La unidad de la formación sacerdotal Relación entre el período inicial y la formación permanente



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Peligro de desgajar la oración

47. La oración es también el aspecto que corre más peligro de desgajarse del conjunto de la formación. Y ello, porque:

a) “no sabemos orar como es debido” (Rom 8,26);

b) es fácil concebir la oración como ayuda o instrumento para la vida personal y pastoral, pero es más difícil entenderla como parte integrante del ministerio pastoral. De allí que no se hable, con la frecuencia necesaria, de que la vocación al presbiterado incluye el llamado a dedicarse de manera especial a la oración. Ni prestamos suficiente atención a la figura de Jesús, que integra armoniosamente el trato con la multitud y el retirarse a la soledad para orar al Padre;

c) somos víctimas de “slogans” ingeniosos pero falaces; p. e.: “el sacerdote no es un monje”;

d) llama la atención el relativo silencio sobre la dedicación a la oración como criterio para discernir la vocación al celibato voluntario y perpetuo;

e) igualmente, el silencio casi absoluto sobre la crisis de la oración cuando se analiza la crisis de la pastoral para la evangelización.

Cuestionamiento 6º

48. No estoy en condición de opinar sobre cómo el seminarista actual realiza su oración en los días en que está fuera del Seminario para cumplir su tarea pastoral. Este también es un tema a considerar en algún Encuentro por todos los Formadores, y no sólo por los Directores Espirituales.

Ciertamente que el seminarista en esos días no cuenta con las facilidades que goza en el Seminario. Incluso, puede encontrar dificultades especiales.
1ª) ¿Es consciente de ellas?
2ª) ¿Aprende a enfrentarlas?
3ª) ¿O simplemente se resigna a no hacer la oración?
4ª) Si así fuese: ¿es consciente de que desaprovecharía en gran medida el ejercicio pastoral fuera del Seminario, y que comenzaría a andar por mal camino?
La misma dificultad se suele experimentar en el período del ministerio cada vez que el Presbítero cambia de destino pastoral y necesita reacomodarse para encontrar el tiempo y el lugar para la oración.

5ª) ¿Se prepara el seminarista para enfrentar esa situación y recuperar la oración en la nueva etapa?
6ª) ¿El neo-presbítero es consciente de esta situación al cambiar de destino pastoral?

(IV/D. El ejercicio de la caridad pastoral

(IV/E. El estudio pastoral

(IV/F. El diálogo presbiteral)

V. El Orden Sagrado, sacramento de comunión
La eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del Presbítero,

su dignidad original, su vocación, su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo” (Pdv 12).
¿Por qué el “sacramento del Orden” se llama así?

49. El decreto conciliar Presbyterorum Ordinis menciona reiteradas veces la palabra “Orden de los Presbíteros”20. Mientras lo leía, se me ocurrió preguntarme: ¿por qué el sacramento del Orden sagrado se llama así? ¡Tantas palabras repetimos a lo largo de la vida sin darnos cuenta cabal de lo que decimos!

El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica de la siguiente manera: “La palabra Orden designaba, en la antigüedad romana, cuerpos constituidos en sentido civil, sobre todo el cuerpo de los que gobiernan. Ordinatio designa la integración en un ordo. En la Iglesia hay cuerpos constituidos que la Tradición, no sin fundamentos en la Sagrada Escritura (cf Hb 5,6; 7,11; Sal 110,4), llama desde los tiempos antiguos con el nombre de taxeis (en griego), de ordines (en latín): así la liturgia habla del ordo episcoporum, del ordo presbyterorum, del ordo diaconorum. También reciben este nombre de ordo otros grupos: los catecúmenos, las vírgenes, los esposos, las viudas... // 1538 La integración en uno de estos cuerpos de la Iglesia se hacía por un rito llamado ordinatio, acto religioso y litúrgico que era una consagración, una bendición o un sacramento. Hoy la palabra ordinatio está reservada al acto sacramental que incorpora al orden de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos y que va más allá de una simple elección, designación, delegación o institución por la comunidad, pues confiere un don del Espíritu Santo que permite ejercer un "poder sagrado" (sacra potestas; cf LG 10) que sólo puede venir de Cristo, a través de su Iglesia. La ordenación también es llamada consecratio porque es un "poner a parte" y un "investir" por Cristo mismo para su Iglesia. La imposición de manos del obispo, con la oración consecratoria, constituye el signo visible de esta consagración” (1537).
50. El Catecismo destaca dos elementos: 1º) la integración en un cuerpo eclesiástico ministerial (Obispos, Presbíteros y Diáconos); 2º) la recepción del don del Espíritu Santo que permite ejercer un “poder sagrado” (sacra potestas).

La teología recibida sobre el Presbiterado enfatizaba el segundo elemento, que sin duda es esencial: la “sacra potestas” para consagrar el Cuerpo de Cristo y perdonar los pecados. Callaba, sin embargo, el primer elemento, que no es menos importante: la integración en un cuerpo u Orden presbiteral, cuyos miembros están en comunión entre sí y con el cuerpo u Orden de los Obispos. No se recibe la “sacra potestas” a título individual para ejercerla según el propio arbitrio. Se la recibe de manos del Obispo, para ejercerla en comunión con él y con los demás Presbíteros y edificar la comunión de la Iglesia.


Comunión con el Obispo

51. El decreto Presbyterorum Ordinis destaca con claridad la necesaria comunión del Presbítero con el Obispo: “Todos los Presbíteros, junto con los Obispos, participan del único y mismo sacerdocio y ministerio de Cristo, de manera que la unidad misma de consagración y misión exige su comunión jerárquica con el Orden episcopal… Por tanto, por el don del Espíritu Santo que recibieron los Presbíteros en la sagrada ordenación, los Obispos los tienen como colaboradores y consejeros necesarios en el ministerio y función de enseñar, santificar y apacentar el Pueblo de Dios” (PO 7).


52. La liturgia de ordenación muestra a las claras que la Iglesia concibe al Presbítero en íntima comunión con el Obispo: Cuando el Obispo ordenante lo interroga delante de la comunidad, la primera pregunta que le formula es: “¿Quieres desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbítero como buen colaborador del Orden episcopal…?”(Pontifical Romano I, 152). La pregunta sobre la celebración del sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación viene en tercer lugar.

En la misma oración consagratoria se vuelve a insistir, en primer lugar, en que el ordenado sea “honrado colaborador del Orden de los obispos” (ib., 159).

Como es fácil apreciar, según la liturgia de ordenación presbiteral, lo de ser “cooperador del Orden episcopal”, no es un mero formulismo; hace a la esencia del Presbítero.
Comunión con los demás Presbíteros

53. El decreto Presbyterorum Ordinis subraya, además, la comunión del Presbítero con sus demás hermanos. Y esto, sea que se trate de los otros miembros de su propio Orden: “Los Presbíteros, instituidos por la ordenación en el Orden del Presbiterado, están todos unidos entre sí por la íntima fraternidad del sacramento” (PO 8). O bien que se trate de los Presbíteros de la propia diócesis: “Forman un único Presbiterio, especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su Obispo” (ib.).

Y trae a colación dos gestos litúrgicos que atestiguan esta fe: “Esto se expresa litúrgicamente ya desde los tiempos antiguos, cuando se invita a los Presbíteros asistentes a imponer las manos sobre el nuevo elegido, junto con el Obispo que lo ordena, y cuando concelebran la sagrada Eucaristía unidos de corazón” (ib.).
El Sínodo de 1990

54. Como si no fuese suficiente cuanto el Concilio dice sobre la comunión del Presbítero con el Orden de los Obispos y los demás miembros del propio Orden, el Sínodo de 1990 y la exhortación Pastores dabo vobis (1992) vinieron a profundizar en esta dimensión, yendo a sus raíces más profundas. Ésta le dedica, prácticamente, el capítulo II, sobre la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial, donde traza los siguientes niveles de comunión: a) con Dios Uno y Trino; b) con Jesucristo; c) con la Iglesia; d) con el Obispo y los Presbíteros (n. 12); e) al servicio del pueblo sacerdotal: (nº13-15); f) y del mundo (nº 16).

Y concluye: “El ministerio ordenado, por su propia naturaleza puede ser desempeñado sólo en la medida en que el Presbítero esté unido con Cristo mediante la inserción sacramental en el Orden presbiteral, y por tanto en la medida en que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio ordenado tiene una radical ‘forma comunitaria’ y puede ser ejercido sólo como ‘una tarea colectiva’” (nº 17).

En esta línea de pensamiento, bien podemos decir: todo ejercicio ministerial del Presbítero es una concelebración espiritual con sus demás hermanos Presbíteros y con su Obispo.


55. Podemos resumir diciendo: el sacramento del Orden sagrado se llama así porque es esencialmente un sacramento de comunión. Nacido de la comunión de Dios Uno y Trino, en comunión con Cristo Sumo y eterno sacerdote, dentro de la comunión de la Iglesia, y por tanto, en comunión con el Obispo y los demás Presbíteros, para servir a la comunión del pueblo sacerdotal, y a fin de que todos los hombres puedan entrar en esta comunión para gloria de la Trinidad.
¿Individualismo clerical?

56. Todo este panorama de comunión, tan hermoso, ¿qué vigencia tiene en la práctica? Navega Mar adentro (2003) recoge quejas del pueblo de Dios que muestran signos inquietantes en cuanto a la vivencia de la comunión: “La consulta a las Iglesias particulares y comunidades cristianas nos advierte que, por momentos, se vive en el seno de nuestras comunidades una cierta incapacidad para trabajar unidos, que a veces se convierte en una verdadera disgregación” (n° 46). Aunque el texto de NMA no menciona expresamente a los clérigos, nadie puede pensar honestamente que lo de “verdadera disgregación” sea causada sólo por las rencillas de las señoras de tal o cual asociación. Por su parte, las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (1990) advirtieron sobre “las divisiones que crean evidente escándalo en la comunidad cristiana” (nº 35).

Ya antes, la exhortación Evangelii Nuntiandi (1975) de Pablo VI había advertido sobre el “crescendo” de divisiones entre los que anuncian el Evangelio: “La fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas. ¿No estará quizás ahí uno de los grandes males de la evangelización? En efecto, si el Evangelio que proclamamos aparece desgarrado por querellas doctrinales, por polarizaciones ideológicas o por condenas recíprocas entre cristianos, al antojo de sus diferentes teorías sobre Cristo y sobre la Iglesia, e incluso a causa de sus distintas concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas, ¿cómo pretender que aquellos a los que se dirige nuestra predicación no se muestren perturbados, desorientados, si no escandalizados?” (nº 77).

Y, como se dijo arriba, están siempre las quejas de muchos Presbíteros y fieles sobre la falta de criterios pastorales comunes, que muchas veces manifiestan la falta de voluntad de trabajar en comunión.


57. Con ser graves las denuncias de falta de comunión que hacen los documentos pastorales del Episcopado y de los Papas, no conozco reuniones de Presbíteros que hayan analizado las situaciones de división denunciadas y procurado ponerles remedio. Tampoco los Obispos hemos hecho un estudio serio al respecto. Abundan, en cambio, las quejas recíprocas. No es raro que los Obispos nos refiramos a los Presbíteros como “un problema”. Y que los Presbíteros se refieran al Obispo de la misma manera. Lo cual es lamentable. Pues el Señor nos elige y reúne como a los Doce para el gozo y el éxito, y no para la tristeza, la queja y el fracaso: “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto… Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn 15,11.16).

El Año Sacerdotal es una ocasión providencial para que los Obis y los Presbíteros comencemos a plantearnos este problema con serenidad y sinceridad, entre nosotros y delante del Señor que nos ha llamado. Está de por medio nuestra felicidad personal, eterna y terrena, y el testimonio que el mundo tiene derecho a esperar de nosotros: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17,21).

Como Formadores, el problema señalado nos debe preocupar especialmente, pues el Seminario no puede tener por norte ofrecer a los neopresbíteros un campo minado por el temor, la desconfianza o el prejuicio. Nada dañaría más la formación inicial y haría muy dificultosa la formación permanente.


Cuestionamiento

58. La fragilidad humana nos acompañará toda la vida. Eventuales desencuentros con nuestros hermanos Presbíteros y con nuestro Obispo podremos sufrir siempre. Los sufrieron los apóstoles Pablo y Bernabé. Para ello el remedio será siempre practicar el consejo evangélico: “Sean misericordiosos, como el Padre es misericordioso con ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37). Estamos, sin embargo, ante una situación enfermiza. Aquí, además de misericordia, es necesario el espíritu de discernimiento. Sin conocer la enfermedad, imposible aplicar la misericordia.

Intentaré esbozar algunas preguntas. Mucho agradeceré si me ayudan a perfeccionar la lista. Podría ser útil para el diálogo que Obispos y Presbíteros deberíamos comenzar a hacer a partir de este Año Sacerdotal.
1ª) ¿El desencuentro (o como se lo llame) entre Obispos y Presbíteros se debe especialmente al modo de relacionarse unos y otros? “Los Obispos han de considerar a los Presbíteros como hermanos y amigos… Los Presbíteros han de estar unidos a su Obispo con amor sincero y obediencia (PO 8).

¿En la práctica es así?
2ª) ¿Se debe a prejuicios recíprocos de los Obispos y de los Presbíteros? ¿A posiciones tomadas de antemano sobre personas o determinados asuntos pastorales?
.3ª) ¿Se debe, quizá, al modo en que el Obispo ejerce su autoridad? ¿autoritario? ¿dubitativo? ¿contradictorio?
4ª) ¿A que el Obispo no implementa para la Diócesis las normas canónicas de la Iglesia? ¿O quizá a que no concreta con claridad las disposiciones que ha tomado?
5ª) ¿Responde, quizá, a que el Presbítero, una vez ordenado, se cree en el derecho de buscar un paradigma sacerdotal propio al margen del Obispo y del Presbiterio?
6ª) ¿Responde, tal vez, a que el Presbítero se cree con derecho a dejar de lado las normas litúrgicas y canónicas, y a imponer sus propios criterios sujetivos?
7ª) ¿El ideal sacerdotal para el cual prepara el Seminario: responde a la teología conciliar que subraya la dimensión comunional del ministerio? ¿O responde a la vieja teología que prácticamente centraba todo en los poderes que recibe el individuo ordenado (“alter Christus”)?

Conviene advertir que una puede ser la teología sobre el Sacerdocio ministerial que se imparte en clase, y otra la que se respira en el ambiente del Seminario o de la Diócesis.

En 45 años, desde que concluyó el Concilio, no es fácil que haya cambiado una mentalidad que se plasmó durante siglos. No por vivir después del Concilio tenemos una mente conciliar.
8ª) ¿La comunión sacerdotal es concebida por los seminaristas y los neo-presbíteros en toda su profundidad? ¿O se la confunde con la camaradería? ¿O se la reduce al trato con el grupo afín, o con los de la misma edad?
9ª) ¿Los Presbíteros que viven bajo un mismo techo oran en común alguna vez al día? ¿Se les enseña a hacerlo así desde el Seminario?

La oración común es un signo eficaz de comunión entre los Presbíteros.


10ª) ¿Los Presbíteros participan activamente de las reuniones sacerdotales previstas? ¿Decanatos? ¿Consejo Presbiteral? ¿Las asumen como expresión de la comunión sacerdotal y como parte integrante de la vida pastoral? ¿Las omiten sin grave causa? ¿Retrasan la llegada a ellas con el pretexto de otros compromisos?
11ª) ¿Reina en ellas una dinámica adecuada? ¿Cada uno prepara la intervención que le corresponde? ¿O la reunión se reduce a una “lluvia de ideas” (que muchas veces no supera una catarsis de sentimientos)?

Las reuniones presbiterales bien llevadas son un instrumento sencillo y eficaz de comunión. Mal llevadas se transforman en una molestia peligrosa.

El diálogo pastoral entre Presbíteros es un punto capital, al cual debiera atender mucho más el Seminario. A veces escuché la queja: “Vos nos decís que preparemos tal tema. Pero nosotros no sabemos cómo se hace. Nadie nos enseñó”.
12ª) ¿Qué noción de obediencia tienen los seminaristas?

Los de mi generación nos hartamos de escuchar hablar sobre la obediencia. Después, algunos pensamos que el remedio consistía en callar sobre ella, lo cual fue un disparate. Sería muy triste que los seminaristas escuchasen la palabra “obediencia” por primera vez en el día de la ordenación diaconal, cuando el Obispo les pregunta: “¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?”· (Pontifical I, 228).




VI. Formar un pastor consagrado totalmente a Dios y a su pueblo
NB.: Completo mi reflexión transcribiendo a continuación el extracto de un artículo reciente: C. J. Giaquinta, “Formar verdaderos pastores” (OT 4) – Finalidad del Seminario del Concilio Vaticano II”, en revista Teología, XLVI (2009) 53-77.

El trozo siguiente está en l. c. pp. 68-69.

Los siguientes números marginales entre paréntesis corresponden a la numeración que el artículo transcrito tiene en la revista mencionad; no siguen, por tanto, la del presente artículo”.
Quinto cuestionamiento: la figura del presbítero, pastor y célibe

(27). Un quinto cuestionamiento surge de la figura eximia del candidato al Presbiterado que busca la Iglesia de Occidente y algunas Iglesias orientales: que sea presbítero (“anciano”), pastor y célibe. En estas Iglesias no se puede hablar de vocación pastoral del Presbítero sin hablar de su vocación celibataria como “conditio sine qua non”.

Para decirlo sin vueltas, la Iglesia busca un candidato en quien, además de una gran madurez humana y espiritual (“presbítero”, anciano, sabio)21, se conjuguen armoniosamente dos vocaciones: la consagración exclusiva a Dios, mediante el celibato libremente abrazado, y la consagración total al ministerio apostólico en el Orden del Presbiterado.
(28). Si bien no se suele hablar de una doble vocación conjugada en un solo sujeto, de hecho es así. Lo sugiere el Concilio cuando, al hablar sobre el celibato de los Presbíteros, distingue entre éste y el Presbiterado:

(La perfecta y perpetua continencia por el Reino de los cielos) no es exigida ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales, en donde, además de aquellos que con todos los obispos eligen el celibato como un don de la gracia, hay también presbíteros beneméritos casados”…

Este Santo Concilio no intenta en modo alguno cambiar la distinta disciplina que rige legítimamente en las Iglesias orientales, y exhorta amabilísimamente a todos los que recibieron el presbiterado en el matrimonio a que, perseverando en la santa vocación, sigan consagrando su vida plena y generosamente al rebaño que se les ha confiado” (PO 16).

Lo mismo hace la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, cuando explica la ley del celibato eclesiástico:

Este Sínodo afirma nuevamente y con fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales determinan, a saber, que el sacerdocio se confiera solamente a aquellos hombres que han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad célibe (sin menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y de los casos particulares del clero casado proveniente de las conversiones al catolicismo, para los que se hace excepción en la encíclica de Pablo VI sobre el celibato sacerdotal, n. 42). El Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino” (n.29).



(29). La ley del celibato no consiste en que al Presbítero una vez ordenado se le impone arbitrariamente guardar el celibato. Consiste, más bien, en que la Iglesia se obliga a sí misma a conferir el Presbiterado sólo a hombres que, además de las otras cualidades necesarias, hayan abrazado libre y perpetuamente el celibato. Lo cual no deja de obligar también al Presbítero. Cuando es candidato, lo obliga a verificar en sí la existencia de ese don y a manifestarle a la Iglesia con humildad y sinceridad, sin engaño, “que ha recibido de Dios el don de la vocación a la castidad célibe”, y que su “celibato (ha sido) libremente escogido a perpetuidad”. Y, una vez ordenado Presbítero, lo obliga a guardarlo, con la gracia de Dios, mediante la oración y un estilo de vida acorde con ese don y con el Orden sagrado recibido.
(30). No podemos desconocer que el candidato al Presbiterado hoy proviene de una cultura totalmente distinta y opuesta a la que hemos respirado los de mi edad. Sobre todo, en lo que a la toca a la sexualidad: la liberación sexual, el erotismo desenfrenado de los medios, la difusión de las relaciones sexuales entre los jóvenes, la iniciativa de la mujer en proponer el acto sexual, la ridiculización de la virginidad, el elogio de toda forma de sexualidad entre los mayores, etc. La misma Iglesia, que tanto cuestiona la banalización de la sexualidad, se ha visto seriamente afectada en esta materia: escándalos sexuales de clérigos, incluso encumbrados al episcopado, que han conmovido a la opinión pública; juicios multimillonarios a ciertas diócesis norteamericanas por el crimen de la pedofilia; la resonancia que todo ello tiene en la opinión de los fieles, etc.
(31). Aquí surgen no pocas preguntas. ¿El candidato al Presbiterado tiene conciencia clara de la doble vocación a que hemos aludido? ¿Y que las dos deben confluir en él? ¿Reina claridad en el ambiente eclesial? ¿O se interpreta la ley del celibato de un modo burdo? “Vos tenés vocación sacerdotal. Seguí adelante. Y rezá mucho, que Dios te va a dar la gracia de guardar la ley del celibato. Y si a veces fallás, está el sacramento de la Confesión”.”¿Cómo el ambiente erotizado repercute en la formación del seminarista actual? ¿Lo induce, quizá, a abrazar el falso ideal de la doblez de vida? ¿A desconectar, en su personalidad, la esfera pública (el ejercicio del ministerio pastoral) de la esfera privada (la guarda del celibato)? ¿Se mira su infracción con ligereza sacrílega? “Yo ejerzo mi derecho a la libertad cristiana y así anticipo proféticamente la situación que los demás Presbíteros vivirán mañana”.

NB.: Juzgo oportuno transcribir también los párrafos que siguen, aunque repiten conceptos vertidos arriba, pues están estrechamente concatenados con el cuestionamiento anterior sobre la vocación al celibato (l. c. p. 70).


Sexto cuestionamiento: la crisis de la oración personal

(32). Un sexto cuestionamiento surge del hábito de la oración necesario para ser Presbítero y para ser célibe.

Los Evangelios muestran que el ministerio apostólico de Jesús y sus jornadas de trabajo pastoral estaban enmarcadas entre largos momentos de oración personal, realizada en lugares y momentos adecuados: cf. Mt 14, 23; Mc 1,35; Lc passim.

No cabe duda que el ministerio del Presbiterado, y el tipo de candidato célibe que la Iglesia busca para conferirlo, suponen que éste haya adquirido un sólido hábito de oración personal, a imagen de Jesús. El cultivó no sólo la oración comunitaria en la sinagoga o en el templo. No fue un monje, pero cultivó la oración personal, “a solas”, (“katá mónas”: Lc 9,18). Si bien esta oración es cultivada en la Iglesia de manera especial por el monje, es necesaria para todo cristiano, y muy especialmente para uno llamado a ser verdadero pastor.
(33). ¿Es así también en los candidatos al Presbiterado? ¿Poseen este criterio para discernir el momento en el cual pedir la admisión a las Sagradas Órdenes y la Ordenación diaconal y presbiteral?

La importancia de este criterio de discernimiento es grande, pues no podemos olvidar que el Seminario nuevo vive en una Iglesia que todavía no se ha recuperado de la gran crisis de la oración personal que se sufre desde antes del Concilio.

¿Sabe el seminarista que, al dejar el Seminario, la práctica de la oración personal sufrirá necesariamente un desajuste? ¿Y que su primera preocupación fuera del Seminario habrá de ser encontrar para ella el tiempo y el lugar adecuados? ¿Y que la misma preocupación habrán de tener en todo nuevo destino pastoral?



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