La Vida en el Planeta Marte y los discos voladores



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Ramatís La Vida en el Planeta Marte y los Discos Voladores


La Vida en el

Planeta Marte

y los

Discos Voladores


Ramatís

Psicografiada por: Dr. Hercilio Maes

Obra Psicografiada por HERCILIO MAES

QUINTA EDICIÓN (Corregida)

Traducida del Portugués por Dra. Margarita Olivares Sabas Lcdo. Luis Guerrero Ovalle

EDITORIAL KIER, S.A. Av. Santa Fe 1260 1059 Buenos Aires

Título original portugués

VIDA NO PLANETA MARTE e OS DISCOS VOADORES

Ediciones en Español:

Editorial KIER, S.A. Buenos Aires

años: 1968 -1968 -1973 -1976 -1982

Dibujo de la tapa

BALDESSARI

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

I.S.B.N. 950-17-1321-0

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 © 1982 by Editorial KIER, S.A.

Buenos Aires Impreso en la Argentina Printed in Argentina



MI GRATITUD
A los corazones amigos y generosos de

LEVINO WISCHRAL Y ERNESTINA WISCHRAL,

A quienes debo el confortamiento y el ánimo para el

desempeño de mi tarea espiritual al servicio de mis hermanos.

Al querido amigo y hermano



JOSÉ FUZEIRA

Por el esfuerzo y dedicada cooperación que dispensó a esta obra.



A FRANCISCO CANDIDO XAVIER

En cuya vida me he inspirado para el desempeño de mi tarea mediúmnimica


HERCILIO MAES

Curitiba, Agosto de 1955.



ACLARACIONES NECESARIAS
Hermanos míos:
Al poner en vuestras manos esta obra, "Y LOS DISCOS VOLADORES", de Ramatís, debo aclarar la naturaleza del asunto porque, a muchos les parecerá extraño, y a otros, tal vez fantasioso. En tanto, para aquellos que ya conocen los fenómenos mediúmnicos, no les causará asombro que la criatura del mundo físico pueda ser un canal o antena viva, apta para recibir los pensamientos de los que ya partieron de este mundo. De otro modo, el aspecto insólito del caso consiste, apenas, en que una idea las entidades se encuentra fuera del plano de los llamados "vivos"; pues el fenómeno, en su realidad abstracta, nada más es que la transmisión del pensamiento, ya exhaustivamente comprobado, y que es clasificado con el nombre de telepatía. Y en vista de que yo figuro en esta obra con la función de "médium", o sea, como intermediario entre el Más Allá y la Tierra, creo oportunas las aclaraciones que paso a exponer:

Cuando yo contaba la edad de tres años, se dio conmigo un hecho excepcional que, muchas veces, fue considerado por mi madre. Cierta mañana, en la cocina de nuestra residencia, en Curitiba, surgió frente a mí la figura majestuosa de una entidad que, ahora, puedo determinar como la de un espíritu que se presentaba recortado en medio de intensa masa de luz refulgente, cuya aura, de un amarillo claro, puro, con cambiantes dorados, era circundada por una franja de filigranas en azul-celeste, levemente tonalizada en carmesí. Su traje un tanto exótico, se componía de amplia capa que bajaba hasta los pies y que cubría su túnica de mangas, ajustada por un largo cinto esmeraldino. Las calzas eran apretadas en los tobillos, como las que usan los esquiadores. La contextura de toda la vestidura era de seda blanca, inmaculada y brillante, rebordeando un maravilloso lirio translúcido; y los zapatos, de satín azul verdoso, eran amarrados por cordones dorados que le enlazaban atrás, encima del calcañar, a la moda con que los antiguos griegos ajustaban sus sandalias. Le cubría la cabeza un singular turbante de muchos pliegues o dobleces, sobre el cual ostentaba centellante esmeralda, y ornamentado por cordones finos, de diversos colores, que le caían sobre los hombros. Ligeramente, pude entrever los mechones de sus cabellos, obscuros como azabache. Sobre el pecho, tenía una cadena formada por pequeños hilos de fina orfebrería, de la cual pendía un triángulo de suave lila luminoso, en el que figuraba una delicada cruz alabastrina.

Tal indumentaria no denunciaba una expresión definida, pero sugería algo de iniciático: una mezcla de trajes orientales. Después vine a saber que se trataba de un vestuario indochino, un tanto raro porque era un modelo sacerdotal antiguo, muy usado en los santuarios de la desaparecida Atlántida.

Deslumbrado por la intensa aura de luz que invadía todo el aposento y señalando el magnífico personaje, decía a mi sorprendida madre, que estaba allí ¡el "Padre del Cielo"!

Naturalmente, como criatura tierna, cuyo espíritu aun se encontraba libre de las contingencias opresivas de la materia, yo afirmaba con los ojos del espíritu aquello que mi madre no conseguía ver con la vista física. La fisonomía insinuante de la entidad, retenía mi atención. Sus ojos aterciopelados, castaños obscuros, iluminados de ternura, me dominaban con su brillo, que irradiaba bondad y voluntad poderosa. El espíritu me miró amorosamente, y en la profundidad de su mirada impresionante, sentí el efecto y casi el recuerdo de un pasado distante, que me hacía conocerlo en la intimidad del alma. Y cuando en angélica actitud él hizo gesto de apartarse, percibí en sus lóbulos centrales de la frente, dos focos luminosos, que fulguraban hacia lo Alto. Enseguida se esfumó rápidamente, dejándome en la retina espiritual, grabada su imagen para siempre.

Ese fue mi primer contacto con Ramatís.


Al cumplir treinta años de edad, un día, después de breve lectura, cuando reposaba en el lecho, he ahí que, inesperadamente, su imagen resurge en la tela de mi pensamiento, aunque sin la precisión de los detalles que pude observar en mi infancia. Y, a través del fenómeno de "audición mental", presentía su voz en el silencio y en la intimidad de mi alma, como recordándome de cierto compromiso de trabajo en relación con un objetivo ideal. En esa quietud del espíritu, imágenes y fragmentos de paisajes egipcios, chinos, indios, griegos y otros, desfilaban en mi mente como un film cinematográfico, causándome emociones tan llenas de encanto que, al despertar, tenía los ojos llenos de lágrimas; y en lo íntimo de mi alma, me sentía, efectivamente, ligado a una promesa de sacrificio, desinteresada y realizable, pero entre las opiniones más contradictorias. De ahí mi actual despreocupación en cuanto a la crítica favorable o contraria sobre las comunicaciones que recibo de Ramatís, seguro como estoy que sólo el de cursar del tiempo comprobará las realidades que él viene enunciando por mi intermedio.

En esa época yo intentaba el desenvolvimiento mediúmnico, pues el exceso de fluidos que vibraba en mí, se transformó en un fenómeno de opresión y ansiedad, que me llevó a los consultorios médicos, ingresando entonces en la terapia de sedantes y tratamientos de neurosis y de sangre sin que, no obstante, consiguiesen identificar la verdadera causa de mi estado, que era por completo, de orden psíquico. Felizmente, un amigo me sugirió que debía "desarrollarme en un centro espiritista". Acepté la idea y, efectivamente, en menos de treinta días, recuperé mi salud, en cuanto a aquel estado aflictivo y anormal de perturbaciones emocionales. Me hice devoto a una lectura intensa en el sector espiritualista. Pero no conseguía librarme de la compleja confusión anímica, que es el "vía crucis" de la mayoría de los médiums en aprendizaje. En mi deslumbramiento de neófito, sentí, con alborozo, el ansia de obtener o desenvolver, lo más pronto posible, la mediumnidad sonambúlica, pues aún ignoraba que las facultades psíquicas exigen exhaustivo esfuerzo ascensional y que la disciplina y e! estudio, la paciencia y el criterio cristiano, son los cimientos fundamentales del buen éxito. Además de eso, el dolor, con todos sus recursos, exentos de piedad, me asaltó por largo tiempo; enfermo, fui sometido a cuatro operaciones quirúrgicas. Los sufrimientos morales, aumentados por perjuicios económicos, me encerraron en una situación acerba en la que el alma se ve forzada a mirar en las profundidades de sí misma, en busca de un mundo extraterreno, liberto de las ansiedades mezquinas y de carácter transitorio.

Entonces, en el silencio de las noches de insomnio, meditando profundamente, conseguí acorazarme con la resignación intrépida que decide al hombre a aceptar todas las espinas, cuando se pone al servicio del Divino Maestro. Y mi alma oyó el cántico sublime de aquel amor que nos lleva a comprender que somos una unidad cooperadora del equilibrio del Universo Moral, sirviendo a Dios y al prójimo.

Después de haberme impuesto esa ruta a mí mismo, un día escuché la voz amiga y confortadora de Ramatís para guiarme. Entonces, mi mediumnidad comenzó a florecer como la flor cuya raíz encontró un suelo rico en energías vivificantes.

Tiempo después, comencé a escribir, activado por una intuición viva y notando que las ideas, muchas veces, me surgían rápidas, tan aceleradamente, que no me daban tiempo a fijarlas en el papel, ni a poder atender las reglas del lenguaje ni el ajuste correcto del vocabulario. Aun escribiendo bajo el imperio de mi voluntad, era intenso el flujo de pensamientos que ligaban, explicaban y coordinaban el asunto a tratar, avanzando más allá de mi capacidad dactilográfica.

Deslumbramientos súbitos y motivos cósmicos se delineaban inesperadamente, y casi perdía el contacto con el mundo de las formas. Hubo momentos en que juzgué oír el "susurro" de la irrigación de la savia bajo la corteza del árbol y en los retoños y ramas del rosal. Las configuraciones limitadas de las cosas materiales se esfumaban de mi mente y me sentía integrado en el todo Cósmico. Entonces, fui tomado por la euforia de querer transmitir a todos esa sensación desbordante de júbilo espiritual. Puro engaño. Ante las miradas espantadas y las críticas superficiales, sufrí grandes decepciones, que me encerraron en un mutismo constreñido. Algunos cofrades no escondían su temor ante mis palabras; otros se referían a lo exótico de mis divulgaciones. Más tarde, me acostumbré, por ser tan imposible hacerme entender, como sería a un ciego de nacimiento hacerle comprender los esplendores cromáticos de la aurora boreal. Con todo, a pesar de ese ambiente de dudas, decepciones e incomprensión, mi facultad receptiva se fue acentuando hasta que, finalmente, fue posible colocarme en plena afinidad con Ramatís, aquella figura resplandeciente que viera en la infancia, pudiendo, ahora, recibir sus comunicaciones sobre asuntos y problemas sustanciales como los de esta obra.

Él lector encontrará aquí, muchas veces, ciertas Preguntas o indagaciones extemporáneas y, también, algunas de respetuosa discordancia, las cuales han tenido por objeto provocar una nueva explicación, a fin de que el asunto quede debidamente aclarado. Además, Ramatís siempre nos deja en libertad en cuanto a las Preguntas que deseamos formular, pues esta obra ha de ser leída por personas de todos los matices psicológicos. De ahí la diversidad de cuestiones propuestas, algunas abordadas más de una vez, con vista a la oportunidad y la conveniencia de ser ventilados los diversos asuntos que se relacionen con nuestra vida en la Tierra. Además de eso, muchos lectores, considerando los aspectos morales, podrán identificar las causas de sus propios deslices, prejuicios y desorganizaciones, y en la intimidad del alma, una voz silenciosa les dirá que el remedio para todos esos males es el Evangelio de Jesús. Todas las conclusiones de esta obra están subordinadas a una solución evangélica. El tercer milenio, como afirma Ramatís, será el del Mentalismo Crístico; pues la invitación espiritual que hasta hoy se ha hecho al hombre, ha sido condicionada a superficies destinadas a impresionar exclusivamente los ojos, confinando la luz de las verdades evangélicas a las ceremonias religiosas y al sectarismo de predicadores sentenciosos.

He ahí, pues, uno más de los objetivos superiores a que atiende este libro en que Ramatís, con su experiencia milenaria, discurre sobre una humanidad superior, aún en un mundo material; haciéndonos a la vez, conocer la mayor parte de nuestros pensamientos insanos y la urgente necesidad de extinguirlos mediante la terapéutica santificante del Evangelio, interpretado en Espíritu y en Verdad.

Los que sientan y escuchen a través de su lectura, el misterioso llamado del Amigo Divino, han de descubrir y sentir la superioridad de la humanidad marciana. El modo de vida en Marte, es ejemplo urgente de imitación.

Los que analicen esta obra, no deben ceñirse exclusivamente a los aspectos superficiales de sus impresionantes revelaciones. Si no consideran, de preferencia, el contenido moral y espiritual de su sustancia, es que entonces, prefieren ser despertados, más tarde, por los reactivos compulsorios de la Ley Divina, que impone limitación al libre arbitrio que genera la indiferencia y el desinterés por la invitación del PADRE. Si nunca es tarde, ya es tiempo de iniciar, objetivamente, la jornada de su propia redención.
Para otros lectores, tal vez sea de poco interés una obra que se ocupa de, cuando realmente, aun no sabemos orientar nuestros destinos en la Tierra; mas semejante concepción es bastante precaria, pues si el criterio de Cristóbal Colón hubiese sido idéntico, él no se hubiera arrojado a la patética aventura de descubrir la América.

Acontece, todavía, que todos los impulsos o hechos que se relacionan con la evolución de los mundos, obedecen a un determinismo intransferible, que hace "explotar" el acontecimiento en la hora exacta; y los obstáculos u óbices humanos que se le antepongan, la Ley Cósmica los remueve fácilmente. Así, en tales situaciones, surgen los "acasos", inesperados y siempre providenciales, como elementos accesorios e indispensables a la concretización del objetivo a la vista. Y el caso de Colón no escapó a los imperativos de la referida Ley. Por eso, la carencia de recursos, no detuvo su voluntad, y los mismos aparecieron, obtenidos o favorecidos por la propia reina Isabel, mediante la venta de sus joyas. Y, si en la mente del intrépido "soñador" o visionario, no se apagaba la luz del miraje que lo incendiaba, fue porque, conforme él dejó anotado en la obra que escribió con el título "Libro de las Profecías" (refiriéndose a la existencia de otro continente), sentía una fuerza o intuición viva que lo llevó a desahogarse así: "¿Quién duda que esta inspiración no me fue dada por el Espíritu Santo que, con sus rayos de luz maravillosa, me viene avivando y ordenando que yo prosiga y, aún sin cesar un momento, continúa inspirándome con entusiasmo, consolándome con la lectura de la Sagrada Escritura, en los libros del Viejo y del Nuevo Testamento, con las epístolas de los bienaventurados apóstoles?"...

Así, guardada la distancia que puedan atribuir a esta obra sobre, como de valor secundario, ella no escapará a la ley regente de la evolución social. Y por eso, como todas las del mismo tenor, fue también inspirada y concretizada mediante la articulación de los dos planos, el plano invisible y el nuestro, habiendo sido el signatario de estas aclaraciones apenas un vehículo o instrumento humano, para darlas a conocer a nuestro mundo.

En su íntima sustancia, la "Vida en el Planeta Marte y los Discos Voladores", viene a dar un alto relieve a la afirmación de Jesús: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas". Es evidente que esta obra sólo encontrará eco edificante en los corazones ansiosos de la verdadera cristianización del hombre, considerando que semejante conquista moral es la única eficaz y segura para fundar la paz en la Tierra y asfixiar, para siempre, la estúpida moral de los códigos humanos, cuya mentalidad induce a la ciencia a agotarse en el afán de descubrir el medio más eficiente de asesinar hombres, mujeres y criaturas, por millones, mediante el exterminio provocado por las explosiones atómicas.


Ramatís dice que su última encarnación en la Tierra fue en el siglo X, y que su desencarnación ocurrió en el año 993, en la Indo China, después de haber fundado y dirigido un templo iniciático, que era frecuentado por decenas de discípulos. En comunicaciones de carácter íntimo, Ramatís nos señaló varios de sus antiguos discípulos, reencarnados en el Brasil, los que, efectivamente, están cooperando con entusiasmo en las tareas de aquellos que lo conocieron en la Indo China, en la India, en Egipto o en la Grecia; y los más afines, vivieron con él en la Atlántida y en Lemuria.

No tenemos autorización para dar mayores informaciones sobre su espíritu, por considerarlas él inoportunas. En reuniones privadas, supimos que Ramatís viene operando, desde el plano astral, hace mucho tiempo; pues conociendo el trabajo sideral de la humanidad terrena, él se esfuerza para cooperar en su evolución. El triángulo con una cruz, que le cuelga sobre el pecho, es su insignia de integrante de la Fraternidad de la Cruz y del Triángulo, orden desconocida para nosotros. Muchas veces menciona los numerosos iniciados que pasaron por nuestro mundo predicando la Verdad en todas las latitudes de nuestro orbe, y afirma que "Jesús de Nazareth fue el más fiel intérprete de la Mente Divina".



HERCILIO MAES.

ELUCIDACIONES ACCESORIAS E INTRODUCCIÓN
Por el hecho de que el hermano Hercilio Maes, intérprete del eminente espíritu que se asigna Ramatís, incluyó mi nombre en el triángulo afectivo de las tiernas dedicatorias que inician esta obra, hallé indispensable justificar, en parte, la razón que tuvo su bondad para favorecerme, también, con esa ofrenda tan generosa y cautivante.

Además, al identificar tal gesto, daré a conocer otros aspectos interesantes respecto a su trabajo, al tratarse de una obra que, por la naturaleza insólita de su contenido, por la singularidad impresionante de su origen, y aún por su procedencia intelectiva y espiritual, exige que todos los episodios o elementos que forman su estructura, sean anotados y aclarados en sus más mínimos detalles. Debemos tener en cuenta que la crítica apasionada o imparcial que sus revelaciones van a producir, en todos los sectores del pensamiento, después de la profunda emoción que causará el esplendor de sus maravillosos alto-relieves morales y espirituales, dislocará su análisis hacia el ángulo de los aspectos fenoménicos, a fin de penetrar y definir con precisión, todas las configuraciones de su conjunto.

Independiente de tales motivos, las conclusiones de sus premisas no se destinan al ámbito restringido de cualquier grupo o sector social. Tienden, sí, a despertar y aclarar la razón y orientar la conciencia de la propia humanidad, respecto del más asombroso problema del Universo Moral, como es el de la pluralidad de los mundos habitados.

Porque, a despecho de los vuelos y de las conquistas espectaculares de la ciencia de nuestros días, en el afán de descifrar los problemas transcendentales del Cosmos, la persecución metafísica de la incógnita suprema, aun permanece momificada en el subsuelo de la misma ignorancia, estática e inerte, de la escolástica de la Edad Media.

Así, como documento concerniente a la articulación racional de los elementos subsidiarios o inherentes a la hechura de esta obra, paso a aclarar cómo y por qué aparezco ligado a ella. Obedeciendo a la intuición viva que, en psiquismo, puede ser definida como una especie de fonación intracerebral, fui dominado por una ansia irresistible de ir a Curitiba, y encontrarme con Hercilio Maes. Hasta que, un día, inesperadamente, decidí ir a la capital de Paraná, en donde me hallaría por primera vez. Allá, me presenté al hermano, quien muy amable, indagó sobre el motivo de mi viaje y de mi visita. Respondí que, hasta aquel momento, solamente podía decir que una intuición viva y persistente me inducía a ir a aquella ciudad con el deseo exclusivo de visitarlo, sin invitarme y sin conocerlo sino a través de un folleto - CONEXÁO DE PROFECÍAS - constituido por párrafos de una obra de Ramatís y que, según anotación de la misma, sólo podrá ser dada a la publicidad en el año 1956

Conversamos algunos momentos. Después, nuestro hermano fue a buscar unos papeles y, refiriéndose a los mismos, dijo: "Usted vino en la oportunidad en que Ramatís me autorizó a publicar una obra interesante y de gran tamaño, sobre, y que yo psicografié, transmitida por ese gran mentor invisible, y que hasta hace poco conservaba en secreto; mas, ahora, con su autorización, ya puede ser publicada.

Satisfecho mi deseo de conocer personalmente al hermano Hercilio Maes, volví a Río de Janeiro. Quince días después, fui sorprendido con una carta del referido hermano, la cual paso a transcribir.
Apreciado hermano:
En la última reunión en que tuvimos, una vez más, la alegría de la presencia del eminente Ramatís, él trasmitió, por mi intermedio, la comunicación que sigue, recomendando que se la enviásemos.

Es lo siguiente:

"La obra sobre, tiene que ser coordinada atendiendo en lo posible la secuencia lógica de los capítulos y de las Preguntas y respuestas que componen su texto y, también, en cuanto a su expresión, conjugando la síntesis a la claridad, sin afectar la sustancia de los pensamientos como esencia directora de los problemas expuestos, a fin de que el substrato de la respuesta dada a cada una de las proposiciones ventiladas, sea accesible a la cultura común; pues la obra no se destina específicamente a las élites intelectuales. Su objeto esencial no es de superficialismo especulativo, y sí de profundidad, en el sentido de mostrar al Hombre la grandeza moral y espiritual de su destino después de la muerte del cuerpo, como espíritu o alma inmortal en la Eternidad. Es, en fin, una obra destinada a todas las clases sociales.

Mas en cuanto a su coordinación en el plano humano, hay que considerar lo siguiente: la naturaleza de la facultad mediúmnica del sensitivo que utilizo, unida a su desvelado deseo de traducir mis pensamientos lo mejor posible, hace que él, cual fotógrafo caprichoso y exigente, retrate la imagen idea que entra en foco, con diversas formas de expresión, con el objeto de que posteriormente, con calma, sea separado lo que le parece "mejor", retocándolo en forma de que la "vestidura" de la palabra dé mayor relieve a su pureza y suntuosidad.

Esta es la razón natural de un cierto modo descriptivo que él adopta, cuando proyecto mis ideas en la tela de su mente. Pero el tiempo urge. El hermano Hercilio, debido a los imperativos de sus obligaciones terrenas y a sus vigilias mentales en la captación telepática de mis pensamientos, se encuentra agotado, y su constitución física es más bien débil que resistente. El no debe, por tanto, asumir la incumbencia de la coordinación de la obra en sus múltiples reajustes de orden abstracto ni el complemento de las exigencias de la sintaxis en todo su largo contenido; tarea a la que, si dispusiera de tiempo y salud, podría atender plenamente. Pero, cuando están en juego problemas fundamentales, respecto a la evolución moral y espiritual de la humanidad, cualquier determinismo contingente que se constituya en óbice que pueda perturbar el ritmo de su concretización, es en el plano astral previsto, considerado y solucionado por los mentores siderales que presiden y comandan la ejecución del objetivo a alcanzar, los cuales, en cada sector, disponen de equipos acreditados para solucionar los problemas secundarios que los afectan.

Así, en cuanto al trabajo mental e intuitivo, de "filtración" del contenido de la obra, es incumbencia que compete al hermano José Fuzeira, que él voluntariamente, en virtud del compromiso, asumió en la Espiritualidad, hace un siglo.

No se trata, pues, de una preferencia para con dicho hermano, y sí del cumplimiento de otra tarea que él solicitó, por su deseo y necesidad de servir. De ahí, nuestro "aviso" o llamada fraternal, de que está en la hora de asumir su puesto".

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La emoción que tales comunicaciones me causaron, fue semejante a uno de aquellos impactos que nos doblan las piernas, obligándonos a sentarnos en postura de profunda meditación. Mi ánimo se enfrió de pronto. Era que en mi conciencia comenzaron a pasar en desfile los hechos que había practicado, contrarios a los preceptos consignados en el Evangelio de Jesús. Entonces, oré, ore hasta que en lo íntimo de mi alma vibraron las resonancias armoniosas del perdón, diciendo: "La misericordia del PADRE es infinita, y Jesús dice que hay más fiesta en el Cielo con la llegada de un pecador arrepentido que con la llegada de noventa y nueve justos". La misión de Jesús en su descenso a la Tierra fue, justamente, la de salvar a los pecadores que querían ser salvados, conforme a los dictámenes de la Ley Divina; y como justificación de su socorro a los pecadores, aun aclaró: "los sanos no necesitan del médico".

Abusando aún de la misericordia del PADRE, supliqué que me fuese concedida la asistencia generosa de Ramatís siempre que, en los reajustes y revisiones del contenido de la obra, debido a mi incapacidad, necesitase de su auxilio. Cerrando los ojos, tuve la ventura de comprobar, por la videncia psíquica, su irradiación áurica, o sea su presencia, como quien dice: ¡Aquí estoy! Efectivamente, así aconteció, algunas veces acompañado por aquella santa que en esta existencia tuvo el pesado encargo de ser mi madre, y que Ramatís utiliza como vehículo telepático para mediante el sublime amor de madre, poder trasmitirme sus pensamientos y aclaraciones.

En cuanto al desempeño de la incumbencia a que me obligué hace un siglo, en la Patria Eterna, me dice la conciencia que le dediqué el máximo de mi esfuerzo y capacidad, quedándome, todavía, la pena, sin remedio, de no haber sabido desempeñarlo mejor.
Aquí dejo pues, explicado el por qué de mi unión a Hercilio Maes, y el motivo que lo llevó a incluir mi nombre en las dedicatorias consignadas en el comienzo de esta obra. Que Dios nos tome bajo su cuidado para que podamos continuar juntos a través del tiempo infinito, trabajando en la siembra bendita del Divino Maestro, guiados también por la mano generosa del abnegado hermano Ramatís.

Pasemos ahora a la introducción, en cuanto a algunos puntos fundamentales de esta obra, que son indispensables, debido al hecho de ser de procedencia extra terrena las respuestas que constan en la misma, relativas a las cuestiones formuladas.

Entre las verdades objetivas integradas en el neo-espiritualismo clasificado de Espiritismo, una de las que ha encontrado mayor resistencia en ser aceptada por las religiones ortodoxas, es la de las comunicaciones de los llamados "muertos", o sea, de los espíritus desencarnados que, después de encontrarse en el mundo invisible, vienen a hablar a los hombres. No obstante, semejante hecho está suficientemente comprobado por hombres que se impusieron al mundo por su autoridad de científicos eminentes, aunque, como acontece siempre que surgen revelaciones extrañas a la "ciencia oficial", no hayan escapado a las burlas y a las críticas de los que insisten en descifrar los fenómenos de la vida universal, condicionándolos a la configuración del medio en que viven. Tal como si un pez quisiera investigar y definir la vida terrestre, atendiendo a la fenomenología del océano. Ciertamente, una de sus afirmaciones categóricas, sería que "¡fuera del agua nadie vive!"

Citaremos, pues, las experiencias asombrosas llevadas a efecto por William Crookes, el célebre químico inglés, que sus compatriotas igualan a Newton; Pablo Gibier y Charles Richet, exponentes de la ciencia de Francia; Oliver Lodge, rector de la Universidad de Birmingham, y miembro de la Academia Real; Federico Myers, que en el Congreso Oficial Internacional de Psicología, realizado en París, en 1900, fue elegido como su presidente honorario; Camilo Flammarión, sabio astrónomo de proyección mundial; Russell Wallace, famoso naturalista inglés; César Lombroso y Ernesto Bozzano, eminentes psiquiatras italianos; Dr. William Brown, profesor de psicología; Arthur Conan Doyle, escritor, cuyas obras policíacas, de carácter científico, son conocidas en todos los países; y, finalmente, la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, cuyas experiencias, llevadas a efecto por intelectuales respetables, tienen anotadas, en sus actas, múltiples fenómenos que identifican y comprueban la comunicación de los llamados "muertos" con los que se dicen "vivos".

A fin de demostrar que la negación obstinada de los actuales "doctores de la Ley" no tiene amparo ni en los mismos libros sagrados que constituyen la base de la religión que profesan, vamos a referirnos al Viejo y al Nuevo Testamento de la Biblia Sagrada, destacando algunos hechos que atestiguan la veracidad de las recibida con las mofas del escepticismo estúpido y de las argumentaciones obtusas de las ciencias relativas. Mas a despecho de tales óbices, el tiempo corre y esta isla angélica, la Tierra, redando en el espacio a razón de 1800 kilómetros por minuto, sigue, imperturbable, en su vuelo fantástico de evolución, obediente a los determinismos de las leyes divinas, que se cumplen en la época y en la hora predestinadas, independiente del sí o del no de los sabios humanos.

Por otra parte, los equívocos de los sabios nunca dejarán de existir, porque en vista del tiempo y del espacio infinito, la inteligencia humana es una expresión limitada; y por eso, no conseguirá penetrar los secretos de lo Absoluto sin los naturales equívocos de aquél que busca alguna cosa que se encuentra escondida en los caminos de un laberinto inmenso. Por tanto, el hombre sabio, por más genial que sea, aunque consiga volar alto como las águilas, jamás subirá más allá de las limitaciones de la ciencia relativa de su ambiente cósmico; o sea, que ante las incógnitas del Universo, los hijos de Dios, en todas las curvas del camino de su evolución, se encontrarán siempre con un marco indicador de su ruta, con esta leyenda: ¡rumbo al Infinito!

Por consiguiente, los sabios son sabios, apenas, en relación a la época en que viven y a la ignorancia prevaleciente en la mayoría; pues si el sabio Tolomeo, cuyas concepciones subsistieran hasta la Edad Media, se presentase ahora a defender los principios de su sistema geocéntrico, bastaría oponerle un alumno del primer año de bachillerato para confundir sus teorías científicas. En verdad, la Ciencia, en el correr de los siglos, ha sido y continuará siendo, por toda la eternidad, una sustitución consecutiva de teorías que, aunque en cada ciclo lleguen a afirmar principios dignos de reverencia, siempre, en las épocas subsiguientes, las teorías anteriores van siendo reformadas o destruidas por revelaciones cada vez más sorprendentes.

Es que la ciencia universal no tiene puntos finales. Y tratándose de ecuaciones o premisas transcendentales sobre la fenomenología del Cosmos, nos atrevemos a decir que gran parte de las proposiciones inculcadas como "verdades definitivas", no pasan de ser productos científicos de simples ilusiones; pues así como los ojos humanos, al observar la puesta del Sol, ven una tela armoniosa de esplendores cromáticos, que si se observa "in loco", muestra una realidad difusa, muy diferente de lo que se ve a gran distancia, los ojos de los telescopios incurren también en el mismo equívoco. No importa que ellos alcancen perspectivas que abarcan miles de millones de años luz, pues más allá de ese "quantum" matemático, subsiste la distancia inconmensurable que se llama lo Infinito. He ahí por qué muchas ilaciones científicas, aunque formuladas por cerebros geniales, son decalcadas sobre apariencias o hipótesis; pues muchas veces, detrás, más allá, hay otra realidad o fenómeno que, después de ser constatado, demuestra que las conclusiones anteriormente fijadas mediante lo que fue visto por los ojos telescópicos, constituyen verdaderos errores o equívocos.

Hay que considerar, además, que la inteligencia humana es impotente para solucionar ciertas incógnitas. Esto es comprobado por aquellos sabios que, reconociéndose meros instrumentos de los designios de Dios, tienen la honestidad de confesar que "su descubrimiento" ¡fue simple "obra del acaso"! Están en esta categoría los científicos misionarios como Roentgen, descubridor de los Rayos X y, recientemente, el famoso Fleming, el biólogo modesto, que ofreció a la humanidad la milagrosa Penicilina, y muchos otros.

Sabios de verdad, en el sentido moral del término, son, pues, los que, ante todo lo que ignoran, confiesan que nada saben; y por eso, el genial Sócrates es digno de especial reverencia porque entre sus sentencias juiciosas dejó también al mundo esta lección de profunda humildad y sabiduría: "¡cuanto más sé, más sé que no sé nada !"

Volviendo al hilo de nuestras consideraciones, tenemos que referirnos ahora al punto culminante de esta obra, o sea, el ser o no ser de una estupenda incógnita extra terrena: la revelación formal y perentoria de que el planeta Marte está habitado. Existe allá una humanidad, y, además de eso, más evolucionada que la nuestra. Semejante revelación viene a comprobar la pluralidad de los mundos habitados, verdad enunciada por el propio Jesús, cuando dijo: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así yo no os lo diría."

¿Cuál será, entonces, "la casa de mi Padre" referida por Jesús? Ciertamente que es el Universo, y la inmensidad del Infinito. Solo una deducción pueril puede justificar la estulticia de que, entre miles de millones de mundos que existen en el Universo, Dios haya concedido solamente a la Tierra el privilegio de ser la morada de sus hijos; y consecuentemente, esos soles, esas estrellas y planetas inconmensurables, serían una especie de barcos siderales que Dios puso a navegar en el océano cósmico del Infinito, completamente vacíos, teniendo como única función, servir de regalo a los ojos de los habitantes de nuestro pequeño planeta. Sería como si un armador constructor de navíos, construyese suntuosos transatlánticos equipados con todos los requisitos de confort y comodidades adecuadas a la vida humana, y después, los lanzase en los océanos, sin nadie adentro, atribuyéndoles, apenas, la función de ir navegando, navegando sin rumbo ni utilidad alguna; o solamente para ser mirados, exteriormente, por algunos seres de la fauna marítima.

Dejando aparte las incoherencias graciosas o insensatas, y encarando el problema en sus aspectos, con la lógica de la razón y del buen sentido, no tengamos duda: Hacia el final de este siglo, la pluralidad de los mundos habitados, la pluralidad de las existencias y el intercambio del mundo invisible con la Tierra, serán demostrados con la luz de las pruebas objetivas irrefutables. Pero, ciertamente, una vez que esas verdades sean insinuadas por la Ciencia, una vez más los nuevos ''sabios de las escrituras", antes de rendirse a la evidencia de los hechos, volverán con las mismas impertinencias de la escolástica de la Edad Media. ¡Por más que el iluminado Galileo afirmase que la Tierra se movía alrededor del Sol, los "doctores" no se conformaron con esa condición subalterna, atribuida a este pequeño mundo donde todo es insignificante, menos el egoísmo, la vanidad, el orgullo y la ignorancia !

Esas sorprendentes conclusiones de la metafísica avanzada, tendrán tal repercusión en la conciencia de la humanidad, que los prosélitos de las diversas religiones, muy alborozados, saldrán en busca de un nuevo templo, donde puedan atemperar sus emociones irreprimibles y santificantes de amor al Padre que está en el Cielo. Las masas, agitadas por un sincretismo espiritual contagioso, se verán en romería por un solo camino. ¿Para dónde van? Van camino de la única Religión Eterna, la de la Iglesia del Amor Universal. Finalmente, de una vez para siempre, cesarán las divergencias teológicas, exclusivamente humanas, que, durante tantos siglos, han sido la manzana de la discordia entre las diversas creencias o religiones, separadas por causa del mismo Dios de paz y amor, que no tiene hijos preferidos ni hijos abandonados, pues, si así no fuese, su bondad y su justicia dejarían de ser infinitas. ¡Los hombres comenzarán a comprender y a sentir la vida a través del espíritu, porque todos sabrán por qué nacen, por qué viven, por qué sufren y por qué mueren!


Finalmente: estamos al término de un ciclo más de evolución moral y física de nuestro planeta. Esta civilización agoniza porque las conciencias están esclavizadas, incondicionalmente, al dios Dinero; pues, en realidad, debido al refinamiento de las vanidades exhibicionistas del cuerpo, al abuso de comodidades superfluas y a la usura, los corazones se transformaron en verdaderos sacos de monedas. Estamos en el "principio del fin"; y las profecías categóricas del Apocalipsis, no demorarán en cumplirse. Jesús también las enunció, diciendo: "Habéis de oír hablar de guerras y rumores de guerras. Mirad, no os asustéis; es necesario que así acontezca; mas aun no es el fin. Pues se levantará nación contra nación, reino contra reino; y habrá grandes terremotos por diversas partes, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo cosas espantosas y grandes señales; mas todo esto es el principio de los dolores". (Mateo, 24: 6/9.)

Efectivamente, la humanidad no puede continuar, por más tiempo, sonambulizada en tan densas tinieblas. La ley es evolución y progreso; y nada impedirá esa marcha hacia el frente y hacia lo Alto, pues la ascensión de los mundos obedece a designios invariables astrictos a las leyes de causa y efecto del Universo Moral. Las hecatombes que ya se observan, son la Tierra y el Cielo con sus potencias psíquicas, de vibraciones antagónicas, en luchas pavorosas y caóticas, para que mediante dolores virulentos, establezcan el equilibrio moral y espiritual de la conciencia colectiva, a fin de que la evolución moral de la humanidad sea acelerada hasta ponerla en línea paralela con su evolución intelectual. En su profundidad, las futuras guerras y cataclismos no se destinan a matar cuerpos: se destinan a "matar conciencias", a fin de que, en carácter definitivo, la paz y la fraternidad entre los pueblos no sea esa paz fijada en papeles firmados por la mano de la Codicia, por la mano del Egoísmo y del Orgullo, pues con tales sentimientos en el corazón de los hombres, no es posible que algunas firmas sobre un pedazo de papel tengan el poder de generar virtudes que ellos no poseen en la conciencia. La paz estructurada por tratados, prueba, justamente, que ella no existe en el alma de los contratantes. ¿Por qué no es necesario un decreto o una ley que obligue a los padres a amar a sus hijos? No es preciso porque ese deber, esa virtud de amor incondicional, vibra en el corazón de la familia constituida. Pues semejante expresión moral de amor al prójimo tiene que hacerse extensiva a todos los hombres y a todos los pueblos entre sí. La astucia meditada de los diplomáticos no evitará el fundamento de esta civilización metalizaba y utilitarista, que lucha por no morir, pero que morirá, irremediablemente, conforme aconteció a otras ya desaparecidas, y que también nacieron y tuvieron su juventud, vejez y muerte. ¡La piedra ya rodó de la cima de las altas montañas del Cielo; y cual monstruoso aerolito rojizo y flamígero, dislocado de su centro de gravedad, viene cortando los espacios en carrera furiosa y loca para, en rimbombos y pruebas ineludibles, aplastar el cerebro de esta humanidad impermeable a los consejos amorosos de JESÚS!

Dios está presente, pues no se trata de estructurar la conducta doméstica de una familia, y sí de imprimir nuevos rumbos, nuevas directrices morales y espirituales a un mundo donde viven dos mil quinientos millones de criaturas; mundo que el PADRE creó para ser un paraíso, pero que el hombre transformó, conforme reconoce, ¡en un valle de lágrimas !

Hace dos mil años, Jesús, con real fundamento, apelando al PADRE, intercedió a favor de la humanidad pecadora con estas palabras de misericordia: "Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen". Mas ahora, la Justicia Divina hablará de otro modo porque los hijos de la Tierra ya saben lo que hacen. En tanto, a pesar de ya saber lo que hacen, conjeturemos: ¿qué acontecería al Divino Jesús, si ahora volviese a nuestro mundo y saliese de nuevo, a la plaza pública, a predicar con el mismo asombro, sus doctrinas que mandan dar sin el propósito de recibir; y además de eso, increpase a los ricos, a los poderosos, y defendiese a los parias y a los humildes? Surgirían, con certeza, nuevos fariseos, nuevos Caifás, nuevos Judas y otros verdugos que lo matarían por segunda vez. Y si no llegaran a matarlo, por lo menos no escaparía de ser juzgado en un instituto de psicópatas.

Por todo esto, los tiempos son llegados para que la Humanidad de este planeta se reajuste a los principios de la Ley Divina, ya que la mayoría de los hombres, a pesar de "deslumbrarse con las maravillas del Cielo estrellado, ¡aun no encendió una vela en el propio corazón"! No obstante, no desesperemos en extremo. Si los dolores agudos que se aproximan están elevados a contingencias de una dolorosa necesidad, se trata de indispensable "operación quirúrgica" en el alma de la Humanidad, a fin de que ella, después, pueda crear en el orbe un ambiente de paz y amor cristianizado. Como preludio de la era regeneradora, ya se oyen en las altas regiones estrelladas las armonías, los cánticos celestiales de los mensajeros de Jesús, anunciando que la periferia de la Tierra va a comenzar a ser bombardeada por formidables haces de luz esterilizante, a fin de que los espíritus de las tinieblas que la circundan, sean arrastrados hacia otros mundos, cuyo ambiente psico-magnético vibra en consonancia con el tenor moral, deprimente, de esas almas odiosas. Se aproxima el tercer milenio, y en sus albores, las almas comenzarán a sentirse iluminadas por vibraciones íntimas, de una nueva luz moral y espiritual, que sobrepuja nuestras actuales concepciones. En vez de esa caridad anémica, que nos sensibiliza porque el "infeliz" está "aquí", cerca de nosotros, será el amor dedicado también al prójimo que está lejos, amor de carácter universalista, virtud excelsa, común en las humanidades de los mundos siderales, y que puede ser definida como "egoísmo de hacer el bien".

¡El egoísmo extremo y rudo que incrustó en la mente de los hombres y de nuestro mundo actual, la concepción materialista y voraz de que el tiempo es dinero, será substituido por el aforismo o leyenda santificante de que el tiempo es amor-fraternidad!

La raza dorada de ese nuevo ciclo milenario transformará nuestro planeta en un verdadero paraíso, pues las concepciones morales y sociales de sus moradores serán estructuradas a base del Evangelio de Jesús, el estadista impar y sociólogo máximo que, en la sencilla sentencia "ama a tu prójimo como a ti mismo", estableció la ley eterna y única que, de modo absoluto e infalible, conseguirá fundar la verdadera fraternidad en la Tierra; ley que aun no fue superada por los millares de códigos que los sociólogos y estadistas humanos han creado, para establecer la paz entre los hombres, sin lograr alcanzarla con sus experiencias que ya duran veinte siglos.

Reinará también una nueva Justicia, muy diferente de esa justicia cuyo símbolo tiene los ojos vendados, para no poder ver los pesos falsos que juegan en su balanza, o no avergonzarse de las trapacerías que los hombres hacen en su nombre. Justicia usurera, en que el rico, el poderoso, soborna o alquila conciencias por mayor o menor precio. No será, en fin, esa justicia de la sofística, de la astucia y de la retórica que subvierte la Verdad, haciendo que el Derecho se entorpezca, se curve hasta quedar tuerto, escamoteado en el laberinto infernal de esos millones de garabatos que figuran en los gruesos libracos denominados autos y procesos.

Igualmente, los ministerios de la guerra habrán de sustituir su leyenda agresiva por la de ministerios de la paz; y los aniversarios de las guerras o matanzas fratricidas dejarán de ser festejados. Finalmente, JESÚS será reconocido por todos los Pueblos como el Sabio, Mártir y Santo que merece festividades jubilosas en el mundo entero; pues mientras actualmente, cada país conmemora sus héroe? o libertadores privados, ¡Jesús sufrió, murió y aun vive en Espíritu, en su lucha divina de salvar, no sólo un país, sino la Humanidad entera!

Las fulguraciones sociales, morales y espirituales del tercer milenio, serán, en fin, la Nueva Luz que jamás se apagará. Y entonces la Humanidad, integrada en la paz, en el amor y en la fraternidad universalista, sentirá vibrar eternamente en su espíritu las armonías celestiales del mismo cántico que hace dos mil años los ángeles entonaron en los cielos de la Palestina: ¡Gloria a Dios en las Alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad!


JOSÉ FUZEIRA.



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