Las mejores historias de terror 3



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DAVID RILEY. ESPINOSO


David Riley fue uno de los tres autores representados en el primer número de la revista Whispers. Durante algunos años perdí el contacto con él, hasta que pasó por mi mesa uno de sus turbadores relatos de horror. David es un británico que colabora regularmente en las revistas y antologías de horror de su país. También ha publicado en Los mejores relatos de horror y en el libro Premios mundiales de fantasía.

Del Barchester Observer and Times del sábado, 8 de noviembre de 1974:

Esta semana ha tenido lugar el entierro de uno de los más notorios excéntricos de Pire. Horace Horatio Brierley, satanista con un estilo propio y autor de libros ilegibles sobre las «artes» negras, fue encontrado muerto por la policía la mañana del 1 de noviembre (con bastante propiedad, el día tras la vigilia de Todos los Santos), sin duda, víctima de suicidio. Al parecer, discípulo del infame Aleister Crowley, la «Gran bestia», cuya notoriedad llegó a su apogeo en los años treinta, Horace Brierley ha aparecido con frecuencia en nuestras páginas durante la década anterior. En sus últimos años se le solía ver con el pequeño mono sudamericano que, según él afirmaba, era su familiar «demoníaco», y con frecuencia fue el centro de una intensa controversia. Sin duda, lo más turbador con respecto a este hombre fue la acusación efectuada por varios padres escandalizados de que intentaba reclutar niños

para lo que llamaban «una guardería de culto satánico». Sea cual fuere la verdad de este asunto (y las investigaciones policiales continuaban en la fecha de su muerte), debe de haber pocos padres de pequeños impresionables que ahora no respiren con alivio porque ese hombre extrañamente carismático ya no esté entre nosotros. En esta era permisiva de la droga y el «poder de las flores». Charles Manson...

18 de abril de 1975

Nubes de polvo se elevaban en el aire mientras las paredes se derrumbaban. En medio del estruendo de las pesadas piedras que entrechocaban y se iban amontonando, surgía el chirrido mecánico de la grúa que hacía girar lentamente su gran bola de hierro en las entrañas expuestas de la casa. Los rayos del sol iluminaban las tiras del desvaído y mohoso papel que colgaban de las paredes. Se oyó otro estruendo reverberante, y piedras, polvo, yeso y papel quedaron reducidos a un montón de cascotes.

Cuando la pesada grúa avanzaba sobre sus orugas a lo largo de las viejas casas victorianas situadas en una crujía y condenadas a ceder su espacio a un bloque de pisos, el polvo de su destrucción ya blanqueaba las matas enmarañadas en sus jardines otrora espléndidos.

Dentro de una de las pocas casas todavía intactas, su oscuro interior lleno de telarañas y con hedor a encierro y descomposición, algo empezó a moverse, al principio débil y torpemente. Cuando un pequeño crucifijo invertido cayó de una pared temblequeante, revelando un minúsculo agujero, aumentó la intensidad de la raedura, hasta hacerse frenética. Unos gases fétidos se vertieron en el aire ya estancado, y algo pequeño y negro forzó su paso a través de la abertura. Los ojos rojizos parpadearon bajo la luz del sol, cuyos rayos llegaban difusos entre las voluminosas nubes de polvo. Masculló algo, presa del terror... ¿o tal vez era cólera? Unos labios negros retrocedieron y mostraron unos dientes afilados y amarillentos. Emitió un chillido y luego se abrió paso entre los montones de escombros, mientras la grúa seguía avanzando y dejaba la casa convertida en un montículo informe.

31 de octubre de 1978

Al regresar del supermercado, ambas manos cargadas con pesadas bolsas, la señora Glasson se detuvo un momento antes de cruzar la sombría entrada del bloque de pisos donde vivía, para escuchar. En algún lugar, no lejos de allí, un niño gritaba histéricamente. Las viejas y destartaladas casas de ladrillo rojo, dispuestas en una crujía, situadas enfrente del edificio, parecían hacerse eco de los lloros con regocijada mímica. Pensó que no cabía la menor duda de que era otra de aquellas ratas: aquellas ratas que, según se empeñaba en asegurar el

Departamento de Higiene, no existían. Frunció el ceño, con enojo y frustración, arrugando todavía más su ya arrugada frente, exasperada. No podía comprender cómo unos hombres adiestrados, cuyo trabajo consistía en buscar las alimañas y destruirlas, podían afirmar en serio que allí no había ninguna.

Con cierta resignación, avanzó lentamente hasta el ascensor, dejó las bolsas en el suelo, con una sensación de alivio en los doloridos hombros, y oprimió el botón del decimocuarto piso. No, se dijo para sus adentros, nunca podría aceptar que no había ratas en aquel lugar. Por mucho que afirmaran que habían registrado los pisos sin encontrar ninguna, ella jamás les creería. Ojalá pudiera creerlo, entonces se habría sentido más feliz. Pero los hechos eran los hechos..., y aunque los niños podían mentir, los cortes y los rasguños hablaban por sí solos. En su opinión, era un escándalo que «esos hombres» pudieran afirmar que no había ratas en aquel lugar. De haber estado en su mano, ella los habría despedido a todos, por pura incompetencia, aunque ellos, por su parte, habían señalado que no existía prueba alguna, salvo los relatos histéricos de los niños que decían haber sido atacados. Era evidente que algo había arañado y mordido a los niños, pero éstos insistían en que lo que les había atacado no eran en absoluto ratas, aunque ni ella ni nadie más había podido aceptar esa alternativa. ¡Cosas semejantes sencillamente no existen!

Cuando el ascensor se detuvo en el decimocuarto piso, la mujer miró la pared, frunciendo los labios en un mohín de disgusto. ¡Otro de aquellos ridículos dibujos! Alguien había garabateado con. Rotulador en la pared, y con una caligrafía evidentemente infantil, la palabra ESPINOSO en letras mayúsculas. Junto a la palabra había un dibujo no menos infantil de una criatura redondeada, parecida a un mono, con brazos y piernas arácneos y una cola larga y muy semejante a la de una rata. ¡Espinoso! Sólo los niños, con su mentalidad traviesa, podrían haber pensado un nombre así para una rata o hecho una representación tan extravagante de un roedor en su dibujo. Y sólo los niños, naturalmente, habrían embellecido el conjunto con unos puntos rojos, como gotas de sangre, alrededor de la boca abierta de la criatura.

Las puertas del ascensor se abrieron y la mujer se apresuró a salir, avanzando por el pasillo hacia su apartamento. La luz era lóbrega allí, más lóbrega que antes, y la señora Glasson miró a su alrededor con más intensidad que de ordinario, en busca del menor indicio de alguna de aquellas ratas «inexistentes». Al doblar la esquina del corredor vio otro dibujo. Era evidente que alguien debería poner en vereda a los niños, pensó con irritación. Si sus padres no hacían algo pronto, degenerarían en unos vándalos. Ya era suficiente tener ratas, vistas o no, para que además la palabra ESPINOSO estuviera garabateada por todas partes.

Apenas había remitido su irritación, cuando oyó un súbito ruido de pisadas —¡o de garras!— que se apresuraban hacia ella. Aspiró profundamente para ahogar un grito y giró sobre sus talones. Afortunadamente el pasillo estaba desierto: ni ratas ni nada. Fuera lo que fuese que había corrido allí un momento antes, había desaparecido. ¿Y si hubiera habido algo...? A medida que reaccionaba, notó que su estómago se tensaba involuntariamente.

—¡Espinoso! ¡Espinoso!

Eran voces de niños. ¿Dónde estaban?

La señora Glasson apoyó las bolsas contra la pared y regresó rápidamente al ascensor. Empezaba a temblar. Si se proponían jugar con ella....

—¡Es-pi-no-so!

Aunque las voces cantarinas eran débiles, no estaban muy lejos. ¿Quizá subían por el hueco de la escalera? Miró por encima de la barandilla y no pudo ver nada más que sombras, pues la mayor parte de las luces, como de costumbre, no funcionaban (se preguntó cuándo lo hacían) y hacía mucho tiempo que habían roto las ventanas y, por lo tanto, estaban cubiertas con tablas. ¿Estarían escondidos allí abajo, observándola desde la penumbra, riéndose de ella?

—¡ Es-pi-no-so!

Era casi como si le tomaran el pelo deliberadamente, sabiendo cuánto detestaba y, sí, temía el nombre.

—¡Es-pi-no-so!

—Sé quiénes sois —mintió la señora Glasson, gritando con voz aguda, demasiado aguda, en el hueco de la escalera—. ¡Y si no paráis esto ahora mismo, iré inmediatamente a ver a vuestros padres!

Se oyó un coro de risas infantiles, dejando bien claro que no creían en sus amenazas, antes de que bajaran ruidosamente los escalones de cemento, el ruido de sus pisadas resonando en las vacías profundidades del hueco de la escalera. También las risas resonaban, multiplicándose y disminuyendo, volviéndose menos humanas, menos infantiles, más... Pero no; no demonios, al margen de lo malévolos que pudieran ser a veces sus actos, eran sólo niños. La señora Glasson suspiró con fatiga y volvió por el corredor hacia sus bolsas y su piso.

Aunque normalmente no le turbaban los sueños, aquella noche, cuando yacía en la cama, su mente era un torbellino. Una vez tras otra se agitaba o se despertaba gritando a causa de una pesadilla. Entonces, pasaba unos minutos que parecían interminables escudriñando la oscuridad, sosegando su mente antes de conseguir dormir de nuevo. La noche parecía interminable, como un fatigoso y mareante carrusel del que, de vez en cuando mientras dormía, vislumbraba cosas que le habían inquietado y turbado, cosas que apenas podía recordar al despertar, pero que permanecían en el borde de su conciencia, amenazando con regresar.

Finalmente, se dio la vuelta y miró fatigada la oscuridad, incapaz de seguir durmiendo. En algún lugar, a lo lejos, un reloj daba las tres de la madrugada. Incluso las solemnes campanadas le parecían fatigosas, deprimidas.

Sabía que se había dejado afectar demasiado por los dibujos infantiles en las paredes, por su temor a las ratas y por las irritantes risas de los niños. Pero cosas que durante el día podían tacharse fácilmente como tonterías, parecían mucho más serias a las tres de la madrugada, sobre todo después de un sueño repetidamente interrumpido por pesadillas.

Dios mío, se dijo, ¿cuánto falta todavía para que amanezca? A medida que transcurrían los minutos sus ojos empezaban a escocerle, y falsas imágenes como espirales de diminutos puntos rojos pasaban por delante de ella en la oscuridad. En momentos así se daba cuenta de lo sola que estaba, con una soledad de la que quizá ella era la única culpable.

Habían pasado quince años desde que Roland, su marido, había hecho el equipaje y la había abandonado tras la última de sus disputas, cada vez más violentas y frecuentes. Recordó amargamente que la había llamado zorra paranoica. Todavía no había transcurrido una semana de eso, cuando se marchó de la ciudad con otra mujer. En aquella ocasión, y mil veces después, ella se dijo que simplemente había sido perceptiva, no paranoica, pero aquella palabra seguía doliéndole, como una herida sin curar. Permaneció con la mirada fija, contemplando los ilusorios puntos rojos que pululaban en la oscuridad, ante ella, tratando de olvidar sus recuerdos, haciéndolos retroceder más y más, enterrándolos debajo de algo, cualquier cosa, como una mala ama de casa que mete el polvo debajo de la alfombra, aunque ésta la traiciona con su abultamiento.

Lentamente, mientras ella contemplaba taciturna la oscuridad, los puntos parecieron fundirse y atrajeron más intensamente su atención. Parpadeó para disiparlos, pero ellos seguían allí, testarudos, mezclándose todavía más, haciéndose más pequeños y brillantes a la vez. Entrecerró los ojos. ¿Eran reales o no? Sin duda, allí había algo, algo pequeño y rojo, unos puntos gemelos de luz que no estaban separados más de tres centímetros y reflejaban el leve brillo crepuscular de la ventana cubierta por la cortina. Se preguntó qué podía ser y trató, somnolienta, de reproducir mentalmente la habitación. Pero nada parecía encajar.

De pronto, desaparecieron y, casi al instante, volvieron a aparecer. Con un escalofrío, la mujer se dio cuenta de que aquello había parpadeado.

Eran ojos, pequeños y rojos, unos ojos que miraban a los suyos, que la observaban con malevolencia.

Lanzó un grito y se irguió en la cama; con una instintiva exactitud su mano encontró el interruptor de la luz y la encendió. Algo pequeño y negro pareció cruzar corriendo la habitación, más veloz que la luz. En un instante se escurrió por la puerta parcialmente abierta y desapareció en la sala de estar.

La señora Glasson saltó de la cama. Antes de abalanzarse hacia la puerta, cogió un paraguas del armario, ahora segura de que la intrusa era una rata, una de aquellas ratas supuestamente inexistentes, pensó con una satisfacción perversa que empezaba, parcialmente, a vencer su alarma inicial. Que intentaran afirmar ahora que los pisos no estaban infestados de ratas. ¡A ver si se atrevían a seguir sosteniéndolo! Cautelosamente, abrió la puerta del dormitorio y entró de puntillas en la sala de estar. Con la mano libre palpó la pared en busca del interruptor de la luz, y lo apretó mientras cerraba con firmeza la puerta a sus espaldas. No podría permanecer oculta por mucho tiempo en una habitación tan pequeña, así que la atraparía allí.

Miró de un lado a otro la desvencijada sala de estar, pero no vio ninguna señal de la rata entre los montones de revistas femeninas y suplementos dominicales que allí había. Tampoco había rastro del animal al lado del televisor, bajo el que había muchas novelas rosas. Cruzó lentamente la habitación, deseando haber tenido unos minutos antes la presencia de ánimo suficiente para ponerse unas zapatillas, en vez de salir descalza del dormitorio. Tenía la desagradable sensación de que sus pies eran vulnerables mientras avanzaba sobre el frío y duro suelo, apretando con fuerza el mango del paraguas, que era como una porra abultada y difícil de manejar. Removió con cautela los montones de objetos entre los muebles, el contenido de una papelera, la densa negrura detrás de la estufa eléctrica, en forma de chimenea, con sus falsos troncos deslustrados y exánimes. Pero, a pesar de que lo registró todo a conciencia, dando la vuelta a todos los cojines y sondeando todos los rincones, no encontró nada, ni siquiera un pelo. No entendía cómo era posible que el animalejo se hubiera escapado.

Sacó de la alacena una botella de jerez (resto solitario de la última Navidad), la abrió y se sirvió un poco en un vaso para calmar sus nervios. Se sentó en el borde del canapé, con las rodillas juntas y la espalda encorvada, y las frías manos empezaron a temblarle. Razonó que si la rata no estaba allí, y no había manera de que pudiera haber salido de la sala —estaba segura de que no había podido salir—, entonces debía de haberla imaginado. No había otra explicación.

Cuando el calor del primero todavía alimentaba en su interior una sensación de bienestar, se sirvió otro vaso. Mientras tomaba un sorbo oyó un ruido, como si alguien hubiera encendido una radio a lo lejos, cuyo sonido era amortiguado por las paredes. Se oía tenuemente una canción ligeramente rítmica, similar, supuso, a los versículos repetitivos de una plegaria evangelista. Consultó su reloj de pared: eran las 3.15. ¿Seguro que alguna emisora de radio transmitía a aquella hora?

Perpleja, se dirigió a la puerta, descorrió el cerrojo y se asomó con cautela al corredor. Ahora los sonidos eran más claros y resonaban, como un monótono canto fúnebre, en el débilmente iluminado pasillo. Pero ¿quiénes eran? ¿Y por qué diablos armaban aquel escándalo a las tres de la madrugada? Era ridículo. Si descubría a los desaprensivos autores, los denunciaría por la mañana. ¡Ciertas personas parecían creer que podían hacer lo que les viniera en gana!

Decidida de pronto a llegar al fondo del asunto, entró de nuevo en el piso para ponerse un abrigo y unos zapatos, olvidada ya la escurridiza rata. Animada por dos vasos de jerez y una fuerte dosis de indignación, cruzó con rapidez el pasillo hasta el ascensor, tratando de discernir de dónde procedía el ruido, aunque no podía imaginar cuál de sus vecinos era el probable responsable. Quizá venía del piso de abajo. Recordó, con los labios apretados, que allí vivían varias parejas jóvenes.

Pero al aproximarse al ascensor los sonidos se hicieron más claros, y se dio cuenta de que eran ruidos infantiles. Su cólera se intensificó. Ya le habían molestado bastante, poniéndola nerviosa con sus ridículas bufonadas, y ahora sólo faltaba esto. El hecho de que a nadie más pareciera molestarle lo suficiente el estrépito para echar un vistazo fuera de sus casas —como si ella sola hubiera sido seleccionada para que lo soportara—, no hacía más que alimentar su cólera mientras se acercaba al hueco de la escalera y se asomaba al penumbroso abismo. Tras escuchar un momento, tuvo la certeza de que estaban allí: eran cuatro, quizá cinco.

Bien, ya veremos qué dicen sus padres cuando averigüe quiénes son, se dijo airada. Decidió no utilizar el ascensor, ya que haría demasiado ruido. No, sería mejor bajar cautelosamente por la escalera y sorprenderlos. De ese modo, si no los capturaba, por lo menos tendría la oportunidad de identificarlos. Quizá entonces podría poner fin a aquella absurda situación antes de que empeorase. Si sus padres no estaban preparados para ejercer sus responsabilidades, estaba segura de que una queja severa al encargado de los pisos solucionaría el problema.

Mientras empezaba a bajar los escalones de cemento de la escalera de caracol, percibió una extraña frialdad en la penumbra. Pocos apliques en la pared tenían la luz encendida, y las sombras en los intervalos eran largas y tétricas, no parecían naturales. Con excepción de los garabatos en los muros, el polvo y los desperdicios diseminados por los escalones, los montoncitos de suciedad y el pringue, era como descender a una mazmorra insondable y anónima, desierta desde tiempo inmemorial. Una y otra vez veía la palabra ESPINOSO garabateada en rojo en las paredes, junto con el grotesco dibujo. A medida que descendía, los dibujos eran más abundantes, dominaban el lugar. También había otros signos, parecidos a letras hebreas o árabes, y había eslóganes, estúpidos e infantiles, pero turbadores: LA GUARIDA DE ESPINOSO, ESPINOSO DIRIGE BIEN y ESPINOSO CHUPA SANGRE ROJA.

La señora Glasson se estremeció. El calor de su cólera, y con él su determinación, empezaba a enfriarse rápidamente a medida que iba bajando por la sombría escalera. Ésta no solía usarse, salvo cuando el ascensor estaba estropeado, y flotaba allí un insalubre olor a rancio, un olor que casi se mascaba. Cada vez le costaba más recordar que estaba en un moderno bloque de pisos y que a su alrededor, al otro lado de las descoloridas paredes, había docenas de personas, normales y corrientes, que dormían cómodas y calientes en sus camas. Había allí una deprimente atmósfera de aislamiento que le hacía estremecerse, le producía unas vagas pero persistentes sensaciones de inmensa antigüedad, como si aquello formara parte de algún mausoleo antiguo que se estuviera desmoronando. Miró con pesar hacia arriba, pero la oscuridad era tan intensa en una dirección como en la otra, y tampoco

los tramos de escalera por los que acababa de descender parecían ofrecer refugio. Pero ¿por qué habría de necesitar refugio alguno?, se preguntó con impaciencia. Sólo tenía que habérselas con un puñado de chiquillos. Sin duda, eso era todo.

Aceleró el paso, decidida a terminar con aquello lo más rápidamente posible, antes de que sufriera un ataque de nervios. Cuanto antes terminara, antes podría regresar a la segura familiaridad de su piso. Las frías y sombrías paredes, con sus garabatos, la repelían, especialmente con el canto mórbido de los niños que vibraba en el aire. ¿A qué podían estar jugando?, se preguntó, incapaz de imaginar qué impulso perverso podría haberles llevado allí, a las tres y media de la madrugada. Era una locura.

De repente, el canto se detuvo, y ella, sobresaltada, permaneció inmóvil. En el oprimente e intimidante silencio que siguió, retuvo el aliento de un modo automático, mientras los latidos del corazón golpeaban con intensidad desproporcionada en sus oídos.

Escuchó absorta el silencio... No era completo: había un sonido rasposo, tenue, ligero, como si algo, con unos pies diminutos que rozaban la áspera superficie de los escalones, los estuviera subiendo lentamente.

Se dijo que debía de ser una rata. Los niños debían de haber estado jugando con un roedor..., aquel al que llamaban Espinoso. La habrían oído bajar hacia ellos y por eso habían dejado de cantar, soltando la rata escalera arriba para que huyera asustada. Pues bien, no iba a marcharse asustada, no iba a dejarse intimidar por un grupo de chiquillos y una rata semidomesticada.

La señora Glasson aferró con fuerza el paraguas y lo alzó en el aire, atenta a la aparición de la rata en el siguiente tramo de escalones.

Oyó algo a sus espaldas, como un rumor de pies arrastrados. Demasiado tarde, se dio cuenta de que alguien debía de haberla seguido en silencio escalera abajo. Cuando se volvió para enfrentarse a quienquiera que fuese, su perseguidor saltó sobre su espalda. La mujer perdió el equilibrio y cayó hacia adelante, gritando angustiada. Mientras caía, los duros bordes de los escalones parecían abalanzarse hacia ella como hojas de hacha. Desesperada, extendió los brazos para salvarse, sintiendo un intenso y punzante dolor que atravesaba su brazo izquierdo como un atizador al rojo vivo, al chocar contra la pared del rellano. Supo que se había roto un hueso. Fuertes nauseas subieron a su garganta y se sintió mareada. Iba a perder el conocimiento.

«No puedo..., no puedo», musitó de manera incoherente, extendiendo el brazo sano para asir a quien se había aferrado a su espalda, como una sanguijuela, por cuyo peso y tamaño debía de tratarse de un niño. Unas manos pequeñas la agarraron por el pelo de la parte posterior de la cabeza, tirando de él con fuerza, mientras otras manos, igualmente pequeñas e infantiles, la cogían por los brazos y las piernas, inmovilizándolos contra los escalones. El brazo roto le ardía. «¡No!», gritó, y su voz sonó ridículamente tenue y débil. «¡No!» Con una fuerza inesperada, las manos que la cogían por el pelo tiraron de la cabeza hacia atrás y luego la impulsaron adelante, dirigiendo la frente con exactitud deliberada hacia el borde de un escalón. La cabeza golpeó una, dos veces, con crujidos resonantes. Tragó aire, como si se ahogara, incapaz de creer que aquello le estuviera sucediendo realmente. Era un sueño, una pesadilla. ¡Tenía que serlo! Unos destellos luminosos oscilaron ante sus ojos. De nuevo, las manos, ayudadas por otras, la agarraron por el pelo e impulsaron la cabeza hacia el escalón, ahora empapado de sangre. ¡Su sangre! ¿Qué estaban tratando de hacerle? ¿Qué les había ocurrido a aquellos chiquillos? ¿Por qué? ¿Por qué?

Ahora la sujetaban demasiadas manos, inmovilizándola contra el suelo, no podía librarse de sus atacantes ni ponerse en pie. Se sentía demasiado débil y aturdida para luchar, demasiado impotente. A través de una niebla grisácea que giraba y se hacía cada vez más oscura, atisbo a los niños que pululaban excitados a su alrededor, sus ansiosas manilas tendidas para cogerla. De nuevo, le golpearon fuertemente la cabeza contra el escalón, aturdiéndola aún más. La sangre, cálida y viscosa, goteó en sus ojos.

—Dejadme —suplicó—. ¡Por favor, dejadme!

Su voz era demasiado débil, casi inaudible. Se estaba desvaneciendo. Pero no debía; sabía que no debía perder el conocimiento. ¡No! Hizo un esfuerzo para erguirse, ignorando el dolor del brazo y el dolor que inundaba a oleadas su cabeza. Con un ojo todavía abierto y libre de sangre, vio algo en la escalera, más abajo, algo que miraba hacia arriba por detrás de los niños. Parecía una masa de piel vieja y huesos, grises y mohosos. Y algo más, algo que se aproximaba a ella, pequeño y negro, con un cuerpo parecido al de un mono, el rostro pequeño y apergaminado, la lengua repulsivamente hinchada, con la que lamía sus dientes rotos.

Los niños no parecían en absoluto compungidos por lo que habían hecho, y arrastraron a la mujer hacia los escalones, al tiempo que reanudaban su canto, jadeando a causa de sus esfuerzos. Repentinamente, la atmósfera se volvió aún más fría, glacial. De nuevo, los niños le golpearon la cabeza contra el borde del escalón, sus dedos casi arrancando mechones de pelo mientras lo aferraban malignamente con sus puños gordezuelos. A través de las oleadas de náusea que se habían apoderado de ella, la señora Glasson supo que estaba perdiendo el conocimiento. Intentó mantenerse despierta, pero era inútil. Una oscuridad enfermiza empezó a engullirla, pero antes de desvanecerse sintió que los niños le daban la vuelta y pudo ver de nuevo a la criatura parecida a un mono. Hilos de saliva, como una baba espesa, se deslizaban de sus delgados y negros labios. Entonces, uno de los niños, un chiquillo de cabello castaño rizado, alzó la mano por encima de ella: empuñaba un cuchillo que, por un momento, osciló alto, en el aire, y descendió.

1 de noviembre de 1978

—Bien, Ross, puedo decir sinceramente que me alegro de abandonar un lugar como éste.

El inspector jefe Innsmouth pronunció estas palabras cuando cruzaban la entrada del bloque de pisos, inclinando la cabeza contra la fría lluvia. Echaron a correr bajo la cortina de agua hacia el coche policial que esperaba pacientemente junto al bordillo.

Subieron a la parte posterior del vehículo, en cuyo techo la lluvia trazaba un estridente tatuaje. Como un feo monolito, el bloque de pisos se alzaba oscuro, monótono y sombrío contra el cielo.

El detective sargento Ross hizo una pausa para enjugarse la prematuramente calva cabeza con un pañuelo ya empapado, e hizo un gesto de asentimiento.

—Hay algo ahí que huele a podrido. Y en cuanto a lo que esa chica del décimo piso tenía que decir sobre..., ¿cómo se llamaba? Ah, sí, ese Horace Brierley...

Innsmouth soltó un gruñido.

—Usted no se acordará del viejo farsante, claro. Fue antes de que a usted le trasladaran a esta división. Pero pocas personas del lugar le han olvidado. Dicen que practicaba una especie de magia negra, alguna patraña de quinta categoría. Obtenía algunos ingresos dudosos con sus escritos, aunque sabe Dios quién compraría esa basura.

Aunque llevaba más de treinta años de servicio en la policía —y de duro servicio, por cierto, en zonas difíciles—, se estremeció cuando el fugaz recuerdo del cuerpo cubierto de sangre en los escalones cruzó por su mente. Desde el principio había tenido la impresión de que había algo peculiar, repulsivo, en la manera en que la mujer estaba espatarrada en los escalones. Desde luego, se trataba de un asesinato ritual. Y aunque la sangre era abundante, de alguna manera no parecía suficiente. Sus pensamientos volvieron a Brierley y dijo bruscamente:

—Vivió aquí, es cierto. —Señaló el alto bloque de pisos, con una mueca de disgusto —. La suya era una de las casas que derribaron para poder levantar este edificio, aunque por entonces él ya había muerto. Era un tipo excéntrico, muy peculiar. Tenía un sucio monito al que llamaba su «pariente»... Una de esas cosas propias de los brujos, agentes del mal y todas esas patrañas. Corrían rumores de que lo alimentaba con su propia sangre. No sé. Sólo le vi una vez, más o menos una semana antes de su muerte, y ya parecía estar completamente ido. Afirmaba nada menos que aquel mono, aquel «demonio», como lo llamaba, se estaba volviendo demasiado fuerte, que le obligaba a hacer cosas que él no quería hacer, le esclavizaba. Y deseaba nuestra ayuda.

—¿Y se la dieron? —preguntó Ross con una leve sonrisa.

—¿Qué? ¿Arrestar a su mono? Le mandé a paseo de inmediato, diciéndole que se apartara de mi vista o le empapelaría. De todos modos, por entonces estábamos investigándole, pues se sospechaba que había corrompido a niños pequeños con sus engaños demoníacos. Una semana después estaba muerto. Degollado.

—¿Y el mono?

—Desapareció. Tal vez se escapó, o quizá su amo lo mató. No lo sé. Lo único que sé es que desde entonces no se le volvió a ver. Hasta ahora, quizá, si hemos de creer las historias que nos acaban de contar.

—¿Ese Espinoso? ¿Ése que parece chiflar a los niños?

— Espinoso... — Saboreó la palabra —. Eso es lo que me hizo pensar en Brierley. Su mono se llamaba Espinoso. —Soltó un bufido de disgusto—. Pero no fue un mono quien mató a Alice Glasson, de eso estoy seguro. Vamonos. —Hizo una seña al conductor uniformado para que se pusiera en marcha—. Volvamos a un trabajo policiaco realista y dejemos los monos demoníacos a quienes pueden permitirse el lujo de creer en ellos.

Cuando el coche partió, varios niños salieron del edificio y empezaron a correr y brincar bajo la lluvia, unos rostros arrebolados por la excitación del triunfo, de un trabajo bien hecho. Corrían y gritaban una misma palabra: ¡Es-pi-no-so! ¡Es-pi-no-so!

En una arcada de ladrillo rojo, semioculta en las sombras, un anciano les observaba. Una barba polvorienta cubría sus facciones demacradas y una bufanda deshilachada le envolvía la garganta. Algo se movió con impaciencia bajo su abrigo, mientras los niños correteaban por la calle, y se tocó la bufanda que le envolvía el cuello, como si palpara las protuberancias de la herida que los años habían endurecido pero que nunca podrían borrar. Una mano peluda, pequeña pero poderosa, salió de debajo del abrigo y tiró del cuello de éste con gesto imperativo. El viejo agitó un brazo, llamando a los niños. Cuando caminaba arrastrando los pies por el callejón cubierto de musgo que partía de la arcada, los niños penetraron en la oscuridad, tras él, con una ansiosa expectación en sus rostros infantiles, que ni siquiera podía aquietar el intenso olor de tierra vegetal.

Del Barchester Observer and Times, lunes, 3 de noviembre de 1978:

VÁNDALOS CAUSAN DESTROZOS EN UN CEMENTERIO

EN ASALTO PERPETRADO LA VIGILIA DE TODOS LOS SANTOS

En la vigilia de Todos los Santos, unos vándalos, que según la

policía eran mayoritariamente niños, causaron extensos daños en

el cementerio de Moorgate, en Pire. Levantaron varias lápidas

sepulcrales y dañaron severamente varias de ellas, en grado tal que

será imposible reparar algunas de ellas. Una de las tumbas fue

abierta por completo y su contenido robado. Fragmentos del

ataúd se encontraron esparcidos en una amplia área. Aunque el

tamaño de las huellas encontradas en la zona donde ocurrieron los

hechos indica que los responsables eran niños, la policía no descar-

ta la posibilidad de que pueda ser el resultado de una reunión de

brujas. Las sospechas surgieron cuando se descubrió que el cadá-

ver robado era el de Horace Brierley, famoso en otro tiempo, que

se suicidó en 1974, después de que se le considerara responsable de

corrupción de menores. Satanista con un estilo propio y discípu-

lo de...


—¡John! ¡Ven aquí en seguida! —Elizabeth Grant cogió a su hijo del brazo y le hizo entrar en el piso—. ¿Dónde diablos has estado jugando? ¡Estás lleno de suciedad! —Airada, limpió la tierra vegetal gris y verde que manchaba las ropas y el rostro del pequeño, arrugando la nariz a causa del olor acre a corrupción—. ¿Dónde has estado jugando? —repitió—. Y no te quedes ahí mirándome de esa manera, como si no hubieras roto nunca un plato. ¡Si crees que puedes ir por ahí y jugar donde te dé la gana, estás muy equivocado!

El niño sonrió y dijo:

—Sólo he estado jugando con el tío Horace. Nos ha enseñado cosas.

—¡No tienes ningún tío Horace! —le amonestó ella, suspirando con exasperación mientras soltaba el brazo del niño y le indicaba el baño—. Entra ahí ahora mismo y lávate. Quiero verte impecable antes de la hora del té.

Estos niños y sus amigos imaginarios, pensó la mujer. ¡Primero fue esa criatura. Espinoso, y ahora el tío Horace! ¿De dónde sacarán esas ideas?

John entró brincando en el baño.

—¡Es-pi-no-so! ¡Es-pi-no-so! —entonó en voz baja, casi entre dientes, como si fuera una nana apremiante—. ¡ Es-pi-no-so!

Y sonrió, recordando algo de lo que le habían enseñado en la mohosa oscuridad.

Notó que algo se movía furtivamente en su bolsillo y sacó el ratoncillo gris, el cual le miró con sus ojos negros en los que destellaba la malevolencia. Cuidadosamente, le dejó anidar en la palma de su mano, y no se echó atrás cuando sus dientes puntiagudos abrieron un limpio y diminuto agujero en la muñeca y empezaron a succionar. Miró la puerta del baño mientras el animalejo se alimentaba. Oía los sonidos de su madre que iba de un lado a otro, preparando el té. Su sonrisa se ensanchó y en sus ojos empezaron a titilar unos secretos destellos de luz.




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