La unidad de la formación sacerdotal Relación entre el período inicial y la formación permanente


Una vida amenazada por enfermedades



Descargar 271.59 Kb.
Página2/6
Fecha de conversión16.12.2018
Tamaño271.59 Kb.
Vistas113
Descargas0
1   2   3   4   5   6

Una vida amenazada por enfermedades

14. Toda vida en crecimiento puede sufrir enfermedades. Esto vale también de la vida según el Espíritu, incluida la del candidato a la Ordenación y la del Presbítero. Enfermedades se dan en las personas individuales y en la comunidad eclesial. Asumen muchas formas y tienen grados diversos.

Advertimos el fenómeno de la enfermedad espiritual en el círculo íntimo de Jesús. ¡Cuánto les costó a los Doce liberarse de la falsa imagen del Mesías esperado y entender la enseñanza de Jesús sobre el Reino de Dios! Confundían los medios divinos con los terrenos: “Señor, ¿usamos la espada?” (Lc 22,49). La gravedad de la enfermedad llegó hasta abandonar el seguimiento de Jesús: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo” (Jn 6,66). Los Evangelios y los Hechos recuerdan el grado extremo de esta enfermedad, manifestada en la traición de Judas.
Leyendo las cartas apostólicas, constatamos que las comunidades apostólicas sufrieron enfermedades regresivas. El apóstol Pablo advertía el fenómeno en los cristianos de Galacia: “¿Han sido tan insensatos que llegaron al extremo de comenzar por el Espíritu, para acabar ahora en la carne?” (Ga 3,3). Y también en los de Corinto: “Por mi parte, no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres carnales, como a quienes todavía son niños en Cristo” (1 Co 3,1). Cuarenta años después de la Ascensión del Señor, se lo advierte en la comunidad judeocristiana: “Aunque ya es tiempo de que sean maestros, ustedes necesitan que se les enseñen nuevamente los rudimentos de la Palabra de Dios” (Hb 5,12).
Jesucristo, con sus cartas a las siete Iglesia del Apocalipsis, nos advierte ampliamente sobre el fenómeno del estancamiento y del retroceso espiritual de una comunidad, que se manifiesta de muchas maneras:

a) tibieza espiritual: “Escribe al Ángel de la Iglesia de Éfeso:… Debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo. Fíjate de dónde has caído, conviértete y observa tu conducta anterior. Si no te arrepientes, vendré hacia ti y sacaré tu candelabro de su lugar prominente” (Ap 2,1.4-5);

b) condescendencia con el mal: ver Iglesia de Pérgamo y de Tiatira: Ap 2,12-29;

c) formalismo religioso: “Escribe al Ángel de la Iglesia de Sardes: …”Conozco tus obras: aparentemente vives, pero en realidad estás muerto” (Ap 3,1-2);

d) indiferentismo espiritual: “Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea:… Conozco tus obras: no eres frío ni caliente… Por eso, … te vomitaré de mi boca”.
Clericalismo y fariseísmo

15. Unas enfermedades atacan al individuo predispuesto. Una muy común es el “clericalismo”, a la que nos venimos refiriendo, por la cual el presbítero olvida que es el servidor de un pueblo sacerdotal, y, jactándose del poder de actuar en nombre de Cristo, trata a la comunidad eclesial como si fuese su patrón.

Lo mismo que en todo cristiano, en los sujetos que se preparan al presbiterado y en los mismos presbíteros se pueden dar procesos patológicos regresivos. No es infrecuente que un seminarista, o un neo-presbítero, comience a caminar como discípulo de Cristo, pero que, al cabo de un tiempo, esté en un proceso inverso, regresivo, como si se estuviese convirtiendo en un escriba o fariseo que, a pesar de toda su ciencia y vida religiosa, rechaza a Jesús y queda atrapado en el pecado contra el Espíritu Santo (cf Mt 12,22-32).

¿Tenemos en cuenta este fenómeno? ¿Aprendemos a advertirlo? ¿Cuándo y cómo comienza a producirse? Es una cuestión de la que no debemos huir. Está de por medio la evangelización de nuestro pueblo, la felicidad eterna de nuestros muchachos y nuestra fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Diagnosticar esta enfermedad corresponde a todo el Equipo de Formadores, y no sólo a los directores espirituales.


16. A pesar de ser muy frecuente en los Evangelios la figura de los escribas y fariseos que resisten a Jesús, llama la atención que en la Iglesia no le prestemos casi ninguna atención, ni en los años de la formación inicial, ni luego en el ministerio. Consideramos tales escenas sólo como anécdotas dolorosas sufridas por Jesús, pero sin ningún significado “evangélico”. No se nos ocurre que también de ellas vale la enseñanza del apóstol Pablo sobre los hechos dolorosos del AT: “Todo esto (las peripecias de Israel en el desierto) aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro… Todo esto les sucedió simbólicamente y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final” (1 Co 10,6.11). “Todo lo que ha sido escrito en el pasado, ha sido escrito para nuestra instrucción, a fin de que por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza” (Rom 15,4).
Ideologías que minan el ambiente de los consagrados

17. Otras enfermedades espirituales son contagiosas. Atacan al Seminario y al Presbiterio diocesano, en cuanto comunidades. En ellos puede suceder lo que en un hospital donde se instalan bacterias resistentes a los antibióticos y son difíciles de erradicar, de las cuales hay que preservarse, pues de lo contrario infectarán a todos los miembros.

Es el fenómeno de las ideologías, de todo tipo, que se incrustan en los ambientes de los consagrados (Seminarios, Presbiterios, Congregaciones religiosas). Unas vienen de afuera, de la cultura reinante, de los medios, de la política; otras, de adentro, de visiones teológicas y espirituales parcializadas. Algunos de Uds. recuerdan todavía la afirmación absurda que corría en sectores del clero en el primer lustro de los 70: “el Reino de Dios hoy pasa por el Pe Jota”. Hoy no pocos eclesiásticos forman su juicio sobre cuestiones y personas religiosas a partir de lo que dicen los medios, cuyas afirmaciones repiten como si fuesen la Santa Biblia.

Dado el carácter unilateral y absoluto de la ideología, que cree explicar todo e impulsa a la acción, es muy difícil darse cuenta de que se es víctima de ella. De allí, la importancia de la corrección fraterna, la buena disposición a aceptarla, e incluso a buscarla.



Cuestionamiento 2º

18. Cuando nos planteamos el problema de los abandonos del ministerio, que muchas veces se manifiestan de golpe incluso al poco tiempo de la ordenación, deberíamos sospechar que son frutos de enfermedades espirituales que incubaron durante largo tiempo, que hemos de aprender a diagnosticar.

Aquí correspondería hacer otra serie de preguntas. Propongo sólo unas pocas:
1ª) ¿Se tiene conciencia de que los miembros del clero, además del pecado personal, podemos sufrir de enfermedades comunitarias, p. e. modos de pensar y de actuar en el Seminario y en el Presbiterio no conformes al Evangelio, pero aceptados en general como norma de vida, de los que prácticamente no tenemos conciencia? En caso positivo, poner un ejemplo (sin nombrar personas);
2ª) ¿Podemos identificar alguna ideología que se haya incrustado en nuestro clero ayer?
3º) ¿Se sufre de alguna ideología en el clero de hoy?

II. La unidad de la formación presbiteral
Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación

que hay entre la formación que precede a la Ordenación y la que sigue” (Pastores dabo vobis 71).
Unidad de la formación sacerdotal y especificidad de cada período

19. La formación inicial y la formación permanente del Presbítero es una sola, en razón de que el sujeto que se forma es siempre el mismo. Sin embargo, la formación inicial y la formación permanente no son simplemente períodos de formación sucesivos en el tiempo. Si así fuese, podríamos sufrir una tentación: pretender transferir a la formación permanente aspectos esenciales de la formación inicial. Nos podría pasar a los Obispos, en razón de las urgencias pastorales a cubrir, que demandan nuevos sacerdotes. Podría sucederles a los Formadores, en razón de la complejidad de la formación presbiteral, para la cual pareciera que el tiempo del Seminario no alcanza. E incluso, podría sucederle a todo el Presbiterio, si no entendiese bien el sentido de la formación permanente post Ordenación, de la cual antes casi no se hablaba.


Especificidad de la formación inicial

20. La formación inicial tiene una especificidad propia, comparable a la formación del ser humano en el seno materno. No se puede dejar para después del alumbramiento la formación de aspectos fundamentales que éste ha de adquirir en el seno de la madre. Si bien hoy, mediante cuidados terapéuticos, es posible suplir, en buena medida, la debilidad del niño por un parto prematuro, se procura que éste nazca lo más maduro posible. La regla del parto es la madurez, no el riesgo. En caso contrario, la vida naciente comenzará con una hipoteca quizá difícil de levantar.

Convendría, en este Encuentro, analizar si de hecho existe la tentación de transferir a la formación permanente la formación de aspectos fundamentales que el futuro Presbítero ha de adquirir durante el período inicial del Seminario, y, en caso positivo: cómo se presenta, cómo la estamos enfrentando.
21. Igualmente, habremos de evitar la tentación de imaginar la formación inicial como una simple presentación conceptual de los diversos aspectos de la misma, o de las materias de estudio, o de las tareas pastorales a realizar. (Por ejemplo, en el caso del Año Introductorio: qué significa formación humana, o espiritual, o cómo se compone la Santa Escritura, o cuáles son las partes de la Santa Misa, o qué es la oración). La formación inicial, que necesita ciertamente de introducciones conceptuales, es, sobre todo, un acompañamiento pedagógico-espiritual12 que ha de llevar al seminarista a dar pasos positivos en el camino que inicia. Lo cual supone en el formador un profundo sentido del crecimiento espiritual. Y, en el seminarista, la voluntad de realizar los pasos a dar, aunque le exijan esfuerzos.

A esto se opone una visión reductiva de la educación, que se ha apoderado de muchos ambientes educativos contemporáneos, y que podría influir también en los Seminarios: el fomento de la espontaneidad de la persona y la negación de todo esfuerzo. Por ejemplo, en la escuela primaria: la supresión de la caligrafía, de criterios de orden y de toda norma disciplinar. Todo lo contrario de lo que ocurre en los ambientes deportivo y artístico, donde la educación para el éxito –léase “fama”, “dinero”- supone la aceptación de un esfuerzo continuo, casi de superhéroes. O en el ambiente sanitario, donde la obtención de la salud puede implicar abstención de gustos, dieta, ejercicios de rehabilitación.

Es una ilusión pensar que el crecimiento de un presbítero como pastor pueda darse desconociendo el papel de una ascesis inspirada en la pedagogía divina: “Yo soy la verdadera vida y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía” (Jn 15,1-2).
Especificidad de la formación permanente

22. Sobre la especificad de la formación permanente es poca la experiencia que yo les pueda compartir y la luz que les pueda brindar. Habiendo sido Obispo en Diócesis con escaso clero (Viedma, Posadas y Resistencia), con la gracia de Dios y el apoyo de los Presbíteros, se logró fortalecer o instaurar con éxito diversas instancias de formación permanente: a) los ejercicios espirituales anuales; b) la semana anual de pastoral; c) las jornadas de preparación a la Pascua y de inicio del año pastoral; d) reuniones ocasionales de estudio sobre temas puntuales; e) la reunión mensual del consejo presbiteral, desde febrero a diciembre; f) las reuniones mensuales zonales.

Si bien se hizo algún intento para comenzar con las reuniones de formación para el clero joven, estas tropezaron con varias dificultades: a) la falta de preparación para ellas desde el Seminario; b) “cierta sensación de saciedad” en los recién ordenados ante ulteriores momentos de estudio y de reuniones” (Pdv 76); c) la confusión de tales reuniones con otras organizadas espontáneamente por los presbíteros jóvenes “para compartir la vida”; d) la falta de experiencia del Obispo; e) la falta de apoyo de Presbíteros mayores que no conocieron en su juventud las reuniones de formación permanente; f) la falta de personas aptas para organizarlas.

23. Sin embargo, la formación permanente, en especial del clero joven, sigue siendo un camino a trazar. El sentir de la Iglesia, manifestado en el Sínodo de los Obispos, y expresado en la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, es un imperativo que todavía hemos de escuchar y concretar. De allí que, para colmar mi ignorancia, transcribo un párrafo de la exhortación que me parece significativo:

La formación permanente de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, es la continuación natural y absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad presbiteral iniciado y desarrollado en el Seminario o en la Casa religiosa, mediante el proceso formativo para la Ordenación.

Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación que hay entre la formación que precede a la Ordenación y la que le sigue. En efecto, si hubiese una discontinuidad o incluso una deformación entre estas dos fases formativas, se seguirían inmediatamente consecuencias graves para la actividad pastoral y para la comunión fraterna entre los presbíteros, particularmente entre los de diferente edad. La formación permanente no es una repetición de la recibida en el Seminario, y que ahora es sometida a revisión o ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que se desarrolla con contenidos y sobre todo a través de métodos relativamente nuevos, como un hecho vital unitario que, en su progreso -teniendo sus raíces en la formación del Seminario- requiere adaptaciones, actualizaciones y modificaciones, pero sin rupturas ni solución de continuidad.

Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar la futura formación permanente, y fomentar el ánimo y el deseo de los futuros presbíteros en relación con ella, demostrando su necesidad, ventajas y espíritu, y asegurando las condiciones de su realización.

Precisamente porque la formación permanente es una continuación de la del Seminario, su finalidad no puede ser una mera actitud, que podría decirse, "profesional", conseguida mediante el aprendizaje de algunas técnicas pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un proceso general e integral de continua maduración, mediante la profundización, tanto de los diversos aspectos de la formación -humana, espiritual, intelectual y pastoral-, como de su específica orientación vital e íntima, a partir de la caridad pastoral y en relación con ella (71”).
Intercambio de experiencias sobre la formación permanente

24. En todo propósito nuevo de la Iglesia, además contar con una teoría bien fundada, importa el intercambio de experiencias. Esto es válido muy especialmente de la formación permanente. La encuesta hecha por la CEMIN, en orden a este Encuentro, es un primer paso interesante13.


Unidad de la formación inicial y de la formación permanente

25. El decreto conciliar “Optatam totius” señala la unidad que ha de haber entre todos los aspectos de la formación inicial: “En ellos (los Seminarios), toda la formación debe estar orientada a formarlos como auténticos pastores de almas, a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor… // Por tanto, todas las dimensiones de la formación: espiritual, intelectual y disciplinar, deben orientarse conjuntamente a esta finalidad pastoral” (OT 4).

Este principio es válido también para la formación permanente. De ello habla la exhortación Pastores dabo vobis 71-72.
En uno y otro período de la formación podemos distinguir aspectos; por ejemplo: formación humana, formación espiritual, formación intelectual, formación pastoral específica14. Pero no habría verdadera formación si se los cultivase como aspectos autónomos, o se atendiese sólo a un aspecto, o uno creciese en desmedro de los otros, o quedase atrofiado. Un cuerpo está sano si todos sus órganos lo están y armonizan entre sí. Lo mismo acontece con la formación presbiteral.

Esto no niega el cultivo de cualidades especiales que pueden capacitar para un apostolado específico dentro de la unidad y diversidad del Presbiterio15.


Crecimiento en la madurez de los Equipos de Formadores

26. El enunciado conciliar de la unidad de la formación es un paso positivo para la pedagogía de los Seminarios. Éste, por lo demás, no es sólo teórico. Se expresa, en primer lugar, en la formulación de los proyectos educativos de cada Seminario. La calidad de las reuniones ordinarias que suelen hacer hoy los Formadores para orientar y evaluar la marcha del mismo, es otro índice claro de la voluntad de llevar a la práctica el enunciado conciliar. Lo mismo vale de las reuniones zonales de Formadores, y, sobre todo, de este Encuentro nacional anual. Aunque no tengo mucha experiencia de cómo se hacía antes del Concilio, sospecho que nada de lo que se hacía en este rubro en épocas anteriores, o en el inmediato postconcilio, puede compararse con las experiencias actuales. Por ello hemos de dar gracias a Dios.


Dificultades a enfrentar…

27. Sin embargo, no hemos de dormirnos en los laureles. La pregunta sobre la unidad de la formación nos la hemos de hacer en forma reiterada y continua. Además de la razón principal, que consiste en la naturaleza de la formación permanente, la cual exige unidad de aspectos, existen dificultades que nos han de mover a estar atentos.

Existe siempre una dificultad innata: la naturaleza humana caída, también en los seminaristas y en los Presbíteros, incluidos los que integran los Equipos de Formadores, que tiende a dividir y a dispersar; todo lo contrario de lo que exige la formación presbiteral, que es unir y armonizar.
en el período inicial

28. Existen dificultades propias del período de la formación inicial. Entre otras:

a) la teología del sacramento del Orden sagrado, que todavía se respira, no considera suficientemente la “comunión” con la Trinidad, con Cristo y con la Iglesia, y la centra demasiado en los poderes que el sacramento confiere a la persona que lo recibe; (no se cambia en 45 años lo que se mamó durante siglos);

b) venimos de la experiencia del Seminario preconciliar donde se enfatizaba la disciplina, la piedad y el estudio, pero en el que no se tomaba muy en cuenta la formación pastoral específica, que, según el Concilio, constituye hoy una dimensión indispensable;

c) por lo mismo, los actuales Formadores no siempre son herederos directos de otros que los hayan precedido con una formación presbiteral unitaria completa; ni lo son no pocos de los curas párrocos a los que encomendamos a nuestros seminaristas. Es decir, se carece muchas veces de modelos válidos con los cuales confrontarse y verificar en forma práctica si estamos logrando la unidad de la formación;

d) la sabia distinción de “foro externo” y “foro interno”, que salva la privacidad del seminarista y la especificidad del director espiritual, podría ser mal entendida y conspirar contra la unidad de la formación inicial. Por ejemplo, si se entendiese que juzgar del Seminario “como casa y escuela de oración”, o procurar que lo sea, fuese responsabilidad exclusiva de los directores espirituales, y no de todo el cuerpo de Formadores;

e) el hecho de que muchos de los profesores no vivan bajo un mismo techo con los Formadores inmediatos, crea una cierta dificultad para el intercambio en torno a la unidad de la formación;

f) el hecho de que el Concilio haya explicitado la formación pastoral específica, que incluye el ejercicio pastoral durante los años de Seminario, no es garantía de que ésta se realice siempre en forma armónica con los demás aspectos de la formación. Éste es, en mi opinión, otro de los temas de los que habría de ocuparse el Encuentro anual de Formadores en el futuro;

g) en el inmediato postconcilio, en no pocos ambientes seminarísticos se introdujo una noción falsa de pastoral, como opuesta a intelectual. “Yo me dedico a la pastoral”, decían algunos para justificar su desidia en asumir la responsabilidad en los estudios. Lo cual tiende a disgregar la formación. ¿Esta deformación ha sido superada? Tengo la impresión de que no. Y que, incluso, en algunos ámbitos se ha acentuado con falsos justificativos “pastorales”;

h) no menor dificultad es la pertenencia a la cultura postmoderna de los actuales candidatos al Presbiterado, la cual no se caracteriza por la unidad, el espíritu de sacrificio y la constancia. Incluso, no es difícil advertir que algunos consagrados (religiosos/as, seminaristas, presbíteros jóvenes) se conducen como si no hubiesen hecho una opción por una vida nueva. ¿Es simple una añoranza por la vida dejada? ¿O nunca advirtieron que toda opción por una vida adulta incluye adoptar un estilo de vida acorde?


en el período del ejercicio del ministerio

29. Otras dificultades son propias del período del ministerio y de las circunstancias en las que es ejercido. Entre otras:

i) lo inconmensurable de la tarea pastoral a realizar, en especial en las diócesis rurales. He conocido muchas parroquias, provistas con un solo presbítero, que deben atender varios municipios distantes y comunicados sólo por caminos de tierra, que son prácticamente vice-parroquias, cada una de las cuales cuenta con varias comunidades rurales. Recuerdo el caso de una, con un solo presbítero y casi 50 comunidades dispersas en el territorio parroquial. Recuerdo otra, con varios municipios, en un territorio de 57.000 km2 (dos veces la provincia de Misiones), sin un metro de asfalto.

Lo inconmensurable de la acción pastoral a realizar vale también de muchas diócesis del Gran Buenos Aires, no ya por las distancias físicas, sino por el excesivo número de la población a atender, a lo que se suma a veces la falta de sentido “vecinal”, pues los pobladores son de reciente inserción;

j) la multiplicidad y complejidad de la tarea pastoral a realizar: desde la preparación de los catequistas, la atención a las capillas lejanas, la visita a los enfermos, el trato que merece el fiel individual, la representación legal del colegio parroquial, la búsqueda y administración de medios económicos indispensables, la comprensión de la situación social que afecta a los fieles y a veces la intervención en ella, etc.

Por el abanico de responsabilidades a atender, muchos párrocos parecen Obispos en miniatura. Pero a diferencia de éstos, - que, si bien tienen un panorama más complejo, gozan de cierta distancia de los problemas -, los párrocos están en la trinchera y deben enfrentarlos como en una lucha cuerpo a cuerpo;

k) la libertad de acción: una dificultad no menor es la libertad de que goza el neo-presbítero. Si comparásemos el ejercicio del ministerio sacerdotal a una profesión liberal, advertiríamos que muy pocos sujetos gozan de tanta libertad como el sacerdote. A un médico lo controla su familia, los hijos que debe llevar al colegio antes de ir al hospital, el jefe del hospital; el consultorio vespertino, las deudas a pagar a fin de mes, los cursos de actualización para postularse a un cargo, etc. Un presbítero no tiene, en la práctica, ningún control social. Y ello, si bien puede ser una gran ventaja para el desarrollo de su personalidad, en no pocos casos se convierte en un grave obstáculo en el que tropieza y se desvencija. No es difícil encontrar clérigos que no saben qué hacer con su libertad. De allí que sean psicologías desordenadas. Nunca tienen tiempo para nada, pero de pronto lo pierden miserablemente. No saben gobernarse a sí mismos. ¿Cómo gobernarán la Iglesia de Dios?;

j) desconocimiento de las leyes civiles: a pesar de que los seminaristas tienen un trato frecuente con la realidad parroquial, muchas veces los neo-presbíteros desconocen las leyes civiles y las infringen sin medir las consecuencias: contratos de trabajo, despido e indemnizaciones, autorización municipal para construcciones, seguro contra terceros, procedimiento en accidentes automovilísticos, etc. El desconocimiento de las leyes civiles es fuente de no pocos sinsabores para el cura párroco y para el Obispo. El pastor está obligado a hacer bien las obras buenas. No basta con la buena intención.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos