La Vida Pasada en Limpio



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LA VIDA PASADA EN LIMPIO:

ENRIQUE ALVAREZ.
“Agrando mis ojos

como buscando los tuyos

o, tal vez, el rostro sonriente

de aquella frescura que con sus ramas

te toma

o me eleva



o coge alguna piedrecilla

para tornarla mariposa...


Abro la boca

como para gritar

que estoy queriendo tenerte

aquí a mi lado

y los murmullos del viento y del mar

acallan mi voz

que lucha sin tregua

por llegar hacia ti...

Estiro los brazos

para acercarte

hacia mí

y tan sólo recibo

el hiriente frío

del cortante viento

que hiere mi voz...”
¡Pero León Felipe lo decía muy claramente!:
“Aventad la poesía,

quitadle los caireles de la rima,

la métrica,

la metáfora

y hasta la idea misma;

y si algo queda,



¡Eso será la poesía!”
Y si algo queda después de que le han quitado a alguien la visión, la audición, el tacto, el movimiento y la inteligencia; si algo queda para seguir resistiendo, eso se llama dignidad, valor y humanidad. Nada más. Lo demás es lo de menos.
Dios no cumple antojos
De hecho, yo vengo de una familia de un indígena arrancado del campo a la ciudad, Don José Gregorio Alvarez Martínez, y de una señora campesina, migrada del campo a la ciudad, Ana María Alcántara.
Ellos trabajan para la gente de la alta sociedad económica pudiente, particularmente para banqueros: Los Longoria. Ella trabaja de cocinera, que es lo único que ha sabido hacer en toda su vida, y él, de jardinero, que es lo única que ha sabido hacer, además de hijos.
Aproximadamente a los seis meses de nacido --el período de la epidemia de la poliomielitis, una de las tantas epidemias que refiere muy jocosamente en “Batallas en el Desierto” uno de nuestros escritores (José Emilio Pacheco), en la cual refiere que es el período de la epidemia de la polio--, me ataca el virus de la polio y la sarampión, o el sarampión, seis meses después sigo entre que me muero, no me muero; me muero, no me muero; y, particularmente, viviendo en una casa de gente que está vinculada, tanto al poder político económico del país de la época, como de la cultura de la época musical y cinematográfica... Mi madre recibe el mensaje de parte de las personas que viven con ella, es decir, con las cuales ella trabaja de cocinera, que sale más barato internarme.
Llega un momento en que descubren que me dio la polio, ella no se da cuenta que tengo polio, mi padre menos; ellos llegan a la conclusión de que estaba enfermo de algo y, seis meses después, a una de mis hermanas, la inmediatamente mayor a mí, Patricia, le da neumonía.
Mi madre, naturalmente, después de seis meses, desesperada, va a la Basílica de Guadalupe, con el niño y la niña en brazos, y le dice a la Virgen de Guadalupe: “Llévate al niño, déjame a la niña; tiene neumonía, ella se acaba de enfermar...”
Pero como alguna vez le dije: “Dios no cumple antojos, ni endereza jorobados”
Yo estoy hablando aquí, en este momento. Mi hermana es parte de un recuerdo. Falleció ella de la neumonía. Heme aquí.
No se cómo mi madre maneja la situación; sin embargo, el hecho es... Y ella sigue su vida a pesar de que hubiera sido mejor para ella, en ese momento, que quien estaba sana siguiera viva y quien estaba enfermo dejara de sufrir.
El Amor está más allá
A los tres años de edad me internan en un lugar que hoy ocupa las instalaciones del “Hospital Germán Díaz Lombardo”, Hospital que se encuentra en la Calle del Carmen N° 20, en San Angel (Cd. de México), a la vuelta del “Parque de Obregón”, también en San Angel, en una zona High.
Las monjas (Orden de las Hermanas de la Caridad, fundada por Vicente de Paul), con su espíritu de servicio, acogen a mi persona, en ese momento de tres años de nacido.
Y llego a un internado donde viven cuarenta personas, aproximadamente. En ese internado, además, había no sólo un taller de imprenta, un taller de encuadernación; era un internado donde todos los días, a las seis de la mañana decíamos: “Gracias Dios mío por haberme permitido llegar nuevamente a la luz del día”; a las siete de la mañana, orar nuevamente; a las ocho desayunar y decir: “Gracias por los sagrados alimentos”, escuchar misa, confesarse, comulgar, pecar, comulgar, pecar, confesarse; a las doce del día el Ángelus; a las tres de la tarde, el Vía crucis; además de ir a la escuela para poder aprender otras cosas.
En ese internado había compañeros con malformaciones congénitas mayores, macrocefalias –cabezas grandes--, compañeros con deficiencia mental, compañeros con sordera, compañeros con ceguera, compañeros con parálisis cerebral –infantil--, compañeras que... a veces nos daban besos discretos... Que nos enseñaron que el amor es algo distinto, que el deseo es algo distinto, que la pasión y el sexo es algo distinto a la estética y los valores morales...
El internado significó muchas cosas, por varias circunstancias. Una de ellas es la muerte. Algunas veces, ya estando en la dinámica del internado, teníamos un patio extenso, particularmente teníamos tres tipos de actividades: Una era el fútbol. ¡Paradójico! ¿Cómo los chuecos, los torcidos, los inválidos, minusválidos, discapacitados hoy, jugamos fútbol; lo jugamos de una manera bien cómoda: Me juego de portero, me siento, la portería es más baja, y; ¡A ver! ¡Que entre una pelota! Acá, acá, cubierta. Pero hay público también, los que no pueden jugar en el terreno; que están en las camillas, acostados boca abajo, viendo cómo se juega el partido...
Alguna vez una pelota pega... Son camillas viejas, camillas de patillas; patillas es un objeto mecánico que detiene unas como patas que se bajan si se baja la palanca, y la palanca sostiene la patilla...
Hay un compañero que se llama Marcos, le decíamos “Marquitos”, tenía una virtud, era dipléjico, no usaba las manos, él usaba solamente las piernas, él escribía con los pies, él se vestía con los pies, comía con los pies, todo lo0 hacía con los pies y, naturalmente, cuando estaba acostado boca abajo sus manos no le servían...
Alguna vez, jugando, una pelota pega en un pata de la camilla, se dobla y cae de cabeza; se fractura el cráneo, al fracturarse el cráneo él pierde la conciencia, los cuarenta pasamos a tocar qué se siente un cráneo fracturado, al día siguiente muere de fractura cráneo-encefálica, muere de que jugamos fútbol, y seguramente nosotros sentimos dolor, pero más que dolor culpa, culpa porque lo matamos, lo matamos porque jugamos fútbol.
¿Qué otras cosas jugábamos?
¡Carreras! Que es lo más interesante, jugar carreras entre los que no pueden correr, entre los que no pueden caminar, entre los que usan sillas de ruedas y muletas; y solamente nos gana uno: ¡El maldito ciego!
El Maldito ciego que sí podía correr, pero no veía dónde estaba.
¡Pero nos ganaba las carreras!
Él tenía en su cabeza un mapa del internado,
¡Se lo sabía de memoria el maldito!
El problema es que nunca le podíamos ganar, le hacíamos trampas, le cruzábamos sillas de rueda y él oía cunado la silla de ruedas se la estábamos poniendo, le daba la vuelta y seguía corriendo.
¡Tenía un mapa en su cabeza del patio!
¡Nunca le ganamos una carrera al maldito ciego!
Ese maldito ciego era Tomás, el “Gran Topane”
¿Quién era el “Gran Topane”?
En esa época nosotros leíamos un cuento –cómic—que a mí me dejó más enseñanzas de psicología que algunos maestros de los que ya ni me acuerdo: El Kaliman. El Kaliman era un cuento que nos decía:
“No todo lo que los ojos ven resulta cierto”
“Serenidad y Paciencia”,
“A veces la razón puede más que la percepción”
“No te dejes engañar mi pequeño Solín”
“La mente del cerebro es más grande que la mente de los ojos”
Ese internado no solamente nos dio comida, una religión que por fortuna algunos abandonamos, el conocimiento de los libros, de la música, de Sor Rafaela, la felicidad; pero sobre todo, aprender a vivir, a sobrevivir y a luchar sin una madre y sin un padre, contra todo lo que viniera, porque uno descubrió que lo único que se tiene es a sí mismo, de otra manera no queda nada.
MI chueco no es cualquier chueco
Después del internado, quien se encargó del taller de encuadernación era Andrés; Andrés, un compañero hemipléjico, psicólogo, él estudiaba psicología; gracias a él... Alguna vez me invitó a la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) a ver al Cine Club Filosofía, cuando él era estudiante... Yo no debo haber tenido más de trece años... Conocí una película donde el “Pequeño Hans”, un enano dueño de un circo, de una película de un personaje de nombre Tod Browning, del cine negro norteamericano, la película se llama Fenómenos (Freaks); vi la película y no me impacto, pero yo veía a la gente llorando, yo veía a la gente espantada.
¿Cómo es posible que existan enanos, microcéfalos, gigantes con barba pariendo como mujeres barbadas u el gigante casado y el “Pequeño Hans” pretendiendo ser asesinado por la “Bella Cleopatra”?
¡Ellos lloraban!
¡Se salían del cine!
Yo decía: ¡Eso lo veo todos los días!
Yo veo “Pequeños Hanses”, veo “los chatos” que son los deficientes mentales, veo malformados, veo ciegos; pues para mí el circo de fenómenos era el internado que yo ya había vivido”
Para mí era lo normal, para ellos era un trauma. Un trauma porque decían: ¡No es posible que exista esto en el mundo!
No lo creían ellos.
Para mí era algo cotidiano.
Cuando en 1973 salgo del internado... realmente desde antes estoy saliendo, prácticamente yo estoy internado de 1961 a 1971; en 1961 yo tengo tres años, en 1971, tengo 13 años.
Yo estuve 40 meses encamillado, que se dicen fácil, ¡Cuarenta meses encamillado! Cinco cirugías, son pocas, Roberto tuvo más de 20. enyesamientos, no moverse, dejar de ir a la escuela o dejar de ver una mujer porque estaba uno encamillado...
Cuando uno sale, sale al 71, sale a una colonia popular que se llama el Olivar del Conde...
Naturalmente que en la familia yo era visto como el enfermo, como al que había que darle un apoyo, como al que había que cuidar y proteger porque era el que no podía, a diferencia de mis otros hermanos, convivir con sus amigos, jugar fútbol, caminar o correr.
Alguna vez un compañero me dijo: “Seguramente cuando tu naciste a tu madre le sucedió un accidente y se cayó”
Y yo le decía: ¿Por qué?
“Porque estás cojo de las patas”
Entonces yo le respondí: “!Ah! Seguramente cunado tu naciste a tu nadre le dolía la cabeza”
¿Por qué?
“Porque estás pendejo”
De alguna manera cada quien tiene sus limitaciones y sus ventajas; yo sabía que yo no podía jugar fútbol americano, o sabía que yo no podía jugar “tochito”, pero ellos sabían que les ganaba en el ajedrez; yo tenía una ventaja sobre de ellos, ellos tenían una ventaja sobre mía, pero de alguna manera comprendimos, ellos y yo, que las diferencias nos hacían iguales, porque lo normal era lo diferente; era comprender que yo jugaba ajedrez, que yo escribía poesía, cuando podía, porque no siempre se puede, y ellos jugaban fútbol cuando no estaban crudos o borrachos, es decir no siempre se podía jugar fútbol.
Yo iba a la escuela, escapaba de mi casa. Me iba a la escuela. Me iba al billar porque de ahí sacaba dinero para seguir estudiando...
Mi padre era obrero de LICONSA –Leche Industrializada CONASUPO--, mi madre ama de casa, y muchos hermanos. Yo llego y mis hermanos son mis hermanos pero no son mis hermanos; ellos llevan otra vida distinta a la mía...
Después que salgo a la calle mi madre de dice: “Pero es que tu estás enfermo” y yo le digo “¿Enfermo de que? Enfermo, no tengo ninguna enfermedad. Corro el mismo riego que cualquier persona, a mí me protegen mis amigos”...
Y mi madre decía: “¡Es que cómo abusan de este pobre enfermo!, ¿No ven que está enfermo de las patas?, ¿No ven que está enfermo de las piernas?”
Y los otros le decían: “¡Ay señora! Este hombre puede defenderse más de lo que usted piensa, y nosotros en vez de cuidarlo convivimos con él”...
Entonces, fui descubriendo que el problema no solamente era las muletas, no solamente era el espacio, no solamente era lo que yo creía de lo que era yo, sino las creencias de lo que los otros creían que era yo y podía yo.
Así, salía a la calle, salía a las marchas, me echaba las marchas, me reprimían los granaderos, me llevaban a mi casa...
Alguna vez me llevaron sin muletas, sin anteojos, golpeado, sangrante y mi madre les dijo: “¿Qué le hicieron?”
Y le dijeron los compañeros: “¡Ay señora! Si su hijo es un “grillo”, ¿Cómo no quiere que le partan su madre?”
Tuve el valor… Porque se requiere valor… Parece que no. De conquistar a una mujer. Aunque aún dudo, o no lo se si la conquisté. Se hizo mi novia. Ella tuvo más el valor de casarse conmigo. Y en el momento en que yo me caso, mi madre, que es terriblemente beligerante, y no digo como Rambo, es más beligerante que Rambo; y su mamá, que no era menos beligerante que el Karate Kid, le dice: “Bueno, pues agradezca que su hijo se casó con mi hija, que no es cualquier mujer”…
Mi madre le dice: “Pero su hija no se casó con cualquiera, se casó con “mi chueco”.
Pero, finalmente mi madre, cuando ve a la que tuvo el valor de casarse conmigo le dice: ¡Muchas Gracias!
Mi padre, encantado dijo: “¡Eureka! ¡Descubrí que no era bicicleto, que no le pedaleaba por la reversa, que no tomaba coca cola hervida…
El principio es resistir
De alguna manera se va descubriendo que la vida se enfrenta de una sola manera: Uno, con dignidad; y cuando no queda ésta, con resistencia; y cuando no queda ésta, con resistencia; porque cuando no se tiene otra fuerza hay que resistir, y después de resistir, de alguna manera uno se levanta… Pero no hay mal que dure cien años, ni discapacitado que los aguante.
Esa vida cotidiana que nos enseña tantas y tantas cosas, que entrando en el metro, no falta quien patee una muleta y lo tire a uno, pasen todos por encima y le digan: ¿Se lastimó joven?
¡No, de ninguna manera! ¡Soy Superman!
¿Lo levanto?
¡No, mejor déjeme tirado, mientras me repongo de las pisadas!
Mientras tanto, la gente sigue indiferente a lo que le pasa a la persona con las limitaciones; se ciego, o sea en mi caso, una secuela de poliomielitis…
Ni mi madre ni siquiera ha aceptado que yo sea como soy.
Ya no digo mi madre, el grueso de la gente me sigue viendo… O le Dicen a mi hijo: “No, pero tu papá tiene,
¡Está “Patuleco”!
Apodos, he tenido muchos: “El Patachín”, “El Cumbia”, “El Torero”, “El Columpio”, “El Punto y Coma”, “El Contador”…
“El Patachín”, porque tengo la pata de la chin… gada; “El Torero”, porque doy cada muletazo; “El Columpio”, porque me balanceo como si fuera un columpio; “El Contador”, porque doy un paso y a cada paso hago un balance; etc., etc., apodos no faltan. Realmente la creatividad para caracterizar a alguien que tiene una diferencia es impresionante.
Situaciones en donde una va en la calle, y de pronto me paro, me recargo en las muletas así, y me echan una moneda… Y le digo: ¡Oiga, si no estoy pidiendo limosna! Pues, ¿De qué se trrata? Yo nada más estoy recargado en mis muletas. Creen que por el hecho de usar muletas uno es objeto de la caridad y la limosna, y se han olvidado de que lo único que permite sostener al hombre es la dignidad, lo único que permite sostener al hombre es el principio de que nada se pierde, el principio de que lo único que le permite al hombre sostenerse es el valor, el principio de que lo único que mantiene al ser humano son los principios…
La tradición clínica escinde el mundo en dos realidades: La realidad normal y la realidad anormal.
Sin embargo, ¿Qué es lo normal?
Cuando yo vivía en el internado aprendí que lo normal éramos nosotros, que lo anormal eran ustedes.
Cuando yo aprendí en el internado que quienes nos iban a visitar como si fuésemos changos de Chapultepec eran ustedes, y nosotros éramos los changos de Chapultepec que hacíamos las gracias y que les permitíamos la gracia de reivindicarse moral y socialmente.
Uno va descubriendo que lo anormal, lo enfermo y lo insano es el producto de la saciación, de la satisfacción del cubrimiento de sus pecados veniales, capitales o mortales; por no decir sacrilegios, porque también hay cada sacrílego ¡Que cuidado!
Debo suponer también que, posteriormente, aprendí, gracias al estudio de mi profesión, que suceden cada cosa que uno se va dando cuenta que lo que parece ser lo normal es lo anormal, y lo que parece ser anormal es patológico.
En el caso de los que tenemos secuelas de polio, o somos sordos, o somos ciegos, no tenemos el mundo destruido; creemos que tenemos limitaciones para enfrentar un mundo que puede no estar destruido, quizás tengamos destruida la esperanza de seguir luchando, quizás algunos tengan destruida la dignidad, quizás algunos tengan destruido el valor, o quizás otros ni siquiera lo hayan construido; pero de lo único que estoy completamente cierto y seguro es, como decía Rudyard Kipling, en uno de sus clásicos poemas (If):
“Si cuando todo está perdido,

si cuando todo lo has apostado y lo has perdido,

si cuando no tienes nada en el universo,

no te queda más que una voz interna que te dice:

¡Resistid!

Y resistes,

tuyo será el mundo y,

entonces serás hombre hijo mío…”


¡Se acabó esto!
¡Y olvídate del Evangelio, que el buen trigo y la cizaña!
¡Hay que pasar la vida en limpio!
¿Qué onda Andovas?
¡Hay que pasar la vida en limpio, güey!
¡Hay que pasar la vida en limpio, güey!


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