Las 7 leyes espirituales del éxito



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Toda relación es una relación de dar y recibir. El dar engendra el recibir, y el recibir engendra el dar. Lo que sube debe bajar; lo que se va debe volver. En realidad, recibir es lo mismo que dar, porque dar y recibir son aspectos diferentes del flujo de la energía en el universo. Y si detenemos el flujo de alguno de los dos, obstaculizamos la inteligencia de la naturaleza.

En toda semilla está la promesa de miles de bosques. Pero la semilla no debe ser acapara­da; ella debe dar su inteligencia al suelo fértil. A través de su acción de dar, su energía invisible fluye para convertirse en una manifestación ma­terial.

Cuanto más demos más recibiremos, porque mantendremos la abundancia del universo circu­lando en nuestra vida. En realidad, todo lo que tiene valor en la vida se multiplica únicamente cuando es dado. Lo que no se multiplica a través del dar, ni vale la pena darse, ni vale la pena reci­birse. Si al dar sentimos que hemos perdido algo, el regalo no ha sido dado en realidad, y entonces no generará abundancia. Cuando damos a regaña­dientes, no hay energía detrás de nuestro acto de dar.

Al dar y al recibir, lo más importante es la in­tención. La intención debe ser siempre crear feli­cidad para quien da y para quien recibe, porque la felicidad sostiene y sustenta la vida y, por tan­to, genera abundancia. La retribución es directa­mente proporcional a lo que se da, cuando el acto es incondicional y sale del corazón. Por eso el acto de dar debe ser alegre - la actitud mental debe ser tal que se sienta alegría en el acto mismo de dar. De esa manera, la energía que hay en el acto de dar aumenta muchas veces más.

En realidad, practicar la ley del dar es muy sen­cillo: si deseamos alegría, démosles alegría a otros; si deseamos amor, aprendamos a dar amor; si de­seamos atención y aprecio, aprendamos a prestar atención y a apreciar a los demás; si deseamos ri­queza material, ayudemos a otros a conseguir esa riqueza. En realidad, la manera más fácil de obte­ner lo que deseamos es ayudar a los demás a con­seguir lo que ellos desean. Este principio funcio­na igualmente bien para las personas, las empresas, las sociedades y las naciones. Si deseamos recibir el beneficio de todas las cosas buenas de la vida, aprendamos a desearle en silencio a todo el mun­do todas las cosas buenas de la vida.

Incluso la sola idea de dar, el simple deseo, o una sencilla oración, tienen el poder de afectar a los demás. Esto se debe a que nuestro cuerpo, re­ducido a su estado esencial, es un haz individual de energía e información en medio de un univer­so de energía e información. Somos haces indivi­duales de conciencia en medio de un universo consciente. La palabra "conciencia" implica mucho más que energía e información - impli­ca una energía y una información que viven en forma de pensamiento. Por tanto, somos haces de pensamiento en medio de un universo pen­sante. Y el pensamiento tiene el poder de trans­formar.

La vida es la danza eterna de la conciencia, que se manifiesta como un intercambio dinámi­co de impulsos de inteligencia entre el micro­cosmos y el macrocosmos, entre el cuerpo huma­no y el cuerpo universal, entre la mente humana y la mente cósmica.

Cuando aprendemos a dar aquello que busca­mos, activamos esa danza y su coreografía con un movimiento exquisito, enérgico y vital, que cons­tituye el palpitar eterno de la vida.

La mejor manera de poner a funcionar la ley del dar - de iniciar todo el proceso de circula­ción - es tomando la decisión de que cada vez que entremos en contacto con una persona, le daremos algo. No es necesario que sean cosas ma­teriales; podría ser una flor, un cumplido o una oración. En realidad, las formas más poderosas de dar no son materiales. Obsequios como interesar­se, prestar atención, dar afecto, aprecio y amor, son algunos de los más preciados que se pueden dar, y no cuestan nada. Cuando nos encontremos con alguien, enviémosle en silencio un buen de­seo por su felicidad, alegría y bienestar. Esta for­ma de generosidad silenciosa es muy poderosa.

Una de las cosas que me enseñaron cuando era niño, y que también les he enseñado a mis hijos, es nunca visitar a alguien sin llevarle algo - no visitemos nunca a alguien sin llevarle un regalo. Sin embargo, uno podría preguntarse: "¿Cómo puedo hacerles regalos a los demás si aho­ra ni siquiera tengo suficiente para mí?" Podemos regalar una flor; una sola flor. Podemos llevar una nota o una tarjeta que exprese algo sobre nues­tros sentimientos hacia la persona a quien visita­mos. Podemos llevar un elogio. Podemos llevar una oración.

Tomemos la decisión de dar en todo lugar a donde vayamos, y a quien quiera que veamos. Mientras estemos dando, estaremos recibiendo. Cuanto más demos, más confianza tendremos en los efectos milagrosos de esta ley. Y a medida que recibamos más, también aumentará nuestra ca­pacidad para dar.

Nuestra verdadera naturaleza es de prosperi­dad y abundancia; somos naturalmente prósperos porque la naturaleza provee a todas las necesida­des y deseos. No nos falta nada porque nuestra naturaleza esencial es la potencialidad pura, las posibilidades infinitas. Por consiguiente, debemos saber que ya somos intrínsecamente ricos, inde­pendientemente de cuánto dinero tengamos, por­que la fuente de toda riqueza es el campo de la potencialidad pura - es la conciencia que sabe cómo satisfacer cada necesidad, incluyendo la alegría, el amor, la risa, la paz, la armonía y el cono­cimiento. Si vamos en pos de estas cosas primero - no solamente para nosotros mismos, sino para los demás - todo lo demás nos llegará espontá­neamente.

CÓMO APLICAR LA LEY DEL DAR

Pondré a funcionar la ley del dar comprometiéndome a hacer lo siguiente:

1) Llevaré un regalo a cualquier lugar a donde vaya y para cualquier persona con quien me encuentre. Ese regalo puede ser un elogio, una flor o una oración. Hoy les daré algo a todas las personas con quienes me encuen­tre, para iniciar así el proceso de poner en circulación la alegría, la riqueza y la prospe­ridad en mi vida y en la de los demás.

2) Hoy recibiré con gratitud todos los regalos que la vida me dé. Recibiré los obsequios de la naturaleza: la luz del sol y el canto de los pájaros, o los aguaceros de primavera o las primeras nevadas del invierno. También es­taré abierto a recibir de los demás, sea un re­galo material, dinero, un elogio o una ora­ción.

3) Me comprometeré a mantener en circulación la abundancia dando y recibiendo los dones más preciados de la vida: cariño, afecto, apre­cio y amor. Cada vez que me encuentre con alguien, le desearé en silencio felicidad, ale­gría y bienestar.

3. LA LEY DEL "KARMA" O DE CAUSA Y EFECTO

Cada acción genera una fuerza de energía que regresa a nosotros de igual manera...

Cosechamos lo que sembramos.

Y cuando optamos por acciones que les producen alegría y éxito a los demás, el fruto de nuestro karma es también alegría y éxito.

El karma es la afirmación eterna del libre albedrío... Nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos son los hilos de la red que tendemos a nuestro alrededor.(SWAMI VIVEKANANDA)

La tercera ley espiritual del éxito es la ley del karma. El "karma" es a la vez la acción y la consecuencia de esa acción; es causa y efecto al mismo tiempo, porque toda acción genera una fuerza de energía que vuelve a nosotros de igual manera. No es desconocida la ley del karma; todo el mundo ha oído la expresión "Cosechamos lo que sembramos". Es obvio que si deseamos crear felicidad en nuestra vida, debemos aprender a sembrar las semillas de la felicidad. Así, el karma entraña la acción que resulta de las decisiones conscientes.

En esencia, todos somos escogedores de opciones infinitas. En todo momento de nuestra existencia estamos en el campo de todas las posi­bilidades, donde tenemos acceso a un número in­finito de opciones. Algunas de estas opciones se escogen conscientemente, mientras que otras se eligen inconscientemente. Pero la mejor ma­nera de comprender y utilizar al máximo la ley kármica es que seamos conscientes de las decisio­nes que tomamos en todo momento.

Sea que nos guste o no nos guste, todo lo que está sucediendo en este momento es producto de las decisiones que tomamos en el pasado. Infor­tunadamente, muchos de nosotros escogemos in­conscientemente, y, por tanto, no nos damos cuenta de que estamos frente a un abanico de op­ciones; sin embargo, lo estamos.

Si yo insultara a alguien, lo más seguro es que esa persona optara por ofenderse. Si yo le hi­ciera un cumplido, lo más probable es que optara por sentirse complacida o halagada. Pero pense­mos en esto: siempre hay una opción. Yo podría insultarla, y esa persona podría optar por no ofen­derse. Yo podría hacerle un cumplido, y ella podría optar por no permitir que mi elogio la afectara.

En otras palabras, la mayoría de nosotros - aunque escogedores de opciones infinitas - nos hemos convertido en haces de reflejos condicio­nados, los cuales son constantemente provoca­dos por las personas y las circunstancias, en for­ma de comportamientos predecibles. Estos reflejos condicionados son como los de Pávlov. Pávlov se hizo famoso por demostrar que si se le da algo de comer a un perro cada vez que suena una campa­na, pronto el perro comienza a salivar cuando oye la campana, porque asocia un estímulo al otro.

La mayoría de nosotros, como consecuencia del condicionamiento, respondemos de manera repetitiva y predecible a los estímulos de nuestro medio ambiente. Al parecer, nuestras reacciones son provocadas automáticamente por las perso­nas y por las circunstancias, y así olvidamos que esas reacciones son opciones que escogemos en cada momento de nuestra existencia. Sucede simplemente que escogemos esas opciones incons­cientemente.

Si nos detenemos un momento y observamos las opciones que escogemos en el instante mismo en que las escogemos, ese simple acto de conver­tirnos en espectadores nos permite sacar todo el proceso del reino del inconsciente para traerlo al reino de la conciencia. Este procedimiento de elección y de observación conscientes da mucho poder.

Cuando hagamos una elección - cualquier elección - hagámonos dos preguntas. En primer lugar: "¿Cuáles son las consecuencias de escoger este camino?" El corazón nos lo dirá inmediata­mente. Y en segundo lugar: "¿Traerá esta decisión que estoy tomando felicidad para mí y para quie­nes me rodean?" Si la respuesta es afirmativa, si­gamos adelante. Si la respuesta es negativa, si se trata de una opción que nos traerá sufrimiento a nosotros o a quienes nos rodean, abstengámonos de escoger ese camino. Es así de sencillo. Solamente hay una opción, entre el número infinito de opciones que se presentan a cada se­gundo, que puede traernos felicidad a nosotros y a quienes nos rodean. Elegir esta opción produce una forma de comportamiento que se conoce con el nombre de acción correcta espontánea. La ac­ción correcta espontánea es la acción apropiada que se toma en el momento oportuno. Es la res­puesta correcta a cada situación, en el momento en que se presenta. Es la acción que nos nutre, a nosotros y a todas las demás personas a quienes ella afecta.

El universo tiene un mecanismo muy intere­sante para ayudarnos a tomar decisiones correc­tas espontáneamente. Este mecanismo se relacio­na con las sensaciones del cuerpo, las cuales son de dos tipos: de bienestar o de malestar. En el ins­tante mismo en que estemos tomando una deci­sión conscientemente, prestemos atención a nues­tro cuerpo y preguntémosle: "¿Qué pasa si opto por esto?" Si el cuerpo nos envía un mensaje de bienestar, es la decisión correcta; si da señales de malestar, entonces no es el camino apropiado.

Algunas personas sienten el mensaje de bien­estar o malestar en la zona del plexo solar, pero la mayor parte de la gente lo siente en el área del corazón. Prestemos conscientemente atención al corazón y preguntémosle qué debemos hacer. Des­pués esperemos la respuesta - una respuesta físi­ca en forma de sensación. Podrá estar en el nivel más sutil de sensación, pero estará ahí, en nues­tro cuerpo.

Sólo el corazón sabe la respuesta correcta. La mayoría de las personas piensan que el corazón es sensiblero y sentimental, pero no es así. El cora­zón es intuitivo; es holístico, es contextual, es relacional. No se orienta a perder o a ganar. Tie­ne acceso al computador cósmico - el campo de la potencialidad pura, del conocimiento puro y del infinito poder organizador - y toma todo en cuenta. En algunas ocasiones, quizás no parezca razonable, pero la verdad es que su capacidad de computación es mucho más exacta y mucho más precisa que la de cualquier cosa que se encuentre dentro de los límites del pensamiento racional.

Podemos utilizar la ley del karma para crear di­nero y abundancia, y hacer que todas las cosas buenas fluyan hacia nosotros cuando lo deseemos. Pero primero debemos tomar conciencia de que el futuro es el producto de las decisiones que tomamos en cada momento de nuestra vida. Si ha­cemos esto con regularidad, estaremos utilizando plenamente la ley del karma. Cuanto más traiga­mos nuestras decisiones al plano de la conciencia, más podremos escoger aquellas opciones que sean correctas espontáneamente - tanto para noso­tros como para quienes nos rodean.

¿Qué pasa con el karma del pasado y cómo influye en nosotros ahora? Con respecto al karma pasado, se pueden hacer tres cosas: La primera es pagar las deudas kármicas. La mayoría de la gente escoge hacer esto - inconscientemente, claro está. Ésta también puede ser nuestra opción. Al­gunas veces, el pago de esas deudas implica mu­cho sufrimiento, pero la ley del karma dice que en el universo jamás queda una deuda pendiente. El sistema contable de este universo es perfecto, y todo es un intercambio constante, de un lado a otro, de energía.

La segunda posibilidad es transformar o con­vertir el karma en una experiencia más deseable. Éste es un proceso muy interesante, en el cual uno se pregunta, mientras paga la deuda kármica: "¿Qué puedo aprender de esta experiencia? ¿Por qué me está sucediendo esto y cuál es el mensaje que el universo trata de comunicarme? ¿Cómo puedo hacer que esta experiencia sea útil para mis congéneres los seres humanos?"

Haciendo esto, buscamos el principio de la oportunidad, para luego unirlo con nuestro dharma, o sea el propósito de nuestra vida, del cual hablaremos en la séptima ley espiritual del éxito. Esto nos permite convertir el karma en una nue­va experiencia.

Si, por ejemplo, nos fracturamos una pierna practicando un deporte, podríamos preguntarnos: "¿Qué puedo aprender de esta experiencia? ¿Cuál es el mensaje que el universo trata de comunicar­me?" Quizás el mensaje sea que necesitamos to­mar las cosas con calma y tener más cuidado o prestar más atención a nuestro cuerpo la próxima vez. Y si nuestro dharma es enseñar a otros lo que sabemos, entonces al preguntarnos: "¿Cómo pue­do hacer que esta experiencia sea útil para mis congéneres los seres humanos?", podríamos optar por compartir lo que aprendimos escribiendo un libro sobre la manera de practicar deportes sin ries­go; o podríamos diseñar un zapato especial o un protector para las piernas que evitara ese tipo de lesión.

De este modo, a la vez que pagamos nuestra deuda kármica, habremos convertido la adversi­dad en un beneficio que puede traernos riqueza y realización. En eso consiste la transformación del karma en una experiencia positiva. En realidad, no nos hemos librado de nuestro karma, pero po­demos aprovechar un episodio kármico para crear un karma nuevo y positivo a partir de él.

La tercera manera de enfrentar el karma es trascendiéndolo. Trascender el karma es indepen­dizarse de él. La manera de trascender el karma es entrar constantemente en el espacio de la conciencia pura para sentir el yo, el espíritu. Es como lavar un trapo sucio en una corriente de agua; cada vez que se lava, desaparecen algunas man­chas, y si se lava una y otra vez, cada vez queda más limpio. Limpiamos o trascendemos el karma entrando y saliendo del espacio de la conciencia pura. Esto, claro está, se hace mediante la prácti­ca de la meditación.

Todos los actos son episodios kármicos; beber una taza de café es un episodio kármico. Esa ac­ción genera recuerdo, y el recuerdo tiene la capa­cidad o la potencia de generar deseo, y el deseo genera nuevamente una acción. El sistema opera­cional del alma consta de karma, recuerdo y de­seo. El alma es un haz de conciencia en el cual residen las semillas del karma, el recuerdo y el deseo. Cuando tomamos conciencia de esto, nos convertimos en generadores de realidad conscien­tes. Tomando conciencia de las elecciones que hacemos, comenzamos a generar acciones que en­cierran un proceso de evolución tanto para noso­tros como para todos los que nos rodean. Y eso es todo lo que necesitamos hacer.

Mientras el karma sea evolutivo - tanto para el yo como para todos los afectados por el yo - los frutos del karma serán la felicidad y el éxito.

CÓMO APLICAR LA LEY DEL "KARMA" O DE CAUSA Y EFECTO

Pondré a funcionar la ley del karma compro­metiéndome a hacer lo siguiente:

1) Hoy observaré las decisiones que tome en cada momento. Y con el simple hecho de observar esas decisiones, las traeré a mi conciencia. Sabré que la mejor manera de prepararme para cualquier momento en el futuro es estar totalmente consciente en el presente.

2) Siempre que haga una elección me formula­ré dos preguntas: "¿Cuáles son las consecuen­cias de esta decisión?" y "¿Traerá esta deci­sión felicidad y realización tanto para mí como para aquellos a quienes afectará?"

3) Después le pediré orientación a mi corazón, y me dejaré guiar por su mensaje de bienes­tar o de malestar. Si me siento a gusto con la decisión, seguiré adelante sin temor. Si la decisión me produce malestar, me detendré a mirar las consecuencias de mi acción con mi visión interior. Esta orientación me per­mitirá tomar espontáneamente decisiones correctas tanto para mí como para todos los que me rodean.

4. LA LEY DEL MENOR ESFUERZO

La inteligencia de la naturaleza funciona con toda facilidad... con despreocupación, con armonía y con amor.

Y cuando aprovechamos las fuerzas de la armonía, la alegría y el amor, creamos éxito y buena fortuna con gran facilidad.

Un ser integral conoce sin viajar, ve sin mirar, y realiza sin hacer. (Lao-TSE)

La cuarta ley espiritual del éxito es la ley del menor esfuerzo. Esta ley se basa en el hecho de que la inteligencia de la naturaleza funciona con toda facilidad y despreocupación. Ése es el principio de la menor acción, de la no resisten­cia. Por consiguiente, es el principio de la armo­nía y el amor. Cuando aprendemos esta lección que nos enseña la naturaleza, satisfacemos con facilidad nuestros deseos.

Si observamos la naturaleza, veremos que ella utiliza un esfuerzo mínimo para funcionar. La hier­ba no tiene que hacer ningún esfuerzo para cre­cer; sencillamente, crece. Los peces no se esfuer­zan para nadar; sencillamente, nadan. Las flores no hacen ningún esfuerzo para abrirse; sencillamente, se abren. Las aves no se esfuerzan para volar; sencillamente, vuelan. Ésa es su naturaleza intrínseca. La Tierra no se esfuerza para girar so­bre su eje; es su naturaleza girar a velocidad verti­ginosa en el espacio. Es la naturaleza de un bebé estar siempre en estado de dicha. Es la naturaleza del sol brillar. Es la naturaleza de las estrellas titi­lar y destellar. Y es la naturaleza humana hacer que los sueños se conviertan en realidad, con fa­cilidad y sin esfuerzo.

En la ciencia védica, la filosofía milenaria de la India, este principio se conoce como econo­mía de esfuerzo, o "hacer menos para lograr más". Al final, llegamos al estado en que sin hacer nada lo realizamos todo. Esto significa que una ligera idea puede convertirse en realidad sin esfuerzo al­guno. Lo que conocemos normalmente como "mi­lagros" son en realidad manifestaciones de la ley del menor esfuerzo.

La inteligencia de la naturaleza funciona sin esfuerzo, sin resistencia, espontáneamente. No es lineal; es intuitiva, holística y estimulante. Y cuando estamos en armonía con la naturaleza, cuando estamos seguros del conocimiento de nuestro verdadero yo, podemos utilizar la ley del menor esfuerzo.

Es mínimo el esfuerzo que hacemos cuando nuestros actos brotan del amor, porque es la ener­gía del amor la que aglutina la naturaleza. Cuan­do tratamos de conseguir el poder para controlar a los demás, gastamos energía. Cuando buscamos el dinero o el poder para satisfacer al ego, gasta­mos energía persiguiendo la ilusión de la felici­dad, en lugar de disfrutar la felicidad del momen­to. Cuando anhelamos el dinero para beneficio personal únicamente, cortamos el flujo de ener­gía hacia nosotros e impedimos la expresión de la inteligencia de la naturaleza. Pero cuando nues­tras actuaciones nacen del amor, no hay desper­dicio de energía. Cuando nuestros actos brotan del amor, la energía se multiplica y se acumula - y el exceso de energía que recogemos y disfruta­mos puede canalizarse para crear cualquier cosa que deseemos, incluida la riqueza sin límites.

Podemos considerar el cuerpo como un apa­rato para controlar la energía: puede generar, al­macenar y gastar energía. Si sabemos cómo gene­rar, almacenar y gastar la energía de una manera eficiente, podemos crear cualquier cantidad de riqueza. Fijar nuestra atención en el ego consume la mayor parte de la energía. Cuando nuestro pun­to interno de referencia es el ego, cuando busca­mos poder y control sobre los demás, o la aproba­ción del resto del mundo, desperdiciamos nuestra energía.

Sin embargo, cuando liberamos esa energía podemos recanalizarla para crear cualquier cosa que deseemos. Cuando nuestro punto interno de referencia es nuestro espíritu, cuando nos volve­mos inmunes a la crítica y perdemos el temor a los desafíos, podemos aprovechar el poder del amor y utilizar creativamente la energía para vi­vir la abundancia y la evolución.

En El arte de soñar, don Juan le dice a Carlos Castañeda: "Gastamos la mayor parte de nuestra energía sosteniendo nuestra importancia... Si pu­diéramos perder parte de esa importancia, nos sucederían dos cosas extraordinarias. Una, libe­raríamos la energía que se mantiene atada alimen­tando la idea ilusoria de nuestra grandeza; y dos, nos proveeríamos de suficiente energía para vislumbrar la grandeza real del universo".

La ley del menor esfuerzo tiene tres componen­tes - tres cosas que podemos hacer para poner en funcionamiento este principio de "hacer me­nos para lograr más". El primer componente es la aceptación. Aceptar significa sencillamente con­traer un compromiso: "Hoy aceptaré a las perso­nas, las situaciones, las circunstancias y los he­chos tal como se presenten". Eso significa que sabremos que este momento es como debe ser, por­que todo el universo es como debe ser. Este mo­mento - el que estamos viviendo ahora mismo - es la culminación de todos los momentos que hemos vivido en el pasado. Este momento es como es porque todo el universo es como es.

Cuando luchamos contra este momento, en realidad luchamos contra todo el universo. En lu­gar de eso, podemos tomar la decisión de no lu­char hoy contra todo el universo, no luchando contra este momento. Eso significa que nuestra aceptación de este momento es total y completa. Aceptamos las cosas como son, no como quisié­ramos que fueran, en este momento. Es impor­tante comprender esto: podemos desear que las cosas sean diferentes en el futuro, pero en este momento debemos aceptarlas como son.

Cuando nos sintamos frustrados o estemos molestos a causa de una persona o una situación, recordemos que nuestra reacción no es contra la persona o la situación, -sino contra nuestros sen­timientos acerca de esa persona o esa situación. Ésos son nuestros sentimientos, y nadie tiene la culpa de ellos. Cuando reconozcamos y compren­damos esto plenamente, estaremos listos para asu­mir la responsabilidad de lo que sentimos y para cambiarlo. Y si podemos aceptar las cosas como son, estaremos listos para asumir la responsabili­dad de nuestra situación y de todos los sucesos que percibimos como problemas.




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