La unidad de la formación sacerdotal Relación entre el período inicial y la formación permanente


VII. ¿Cuándo un seminarista es “presbiterable”?



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VII. ¿Cuándo un seminarista es “presbiterable”?
NB.: Transcribo a continuación el tercer capítulo del artículo mencionado, intitulado “El paso del Seminario a la vida presbiteral” (l. c. pp. 70-77).
(34). Un séptimo cuestionamiento es el que surge del paso del Seminario a la vida presbiteral. Esto merece un tratamiento especial. Podemos distinguir tres cuestiones: a) si el ejercicio del ministerio presbiteral es fuente de santificación; b) si el Seminario prepara para la vida presbiteral, sea en cuanto al ejercicio del ministerio, sea en cuanto al estilo de vida a llevar; c) si el paso de una vida a otra es el adecuado.
El ejercicio del ministerio presbiteral como fuente de santificación

(35). En cuanto a lo primero: el Concilio concibe la santificación del Presbítero en íntima relación con el ejercicio de su ministerio presbiteral. Éste es visto como una fuente siempre viva para su santificación, y no como un peligro, de la misma manera que para los demás cristianos lo es vivir y realizar los deberes de su propio estado conforme al Evangelio. La cuestión que puede plantearse es si desde el Seminario se tiene conciencia de la capacidad del Presbiterado para la propia santificación. La enseñanza conciliar es luminosa al respecto:

* “(Los Presbíteros), ejerciendo el ministerio del Espíritu y de la justicia, se fortalecen en la vida del Espíritu, con tal que sean dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y conduce. Pues ellos se ordenan a la perfección de la vida por las mismas acciones sagradas que realizan cada día, como por todo su ministerio, que ejercitan en unión con el obispo y con los presbíteros” (PO 12);

* “Los Presbíteros conseguirán de manera propia la santidad ejerciendo sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo su triple función” (PO 13);

* “(Los Presbíteros), desempeñando el papel del Buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral encontrarán el vínculo de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su actividad” (PO 14).

En esta línea, recomiendo leer, en el decreto Presbyterorum Ordinis, los n°s 12-14, dedicados a la vocación de los Presbíteros a la perfección. Igualmente, los párrafos de la exhortación apostólica Pastores dabo vobis dedicados a la vocación específica del Presbítero a la santidad, n°s 19-20, a la caridad pastoral, n°s 21-23, y a la vida espiritual en el ejercicio del ministerio, n°s 24-26.

El Seminario y la preparación para la vida y el ejercicio del ministerio

(36). En cuanto a lo segundo, si el Seminario prepara para la vida presbiteral: hay que distinguir entre preparación remota y próxima.

En cuanto a la preparación próxima, lo trataré luego. En cuanto a la preparación remota, no me cabe duda que el Seminario prepara. Por ello aconsejo ser muy cautos en aceptar críticas indiscriminadas. Por ejemplo: a) “en el Seminario no les enseñan a hacer el expediente matrimonial” (un párroco); b) “en el Seminario nunca nos enseñaron sobre el celibato” (un seminarista).

Cuando un párroco afirma que “no les enseñan esto o aquello”: no se ha de olvidar que el Seminario sólo puede iniciar al seminarista, darle una teoría, proporcionarle una práctica mínima. No puede hacer del seminarista un apóstol acabado. Lo mismo sucede en todo trabajo y profesión. A manejar un coche se aprende manejándolo. A hacer una cirugía se aprende haciéndola.
(37). La misma prudencia conviene tener cuando los seminaristas y ex alumnos afirman “nunca en el Seminario nos hablaron de tal tema”, sea de espiritualidad, de pastoral, o de la situación que fuere en la Diócesis o en la sociedad. Sin negar las deficiencias que todo Seminario tiene como institución humana, éste suele dar con creces los elementos que a veces luego los seminaristas y ex alumnos niegan haber recibido. Y no lo hacen mintiendo. Con frecuencia se les ha expuesto ampliamente el tema que dicen desconocer, pero entonces no eran capaces de captar su significado. O no tuvieron el tiempo necesario de asimilación. Es como si nunca lo hubiesen escuchado. Nos ha pasado a todos. El camino que recorre el Seminario como institución no coincide plenamente con el que recorre cada seminarista. Uno es exterior, el otro es interior.
¿El actual paso del Seminario al Presbiterado es la manera conveniente?

(38). En cuanto a lo tercero, si el paso de una vida a otra es el adecuado: este es el punto decisivo del cuestionamiento. Tiene una relativa complejidad y conviene analizarla con más atención.
Un stress inevitable

(39). Todo cambio de vida produce en el sujeto un desacomodo del estado anterior y le exige un proceso de acomodación a las nuevas condiciones. De allí, un stress inevitable. Lo sufre el que se casa. Hasta ayer era novio. Hoy es esposo y pronto será padre. Lo sufre el profesional. Ayer era estudiante de medicina. Hoy atiende un consultorio o está en el quirófano como responsable de la salud de los pacientes. Lo mismo le acontece al joven Presbítero. Hasta ayer era el seminarista simpático. Hoy es el pastor que debe responder a los requerimientos más diversos y perentorios.
Un stress desproporcionado

(40). Sin embargo, al comparar la situación del joven Presbítero con la de los jóvenes profesionales, se advierte que éste se ve enfrentado, casi de golpe, a un cúmulo de tareas dispar y complejo como tal vez no se dé en ninguna profesión: la atención a un moribundo, la preparación de la homilía dominical, la solución de un problema laboral en el colegio parroquial, la visita a las capillas más alejadas de los barrios y del campo, la preparación de los catequistas, el estudio de un problema social para cuya solución se le pide un consejo o una intervención, la preparación de la reunión del clero zonal, el retiro de los adolescentes previo a las Confirmaciones, la atención personalizada de la gente en el confesionario y en el despacho parroquial, la supervisión de las finanzas parroquiales, la visita domiciliaria a los enfermos, la atención a los diversos grupos parroquiales, etc. Sin contar el bombardeo de cuestiones de orden moral que cada día le llega por los medios y que lo obligan a formarse un juicio para poder opinar, o bien de cuestiones relativas a la vida de la Iglesia, a veces conflictivas, muchas veces deformadas por la lente periodística. Todo ello se traduce en stress.
(41). Además, el joven Presbítero goza de una libertad extrema. También en esto pocos profesionales se le pueden comparar. Estos tienen el control natural de la propia familia con sus demandas, un horario a cumplir, un jefe a quien rendir cuentas. El joven Presbítero prácticamente no debe dar cuenta a nadie. Y esto, si bien ofrece muchas posibilidades de crecimiento humano y espiritual, también puede fomentar la dispersión de la persona. Lo cual también repercute en stress.
(42). Además, subyace en el ambiente el mito, traído por los abuelos inmigrantes, de que el Presbítero estudia mucho y lo sabe todo. Y aunque ningún clérigo afirme hoy tal cosa, el inconsciente del seminarista y del joven Presbítero es permeable al mito, y muchas veces actúa como si lo supiese todo. Lo cual multiplica las situaciones de equivocación, y ello también acrecienta el stress.
(43). El stress que sufre el joven Presbítero tiene, pues, características especiales que lo distinguen del que se sufre en el inicio de cualquier otro trabajo y profesión. Así es al menos en las diócesis del Interior, con poco clero, (y son muchas), donde el joven Presbítero asume pronto las responsabilidades de Administrador parroquial o de Párroco. Por más buena voluntad que se ponga, y a pesar de la práctica pastoral de los fines de semana que realizó durante el Seminario, el joven Presbítero no está preparado para ello.
Adolescencia y Presbiterado

(44). Existe, además, el fenómeno universal de la prolongación de la adolescencia, que se observa en los jóvenes. Y que también afecta a los seminaristas y jóvenes Presbíteros.

Ésta se traduce en la inmadurez del joven para asumir su vida. Con la preparación tenida puede realizar bien esto o aquello, y hasta llegar a ser un joven “exitoso” en su profesión. Pero no es capaz de asumir su vida en su integridad. Rehúye de las responsabilidades mayores. Y, cuando sobrevienen dificultades, en vez de enfrentarlas, escapa de ellas. No sabe mantenerse en un propósito largamente madurado, ni asumir su matrimonio, ni la educación de sus hijos, etc.
(45). Esta situación, que es grave en cualquier joven que pase de los veinticinco años, se torna crítica cuando se da en un joven Presbítero. Adolescencia y Presbiterado son términos antagónicos. “Presbiterado”, dice madurez, sabiduría de la vida, virtud de la prudencia, don del consejo, perseverancia en el buen propósito, capacidad de soportar contradicciones.

Además, cabe advertir que la palabra “Presbítero” nunca tuvo peso en nuestro medio22. No se sabe lo que significa. Sirve sólo para encabezar una correspondencia a un clérigo que no pertenezca a una congregación religiosa. Pero no suele inspirar a los formadores y al Obispo como criterio de discernimiento para la Ordenación de los candidatos. Nunca escuché de los formadores la pregunta “¿este sujeto es ya presbiterable?” Ni tampoco inspira a los seminaristas para plasmar su espiritualidad.
(46). Por todo lo visto, la pregunta formulada arriba, si “¿el actual paso del Seminario al Presbiterado es la manera conveniente?”: a mi parecer, merece una respuesta negativa. No es la conveniente.
¿Qué hacer entonces?

* ¿Agregar años de Seminario previos a la Ordenación? Por lo general, esto no serviría de mucho. Y hasta podría resultar negativo. En vez de mostrar la tarea pastoral como fuente de alegría y de plenitud humana, la mostraría como una tarea ciclópea que espantaría.

* ¿Organizar iniciativas de formación permanente en los años posteriores a la Ordenación presbiteral? Éstas son necesarias como en toda profesión humana, pero no se les puede pedir lo que no pueden dar. Éstas no pueden hacer “presbiterable” a un sujeto cuando fue ordenado siendo un adolescente.

La pregunta vuelve: ¿qué hacer, entonces?
La “carrera”

(47). “¿Qué carrera hacés?”. Es (o era) una pregunta muy común entre los jóvenes universitarios. Con esa palabra se designa a veces una meta burda: “¿qué profesión elegiste para hacer plata?”. Así empleada, la palabra “carrera” suena al lunfardo “curro”. Y es despreciable. Pero muchas veces se la emplea en su sentido más noble, y designa el camino elegido a correr (carrera) a fin de servir mañana al prójimo y construir la propia vida.

La vida humana y todo servicio al prójimo es una carrera, que va de etapa en etapa. Con esta conciencia, el hombre inventa maneras convenientes para “mantenerse en carrera”, de modo que una etapa recorrida lo prepare para la próxima, y así garantizar el éxito: la carrera administrativa, el escalafón militar, la residencia médica, etc. No se llega de golpe a general de ejército, ni a director de hospital.
¿“Carrera eclesiástica?”

(48). En la Iglesia hoy no nos gusta hablar de “carrera eclesiástica”, por las connotaciones mundanas que tiene la palabra: dinero, honores, títulos Pero la carrera eclesiástica, como camino a recorrer para servir al Pueblo de Dios y prepararse a asumir servicios apostólicos cada vez mayores, existe en germen desde el tiempo de los Apóstoles. Los tres Órdenes sagrados: diaconado, presbiterado, episcopado, constituyen la carrera eclesiástica fundamental, que quedó plasmada a comienzos del siglo II. La misma, como vimos, fue deformada luego por una mala teología sacramental, que concentró todo en el Presbítero, a quien llamó sacerdote. Y llegó casi a suprimir el Diaconado y el Episcopado.

Dicha carrera fue enriquecida en los primeros siglos con diversos ministerios, algunos comunes a todas las Iglesias, y otros propios de algunas adaptados a sus necesidades, que, con el andar del tiempo y hasta el Concilio, se llamaron Órdenes Menores.
¿Cuál es la realidad actual de ese camino?

(49). Éstas, antes del Concilio, habían quedado reducidas a una mera formalidad canónica y litúrgica. Toda la importancia quedaba atrapada por la Primera Tonsura y el ingreso al estado clerical. Casi sonaba ridículo lo de ser “ostiario” (portero) y “exorcista”. El subdiaconado se concentraba en la asunción de la obligación del celibato y el rezo del Oficio divino. El Diaconado, en portar la estola cruzada y exponer el Santísimo en la capilla del Seminario. El Presbiterado se recibía casi siempre en la Iglesia del Seminario. Enseguida después de la ordenación sacerdotal, el Ordenado salía, hecho y derecho, a la cancha apostólica.

(50). El Concilio dio algunas pocas orientaciones que podrían servir para renovar este camino: a) abriendo el Diaconado a hombres casados para la Iglesia latina; b) ponderando el oficio del catequista. Pablo VI, de acuerdo con el Concilio, dio algunos pasos para esta renovación con la constitución apostólica “Pontificalis Romani” (15-08-1971), y con las cartas apostólicas “Ministeria quaedam” y “Ad pascendum” sobre el diaconado, ambas del 15-08-1972. Sin embargo, no ha tenido concreción entre nosotros la sugerencia de Ministeria quaedam sobre otros posibles ministerios: “nada impide que las Conferencias episcopales pidan a la Sede Apostólica la institución de otros (ministerios) que por razones particulares crean necesarios o muy útiles en la propia región”.
(51). De hecho, aunque el Seminario actual es muy distinto del de antes, no es distinta la manera de promover al Presbiterado. El formalismo anterior en cuanto a los ministerios y al Diaconado sigue vigente. Lo único que importa de veras es llegar cuanto antes al Presbiterado. Es lo que le importa a todos: al candidato, a sus compañeros de curso, a sus familiares y amigos, al clero, al Obispo. Los Obispos seguimos realizando dicha promoción con los mismos criterios prácticos de antes del Concilio: el final de los estudios, la necesidad de proveer las parroquias, la presión de la opinión eclesial - en especial del clero – que es tributaria de los criterios antiguos.

A veces los Obispos organizamos el ejercicio del Diaconado fuera del Seminario por un tiempo, un año, dos a lo sumo, pero no siempre con la seriedad necesaria, para que el sujeto ejerza de veras el Diaconado y vaya creciendo. A veces su ejercicio es desnaturalizado, pues se lo organiza como un período de prueba, “a ver si salta la liebre”. Y, cuando así fuere, “mandarlo al sujeto a casa, total Roma concede fácil la dispensa a un Diácono”. Un Diaconado ejercido así, no sirve para nada: ni “para que salte la liebre”, ni para que el candidato crezca en su “presbiterabilidad”.

Seguimos siendo deudores de la teología “presbiteriano-sacerdotal” que imperó durante quince siglos. Y también de la concepción tridentina del Seminario como instrumento único de la formación al Presbiterado. Se supone que el seminarista que pasa por él, al egresar, ya es “presbiterable”. Y si cuando sale del Seminario, no sale ordenado al menos de Diácono, debe soportar preguntas molestas que lo desorientan: “¿Y? ¿Cuándo te ordenás? ¿Por qué el Obispo no te ordena?”¿Te han demorado la ordenación?”
(52). La “presbiterabilidad” de un sujeto exige un camino previo de maduración, espiritual y pastoral, acorde con el sacramento a recibir, con el ministerio presbiteral a ejercer y con el estado de vida a abrazar. Un camino que sea más progresivo y verdadero que el practicado actualmente, que se tome en serio el ejercicio de los ministerios y del Diaconado fuera del Seminario. Y no temer que ello sea durante años. Sería una vuelta a la auténtica tradición.

Valdría la pena que, en espíritu de oración, los Obispos y los Presbíteros nos pusiésemos a pensar sobre ello”.
Buenos Aires, en el Seminario Metropolitano Inmaculada Concepción, 8 de enero de 2010.

Versión revisada, 8 de marzo de 2010.

carmelojuangiaquinta@gmail.com


1 CEA, La formación para el ministerio sacerdotal. Plan para los Seminarios de la República Argentina, 1994.


2 Cf. o. c. 220-241.


3 La exhortación Pastores dabo vobis habla de “fases” (cf. nº 76).


4 Cf. Antiguo Código de Derecho (1917), canon 130. Ver también, Concilio Plenario para América Latina (Roma 1899): “Del examen de los sacerdotes recién ordenados”: (630) “Deseamos que durante los primeros cinco años, después de haber recibido el presbiterado se sujeten los sacerdotes, cada año, a un examen de Teología Moral y Dogmática por lo menos, ante un jurado de doctos y graves varones”. La Congregación para el Clero, el 04/11/1969 publicó una Instrucción “De permanenti cleri, maxime iunioris, institutione et formatione”, donde afirma que los exámenes trienales siguen vigentes; cf. Enchiridion Clericorum, Poliglota Vaticana 1975, 2924-2948.


5 A modo de ejemplo, puede verse el programa que se estilaba en la Arquidiócesis de Buenos Aires: en Revista Eclesiástica de Buenos Aires 1943, pp. 236-240. Actualmente, en esta Arquidiócesis se estila una Semana anual para el Clero joven de los primeros cinco años: cf. Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Buenos Aires, LI (2009) 347-348.


6 A modo de ejemplo, puede verse o. c., 1943, pp. 240, 378, 450, 499, 569, 644, 711, 763.

7 Cf. J. Colson, Les fonctions ecclésiales aux deux premiers siècles, Paris 1956.

8 Sermo 340,1; PL 58,1483.


9 Sería interesante hacer una lectura del NT, en especial de los Evangelios, en orden a descubrir la vida que nos trae Cristo como un don creciente. Por ejemplo:

* Lucas nos pinta el ministerio de Cristo y el seguimiento de sus discípulos como un largo camino en pos de él, desde Galilea a Jerusalén, hasta descubrir al verdadero Mesías, muerto y resucitado, de quien hemos de ser testigos en todo el mundo;

* Mateo asemeja el Reino de los Cielos con una semilla pequeña que crece hasta formar un arbusto grande que cobija a todas las aves del cielo;

* Marcos describe la torpeza de los discípulos en comprender el misterio de Cristo hasta que éste es descubierto por el centurión que comanda el pelotón que lo crucifica;



* Juan nos insiste en que el Espíritu Santo nos llevará a la comprensión plena de la verdad.


10 “Los sacerdotes del Nuevo Testamento, por razón del sacramento del Orden, ejercen en el Pueblo de Dios una función importantísima y necesaria de padres y maestros. Sin embargo, junto con todos los cristianos, son discípulos del Señor que participan de su Reino por la gracia de la llamada de Dios. Los Presbíteros, en efecto, con todos los que han nacido de nuevo en la fuente bautismal, son hermanos entre sus hermanos, como miembros del mismo Cuerpo de Cristo que todos tienen que construir. // Los presbíteros, por tanto, han de presidir de tal manera que, sin buscar sus propios intereses, sino los de Cristo, colaboren con los laicos y se porten en medio de ellos a ejemplo de Cristo, que entre los hombres no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos. Los Presbíteros deben reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia. También han de apreciar de corazón la legítima libertad que corresponde a todos en la ciudad terrena. Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos. Examinando los espíritus para ver si son de Dios, han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño. Entre los dones de Dios que se hallan abundantemente en los fieles, merecen atención especial los que atraen a muchos a una vida espiritual más elevada. Además, confiando en los laicos, han de encomendarles tareas al servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y margen de acción, incluso invitándolos oportunamente a que emprendan actividades también por propia iniciativa”. // Los Presbíteros, finalmente, están puestos en medio de los laicos, para llevar a todos a la unidad del amor amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua (Rm 12,10). Es, pues, misión suya armonizar las diversas mentalidades de manera que ninguno se sienta extraño en la comunidad de los fieles…” (PO 9).


11 En vísperas de mi ordenación en Roma, en 1953, mi director espiritual, el P. Hugo Achával SJ, me decía: “Cuidate de no jugar en la ordenación como algunas novias cuando se casan, que piensan más en el vestido y en la foto que en el novio. En la ordenación quien más importa es Cristo, vos estarás a su servicio”. La tendencia a jugar de novia en las ordenaciones pareciera haberse acrecentado en los últimos tiempos. La percibo en múltiples gestos: a) pasacalles celebrando al seminarista que es instituido acólito; b) ordenandos que entran a la celebración saludando a ambos lados con los dos brazos en alto como si fuesen púgiles que suben al ring a disputar el título; c) un sinnúmero de gestos marginales a la ordenación, puestos con buena intención, pero con mucha ignorancia del lenguaje litúrgico y de la catequesis que el pueblo merece recibir, que anulan el significado de los ritos complementarios y empobrecen la comprensión de la celebración; por ejemplo: vivar el nombre del ordenando siempre que es mencionado; aplaudir al diácono cuando reviste la estola cruzada y antes de que éste reciba el libro del Evangelio; dar importancia excesiva al momento de la vestición del neopresbítero, anticiparse al Obispo a dar el abrazo de paz al ordenado; etc.; d) recién ordenados que, en el saludo después de la ordenación suplican el afecto del pueblo cristiano, en vez de decirle que cuentan con su oración y que se ponen a su servicio; e) también he escuchado panegíricos de religiosas que van a hacer sus votos, que oscurecen la centralidad de Cristo, el Esposo que las llama.

12 En el Encuentro de Tucumán, Mons. Hugo Santiago, obispo de Santo Tomé, trató ampliamente de la formación permanente como “mistagogía”.

13 La Encuesta, enviada a todos los Seminarios, incluía cuatro preguntas: “1ª) En su Seminario ¿tienen proyecto formativo? ¿están elaborándolo?; 2ª) En la/s Diócesis a la/s cual/es pertenece el Seminario: a) ¿hay equipo de formación permanente? b) ¿tienen elaborado algún Proyecto de Formación Permanente?; 3ª) ¿Existe relación entre el Seminario y los Equipos y Proyectos de Formación Permanente?; 4ª) “Lo Formación inicial debe disponer a la Permanente”: describir brevemente el modo y con qué medios lo realizan”.


14 Así OT: a) formación espiritual nºs 8-12. incluyendo formación humana; b) formación intelectual nºs 13-18; c) formación pastoral específica: nºs 19-21. Pastores dabo vobis distingue cuatro dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral: nºs 43-59. El Plan para los Seminarios de la República Argentina distingue cinco dimensiones: humana, espiritual, intelectual, pastoral, comunitaria: nºs 83-205.



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