La serpiente celeste



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La serpiente celeste



John Anthony West

Los enigmas de la civilización egipcia

Agradecimientos


Quisiera dar las gracias a las siguientes personas y organismos por su permiso para utilizar las ilustraciones en las páginas indi­cadas: ilustraciones de Sacred Science, de R. A. Schwaller de Lubicz (pp. 139, 170, 239), con permiso de Inner Traditions International, 1987; Ronald Sheridan Photo Library (pp. 30, 37, 102, 160, 163, 165, 166, 167, 168, 332); Lawrence Berkeley Laboratory (p. 205); Peter Guy Manners (p. 137); Chicago House, Universidad de Chicago, por las fotografías de la Esfinge y de Kom Ombo (pp. 293, 294, 338, 339); Patrick Dunlea-Jones (p. 363); y Lucie Lamy, por su amable autoriza­ción para utilizar todas las demás fotos que no fueron tomadas por el propio autor.

Prólogo a la primera edición


En la actual pugna entre materialistas y metafísicos, en la que los partidarios de los primeros piden la cabeza de estos últimos, John Anthony West ha izado su bandera en apoyo del filósofo alsaciano R. A. Schwaller de Lubicz. La tesis de De Lubicz, lúcidamente de­sarrollada por West, es que los constructores del antiguo Egipto po­seían un conocimiento de la metafísica y de las leyes que gobiernan al hombre y a este universo mucho más sofisticado de lo que la mayoría de los egiptólogos han estado dispuestos a admitir.

Se trata de una tesis llamativa, pero impopular entre los eruditos or­todoxos, que la han ignorado deliberadamente durante veinte años, a pesar de no ofrecer ningún otro argumento en su contra más que el he­cho de que contraviene el dogma aceptado.

R. A. Schwaller quien, en la vida «real», recibió el título de «De Lubicz» del príncipe lituano Luzace de Lubicz, por su contribución a la liberación de Lituania tanto de los rusos como de los alemanes al fi­nal de la primera guerra mundialha reunido una serie de aplastan­tes argumentos en favor del desarrollo científico y espiritual de los an­tiguos egipcios; pero se trata de argumentos complejos. Reunidas durante un período de diez años tras una estancia de otros quince en Luxor (1936-1951), estas evidencias se basan en unas mediciones y di­bujos increíblemente concienzudos de las piedras y las estatuas del gran templo de Luxor realizados por su hijastra, Lude Lamy. Posterior­mente incorporó este material a varias de sus obras, la más importan­te de las cuales es la que constituye los tres enormes volúmenes de Le Temple de l'Homme. Por desgracia, esta obra se divulgó en una edición limitada, es difícil de encontrar, y no resulta fácil de leer en el original francés, aunque actualmente se prepara una traducción al inglés.

En cualquier caso, sigue siendo difícil captar los fundamentos de la filosofía de De Lubicz, aunque West hace esta tarea mucho más fácil al resumir cuidadosamente el grueso de su trabajo y consultar exten­samente con Lude Lamy, una inestimable ayuda no sólo por su íntimo conocimiento del pensamiento de su padrastro, sino también por su papel como albacea de sus trabajos no publicados.

En su atrevida defensa de De Lubicz, West lucha por un saber que se ha mantenido vivo durante siglos pese a los doctores, juristas, sa­cerdotes y sepultureros que han pretendido disecarlo y convertirlo en carroña. Con su elegante lanza, perfeccionada gracias a su actividad como novelista y dramaturgo, West aguijonea también la pompa acu­mulada sobre Egipto y otras civilizaciones antiguas: que éstas son obra de unos sacerdotes toscos e idólatras, primitivos y supersticiosos.

West afirma que recogió el guante en la causa de De Lubicz debido a que considera la contribución de este autor «la obra de erudición más importante de este siglo ... que exige una revisión total de la concep­ción que el hombre moderno tiene de la historia y de la "evolución" social humana».

Desde que Champollion descubriera los valores fonéticos de los je­roglíficos a comienzos del siglo xix, los escritos egipcios han sido in­terpretados por egiptólogos con un conocimiento de los pensamientos y creencias en ellos expresados tan escaso como pueda serlo el que los modernos profesores universitarios de la lengua inglesa poseen de la fi­losofía hermética encerrada en los textos de Shakespeare. Y da la ca­sualidad de que los datos son los mismos.

De Lubicz estaba muy versado en el saber hermético, con una sóli­da base en las religiones de Oriente, transmitido a través de los hin­dúes, chinos, budistas, teósofos, antropósofos y yoguis. De Lubicz des­cubrió pronto el mismo saber incorporado en los jeroglíficos, estatuas y templos de Egipto.

Al interpretar los antiguos jeroglíficos egipcios como portadores simbólicos de un mensaje hermético, De Lubicz descubrió en Egipto la fuente más antigua conocida de una ciencia sagrada que constituye la base de lo que ha venido a conocerse como la filosofía perenne, de la que se han mantenido vivos algunos fragmentos entre los gnósticos, sufies, cabalistas, rosacruces y masones, aunque originariamente se con­servó gracias a una serie de maestros iluminados y clarividentes.

De Lubicz veía en los jeroglíficos egipcios no sólo la palpable escri­tura fonética descifrada por Champollion, sino también un simbolismo más hermético que expresaba las realidades metafísicas, más sutiles, de la ciencia sagrada de los faraones, demasiado fugaz para quedar atra­pada en una red de escritura fonética.

Del mismo modo que se pueden vislumbrar los contornos del aura humana mirando al cuerpo, no de frente, sino desde un cierto ángulo, también afirma De Lubiczse puede vislumbrar el significado sim­bólico de los jeroglíficos en lugar de su significado palpable.

Para De Lubicz, esta dualidad de los jeroglíficos egipcios hacía po­sible que los sacerdotes dirigieran un mensaje al conjunto de la pobla­ción a la vez que dirigían otro a los iniciados, del mismo modo que las obras atribuidas a Shakespeare se pueden interpretar como un mensa­je palpable e inocente, y, sin embargo, perpetúan la sabiduría perenne, políticamente peligrosa, dirigiéndose a la corona y al Consejo Privado del rey en un lenguaje lo suficientemente hermético como para eludir el encierro en la Torre de Londres o el filo del hacha.

Para De Lubicz, los diversos mecanismos simbólicos de los antiguos egipcios estaban destinados a suscitar el conocimiento por revelación, por visión instantánea, en lugar de hacerlo mediante la transmisión de información: constituían un medio para romper los vínculos materia­les que limitan la inteligencia humana, permitiendo al hombre vislum­brar estados de conciencia superiores y de mayor amplitud, ya que el hombre afirma De Lubiczera originariamente perfecto, y ha de­generado en lo que ahora somos, debido, en gran parte, al uso del ra­zonamiento.

Sólo al final de su vida se dio cuenta De Lubicz de que su mente ra­cional había sido un obstáculo para su comprensión de las leyes de este cosmos, que el cerebro y la conciencia psíquica actúan como un velo entre la conciencia innata del hombre y la conciencia cósmica.

Un estudio en profundidad de los textos, imágenes y disposición de cada una de las piedras del templo de Luxor reveló a De Lubicz que los egipcios no establecían ninguna distinción (y mucho menos oposi­ción) entre el estado espiritual del ser y el estado en un cuerpo mate­rial. Tal distinción afirma De Lubiczes una ilusión mental: «para aquellos sabios sólo había diferentes niveles de conciencia, en los que todo es uno y el uno absoluto es todo».

Durante su estancia de quince años en Egipto, trabajando con la ayuda de su inteligente y sensible esposa Isha, quien también era egiptóloga profesional además de consagrada autora, De Lubicz descubrió que el conjunto de los templos egipcios contiene una lección global, de la que cada templo constituye un capítulo donde se desarrolla un de­terminado tema de la ciencia sagrada. Así, ninguno de los templos fa­raónicos es una réplica de otro, sino que cada edificio habla a través de su plano general, su orientación, la disposición de sus cimientos, la elección de los materiales utilizados y las aberturas de sus muros.

En ocasiones encontró que el mensaje era tan hermético que única­mente se podía descubrir mediante lo que De Lubicz llama «transpa­rencia de los muros»: en estos casos, el significado de los signos jero­glíficos y de los relieves que aparecen en uno de los lados resulta incomprensible a menos que se contemplen conjuntamente con los que aparecen en el lado opuesto.

En el templo de Luxor, De Lubicz descubrió lo que parecía ser el único monumento hierático que realmente constituye una representa­ción arquitectónica del hombre, y que incluye conocimientos tan eso­téricos como la localización de las glándulas endocrinas, de los chakras de energía hindúes y de los puntos de acupuntura chinos. Descubrió también que las orientaciones astronómicas del templo, la geometría de su construcción, sus inscripciones y representaciones, se basan en el cuerpo humano, representado por el templo, y su situación obedece a la fisiología de aquél. Las proporciones que encontró eran las del hom­bre adánico anterior a la caída, o las del hombre perfeccionado que ha recobrado su conciencia cósmica.

En sus proporciones y su armonía, el templo narra la historia de la creación del hombre y de su relación con el universo. En palabras de West, «es una biblioteca que contiene la totalidad del conocimiento perteneciente a las potencias creadoras universales, encarnadas en la propia edificación».

La encarnación del universo en el hombre afirma De Lubiczconstituye el tema fundamental de toda religión revelada: el cuerpo hu­mano es una síntesis viviente de las funciones vitales esenciales del uni­verso. Es también el templo en el que se desarrolla la lucha primordial entre los antagonistas esenciales: la luz y la oscuridad, el yin y el yang, la gravedad y la levedad, Ormuz y Ahrimán, Quetzalcóatl y Tezcatli-poca, Horus y Set. Es un templo que debe ser perfeccionado por el hom­bre a través de diversas encarnaciones, hasta convertirlo en una magní­fica réplica del hombre cósmico. Así, el templo de Luxor se convierte en una imagen del universo, además de constituir una síntesis armóni­ca entre el universo, el templo y el hombre; la encarnación de la sen­tencia de Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas».

Para De Lubicz, los templos de Egipto manifiestan también diver­sas medidas terrestres y cósmicas, además de toda una serie de corres­pondencias con los ritmos de la naturaleza, los movimientos de los cuerpos celestes y determinados períodos astronómicos. Las coinci­dencias de dichas relaciones entre estrellas, planetas, metales, colores y sonidos, así como entre los diversos tipos de vegetales y animales, y en­tre las distintas partes del cuerpo humano, le son reveladas al iniciado por medio de una ciencia de los números.

Ya en 1917, De Lubicz publicó un estudio sobre los números, en el que explicaba que éstos no eran más que nombres aplicados a las fun­ciones y principios sobre los que se crea y se sustenta el universo, y que los fenómenos del mundo físico son el resultado de la interacción en­tre los números. Escribía también que, para comprender adecuada­mente los pasos sucesivos de la creación, se debe conocer primero el desarrollo de los números abstractos, y cómo la multitud surge del uno.

Cuando De Lubicz se sumerge en su ciencia de los números, West parafrasea y sintetiza su texto en una tesis coherente, y fácilmente asi­milable, que muestra cómo Platón y Pitágoras debían tanto su saber como su conocimiento de los números a la ciencia del antiguo Egipto.

Curiosamente, West desarrolla la idea manifestada por De Lubicz de que la cosmología egipcia y su comprensión de este universo no constituían algo endémico de Egipto, sino que provenían de los colo­nos o refugiados procedentes del continente sumergido de Platón, la Atlántida, lo que también podría explicar las semejanzas e identidades con las cosmologías de América Central, presumiblemente llevadas allí por otros refugiados de la Atlántida.

Aunque los egiptólogos se muestran de acuerdo en el hecho de que la civilización egipcia ya era una civilización completa desde sus mis­mos comienzos, con sus jeroglíficos, sus mitos, sus matemáticas y un sofisticado sistema de medidas, De Lubicz va aún más allá, mostrando que no se trataba de un avance o desarrollo, sino de una herencia.

Como apéndice a su análisis de la obra de De Lubicz, West dedica un documentado razonamiento a la antigüedad de la Esfinge, para mos­trar que ésta podría constituir la mejor prueba de la existencia de la Atlántida, no necesariamente como un lugar físico, sino como una ci­vilización sumamente sofisticada que floreció miles de años antes de los inicios del Egipto dinástico.

Hoy, la filosofía predicada por De Lubicz resulta aún más pertinente que cuando él empezó a desarrollarla, en las décadas de 1920 y 1930, pues arremete contra la nobleza del linaje y el dinero en favor de la nobleza del trabajo, y señala que todo lo demás es humo, vanidad o dorada desdicha.

El hombre afirmaba el joven filósofoestaba enfermo, y lo sa­bía; casi demasiado enfermo para atacar su enfermedad de raíz. Con­sideraba que las instituciones como la familia, la administración y la religión se hallaban en ruinas, aunque habrían podido seguir siendo sa­gradas si sus leyes se hubieran adaptado a los auténticos objetivos de la existencia humana.

De Lubicz juzgaba que el colectivismo resultaba «útil», pero se ha­llaba en un «nivel bajo», motivado por el egoísmo, mientras que la au­téntica solidaridad se basaba en la conciencia de la responsabilidad de cada hombre frente a toda la humanidad.

En un mundo en el que nada tiene valor si no es por mediación de la cantidad, la prisa y la violencia, De Lubicz sugería que el hombre, en lugar de destruirse a sí mismo a través de su destrucción del mun­do, debía trabajar para reconstruirse, recuperando la armonía con el cosmos, una armonía destruida por un falso concepto del pecado y una forma adulterada de concebir la ciencia física. La filosofía adver­tíahabía degenerado para convertirse en física mecanicista.

Sin embargo afirmaba—, ninguna revolución en el mundo se debe llevar a cabo en un nivel filosófico ignorando el nivel social, y nunca por la fuerza. «Hay más poder declarabaen una convicción profunda, en un despertar de la luz interior, que en todos los explosi­vos de la tierra.»

Como remedio, el joven De Lubicz proponía una hermandad que obedeciera a las leyes de la armonía universal. Sus preceptos eran: ca­lificar a este mundo de cobarde y moribundo; liberarse de la rutina; afirmar toda verdad, aprobar toda libertad, y tratar como hermanos a los fuertes, los libres y los conscientes.

De ahí el valor tanto del trabajo de De Lubicz como del análisis que de él realiza West. ¿Qué sentido tendría mantener viva la tradición de la ciencia sagrada de los egipcios si ésta no se pudiera aplicar a esta vida y al más allá por todos aquellos que siguen viniendo a la Tierra en busca de un camino hacia la inmortalidad?.

Vara el pueblo egipcio, el clero faraónico mantenía el culto a Osi­ris, un culto de renovación y reencarnación. Para la élite del templo, enseñaba el principio que nos recuerda a Cristode Horus el redentor, de la liberación del karma, de la reencarnación, del retorno al hombre cósmico, incorpóreo pero plenamente consciente.

Sin embargo, desde la clausura del templo al final de la época fa­raónica y el inicio de la era cristiana, el hombre ha carecido de la guía esencial de la ciencia sagrada como medio de hacerse auténticamente humano... y después sobrehumano.

Mientras el científico sigue aguijoneando la barrera de lo descono­cido sin ser capaz de abrir una brecha en ella, el metafísico no deja de advertirle de que ése es su sino indefinidamente: se trata de una verdad que no se puede investigar; sólo se puede conocer de manera intuitiva, o por revelación.

Se ha delimitado el campo de batalla. La pugna continúa.

Peter Tompkins



Prólogo a la edición revisada



La serpiente celeste, de John Anthony West, es un libro auténti­camente importante y que merece leerse. Cuando lo vi por prime­ra vez, hace más de diez años, me impresionó la profundidad y ampli­tud tanto de su erudición como de sus ideas, además de su claro y vivido estilo. Ahora que he tenido la ocasión de leer nuevamente esta emocionante narración, me siguen impresionando sus virtudes, y en­cuentro el libro aún más estimulante que antes. Escribo este prólogo a la nueva edición con gran placer, y con la esperanza de que llegue a un gran número de lectores.

En su prólogo a la primera edición, Peter Tompkins resumía el con­tenido del libro y proporcionaba una información necesaria sobre su contexto. Trataré de repetirla lo menos posible. En esta nueva edición, West añade una descripción de la controvertida historia de su libro, y anuncia un auténtico bombazo: la evidencia científica aparentemen­te muy firmede que la Gran Esfinge de Gizeh es varios miles de años más antigua de lo que creen la mayoría de los egiptólogos. Muchos auto­res habían sostenido que la Esfinge precedía a la civilización egipcia tal como la conocemos, entre ellos West. Pero ha sido éste, junto con su equipo de investigadores científicos, quien ha proporcionado una evi­dencia que posiblemente exigirá una importante revisión de la historia humana.

La serpiente celeste analiza la obra, revisionista y (cuando se cono­ce un poco) extremadamente controvertida, del difunto filósofo egip­tólogo alsaciano R. A. Schwaller de Lubicz. Basándose en muchos años de meticuloso estudio de los templos antiguos y de la civilización egipcia en su conjunto, De Lubicz presentó al mundo la evidencia de un Egipto que puede resonar libre y orgullosamente en nuestra mente, n nuestro corazón y en nuestro espíritu. Se trata, obviamente, de lo que la mayoría de nosotros hacemos de manera espontánea cuando nos hallamos frente a las maravillas que el antiguo Egipto nos ha legado: diosas y dioses, la Esfinge y las pirámides, los templos, la magia y los misterios, y todo lo demás. En realidad, los artífices de esas imágenes y símbolos maravillosos, obras de arte y metapsicologías, trataban de suscitar exactamente dicha resonancia, y es evidente que sabían cómo crear lo que pretendían. Y, sin embargo, admirablemente, tenemos una profesión denominada «egiptología», cuyos practicantes parecen total­mente ciegos o indiferentes a lo que conmociona a tantos de nosotros. Arraigados en un impenetrable materialismo, insisten en la visión de un Egipto sin alma y casi sin discernimiento, atrapado sin esperanza en la ignorancia y la superstición. Debido precisamente al hecho de que los descubrimientos de De Lubicz contradicen estas ideas su obra ha sido ignorada o denunciada por la ortodoxia profesional.



El trabajo más importante de De Lubicz se puede encontrar única­mente en su monumental Le Temple de l'Homme, una obra en varios volúmenes difícil de leer y cuya sola magnitud ya resulta desalentado­ra. Uno de los mayores logros de West ha sido el de presentar la obra de De Lubicz con admirable claridad, aunque reforzándola con su pro­pia lucidez, su erudición y su fina capacidad de razonamiento. Como persona nada predispuesta a sufrir necedades, West se arma con el in­genio y la lógica despiadada de un hábil acusador, apuntando uno tras otro a los empolvados «expertos» que han venido a presidir el sombrío mundo de la egiptología políticamente correcta.

West considera Le Temple de l'Homme «... la obra de erudición más importante de este siglo». Asimismo, toma nota de toda una serie de coincidencias, casi extrañas, entre el conocimiento que De Lubicz manifiesta de la antigua ciencia y filosofía de Egipto, y los conoci­mientos y enseñanzas del piadoso místico y mago G. I. Gurdjieff. De hecho, lo que De Lubicz aprendió sobre el antiguo Egipto a través del estudio de sus obras, Gurdjieff parece haberlo aprendido de alguna otra fuente. Otro ejemplo de visible penetración en la mente y el espí­ritu del antiguo Egipto es el del curioso poeta, erudito y visionario del siglo xix Gerald Massey. En tres monumentales obras, todas ellas de varios volúmenes —Book of the Beginnings, Natural Génesis y Ancient Egypt—, Massey presentaba un Egipto similar en muchos aspectos (y, en ocasiones, aparentemente idéntico) al presentado por De Lubicz. Este es el caso especialmente de la última obra de Massey, Ancient Egypt, publicada casi al final de su vida, en 1907. Los escritos y ense­ñanzas de estos tres titanes De Lubicz, Gurdjieff y Masseymere­cen una exhaustiva comparación. Se trata de un reto apropiado para el autor de La serpiente celeste.

De Lubicz había observado que las marcas de erosión por el agua que presenta la Esfinge de Gizeh no se observan en ninguna otra es­tructura de Egipto. West, con la ayuda de su equipo de científicos, lo ha confirmado. Tal como aquí explica con detalle, la conclusión a la que llevan sus descubrimientos es que la Esfinge precede al Egipto di­nástico. Asimismo, reúne muchas otras evidencias que respaldan su creencia, y la de De Lubicz, de que la civilización egipcia constituía una herencia, y no una creación derivada de un desarrollo. Esto lleva directamente a la antigua leyenda de la Atlántida, mencionada por Pla­tón, y que aparece de una forma u otra en los mitos de muchas épocas y en numerosos lugares. Es decir: alguien enseñó a los egipcios lo que éstos sabían, y se trataba de un conocimiento portentoso: una integración sin precedentes de ciencia y arte, de filosofía y religión. El resultado fue una civilización que destacó por su potenciación de la conciencia y la realización de sus potenciales más allá de lo que conocemos. Todo esto se presenta aquí de forma magistral.

Massey, basándose en su conocimiento del uso egipcio de los nú­meros y la astronomía / astrología, sitúa la antigüedad de la Esfinge en unos trece mil años, mucho antes de la I dinastía. Curiosamente, el mé­dium norteamericano Edgar Cayce propuso la misma cifra. En mis propias investigaciones para mi obra The Goddess Sekhmet, llegué a la conclusión de que la Esfinge, como la diosa Sejmet, es mucho más an­tigua que Egipto. Está claro que ambas se hallan relacionadas: Sejmet tiene cabeza de leona y cuerpo humano; la Esfinge, cuerpo de leona y cabeza humana. La tradición antigua las vincula, y también proclama su antigüedad, ya que Sejmet se conoce entre los egipcios como la «Se­ñora del lugar del principio del tiempo», y la «Única que era antes de que fueran los dioses». Con frecuencia he meditado sobre el hecho de que la Esfinge se construyera en lo que sólo miles de años después se convertiría en un lugar cercano al principal centro del culto a Sejmet en Menfis. Así, es posible que la civilización egipcia se planificara y ela­borara miles de años antes de que se convirtiera en realidad. ¿Acaso esto podría significar que el destino de la «Atlántida» se conocía des­de mucho antes de que ocurriera?

La serpiente celeste es un libro maravillosamente fecundo. Una página tras otra, conmueve la imaginación del lector y estimula su pen­samiento creativo. La descripción de la civilización egipcia resulta es­timulante, y ofrece un rayo de esperanza de que, aún hoy, nuestro mundo, gravemente herido y cuando menosmedio enloquecido, será capaz de recurrir a lo que un día fue para poder darse cuenta de lo que debería ser. El ser humano posee unas impresionantes capaci­dades latentes, hoy escasamente explotadas y apenas reconocidas, es­pecialmente por quienes ostentan el poder. De Lubicz y West confir­man que es posible tener una sociedad en la que se fomente y se permita florecer el potencial humano. Defienden la idea de que Egip­to, durante mucho tiempo, poseyó los conocimientos necesarios para despertar y utilizar dicho potencial; y, lo que es más, de que en las obras de Egipto que han sobrevivido pueden hallarse aún los medios para adquirir de nuevo dichos conocimientos. Todos tenemos una deu­da con R. A. Schwaller de Lubicz y con John Anthony West por ha­berse dado cuenta de que eso es posible y por haber trabajado para lo­grarlo.


ROBERT MASTERS

Prefacio



Cuando se publicó la primera edición en inglés de La serpiente ce­leste, en 1978, las obras del matemático y filósofo alsaciano R. A. Schwaller de Lubicz (1891-1962) aún no se habían traducido de su lengua original, el francés. Así, los lectores de habla inglesa no po­dían acceder de manera satisfactoria a su interpretación «simbolista»* del antiguo Egipto.**

La serpiente celeste se escribió como una introducción y un examen en profundidad de las radicales ideas egiptológicas de Schwaller, diri­gido al público en general. Desde que se publicara por primera vez, muchas de las obras de Schwaller de Lubicz se han traducido y están ya disponibles para el lector de habla inglesa.*** Por desgracia, la cla­ve para comprender su trabajo, su colosal obra Le Temple de l'Homme sigue estando disponible únicamente en francés.****

Sin la posibilidad de acceder a ella, puede que resulte imposible cap­tar el carácter exhaustivo y perfecto de su interpretación simbolista o apreciar la magnitud de su realización. Además, y al igual que otros grandes e innovadores pensadores (Swedenborg, Boehme, Kant o Hegel, por nombrar sólo a algunos), Schwaller no tenía dotes de comunicador. Su estilo es abstruso, complejo y sin concesiones. Pocos lectores, ni siquiera los familiarizados con los escritos metafísicos/filosóficos, se sienten cómodos con el tosco y original Schwaller (es, en cierto modo, como tratar de abordar directamente la física de altas energías sin una extensa formación previa). Así, a pesar de que hoy se disponga de otras obras del autor en inglés, La serpiente celeste sigue cumpliendo su fun­ción original.

Mi principal preocupación ha sido siempre exponer claramente las ideas de Schwaller y las evidencias que las sustentan. Al mismo tiem­po, he pretendido señalar las diferencias entre los enfoques simbolista y ortodoxo del tema de Egipto. Schwaller suponía que sus lectores te­nían un conocimiento adecuado de la egiptología clásica y podrían apreciar las diferencias sin que él hubiera de precisarlas. En realidad, muy pocos lectores tienen algo más que una vaga idea general de Egip­to, el residuo de algunas lecciones débilmente recordadas de las clases de historia antigua de la escuela o de la universidad. Según esta explica­ción estándar, Egipto es una civilización caracterizada por su arquitec­tura admirable, sus reyes egoístas, y su pueblo servil y supersticioso. La visión simbolista ve a Egipto de una manera bastante distinta: como una civilización filosófica y espiritualmente (y, en ciertas áreas, incluso científicamente) mucho más avanzada que la nuestra, y de la que tene­mos mucho que aprender.

De hecho, probablemente no exista ninguna otra disciplina acadé­mica en la que el mismo material original (en este caso, los textos y monumentos del antiguo Egipto) haya dado lugar a dos interpretacio­nes tan diametralmente opuestas. Sin una sólida comprensión de los datos específicos resulta difícil apreciar el abismo que separa la des­cripción simbolista de la ortodoxa.

Uno de los aspectos más frustrantes de abrazar un punto de vista herético en cualquier ámbito científico o académico profundamente arraigado es la negativa del establishment a abordar o, siquiera, reco­nocer la existencia de evidencias contrarias. Desde el primer momento decidí no contrarrestar una erudición irresponsable con otra erudición igualmente irresponsable por mi parte. Por tanto, al presentar la inter­pretación simbolista de Schwaller de Lubicz, también cito y comento detenidamente otros puntos de vista opuestos.
* El calificativo aplicado al trabajo de Schwaller tanto por sus partidarios como por sus detractores.

** Excepto a través de las novelas Her-Bak y Her-Bak, disciple, de Isha Schwa­ller de Lubicz, esposa de R. A. Schwaller. Aunque intelectual y filosóficamente estimu­lantes, considero dichas novelas estériles y psicológicamente unidimensionales. Son no­velas, pero no logran transmitir el sentimiento del Egipto mágico y emocionante que impregna la obra, magistral pero estrictamente académica, de R. A. Schwaller de Lu­bicz, pese a todas las dificultades que presentan las propias obras del autor.

* * * En lo que se refiere al castellano, de momento la única obra de Schwaller de Lubicz que se ha traducido es Esoterismo y simbolismo: Barcelona, Obelisco, 1992. (N. del T.)

**** Cuando apareció la primera edición de esta obra existía el proyecto de pu­blicar una traducción al inglés de Le Temple de l'Homme. Dicho proyecto nunca se ma­terializó; sin embargo, en el momento de escribir esto me han llegado noticias de que existe de nuevo tal posibilidad. Con suerte, esta vez la obra se pondrá finalmente al alcance de los lectores de habla inglesa. (Efectivamente, se ha publicado ya la traducción a la que alude el autor en esta nota: The Temple of Man, Nueva York, Inner Traditions International, 1998. [N. del T.])

Partiendo del ingenioso formato desarrollado por Peter Tompkins en su Secrets of the Great Pyramid, he estructurado el libro de modo que proporcione un contraste permanente y simultáneo entre ambas escuelas: la interpretación simbolista se desarrolla en el texto principal, mientras que se puede acceder de forma inmediata a los puntos de vista opuestos y otros materiales relevantes en las extensas notas recuadra­das. Los lectores se hallan, pues, en situación de decidir qué interpre­tación es más válida. Los textos que representan las visiones opuestas se han seleccionado entre un amplio abanico de fuentes egiptológicas académicas, en varias lenguas. En conjunto, proporcionan un panora­ma certero, aunque inevitablemente poco halagüeño, de la egiptología contemporánea.

La oposición entre la egiptología simbolista y la que constituye la tendencia predominante no es una mera discusión vacua de académi­cos enfrentados acerca de una civilización muerta. Lo que está en jue­go es mucho más que eso. En consecuencia, he creído necesario explicitar lo que Schwaller dejaba, en su mayor parte, implícito: las profundas implicaciones que tiene su interpretación simbolista de Egip­to en el pensamiento actual, especialmente en nuestro modo de ver la historia y la evolución de la civilización.

El antiguo Egipto no existió en el vacío. Podemos estar seguros de que otras civilizaciones antiguas tuvieron sus propias versiones de la misma ciencia sagrada que alimentó y sostuvo a Egipto. Cuando nues­tra desmoralizada, violenta y desespiritualizada sociedad se tambalea hacia su ruina final (y, aun en este último momento, sigue denominan­do a su atropellada caída «la marcha del progreso»), la certeza de que antaño la humanidad en general tuvo a su alcance un orden de sabi­duría más elevado se convierte en objeto de inmediata preocupación.

Al preparar esta edición revisada, he tenido el placer de descubrir, después de un período de quince años, que mi exposición de las ideas de Schwaller y de las evidencias que las sustentan apenas necesita ajustes. Los nuevos avances en determinados frentes científicos justi­fican algunas revisiones y adiciones menores, repartidas por todo el cuerpo del texto. Pero el constante trabajo realizado para restablecer la datación de la Gran Esfinge de Gizeh requería un tratamiento más extenso.

En su obra Le roi de la théocratie pharaonique, publicada en 1961, Schwaller de Lubicz observaba que la Gran Esfinge había sido erosio­nada por el agua, y no por el viento y la arena como entonces se creía universalmente. Al leer esas palabras, mientras trabajaba en el original de La serpiente, me di cuenta de que aquella observación se debía de poder confirmar mediante una prueba geológica. Si se demostraba, sig­nificaría que la Gran Esfinge era varios miles de años más antigua que todo el resto del antiguo Egipto, lo cual, a su vez, arrojaría sobre toda la historia antigua hasta entonces aceptada, y sobre muchas otras co­sas, una considerable y —desde mi punto de vista— saludable confu­sión.

Mi original labor detectivesca, consistente en reunir el corpus de evidencias que demostraran el punto de vista de Schwaller, ocupa el ex­tenso último capítulo de este libro. Un importante examen arqueológi­co/geológico de la Esfinge, llevado a cabo a principios de la década de 1980 por el arqueólogo Mark Lehner y el geólogo K. Lal Gauri, pro­porcionó nuevas evidencias fundamentales para el desarrollo de la teo­ría, a pesar de que los estudiosos responsables de dicho examen rehu­saron verlo de ese modo. Este examen dio lugar a un Apéndice en la primera edición en rústica de La serpiente, en 1987, que en su mayor parte sigue siendo válido y que, por tanto, aquí hemos conservado.

Desde 1990 la teoría ha evolucionado aún más, y ha dado grandes pasos hacia su aceptación generalizada. Ha sido cuidadosamente estu­diada por varios geólogos y geofísicos, que la apoyan incondicional-mente. Hoy, con este importante respaldo científico, se ha convertido en el objeto de un acalorado debate en dos importantes congresos cien­tíficos, con los egiptólogos y los arqueólogos en un bando, y los geó­logos en el otro. La polémica ha merecido titulares en la prensa de todo el mundo, así como artículos en revistas y espacios en la radio y la te­levisión.

Un concienzudo examen de las evidencias, la historia de las vicisi­tudes de la teoría en la comunidad académica, su tratamiento por par­te de los medios de comunicación y las implicaciones de su eventual (aunque no inmediata) aceptación generalizada: todo ello constituyó el tema de otro libro, Unriddling the Sphinx, escrito por mí mismo y por el doctor Robert M. Schoch, principal investigador de nuestro equipo dedicado a la Esfinge. Un segundo Apéndice de esta edición revisada de La serpiente resume brevemente los avances más importantes ocu­rridos hasta el verano de 1992 (en la presente versión castellana se aña­de, además, una actualización correspondiente a septiembre de 1999).

Asimismo, he añadido, en forma de epílogo, un sustancioso ensayo sobre el tema general de los problemas que implica establecer un nue­vo orden de pensamiento, haciendo especial hincapié en nuestras ex­periencias, hasta la fecha, para tratar de conseguir que la interpreta­ción simbolista de Schwaller de Lubicz sea objeto de atención.





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