Las mejores historias de terror 3


JULEEN BRANTINGHAM. LA COMPRA DEL PAPEL HIGIÉNICO



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JULEEN BRANTINGHAM. LA COMPRA DEL PAPEL HIGIÉNICO


Supongo que en otro tiempo lo habrían llamado un reformatorio, pero no formaba parte del sistema penitenciario, sino que era una institución privada. Pero, a pesar de las tarifas que cobraban, tenía la atmósfera triste de una prisión y demasiados «consejeros» adultos para que las internas tuvieran alguna duda acerca de su propósito. El motivo por el que yo estaba allí no tiene especial importancia. Baste decir que en un momento determinado mis padres se convencieron de que iba camino del infierno y se les habían terminado los obstáculos para frenar mi avance. Era preciso algo drástico para reformar mi carácter, y ese algo resultó ser la Escuela Femenina Halloran.

Como he dicho, aquel centro no formaba parte del sistema penitenciario. En un momento u otro, la mayoría de nosotras habíamos tenido roces con la ley, pero nada lo bastante serio como para convencer a un juez de que la sociedad saldría ganando si nos tenían encerradas durante un período de tiempo. Había excepciones, naturalmente, excepciones que olían a dinero en abundancia.

Cyssy Randell era una de ellas. Todavía no llevaba allí media hora cuando me enteré de que Cyssy le había producido algunas lesiones a su novio porque aspiraba a ser su ex novio. Robó un coche, obligó a la policía a que la siguiera a más de ciento sesenta por hora y acabó estrellándose contra un autobús escolar, por fortuna vacío, excepto por el conductor, que sólo salió conmocionado del choque. Se rumoreaba que los padres de Cyssy habían hecho tratos y pagado sobornos, y cuando salió del hospital la abandonaron en el portal de la escuela Halloran.

También, según los rumores, habían pedido a la directora del centro que la mantuviera allí hasta que tuviera la mayoría de edad y sus padres pudieran legalmente lavarse las manos con respecto a ella. La verdad de este rumor lo confirmaba el hecho de que Cyssy nunca salía del recinto escolar, ni siquiera cuando las peores de nosotras íbamos a casa por Navidad, Semana Santa y a pasar unas cortas vacaciones en verano. No esperaban que el carácter de Cyssy se reformara lo más mínimo.

Creo que he olvidado mencionar que Cyssy tenía doce años cuando sucedieron las cosas que motivaron los rumores, y catorce cuando yo la conocí.

Eso es todo lo que oí acerca de ella en la primera media hora. Más adelante sabría más cosas, pero aquello fue suficiente para asustarme y hacerme salir de mis casillas, porque, ¿qué había hecho yo que pudiera compararse con los delitos de Cyssy? ¿Qué derecho tenían

mis padres de abandonarme allí, donde al día siguiente podría estar degollada? Quería volver a un lugar seguro, entregarme a un ataque de histeria y convencer a alguien de que mi sitio no estaba en aquel nido de serpientes, que todo era un error. En realidad, yo era una buena chica y, en cualquier caso, nunca, jamás volvería a hacer lo que había hecho.

Pero lo que hice fue introducir los pulgares bajo el cinturón de mi uniforme gris y erguir los hombros en un gesto desafiante, lo cual parece una contradicción, pero no lo es. Intentadlo alguna vez, probadlo después de convenceros de que hay alguien a vuestras espaldas dispuesto a poneros un cuchillo entre los omóplatos.

Si en la escuela Halloran no hubieran tenido a Cyssy, habrían tenido necesidad de contratar una así, porque no hay mejor manera de mantener el orden en las filas. Nadie lo decía directamente, pero era inevitable tener la sensación de que si el personal de la escuela estaba dispuesto a aceptar a Cyssy y mantenerla allí, no eran la clase de personas a las que una podría fastidiar, así que, en general, no lo hacíamos. Obedecíamos a los timbres, tratábamos de señoras a las profesoras y acatábamos todas las reglas.

Lo que hacíamos, más exactamente, era asegurarnos de que no vieran el odio en nuestros ojos ni oyeran los insultos que les dirigíamos entre dientes, y cuando rompíamos las reglas nos asegurábamos de que no nos descubrieran.

Pero me estoy adelantando demasiado.

Me asignaron una habitación con otras tres chicas. Dos de ellas, Anne y Katt, estaban allí cuando llegué. Con mis padres y una «asesora» al lado, intercambiamos cortesías y nos medimos con la vista. Anne parecía una de esas animadoras de equipos deportivos, más bella de lo que pueden expresar las palabras, pero con una respuesta insolente para todo. Katt era una morena pálida y callada, que siempre miraba a la gente con el mentón hacia adentro. Podría estar allí por vaciar el monedero de su madre o por haber prendido fuego a la escuela dominical con todos los niños todavía dentro. Nunca averigüé cuál de estas cosas era su delito.

Mis padres se marcharon tras mentirme diciendo cuánto esperaban tenerme en casa por Navidad y hacerme prometerles que les escribiría todas las semanas. (La verdad es que cumplí esa promesa. La primera clase que elegí fue la de imprenta, y en ella preparé unas hojas con el encabezamiento «Reformatorio Halloran», con la imagen de un rostro triste y demacrado mirando entre barrotes. Si querían enseñar mis cartas a las tías o el párroco, tendrían mucho que explicar.) La «asesora», tras registrar mi equipaje para asegurarse de que no llevaba drogas, armas o un novio, salió en busca de otra recién llegada a nuestra distinguida escuela de señoritas.

Fue entonces cuando Anne me habló de Cyssy, nuestra vecina de al lado. Anne y Katt habían estado en Halloran el año anterior y, al parecer, habían establecido una alianza con ella que no podría considerarse exactamente una amistad. Anne también me dijo algunas otras cosas que yo no estaba en condiciones de escuchar.

A las cinco y media, cuando sonó el timbre que anunciaba la cena, la compañera de habitación que faltaba aún no se había presentado. Katt y Anne me acompañaron a la cafetería. Juntas hicimos cola y, mientras yo todavía daba gracias porque comer no era uno de los placeres principales de mi vida, nos sentamos a la mesa. Fue entonces cuando la vi, sin más compañía que una «asesora» a cada lado, en una mesa no lejos de la nuestra.

—¿Esa es Cyssy? —susurré, y Anne asintió.

Sabía que en aquel lugar mirar fijamente a alguien podría significar la rotura o la mutilación de tus miembros, pero me resultaba difícil desviar la mirada de aquella muchacha. Anne no me había hablado de la cicatriz que partía la comisura de la boca, le cruzaba la mejilla y se perdía tras la línea del cabello en la sien. Era gruesa, de color rosado, y tiraba del ojo derecho, entrecerrándolo.

—Diantre, con lo ricos que son sus padres, ¿por qué no le hacen una operación de cirugía plástica?

—Forma parte de su castigo —susurró Anne—. Su familia dice que si sale de aquí sin matar a nadie, la operarán como regalo de graduación.

—Tendrá esa cicatriz durante el resto de su vida —predijo Katt.

—¿Crees que matará a alguien?

Empezaba a notar muy expuesto y vulnerable el espacio entre los omóplatos.

—De eso no puedo decir nada; lo único que sé es que le gusta tener la cicatriz.

Al mirarla, pero sólo cuando tomé un sorbo de leche a fin de tener una excusa para alzar los ojos, casi pude comprender el motivo. Cyssy tenía el rostro dulce de un ángel infantil. Ponlo en una caja de detergente o polvo de talco y apártate para que no te atropelle la gente

deseosa de comprar. Pero la cicatriz daba otro carácter a aquel rostro. Debía de ser por el contraste. Si yo hubiera estado en su lugar...

¡Diablos, me puse en su lugar! Una cicatriz como aquélla no era tan mala idea, e incluso deseé tener una en mi cara.

Estaba lo bastante asustada para echar un rápido vistazo por encima del hombro. Probablemente a algunas de aquellas chicas les habría alegrado bastante satisfacer mi deseo de tener una cicatriz, por inexpresado que fuera.

—¿Siempre la tienen separada del resto de las demás? —quise saber.

—No, eso es especial —dijo Anne—. Empezó a pelearse durante la comida y pinchó a una chica con el tenedor.

Me pregunté por qué habría hecho una cosa así. Lo primero que se me ocurrió fue que, probablemente, lo había hecho por algo trivial, algo que en cualquier otro lugar podría haberse solucionado fácilmente pidiendo excusas.

Las clases dieron comienzo al día siguiente, y antes de que terminara la semana había aprendido una lección muy importante: en la escuela Halloran difundir rumores no era un pasatiempo, ni siquiera un deporte, sino que era nuestra ocupación principal. Nuestro tiempo estaba reglamentado de un modo tan estricto que no teníamos tiempo para hablar de las cosas que, al parecer, ocurrían, y no digamos hacerlas. Pero siempre se contaban historias escabrosas. ¿Quién le había hecho tal cosa a quién en el lavabo y cómo Mary Beth consiguió ese sobresaliente en labores domésticas? Ya sabéis a qué me refiero. La regla general era que cuanto más repulsiva fuese la historia, más probable sería su veracidad.

Una de las primeras historias buenas que oí (traducción: una historia mediocre hacía enarcar las cejas; una historia buena la dejaba a una boquiabierta; una historia excelente haría vomitar a tu padre si la oyera) era sobre mi profesora de inglés... Sinnombre. Naturalmente, tenía nombre, decía llamarse Jane Smith, pero según los rumores era una bruja y había inventado ese nombre para que la gente no supiera el verdadero y tuviera así poder sobre ella. Pero eso son sólo antecedentes. La historia consistía en que alguna del tercer piso había dado a luz en secreto y había dejado el bebé en un cubo de basura. Sinnombre lo encontró todavía pataleando, lo llevó a su habitación y lo mantuvo vivo hasta el día de Todos los Santos, cuando lo sacrificó en una especie de ceremonia a la que había invitado a unos pocos y selectos amigos.

Una buena historia, como he dicho. De haber estado en el exterior cuando la oí, mi lengua se habría puesto morena.

Por fin, nuestra compañera de habitación había llegado, con dos días de retraso. La llamamos Hongo Venenoso, y creo que eso os dirá lo que habéis de saber.

Cyssy asistía a mi clase de inglés, y fue ahí donde realmente la vi de cerca. En esa clase cometí un error. Debí haber sido más lista y no corregir a Sinnombre sobre algún punto de la lección, aun cuando realmente estaba equivocada. Como castigo me envió a la corta hilera de sillas detrás de su mesa, y allí tuve que sentarme al lado de Cyssy. En los días siguientes, mi postura y mis modales habrían causado la envidia de la reina Victoria. Entonces, tomé la misma decisión que Anne y Katt habían tomado el año anterior: era mejor estar al lado de Cyssy que contra ella. Por eso, cuando Cyssy se olvidó de su texto de

inglés, le presté el mío y soporté los insultos que Sinnombre me lanzó por no estar preparada.

Hongo Venenoso también estaba en aquella clase, pero decir eso es como no decir nada.

Mientras estábamos allí, Cyssy apenas reparó en mi presencia. Tenía sus propios problemas, y en aquella clase todos ellos se llamaban Sinnombre. En cierta ocasión pregunté a Katt por qué le tenía tanta inquina a Cyssy —aparte de las razones habituales, naturalmente—y todo lo que Katt decía era que Cyssy le había dicho no en un momento inoportuno.

Sinnombre odiaba a Cyssy. ¿Debo decir que Cyssy le devolvía ese sentimiento con creces?

Era fascinante ver a las dos en acción, y casi no sabía a cuál aplaudir. Cyssy era inteligente y hacía sus deberes. Cuando Sinnombre le preguntaba en clase, siempre sabía las respuestas. Pero todo maestro sabe cómo insistir y aguijonear hasta que un estudiante tiene que hacer una suposición descabellada o una observación astuta. Lo sé por experiencia propia, y creo que se ha de ser un sádico redomado para obtener un puesto de profesor. Más pronto o más tarde Cyssy diría algo que no debía, y ésa sería la licencia para matar de Sinnombre: la llamaría ignorante, estúpida, insensible y torpe, pero todo ello de un

modo indirecto, por medio del tono de voz y la expresión de ojos y labios. Sinnombre nunca decía o hacía nada que pudiera costarle su despido, pero siempre iba a por Cyssy, y le interesaba más su venganza personal que impartir conocimiento a nuestras pequeñas mentes sedientas. Día tras día, Sinnombre intentaba quitarle las ínfulas a Cyssy.

Pero ella no estaba dispuesta a ceder. Cyssy no solía hablar cuando no era el momento oportuno, pero tenía muchas armas: la expresión de su rostro cuando Sinnombre le daba la espalda, dejar caer libros al suelo, tamborilear con los dedos, hacer crujir la silla. Y cuando Sinnombre era más aborrecible, el arma definitiva, la bomba de hidrógeno. (En realidad, no estoy segura de que fuese hidrógeno. Durante las charlas que teníamos después de que apagaran las luces, Anne aseguraba que era metano. Ya sabéis, como las vacas.) Cyssy usaba esas armas de una manera implacable. Esperaba a que Sinnombre estuviera explicando la lección, dándole a medias la espalda, y entonces soltaba una ventosidad. Sinnombre estaba segura, en un noventa y nueve por ciento, de quién había sido la culpable, pero ese uno por ciento de duda le hacía perder el equilibrio psíquico..., y ahora sé por qué ese término es sinónimo de loco. Claro que Sinnombre ya debía de estar loca antes de conocer a Cyssy.

Tan sólo llevábamos unos días de curso cuando observé que algo más ocurría en aquella clase, algo más solapado. Hongo Venenoso estaba enamorada de Sinnombre. Se quedaba en el aula cuando terminaba la clase, hacía pequeñas tareas para la profesora y la miraba con ojos húmedos y brillantes. Creo que incluso Sinnombre tardó bastante tiempo en darse cuenta de ello, pues Hongo Venenoso era tan poco perceptible como su tocayo.

Les dije a Anne y Katt lo que había observado y nos reímos mucho de ello, pero sin alzar el tono de voz, porque Cyssy ocupaba la habitación contigua y no le habría parecido muy gracioso. El cuarto de Cyssy había sido anteriormente un guardarropa. Me enteré de que lo habían arreglado para que ella lo ocupara porque no podía convivir con otras chicas: les hacía la vida imposible. Era la única alumna que tenía un cuarto para ella sola, y aunque las demás nos visitábamos cuando podíamos, nadie, excepto la misma Cyssy, había visto el interior de su cuarto.

En la segunda semana de septiembre, cuando todas estábamos instaladas y clasificadas, y el personal ya sabía qué alumnas eran dignas de confianza y cuáles no, la directora de la escuela anunció la reanudación de las salidas sabatinas. En otras palabras, si éramos buenas chicas con brillantes estrellas en la frente, se nos permitiría zafarnos de nuestras cadenas durante un par de horas. Estoy segura de que no hacían eso en consideración a nuestros sentimientos, sino probablemente para alentarnos a gastar nuestro dinero en el pueblo, aunque los pueblerinos habrían preferido que se lo enviáramos por correo. Aquélla era una comunidad anodina, y las únicas cosas que la sostenían eran la escuela y algunas granjas.

Dos horas era tiempo suficiente para ver una película, conocer a los varones del pueblo menos desagradables, ir a la peluquería o hacer algunas compras, pero sólo para hacer una de esas cosas. Naturalmente, no todas podíamos emprender el largo paseo cuesta abajo, y cada sábado sólo se consideraba que un tercio de nosotras estábamos en suficiente estado de gracia. Creo que eso era una imposición del pueblo, pues un tercio de las escolares era la cifra máxima a la que podría enfrentarse la fuerza policial del pueblo, constituida por dos hombres.

Con tan poco tiempo libre, ir de compras quedaba muy abajo en la lista de cosas que queríamos hacer. Por ese motivo era tan importante encontrar a alguien que hiciera la compra del papel higiénico. El auténtico papel higiénico (y no os lo creeréis si nunca os ha faltado) es una de las necesidades de la vida. El material de los lavabos de la escuela podría haber servido para cubrir con ripia un tejado. Sí, en un tejado habría estado bien, pero en contacto con la piel humana es destructor. Por eso comprábamos nuestro propio papel y lo guardábamos en las habitaciones. (Si te encontrabas en el vestíbulo a alguien que llevaba un rollo, sabías que no tenía tiempo para una larga y profunda conversación. Era como los estandartes que usaban los caballeros para advertir a la gente que tenían una misión que cumplir.)

Por importante que fuera, nadie quería dedicar su tiempo libre a comprarlo, y por eso teníamos que encontrar a alguien que comprara los rollos de todas..., alguien a quien pudiéramos intimidar, que no fuera demasiado lista. Además, tenía que ser muy honrada, porque la compra del papel higiénico era una proposición cara.

En nuestro piso, la elección no resultó difícil. Hongo Venenoso reunía todas las condiciones, y su estrella era lo bastante brillante para permitirle salir todos los sábados, de modo que no teníamos que molestarnos en buscarle sustituía. Todas las demás exhibían sus peinados, o los chicos del pueblo a los que conducían a la degradación y la destrucción..., y allí estaba Hongo Venenoso con varias bolsas de papel higiénico. Probablemente, aquélla era la única ocasión en su vida en la que todas la consideraban una chica agradable.

Cuando sólo había realizado un par de expediciones para la compra del papel, tuvimos problemas con ella. Aquel sábado, Katt, Anne y yo nos encontrábamos en nuestro cuarto y Cyssy estaba de visita... Desde que comenzaron las salidas, yo sólo había estado fuera una vez, y las demás aún no lo habían hecho. Anne estaba junto a la ventana, bebiendo una Coca-Cola y mirando a las privilegiadas que se apresuraban a subir la cuesta antes de que finalizara el tiempo libre.

Anne se asomó a la ventana.

—Esto es interesante —dijo en voz baja, arrastrando las palabras—. Sinnombre ha traído a Hongo Venenoso en su coche desde el pueblo.

Nos apiñamos en la ventana para echar un vistazo. Era cierto: aquella chinche estaba sacando las bolsas del maletero de un coche, y era el de Sinnombre. Cuando Hongo Venenoso desapareció por la puerta principal, intercambiamos miradas especulativas.

Los nuevos acontecimientos no se hicieron esperar demasiado. Primero, entró en nuestra habitación y empezó a repartir los rollos y tachar nombres de su lista. Luego, se dirigió a la puerta y, con la mano todavía en el pomo, nos dijo:

—De ahora en adelante tendréis que hacer vosotras mismas la compra. La señorita Smith me ha dicho que si no quiero no tengo que hacer esto, y la verdad es que no quiero.

Dicho esto cruzó la puerta con celeridad, como si esperase que alguna le arrojara un trasto a la cabeza.

Permanecimos en silencio durante unos minutos. Entonces, sugerí:

— ¿Por qué no la cogemos y le metemos la cabeza en el inodoro hasta que cambie de idea?

—No es una buena idea —dijo Anne—. Tal como están las cosas, parece que Sinnombre protegerá a esa boba, y no quiero tener un choque con ella.

Katt asintió.

—En cualquier caso, no durará mucho. Los asuntos de Sinnombre nunca duran mucho, sólo hasta que consigue lo que quiere.

––Y cuando se acabe —añadió Cyssy en voz baja—, haremos que se arrepienta por haber sido tan desconsiderada.

En comparación con las indirectas y las torvas miradas de las demás, creo que mi sugerencia del inodoro habría sido una muestra de amabilidad.

Durante aproximadamente una semana no pudimos ir a nuestro cuarto sin ver allí a Sinnombre, descubrir que había estado allí o bien oír que Hongo Venenoso se disponía a visitarla. Sinnombre le prestaba libros, le ayudaba en sus estudios y le cambió el peinado para que estuviera más favorecida. Y todos los viernes Hongo Venenoso tenía que insistir en que Sinnombre había recibido un permiso especial para llevarla con ella a comer. Se estaba poniendo insoportable con su «señorita Smith por aquí», «señorita Smith por allá» y «¿no os parece que la señorita Smith tiene los ojos azules más bonitos que habéis visto jamás?».

Cuando Hongo Venenoso fue a ducharse, no pude soportarlo más y «accidentalmente» vertí toda mi Coca-Cola sobre su cama. Anne se echó a reír y meneó la cabeza mientras lo hacía, pero no trató de detenerme.

Hongo Venenoso estaba tan excitada que, hasta que se sentó en la cama para ponerse los leotardos, no se dio cuenta. Entonces, deberíais haberla oído chillar. Sus gritos se prolongaron durante más de un cuarto de hora. Nosotras tres negamos saber nada, pero nos importaba un bledo que nos creyera o no. Cuando Sinnombre llamó a la puerta, Hongo Venenoso, de pie y a medio vestir, seguía quejándose.

Cruzó la habitación y se echó en brazos de la profesora.

—Oh, por favor, señorita Smith, tiene que conseguirme una habitación para mí sola. No puedo quedarme aquí. Cuando usted no está, estas chicas horribles no paran de hacerme las peores salvajadas. Por favor, señorita Smith...

Me di cuenta de que Hongo Venenoso estaba yendo demasiado lejos. Por la expresión de Sinnombre, se diría que nuestra compañera de habitación era algo que tenía que rasparse en un bordillo. Apartó a la muchacha.

—Me temo que no puedo hacer nada al respecto —dijo fríamente—. Vas a tener que defenderte por ti misma. Y no gimotees tanto, resulta muy indecoroso. ¿Por qué no tratas de parecerte más a Cyssy Randell? Tienes que admirar una fortaleza como la suya.

A Hongo Venenoso casi se le cayó la dentadura al suelo, y yo tenía la misma clase de trastorno. Casi al mismo tiempo sucedieron tres cosas: Sinnombre dijo que le dolía la cabeza para cancelar su cita; Hongo Venenoso se fue corriendo al lavabo para llorar y, finalmente, comprendí qué era aquello a lo que Cyssy había dicho que no.

No he sido la hija más inteligente de mi madre.

Las lágrimas debieron de producir algún tipo de cambio químico en las células cerebrales de Hongo Venenoso, porque ésta también pareció haber caído en la cuenta. Después de esto, y durante varios días, murmuraba que iba a «cargarse» a Cyssy. Era absurdo, pues sabía que Cyssy no había vertido la Coca-Cola en su cama, ya que ni siquiera había estado en la habitación. Tañía que haber sido una de nosotras, pero a Hongo Venenoso no le interesábamos. Sabía que Cyssy era la causa de sus problemas y quería venganza.

Finalmente, Anne, que de vez en cuando tenía accesos de conmiseración hacia disminuidos, borrachos e idiotas, advirtió a Hongo Venenoso que si intentaba meterse con Cyssy jamás tendría que preocuparse por los granos, excepto por debajo del cuello. Hongo Venenoso creía que Anne trataba de proteger a Cyssy.

Cuando Hongo Venenoso actuó, fue una sorpresa para mí, y no por lo que hizo, ya que no era muy original, más bien era la clase de cosa que todos los niños hacen más pronto o más tarde contra alguien a quien odian. Lo que me sorprendió fue el efecto. ¿Cómo podía saber la pobre y poco inteligente Hongo Venenoso que Cyssy sentía una repugnancia tan intensa hacia los ratones?

Una noche, a altas horas, nos despertaron unos golpes en la puerta. Fui a abrir, pero Katt no estaba lejos, a mis espaldas. Una vez apagaban las luces, no estaba permitida la entrada de nadie en las habitaciones, y Katt debió suponer que sería necesaria su experiencia. Cyssy estaba en el umbral. Las luces del corredor permanecían siempre encendidas, y no era difícil ver que estaba pálida y temblorosa.

—Parece que hay algo en mi cama —susurró—. ¿Podríais venir y echar un vistazo?

Pensé que el mundo debía de estar próximo a su fin para que Cyssy pidiera ayuda, y en un tono de voz como si unas manos fueran en su busca para arrastrarla a la tumba. Katt y yo no perdimos el tiempo en hacer preguntas. Corrimos a su habitación y encontramos un ratón muerto en la cama. Después de librarnos de él, se me ocurrió que quizá debería pasar un brazo por los hombros de Cyssy y decirle algo consolador. Por suerte, Katt me cogió del brazo y me hizo salir de allí.

—Has estado a punto de meter la pata —me susurró en el corredor.

—Sólo pensé... que necesitaba a alguien.

Katt meneó la cabeza.

—Cyssy no necesita a nadie y siempre se basta a sí misma. El año pasado, cuando tuvo la gripe, ni siquiera el personal de la escuela se le acercó, después de haberlo intentado un par de veces. Se quedará ahí hasta que pueda enfrentarse de nuevo con la gente, y si supieras lo que te conviene, nunca mencionarías esto a nadie.

Cuando ya estábamos acostadas, Katt dijo una cosa más, esta vez a Hongo Venenoso:

—Confío en que estés al corriente del pago de tu seguro, chiquilla.

Esto demuestra que Katt estaba muy enterada, pues alguien cogió a Hongo Venenoso en el lavabo y le dio una zurra tremenda. La muchacha debió de haber adquirido un poco de buen juicio, porque no dijo quién lo había hecho.

Otras dos profesoras y una de las «asesoras» interrogaron a Hongo Venenoso acerca de sus moratones, pero Sinnombre le hizo caso omiso. En clase no la miraba, fuera de ella no le dirigía la palabra. Resultaba bastante patético ver a Hongo Venenoso allí sentada, mirando a Sinnombre como un cachorro que espera una palabra amable.

Por pura precaución, puesto que tal vez Sinnombre aún no había terminado con ella, aquella mañana no encargamos a Hongo Venenoso la compra del papel higiénico, y encontramos otra bobalicona para hacerlo. Por una especie de milagro, aquel sábado Anne y yo habíamos logrado salir, y sacamos el máximo provecho del poco tiempo disponible.

Estábamos sentadas en la cafetería, tratando de pensar en un nuevo lugar donde esconder un par de paquetes de cigarrillos, cuando vimos a Hongo Venenoso caminando por la calle. Le acompañaba un ser obeso, granujiento, posiblemente macho, por cuyo aspecto parecía como si se acabara de quitar del pelo las semillas de heno. Anne y yo intercambiamos miradas y nos echamos a reír.

— ¿Hongo Venenoso tiene novio? — preguntó con incredulidad.

—Será mejor que se ande con ojo —observé—. A Sinnombre no le gustará. Podría enfurecerse y convertirle en un burro.

—Me temo que ya lo es —dijo Anne.

Seguimos a la pareja cuesta arriba, y vimos que el muchacho parecía tener intenciones amorosas. Hongo Venenoso parecía no saber qué hacer con él.

A la semana siguiente, puesto que Sinnombre seguía mostrándose fría con nuestra compañera de habitación, le hicimos saber que, de nuevo, había sido designada para la compra del papel higiénico. Su reacción fue bastante rara, quiero decir rara incluso para Hongo Venenoso. Dejó de intentar parecerse a un ser humano, descuidó el peinado y el vestir decentemente, y empezó a ir por ahí murmurando consigo misma.

El sábado siguiente era el día de Todos los Santos, y desde nuestra ventana pudimos ver pequeños espectros y duendes por las calles, que se divertían antes de que llegaran sus hermanos mayores e hicieran desagradable aquel lugar. Pero alguien debió de haberse divertido antes incluso de que oscureciera, porque Hongo Venenoso tuvo contratiempos. Es curioso que no los relacionara con sus sentimientos hacia Cyssy..., hasta que ésta entró en nuestra habitación y empezó a abofetearla.

—¡Mira esto! —gritó, sin dar a Hongo Venenoso la oportunidad de mirar nada, tanto la zarandeaba—. ¡Te digo que mires esto! —Con la mano izquierda agitaba un rollo de papel higiénico azul—. Está completamente mojado. ¿A qué se debe esta gran idea? ¿Es que de pronto te has cansado de vivir?

Los sollozos de Hongo Venenoso le impedían hablar. Puesto que no tenía un interés especial por limpiar manchas de sangre, tomé la palabra.

—Ha tenido un lío en el pueblo, Cyssy. Ya sabes cómo nos odian estos pueblerinos, y alguien la empujó a un charco. Todos los rollos se mojaron pero puedes quedarte con el mío si crees que está en mejores condiciones que el tuyo.

Anne y Katt hicieron el mismo ofrecimiento, y supongo que logramos afectarla, pues dejó de mirar los rollos que le ofrecíamos. Los nuestros estaban empapados y habíamos extendido algunos trozos confiando en que se secaran antes de que tuviéramos que usarlos. El de Cyssy sólo tenía húmeda una franja en el centro, en toda la extensión del papel, según parecía, pero por lo demás su estado era mejor que el de los nuestros.

Tras haber visto esto, Cyssy se encogió de hombros, propinó otro sopapo a Hongo Venenoso y salió de la habitación sin decir más.

Me gustaría decir que durante la semana siguiente se cernió sobre nosotras una sensación de fatalidad, pero mentiría. Tendría que haber habido algún indicio, pero lo cierto es que la vida siguió su curso casi con entera normalidad.

El lunes observamos que Cyssy parecía un poco pálida.

El miércoles dejó de asistir a las clases.

El viernes no se presentó en la cafetería y, a hurtadillas, Anne cogió algo de comida que dejó ante la puerta de Cyssy. El sábado por la mañana la comida seguía allí, y observé que Cyssy iba al lavabo por lo menos media docena de veces. Y cada vez que lo hacía, tenía la impresión de que tanto Cyssy como el rollo de papel higiénico estaban más delgados.

Aquella noche las tres oímos a Cyssy revolverse y gemir en su cama, y nos preguntamos si deberíamos dar aviso. El resultado de la votación fue concederle un día más.

Hongo Venenoso también estaba en el cuarto, pero daba la sensación de estar borracha y, de vez en cuando, soltaba una risita.

Finalmente, el domingo por la mañana supimos que era preciso hacer algo, porque no se oía el menor ruido procedente del cuarto de Cyssy. Katt fue en busca de una «asesora» y, aunque no la acompañamos al cuarto de Cyssy, dejamos abierta nuestra puerta para poder oír lo que ocurría. Esperábamos problemas, y los hubo.

Cyssy estaba muerta.

Cuando Katt nos dio la noticia, no miramos a Hongo Venenoso, ni siquiera la miramos cuando empezó a reírse. No temamos idea de cómo lo había hecho, pero todo cuanto necesitábamos como prueba era aquella risa alocada y estridente.

Transcurrieron dos días desde que se llevaron el cuerpo de Cyssy y nos interrogaron y el momento en que, al fin, llegaron para llevarse a Hongo Venenoso. Durante aquellos dos días temimos hablarle, incluso mirarla. Sudamos mucho y, sin hablar siquiera de ello, hicimos turnos para dormir.

Había utilizado una especie de pesticida inodoro, algo que prohibieron más tarde porque era muy peligroso. Bastaba el contacto con la piel para envenenarte. Se lo había dado aquel amigo suyo que parecía recién salido del henil, y había impregnado el rollo de papel higiénico de Cyssy. Los rollos restantes los había arrojado a un charco para impedir que Cyssy cambiara el suyo por el de otra.

Debía de haber sufrido algún trasplante cerebral, pues de lo contrario no se comprende que se le hubiera ocurrido una cosa así.

Me parece que aquella estúpida Hongo Venenoso había descubierto el método perfecto para reformar caracteres, pues a partir de entonces fui tan buena chica que mi cabeza podría haber estado rodeada por un halo. Destruí las hojas de papel con su sórdido membrete y escribí a mis padres unas cartas tan dulces y rebosantes de ternura que me llevaron a casa al final del semestre. Más adelante supe que Katt se sumió en sus estudios y logró que la admitieran en la universidad un año antes de lo habitual. En cuanto a Anne, se fugó con un muchacho del pueblo. El matrimonio no duró mucho, pero por lo menos le sirvió para salir de allí.

¿Qué otra cosa podíamos hacer? Hongo Venenoso ya no estaba allí, pero hay mucha hostilidad en un lugar como aquél. Y si ni siquiera puedes confiar en tu papel higiénico...




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