La unidad de la formación sacerdotal Relación entre el período inicial y la formación permanente


Formar para enfrentar las tensiones de la vida sacerdotal



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Formar para enfrentar las tensiones de la vida sacerdotal

Planteo conciliar…

30. El decreto Presbyterorum Ordinis se plantea formalmente la situación de tensión en que viven muchos presbíteros, con peligro de la dispersión: “En el mundo actual, los hombres tienen que hacer frente a muchas obligaciones. Problemas muy diversos los angustian y muchas veces exigen soluciones rápidas. Por eso muchas veces se encuentran en peligro de perderse en la dispersión. Los Presbíteros, a su vez, comprometidos y distraídos en las muchísimas obligaciones de su ministerio, se preguntan con ansiedad cómo compaginar su vida interior con las exigencias de la actividad exterior” (PO 14).

Ante esta situación, el Concilio no propone como remedio escapar de la misma, sino encontrar en ella la solución, cumpliendo la voluntad de Dios: “La unidad de vida no se consigue con una organización puramente exterior de las obras del ministerio, ni con la sola práctica de los ejercicios de piedad, que, sin duda, contribuyen mucho a fomentarla. Los Presbíteros pueden construir esa unidad, siguiendo en el ejercicio de su ministerio el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que le envió a realizar su obra” (Ib.)..

El Concilio quiere que los futuros Presbíteros se formen para esta situación: “Los alumnos deben comprender claramente que no están destinados al mando o a los honores, sino entregarse totalmente al servicio de Dos y al ministerio pastoral… En su futura actividad no deben mirar únicamente los aspectos peligrosos, sino más bien han de formarse para una vida espiritual que principalmente saca sus fuerzas de la actividad pastoral misma”” (OT 9).


profundizado por la exhortación Pastores dabo vobis

31. El planteo conciliar ha sido enriquecido por la exhortación apostólica Pastores dabo vobis cuando habla de la caridad pastoral: “Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote. Gracias a la misma puede encontrar respuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareas y responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción fundamental y determinante de ‘dar la vida por la grey’ puede garantizar esta unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio espiritual del sacerdote” (Pdv 23). Recomiendo leer el título completo de la exhortación dedicado a “La configuración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la Caridad pastoral (cf. Nºs 21-23).


32. Vale la pena advertir cómo la exhortación apostólica subraya que “la misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración (del Presbítero), sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador… Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del Presbítero y el ejercicio de su ministerio” (Pdv 24). Y cita, a continuación al Concilio: “Al ejercer el ministerio del Espíritu y de la justicia (cf 2 Co 3,8-9), (los presbíteros) si son dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la vida del espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día, como por todo su ministerio, que ejercen unidos al Obispo y los presbíteros, ellos mismos ser ordenan a la perfección de vida” (PO 12).
Es decir que, según el Concilio, el Presbítero se santifica por medio del ministerio, y no a pesar del mismo. Todo lo cual no significa que el Obispo no deba considerar las circunstancias concretas en que un Presbítero desempeña su ministerio, o que éste no pueda pedirle que considere la posibilidad de un cambio de destino.

Cuestionamiento 3º

33. Conviene formularnos algunas preguntas:


1ª) ¿En el Seminario, se plantea el futuro ministerio, con todas sus tensiones, como fuente de la propia santificación del Presbítero? ¿Y, por tanto, como medio para la propia perfección y gozo?

¿Se enseña a distinguir los peligros que acechan: el activismo, el abandono de la oración, el descuido de la propia intimidad y descanso, el trato imprudente con la gente (varones y mujeres)?


2ª) ¿Cómo se atiende en los Seminarios a la formación de sujetos con una psicología ordenada?

Es una cuestión no menor. La génesis de las crisis sacerdotales no radica sólo en la afectividad. Muchas veces son anticipadas por una sensación de agobio o de vacío, fruto en gran medida del mal uso de la libertad.


3ª) ¿Para juzgar de la promoción de un candidato al Orden sagrado, se tiene en cuenta su capacidad de organizar su tiempo?
4ª) ¿El seminarista aprovecha el ejercicio pastoral para formar en sí una psicología ordenada? ¿Se evalúa cómo este ejercicio incide en la formación de la misma? ¿O, de hecho, fomenta la dispersión?
5ª) ¿El seminarista durante esos días sabe integrar la oración personal, la lectio divina, el estudio pastoral, el descanso, junto con la preparación y la realización de la acción pastoral?
6ª) Se da por sentado que la adolescencia se ha prolongado.

¿Cómo se enfrenta el fenómeno en el Seminario? ¿Sólo a nivel declamatorio?

¿Agregando más años a la formación inicial? ¿Transfiriendo a la formación permanente aspectos que no logran madurar en la inicial?
7ª) ¿Se da en los seminaristas y presbíteros jóvenes la añoranza por la vida dejada? ¿Qué signos la manifiestan?

III. El Seminario, comunidad eclesial educativa
El Seminario… es sobre todo una comunidad educativa en camino…

Es una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica en torno a Jesús…

Es una experiencia original de la vida de la Iglesia…

Debe configurarse… como ‘comunidad eclesial’, como ‘comunidad de discípulos del Señor’…

Es una comunidad eclesial educativa (Pdv 60-61).
Formación comunitaria y estilo de vida eclesial del Seminario

34. El Plan para los Seminarios de la República Argentina, incluye “la formación comunitaria” (nºs 189-205) entre las dimensiones de la formación inicial. Esto constituye una novedad con respecto a otros Planes. Es una pena, sin embargo, que no se la haya iluminado más expresamente con la enseñanza que la exhortación Pastores dabo vobis expone sobre el Seminario como “comunidad eclesial en camino”. Será preciso tenerla muy en cuenta en una futura revisión del Plan y, sobre todo, en la evaluación que hagamos sobre nuestros respectivos Seminarios y sobre la manera de insertarnos en él como Formadores.


El Seminario como icono inmediato de la Iglesia

35. La formación de los seminaristas “como auténticos pastores de almas, a ejemplo de Jesucristo” (OT 4), depende, de manera decisiva, de cómo sea la experiencia eclesial que vivan en el Seminario. Pues aprenden a ser pastores de la Iglesia por medio de la experiencia que tienen del Seminario como comunidad eclesial más que con las clases de teología pastoral.

Si el Seminario los cultivase en forma unilateral, o ellos lo viviesen así: unilateral también será su formación pastoral, que nada tendría que ver con la formación pastoral integral preconizada por el Concilio: “Todas las dimensiones de la formación: espiritual, intelectual y disciplinar, deben orientarse conjuntamente a esta finalidad pastoral” (OT 4). Si el Seminario, más que “una experiencia original de la vida de la Iglesia”, fuese primeramente una organización religiosa, donde imperase por sobre todo la disciplina: los seminaristas aprenderían a vivir en la Iglesia y a regentearla como una organización, sin tener muy en cuenta la conducción superior del Espíritu, la respuesta libre de sus miembros y el crecimiento de cada uno y del conjunto. Si lo viviesen como puro desierto: aprenderían a ser monjes, pero no pastores del Rebaño. Si lo viviesen como una casa de estudios religiosos: aprenderían a enseñar el Evangelio como profesores de religión, pero no como predicadores enviados por Cristo. Si lo viviesen como un tiempo de experimentación pastoral: aprenderían a ser “managers pastorales”, pero no pastores del Rebaño.

Lo mismo valdría en caso contrario, si los seminaristas despreciasen o descuidasen gravemente uno de los aspectos mencionados, que son imprescindibles para que el seminarista se inserte en el Seminario como miembro activo y responsable de esa “comunidad eclesial en camino”.


36. Escuchemos lo que nos dice la exhortación Pastores dabo vobis (los subrayados corresponden a la letra cursiva en el texto original):

(60) “El Seminario, que representa como un tiempo y un espacio geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino: la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce .En realidad los Evangelios presentan la vida de trato íntimo y prolongado con Jesús como condición necesaria para el ministerio apostólico. Esta vida exige a los Doce llevar a cabo, de un modo particularmente claro y específico, el desprendimiento… del ambiente de origen, del trabajo habitual, de los afectos más queridos”…

La identidad profunda del Seminario es ser, a su manera, una continuación de la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión. Esta identidad constituye el ideal formativo que… estimula al Seminario a encontrar su realización concreta, fiel a los valores evangélicos en los que se inspira y capaz de responder a las situaciones y necesidades de los tiempos”.

El Seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida de la Iglesia; en él el Obispo se hace presente a través del ministerio del rector y del servicio de corresponsabilidad y de comunión de los demás educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los alumnos. Los diversos miembros de la comunidad del Seminario, reunidos por el Espíritu en una sola fraternidad, colaboran, cada uno según su propio don, al crecimiento de todos en la fe y en la caridad, para que se preparen adecuadamente al sacerdocio, y por tanto a prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia redentora de Jesucristo, el Buen Pastor.

Incluso desde un punto de vista humano, el Seminario mayor trata de ser “una comunidad estructurada por una profunda amistad y caridad, de modo que pueda ser considerada una verdadera familia que vive en la alegría”. Desde un punto de vista cristiano, el Seminario debe configurarse… como “comunidad eclesial”, como “comunidad de discípulos del Señor, en la que se celebra una misma liturgia…, formada cada día en la lectura y meditación de la Palabra de Dios y con el sacramento de la Eucaristía, en el ejercicio de la caridad fraterna y de la justicia; una comunidad en la que, con el progreso de la vida comunitaria y en la vida de cada miembro, resplandezcan el Espíritu de Cristo y el amor a la Iglesia. Confirmando y desarrollando concretamente esta esencial dimensión eclesial del Seminario, los Padres sinodales afirman: ‘como comunidad eclesial, sea diocesana o interdiocesana, o también religiosa, el Seminario debe alimentar el sentido de comunión de los candidatos con su Obispo y con su Presbiterio, de modo que participen en su enseñanza y en sus angustias, y sepan extender esta apertura a las necesidades de la Iglesia universal’.

Es esencial para la formación de los candidatos al sacerdocio y al ministerio pastoral –eclesial por su naturaleza- que se viva en el Seminario no de un modo extrínseco y superficial, como si fuera un simple lugar de habitación y de estudio, sino de un modo interior y profundo, como una comunidad específicamente eclesial, una comunidad que revive la experiencia del grupo de los Doce unidos a Jesús”.

(61). “El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial educativa, más aún, es una especial comunidad educativa”.
Los Formadores, iconos de Jesús Buen Pastor,

congregan a los seminaristas, en comunidad eclesial

37. El texto de la exhortación tiene mucha miga: “El Seminario: comunidad eclesial educativa”. Bien merecería reflexionarlo en un Encuentro ad hoc, e implementar dicho ideal.

El ideal propuesto por la exhortación apostólica tiene implicancias graves para los seminaristas, pero en primer lugar para los Formadores. Son ellos, en concreto, los que, en nombre del Obispo, congregan a los seminaristas en una “comunidad eclesial educativa”, a imagen de Jesús con los Doce (cf Mc 3,12-16). En sus personas, en su dedicación al Seminario y a los seminaristas, en sus relaciones dentro del Equipo de Formadores, en su amor a la Iglesia diocesana, los candidatos al Presbiterado tienen derecho a encontrar un icono de Jesús Buen Pastor y la imagen del Presbítero señalada por los apóstoles Pedro (cf 1 Pe 5,1-5) y Pablo: “Velen por ustedes, y por todo el Rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su sangre” (Hch 20,28).

Cuestionamiento 4º

38. Formulo sólo algunas preguntas referidas a los Formadores, sin que ello implique que los seminaristas no juegan su papel importante en plasmar al Seminario como “comunidad eclesial”:


1ª) ¿Cuál es la dedicación de los Formadores al Seminario? ¿Es absolutamente prioritaria?
2ª ¿Su relación con los seminaristas es a imagen de la de Jesús con los Doce?
3ª) Además de la dirección espiritual individual para cada uno de los seminaristas: ¿el Seminario cuenta con una orientación espiritual comunitaria clara en orden a configurarla como “comunidad eclesial” y “comunidad de los discípulos del Señor”?

¿Se tiene en cuenta que sin una orientación espiritual comunitaria, se frustraría en gran medida la dirección espiritual individual?
4ª) ¿Con qué instrumentos se cuenta en el Seminario para impartir la orientación o dirección espiritual comunitaria?
Estas dos últimas preguntas miran más allá del Seminario y tienen en cuenta la realidad pastoral de las comunidades que habrán de atender los futuros Presbíteros, muchas veces numerosas y complejas. En ellas una atención adecuada al conjunto del Rebaño, mediante una buena predicación y la catequesis bien programada, simplifica la atención que merecen las ovejas individuales.

IV. Elementos claves para el Seminario como “comunidad eclesial”
39. Para la plasmación de un Seminario con características de “comunidad eclesial educativa” algunos elementos son decisivos. Entre ellos mencionamos: A) la Sagrada Escritura; B) la celebración litúrgica; C) la oración personal; D) el ejercicio de la caridad pastoral; E) el estudio pastoral; F) el diálogo presbiteral. Estos elementos, a su vez, contribuyen muchísimo a la unidad de la formación inicial. Todos ellos valen también para la formación permanente. Nos detendremos en A y C. Quedará para otra ocasión redactar B, D, E y F.

IV/A. La Sagrada Escritura
Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina)…El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de Dios

revisten un significado específico en el ministerio profético del sacerdote,

para cuyo cumplimiento adecuado son una condición imprescindible” (P.d.v. 47)
Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”

40. En la más auténtica tradición de la Iglesia, la Sagrada Escritura fue siempre un elemento central para: a) escuchar la Palabra de Dios; b) orar a partir de ella; c) proclamarla en la Liturgia; d) comentarla al pueblo para su instrucción espiritual. Cuando consideramos la formación y el ministerio de los Santos Padres, es fácil apreciar el papel capital que jugó la Sagrada Escritura. Es de lamentar, sin embargo, que, siglos después, en el clima de la polémica antiprotestante, el libro de la Sagrada Escritura haya sido quitado de las manos del pueblo cristiano, para cuya lectura -excepto la del NT-, en la práctica había que “pedir permiso”.


El Concilio y la vuelta a la auténtica tradición

41. Por gracia de Dios, el Concilio vino a restablecer la auténtica tradición. La constitución dogmática Dei Verbum dice: “Todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse ‘predicadores vacíos de la palabra, que no la escuchan por dentro’, y han de comunicar a los fieles, sobre todo en los actos litúrgicos, las riquezas de la palabra de Dios. El santo Sínodo recomienda a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo, ‘pues desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo’” (DV 25).

Este principio conciliar se conjuga con muchos otros. Por ejemplo, la constitución sobre la Sagrada Liturgia manda “abrir con mayor amplitud los tesoros bíblicos, de modo que, en un espacio determinado de años, sean leídas al pueblo las partes más importantes de la sagrada Escritura” (SC 51).

Hablando de la formación presbiteral inicial, el Concilio dice: “Los alumnos han de formarse con especial empeño en el estudio de la Sagrada Escritura, que debe ser como el alma de toda la teología” (OT 15).

Y al referirse al ministerio de los Presbíteros afirma: “Los Presbíteros, como colaboradores de los Obispos, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios” (PO 4).
42. Al tema de la Sagrada Escritura en la formación del Presbítero, la OSAR le dedicó el Encuentro del año pasado en el Seminario de La Plata, bajo la guía magistral del P. Jorge Blunda16. Pero es tal su importancia, que hay que volver permanentemente sobre él. Estamos a la espera de la exhortación apostólica de Benedicto XVI, fruto del Sínodo de 2008, sobre “la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”. No es arriesgado imaginar que traerá un párrafo importante relativo al papel que la Palabra de Dios juega en la formación permanente del Presbítero. Entre tanto debemos dejarnos cuestionar por esa Palabra.

Cuestionamiento 5º

43. Son muchas las preguntas que podemos hacernos al respecto:


1ª) ¿Los principios conciliares que asignan el primer puesto a la Sagrada Escritura y al ministerio de la Palabra, encuentran su correlato en la organización y vida del Seminario? ¿O son enunciados “retóricos” relegados al plano de la teoría?
2º) ¿Se percibe en el Seminario que se ha superado el viejo trauma de la Biblia como “libro prohibido”, y es de veras la fuente en la cual el seminarista bebe permanentemente?
3ª) ¿Cómo se concretiza el principio que la Sagrada Escritura es “el alma de la teología”? ¿Cómo trasciende al resto de la vida del Seminario?

4ª) ¿Cómo se realiza en el Seminario la lectura litúrgica?
5ª) ¿Qué lugar ocupa la homilía en la formación espiritual del Seminario?

¿Es de veras una homilía, o un simple fervorín? ¿Los seminaristas encuentran en ella el modelo de su futura predicación?
6ª) ¿Cómo se prepara el seminarista para recibir el ministerio del Lectorado?
7ª) ¿Qué lugar ocupa la “lectio divina” en la vida cotidiana del Seminario? ¿En los días de ejercicio del ministerio fuera de él?
8ª) ¿Cómo asume el Seminario el mandato conciliar que la formación pastoral específica de los seminaristas los ha de capacitar “especialmente en la catequesis y en la predicación” (OT 19)?
44. Otra serie de preguntas habría que hacer con respecto al papel que la Sagrada Escritura juega en la vida de los Presbíteros: en la oración con ella, en su estudio y en la predicación. Baste hacer unas pocas:
1ª) ¿Después de cuarenta y cinco años de la clausura del Concilio, se puede decir que el Clero tiene cultura y espiritualidad bíblica? ¿O continúa vigente el viejo prejuicio que la Escritura es cosa para “entendidos”?
2º) ¿La predicación del Evangelio es tenida por los Presbíteros como el “primum officium” (PO 4)?
3º) ¿La calidad de las homilías podría ser alegada como signo de la credibilidad de la Iglesia católica?
4ª) ¿Cómo los Clérigos aprovechamos las iniciativas de la Iglesia “para que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con mayor abundancia para los fieles” (SC 51)?
.5ª) ¿Cómo aprovechamos el leccionario dominical con su ciclo trienal? ¿Y el semanal?
.6ª) ¿Cómo aprovechamos el Oficio de Lecturas?
¿Retroceso en la preparación al ministerio de la Palabra y en su ejercicio?

45. Con respecto a la preparación para la predicación, séame lícito expresar una impresión personal. Mientras los seminaristas actuales tienen una preparación bíblica mejor que los de antaño para comprender la Palabra de Dios, me parece que no está a ese mismo nivel la preparación que tienen para trasmitir esa Palabra. Incluso me parece que en este campo hay un retroceso muy peligroso.

Éste afecta a toda la vida de la Iglesia. Los mismos Obispos atendemos muy poco a esta situación. Por ejemplo, llamó la atención que el Instrumentum Laboris del último Sínodo, fruto de la consulta a toda la Iglesia, que dedicó un amplio párrafo a la “Lectio divina” y a “los Grupos bíblicos”, no dedicase un párrafo especial a la Homilía, que fue el instrumento ordinario utilizado por los Santos Padres para catequizar al pueblo. Por fortuna, esta laguna fue subsanada en la posterior discusión en el aula sinodal. Igualmente, que Aparecida, que habla ampliamente de la Palabra de Dios para ser discípulos y misioneros, mencione la palabra “homilía” sólo una vez para referirse a la homilía inaugural de Benedicto XVI, y mencione “la predicación” sólo dos veces y de refilón, pero nunca como tarea para la cual han de prepararse los seminaristas o perfeccionarse los Presbíteros en orden a la Nueva Evangelización17.

A uno le viene de preguntarse: ¿Dónde queda el mandato de Jesús: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,… enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado….” (Mt 28,28)? ¿Dónde, la orientación conciliar: “Los presbíteros tienen como primer deber anunciar a todos el Evangelio de Dios” (PO 4)? ¿Igualmente, el mandato conciliar, que los seminaristas tienen que ser formados “diligentemente… especialmente en la catequesis y predicación” (OT 19)?

Ha de llamarnos a la reflexión el hecho de que muchos documentos, cuando deben referirse a los eclesiásticos, le escapen, con relativa frecuencia, a formular la crítica que nos cabe. Ello no pareciera conforme a los Evangelios que no temen poner en evidencia los yerros de los Apóstoles y de aquellos que tenían una tarea pastoral en Israel (escribas y sacerdotes). ¿Estaríamos, acaso, cayendo en la actitud de éstos últimos que, con frecuencia, se resistían a la conversión?

(IC/B. La celebración litúrgica)

IV/C. La Oración personal
La primera y fundamental respuesta a la Palabra es la oración,

que constituye sin duda un valor y una exigencia primarios de la formación espiritual” (P.d.v. 47).
La oración, unificadora de la vida del pastor

46. Uno de los aspectos más importante para la unidad de la formación presbiteral, tal vez el más importante, es el cultivo de la oración personal. Así lo indican los Evangelios al pintar la figura de Jesús Buen Pastor, cuyos días transcurrían en el ministerio de predicación y curaciones en favor de la multitud, y la oración al Padre a solas18. Lo mismo indican los escritos del NT al pintar la figura de los Apóstoles, los cuales organizaron mejor el servicio a los pobres para defender las tareas apostólicas prioritarias: “la oración y el ministerio de la Palabra” (Hch 6,4)19.




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