una sola vez a aquellas jóvenes en cuanto empezaron las pesadillas con sus reveladoras erecciones terminales, presentando pruebas de una creciente tensión sexual, aunque no lo hiciera el contenido de las peculiares pesadillas, era que la representación de las chicas, aunque fue suficiente para sus propósitos, le pareció bastante turbadora moralmente e insatisfactoria en algunos aspectos desde un punto de vista estético, y dio origen a varias reflexiones tristes y nostálgicas cuando repitió mentalmente el espectáculo.

Agachando la cabeza bajo una pequeña marquesina brillantemente iluminada, entró en el penumbroso vestíbulo de la Cabaña íntima. Depositó un billete de diez dólares sobre el mostrador, ante el joven barbudo, sin mirarle; recogió los dos dólares que le devolvió, con la amable explicación de que la tarifa era reducida para los señores de edad, y se unió a una media docena de hombres silenciosos que esperaban; la mayoría deambulaba por la sala, nerviosos y sin mirarse los unos a los otros.

Tras una espera moderada, en la que el número de clientes fue aumentando, hubo un movimiento más allá de las cuerdas de terciopelo rojo, cuando acompañaron a los anteriores espectadores a una puerta de salida distinta. Al cabo de un par de minutos de pausa, apartaron una sección de cuerda roja, y los nuevos espectadores penetraron en un estrecho vestíbulo interior en el que había dos entradas oscuras, con unos cuatro metros de separación entre ambas. Ryker entró en cuarto lugar por la puerta de la izquierda, y se encontró en un pasillo curvo y poco iluminado. A la izquierda estaba la pared; a la derecha había una especie de armarios grandes, cubiertos en parte por gruesas cortinas, cada uno con una lóbrega ventana al fondo. Entró en la primera cabina desocupada (que resultó ser la segunda), cerró las cortinas tras él y se sentó torpemente ante la ventana, en un taburete de bar bastante bajo, único mueble que contenía el cubículo.

La cabina era sofocantemente pequeña, y Ryker calculó que el espacio del suelo sería el de la mitad del ascensor que había en el árbol de apartamentos, la capacidad del cual era de seis personas.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la cabina y a la penumbra de la estancia más grande que había al otro lado de la ventana, vio que aquélla era más o menos circular, con una serie de espejos rectangulares en la pared, y se dio cuenta de que cada uno de ellos debía de corresponder a una cabina como la suya, con excepción de uno de los espacios cubierto por una estrecha cortina que llegaba hasta el suelo. De algún invisible altavoz surgía una suave música de jazz con un toque de blues.

Las ventanas estaban enmarcadas por hileras de bombillas blancas , apenas encendidas; probablemente la intensidad de la luz se regulaba con un reóstato. El suelo tenía una gruesa moqueta de color claro, y había algunos almohadones esparcidos. Del techo, colgaban cuatro cuerdas de terciopelo, más delgadas que las del vestíbulo, cada una terminada en un asidero de cuero acolchado. Con inquietud, Ryker reparó también en dos raquetas recubiertas de terciopelo, no mayores que paletas de ping-pong, sobre uno de los almohadones. La penumbra daba a todas las cosas un matiz negruzco, como si un fino hollín cayera continuamente del techo.

Percibió una agitación en las otras cabinas y vio que una muchacha había entrado en la sala de los espejos mientras él tenía su atención fija en las raquetas. Al principio, no se veía bien si estaba desnuda o vestida, pero a medida que empezó a caminar, sin apenas mirar los espejos, el rostro hacia adelante como el de un sonámbulo, el volumen de la música empezó a aumentar y las luces también fueron haciéndose más brillantes. Ryker vio que era rubia y que podría tener cualquier edad entre diecinueve y veintinueve años, cosa que sería imposible saber con exactitud. Confió en que tuviera diecinueve. Llevaba un sostén ribeteado por lo que parecían tiras de piel de conejo blanco. Un diminuto delantal de la misma clase de piel colgaba sobre la entrepierna, adherido a alguna clase de taparrabo, y calzaba unas botas cortas de piel, también de conejo blanco.

La chica bostezó y se estiró, miró a su alrededor y entonces se desprendió rápidamente del sucinto atuendo, pero en vez de dejarlo caer al suelo o dejarlo sobre uno de los almohadones, lo llevó a la entrada cubierta por una cortina que interrumpía la pared de los espejos y lo entregó a alguien que debía de estar al otro lado. No iban a correr el riesgo de que la piel se ensuciara... ¿Cuántas representaciones diarias tenían que dar las chicas? Ryker también se dio cuenta de que los pasillos a izquierda y derecha que daban acceso a las cabinas no se unían detrás, como había imaginado al principio, sino que debía de haber un pasillo de entrada para la chica que actuaba. Menos mal que no había intentado dar toda la vuelta, revisando todas las cabinas antes de elegir una... Entonces, posiblemente, hubiera perdido la suya.

La hendidura vertical en la cortina se ensanchó, y a la rubia, ahora desnuda, se le unió una morena también desnuda de la misma edad indeterminada. Se abrazaron tierna pero rutinariamente, como en un sueño, moviéndose al compás de la quejumbrosa música, y entonces se separaron, rozándose los pequeños senos, dejando que los dedos permanecieran unos instantes en los pezones erectos antes de deslizarlos hacia las vulvas respectivas. Entonces, por separado, emprendieron un recorrido alrededor de las cabinas, mirando a cada espejo al tiempo que se contorsionaban, arqueaban el cuerpo, movían la pelvis y agitaban las nalgas. La morena estaba frente a Ryker, al otro lado de la estancia, y la rubia, a la izquierda, iba acercándose. El viejo tenía la boca seca y su respiración se aceleraba. Se dijo que estaba entrando en erección, o le faltaba poco. Sentía celos por el tiempo que la rubia dedicaba a las demás ventanas, pero, de algún modo, temía que se acercara.

Entonces, la vio contorsionándose ante él, con el semblante sin expresión, mirándole. ¿Podría verle? ¡Claro que no! Veía las ventanas al otro lado, y sólo reflejaban su propia ventana opaca. Pero supongamos que la chica se agachara y apretara el rostro contra el vidrio, colocando las manos a los lados para contrarrestar la luz... Retrocedió involuntariamente, se recobró de inmediato y casi con la misma celeridad acercó el rostro para admirar los senos que ella acariciaba lentamente. Sí, sí, pensó desesperada, sumisamente, eran pequeños, firmes, en modo alguno fláccidos, buenos pezones con grandes aureolas, espléndidos, sí, espléndidos, sí, espléndidos...

Y entonces se vio obligado a seguir con la mirada las manos que descendían por la esbelta cintura, pasaban junto al ombligo y el claro vello púbico, y abrían los labios de la hendidura.

Todo era muy confuso, aquellos pliegues y cintas membranosas, de brillante membrana roja y rosada. Desde luego, los genitales de un hombre son mucho más nítidos, más parecidos a un buen y claro diagrama, con un diseño más juicioso. Cuando era joven, siempre tenía demasiada prisa para detenerse a estudiar los genitales femeninos, estaba demasiado excitado y abrumado por la importancia de mantener la erección. Eso y la vieja y estúpida sensación de que uno no debe mirar, de que eso va contra las reglas y es una cosa sucia. Con su esposa siempre lo había hecho en la oscuridad, o casi siempre. Y ahora, cuando era viejo y le fallaba la vista... Un dedo delgado se separó de los que mantenían la hendidura abierta para señalar arriba y abajo, el clítoris y la vagina. ¿Por qué no señalaba también la uretra? Tenía que estar por allí, en alguna parte. Resultaba difícil distinguir el clítoris en medio de todo aquel culebreo rojizo...




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