Las mejores historias de terror 3


Las mejores historias de terror 8



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Las mejores historias de terror 8


© Ediciones Martínez Roca, S. A., 1987

Gran vía, 774, 7.°, 08013 Barcelona

ISBN 84-270-1153-9

Edición digital de Sugar Brown


LORD DUNSANY. DOS FRASCOS DE SALSA


Es muy posible que Lord Dunsany (1878-1957) sea el autor de relatos fantásticos más famoso de Gran Bretaña. Sus escritos cubren toda la gama, desde la poesía y el teatro, hasta cuentos y novelas, y se extienden en los campos de la fantasía, el horror y la ciencia ficción. Sus obras más célebres son, probablemente, las del maravilloso señor Jorkens. Estos cuentos increíbles estaban en la tradición del barón Münchausen, ricos en imaginación y humor negro. Casi todos los relatos contenidos en este volumen son originales, pero éste es una reimpresión. Aunque han pasado muchos años desde que se publicó por primera vez, sigue siendo uno de mis cuentos favoritos.

Me llamo Smithers y soy lo que podríais llamar un hombrecillo, pequeño, como pequeño es el negocio al que me dedico. Soy representante de Num-numo, una salsa para carnes y entremeses salados, la salsa más famosa del mundo, debería decir. De veras es muy buena, no contiene ácidos deletéreos y no perjudica al corazón, así que resulta muy fácil venderla. De no ser así, no habría conseguido el empleo. Pero confío en que algún día tendré algún artículo que sea más difícil de colocar y, naturalmente, cuanto más difícil sea, mejor es la paga. En la actualidad, apenas puedo salir adelante, sin que me sobre un céntimo; claro que vivo en un piso muy caro, y eso es lo que da pie a mi historia. No es la historia que podríais esperar de un hombrecillo como yo, pero no hay nadie más para contarla. Los que saben algo de ella, aparte de mí, ponen mucho empeño en silenciarla.

Pues bien, estaba buscando una habitación para vivir en Londres cuando conseguí mi empleo. Tenía que ser en Londres, y en un lugar céntrico, así que fui a un bloque de edificios, todos ellos de aspecto muy sombrío, vi al hombre que estaba al frente y le dije lo que andaba buscando. «Bisos», les llaman: nada más que un dormitorio y una especie de alacena. En aquel momento, el encargado enseñaba las viviendas a un hombre que era todo un caballero, incluso más que eso, por lo que me hizo poco caso, me refiero al hombre que

estaba al frente de todos aquellos pisos. Me limité a seguirles durante un rato, viendo toda clase de habitaciones y esperando hasta que el encargado pudiera mostrarme lo que yo quería. Llegamos a un piso muy bonito, con sala de estar, un dormitorio, cuarto de baño y una pequeña habitación a la que llamaban vestíbulo. Y así es como conocí a Linley, que era como se llamaba el sujeto al que le estaba enseñando las viviendas.

—Un poco caro —comentó.

El encargado se dirigió a la ventana y empezó a escarbarse los dientes. Es curioso lo que uno puede revelar de sí mismo con un acto tan nimio como ése. Lo que quería dar a entender era que él poseía centenares de pisos como aquél y había miles de personas interesadas en alquilarlos, y que le tenía sin cuidado quiénes se los quedaran o si lo que buscaban era otra cosa. De alguna manera, su postura era inequívoca, a pesar de que no decía ni una sola palabra y se limitaba a mirar por la ventana mientras se escarbaba los dientes. Entonces, me aventuré a hablar con el señor Linley y le dije:

—¿Qué le parece, señor, si yo pago la mitad y compartimos el piso? Yo no le molestaría lo más mínimo, puesto que me paso todo el día fuera. Podría usted arreglarlo a su entera conveniencia y le aseguro que no interferiría en su vida más de lo que lo haría un gato.

Tal vez os sorprenda que hiciera tal cosa, y os sorprenderá mucho más saber que él aceptó; por lo menos, os sorprendería si me conocierais, pues no soy más que un hombrecillo que se dedica a un negocio insignificante. Sin embargo, en seguida pude ver que aquel caballero me tenía más simpatía que al hombre de la ventana.

—Pero sólo hay un dormitorio —me dijo.

—Podría hacerme la cama fácilmente en ese cuartito de ahí —le sugerí.

—El vestíbulo —dijo el encargado, volviendo la cabeza desde la ventana, sin quitarse el palillo de la boca.

—Por la mañana recogeré la cama y la guardaré en la alacena, a la hora que usted me diga.

El caballero parecía pensativo, y el encargado contemplaba Londres desde la ventana. Al final, como sabéis, aceptó.

—¿Es amigo suyo? —preguntó el encargado.

—Sí —respondió el señor Linley.

Realmente fue muy amable.

Os diré por qué lo hice. ¿Podía costear aquel piso? Claro que no. Pero oí al caballero decirle al encargado que acababa de llegar de Oxford y se proponía vivir unos meses en Londres. La cuestión es que quería estar cómodo y no hacer nada durante algún tiempo mientras echaba un vistazo a la ciudad y buscaba un empleo, o quizá sólo mientras pudiera permitírselo. Entonces me pregunté: ¿qué valen los modales de Oxford en un negocio, sobre todo en un negocio como el mío? Hombre, sencillamente valen todo lo que seas capaz de dar por ellos. Si pudiera recoger sólo una cuarta parte de las maneras oxfordianas del señor Linley, podría duplicar mis ventas, y eso significaría que pronto me darían un artículo más difícil de colocar, lo cual quizá triplicaría mi paga. Sin lugar a dudas, valía la pena, y si uno pone cuidado, puede hacer que una cuarta parte de educación se amplíe por lo menos dos veces más: quiero decir que no has de recitar todo el Infierno para demostrar que has leído a Milton; con medio verso será suficiente.

Bien, vayamos a la historia que he de contaros. No se os pasaría por la cabeza que un hombrecillo como yo pueda haceros temblar. Cuando nos instalamos en el piso, en seguida me olvidé de los modales de Oxford, olvido debido a la pura extrañeza que me causó aquel hombre. Tenía una mente como el cuerpo de un acróbata, como el de un pájaro, y eso al margen de la educación. No reparabas en si era un hombre educado o no; las ideas brotaban continuamente en su cerebro, cosas en las que nunca habríais pensado. Y no sólo eso, sino que si flotaba alguna idea en el ambiente, él la cogía al vuelo, por así decirlo. Una y otra vez descubría que estaba enterado de lo que yo iba a decir, y no se trataba de que leyera el pensamiento, sino de eso que llaman intuición. Yo intentaba aprender a jugar un poco al ajedrez, tan sólo para apartar mis pensamientos de Num-numo por la noche, cuando había concluido mi jornada, pero nunca había sido capaz de resolver problemas. Sin embargo, mi

compañero de piso se acercaba, echaba un vistazo a mi problema y decía:

—Creo que debe mover esa pieza primero.

—Pero ¿adonde?

—Pues a una de esas tres casillas.

—Pero en cualquiera de ellas me la comerán.

La pieza en cuestión era, nada menos, una reina, y él añadía:

—Sí, ahí no hace nada bueno; probablemente quiere usted perderla.

Y la verdad es que tenía razón.

¿Os dais cuenta? Había estado siguiendo lo que otro hombre había pensado. Era eso exactamente.

Un día hubo un repugnante asesinato en Unge, no sé si os acordaréis. Un tal Seeger se había ido a vivir con una muchacha a una casita de campo, en North Downs, eso fue lo primero que supimos de él.

La muchacha tenía doscientas libras; Seeger le quitó hasta el último penique, tras lo cual ella desapareció sin dejar rastro, y Scotland Yard no pudo encontrarla.

Leí en el periódico que Seeger había comprado dos frascos de Num-numo, pues la policía de Otherthorpe lo había averiguado todo de él, todo excepto lo que hizo con la muchacha. Naturalmente, eso me llamó la atención, pues en otras circunstancias nunca habría pensado de nuevo en el caso ni le habría dicho una palabra del asunto a Linley. Num-numo siempre estaba en mi mente, pues me pasaba día tras día tratando de vender la salsa, y eso me impedía olvidar lo ocurrido. Así que un día le dije a Linley:

—Con ese don que usted tiene para resolver problemas de ajedrez y pensar en tantas cosas distintas, me extraña que no trate de resolver el misterio de Otherthorpe. No hay tanta diferencia con un problema de ajedrez.

—Diez asesinatos no encierran el misterio que hay en una partida de ajedrez —replicó él.

—Pues Scotland Yard no lo ha descifrado.

—¿De verdad?

—Les ha dejado desconcertados.

—No me diga. ¿Cuáles son los hechos?

Mientras cenábamos le conté los hechos tal como los había leído en la prensa. La muchacha era una rubia muy bonita, menuda, llamada Nancy Elth, que tenía doscientas libras. Vivieron cinco días en la casita de campo. Luego, él permaneció allí otros quince días, pero nadie ha vuelto a ver viva a la muchacha. Seeger dijo que se había ido a Sudamérica, pero más tarde negó que hubiera hablado de Sudamérica y dijo que se había referido a Sudáfrica. No quedaba nada del dinero que la muchacha había depositado en el banco, y se demostró que, por aquellos días, Seeger había obtenido por lo menos ciento cincuenta libras. Se supo entonces que Seeger era vegetariano y que compraba todos sus alimentos en la verdulería, lo cual hizo entrar en sospechas al comisario de Unge, pues un vegetariano era algo nuevo para él. Vigiló estrechamente a Seeger, y fue una suerte que lo hiciera, pues luego, cuando Scotland Yard le preguntó, no hubo nada que no pudiera decirles, excepto, naturalmente, lo fundamental. Informó además a la policía de Otherthorpe, a ocho o diez kilómetros de distancia, y también ellos se presentaron para intervenir en el asunto.

Pudieron decir, por ejemplo, que el hombre no salió nunca de la casita de campo y su cuidada huerta desde la desaparición de la muchacha. Fijaos, cuanto más le vigilaban, mayores eran sus sospechas, cosa muy natural cuando uno se dedica a vigilar a un hombre, y así muy pronto tuvieron controlados incluso sus más insignificantes movimientos, pero de no haber sido por su condición de vegetariano nunca habrían empezado a sospechar, y las pruebas no habrían sido suficientes ni siquiera para Linley. No es que descubrieran gran cosa contra él, excepto aquellas ciento cincuenta libras cuya procedencia no estaba clara, y fue Scotland Yard quien descubrió eso, no la policía de Otherthorpe.

No, lo que el comisario de Unge averiguó se relacionaba con los alerces, cosa que dejó perplejos a los de Scotland Yard, lo mismo que a Linley hasta el mismo final y, naturalmente, a mí. Había diez alerces en la huerta, y antes de alquilar la casa, Seeger llegó a un acuerdo con el propietario a fin de poder hacer lo que quisiera con los árboles. Entonces, más o menos por las fechas en que la pequeña Nancy Elth debía de haber muerto, cortó todos los alerces. Lo hizo tres veces al día durante casi una semana, y una vez derribados cortó todos los troncos en fragmentos de medio metro de largo y los apiló cuidadosamente. Un trabajo tremendo, ¿y con qué fin? Según una teoría, lo había hecho para justificar el hacha, pero la excusa era más grande que el hacha: le costó una quincena de duro trabajo cotidiano, y podría haber matado y troceado a una criatura como Nancy Elth sin hacha. Otra teoría era que quería tener leña para desembarazarse del cadáver, pero nunca la usó, sino que la dejó allí, en aquellos pulcros montones. Todo el mundo estaba muy perplejo.

Bien, éstos son los hechos que le conté a Linley. Ah, sí, y compró un cuchillo de carnicero, cosa curiosa que todos ellos hacen. Pero, después de todo, no es tan curioso: si uno ha de trocear a una mujer, tiene que cortarla, y no podría hacerlo sin un cuchillo. Se establecieron algunos hechos negativos, como el de que no había quemado a la muchacha. Sólo encendía la pequeña cocina de vez en cuando, y únicamente la utilizaba para guisar, cosa que supieron de un modo bastante sagaz —fue el comisario de Unge quien lo averiguó, él y los hombres de Otherthorpe que le echaban una mano—. En los alrededores había unos lugares boscosos que los campesinos de esa región llaman «sierras», y podían encaramarse a los árboles sin que nadie les viera y observar el humo en casi todas las direcciones en las que pudiera ascender. De vez en cuando así lo hicieron y nunca notaron olor a carne quemada, sólo de cocina ordinaria. Ésa fue una conclusión muy sagaz por parte de la policía de Otherthorpe, aunque no contribuyera en absoluto a llevar a Seeger al patíbulo. Más tarde llegaron los hombres de Scotland Yard y descubrieron otro hecho, el cual, aunque negativo, reducía un tanto el campo de las especulaciones: la creta bajo la casa y la pequeña huerta estaban intactas, y el hombre nunca había salido desde la desaparición de Nancy. Ah, sí, y tenía una gran lima al lado del cuchillo, pero en ese instrumento no se encontró el menor rastro de huesos limados, ni tampoco sangre en el cuchillo. Claro que Seeger habría lavado los instrumentos. Todo eso se lo conté a Linley.

Antes de seguir adelante he de haceros una advertencia. Soy un hombrecillo y, probablemente, no esperáis nada horrible de mí, pero debo advertiros que aquel hombre era un asesino o, en cualquier caso, había un asesino suelto. Habían despachado a una mujer, una muchacha bonita, por cierto, y el culpable no se detendría necesariamente por cosas que, a vuestro parecer, deberían detenerle. De un hombre capaz de hacer una cosa así, y con la sombra de la soga para instarle a ir más lejos, no puede decirse dónde se detendrá. A veces, los relatos de crímenes son entretenidos para una dama que los lee a solas, sentada ante la chimenea; pero el asesinato no es agradable, y cuando un asesino está desesperado y trata de ocultar sus huellas, ni siquiera es tan entretenido como lo fue antes. Os pido que lo tengáis en cuenta. Bien, ya os he advertido.

—¿Qué opina usted de todo esto? —le pregunté a Linley.

—¿Desagües?

—No, en eso se equivoca. Scotland Yard ya ha considerado esa posibilidad, y los de Otherthorpe lo hicieron antes que ellos. Echaron un vistazo al desagüe, que desemboca en un pozo negro más allá de la huerta, y nada ha bajado por ahí, nada que no debiera haberlo hecho, quiero decir.

Linley hizo una o dos sugerencias más, pero en cada caso Scotland Yard se le había adelantado. Ése es realmente el meollo de mi historia. Si un hombre se propone hacer de detective, esperáis que coja su lupa y vaya al lugar de los hechos, que ante todo haga eso y luego que mida las huellas, reúna las pistas y encuentre el cuchillo que a la policía se le había pasado por alto. Pero Linley ni siquiera se acercó al lugar, ni tenía ninguna lupa, por lo menos que yo supiera, y Scotland Yard se había adelantado siempre a todas sus especulaciones.

De hecho, tenía más pistas de las necesarias para que cualquiera pudiera organizarías en un esquema convincente: todas las pistas para demostrar que había asesinado a la muchacha y todos los indicios de que no se había desembarazado del cadáver; y, sin embargo, el cuerpo no estaba allí, ni tampoco en Sudamérica, y no era mucho más probable que estuviera en Sudáfrica. Y siempre, fijaos, aquel enorme montón de madera de alerce, una pista que miraba a todo el mundo a la cara y que no conducía a ninguna parte. No, no necesitábamos más pistas, y Linley nunca se acercó al lugar del crimen. El problema consistía en ensamblar las pistas que teníamos. Yo estaba totalmente perplejo, al igual que Scotland Yard, y Linley no parecía aclararse más. Y, entretanto, el misterio se cernía sobre mí. Quiero decir que si no fuera por la bagatela que casualmente recordaba, y por una palabra fortuita que le dije a Linley, ese misterio habría seguido el camino de todos los demás misterios que los hombres nunca han desentrañado, una oscuridad, un pequeño parche negro en la historia.

La verdad es que, al principio, Linley no hizo mucho caso, pero yo estaba tan absolutamente seguro de que podría hacerlo, que insistí en la idea.

—Usted sabe resolver problemas de ajedrez —le dije.

—Eso es diez veces más difícil —replicó, manteniéndose en sus trece.

—Entonces ¿por qué no resuelve este enigma?

—Vaya a echar un vistazo por mí al tablero —dijo Linley.

Ésa era su manera de hablar. Llevábamos quince días juntos y ya conocía sus peculiaridades. Quería decir que fuese a la casa de campo en Unge. Os preguntaréis por qué no iba él mismo, pero la pura y simple verdad es que si se hubiera dedicado a registrar el campo no habría tenido tiempo para pensar, mientras que sentado en su sillón, al lado del fuego, en nuestro piso, el terreno que podía recorrer era ilimitado, si seguís mi razonamiento. Así pues, al día siguiente cogí el tren y me apeé en la estación de Unge. Y allí estaban los North Downs, alzándose ante mí.

—Es ahí arriba, ¿verdad? —le pregunté al mozo de estación.

—Eso es. Subiendo por el sendero, y no olvide torcer a la derecha cuando llegue al viejo tejo, un árbol muy grande, inconfundible, y entonces...

El hombre me explicó el camino de manera que no pudiera equivocarme. Luego, observé que toda la gente del lugar era así, muy amable y servicial. Claro que era la época de esplendor de Unge; todo el mundo había oído hablar del pueblo, y uno podría haber recibido allí una carta sin que en el sobre constara el condado ni el distrito postal. Aquello era lo que Unge podía mostrar. Me atrevería a decir que si ahora uno tratase de encontrar Unge... Bueno, en cualquier caso, trataban de batir el hierro mientras aún estaba caliente.

Allí estaba la colina, alzándose al sol, ascendiendo como una melodía. No os hablaré de la primavera y los colores de mayo que lo matizaban todo al avanzar el día, ni de los numerosos pájaros, pero pensé que era un sitio muy bonito para llevar allí a una chica. Y entonces, cuando pensé que aquel tipo la había matado allí... Bueno, no soy más que un hombrecillo, como he dicho, pero cuando pensé en la muchacha en aquella colina, con todos los pájaros cantando, me dije: «Sería curioso que, después de todo, fuese yo el ejecutor de ese hombre, si realmente la hubiera asesinado».

Pronto encontré el camino de la casita y empecé a fisgonear, mirando la huerta por encima del seto. No vi gran cosa ni descubrí nada que la policía no hubiera descubierto antes, pero allí estaban aquellos montones de madera de alerce, mirándome a la cara y pareciendo muy extraños.

Apoyado en el seto, reflexioné profundamente, respirando el aroma de mayo y mirando los troncos de alerce y la agradable casita al otro lado de la huerta. Muchas teorías pasaron por mi mente, hasta que se me ocurrió la mejor idea de todas, a saber, que si dejaba la tarea

reflexiva a Linley, con su educación de Oxford y Cambridge, y me limitaba a presentarle los hechos, como él me había pedido, obtendría mejores resultados que si me empeñaba en grandes reflexiones. Me he olvidado de decir que por la mañana había acudido a Scotland Yard. Bueno, la verdad es que no había mucho que decir: se limitaron a preguntarme qué quería y, como no tenía preparada una respuesta concreta, no averigüé gran cosa de ellos.

Pero en Unge fue muy distinto, pues todo el mundo era de lo más servicial. Como he dicho, estaban en el apogeo de su fama. El comisario me dejó entrar, advirtiéndome que no tocara nada, y me permitió observar el jardín desde dentro de la casa. Vi los troncos de los diez alerces cortados y reparé en algo que a Linley le pareció muy bien observado, aunque no servía de nada, pero estaba haciendo las cosas lo mejor que sabía: observé que todos los troncos habían sido cortados, y pensé que el responsable no tenía mucha idea de cortar troncos. Según el comisario, esto sólo era una deducción, y entonces le expliqué que el filo del hacha estaba embotado cuando usó el instrumento. Es evidente que esto hizo pensar al comisario, aunque en aquel momento no me diera la razón.

¿Os he dicho que Seeger no salió nunca, excepto a la pequeña huerta para cortar madera, desde que Nancy desapareció? Creo que sí. Pues bien, eso era totalmente cierto. Le habían estado observando día y noche, siempre había un hombre u otro al acecho, lo cual me lo confirmó personalmente el comisario de Unge, y eso limitaba mucho las cosas. Lo único que no me gustaba de todo aquello era que no hubiera sido Linley quien lo descubriera en vez de unos policías ordinarios, y tenía la sensación de que podría haberlo hecho. Una historia así era novelesca, y ellos nunca habrían ido muy lejos si no se hubiera difundido la noticia de que el hombre era vegetariano y sólo compraba provisiones en la verdulería. Era probable que el carnicero, impulsado por el resentimiento, hubiera sido el primero en extender el rumor de esa rareza. Resulta curioso ver cómo las cosas más insignificantes pueden hacer tropezar a un hombre. Tengo como lema que es mejor no singularizarse por nada, pero quizá me estoy desviando un poco de mi historia. Ojalá pudiera desviarme para siempre y olvidar lo que ocurrió, pero no puedo.

Recogí toda clase de información; supongo que, en una historia como ésta, debería llamarlas pistas, aunque ni una sola me conducía a ninguna parte. Por ejemplo, averigüé todo lo que Seeger había comprado en el pueblo, e incluso podría deciros la clase de sal que

adquirió, totalmente natural y sin ninguno de esos fosfatos que a veces añaden para que tenga mejor aspecto. Luego, compró hielo en la pescadería y muchas verduras, como he dicho, al verdulero, Mergin e Hijos. Tuve una pequeña charla sobre el asunto con el comisario, Slugger dijo que se llamaba, porque me intrigaba que no se hubiera personado para registrar la casa en cuanto desapareció la muchacha.

—No podemos hacer eso —me dijo—, y, además, no empezamos a sospechar inmediatamente, con respecto a la chica, claro está. Sólo sospechamos que había algo raro en él por eso de ser vegetariano. Tras la desaparición de la muchacha se quedó por lo menos quince días, y entonces empezamos a investigar. Pero mire, nadie había preguntado por ella, no había ninguna orden judicial.

— ¿Y qué encontraron al registrar la casa? — le pregunté a Slugger.

—Sólo una lima muy grande, el cuchillo y el hacha que debió utilizar para despedazarla.

—Pero tenía el hacha para cortar los árboles —argüí.

—Sí, eso es cierto —convino él, aunque a regañadientes.

—¿Para qué cree usted que los cortaría?

—Mis superiores tienen algunas teorías sobre el particular, claro está, pero no se las dirían a cualquiera.

Como veis, esos troncos eran la causa de su mayor perplejidad.

—Pero ¿ese hombre descuartizó a la chica?

—Él ha dicho que se marchó a Sudamérica —replicó el policía, lo cual era una excelente prueba de imparcialidad.

Ya no recuerdo mucho más de lo que me dijo. Uno de sus comentarios fue que Seeger dejó los platos y fuentes de la vajilla lavados y muy bien ordenados.

Regresé a casa en el tren que partía hacia la puesta del sol, y transmití a Linley estos informes. Me gustaría hablaros del crepúsculo primaveral, tan sereno alrededor de aquella sombría casa de campo, pero sé que os interesa mucho más el asesinato. Bien, se lo conté todo a Linley, aunque estaba seguro de que muchos de los detalles no valían la pena. El problema era que en cuanto dejaba de mencionar algo, él se daba cuenta y me obligaba a decírselo.

—Nunca se puede saber lo que es vital —decía—. Una chincheta barrida por una criada podría llevar a un hombre a la horca.

Todo eso me parece muy bien, pero hay que ser consecuente cuando uno se ha educado en Eton y Harrow, y cada vez que mencionaba la salsa Num-numo, que al fin y al cabo había sido el comienzo de toda la historia, porque él no la habría oído nombrar de no haber sido por mí, y mi observación de que Seeger había comprado dos frascos, Linley traicionaba sus principios y decía que esa clase de cosas eran triviales y que debíamos ceñirnos a los hechos esenciales. Naturalmente, yo hablé un poco de Num-numo, porque sólo en aquella jornada había vendido cerca de cincuenta frascos en Unge. No hay duda de que un asesinato estimula la imaginación de la gente, y los dos frascos adquiridos por Seeger me dieron una oportunidad que sólo un necio habría desaprovechado. Pero, por supuesto, nada de eso tenía la menor importancia para Linley.

Dado que no se puede echar un vistazo a su mente, es imposible ver los pensamientos de un hombre, por lo que nunca se puede hablar de las cosas más excitantes del mundo, pero, a mi modo de ver, lo que le ocurrió a Linley aquella noche, mientras hablaba con él antes de la cena, durante la misma y luego sentados ante la chimenea, fue que sus pensamientos estaban detenidos en una barrera que era incapaz de superar. Y esa barrera no venía dada por la dificultad de descubrir los métodos y medios por los que Seeger podría haberse desembarazado del cadáver, sino por la imposibilidad de descubrir por qué había cortado aquellas masas de madera cada día durante dos semanas y pagado, como yo acababa de averiguar, veinticinco libras al propietario de la finca para que le permitiera aquella tala. Eso era lo que tenía a Linley perplejo. En cuanto a las maneras en que Seeger podría haber ocultado el cuerpo, tenía la impresión de que la policía bloqueaba todas las posibilidades. Si decías que lo había enterrado, te respondían que el suelo de creta estaba intacto; si decías que se lo había llevado de allí, argumentaban que nunca había abandonado la casa; si planteabas la posibilidad de que lo hubiese quemado, aducían que no habían notado ningún olor cuando el humo estaba bajo, y cuando no, habían trepado a los árboles para observarlo.

Yo le había cogido mucho afecto a Linley, y no necesitaba tener una gran educación para comprender que su mente era privilegiada. Estaba convencido de que era capaz de resolver el enigma, y cuando vi que la policía se le adelantaba de esa manera, y tampoco yo podía ver nada que apuntara hacia una posible solución, sentí verdadera lástima.

¿Había ido alguien a la casa?, me preguntó Linley una o dos veces. ¿Se había llevado alguien algún objeto de la casa? Así no podíamos llegar a ninguna conclusión. Fue entonces cuando tal vez hice alguna sugerencia inútil, o quizá empecé a hablar nuevamente de Num-numo, y él me interrumpió con bastante brusquedad.

—Pero ¿qué haría usted, Smithers? —me preguntó—. ¿Qué haría usted?

—¿Si hubiera asesinado a Nancy Elth?

—Sí.

—No puedo imaginarme haciendo una cosa así.



Él suspiró al oírme decir esto, como si fuera algo en mi contra.

—Supongo que nunca debería hacer de detective —le dije, y él se limitó a menear la cabeza.

Entonces, se quedó mirando pensativamente el fuego de la chimenea, tal vez durante una hora. Luego, sacudió la cabeza de nuevo y ambos nos retiramos a descansar.

Durante toda mi vida recordaré el día siguiente. Como siempre, me dediqué a promocionar la salsa Num-numo hasta el anochecer, y hacia las nueve nos sentamos a la mesa para cenar. En esos pisos no se puede cocinar, así que todo está basado en comidas frías, y Linley empezó con una ensalada. Aún puedo verlo con todo detalle. Todavía estaba impresionado por el éxito de ventas que había tenido en Unge, aunque ya sé que sólo un necio habría sido capaz de promocionar allí la salsa Num-numo, pero sea como fuere, yo lo había logrado, y unos cincuenta frascos, cuarenta y ocho para ser exactos, es una cifra considerable para un pueblo pequeño, al margen de las circunstancias. Fue entonces cuando, de pronto, me di cuenta de que a Linley le tenía sin cuidado la salsa Num-numo, y me levanté de la mesa con un movimiento brusco. Mi compañero fue realmente muy amable. ¿Sabéis qué hizo? Debió de saber en seguida por qué había dejado de hablar, y alargó el brazo, diciendo:

— ¿Quiere darme un poco de Num-numo para la ensalada?

Me sentí tan conmovido que casi se la di, pero, claro, no se toma Num-numo con la ensalada, porque es sólo para carnes y entremeses salados. Lo dice en la etiqueta.

—Es sólo para carnes y entremeses salados —le dije, aunque no sé qué son esos entremeses, nunca los he probado.

Jamás había visto un cambio en el rostro de un hombre como el que experimentó Linley.

Permaneció inmóvil durante todo un minuto, sin que nada revelara lo que ocurría en su interior, salvo aquella expresión. Uno se siente tentado de decir que era como si hubiese visto un fantasma, pero no tenía nada que ver con eso. Os diré qué parecía: un hombre que ha visto algo en lo que nadie había puesto su mirada jamás, algo que no creería posible.

Y entonces, en un tono completamente cambiado, que parecía más bajo, suave y lento, dijo:

—No es adecuada para las verduras, ¿eh?

—En absoluto.

Emitió entonces un gemido gutural que parecía un sollozo. Nunca habría pensado que aquel hombre fuese capaz de emocionarse así. Naturalmente, yo no sabía qué había descubierto, pero, fuera lo que fuese, pensé que era algo muy difícil de admitir para un hombre como él, educado en Eton y Harrow. No tenía lágrimas en los ojos, pero era evidente que experimentaba una horrible sensación.

Entonces, empezó a hablar, intercalando largas pausas entre sus palabras:

—Alguien podría cometer un error y usar Num-numo para las verduras.

—No lo haría dos veces —repliqué.

¿Qué otra cosa podía decir?

Y él repitió estas últimas palabras como si le hubiera anunciado el fin del mundo, recalcándolas de un modo terrible, hasta que parecieron viscosas y llenas de algún significado horrendo, meneando sin cesar la cabeza mientras las decía.

Entonces se quedó en silencio.

—¿De qué se trata? —le pregunté.

—Smithers —dijo él.

—¿Qué?


—Smithers —repitió.

—Le escucho.

—Óigame bien, Smithers, debe telefonear a la tienda de Unge y averiguar una cosa.

—Usted dirá.

—Si Seeger compró esos dos frascos, como espero que hiciera, el mismo día, y no con unos días de intervalo. No pudo haber hecho eso.

Esperé a ver si me decía algo más, y luego me apresuré a salir y hacer lo que me pedía. Tardé un poco ya que eran las nueve pasadas, y sólo lo conseguí con la ayuda de la policía. Dijeron que había comprado los dos frascos con un intervalo de seis días entre uno y otro. Cuando volví a casa y se lo conté a Linley, vi que su expresión esperanzada al principio se transformaba, y lo que le decía no era lo que habría querido escuchar.

Uno no puede tomarse las cosas tan a pecho sin arriesgar su salud, y al ver que no hablaba, le dije:

—Lo que usted necesita es un buen coñac y acostarse pronto.

—No —me respondió—. Es preciso que vea a alguien de Scotland Yard. Llámeles por teléfono y pida que vengan en seguida.

—Pero no puedo conseguir que un inspector de Scotland Yard nos visite a esta hora —argüí.

Los ojos le brillaban y adiviné que, aunque exteriormente no lo pareciera, era presa de una considerable agitación.

—Entonces, dígales que nunca encontrarán a Nancy Elth. Que venga uno de ellos aquí y le diré por qué. —Y añadió, creo que sólo para mí—: Tienen que vigilar a Seeger, hasta que un día le sorprendan tratando de hacerlo otra vez.

¿Y sabéis una cosa? Pues se presentó uno de ellos: el inspector Ulton en persona.

Mientras esperábamos, intenté hablar con Linley, en parte por curiosidad, lo admito, pero también porque no quería que se quedara a solas con sus pensamientos, reflexionando al lado del fuego. Intenté sonsacarle lo que había averiguado, pero él no quería decírmelo.

—El asesinato es horrible —era todo lo que decía—, y cuando un hombre cubre sus huellas no hace más que empeorar.

Insistí, pero él se mantuvo inflexible.

—Hay historias que uno nunca quisiera escuchar —decía.

Eso es bastante cierto. Ojalá nunca hubiera escuchado ésta, aunque la verdad es que no lo hice, pero adiviné lo ocurrido por las últimas palabras que Linley le dijo al inspector Ulton, las únicas que pude oír. Y quizá éste es el punto adecuado para dejar de leer mi historia, a fin de que vosotros no lo adivinéis, aun cuando creáis que os interesan los relatos de crímenes. ¿No preferís un relato así, con cierto giro romántico, en vez de la historia de un auténtico asesinato horrible? En fin, como gustéis.

Llegó el inspector Ulton y Linley le estrechó la mano en silencio, señalando el camino hacia su dormitorio. Entraron allí y hablaron en voz baja, sin que me llegara una sola de sus palabras.

Cuando entraron en aquella habitación, el inspector parecía un hombre muy campechano.

Al salir, cruzaron la sala en silencio y se dirigieron al vestíbulo, donde escuché las únicas palabras que se dijeron. Fue el inspector el primero en romper el silencio.

—Pero ¿con qué objeto cortó los árboles? —quiso saber.

—Con el fin exclusivo de tener apetito —respondió Linley.




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