La soledad de uno mismo



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LA SOLEDAD DE UNO MISMOO

ALFREDO MOFFATT

Trascripción de una conferencia Revista UNOS Y OTROS 1994
Escuchamos a Alfredo Moffatt en el XIº Congreso Latinoamericano de Psicoterapia de Grupo, realizado en Buenos Aires a fines de 1994. Me gustó y me pareció importante que se conociera. En función de eso, le pedí autorización para publicarlo en la revista UNOS Y OTROS , a lo cual accedió con gusto. Su intervención formó parte del Panel llamado ANTROPOLOGIA DE LA SOLEDAD. Alfredo Moffatt se presentó en el Congreso como especialista y estudioso de la locura y la pobreza.:
AM- Bueno… lo que se me ocurre es hacer algunas reflexiones con un estilo que tengo, el de pensar en el momento, sin haber preparado antes lo que voy a decir. ¿Qué ventaja representa esto? La de no repetir algo que ya me dije , y, además, como decía Pichon, hacer que pensemos juntos, él decía “co-pensemos”. El tema es la soledad, que lo pienso como algo esencial de la conciencia, inherente al ser humano, mientras que lo que veo como sorprendente es la posibilidad de comunicación.

La conciencia está cautiva, dentro del sí mismo, en ese mundo de imágenes , y sólo podemos superar ese cautiverio con estos sonidos que hacemos al hablar y que constituyen el lenguaje. Estos sonidos (fonemas), al ser decodificados por el que escucha, me permiten trasmitir mis imágenes internas, y con eso nos salvamos del aislamiento fundamental. También podemos hacer rayas (grafismos) en las paredes, o en los papeles, y con ellos adquirimos la ilusión de comunicarnos. Pero lo más íntimo, la imagen interna, la emoción, el detalle de lo que estamos viviendo, no podemos trasmitirlo, así que hay una soledad esencial que es viejo tema existencial de la separatidad humana.

Darse cuenta de esto, causa angustia, pero, al mismo tiempo , puede servir como punto de arranque para entender qué es esto de la locura, porque la locura tiene que ver con una interrupción en la comunicación, esa trasmisión de sonidos, y volvemos a quedar atrapados en nuestras imágenes internas, que son caóticas. También cuando dormimos estamos impedidos de comunicarnos, porque se apoderan de nuestra mente lo que llamamos sueños, o pesadillas, o sea la profunda intimidad de la conciencia, porque al dormir desaparece el otro.

En relación a la conciencia cautiva, hace un tiempo me di cuenta, con cierta sorpresa, de que hace setenta años que estoy encerrado dentro de mí. Yo creía que estaba con los otros y me di cuenta de que, en última instancia, siempre estuve conmigo. Siempre estamos dialogando desde un desdoblamiento. Si estamos solos y nos preguntan “¿Con quién estás?” , contestamos “Estoy con-migo.” Incluso morirse es separarse de “migo”, después de estar tantos años juntos, y es como decir “Chau, migo…”. Esto es terrible de señalar, pero es algo que más vale compartir, porque cuando lo compartimos estamos menos solos.

Es un tema esencial de la filosofía esto de “conmigo o sinmigo”, que siempre nos hace recordar al pobre Herminio Iglesias, ese Hamlet del subdesarrollo que nunca fue comprendido en toda su capacidad filosófica, y fue quien dijo esa frase esencial. Que es la misma del Hamlet shakespereano, cuando dice “Ser o no ser.”, que es tener o no un núcleo yoico( un migo).

El esquizofrénico se pierde a sí mismo , y esto le da terror, por eso construye un delirio, que es una realidad subjetiva personal con restos de su memoria infantil. Nosotros también deliramos, igual que un loco, sólo que todos deliramos con un mismo delirio, que es lo que llamamos “la realidad”, y también lo que consideramos objetivo como la realidad social es una ilusión compartida , como , por ejemplo, el de creer que esta es la Facultad de Psicología, que son las once de la mañana, que estamos en un Congreso, y que yo soy un profesor y me llamo Moffatt. Esto es un acuerdo de realidad que, si se rompe, quedamos nuevamente aislados, y por lo tanto, la realidad desaparece , y si desaparece la realidad, desparecemos como individuos sociales.

Yo soy dentro de esa realidad como yo social, pero, íntimamente, me veo ser o representar un personaje en ese teatro social, y ese rol o personaje es imprescindible para mi identidad. De todos modos, el personaje hacia afuera , el yo social, debe dialogar con el yo íntimo, que es ese “migo” , o “self” (para los ingleses), o “lui-même” (para los franceses), que al ser el núcleo profundo de nuestra identidad, es tan invariable como nuestro rostro o nuestro ADN. Si uno no mantiene ese diálogo interno, no puede transformarse en el viaje de la vida y seguir siendo el mismo.

En cambio el psicópata, que carece de intimidad yoica, y por eso decimos que resbaló para afuera, carece de diálogo interno , puede cometer atrocidades porque no conoce ni la culpa ni la depresión , sentimientos que dependen de la existencia de ese núcleo yoico. Su simétrico es el pobre psicótico, que es puro núcleo yoico, sin existencia social, del que podemos decir que resbaló para adentro y allí quedó atrapado. Son como dos personajes sin identidad, sólo que uno va a parar al manicomio (el psicótico) y el otro (el psicópata) es el que crea los manicomios.


Como se ve, este tema de la soledad es, cuando menos, inquietante, pero hay otro problema que más vale que les mencione: tampoco existe la comunicación si no la hacemos existir, no existe de por sí y tampoco existe el tiempo si no lo hacemos existir. Porque cuando estamos en la intimidad de nuestra conciencia, no hay más ayer ni mañana, y, por lo tanto, no hay secuencia, y entonces no hay historicidad. Es un presente sin sentido que no trascurre, y eso es lo que testimonia el esquizofrénico en brote, cuando dice, aterrado, “Yo no sé quién soy”, y dice “Se paró el tiempo”, mirando su reloj que ya no marca las horas. El se mueve, camina, pero no sabe quién camina, tiene la vivencia de inexistencia, de muerte psicológica, y por eso, rápidamente, genera un delirio en el que , aunque el marciano lo persigue, y si lo persigue, es porque lo mira, y si se siente mirado, vuelve a existir, pero ya encerrado en su delirio.

Entonces, cuando quedamos solos, quedamos también sin historicidad, porque ¿qué sucede, quién nos rescata de esto?. Nos rescata el otro que es distinto a nosotros, y entonces nos propone una pelea, un conflicto, que a veces dulce, porque el amor es una pelea dulce, mientras que el odio es una pelea amarga, pero es un conflicto, y ese conflicto tiene sucesivos estados que producen una historia, porque vivir es la historia de un largo diálogo, una sucesión de interacciones que están enganchadas de manera tal que podemos decir “ayer y mañana”. Y esto es lo que configura la posibilidad de existir, que es eternamente saltar de ayer a mañana. Uno existe porque va hacia algo. El futuro es inquietante y eso es la sal de la vida, el yo está arrojado a la sorpresa.

La comunicación es posible por la creación de símbolos, la palabra se basa en una idea tan elemental como la de sustituir un objeto ausente por un sonido (fonema), que luego dio lugar a la civilización y nos separó definitivamente de los animales. Esa idea tan simple y tan fecunda, como es eso de crear “el fantasma del objeto ausente”, evocando al objeto con sonidos y grafismos. Esto nos permitió jugar a la magia, como un juego de omnipotencia. Yo, en este momento, estoy trayendo imágenes, podría recitar un poema, y si soy bueno, hacerlos llorar, o excitar si el relato erótico, todo sólo con emitir sonidos.

Esto nos rescata del encierro de la conciencia cautiva y además el diálogo genera movimiento, permite memorar el pasado e imaginar el futuro, es decir, crear el tiempo, organizando el caos de la percepción. Recordemos que los dos grandes síntomas de la enfermedad psicológica son la soledad y la confusión, desde donde volveríamos a esa conciencia arcaica, anterior a la creación del lenguaje, que no tenía comunicación ni tiempo.


Si no puedo hacer ese intercambio de sonidos que llevan y traen imágenes y me permiten compartirlas, y que, a veces, son terroríficas, quedo con todo ese mundo caótico en mi cabeza. Entonces me confundo y me enfermo. Para sostener mi identidad , el otro no debe ser otro cualquiera, sino otro que contenga historia nuestra, entonces, cuanto más historia con el otro compartimos, más proyecto nuestro compartimos. Por eso duelen las separaciones, especialmente las de pareja: cada armaba su vida en relación con el otro, y en la separación queda con la mitad del proyecto que no sirve para caminar la vida. Cuando mueren los padres, no sólo mueren los padres, muere nuestra infancia porque ellos son los testigos de nuestra infancia.

En ese sentido, la psicoterapia tiene la función de la reconstrucción de la comunicación, lo cual no es nada nuevo, y, especialmente, el compartir las imágenes más regresivas, que son las menos “apalabradas”. Las imágenes vienen “crudas”, la realidad produce hechos, y esos hechos se guardan por la rara propiedad de la conciencia de generar un recuerdo, ese extraño fenómeno de la memoria, y guardarlo como imágenes que deben estar “apalabradas”, categorizadas con las palabras. Estas palabras, después, permiten la circulación de esas imágenes y organizar esa realidad, que si no, sería caótica. La realidad es absolutamente caótica, pero gracias a la cultura podemos ordenarla de modo de poder prever, con otros, un movimiento en el cual nos vamos a encontrar más adelante y decir: “¿Vamos a hacer tal cosa?”, con lo que podemos configurarnos hacia adelante y percibir el vivir, como continuidad, y la terapia es eso, es rescatarlo de esa soledad y esa confusión a través de un primer proyecto que es el querer curarse. Para el terapeuta, esta tarea es difícil, porque al que perdió la comunicación le fue mal cuando se comunicó. Tiene el teléfono roto, entonces, le preguntamos algo, y no nos va a responder. Un terapeuta ingenuo le hace preguntas, pero él, justamente, está loco por haber perdido la palabra, de modo que hay que buscar otras formas más analógicas de comunicación que, a veces, tienen que ver con lo gestual, lo corporal, lo contextual, con objetos intermediarios, también con la comida comunitaria, la música, etc.

También debemos usar un idioma que usan los delincuentes y los esquizofrénicos, los cuales “hablan“ con lo que hacen, cómo se mueven, por el uso de objetos significantes, lo que Winnicott llama objetos transicionales. Es un lenguaje de acción, que los pibes de la calle y los marginales también usan. Entonces, empleando esto, podemos restituir la comunicación, llegando finalmente a la palabra, a partir de lo cual generamos un proyecto, que es curarse, salir de la soledad y la confusión.

En realidad, cuando uno dice pato, gato, casa… cada uno que escucha visualiza en su conciencia el pato genérico, pero con características que corresponden a su pato interno: un patito para jugar, un pato para comer, un pato nadando… porque el pato objetivo, real, no existe, existen los datos subjetivos . Por ejemplo, ahora, hay ochenta personas, o sea hay ochenta modos de percibir esto, por lo tanto, hay ochenta conferencias.

También, si todos al mismo tiempo, cerramos los ojos, este salón desaparece. Me acuerdo de un maestro zen que decía: “si se cae un árbol en un bosque donde no hay nadie, ¿qué sonido produce?”, entonces el sonido existe solamente si alguien lo escucha.

Bueno, esto de que la realidad no exista objetivamente, pues es sólo percibida por subjetividades, es un viejo problema filosófico. El filósofo Berkeley es uno de los representantes de la concepción Solipsista, que sostiene que el mundo objetivo es una ilusión.

El loco dice: “siento que la realidad no existe” y el terapeuta puede contestarle: “Escuchame, flaco…, ¿recién te das cuenta?... Pero te voy a vender algo que se llama la “realidad social” ,que es un acuerdo colectivo para que podamos interactuar, y que va a permitir que recorras tu vida junto con los demás “

Sí… “la vida es un buzón”… es una ilusión que te venden…pero si la comprás funciona igual que aquel buzón del cuento. Así que la terapia, en el fondo, es “vender buzones”, el buzón de la vida… que, de todos modos, es una agradable ilusión que nos permite disfrutar de la aventura de vivir.


Entre algunas risas, ruidos de sillas, y toses de parte del auditorio, cosas que suelen provocar sus intervenciones, Moffatt finaliza con una suave sonrisa de muchacho bueno que hizo algunas travesuras donde no debía. Después de dejarnos pensando un poco, comenzaron las preguntas.


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