Las mejores historias de terror 3


BERNICE BALFOUR. EL PAÑUELO



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BERNICE BALFOUR. EL PAÑUELO


De vez en cuando, un escritor novel me envía un relato que va a parar al «lodazal» (manuscritos no solicitados) y se niega a hundirse en el fango. Así ocurrió con Bernice Balfour, que ya había publicado años atrás en la Mystery Magazine de Alfred Hitchcock, cuando me envió «El pañuelo». Ello explica por qué los editores tenemos «lodazales».

El día había comenzado de un modo bastante agradable. A primera hora de la tarde, después de haber pasado la aspiradora, Margaret puso la carne en el horno y empezó a pelar patatas y guisantes. Como era el cumpleaños de Bill, su trigésimo sexto, había pensado preparar una cena especial, coronada por un pastel con velas.

Pasaban doce minutos de las tres cuando sonó el timbre de la puerta, y Margaret se sobresaltó. No era posible que Bill regresara tan temprano, ni siquiera el día de su cumpleaños. Normalmente, ella iba a recogerle cada tarde al Servicio Vocacional de Invidentes, donde trabajaba como instructor. Pero aquel día, como ella estaba tan ocupada, uno de los administradores se había ofrecido para llevar a Bill a casa.

Margaret miró a través de la ventana de la sala, que daba al porche, y cuando vio quién era emitió un hondo suspiro, la única expresión cercana al enojo que se permitía. Cruzó rápidamente la sala y se miró en el gran espejo voladizo, por encima del sofá. Sí, el pañuelo

estaba en su sitio, bien atado bajo el mentón, y le ocultaba la mayor parte del rostro. Entonces, se dirigió a la puerta y la abrió.

Un muchacho muy alto y delgado, de rostro granujiento, le dirigió un sonrisa sesgada mientras le tendía el Herald de la tarde. Margaret se preguntó por un momento qué edad tendría: doce años, trece a lo sumo, aunque por su estatura parecía mayor. Se obligó a sonreír para amortiguar el impacto de sus palabras:

—Mira, Don, mi hermano y yo ya te hemos dicho que no es necesario que llames al timbre cuando traigas el periódico. Basta con que lo dejes en el porche, como hacías antes. —Y, recalcando las palabras, añadió—: Como tantas veces te hemos pedido que lo hagas.

El chico sonrió, la mirada fija en el colorido pañuelo que cubría el rostro de Margaret, dejando visibles poco más que los ojos, la nariz y la boca.

—De acuerdo —le dijo, sin tratar de disimular su regocijo—. Haré todo lo posible para recordarlo.

No hizo ningún ademán de marcharse, sino que permaneció allí, en pie, sonriéndole.

Mientras le cerraba la puerta en las narices, Margaret se permitió otro suspiro. Precisamente tenía que ocurrir un incidente tan desagradable el día del cumpleaños de su hermano. La semana anterior ella y Bill se habían felicitado porque finalmente habían logrado que Don comprendiera su postura..., o así lo habían creído. Ahora Margaret tenía la certeza de lo que había sospechado durante mucho tiempo: aquel chico no sólo era duro de mollera, sino también un mirón. Sabía que ella se ponía el pañuelo por algún motivo, y lo que deseaba, sencillamente, era ver algo terrible, como las barbaridades que veía en las películas televisivas de horror y ciencia ficción que debían de absorberle.

Dos horas más tarde oyó el ruido de un coche que subía por el sendero de acceso a la casa. Corrió a la puerta y abrió a su hermano. Bill era un hombre alto y apuesto, con su espeso cabello negro peinado hacia atrás. Mientras Margaret saludaba con la mano al conductor y le daba las gracias, Bill la besó en la mejilla.

Aunque legalmente era ciego, Bill no carecía por completo de la vista. Con la ayuda de unas gafas especiales podía distinguir los objetos grandes y moverse por la casa de un modo satisfactorio, pero, naturalmente, no podía conducir o desempeñar ningún trabajo que requiriese leer y escribir. Enseñaba el alfabeto Braille y daba charlas sobre oportunidades vocacionales a personas invidentes. Según sus supervisores, era un maestro excelente.

Mediada la cena —su hermana siempre le cortaba los alimentos en trozos pequeños, para facilitarle la tarea—, frunció el ceño y dejó el tenedor en el plato.

—¿Qué te ocurre, Margaret? Me parece que no estás tocando la comida.

Ella tenía humedecidos sus grandes ojos marrones, y se apartó un mechón de cabello grisáceo que se había deslizado fuera del pañuelo y le caía sobre la frente.

—Es que quería que hoy todo fuese tan..., tan perfecto.

—¡Pero si lo es, querida! La cena está deliciosa...

—No, no, Bill. No me refiero a la cena. —Se enjugó los ojos con un pañuelo de papel que extrajo del bolsillo del delantal—. Ese chico..., ese muchacho terrible ha vuelto. —Hizo una pausa para que sus palabras causaran efecto—. Es más, estoy segura de que ha estado fisgoneando en el patio trasero, en compañía de otros gamberrros. No los he visto, es cierto, pero he oído ruidos. Hace ya varios días que oigo sonidos extraños entre los arbustos.

Bill estaba serio.

—¿Qué quería ahora?

—Una vez más creo que sólo se trataba de curiosidad —respondió Margaret—. Esperaba que hubiese olvidado ponerme el pañuelo. Con un gesto automático, sus dedos tocaron la tela —de seda alegremente coloreada para aquella velada— que le envolvía la cabeza.

—Quizá deberíamos cancelar nuestra suscripción —sugirió Bill.

—Es posible —convino Margaret—, aunque sería muy incómodo tener que salir cada noche para comprar el periódico y, además, te gusta mucho que te lea las noticias locales.

—Entonces, este fin de semana podría hablar otra vez con él. Llamé a la agencia, pero me dijeron que es el único chico que tienen disponible para nuestra zona.

Margaret asintió, consciente de que ya habían hablado de aquello muchas veces. Sospechaba que, a veces, su hermano tenía la sensación de que daba demasiada importancia al asunto, pues aunque el muchacho era un fastidio y un mocoso, difícilmente constituía una amenaza para la sociedad.

—Supongo que yo misma estoy siendo un fastidio —dijo Margaret en voz baja—. A veces creo que habrías salido mejor librado casándote con Julie y olvidándote de mí.

—¡Qué estás diciendo, Margaret! —Bill suspiró y meneó la cabeza, afligido porque su hermana seguía necesitando sus palabras de aliento—. Mira, cuando volví de Vietnam, lleno de lástima hacia mí mismo, sin saber adonde dirigirme, sólo hubo una persona que me dio esperanza, ¡y resulta que esa persona es mi hermana mayor! —Miró en la dirección de Margaret, con una expresión de afecto—. La hermana , por cierto, que, tras la muerte de mamá, me crió prácticamente sin ayuda de nadie. —Mientras cogía la copa de vino hizo una pausa—. Sí, papá era un buen sostén de la familia, no lo niego, pero no hace falta que te diga que nunca tuvo mucho de padre. No vertí ni una sola lágrima cuando me escribiste diciéndome que había muerto en el accidente. Estaba mucho más preocupado por ti.

Margaret volvió a enjugarse los ojos.

—También yo podría decir muchas cosas buenas de ti, Bill. Cuando volviste de Vietnam, sabías lo del terrible accidente de tráfico, sabías que me había deformado el rostro y que los médicos no podían hacer nada para ayudarme. Pero me aceptaste tal como era, como soy.

—Entonces, ¿por qué temes tanto quitarte el pañuelo en mi presencia? —le preguntó él quedamente—. A pesar de las cicatrices, tu rostro siempre será adorable para mí.

—No es por ti, querido Bill —dijo Margaret con dulzura, pues no quería herirle recordándole que él apenas podía verle el rostro—. Es por los demás, por la gente que llama a la puerta, como ese chiquillo horrible. Cuando regresé del hospital, no llevaba ningún pañuelo, y pude ver la expresión en las caras de la gente: una mezcla de lástima y horror. Entonces, me miré en el espejo y me eché a llorar. El pañuelo pareció ser la solución más simple para todo el mundo.

Con bastante torpeza, Bill extendió un brazo por encima de la mesa y cogió la mano de su hermana.

—No te preocupes, Margaret, te comprendo perfectamente. Pero te pido, por favor, que no vuelvas a mencionar a Julie.

Margaret asintió, pensando en la prometida de Bill, la cual había esperado que regresara del extranjero y, a pesar de su disminución física, seguía dispuesta a casarse con él. Pero cuando Bill le explicó que Margaret viviría con ellos porque también ella tenía una disminución física y necesitaba amor y apoyo, Julie rompió su compromiso. Margaret apretó los labios al recordar lo que Julie dijo a Bill la última noche que se vieron. Aunque reacio, finalmente Bill le contó a su hermana lo sucedido.

«No me casaré con los dos, Bill», le dijo Julie. «Tu hermana ha tenido un grave percance, pero aun así puede encontrar algún trabajo y vivir su vida.»

Estos acontecimientos no indignaron a Margaret. En realidad, le habría sorprendido mucho que Julie aceptara los planes de Bill. En cualquier caso, hizo lo que era lógico: le dijo a su hermano que se apartaría de su vida, que era libre de casarse, pero, naturalmente, Bill se negó, como ella sabía que lo haría.

«Quiero a Julie, o al menos la quería, pero también te quiero a ti, Margaret —le dijo—. Si Julie te separa de mi vida, entonces no es posible que nuestro matrimonio funcione.»

Margaret se sintió profundamente conmovida. Qué enternecedora era su historia, la de un hermano y una hermana fieles, que permanecían lealmente juntos y se ayudaban mutuamente. En un mundo lleno de cosas desagradables, el suyo era un relato de encanto y belleza. Margaret resolvió que Bill nunca tendría motivos para lamentar su decisión, aunque sospechaba lo que él nunca admitiría: que aunque permanecía a su lado, no dejaba de albergar el reprimido deseo de casarse y tener su propia familia. Así pues, Margaret se convirtió en una excelente cocinera y ama de casa, respetaba el trabajo de Bill y su intimidad, no le exigía apenas nada, y, sin embargo, ella siempre estaba presente cuando él necesitaba compañía o ayuda. Habría hecho cualquier sacrificio por él, porque, a su modo de ver, no había ningún hombre cuya personalidad y carácter se aproximaran siquiera a los de su hermano, y estaba orgullosa por haber jugado un papel importante en su formación.

Al día siguiente, por la tarde, aproximadamente una hora antes de que tuviera que ir a recoger a su hermano, Margaret, provista de la escoba y el recogedor, salió al porche y empezó a barrer. Tan absorta estaba en su tarea, que no percibió la aproximación del muchacho.

—Vaya, es la primera vez que la veo fuera de casa.

Ella se volvió rápidamente y observó al chico, con la bolsa de los periódicos al hombro y una ancha sonrisa en el rostro.

Se aclaró la garganta con nerviosismo.

—Sí, bueno, no salgo muy a menudo.

Una vez más, con aparente fascinación, el muchacho miró fijamente el pañuelo fuertemente atado alrededor de la cabeza. De repente, hizo la pregunta inevitable:

—¿Cómo es que siempre lleva ese pañuelo?

Margaret se puso rígida.

—No creo que sea asunto tuyo, Don. —Tendió la mano, obligándose a fingir una cortesía que no sentía—: Dame el periódico, por favor, tengo que entrar.

Él se acercó un poco más, su mirada posada en el pañuelo.

—¿Por qué no se lo quita? ¿No tiene calor llevándolo continuamente?

— ¡Te digo que hagas el favor de darme el periódico!

Margaret notó que el rubor se extendía por sus mejillas, bajo el pañuelo. Por un momento su temor había cedido el paso a un profundo disgusto por la ridícula persistencia del chico.

Él rió entre dientes y tendió el Herald a Margaret.

—Tiene un aspecto raro y actúa de una manera no menos rara —le dijo.

Margaret se apresuró a entrar en casa y cerró de un portazo, con las manos temblorosas y el corazón desbocado. Se sentó junto a la ventana de la cocina e hizo un esfuerzo para reponerse, porque casi era la hora de ir a buscar a su hermano.

Durante el trayecto de regreso con Bill, éste le preguntó qué le sucedía.

—Mira, Margaret, las personas como yo siempre tenemos un sexto sentido. Y el mío me dice que estás muy trastornada.

Ella suspiró y le contó con todo detalle lo que había ocurrido, sin atenuar el incidente ni exagerarlo. Su hermano asintió.

—Muy bien, no hay más que hablar. En cuanto lleguemos a casa telefonearé a la agencia y cancelaré la suscripción. Prefiero quedarme sin periódico a seguir aguantando que ese mocoso te fastidie.

Aunque Margaret pareció complacida por la decisión de Bill, en realidad sentía una decepción persistente porque no era posible hacer nada más. De algún modo, tenía la certeza de que así no dejaría de ver para siempre al repartidor de los periódicos. Pero, naturalmente, decidió dejar el asunto de lado, no fuera a perder la comprensión de su hermano.

Transcurrieron días, semanas y meses sin que Don volviera a molestarla, y Margaret estaba más relajada y alegre. Disfrutaba del papel de ama de casa, escuchaba música mientras limpiaba y arreglaba la casa, y planeaba deliciosos menús para la cena. Hacía todo lo humanamente posible para asegurar la comodidad de su hermano y procurarle un hogar acogedor. Como Bill había sido un lector omnívoro antes de la guerra, ahora Margaret le leía durante horas en las veladas. A veces, él llevaba a casa «libros parlantes», y los dos escuchaban la cassette. En ocasiones, un amigo o un vecino afectuoso les hacía una breve visita. Los fines de semana que hacía buen tiempo, Margaret llevaba a su hermano al campo, donde comían tal como habían hecho en su infancia. En general, la vida era agradable para ambos, sin que la enturbiaran los choques por diferencias de personalidad o desacuerdos. Margaret nunca había estado más satisfecha.

Pero había ocasiones en que se sentía vagamente preocupada y el intento de descubrir la causa de su malestar desembocaba siempre en Don, el repartidor de periódicos. Una preocupación tal le parecía tan absurda, incluso a ella misma, que nunca hablaba de ello con Bill. Para éste el muchacho había desaparecido de su vida al cancelar la suscripción. Y, aun en el caso de que volviera, ¿qué diablos podía hacer un estúpido chiquillo como aquél?

Inesperadamente, Margaret tuvo la respuesta una tarde, cuando daba los últimos toques a un cocido de carne, uno de los platos favori- tos de Bill. El timbre sonó cuando estaba a punto de poner la cazuela al fuego. Margaret se dirigió a la ventana del comedor, desde donde miró hacia el porche, y vio a un niño de cinco o seis años totalmente desconocido. Margaret se ajustó un poco más el pañuelo y abrió la puerta.

De repente, alguien que había permanecido inmóvil al lado del porche apartó al pequeño. Margaret se echó a gritar al tiempo que el repartidor de periódicos entraba en la casa y cerraba de un portazo.

Ella retrocedió, presa de un fuerte temblor. El intruso ya no era un chico de doce o trece años, sino un energúmeno dispuesto a devorarla.

—¿Qué... qué quieres de mí?

El muchacho respondió con una risa aguda. Rápidamente extendió un brazo y cogió el pañuelo, aflojándolo y dejando al descubierto la mayor parte del rostro.

—¡Vaya, no puedo creerlo!

Margaret lanzó un grito aterrador, inhumano, mientras empujaba al muchacho con todas sus fuerzas. Cogido por sorpresa, el chico cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza en la chimenea de piedra. Petrificada, Margaret le vio derrumbarse lentamente en el suelo y, como si estuviera en trance, se arrodilló a su lado y le tomó el pulso: era fuerte, y la respiración del niño regular. Margaret comprendió que sólo estaba aturdido y que en seguida recobraría la conciencia.

Con movimientos lentos y cuidadosos, levantó la cabeza del muchacho, y entonces, con todas sus fuerzas, la golpeó varias veces contra la piedra. Volvió a tomarle el pulso y comprobó que era mucho más débil. Miró el rostro del chico y se estremeció. La saliva fluía desde una comisura de la boca y tenía los ojos vidriosos. Le aplicó su oído al pecho y, poco a poco, una sonrisa apareció en su rostro. Sí, ahora estaba completamente segura.

Fue al teléfono y llamó al hospital, luego a la policía, explicando con todo detalle lo que había sucedido al comprensivo funcionario: el acoso constante que su hermano podría atestiguar, la cancelación de la suscripción al periódico, y ahora, aunque no era culpa suya, el trágico accidente.

—He pedido una ambulancia, pero me temo que es demasiado tarde. Como le digo, el muchacho me atacó y forcejeamos. Al tropezar y caer al suelo, se ha dado un mal golpe en la cabeza.

El policía se mostró de lo más amable y dijo que enviaría un coche de inmediato, asegurándole que había hecho las cosas correctamente.

Estúpido chiquillo, no podías dejarme en paz, ¿eh? Pero no te habría hecho esto si no me hubieras visto. Se lo habrías contado a todo el mundo... Oh, sí, sé que lo habrías hecho. Tenía que protegerme.

Margaret se dirigió al espejo del vestíbulo y se ajustó el pañuelo de nuevo. Miró por un momento su rostro, sin ninguna señal, excepto una pequeña cicatriz blanquecina cerca de la línea del cabello, el resto de una herida curada mucho tiempo atrás. Mientras hacía un fuerte nudo bajo el mentón, oyó el chillido desolado de una sirena.





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