La violencia de género invisible: el Acoso Sexual Callejero



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ALAS 2015, Costa Rica. GT-11: Género, feminismo y sus aportes a las ciencias sociales

La violencia de género invisible: el Acoso Sexual Callejero

Ponencia completa para GT-11: Género, feminismo y sus aportes a las ciencias sociales

Congreso ALAS 2015, Costa Rica
Marco Billi1

Javiera Arancibia2

Maria José Guerrero3

Felipe Torrealba4


Palabras claves: acoso sexual callejero, violencia de género, patriarcado, OCAC Chile
Resumen

En los últimos años se ha presenciado un proceso gracias al cual el Acoso Sexual Callejero5 ha comenzado a entenderse como una manifestación de violencia de género. En este contexto, a fines de 2013 nace el Observatorio Contra el Acoso Callejero Chile [OCAC Chile], con el fin de visibilizar este fenómeno y generar cambios educativo-culturales y sociales orientados a erradicarlo. Con base en el trabajo desarrollado dentro del área de estudios de OCAC Chile, las y los investigadores presentan una definición de ASC compuesta por cinco dimensiones de análisis: el contenido y connotación sexual de estos actos, el espacio público como escenario donde emergen, la caracterización de estas prácticas como interacción entre desconocidos, su unidireccionalidad como relación comunicativa y, por último, el malestar que genera en términos individuales y sociales. A partir de este modelo conceptual, se examinará el postulado de que el ASC puede considerarse una forma de violencia de género. Para esto, tras una breve introducción sobre OCAC Chile y el concepto de ACS, mencionado, se describirán sus dimensiones, desagregadas en una pequeña introducción teórica junto con resultados comparados de tres estudios cuantitativos ejecutados en Chile sobre ASC, atingentes para cada dimensión.



El fenómeno en Chile y América Latina

En los últimos años en América (como en otras partes del mundo), se ha iniciado un proceso gracias al cual el ASC6 ha ido pasando de ser invisibilizado y naturalizado, a ser concebido como un problema psicosocial con creciente relevancia política, académica y mediática. En este proceso han jugado un papel importante organizaciones de la sociedad civil de diversos países del mundo, entre las que se encuentran Hollaback! y Stop Street Harassment en Estados Unidos; Harassment Map en Egipto; y el Observatorio Contra el Acoso Callejero Chile [OCAC Chile], una organización nacida en Chile en 2013, y actualmente presente en varios países Latinoamericanos (Uruguay, Nicaragua, Colombia, Bolivia, y recientemente Costa Rica y Guatemala).



Entre los objetivos principales de OCAC Chile están: (1) visibilizar el ASC como forma de violencia de género; (2) generar cambios educativo-culturales con el fin de crear conciencia y responsabilidad social; y (3) elaborar propuestas legislativas de carácter sancionador y preventivo. Para la persecución de los mismos, OCAC Chile se organiza en seis áreas: Estudios, Intervención, Comunicación, Asesoría Jurídica, Relaciones Internacionales y Gestión Institucional. En particular, el área de Estudios se conforma por un equipo interdisciplinario de las Ciencias Sociales, orientado a generar conocimiento y debate científico sobre el ASC en Chile, mediante la realización de investigaciones, seminarios y publicaciones al respecto, y el apoyo teórico y metodológico a otras áreas de OCAC Chile, a sus “nodos” internacionales, y a las varias instituciones activas en temáticas afines.

Para abordar el fenómeno se ha construido un concepto operacionalizable y orientado a comprenderlo como forma de violencia de género (Lamas, 2002; Organización de las Naciones Unidas, 1994); en este sentido, se ha tratado mejorar algunas limitaciones de otros enfoques, que conciben el ASC principalmente como una violencia específica contra las mujeres. Así, por ejemplo, el Servicio Nacional de Mujer [SERNAM] en Chile desarrolló el Plan Nacional de Acción contra la Violencia hacia las Mujeres, dedicado a asistir, orientar y apoyar a mujeres que sufren violencia; no obstante, al focalizarse este Plan en el ámbito doméstico, y dejar de lado manifestaciones de violencia diversas o sufridas por grupos que no entran en la dicotomía tradicional hombre/mujer, pero igualmente en desventaja en el sistema patriarcal (Lerner, 1986), consideramos que, aunque útil y necesario, represente un abordaje limitado e insuficiente para dar cuenta de la complejidad y transversalidad del problema.

En un intento de llenar ese espacio, el área de Estudios de OCAC Chile ha desarrollado dos investigaciones nacionales sobre ASC, así como diversas ponencias, debates y colaboraciones con FLACSO y la Universidad de Chile, entre otras instituciones, con el objetivo de plantear el problema desde una perspectiva de género, y generar fundamento científico para el proyecto de ley contra el ASC presentado en Chile el 17 de Marzo de 2015.7

Basado en estas experiencias y estudios, la ponencia pretende examinar el ASC como una manifestación de violencia de género relevante y observar críticamente las descripciones e intervenciones al respecto, para lo que, se partirá con una breve definición del fenómeno.

Definición

Para comprender la complejidad del ASC, OCAC Chile propone integrar cinco dimensiones analíticas, las cuales se identifican a partir de la revisión de los más relevantes intentos previos de conceptualización disponibles en el estado del arte (Gardner, 1995; Di Leonardo, 1981; Bowman, 1993; Gaytán, 2007; Stop Street Harassment, 2014). Así, se subrayan primero el contenido y connotación sexual de estos actos; segundo, que el escenario donde emerge es el espacio público; tercero, que se trata de una interacción entre desconocidos, y cuarto, que en términos comunicativos esta puede observarse como unidireccional; por último, se relevan las consecuencias emocionales negativas y el malestar que el fenómeno puede generar a nivel individual y social. Es así que parece adecuado hablar de ASC en referencia con “todas aquellas prácticas con connotación sexual explícita o implícita, que ocurren con carácter de unidireccionalidad entre desconocidos dentro de los espacios públicos, con el potencial de provocar malestar” (OCAC, 2015, p.8). En otros textos (Billi & Guerrrero, 2015) se discuten más en profundidad las continuidades y divergencias de esta definición respecto a otras análogas; por lo que sigue, baste con considerar que esta conceptualización asume que estas prácticas se inscriben en el contexto de sociedades patriarcales permeadas por mecanismos de dominación masculina (Bourdieu, 2000).

Dimensiones del concepto y cifras

Como se ha adelantado, a partir de este modelo conceptual, se examinará la hipótesis de que el ASC puede considerarse una forma de violencia de género; para ello, se pondrán en comparación tres estudios ejecutados en Chile sobre el fenómeno: (i) Una encuesta telefónica ejecutada en 2011 y publicada en 2012 por SERNAM en una muestra de 1284 individuos entre 18 y 25 años residentes en zonas urbanas de la Región Metropolitana, de los que 40% hombres y 60% mujeres, con un error muestral de 2,7% y un nivel de confianza de 95%.8 (ii) Una encuesta de autorreporte en hogares, aplicada entre noviembre 2014 y enero 2015 y publicada en marzo 2015 por OCAC Chile con apoyo de la consultora Metalógica, en una muestra aleatoria polietápica de 800 individuos mayores de 18 años residentes en 32 comunas del Gran Santiago, con una distribución de 69,3% de mujeres y 30,3% de hombres, un error máximo de 3,5% y un nivel de confianza de 95%. (iii) Un sondeo aplicado vía web durante febrero del 2014 por OCAC Chile en una muestra de 3.234 casos, no estructurados, de respuesta voluntaria, procedentes de todas las regiones del país, con sobrerrepresentación de la Región Metropolitana [75%], rango etario entre 12 y 64 años y distribución por sexo fuertemente desbalanceada hacia las mujeres [95,5%].9

A continuación, se presentará una selección de datos desde estos estudios, desagregados en las diversas dimensiones del concepto de ACS propuesto.

1. La connotación sexual del acto

Se entiende como acto de significación sexual aquel que “resulta objetivamente adecuado para incitar el instinto sexual de una persona, dentro del medio social que se desarrolla” (Ramírez, 2007, p.9): lo primero a considerar es entonces que una insinuación de carácter sexual siempre se encontrará culturalmente situada. En lo relativo al ASC, cobra relevancia la dicotomía activo/pasivo normada para la conducta sexual, de hombres y mujeres respectivamente (Chapleau & Oswald, 2014). Asimismo, las características sexualizadas poseen un sesgo de género, donde los hombres tienden a sexualizarse a raíz de características más internas que externas, si comparado con las mujeres, quienes son en mayor medida objeto de cosificación sexual: a su vez, esta situación puede ligarse a una subsecuente deshumanización de estas últimas, aumentando su vulnerabilidad a ser objeto de violencia sexual (Loughnan, Pina,Vásquez & Puvia, 2013).

Desde el punto de vista de la connotación sexual del acto, se consideran como prácticas de ASC miradas persistentes, sonidos (silbar, bocina de vehículo, etc.), comentarios con connotación sexual implícita o explícita (“piropos”), roce de partes no íntimas (hombro, mano, cintura, etc.) o íntimas del cuerpo (trasero, vulva, pene, senos, etc.), presión con los genitales hacia el cuerpo de otra persona, arrinconamientos y acercamientos intimidantes, persecución (a pie o en medio de transporte), exhibicionismo, masturbación pública y toma de registros audiovisuales tales como fotografías o grabaciones de una persona o partes de su cuerpo sin su consentimiento (OCAC Chile, 2015).

A continuación se analizarán dos aspectos de ellas: la distribución de cada tipo de prácticas según frecuencia; y la dimensión de género asociada a las mismas. Sobre lo primero, estas prácticas distan de ser escasas, pudiendo afirmar que en nuestro país 3 de cada 4 personas han sido víctimas de alguna de ellas en el último año, siendo las más comunes las miradas persistentes, los sonidos y comentarios [74,3%], y a continuación las de carácter físico -roce de partes íntimas y non, presión de genitales contra el cuerpo de otro etc.- [37,78%] (OCAC Chile, 2015). Por otro lado, es posible advertir gran diferencia en términos de ocurrencia entre hombres y mujeres, alcanzando los primeros un 55% de victimización, y las segundas un 85%. Si bien ambos son –en grandes porcentajes- víctimas del acoso sexual callejero, es importante destacar la diferencia en términos de frecuencia, ya que la mayor distinción radica en que a los hombres les ha pasado, y a las mujeres les pasa: así, un poco más de 2 de cada 3 mujeres son acosadas sexualmente en espacios públicos por lo menos una vez a la semana -cifra que no supera el 11% en los hombres- (OCAC Chile, 2015).

Por otra parte, el estudio de SERNAM (2012) revela diferencias en la ocurrencia de los diversos tipos de actos según la edad de la víctima10, lo que puede estar dando cuenta de ciertas normas- sociales y legales- en relación a la sexualidad donde, por ejemplo, las tocaciones infantiles son altamente sancionadas. Y así, vemos que las niñas y niños se ven enfrentados a prácticas de acoso -no menos traumáticas pese a no involucrar contacto físico- que pueden pasar más desapercibidas a ojos de un posible espectador del acto.



2. Desconocido e intimidad

Según Altman (1975), cuando hablamos de espacio personal, existen territorios íntimos tales como la zona de seguridad que rodea nuestro cuerpo, y existen territorios públicos, disponibles para la apropiación temporal de casi cualquier persona, tales como parques, calles, o el transporte público. Cuando una persona entra injustificadamente en el espacio íntimo de otra, este acto podría ser interpretado como una amenaza. Más lo será si se trata de un desconocido, y más aún si esto sucede constantemente (Lyman y Scott, 1967). Así, el ASC contribuye a la construcción de un espacio público sentido como amenazante, y de un cuerpo percibido como vulnerable en cuanto el espacio íntimo es tratado como si fuera público por el perpetrador. Estos efectos son especialmente graves en la niñez y adolescencia, ya que en la primera se viven procesos de socialización ligados al aprendizaje de normas y valoraciones socioculturales, mientras que en la segunda, se producen construcciones identitarias importantes, ligadas en gran medida a la autoimagen, por lo cual se pueden esperar efectos más dañinos y de largo plazo (Perinat & Lalueza, 1998; De la Villa, 2007).

Al respecto, según el sondeo realizado por OCAC Chile el año 2014, la casi totalidad de las personas declaró que no conocía a quien le había acosado (99%), dejando fuera de la interacción todo vínculo estable y seguro y, por tanto, posicionando en la vereda de la vulnerabilidad a quien lo sufre.

Se puede mencionar además que, según el mismo estudio, en promedio las mujeres comienzan a sufrir acoso sexual en espacios públicos a los 14 años, destacando casos de incluso 9 años de edad. Por otra parte, se ha estimado que las personas al referirse a sus experiencias, afirman haber recibido con mayor frecuencia acoso durante su niñez, alcanzando cifras aproximadas de 2 de cada 5 personas. Sin embargo, al preguntar respecto a actos de acoso de los que han sido testigos la frecuencia se invierte, ya que el 58,1% de los entrevistados declaran que el acosada/o era adolescente, el 31,7% responden adulta/o, y sólo el 10,1% hacen referencia a niños/as (SERNAM, 2012). Esta última situación es de real interés, ya que se destaca un manto de invisibilidad hacia una realidad que, al parecer, es más frecuente, y por tanto, menos anómala de la que se quisiera y de la que se reconoce.

Esta situación de ASC en menores de edad también se reflejó en la encuesta OCAC Chile de 2015, cuando se les preguntó sobre un acto de acoso sexual callejero que consideraron importante, cerca de un 28% de los hombres y 19% de las mujeres lo sufrieron siendo niñas o adolescentes, destacando que en 7 de cada 10 casos, cuando la víctima es niña o niño, los perpetradores son jóvenes y/o adultos, y el 93% de las y los adolescentes han sido acosados por jóvenes, adultos y/o adultos mayores.

3. Espacio público

El espacio público “expresa las relaciones sociales entre hombres y mujeres que se construyen y transforman a lo largo de tiempo en los mismos, definiendo ideas de ‘feminidad’ y ‘masculinidad’ que se traducen espacialmente, y que generan lugares [dispares] para lo masculino y lugares para lo femenino, afectando su cotidianidad, sus oportunidades y sus derechos” (De la Cruz, 2008, p. 208). Esta disparidad se vincula directamente al modo de apropiación de los espacios, no equitativa para las diversas formas de vivir el género: hay cuerpos para el espacio público, y cuerpos para lo privado que deambulan en lo público. Si aceptáramos la distinción binaria hombre/mujer, los primeros serían los cuerpos dueños del espacio público, mientras que las diferentes feminidades, si bien puedan relegarse del espacio privado, no serían aceptadas de manera permanente, sino transitoria (Delgado, 2007). Esta disparidad se puede observar sobre todo en los mecanismo de control del cuerpo femenino en el espacio público, a través de mandatos para las mujeres tales como no andar sola sino que, en lo posible, acompañada de un hombre; no utilizar el espacio público en horas de la noche; evitar prendas y actitudes consideradas provocativas, etc. Esta lógica, no solo coarta la libertad de las mujeres sino que, además, las responsabiliza de la violencia sexual a la que puedan verse enfrentadas al “no cumplir” tales mandatos (Chapleau & Oswald, 2014).

Sobre las dinámicas del ASC en el espacio público, el último estudio realizado en Chile sobre éste, destaca que cerca de la mitad de los actos ocurrirían en la tarde, donde sólo 1 de cada 4 tendría lugar durante la noche (OCAC Chile, 2015), tendencias que también se confirman en la encuesta de SERNAM (2012). Estas cifras son relevantes para entender este fenómeno, ya que desmitifican la creencia de que el acoso sexual callejero acontecería en mayor proporción durante la noche. No obstante, el mismo estudio evidencia la gran difusión de que goza este mito: 57,3% de las personas cree que el acoso callejero se podría prevenir si se tomaran precauciones y se evitara salir de noche.

De forma general se puede mencionar que el escenario propicio para el ASC es la calle, cifrando 2 de cada 4 actos en ella. Por otro lado, los medios de transporte también se erigen como escenarios salientes de este fenómeno, el cual tendría lugar en 1 de cada 4 casos en esos espacios (OCAC Chile, 2015). Además se destaca una relevante correlación entre lugares y horarios de acoso11, y entre presencia de otras personas, lugares12 y horarios13, apuntando a que la mayoría de los actos acontecerían en correspondencia del desplazamiento conectado con alcanzar y dejar el lugar de trabajo (SERNAM, 2012).


4. Unidireccionalidad

Como todo fenómeno social, el ASC puede comprenderse en términos de interacción comunicativa, lo que conduce a caracterizar este fenómeno no en base de la naturaleza objetiva de estos actos, ni de la intención de quien los lleva a cabo, sino de la forma con la que sus participantes se observan recíprocamente a partir sus propias perspectivas y expectativas, y por lo tanto, de cómo se coordinen estas observaciones, lo que se conoce como doble contingencia (Luhmann, 1997; Martínez, 2012). De acuerdo con ello, puede observarse como característica del ASC su unidireccionalidad, es decir la forma con la que quien perpetra el acoso da por sentada la aceptación (o por lo menos, el no rechazo) por parte de quien lo recibe, sin requerir ni considerar la posible respuesta de éste, situando al emisor en una posición superior y activa, y la víctima en una inferior y pasiva (Segato, 2003; Fridlizius, 2009). Esta presunción de aceptación puede comprenderse a partir de una estructura de expectativas compartida: el patriarcado (Bowman, 1993; Bourdieu, 2000).

En este sentido, es interesante que 4 de 10 víctimas se quedan sin reaccionar al verse enfrentadas a situaciones de ASC, y otro 16,7% huye, mientras que sólo 1 de 4 enfrenta verbalmente o físicamente al agresor. Frente a ello, la gran mayoría entre quienes perpetran estos actos tiene comportamientos indiferentes, como “hacerse el desentendido y permanecer en el lugar” [53,4%] o huir de ello sin reconocer el acto [36,3%], existiendo una débil tendencia14 hacia que quien acosa huya frente a víctimas que los enfrentan, y se haga el desentendido cuando las reacciones son pasivas (SERNAM, 2012). El sondeo OCAC Chile de 2014 confirma en general este hallazgo, destacándose reacciones pasivas como expresiones no verbales [66% de los casos] o falta completa de reacción manifiesta, relacionada con la intimidación [36%] con la indiferencia [21%] o con el alejamiento del agresor [17%]. Sólo un 29% de las víctimas responde verbalmente y mucho menos de forma física o con declamaciones públicas. Frente a ello, el comportamiento de quien perpetra el acto, tras testimoniar las reacciones arriba mencionadas, se orienta de preferencia, de acuerdo al mismo estudio, hacia la indiferencia (quedarse en silencio o irse), en el 72% de los casos, seguida por insistencia en el acoso [34,8%] o insultos [33,8%].15 En general, el ASC parece configurarse como un acto aislado, que no produce sucesivas interacciones entre víctima y victimario, o cuando esto ocurre, las reacciones de la primera son acogidas por este último con indiferencia o negación del ocurrido.

5. Malestar

De acuerdo a estudios existentes, las mujeres reportan emociones negativas al enfrentarse a situaciones de ASC (Fairchild, 2010; Cartar, Hicks & Slane, 1996), tales como “asco, rabia, miedo, inseguridad, confusión, culpa” (OCAC Chile, 2014, p.17). En línea con esto, se ha observado que a una mayor exposición al ASC, mayor será la magnitud de emociones negativas, miedo a la violación, miedo al acoso, estrategias pasivas de afrontamiento y auto culpabilización que se observarán (Fairchild, 2010). De este modo, el ASC produciría una disminución en el sentido de control sobre el entorno y la propia vida, y por lo tanto malestar, representando una restricción del desarrollo de capacidades individuales, relacionales y sociales necesarias para la consecución de bienestar subjetivo, tales como sentirse seguro y libre de amenazas, participar e influir en la sociedad, ser reconocido y respetado en dignidad y derechos, y conocer y comprender el mundo en que se vive (Macassi, 2005; Gaytán, 2011; PNUD, 2012).

Según la encuesta de OCAC Chile (2015) las emociones más comunes son la rabia [69,7%], la impotencia [48,9%], el miedo [45,4%] y la pena [23%]; esto pese a que 40,2% de los tipos de acoso citados eran comentarios, sonidos o miradas, así desmitificando la creencia de que el acoso verbal sería acogido positivamente por sus destinatarios/as. La encuesta SERNAM (2012), por su lado, confirma el mismo orden de ocurrencia de estas emociones, agregando a ellas la categoría de impotencia, experimentada por 1 de cada 4 personas. En general, entre víctimas de sexo femenino16 parecen más comunes la impotencia y el miedo, siendo más intensas cuando los agresores son hombres, particularmente en grupo17, mientras que entre víctimas de género masculino la rabia es más típica, y lo es la vergüenza cuando quien acosa es una mujer o un grupo de ellas (SERNAM, 2012).

Adicionalmente, estas experiencias acarrean toda una variedad de consecuencias psicológicas, tales como vigilar constantemente, pensar constantemente en lo ocurrido, cambiar de ruta y esforzarse por no pensar en el hecho, relatada por más de 3 de cada 10 víctimas, síntomas usualmente conectados con un trastorno de estrés postraumático18. Adicionalmente, estas situaciones producen inseguridad en 6 personas de 10, particularmente entre mujeres19 cuando el acoso es cumplido por un hombre, un grupo de ellos, o nunca se supo quien fue20, lo que es coherente con la percepción general (sostenida por más de la mitad de la población) de que este tipo de actos crea inseguridad, modifica costumbres y reduce la calidad de vida (SERNAM, 2012; OCAC Chile, 2015).

En relación con el malestar social que las prácticas ASC podrían suscitar, está ligado a la disposición a manifestarse en contra o sancionarlo: 9 de cada cada 10 personas (tanto hombres como mujeres21) se declaran en desacuerdo con las prácticas de acoso de tipo físico, que involucren registro audiovisual, persecución, exhibicionismo, intimidación o masturbación pública, mientras que 3 de cada 5 se manifiestan en desacuerdo con actos de acoso verbal y no verbal (OCAC Chile, 2015): adicionalmente, más del 60% de los encuestados aprobarían sanciones por lo menos moderadas para acosos de tipo verbal, y graves o muy graves por los otros tipos de ASC. Estos datos, nuevamente, son coherentes con la encuesta SERNAM (2012), que señala que 84,5% de las mujeres y 73% de los hombres creen que el acoso sexual callejero debería ser castigado, mientras que el 79,3% de las mujeres y el 65,7% cree que sería necesario legislar al respecto y penalizarlo severamente.

Finalmente, el mismo estudio estima que estos actos producen inseguridad en el lugar donde ocurren [40% aprox.] y en general [55% aprox.],modifican costumbres [60% aprox.], y por tanto, reducen la calidad de vida [50% aprox.]. Pero por otro lado, si bien se evidencia la nocividad de estas prácticas, también se les tipifica como normales [60 aprox.] y como típica de Chile [45% aprox.]. Estamos, entonces, frente a una gran tensión: si bien se lee el ASC como una situación negativa, que modifica la forma en que los cuerpos se desplazan por los espacios, se le dota de normalidad y de típica de un país, cargándola de una fuerza de invariabilidad, reificándola dentro de cánones de lo inmodificable.



Reflexiones finales y conclusiones

Los datos presentados permiten fundamentar la tesis que el ASC es una práctica violenta, la cual, aprovechando una asimetría de poder sustentada por la estructura patriarcal de dominación, viola la subjetividad de las víctimas, sin preocuparse de su reacción o respuesta, y produciendo malestar tanto individual como social. En este sentido, puede verse también como una forma de violencia de género, donde los principales perpetradores son hombres adultos y las principales víctimas son jóvenes, especialmente mujeres jóvenes: el ASC determina y limita las posibilidades de uso del espacio para los grupos más vulnerables, reduciendo sus oportunidades de construir libre y seguramente sus identidades, generando malestar y restringiendo las posibilidades de relación en el espacio público, en cuanto las dinámicas relacionales con el fenómeno no consideran a su receptor como agente.

Lo anterior posiciona efectivamente el ASC como un requerimiento sexual no consentido, al igual que las prácticas de acoso y abuso sexual que ocurren en otros ámbitos, tales como la escuela o el trabajo, con las que comparte sobre todo la connotación sexual -directa o indirecta- del acto, su carácter unidireccional, y sus efectos negativos a nivel individual y social. A la vez, la definición propuesta da luz sobre ciertas especificidades del ASC como un subtipo de acoso sexual, sobre todo en lo relativo a la esfera que ataca -el espacio público- de la cual se desprenden ciertas características del agente, propias de relaciones entre desconocidos, tales como el anonimato y la transitoriedad del contacto.



En este sentido, el ASC, al tener lugar en el espacio público, se manifiesta en una esfera diferente a las hasta ahora consideradas por la mayoría de los programas de género vigentes, tales como el ámbito doméstico, educacional o laboral (SERNAM, 2015).

Paralelamente, es importante evidenciar que, por un lado, se trata de un fenómeno transversal, que involucra -en posición de víctima o de victimario- a personas de todos los sexos y edades; por el otro, que pese a su transversalidad el ASC no es vivenciado de la misma forma -ni con la misma frecuencia- entre hombres y mujeres, entre diferentes masculinidades y feminidades, y entre personas mayores y menores, sino que aprovecha -y reproduce- las desigualdades de género y de edad que estructuran a la Sociedad en que vivimos. Esto obliga a repensar las formas tradicionales de ver la violencia de género y el patriarcado, y abre el debate sobre conceptualizaciones más abiertas, flexibles y adecuadas a la complejidad y variedad de las relaciones y representaciones de género.


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1 Economista, Universidad Bocconi de Milán; Magíster en Análisis Sistémico aplicado a la Sociedad, Universidad de Chile (tesista). Chile: Observatorio Contra el Acoso Callejero. marco.dg.billi@ug.uchile.cl

2 Psicóloga, Pontificia Universidad Católica de Chile; Magíster en Psicología Social Comunitaria, Pontificia Universidad Católica de Chile (cursando). Chile: Observatorio Contra el Acoso Callejero. jsaranci@uc.cl

3 Socióloga, Universidad de Playa Ancha, especialista en género. Chile: Observatorio Contra el Acoso Callejero. mariajose.guerrerogonzalez@gmail.com

4 Sociólogo, Universidad Complutense de Madrid (España); Máster Internacional en Estudios Contemporáneos de América Latina, Universidad Complutense de Madrid (España). Chile: Observatorio Contra el Acoso Callejero. felipetorrealba11@gmail.com

5 En adelante ASC

6 Acoso Sexual Callejero

7 Mayores informaciones al respecto pueden encontrarse en el sitio hwww.respetocallejero.cl o en www.ocacchile.org

8 En lo referido a este estudio, el informe oficial sólo analizaba un número limitado de variables y relaciones entre ellas, por lo tanto se integraron esos resultados con elaboración propia a partir de la base de datos proporcionado por la institución. A continuación, toda vez que se haga referencia a este estudio, podrá entenderse ya sea el informe oficial de resultados, o la elaboración propia ejecutada a partir de la base de datos.

9 Debido a las características de la técnica utilizada, no fue posible estimar error muestral o nivel de confianza.

10 Siendo dichos y palabras obscenas, susurros, encerrón y persecuciones más comunes en niños/as, miradas que incomodan y encuentros con exhibicionistas en adolescentes, y frotaciones, agarrones y manoseos en adultos/as.

11 ϕ = 0,522

12 ϕ = 0,386

13 ϕ = 0,305

14 ϕ = 0,304

15 Hay que destacar que si bien la primera cifra es en línea con lo destacado por la encuesta SERNAM, las últimas dos presentan frecuencias mucho más altas de lo que ahí se hallaba, aunque los datos no permiten inferir las razones de esta discrepancia.

16 ϕ = 0,231

17 ϕ = 0,43

18 Siendo: pensamientos recurrentes, vigilancia constante, pesadillas sobre los hechos y desmotivación vital (Prins et al., 2003).

19 ϕ = 0,357

20 ϕ = 0,379

21 Sólo en los actos verbales y análogos el porcentaje de desacuerdo de los hombres baja levemente, pero sólo el 20% de ellos se declara de acuerdo.

La violencia de género invisible: el Acoso Sexual Callejero




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