La unidad de la formación sacerdotal Relación entre el período inicial y la formación permanente



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La unidad de la formación sacerdotal

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Relación entre el período inicial y la formación permanente
Apuntes de + Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el XVI Encuentro Nacional de Formadores de los Seminarios argentinos, del 1 al 5 de febrero 2010, en el Seminario Ntra. Sra. de la Merced y San José, de la Arquidiócesis de Tucumán. Versión revisada.

Índice
Introducción: pfs. 1-5;
I. El Bautismo, raíz de la formación presbiteral permanente: pfs. 6-18;
II. La unidad de la formación presbiteral: pfs. 19-33;
III. El Seminario, comunidad eclesial educativa: pfs. 34-38;
IV. Elementos claves para el Seminario como comunidad eclesial: pfs. 39-48;
V. El Orden Sagrado, sacramento de comunión: pfs. 49-58;
VI. Formar un pastor consagrado totalmente a Dios y a su pueblo;
VII. ¿Cuándo un seminarista es “presbiterable”?
carmelojuangiaquinta@gmail.com



Introducción
La formación permanente de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, es la continuación natural y absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad presbiteral iniciado en el Seminario o en la Casa religiosa, mediante el proceso formativo para la Ordenación” (Pastores dabo vobis 71).

Tema del Encuentro

1. El tema de este Encuentro es “La unidad de la formación sacerdotal: relación entre las etapas inicial y permanente”. Nos dice, de entrada, que la formación sacerdotal es una sola. Ésta, si bien comienza a labrarse en los años del Seminario (etapa inicial), continúa hasta el último día de la vida del sacerdote (etapa posterior o permanente). De allí, el título principal: “La unidad de la formación sacerdotal”.

El subtítulo, por su parte, nos centra en un aspecto de esta formación: la relación entre la etapa inicial del Seminario y la posterior formación a lo largo de toda la vida del Presbítero.

Por tanto, en estos días, nuestro pensamiento discurrirá, necesariamente, sobre: a) la unidad de la formación; b) la etapa inicial, previa a la Ordenación presbiteral; c) la etapa posterior, o de formación permanente; d) la relación entre ambas etapas de la formación.


Dado el papel que los participantes de este Encuentro juegan en la Iglesia, estará dominado necesariamente por la formación inicial. Sin embargo, aportaremos también la perspectiva que dan los años de experiencia pastoral, tanto en las exposiciones como en los diálogos grupales, a fin de comprender mejor la relación entre ambas etapas, y procurar hacer un aporte positivo a la formación sacerdotal permanente.
Referencias fundamentales del Encuentro

2. Tres son las referencias fundamentales de este Encuentro.

* 1ª) Al hablar de la formación para el sacerdocio ministerial, suponemos el misterio de la “formación de Cristo en nosotros”, de la que habla el apóstol San Pablo cuando alude a la gestación del ser del cristiano (cf Ga 4,19; cf 1 Co 4,15; 1 Ts 2,7-12). De allí, la primacía que la Palabra de Dios ha de gozar en nuestro Encuentro, aunque no hagamos una exposición bíblica pormenorizada.

*2ª) Inscribimos este Encuentro en la línea de reflexión que la Iglesia viene haciendo sobre el sacerdocio ministerial, especialmente desde el Concilio Vaticano II, y tal cual se expresa en los decretos Presbyterorum Ordinis (07-12-1965) y Optatam Totius (28-10-1965), y, más recientemente, en el Sínodo de los Obispos de 1990, cuyo fruto es la exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25-03-1992).

Nuestra tarea en estos días no es hacer exégesis de los documentos conciliares y postconciliares, pero sí escuchar sus mandatos, valorar sus intuiciones, y sumarles nuestra experiencia: luces obtenidas, logros alcanzados, dificultades con qué tropezamos, nuevos interrogantes que se nos presentan, etc., en la tarea que la Iglesia nos ha encomendado de la formación de los futuros Presbíteros. Y, en lo posible, formular algunos propósitos para presentar a nuestro Episcopado en vista de una mejor formación permanente del Presbiterio.

3ª) Inscribimos este Encuentro también, dentro del marco del Año Sacerdotal, con ocasión del 150º aniversario de la muerte de San Juan María Vianney. El santo Cura de Ars es un documento vivo, “una carta que Cristo escribió… no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente” (2 Co 3,3), a través del cual nos permite comprender que, con su gracia, es posible encarnar en cada época el ideal del Buen Pastor en todos los períodos y etapas de su formación.


Precisiones sobre el lenguaje

3. Algunas advertencias sobre el uso de ciertas palabras:

* 1ª) en cuanto a la palabra “formación sacerdotal”: en adelante hablaré de “formación para el presbiterado”, o “formación para el sacerdocio ministerial”, como dice el título del Plan de Formación para los Seminarios de la República Argentina1. Por otra parte, usaré indiferentemente las palabras “sacerdocio ministerial” o “ministerio sacerdotal”, como hace la exhortación apostólica Pastores dabo vobis;

* 2ª) en cuanto a la palabra “etapa”: en adelante hablaré de “período inicial de la formación” y “período de formación permanente”, y reservaré la palabra “etapa” para hablar de los diversos momentos de la formación inicial, según el lenguaje consagrado en el Plan de Formación mencionado2. Eventualmente, hablaremos de etapas o fases3 durante la formación permanente, por ejemplo según la fecha de la ordenación: de uno a cinco años, de seis a diez, etc.; si bien esto último no será objeto directo de mi exposición;

* 3ª) en cuanto a la palabra “formación permanente”: ésta podría usarse, en teoría, como sinónimo de “formación unitaria”, que incluyese la primera etapa o período inicial de la formación hasta la Ordenación presbiteral. Pero aquí la usaremos en el sentido corriente, o “formación posterior a las Sagradas Órdenes”. Y la entendemos en sentido abarcativo de todas las dimensiones del ser del Presbítero, según Pastores dabo vobis (cf nºs. 70-81).
Relativa novedad del concepto “formación permanente”

4. Sobre el término “formación inicial” no es necesario hacer ninguna precisión, pues nos es harto conocido. En cambio, la merece el término “formación permanente”.

Que la formación del Presbítero no termina con el Seminario, la Iglesia lo supo siempre. De allí que, desde mucho antes del Concilio, los clérigos jóvenes estaban obligados a “un examen anual al menos durante los primeros tres años, sobre las diversas disciplinas de las ciencias sagradas”4. Pero este examen, aunque prescrito, no se practicaba en todas partes, y, donde estaba vigente, había caído en desprestigio, quizá por estar muy ligado a repasar lo aprendido durante el Seminario5. Lo mismo sucedía con las conferencias mensuales de moral estiladas en algunas diócesis, circunscritas a capacitar para el sacramento de la confesión6.

La necesidad de formación permanente se evidenciaba también en la normativa canónica para el nombramiento de un párroco. En el antiguo Código de Derecho Canónico se prescribía un examen doctrinal previo del candidato (cf. canon 459). En el Nuevo Código conciliar, con tono más benigno, se dice que el candidato “debe destacarse por su sana doctrina y probidad moral”, y “que es necesario que conste con certeza su idoneidad según el modo establecido por el Obispo, incluso mediante un examen” (canon 521,2 y 3). Sin pretender atribuir mis pecados a mis hermanos Obispos, no he conocido en la Argentina la práctica del examen para el nombramiento de Párroco. Las circunstancias, en especial la escasez de clero, me han obligado siempre a conformarme con una charla previa con el candidato a cubrir la vacante y a depositar en él una gran confianza.

Por lo mismo, el término “formación permanente”, con la riqueza que hoy implica, es relativamente nuevo en la Iglesia. Está en coherencia con el fenómeno que se da en todas las profesiones y artes humanas: la necesidad de actualizarse permanentemente. Pero, como dice Pastores dabo vobis, ésta es mucho más profunda e integral que una actualización de conocimientos teológicos o de técnicas pastorales. Por lo mismo, también es nuevo el planteo de la relación entre ambos períodos de la formación. De allí que, en este Encuentro, aunque sólo balbuceemos unas pocas ideas sobre algunos puntos de la formación permanente y su relación con la inicial, éstas, aun en su pobreza, serán un paso positivo no sólo para dar vida a una formación permanente de los Presbíteros que la Iglesia siente muy necesaria, sino para enfocar mejor la formación inicial que la Iglesia nos ha encomendado en los Seminarios.
5. Durante el Concilio, el problema de la formación permanente asomó en el decreto conciliar Optatam totius, sobre la Formación Sacerdotal, en el último párrafo sobre “Perfeccionamiento de la formación después de los estudios” (OT 22). Y lo subrayó el decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el Ministerio y la vida de los Presbíteros, en la última parte del último capítulo sobre “La vida de los presbíteros”, cuando habla de “Recursos para la vida de los presbíteros”, especialmente cuando trata de “El estudio y la ciencia pastoral” (PO 19). De esta enseñanza conciliar se hace eco el nuevo Código de Derecho Canónico, en el canon 279.

Lo que asomó en el Concilio, se perfiló claramente veinticinco años después en el Sínodo de los Obispos de 1990 sobre “la formación del sacerdote en la situación actual” y, sobre todo, en la exhortación apostólica “Pastores dabo vobis (25/03/1992), que dedica al tema todo el capítulo VI. Se lo puede considerar un breve tratado sobre la formación permanente, compuesto de seis títulos: 1º) Razones teológicas de la formación permanente (nº 70); 2º) Los diversos aspectos de la formación permanente (nºs 71-72); 3º) Significado profundo de la formación permanente (nºs 73-75); 4º) En cualquier edad y situación (jóvenes, media edad, ancianos; enfermos) (nºs 76-77); 5º) Los responsables de la formación permanente (nºs 78-79); 6º) Momentos, formas y medios de la formación permanente (nº 80).

A los efectos de este Encuentro, merece destacarse el siguiente párrafo de la exhortación apostólica: “La formación permanente no es una repetición de la recibida en el Seminario, y que ahora es sometida a revisión o ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que se desarrolla con contenidos y sobre todo a través de métodos relativamente nuevos, como un hecho vital unitario que, en su progreso – teniendo sus raíces en la formación del Seminario - requiere adaptaciones, actualizaciones y modificaciones, pero sin rupturas ni solución de continuidad” (Pdv 71).

I. El Bautismo, raíz de la formación presbiteral permanente
Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús comunica a todos sus discípulos

la dignidad y la misión de sacerdotes de la nueva y eterna Alianza” (P. d. v. 13).

El sacerdocio ministerial no significa de por sí un mayor grado de santidad



respecto al sacerdocio común de los fieles (ib. 17).
La meta de la formación permanente del Presbítero

6. El término “formación permanente” aplicado a la formación presbiteral, nos lleva a apreciar que ésta, iniciada en el Seminario, no termina con la Ordenación, sino que continúa durante toda la vida. Igualmente, que ambos períodos, el inicial o previo a la Ordenación, y el posterior o ejercicio del ministerio, están profundamente relacionados. Y que, si bien la Ordenación es una meta importante, pues por ella somos capacitados sacramentalmente para actuar en nombre de Cristo Cabeza de la Iglesia, mucho más importante es la meta definitiva o encuentro final con Cristo, cuando se desplegarán todas las potencialidades de la formación cristiana, pues “seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Para alcanzar esta meta, el apóstol Pedro exhorta a los Presbíteros a apacentar el Rebaño de Dios, “no forzada, sino espontáneamente; no por un interés mezquino, sino con abnegación, no pretendiendo dominar a los que les han sido encomendados, siendo de corazón ejemplo para el rebaño”, y así “cuando llegue el Jefe de los pastores, recibirán la corona imperecedera de gloria” (1 Pe 5,3-4).


El Bautismo, exordio de la formación permanente

7. Sin embargo, para entender de manera correcta la formación presbiteral permanente no basta poner la mirada en la meta final. Tampoco basta detenerse en la contemplación del efecto que el Orden sagrado produce en el ordenado. Hay que mirar, ante todo, al origen de esa formación: la fe en Cristo y el Bautismo en el nombre de la Santísima Trinidad. Por la fe en el Evangelio, Cristo comienza a formarse en el creyente, según lo expresa el apóstol Pablo: “¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes! (Ga 4,18). De allí que el NT, que atribuye el título de sacerdote a Cristo (cf Hb 3,1) - (y no a los ministros del Evangelio) -, lo atribuye también al pueblo de los bautizados: “Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido” (1 Pe 2,9)7.

La formación presbiteral, inicial y permanente, no puede ser entendida sin esta formación de Cristo Sacerdote en todo cristiano comenzada en el Bautismo. Este sacramento, que es la puerta de todos los demás, no es sólo una condición litúrgica previa para recibir después el Orden Sagrado, sino el tronco que alimenta con su savia los demás sacramentos y las diferentes formas del vivir cristiano, también la del ministro ordenado.
Al servicio del pueblo sacerdotal

8. El Concilio, en la constitución dogmática Lumen Gentium, al hablar del Pueblo de Dios, en el capítulo II, recuerda la condición sacerdotal del mismo: “Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf Hb 5,1-5), ha hecho del nuevo pueblo un reino de sacerdotes para Dios su Padre (Ap 1,6; cf. 5,9-10). Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pe 2,4-10”;LG. nº 10). Esto supuesto, Lumen Gentium, en el capítulo III, pasa a tratar de la constitución jerárquica de la Iglesia y en particular del Episcopado; o sea, del servicio al pueblo sacerdotal: “Para apacentar al Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo. Pues los ministros que poseen la sacra potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación”(LG 18).


El Concilio repite este enfoque en el decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros: “El Señor Jesús, a quien el Padre santificó y envió al mundo, ha hecho que todo su Cuerpo místico participe de la unción del Espíritu con la que Él estaba ungido. En Él todos los fieles quedan constituidos en sacerdocio santo y regio, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales y anuncian el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Por tanto, no hay ningún miembro que no tenga parte en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe venerar a Jesús en su corazón y dar testimonio de Jesús con la inspiración profética” (PO 2). Después del enunciado de esta verdad, y sólo después de ella, el decreto conciliar habla del ministerio sacerdotal al servicio del Cuerpo de Cristo o pueblo sacerdotal: “El mismo Señor, para que los fieles formaran un solo cuerpo, en el que todos los miembros no tienen la misma función, instituyó a algunos como ministros que, en el grupo de los fieles, tuvieran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y que desempeñaran públicamente, en nombre de Cristo, el ministerio sacerdotal a favor de los hombres” (ib. ).
La exhortación apostólica Pastores dabo vobis adopta el mismo enfoque: “Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza, Jesús llamó consigo, durante su misión terrena, a algunos discípulos, y con una autoridad y mandato específicos llamó y constituyó a los Doce para que ‘estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios’” (n. 14).
Para una catequesis adecuada sobre el sacramento del Orden sagrado

9. No está demás que insistamos en esto. En la Iglesia católica venimos de una costumbre de siglos que, en razón de la polémica antiprotestante, calló casi por completo hablar del sacerdocio común de los fieles. Lo cual repercutió negativamente no sólo en la teología del sacramento del Bautismo y en la del Orden Sagrado, sino también en la espiritualidad y en el ejercicio del ministerio presbiteral. Y, por tanto, también en la catequesis sobre el Orden Sagrado recibida por los candidatos al Seminario.

El Catecismo de la Iglesia católica trata con amplitud el tema del sacerdocio bautismal. Al hablar del Pueblo de Dios dice: “Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo en su vocación sacerdotal” (784). Cuando trata del Bautismo, afirma: “Los bautizados vienen a ser ‘piedras vivas’ para edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo’ (1 Pe 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo…” (1268).

Y cuando trata del Orden Sagrado añade: “Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son ‘consagrados para ser… un sacerdocio santo” (1546). “El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, ‘aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado’, están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden” (1547).


Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano”

10. En orden a una verdadera formación permanente del Presbítero, se supone en éste el firme convencimiento de que, por la ordenación, no es sacado del pueblo cristiano, ni colocado por encima de él, sino puesto a su servicio. Y que, si bien es constituido para actuar en nombre de Cristo como maestro, sacerdote y pastor, permanece siempre, como todo cristiano, en su condición de discípulo necesitado de ser enseñado, santificado y pastoreado por el Buen Pastor a través del ministerio de la Madre Iglesia. Como decía San Agustín a sus fieles: “para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido. Éste es un nombre de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación”8.

El Presbítero es, como todo cristiano, un peregrino que no ha llegado a la meta final, pero que aspira a ella con todo el corazón. De él vale lo que el apóstol Pablo dice de sí: “Esto no quiere decir que yo haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Flp 3,17).
Una vida llamada a crecer

11. Una adecuada concepción de la formación permanente supone, también, el convencimiento de que la vida cristiana, tanto de la persona individual, como de la comunidad eclesial, a cuyo servicio está el Presbítero, está llamada a la plenitud: “Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). No es, por tanto, una vida estática, sino dinámica, destinada a crecer hasta la alcanzar la madurez en Cristo. Como lo expresa la carta a los efesios: “… Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo. Así dejaremos ser niños… Por el contrario, viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo” (Ef 4,13-15).

A tal fin es necesario que el seminarista adquiera un conocimiento sólido, nutrido en la oración, de cómo la Palabra de Dios propone la vida en Cristo: como don de Dios llamado a desarrollarse mediante el impulso del Espíritu Santo, la respuesta del creyente y el cultivo pastoral9. Igualmente, que todo el ministerio sacerdotal, ejercido en favor de la comunidad cristiana o de la persona individual, es servicio al crecimiento espiritual de los mismos.

Cuestionamiento 1º

12. Aquí se nos plantean unas primeras cuestiones, que conviene responder:


1ª) ¿El seminarista tiene idea clara de la sublimidad del Bautismo y del sacerdocio bautismal? “Agnosce, christiane, dignitatem tuam”.

¿Entiende que no hay dignidad más grande que la de ser cristiano, hijo de Dios?

¿Que el Presbítero no es un cristiano de mayor categoría, ni el fiel lo es de menor?

¿El descubrimiento de la infinita dignidad del cristiano es lo que lo mueve a ponerse a su servicio, abrazando la vocación al presbiterado y asumiendo la responsabilidad que le cabe en su configuración con Cristo Buen Pastor como futuro ministro suyo?


2ª) ¿Qué grado de convencimiento logra el seminarista ordenando de que la vida cristiana, tanto personal como comunitaria, está llamada a un continuo crecimiento espiritual (o formación permanente)?

¿Tiene idea clara de que, después de la Ordenación, permanece, como todo bautizado, en situación de imperfección, y que debe perfeccionarse a lo largo de toda su vida?

¿Y que, por tanto, es siempre un discípulo que necesita ser enseñado, un pecador que necesita ser santificado, una oveja que necesita ser pastoreada?
3ª) ¿Igualmente, de que, una vez ordenado, su ministerio y su vida estarán orientados a servir ese crecimiento?
4ª) A cuarenta y cinco años de la clausura del Concilio, ¿qué experiencia han hecho los seminaristas antes del ingreso al Seminario del trato que los pastores dispensamos a los fieles laicos?
5ª) ¿Qué experiencia hacen los seminaristas al respecto en el ejercicio pastoral que realizan durante el Seminario, sea en el fin de semana, sea en experiencias especiales (como el año de residencia en Parroquias)?
Estas dos últimas preguntas suponen una evaluación de cuánto ha crecido en los Presbíteros la conciencia de vivir entre los laicos, según dice el Concilio, como “hermanos entre sus hermanos”10. Sería importante hacerla, tal vez en algún otro Encuentro de Formadores, con la colaboración de algunos laicos. Pues es normal que los seminaristas tiendan a reproducir en sus vidas las conductas que ven en quienes son sus modelos pastorales próximos. Si el modelo es fraterno, es fácil que ellos imiten ese ejemplo. Si el modelo estuviese enfermo de clericalismo, de mundanidad, o de alguna forma de parcialidad, no sería de extrañar que ellos actuasen de la misma manera.
6ª) ¿Cuáles son las raíces religiosas del seminarista moderno?

Este es también un tema importante que merecería ser estudiado en algún futuro Encuentro. No es lo mismo que traigan una formación cristiana iniciada en la propia familia, o que sean neo-conversos. Si bien la conversión, o llamado a la fe, puede darse junto con la vocación al ministerio, por ejemplo en los casos del publicano Mateo o de Saulo el perseguidor, son fenómenos distintos que merecen ser discernidos como tales.


13. Las preguntas recién propuestas surgen de cierta experiencia:

a) ante todo, de la experiencia apostólica consignada en el NT para lección nuestra. Los Evangelios muestran en los Apóstoles rasgos de intolerancia para con los de fuera de su círculo. Para ceñirnos al Evangelio de San Lucas, que leemos este año, cf. Lc 9,49-50; 9,54-55. E incluso, hay escenas de competencia entre ellos; cf. Lc 22,24-27;

b) la propia experiencia, además, nos dice que también entre los clérigos se da el espíritu de competencia. Entre nosotros no es fácil encontrar este vicio bajo la forma de la “carrera eclesiástica”, pero sí bajo la forma de individualismo pastoral y la pretensión de imponer los propios puntos de vista. La queja frecuente en boca de clérigos “aquí faltan criterios comunes para la actuación pastoral”, es muchas veces una máscara que oculta el propio individualismo, y que podría ser traducida de la siguiente manera: “aquí son todos unos incapaces de asumir los sabios criterios que propongo yo”;

c) no sé decir con qué frecuencia, pero se da el hecho de que los diáconos permanentes se vean relegados, y hasta despreciados, por los otros diáconos;

d) ídem, que clérigos, especialmente jóvenes, actúen con rasgos de misoginia, en particular con respecto a la mujer consagrada;

e) ídem, que seminaristas, que recién se inician en la pastoral, actúen como quienes lo saben todo y no tomen en cuenta la labor realizada por otros fieles que los han precedido en la misma tarea;

f) la experiencia también dice que existe una tendencia a hacer de la liturgia de ordenación una especie de “apoteosis” (divinización) del seminarista ordenando, que oscurece la centralidad que le corresponde a Jesucristo; y, por tanto, a instaurar en el pueblo cristiano una comprensión equivocada del sacramento del Orden11 y de la relación de los ministros ordenados con los fieles.




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