La Revolución de la Esperanza



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VI. ¿PODREMOS HACERLO?
LOS CAMBIOS sugeridos en los capítulos anteriores son cambios radicales del sistema, proyectados veinte años hacia el futuro. La cuestión básica es la de que se puedan lograr dentro de la actual estructura del poder de Estados Unidos, mediante métodos democráticos y con la opinión pública y el modo de pensar nacional de hoy. Obviamente, si no se pueden alcanzar, no son sino deseos piadosos o sueños idealistas. Por otra parte, debe quedar claro que la cuestión no es de probabilidad estadística. Como antes lo he indicado, en los asuntos de la vida —sea la individual o la de una sociedad— no importa que la oportunidad de salvarla sea del 59 o del 5 por ciento. La vida es precaria e impredictible, y la única manera de vivir es hacer todo el esfuerzo por retenerla hasta donde las posibilidades lo permitan.

La cuestión, entonces, no es que tengamos la seguridad de lograr estos cambios, ni siquiera de que sean probables, sino de que son posibles. A decir verdad, "es parte de la probabilidad el que lo improbable suceda", como Aristóteles lo asentara. Se trata, para usar un término hegeliano, de una "posibilidad real". Pero "posi­ble" aquí no significa una posibilidad abstracta o lógica, una po­sibilidad basada en premisas que no existen. Al contrario, una posibilidad real significa que hay factores psicológicos, económi­cos, sociales y culturales que pueden demostrarse —si no en su cantidad, al menos en su existencia— como base de la posibilidad del cambio. Este capítulo tiene como finalidad analizar los diver­sos factores que constituyen tal posibilidad real de lograr los cam­bios propuestos en el capítulo pasado.



Pero antes de discutir estos factores, me gustaría hacer hincapié en ciertos medios que definitivamente no son posibles como con­dición para efectuar el cambio en la dirección deseada. El primero de ellos es la revolución violenta, al estilo de las revoluciones francesa o rusa, que significa el derrocamiento del gobierno por la fuerza y la toma del poder por los líderes revolucionarios. Esta solución no es posible en Estados Unidos por varias razones. En primer lugar, no hay una masa base para tal revolución. Aun si todos los estudiantes radicales, incluyendo los militantes negros, estuvieran en favor de ella —y, por supuesto, no lo están—, esta masa base sería completamente insuficiente, porque juntos consti­tuyen arenas una pequeña minoría de la población estadounidense. Si, por otra parte, un grupo pequeño, desesperado, tratara de hacer un Putsch o una especie de guerra de guerrillas, lo acabarían y se erigiría una dictadura militar necesariamente. Aquellos que piensan en función de una guerra de guerrillas citadina de los ne­gros contra los blancos, olvidan el postulado básico de Mao Tse-tung de que las guerrillas sólo pueden triunfar si operan dentro de una población que las apoye. Es innecesario apuntar que las circunstancias verdaderas son precisamente lo opuesto a esta con­dición. Además, es de lo más dudoso que inclusive si los dos fac­tores mencionados hasta ahora no existieran, pudiera ocurrir una revolución violenta. Una sociedad tan extremadamente compleja como la de Estados Unidos, que descansa en un gran grupo de hábiles administradores y en una diestra burocracia administra­tiva, no podría funcionar a menos de que individuos de igual ha­bilidad tomaran el lugar de aquellos que manejan ahora la máqui­na industrial. Ni los estudiantes ni las masas negras ofrecen muchos hombres con tal capacidad. De aquí que una "revolución victoriosa" conduciría simplemente a la quiebra de la máquina in­dustrial de Estados Unidos y a su propia derrota, incluso sin la intervención de las fuerzas del Estado que, por lo demás, la ani­quilarían. Veblen, en The Engineers and the Price System, esta­blecía este punto esencial, hace ya unos cuarenta y cinco años, cuando escribió: "Ningún movimiento para la remoción de los Intereses Creados en Norteamérica puede esperar siquiera un éxito temporal, a menos que lo lleve a cabo una organización que sea competente para hacerse cargo de la industria productiva del país como un todo y para administrarla desde el principio conforme a un plan más eficiente que el que ahora siguen los Intereses Creados. Una organización tal no existe ni a la vista ni como un proyecto inmediato."79 Veblen añade una observación de particu­lar importancia para los días que corren, en que tanto se habla de una revolución mediante el sabotaje y la guerra de guerrillas: "Dondequiera que la industria mecánica haya tenido un efecto decisivo, como en Norteamérica y en las dos o tres regiones indus­trializadas de Europa, la comunidad vive de manos a boca en tal forma que su subsistencia depende del trabajo realizado por su sistema industrial día tras día. En tal caso, es muy fácil que surja un grave desarreglo que trastorne el proceso balanceado de la producción y que siempre acarrea inmediatas privaciones a grandes sectores de la comunidad. En realidad, es este estado de cosas —o sea, la facilidad con que se puede desquiciar la industria y las penalidades inherentes que se pueden causar a gran parte de las personas— lo que, sobre todo, coloca en posición ventajosa a orga­nizaciones como la A.F.L: C.I.O.* Un estado de cosas que hace fácil y efectivo el sabotaje y le da amplitud y alcance. Pero el sabotaje no es la revolución. Si así fuera, la A.F.L. C.I.O., los I.W.W.,** los Empacadores de Chicago y el Senado de Estados Unidos se contarían entre los revolucionarios."80

Y más adelante: "Para que tenga lugar y se sostenga siquiera por un momento, todo movimiento de revuelta debe asegurarse de antemano de dirigir en forma suficientemente productiva el sistema industrial del que depende el bienestar material de la co­munidad y de distribuir de manera competente los bienes y servi­cios en toda la comunidad. De otro modo, bajo las presentes con­diciones industriales, no se puede lograr más que un trastorno efímero y un estadio transitorio de agudas penalidades. Incluso el fracaso pasajero en mantenerse dirigiendo el sistema industrial debe hacer sucumbir de inmediato todo movimiento de revuelta en cualesquiera de los países industrialmente avanzados. En este punto, todas las lecciones de la historia yerran, porque el presente sistema industrial y el modo de vida apretadamente entretejido de la comunidad, que se ve reforzada por este sistema industrial, no tiene paralelo en la historia."81

Es importante considerar la diferencia entre los aspectos técni­cos de la sociedad industrial de 1970 y la sociedad rusa de 1917, o incluso la alemana de 1918. Las últimas fueron sociedades, com­parativamente, mucho menos complejas y en donde, en verdad, el aparato del gobierno y de la industria podía habérsele encargado a gente inteligente y capaz procedente de afuera. Pero Estados Unidos en 1970 es totalmente diferente de la Rusia de 1917.

Tocamos de nuevo aquí el problema de la violencia. Resulta una sorprendente y abrumadora paradoja el que en una situación en donde la violencia está perdiendo su razón de ser —en las relaciones internacionales debido a la existencia de las armas ter­monucleares y dentro de un Estado debido a la complejidad de su estructura— se la considere como un método de solución, aunque sólo sea por una pequeña minoría. Esta popularidad de la violencia es resultado de la desesperación y la vaciedad psíquicas y espirituales y del odio consiguiente contra la vida. Y es grandemente fomentada por las teorías psicológicas que describen al hombre como un ser orillado a la violencia por su instinto des­tructivo, innato y casi incontrolable, y por ciertas corrientes en la literatura y en el arte, desde el Manifiesto del Futurismo de Marinetti, escrito en 1909, hasta algunos pensadores radicales contemporáneos, los cuales, racionalizándolas como amor, defienden a la muerte y la destrucción abierta o implícitamente como virtudes revolucionarias.

Sin embargo, el que una revolución violenta en el sentido clá­sico no pueda hacerse no significa que los cambios fundamentales que llevarán a la humanización de la sociedad tecnológica no sean de naturaleza revolucionaria. El problema, entonces, reside en que un sector suficientemente extenso de la población pueda po­nerse a exigir esos cambios o, al menos, no se oponga a ellos. A la única cosa que la gran mayoría de la población teme es al caos, esto es, a la parálisis y destrucción de la maquinaria industrial, que conduciría al desorden y al derramamiento de sangre. Pero si presumimos que el aparato de la producción va a continuar fun­cionando —y, de hecho, podemos esperar que lo haga aún mejor debido a la introducción de una cabal planificación y de una fuerte inversión en gran escala en los servicios públicos— no hay peligro alguno, salvo para aquellos que temen perder su sen­sación de poder sobre las vidas de otros y para los burócratas incorregibles que no pueden orientarse hacia la vida. Las mayorías, y especialmente la joven generación que está harta del consumo total a la vez que ávida de vida, se hallan prestas a exigir los cambios sociales y políticos que nos devolverán la vida.



La gran aceptación de McCarthy durante su campaña para lo­grar la nominación presidencial en 1968 reveló claramente que un importante sector de la población, desarticulado hasta enton­ces, respondió a su atrevida excitativa humanística. La composi­ción social del bloque de partidarios de McCarthy era muy diver­sificada. En él se alinearon desde izquierdistas jóvenes hasta miembros de la clase media alta que eran conscientes de su propia insatisfacción y capaces de distinguir con mayor o menor claridad la dirección de los cambios que se necesitan para humanizar a la sociedad. Pero el nuevo electorado que simpatiza con este huma­nismo radical sobrepasa el movimiento producido por McCarthy, pues se compone preponderantemente de estudiantes (que en Es­tados Unidos constituyen un porcentaje de la generación joven mucho mayor que en cualquier otro país) , de intelectuales, de científicos, de profesionales —especialmente de aquellos que tra­bajan en las modernas empresas altamente cibernetizadas— y, en el otro extremo de la escala, de negros. Como se ha dicho con frecuencia, la clase trabajadora ha perdido su lugar predominante en el proceso de la producción, de modo que, con el incremento de la cibernetización, son los científicos y los técnicos quienes forman ahora la clase de la que depende el destino de la producción y, por tanto, de la sociedad.

No podemos contestar a la pregunta de si este conglomerado, que va desde izquierdistas hasta hombres de negocios humanistas, puede triunfar, creando así la presión pública necesaria para efectuar el cambio. Pero si la respuesta es afirmativa, entonces la exigencia de éste únicamente podría ser detenida utilizando expe­dientes fascistas. No obstante, el establecimiento de una dictadura no es empresa fácil cuando enfrenta la resistencia de una gran parte de la población, socialmente la más importante.



Varios factores sociales han hecho posible que la clase media haya comenzado a prestar oídos a todo esto y a entrar en acción. Primero, la abundancia material, que le ha permitido experimentar que el consumo mayor no es el camino hacia la felicidad. En segundo lugar, su más alto nivel educativo, que la ha puesto en contacto con nuevas ideas que hacen que sus componentes res­pondan en mayor grado a los argumentos racionales. Su cómoda situación económica, que vuelve a sus miembros más conscientes de los muchos problemas personales que no pueden resolver. En el fondo de sus mentes, a menudo inconscientemente, se plan­tean la pregunta: ¿Por qué es que nosotros, teniendo todo lo que puede desearse, somos tan infelices y estamos tan solos y angustiados? ¿Es que algo anda mal en nuestro modo de vida, en la es­tructura de nuestra sociedad o en su sistema de valores? ¿Existen otras alternativas mejores?

Hay todavía otro factor importante: la relación de los jóvenes con sus padres. Repetidas veces ha sucedido en años recientes que la gente joven de doce a veinte años ha obligado a sus padres a discutir sus propias dudas sobre la sinceridad de lo que se pregona o sobre el sentido de lo que se hace, y un gran número de padres de familia han sido influidos por sus hijos. En tanto que se podría decir que es un signo lamentable el que los padres no crean ni en un valor autoritario ni en uno progresista, esta incredulidad tiene, al menos ahora, la gran ventaja de posibilitar su conversión a manos de sus hijos, los cuales, habiendo pasado por la experien­cia de la desilusión y lejos aún de resignarse ante la falsedad y el doble sentido, enfrentan a sus padres con la profunda contradic­ción anidada en sus vidas, les abren con gran frecuencia los ojos y, no rara vez, los estimulan y los activan a ver el mundo de una manera más sincera y menos desesperanzada. Algunos incluso han descubierto un nuevo interés en la acción política, la cual antes les causaba desesperación.

Tal vez el más importante entre los que forman la base para la posibilidad real del cambio sea un factor al que no se ha dado suficiente relieve en la discusión general. Me refiero al poder de las ideas. Puede ser conveniente señalar la diferencia entre ideas e ideologías. Las ideologías son ideas formuladas para el consumo público, que satisfacen la necesidad de cada uno de aliviar su conciencia culpable pensando que se actúa en favor de algo tachado como bueno o deseable. Las ideologías son "mercancías noéti­cas" confeccionadas, que difunden la prensa, los oradores, los ideólogos, para manipular a las masas de acuerdo con propósitos que no tienen nada qué ver con la ideología, y que, a menudo, son exactamente lo opuesto. Estas ideologías son, a veces, fabricadas ad hoc: por ejemplo, cuando se convierte en popular a una guerra pintándosela como una lucha por la libertad, o cuando las ideolo­gías religiosas son usadas para racionalizar el statu quo político, aun cuando pueda estar en total contradicción con las ideas ge­nuinas de la religión, en cuyo nombre se pregonan tales ideologías. Por su misma índole, la ideología no apela al pensamiento ni al sentimiento activos. Es como una píldora que bien puede estimu­lar al hombre o ponerlo a dormir. Hitler vio esto muy claramente cuando en su Mein Kampf hizo hincapié en que la mejor hora para hacer una reunión política era la noche, cuando la gente está cansada y es más susceptible. Por el contrario, la idea se re­fiere a lo que es real. La idea abre los ojos, despierta al hombre de su letargo, y lo fuerza a que piense y a que sienta activamente y vea algo que no ha visto antes. La idea tiene el poder de des­pertar a los que toman contacto con ella, dado que apela a la ra­zón y a todas aquellas facultades que he descrito en un capítulo anterior como "experiencias humanas típicas". Si la idea llega a la gente se convierte en un arma de lo más poderosa porque crea entusiasmo y dedicación e incrementa y canaliza la energía humana. Lo que importa es que la idea no sea vaga y general, sine específica, iluminadora y trascendente para las necesidades del hombre. La fuerza de las ideas se vuelve poderosísima en una situación en la que quienes defienden el statu quo carecen de ideas, y éste es precisamente el caso en la situación actual. Debido a la naturaleza misma de nuestra burocracia y de la clase de or­ganización que fomentamos, cuando mucho obtenemos efectividad burocrática pero no ideas. Si comparamos nuestra situación con la de mediados del siglo pasado, no podemos pasar por alto el hecho de que los románticos y los reaccionarios del siglo XIX estaban llenos de ideas —con mucha frecuencia, profundas y atractivas—, aun cuando se las haya empleado para fines que no cumplían lo que las ideas prometían. Pero hoy no existen ideas que auxilien a los defensores del statu quo, quienes no hacen más que machacar las viejas fórmulas de la libre empresa, la responsabilidad individual, la ley y el orden, el honor del país, etc., algunas de las cuales se hallan en pleno contraste con la realidad a la que se refieren y otras no son sino ideologías vagas. Es un hecho notable que hoy las nuevas ideas se encuentren casi completamente entre la gente que está en favor de un cambio básico del statu quo, a saber, los científicos, los artistas y los visionarios de la política y de los negocios. La gran oportunidad de quienes desean fijar un nuevo rumbo estriba en el hecho de que tienen ideas, mientras que sus oponentes sólo manejan ideologías gastadas, que pueden aquietar a la gente, pero no alentarla o aumentar sus energías.

¿Y qué decir de los medios de masas? ¿Obstruirán el camino para propagar las nuevas ideas? Sería una simplificación excesiva decir que los medios masivos, dado que sostienen lo establecido, forzosamente obstruirán el hacer públicas ideas que favorezcan el cambio radical. Puesto que forman parte de lo establecido, nece­sitan también clientes, y de ahí que, así como la prensa necesita imprimir noticias, los medios masivos necesiten ofrecer ideas que atraigan al público y tengan que enfrentar la competencia de nue­vas fuentes de noticias y de discusión. Quienes creen que estos medios son obstáculos absolutos para la divulgación de nuevas ideas, piensan de manera demasiado doctrinaria y abstracta y no toman en consideración las realidades sutiles inherentes al nego­cio de la televisión, la radio y la prensa en un país como Estados Unidos. Lo que puede ser verdad para un país donde los medios de propagación en masa están enteramente controlados por el Estado, no lo es en el mismo grado para los medios que necesitan vender sus productos.

Afortunadamente, la difusión de las ideas no depende comple­tamente de los medios de masas. El libro de bolsillo ha cambiado drásticamente los métodos de publicación. Muchos editores están dispuestos a publicar ideas que tengan un número suficiente de lectores —y éste puede ser una pequeña minoría respecto del total del público— algunas veces interesados en la idea en sí y otras, la mayoría, porque necesitan vender libros. Un libro de bolsillo de sesenta centavos de dólar resulta tan económico y accesible como un buen número de magazines dirigidos a la gran masa, y fácilmente puede volverse un vehículo para divulgar ideas, siempre que el texto sea interesante y atractivo.

Otra forma de divulgar las ideas, de la que se ha echado mano en grado considerable, pero que aún puede ser aumentada, es el método de boletines, los cuales son relativamente baratos de pu­blicar y de enviarse a determinado público. Ciertas estaciones de radio han mostrado también preferencia por extender las ideas que, son nuevas y progresistas. En lo general, los nuevos elemen­tos técnicos operan en favor de la diseminación de las nuevas ideas. Y se están desarrollando una variedad de técnicas tipográ­ficas de bajo costo, a más de que se pueden abrir estaciones locales de radio baratas.

Resumiendo: los cambios revolucionarios que se necesitan para humanizar la sociedad tecnológica —y esto significa nada menos que salvarla de la destrucción material, de la deshumanización y de la locura— deben ocurrir en todas las esferas de la vida: la económica, la social, la política y la cultural, y deben hacerlo si­multáneamente, puesto que si tienen lugar en una sola parte del sistema no es posible esperar que cambie el sistema como tal, sino únicamente que repita sus síntomas patológicos en otras formas.

Estos cambios son: 1) La modificación del patrón de la pro­ducción y del consumo de tal manera que la actividad económica llegue a ser un medio para que el hombre crezca y se desarrolle, en oposición al actual sistema enajenante en el que se conforma al hombre de modo que se halla al servicio de los principios de la máxima producción y de la efectividad técnica. 2) La transfor­mación del ser humano, del ciudadano y el participante en el proceso social, de un objeto pasivo, manipulado burocráticamente, en una persona activa, responsable y critica. En la práctica, esto significa revitalizar el proceso burocrático poniendo a la burocracia política bajo el control efectivo de los ciudadanos mediante la participación en la toma de decisiones de todos los que trabajan en una empresa y también de aquellos que usan sus productos y servicios. 3) Una revolución cultural que transforme el espíritu de enajenación y pasividad característico de la sociedad tecnológica y que tenga como finalidad la creación de un nuevo hombre, cuya meta en la vida sea ser y no tener y usar. Este hombre nuevo aspirará al pleno despliegue de sus poderes de amar y de razonar y logrará una nueva unidad de pensamiento y afecto en vez de la presente escisión entre ambos, cuya consecuencia es la psicosis masiva crónica. Y sobrepasará la alternativa entre la fijación in­fantil a una imagen omnisatisfactora de la madre (la técnica que se ha convertido en la Gran Madre de la sociedad industrial) y la sumisión a las figuras autoritarias del padre (el Estado, los repre­sentantes de "la ley y el orden") por medio de una nueva síntesis en la que se combinarán la compasión con la justicia, la libertad con la estructuración, el intelecto con el afecto.

Esta revolución cultural deben empezarla y llevarla adelante todos aquellos para los que la vida, y no las cosas, es el valor supremo, haciendo a un lado sus particulares conceptos religiosos y filosóficos; aquellos que comparten la creencia de que lo que cuenta no son las ideas y los conceptos, sino la realidad de la experiencia humana en la que unas y otros se asientan.



Pero "filosofar" acerca del nuevo hombre es de escaso valor si la idea permanece abstracta y llena de retórica en lugar de radi­carla en la realidad, es decir, de referirla al hombre y su expe­riencia. La auténtica solidaridad existe solamente compartiendo las profundas y genuinas experiencias humanas y no una ideología o un fanatismo común, que en su verdadera raíz no es más que narcisismo y, por lo mismo, no produce más solidaridad que una borrachera compartida. Las ideas llegan a ser poderosas únicamente si adquieren vida. Una idea que no conduce a la acción del individuo y de los grupos permanece, en el mejor de, los casos, como el párrafo o la nota al pie de un libro, concediendo que la idea sea original y de relieve. Es igual a una semilla plantada en un lugar seco. Si la idea ha de tener influencia, es menester sembrarla en tierra fértil, y esta tierra fértil son las personas y los grupos de personas.

La revolución cultural debe basarse en un movimiento huma­nista radical que involucre a muy diversas ideologías y a muchos grupos sociales. Es igualmente esencial que descansé en peque­ños grupos cara a cara, cuyos miembros participen del esfuerzo de Retar al nuevo hombre y aspiren a conocerse a sí mismos dejando de ocultarse a ellos propios y a los demás, así como que quieran realizar aquí y ahora el núcleo del hombre que perciben vívidamente como la meta de la revolución cultural. Por supuesto, labo­rarían en una forma descentralizada y ajena a la burocracia. La condición para pertenecer a ellos sería mantener una actitud fa­vorable a la actividad y contraria a la del consumidor, comprender el humanismo radical del que venimos hablando y asegurar la consecución de su finalidad, considerar que el fanatismo y la des­tructividad son flaquezas humanas que pueden superarse y no características que deben cultivarse bajo el disfraz de muy diver­sas racionalizaciones.

Estos pequeños grupos de diez a veinte personas, que a falta de una palabra mejor llamaremos simplemente Grupos, pueden ser formados dentro de agrupaciones políticas, religiosas y sociales ya existentes, o bien por individuos de diferente extracción y marco social. Serían un verdadero hogar para cada uno de sus miembros, un hogar donde encontrarían alimento para su ansia de saber y de participación interpersonal y donde, al mismo tiem­po, tendrían la oportunidad de dar. Su objetivo consistiría en ayudar al individuo enajenado a que se transforme en una persona que participe activamente. Por supuesto, estos Grupos serían crí­ticos de la manera de conducirse en la vida que la sociedad ena­jenada ofrece, pero tratarían de encontrar un grado óptimo de no enajenación personal antes que el consuelo de la constante indig­nación como un sustituto del estar vivo.

Los Grupos desarrollarían un nuevo estilo de vida, sin senti­mentalismos, realista, honesto, valeroso y activo. Debe ponerse de relieve que la falta realista de sentimentalismo —colindante, si se quiere, con el cinismo— necesita estar unida a una fe y espe­ranza profundas. Generalmente, las dos están desligadas, de ma­nera que, con harta frecuencia, las personas que tienen fe y esperanza son irrealistas y las realistas tienen poca fe o poca es­peranza. Encontraremos una salida a la situación actual sólo si el realismo y la fe se fundieran de nuevo, como antes lo hicieron algunos de los grandes maestros de la humanidad.



Los miembros del Grupo hablarían un nuevo lenguaje que fa­cilite y no que entorpezca la comunicación, el lenguaje de un ser que es el sujeto de sus actos, no el amo enajenado de las cosas que maneja dentro de la categoría de "tener" o de "usar". Poseerían un nuevo estilo de consumo, no necesariamente el mínimo, sino un consumo significativo que sirva a las necesidades de la vida y no a las de los productores. Intentarían alcanzar un cambio personal. Volviéndose vulnerables, activos, practicarían la contemplación, la meditación, el arte de estar tranquilos, sin presiones ni solicitaciones. A fin de comprender el mundo que los rodea, tra­tarían de entender las fuerzas internas que los motivan. Tratarían de trascender su "yo" y de estar "abiertos" al mundo. Tratarían dé confiar en sus propios pensamientos y sentimientos, de forjar sus propios juicios y de arriesgarse; tratarían de alcanzar un óptimo de libertad, esto es, de verdadera independencia, y de abandonar la adoración de toda clase de ídolos y la fijación a ellos. Supe­rarían los lazos incestuosos con el pasado, con el origen, con la familia y la tierra, y los reemplazarían por un interés critico y amo­roso. Desarrollarían la osadía que sólo el arraigo profundo en sí mismo, la convicción y la plena relación con el mundo pueden dar.

Se sobreentiende que los Grupos tendrían sus proyectos propios en los que laborarían con gran intensidad; tendrían su propia vida cultural y se educarían en los conocimientos que al presente sistema educativo le falta trasmitir. La interrelación entre los miembros seria de un contacto profundo en el que los individuos se dejarían ver sin corazas o fingimientos, o sea, "verse", "sen­tirse", "leerse", unos a otros sin entrometimientos ni indiscre­ciones.

No voy a hablar acerca de los diversos modos de alcanzar estas metas. Aquellos que las tomen en serio las encontrarán por si mismos; para los que no, cualquier cosa que pudiera decir no se­rán más que palabras preñadas de ilusiones y de malentendidos.



No sé si haya o no bastantes personas que deseen una nueva forma de vivir y que sean lo suficientemente fuertes y serias para formar tales Grupos. De lo que estoy seguro es de una cosa: si tales Grupos existieran, ejercerían una influencia considerable sobre sus conciudadanos, porque les demostrarían palpablemente la energía y la alegría de personas que poseen convicciones profundas sin ser fanáticas, que aman sin ser sentimentales, que tienen una gran imaginación sin ser irrealistas, que son audaces sin despreciar la vida y que aceptan la disciplina sin caer en la sumisión.

Históricamente, todos los movimientos importantes se han ori­ginado en pequeños grupos. Lo mismo da que pensemos en los antiguos cristianos, en los primeros cuáqueros o en los masones. A lo que me refiero es al hecho de que los grupos que encarnan una idea en su pureza y sin compromisos son la simiente de la historia. Ellos mantienen viva la idea, a despecho del grado de penetración que logre en las mayorías. Si la idea no llega a ser, incorporada "en carne propia", aunque fuere por un grupo pe­queño, corre el peligro de morir.

Los Grupos serian autónomos, aunque los mantendría en contacto una común organización flexible, que facilitaría la comuni­cación entre ellos y los asistiría en sus labores cuando el Grupo así lo requiriera. En forma ideal, estarían compuestos por personas de distintas edades, educación, clase social y color.

Es esencial que los Grupos no se basen en formulaciones par­ticulares de conceptos que los miembros tengan que aceptar para poder participar en ellos. Lo que realmente importa es la práctica vital, la actitud total, la meta, y no una conceptualización especí­fica. Todo esto no quiere decir que los Grupos deban estar desar­ticulados, que no deban analizar o discutir los conceptos, sino que la actitud y la acción de cada miembro es lo que ha de unirlos y no una serie de lemas conceptuales a los que haya que adherirse. Cada Grupo debe tener, naturalmente, una finalidad general, de la que ya hablamos como la finalidad general del movimiento. Pero bien pueden diferir considerablemente unos de otros en cuanto a los métodos a seguir. Podemos imaginar, por ejemplo, un Grupo que esté en favor de la desobediencia civil y otro que no lo esté. Cada individuo tendría la oportunidad de sumarse a aquel Grupo particular que mostrara la actitud más afín a la suya y, no obstante, sería parte de un movimiento mayor que se permitiría una diversidad de criterio tan considerable como la mencionada entre la desobediencia civil y la posición opuesta.



Este plan general del movimiento pretende ser una proposición muy tentativa acerca de cómo empezar. Tal vez puedan surgir otras mejores al discutir lo que he propuesto hasta aquí. En efecto, hay un gran número de grupos voluntarios, grupos comunales de propósitos definidos que ya están establecidos, de cuya experien­cia es dable aprender muchísimo. Y día a día crece la tendencia en todos los sectores de la población a encauzar la iniciativa in­dividual en actividades de grupo, que van desde las comunidades estudiantiles hasta las organizaciones campesinas. Así, existen co­munidades agrícolas con fines definidos que, en numerosos casos, están funcionando con éxito en el terreno económico y humano, y también hay otras muchas formas de comunidades en las ciudades. La formación espontánea de grupos organizados tiene, de hecho, raíces profundas en la tradición norteamericana. Por lo que no faltarán ejemplos y datos de provecho para edificar este movi­miento.

Además de los Grupos, se puede pensar también en la formación de clubes humanistas radicales como parte del movimiento. El número de sus miembros sería mucho mayor (de 100 a 500 personas) y, proporcionalmente, se esperaría del individuo parti­cipante un esfuerzo menor. Sin embargo, estos clubes serían un hogar para aquellos que no sólo se sienten aislados y "desampa­rados", sino que perciben también que la transformación de la sociedad, al par que la de sus propias vidas, avanza hacia el Hu­manismo Radical como el único camino para poner fin a la pre­sente dominación del mundo por el "sentido común", el cual, de hecho, no es más que sin sentido común. Tales clubes emprenderían proyectos sociales y políticos comunes (aunque no se iden­tificarían con ningún partido) , y serían una casa de estudio y de estímulo para todos aquellos que padecen la "desnutrición" pro­vocada por nuestro sistema educativo y un centro cultural para el disfrute de la vida. También podrían desarrollar sus propios símbolos y rituales. Cada club tendría absoluta autonomía y, por tanto, diferirían unos de otros tanto en sus intereses como en sus actividades. No obstante, compartirían una meta y un estado de ánimo comunes, diferentes de los de los grupos políticos o sociales que ya existen. Bien podrían ser la base del Humanismo Radical como movimiento de masas, que podría compararse con las reunio­nes de cuáqueros de nuestros días o con algunas logias en la época en que todavía estaban impregnadas de seriedad.

Volvamos ahora a la cuestión decisiva de si los cambios con­siderados aquí, especialmente los cambios en la producción, el consumo y la participación, pueden ocurrir como no sea acabando con la propiedad privada de los medios de producción mediante la introducción del socialismo, y de si la industria privada no impedirá estos cambios que representan la condición mínima para lograr la humanización.



Tres ideas me vienen a la mente. La primera es que la socia­lización de los medios de producción no da necesariamente como resultado la humanización de la sociedad tecnológica. El ejemplo evidente es la Unión Soviética, que ha construido una sociedad que no es menos burocrática, ni está menos enajenada y centrada en su producción, que la sociedad capitalista. Pero si bien esto es verdad, sólo demuestra que la socialización no conduce necesariamente a una sociedad humanista; tampoco prueba que la meta pueda alcanzarse sin la socialización. En otras palabras, la socia­lización de los medios de producción puede ser una condición necesaria, pero no constituye la condición suficiente para lograr la humanización.

La segunda idea es que en una industria altamente centralizada come) la de Estados Unidos, los directivos no son dueños de la empresa, sino que los propietarios son los cientos de miles de accionistas que tienen escasa influencia sobre su administración. De aquí que no haya ningún verdadero propietario que, como el dueño único del siglo XIX, busque codiciosamente la máxima ga­nancia. De acuerdo con esta teoría, sería fácil para un directivo bien intencionado acometer las reformas necesarias con sólo poder convencérsele de su necesidad. Pero esta idea se funda, de hecho, en premisas erróneas. Como acabamos de decir, el accionista medio tiene poco qué ver en la administración de "su" compañía; en cambio, los que poseen tan sólo el 5% del total de las acciones a menudo controlan la empresa. En realidad, los beneficiarios de las grandes reservas (pensiones, seguros, etc.) , que frecuentemente poseen más del 5% de las acciones de una compañía, podrían perfectamente imponer su voluntad a la administración.



La socialización de los medios de producción, dice la tercera idea, únicamente puede efectuarse como resultado de una revolu­ción socialista, y si ésta no logra triunfar, entonces, obviamente, la humanización de la tecnología tampoco podrá hacerlo. La pregun­ta que surge es: ¿por qué no es posible llevar a cabo la socializa­ción de los medios de producción sin una revolución victoriosa? La razón, me parece, es en gran medida psicológica. Para el hombre moderno, el concepto de la propiedad privada ha llegado a ser algo sagrado, que identifica más o menos con la libertad y la identidad personal. Privarlo de sus propiedades significa destruirlo como individuo. Y esto es así, porque en un sistema donde lo esencial es tener y no ser la persona se experimenta a sí misma como un "él" debido a que ella es también algo que posee y dirige. La propia persona es parte de sus propiedades, en la cual, como en todo lo demás que posee, ha invertido determinada can­tidad de energía y de dinero y de la cual debe sacar la máxima utilidad. Por cierto, éste es el significado literal de "tener éxito".

El carácter sagrado de la propiedad privada es paradójico y absurdo dado que, de hecho, muy poca gente tiene derechos de propiedad en los medios de producción y que la propiedad indi­vidual de bienes de consumo —como automóviles, muebles, arte­factos eléctricos, etc.— no se halla amenazada por la socialización de los medios de producción. Pero esta irracionalidad no es mayor que la que se manifiesta en muchos otros casos en que una insti­tución se ha convertido en un símbolo religioso. El resultado es que la mayoría de la gente se opondría violentamente a la socialización de los medios de producción, a pesar de que carece de participación en ellos. Y esto quiere decir que la expropiación legal (aun mediante pago) tropezaría con una violenta resistencia tal que harta imposible realizarla sin recurrir a la revolución.

Además, concentrarse enteramente en la cuestión de los dere­chos de propiedad es ya algo anticuado, siendo el asunto más pro­pio del siglo XIX que de ahora. Y, por otra parte, existen caminos diferentes que permiten efectuar los cambios radicales, conducentes a humanizar la tecnología, que no provocarían esa violenta resistencia. Querría resumir brevemente las siguientes posibili­dades:


  1. Leyes para prohibir al capital de las empresas tener dere­chos de voto, si bien los accionistas continuarían recibiendo los beneficios del capital como antes. Los votos de las corporaciones estarían en manos de todos los que laboran en la empresa, de los sindicatos, los consumidores, los representantes locales (de la propia ciudad o del condado) . La proporción en la que cada uno de estos grupos tendría derecho a votar habría que determinarla.

  2. Leyes para regular las formas en que los miembros de una empresa contribuirían a la toma de decisiones en pequeños grupos cara a cara.

  3. Leyes para regular la producción de las maneras siguientes:

  1. Para prohibir que se produzcan no sólo alimentos y drogas dañinos, sino toda clase de artículos que sean nocivos psi­cológica y espiritualmente para el hombre.

  2. Para canalizar la producción en las direcciones más útiles al hombre, alejándola de la fabricación de mercancías que tienden a hacerlo más pasivo. Esto podría lograrse por medio de leyes regulatorias o gracias al otorgamiento de venta­jas impositivas y crediticias a aquellas empresas cuyos pro­ductos sean útiles desde el punto de vista humano. Una meta importante seria estimular la producción para el uso público en contra del uso privado. (Pongo por caso, el estableci­miento de un excelente sistema público de transporte en vez del fomento de la tenencia de automóviles particulares o de viviendas financiadas con fondos públicos que podrían des­tinarse a cosas más urgentes.)

  3. Para que el Estado financie aquellas actividades económicas de interés público tanto en el terreno de la producción ma­terial como en el de la creación de oportunidades para el desarrollo de actividades culturales, en una forma descentralizada y no burocrática, que no son financiadas por el ca­pital privado.

Estas leyes permitirían hacer los cambios radicales descritos anteriormente sin necesidad de modificar la Constitución de Es­tados Unidos. Las preguntas que se plantean ahora son: ¿Resultan estas leyes menos difíciles de llevarse a cabo que la socialización de los medios de producción? ¿Podrán adoptarse sin que tenga que triunfar una revolución violenta?



Es imposible predecir el que lo anterior se llegue a realizar o no, aunque yo creo que sí constituye una posibilidad real, porque estamos habiéndonoslas aquí con propuestas que cualquiera puede examinar racionalmente y no mediante una categoría "sagrada" como la "propiedad privada". Sin embargo, no pienso que se pueda ser optimista acerca del resultado. Los poderes establecidos utili­zarán todos los medios a su alcance para combatir tales cambios. Tratarán de convencer al pueblo de que esos cambios son "comu­nistas", de que representan una amenaza a la libertad, etc. La batalla será formidable. Pero existe al menos una oportunidad, siempre y cuando la reacción ante la real amenaza a la vida, tanto física como espiritual, llegue a ser tan vigorosa que la opinión pública comenzara a exigir estos cambios debido a que un número cada vez mayor de individuos se incorporase a las filas del Hu­manismo Radical. Y justamente porque hoy la amenaza no es sólo contra el interés de clase de ciertos grupos, sino contra la vida y la salud mental de todos, parece razonable tener la pequeña espe­ranza de que las ideas del Humanismo Radical consigan ser efec­tivas en un sector de la población tan considerable que puedan llevar a cabo el cambio radical.

Nos hallamos en el centro mismo de la crisis del hombre mo­derno. No nos queda mucho tiempo. Si no empezamos ahora, des­pués será, probablemente, demasiado tarde. Pero todavía hay espe­ranzas, puesto que hay una posibilidad real de que el hombre pueda reafirmarse y de que torne humana a la sociedad tecnoló­gica. "No seremos nosotros quienes completarán la tarea, pero no tenemos derecho a abandonarla."82





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