La vida es un punto entre el pasado y el futuro



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la vida es un punto entre el pasado y el futuro
Abrí el sobre. Era una sensación extraña y maravillosa la que me envolvía. La carta estaba entre mis manos. Hacía casi cinco años que no sabía nada de él. Aun sin quererlo, mi hermano, se había convertido en la fuente de todos mis problemas y su marcha me hizo madurar de golpe.

Había varias hojas escritas a mano. Hacía mucho tiempo que no veía aquella letra y, entre alegría, rabia y confusión, empecé a leerlas. Entre todas aquellas palabras de disculpa me había enviado una historia escrita por él hacía ya unos cuantos años.



30 de Mayo de 1996

Sydney
Y abrí los ojos. Todo era nuevo a mi alrededor, tan extraño como maravilloso. Algo me llamó la atención: sobre la estantería había un arlequín, sonriente por un lado y triste por el otro. Durante un buen rato lo estuve mirando con atención.

De repente, un ruido. El pasillo se iluminó y parte de esa claridad entró en mi habitación iluminando al arlequín -ahora podía verlo mejor. Un cuerpo y una voz, pronto la reconocí, era la de mi hermano.

-¿Qué te pasa? ¿Tú tampoco puedes dormir? ¿Qué es lo que estás mirando? Ah...ya veo; el arlequín. Es curioso, toda la vida queda representada en esa diminuta figura: la infancia y la realidad. ¡Cuánto camino te queda aún por recorrer, cuánto por lo que luchar! ¿Qué será de tu vida?

Cuando lo miré, sentí una gran alegría, disfrutaba al verle, pero había algo que no entendía: ¿por qué siempre estaba tan triste?, ¿por qué siempre me contaba todas esas cosas? No veía motivo alguno por el que estar a disgusto con la propia vida. Para mí era maravilloso el poder descubrir todas y cada una de las cosas que la vida me proponía conocer, todas las maravillas que me ofrecía .-mi chupete, por ejemplo.

Mientras mi hermano seguía con su recital, yo daba fuertes chupetones a mi apreciado amiguito, entonces saqué mi bracito por entre los barrotes y le ofrecí lo mejor que tenía: mi gomita. Desgraciadamente él no me entendía, no entendía qué era lo que yo quería, no entendía que le estaba ofreciendo mi felicidad. En esos momentos deseé con fuerza ser mayor para poder hablarle, para poder entenderle.

-Ojalá nunca hubiese crecido. Ojalá fuese yo quien estuviera en esa cuna sin entender nada. ¿Tú qué dices?-Sonreí y él no pudo evitar hacer lo mismo.-Justamente a eso me refería.

Tras esas palabras, la puerta se cerró y con él se fue su profunda tristeza. De nuevo volví a mirar al arlequín, en él debía hallar la respuesta. Y me quedé dormida.

Una fuerte luz me despertó. Ya había amanecido y un sol de verano entraba alegre y jugutón por mi ventana. Entonces empecé a llorar, tenía hambre.

Al poco rato entró mamá a toda prisa con un enorme biberón. ¡Ay, qué felicidad! Sentía que nada malo podía ocurrir estando en brazos de mamá y qué a gusto me sentía chupando aquella blandita tetina.

Al terminar, mamá me vistió y me dejó de nuevo sobre la cuna. De pronto sentí frío, una nube negra pasó por delante del sol y, entonces, entró mi hermano. Llevaba su parca negra puesta y mi abriguito azul cielo en una mano: era lo único con colorido que había en él, porque su mirada también era oscura.

Agité mis bracitos como si intentara volar y miré a mi hermano con una enorme y sincera sonrisa, pero él ni se inmutó: la idea de ir al parque no le atraía demasiado, aunque no era de extrañar, parecía que nada le interesara salvo su música.

Me cogió en brazos y me puso el abrigo mientras me hablaba sobre algo que yo no entendía.

-Qué fácil sería acabar con todo esto, con la rutina, con la soledad, con la indecisión y, sobre todo, poner fin a una lucha que es casi seguro que voy a perder... Venga, vamos, que se nos hace tarde.

De camino al parque, sentada en mi cochecito, miraba las caras de las personas que circulaban a mi alrededor, siempre con prisas, serias, como si la felicidad les hubiese abandonado. Pero a pesar de todo, no era la amargura que mi hermano reflejaba en su rostro y que sólo desaparecía cuando enchufaba el radiocassette.

Al llegar al parque, mi hermano me depositó en el cajón de arena como si fuese un simple paquete y él se sentó en el banco a leer algo de un tal Sartre.

-La vida, qué razón tiene Sartre. Qué hacer con ella, qué camino elegir, todo es tan complicado cuando creces...

Después de ayudar a mi compañero de al lado a quitarse la arena que inconscientemente le había tirado, sentí como si alguien me observase, era mi hermano: ¿qué debía estar pensando?

-Qué sencillo resulta todo cuando eres pequeño, qué poca trascendencia tienen tus decisiones, qué simple es todo, y la simpleza es el camino hacia una posible felicidad.

En ese momento noté la necesidad de alcanzar a mi hermano, no me gustaba la expresión de su cara, debía hacer algo para alegrarle. Así que agarré con fuerza mi chupete, que es donde reside mi valentía, y los dos decidimos adentrarnos en un mundo fuera del cajón de arena: el camino hacia mi hermano. Un pie aquí y otro allí, y...PUM!

Gritos, llantos, mujeres histéricas y mi hermano absorto en la lectura. Entre arena y lágrimas conseguí ver cómo una mujer le avisaba.

Con tranquilidad y sin prisas, se quitó el aparato de los oídos, cerró el libro, se dirigió hacia mí y me levantó del suelo. Mientras me sacudía la arena de la ropa me decía:

-¿Qué pasa, pequeña suicida?- Tan frío como siempre. No se le ocurrió otra cosa que llamarme suicida.- Ya está, no ha sido nada, sólo el golpe y el susto-. Cómo podía osar hablarme así, qué vil atrevimiento. Y yo, tan sólo deseaba tener a mi mamá y esconderme entre sus brazos. Sin embargo, allí estaba la sensibilidad personificada haciendo uso de su pasividad.

-Vete acostumbrando, enana, muchos golpes da la vida, y no tan leves como éste. Empieza a aprender a aguantarlos con entereza y no esperes que nadie actúe por ti.

Mis ojos se abrieron como dos melones, y la gente de alrededor miraba a mi hermano como si de un monstruo se tratase. Yo no entendía nada y me abracé a él con fuerza mientras lloraba.

Me pasé todo el camino abrazada a él y, a pesar de su respuesta, en mi interior sabía que él intentaba ayudarme, aunque no sabía cómo, era algo que debía resolver, y de nuevo me vino a la mente aquel arlequín.

Cuando llegó la hora, mamá me acostó en mi cuna y, dando chupetones a mi fiel amigo, vi cómo apagaba la luz y dejaba la puerta entornada. De fondo podía oír a mis padres discutiendo con mi hermano y me sentía culpable por haber intentado salir de aquel cajón tan alto para mis cortas piernecitas.

-Ya estoy harto de que me digáis lo que debo o no debo hacer, de que dirijáis mi vida a vuestro antojo sólo por cumplir vuestros sueños frustrados. Estoy harto de ser un arlequín y de tener miedo a enfrentarme a vosotros y a esta sociedad que me ha hecho creer que soy un fracasado. Estoy harto de tener que sonreir cuando lo que realmente quiero es romper con todo y perder de vista al mundo entero. Quiero ser yo como YO, no como los demás quieran que sea. Y no...- Y subiendo las escaleras, acabó diciendo: -...permitiré que hagáis lo mismo a mi hermana-. Y la puerta se cerró detrás de él con violencia. En esos momentos, y sin saber cómo ni por qué empecé a llorar con rabia. Sentía que me faltaba el oxígeno y por primera vez me sentí sola. Al fin me dormí vencida por el cansancio.

Pasó el tiempo hasta que una mañana, al despertar, mi madre entró como de costumbre en la habitación y en tono cariñoso me quitó el chupete y me dijo que ya era muy grande para seguir utilizándolo y que daría mala impresión en el parvulario.

En esos momentos pensé en mi hermano y en sus palabras, miré al arlequín y lo entendí todo. La vida tiene una cara alegre y otra triste y cuando creces te van quitando todo aquello que reside en tu interior y que proporciona tu felecidad. Somos arlequines con un manual de instrucciones creado por la sociedad. La infancia son los sueños y, al crecer, esos sueños desaparecen y, con ellos, tu personalidad. Cuando creces, pierdes lo único que te mantiene con vida, los sueños, la inocencia y la seguridad. La infancia es vivir; crecer es existir.
Aquella historia me había gustado y al levantar la cabeza vi al arlequín encima del armario. Hacía muchos años que lo tenía, pero desde que era pequeña no me había vuelto a fijar en él. Mi hermano no había cumplido su promesa y, aunque sabía que tan sólo era una historia, pensé que si me la había mandado era porque había mucho de verdad en ella.

La volví a leer y, dejando a un lado mi egoísmo, intenté comprender por qué mi hermano se había ido tan lejos de todo y pensé también en su necesidad de huir de sí mismo, de romper con todo aquello que le impidiera un cambio, huir de mí. Me pregunté por qué había decidido escribirme y yo misma intenté hallar la respuesta: nunca se puede huir del pasado, tarde o temprano acaba por alcanzarte. Por eso decidí enviarle todas mis experiencias y sentimientos vividos durante los últimos cinco años en distintas cartas y, al final, le preguntaré: ¿Yo también puedo huir de mi pasado? A pesar de que ya sepa la respuesta.



24 de Junio de 1996

Barcelona

La lluvia vuelve a aparecer a través de la ventana. De nuevo me pierdo entre la imágenes de mi propia mente, y miro hacia la ventana al mismo tiempo que creo que nada puede cambiar. Me siento atrapada, sin poder hacer desaparecer esos dolorosos pensamientos que me angustian. Siento como si algo me empujara con fuerza hacia dentro de mí y como si, al mismo instante, quisiera hacerme salir al exterior, fuera de estas cuatro paredes, fuera de aquí. Todo me supera y nada ni nadie puede acabar con esta sensación de asfixia. Es necesario hallar un camino de huída que me traiga la satisfacción ansiada y que equilibre las dos partes de mi yo.

Aún con la mirada perdida en la lluvia siento que alguien habla, pero algo me impide escucharlo, la lluvia se lleva toda mi atención. Lluvia, ¿por qué ha de llover? Espero que vuelva pronto el sol.

Pronto recuerdo esas palabras que vuelven a aparecer en mi mente. No, yo no pienso igual. No sé lo que realmente me pasa, pero puede que todo lo que yo creo no lo piense verdaderamente, porque toda mi personalidad es pura apariencia y no soy nadie sin una personalidad. De algo sí que estoy segura: tampoco quiero la opinión contraria. Sol, lluvia; lluvia, sol; ni lo uno ni lo otro, ni blanco ni negro, ni la verdad ni la mentira, todo es igual. La lluvia tiende a deprimirme más de lo normal y me hace pensar en cosas impensables. El sol saca lo peor que hay en mí: la rabia, la intolerancia, las ganas de cogerlo todo y hacerlo desaparecer; sólo me induce a encerrarme en la oscuridad de mi rincón y esperar a que las nubes o la noche lo alejen de mí.

Me doy cuenta de que el agua cae con más rabia y mi ánimo va decayendo por momentos. De nuevo siento que alguien habla y mi mirada se dirije hacia la persona. Por fin logro escucharla, pero al cabo de unos momentos, mientras estoy pendiente de esas palabras, oigo la lluvia fuera y no logro concentrarme.
1 de Julio de 1996

Barcelona
Era un día oscuro, frío, y la lluvia se dejaba ver a intervalos y con intensidad variable. En el vestíbulo y en el bar se había formado una concentración masiva de estudiantes buscando el calor del recinto cerrado.- resultaba una situación tan surrealista que apabullaba. A nadie le importaba estar allí enjaulado o enlatado como una sardina con tal de no pasar frío en el exterior. Sin embargo, no todo el mundo pensaba de este modo, teniendo en cuenta que el mundo es capaz de pensar.

Mi amiga y yo parecíamos dos espíritus negros reflejados en nuestras ropas y preferíamos el frío polar y la tranquilidad que se respiraba en el exterior, al agobio de la saturación entre esas paredes de color bochornoso.

Ya fuera, y con una relajante sensación de libertad... "¿libertad?", nos dejamos llevar por la satisfacción del momento. Hacía tiempo que no nos sentíamos de ese modo: teníamos la sensación de estar flotando en el aire ligeras como pompas de jabón bailando al compás de una canción de los James e incluso, si poníamos atención, podíamos oir la voz de Tim Booth* obligándonos a sentarnos. A pesar de estar tiritando, sentíamos que nada podía ir mejor. Ahí solas, simplemente vijiladas por nuestras conciencias, nos creíamos dueñas del todo, dueñas de nosotras mismas y, como reencontrándonos con un espacio de nuestras vidas dejado
(*)= Aclaraciones en la última página.

atrás drástica y dramáticamente, dejamos que fuese el momento quien decidiera lo que iba a acontecer.

Parecía una obra de teatro previamente ensallada: dos actores representando un papel que nadie podía ver ni entender, ni tan siquiera esas conciencias muertas de frío que decidieron retirarse antes de acabar congeladas del todo. Habíamos ganado con ello la partida de un juego tan divertido como doloroso.

Súbitamente nos pusimos en guardia y empezamos a comportarnos como auténticas espadachines, la representación había cambiado e, intimidándonos la una a la otra, probábamos de mostrar nuestra inigualable valía y destreza en la materia. Un asalto de lucha libre y un par de llaves de artes marciales parecían sernos la consecuencia lógica a uno de los tantos actos. Después, asaltadas por un inevitable sentimiento infantil aún mayor que el primero, empezamos a escribir y a dibujar absurdos en las hojas caducas de un árbol, espectador casual de tal retroceso.

Animadas por los recuerdos y la liberación personal deseábamos que aquello no terminase nunca y cerramos los ojos como queriendo evitar que aquel sueño llegase a su fin. No hay nada como ser un actor representando un papel porque nadie te puede acusar de nada cuando estás actuando supuestamente fuera de la realidad. No hay mejor verdad que la de una actuación, ¿no es cierto príncipe* de Dinamarca?


11 de Julio de 1996

Barcelona
El descontento general en el autocar dejó clara la postura del grupo de personas que nos acompañaban. Así que de nuevo íbamos a ser nosotras solas las que se enfrentarían a una brisa fresca de cultura pictórica.

Seguimos aquellas indicaciones típicas de una persona que no ha ido nunca al lugar señalado y llegamos a un edificio que se identificaba con el nombre y las señas, pero el aspecto era más el de un prostíbulo clandestino que el de un museo. Empezamos a subir las escaleras estrechas y mugrientas de un edificio como los más típicos de la parte antigua de Barcelona, el único detalle que le faltaba a aquella secuencia era la presencia de un oriundo* de Marruecos. A mitad de camino nuestro sentido común, nuestras retorcidas fantasías y nuestro pánico, nos hicieron retroceder hasta la salida. Seguimos andando y, cuatro pasos más adelante, vimos un edificio con más catadura de museo que aquel chiquero tetánico.

Al entrar decidimos asegurarnos y preguntar en recepción. La chica nos hizo esperar mientras concluía su conversación telefónica. Detrás nuestro, otro curioso del arte gráfico se dirigió hacia el interior. La recepcionista nos invitó a entrar al mismo tiempo que nos advertía del poco tiempo que teníamos para completar nuestra visita, ya que la hora de cerrar estaba próxima. Subimos al piso de arriba y nos dimos cuenta de la soledad del museo y de la poca expectación que a esas horas producían los cuadros en Santander.

Mirábamos los dibujos como si fuésemos dos expertas en la materia, cosa que no era cierta, tan sólo dos curiosas que se quedaban fascinadas por un dibujo bien hecho y con auténtico realismo. La primera sala, ya en el piso de abajo, no fue una experiencia muy gratificante pero, al pasar por la puerta que la comunicaba con la sala número dos, nos detuvimos un momento al ver aquel hombre que estaba situado en un extremo y elevado dos escalones por encima de la altura habitual. Su mirada era penetrante, y más penetrante nos resultó cuando nos dimos cuenta de que tan sólo era un cuadro de aquel museo, por ahora algo curioso en su localización. Decidimos acercarnos con sumo cuidado, una detrás de la otra, y miramos la inscripción: "Retrato de Fernando VII, por Goya.". Observamos hasta el más mínimo detalle. Recuerdo que comentamos algo sobre la espada en la que estaba apoyado, parecía real. Después nos dimos la vuelta para seguir con nuestra visita cultural, cuando de repente sentí cómo algo afilado me rozaba la espalda y oí a mi amiga pronunciar algo parecido a mi nombre. Al girarme pude ver, o eso creí, cómo una mano sujetaba su cuello mientras con la otra sostenía su espada, con la que me acariciaba la yugular. Al parpadear todo volvió a su lugar. Fueron tan fugaces aquellos segundos que ambas callamos y nos miramos sin decirnos nada, por miedo a que la otra confirmara nuestras sospechas.

Tenía ganas de acabar con aquello, pero no quería que se notara mi temor a unas pinturas prehistóricas y lo escondí entre bromas y comentarios ridículos. Pasamos, no mucho después, por delante de un cuadro donde un viejo cargado de odio seguía nuestros pasos a lo largo del pasillo y cuyas manos parecían anunciar una muerte cercana. Me paré en el cuadro de al lado. Un preso sentado en la cama baja de una litera con el cuerpo encogido y con aspecto de cadáver. No soy capaz de imaginar qué cara debí poner para que mi amiga me reconfortara con su mano sobre mi hombro, ni el efecto que me produjo para que, mientras miraba el cuadro, la cogiera de la mano advirtiéndole de mi agradecimiento por haberse dado cuenta de mi estado. Me giré y la vi allí de pie, mirando la imagen de un precioso paisaje en el que unos pastores reposaban con sus vacas mientras contemplaban el mar. Pensé en la rapidez con la que se había desplazado hasta llegar al otro extremo de la sala y, al mirarme la mano, vi unas manchas de pintura. Observé el cuadro de aquel anciano, la pintura se encontraba movida. Fui corriendo hacia la única persona que me podría ayudar en mi locura y, al correr a su lado y apoyarme en su espalda, la desplacé de tal modo que acabó dentro del cuadro observada por una de las vacas. La cogí de la mano, la estiré hacia mí y empezamos a correr sin mirar a las paredes, pero una pintura nos llamó la atención y nos hizo detenernos de nuevo olvidando nuestro pánico. Un cuadro al final de la primera sala con la siguiente inscripción: "Crítico de arte 1995" (por Goya). Se trataba del hombre que había entrado a la vez que nosotras. Por fin llegamos al hotel justo a la hora de cenar. En la mesa estaba la misma persona que nos había dado las señas y nos preguntó por el resultado de nuestra voluntaria visita. Nuestra interpretación fue tan magistral que hasta nos creímos la historia explicada sin saber del cierto si la habíamos vivido realmente.

Al terminar de cenar, subimos a la habitación riéndonos de nuestra monstruosa imaginación. Mientras nos cambiábamos, mi compañera chilló al verme en la espalda y en el cuello dos arañazos. Me miré la mano y de nuevo vi aquella mancha de pintura. Allí estaba ella, mirándome estupefacta y sin saber que sus botas estaban llenas de barro y hierba y que en su cuello se podían observar las marcas moradas de una mano.


17 de Julio de 1996

Barcelona
Nunca creí que pudiera llegar a pensar algo semejante, pero lo hice. Sentí entonces miedo de mí misma y de lo que sería capaz de hacer si la situación lo hiciese necesario.

Recuerdo aquella vez como si fuese hoy mismo. Había tenido una discusión muy fuerte y sentía que mi vida no tendría descanso a menos que lo hiciera. La rabia y el odio que llevaba dentro me cegaban hasta tal punto que anulaban por completo mi razón y la capacidad de realizar cualquier otra acción que no fuera aquella.

Llevaba mucho rato pensando en ello, aunque mi conciencia tardó tiempo en percatarse. Me hallaba totalmente ausente, mirando hacia un punto definido tan sólo en el horizonte de mis pensamientos. Respiraba entrecortadamente y mis músculos estaban más relajados que nunca.

Recuerdo que me levanté, aún con esa idea en la cabeza, y fui directa a la cocina. No llegué a entrar, me quedé parada, apoyada en el marco de la puerta, sin conocer el motivo por el que había ido guiada por un inevitable impulso, aunque tampoco me molesté siquiera en preguntármelo.

Como sonámbula, me dirigí de nuevo a mi habitación y me acosté con la mirada perdida en la luz que entraba por mi ventana. No recuerdo el momento en que me quedé dormida, ni sabría decir nada del rato que estuve despierta. Tal vez en ningún momento estuviese consciente y tampoco llegase a dormirme del todo. Tan sólo sé que, cuando pude recobrar la razón que había marchado tras esa idea macabra, ya había amanecido y me encontraba en la cocina con un cuchillo manchado de sangre. ¿Y el cadáver? Nunca lo supe.

25 de Julio de 1996

Barcelona

Me senté con las piernas cruzadas en la alfombra que había en el suelo. Era miércoles y tenía cita con mi buen amigo el psicólogo.


"No fue más que el detalle de una tarjeta de cumpleaños para un amigo. Nada más, simplemente esto. Hacía ya tiempo que no pensaba en ella y cuando lo hacía lo canalizaba a modo de broma y sin darle auténtica magnitud. Puede que ahora comprenda, gracias a esa tarjeta, que ya no me obsesiona ni me aterroriza como antes".
Me balanceaba mientras sus ojos no me quitaban el ojo de encima. Siempre que iba allí, me sentía como la protagonista de una película.

"Ya no me lo tomo a la tremenda como algo sobre lo que hay que pensar y pensar, sino como una etapa más que está ahí pero que no se ve y no molesta. Tenía unos trece años cuando me enfrenté con ella por primera vez, lo pasé muy mal. Lo único que pasaba por mi mente eran escenas horribles donde todas las personas de mi alrededor o las más allegadas a mí estaban muertas. Podía verlas en aquellas cajas de madera barata con aquella grotesca y estúpida figura encima. Todo vino a la muerte de mi abuela, al asesinato de mi abuela en manos de aquel carnicero".


Me había levantado y me había sentado en la silla: no es cierto, no hay divanes, o al menos él no tenía.

"Mis temores siempre llegan cuando pienso en esa época en la que ya no podré escuchar música, en la que no me levantaré más por las mañanas. No tengo el refugio de un Más Allá maravilloso con un Dios mundano que lo cuida y lo proteje y esto hace que mi miedo sea mayor. Cuando piensas que tras este estado de vida te espera uno mejor, pasas el tiempo con esperanza e ilusión aguardando el momento. Sin embargo, cuando consideras que esto es lo único que hay, te sientes diminuta y miserable, con un destino tan obvio como incierto, y te angustias meditando sobre el absurdo sentido de tu existencia. Hay personas que opinan que ante lo desconocido no se puede tener miedo, pero aún recuerdo todos aquellos años en los que el miedo me envolvía: me acostaba con ella en mente y me levantaba de mal humor y deprimida. Fueron unos años horrorosos. Ahora, a pesar de no sentir miedo, siento respeto y desconcierto, pero eso sí, prefiero no pensar en ella. Está bien, lo reconozco, aún me asusta, pero estoy convencida de que no soy la única, porque el ser humano siente miedo de todo aquello que desconoce; si no miedo, sí respeto. Tal vez no todo el mundo lo haya vivido de un modo tan intenso como yo, hasta el punto de ver como reales visiones tan macabras, pero hay que tener en cuenta que la muerte existe porque existen estos sentimientos. La muerte, así como la entiendo yo, no es más que el fin de la vida, es decir, que no es real, pero al existir estos sentimientos puedo referirme a ella con un nombre".


Pude ver en su cara de póquer una mínima expresión de sorpresa por mis últimas palabras, le miré y seguí con mi relato.
"En cambio, los animales no sienten angustia por el hecho de morir o por lo menos no se ha demostrado lo contrario. No se angustian porque no viven con la consciencia de ella como tal, sino que instintivamente presienten su aproximación llegado el caso. Ellos viven su muerte sin llorar a diferencia del hombre. Hay veces que pienso... no, mejor dicho, lo hago siempre, que ser un animal me simplificaría la vida y llevo tiempo diciendo que no quiero el privilegio de ser humana porque, más que un privilegio, es un tormento: ser hombre es pasarse la vida sufriendo, ¡maldita consciencia!".



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