La Revolución de la Esperanza


V. PASOS PARA LA HUMANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA



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V. PASOS PARA LA HUMANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA



1) Premisas generales
Si vamos a considerar ahora la posibilidad de humanizar a la sociedad industrial, tal como se ha desarrollado gracias a la segunda Revolución Industrial, debemos empezar por estudiar aquellas instituciones y métodos que por razones tanto económicas como psicológicas no es posible suprimir sin desbaratar totalmente a nuestra sociedad. Tenemos estos elementos: 1) La empresa en gran escala centralizada en la forma en que se ha desarrollado durante las últimas décadas en el gobierno, los negocios, las uni­versidades, los hospitales, etc. Este proceso de centralización todavía continúa, y pronto casi todas las actividades de gran impor­tancia se llevarán a cabo por medio de los grandes sistemas. 2) La planificación en gran escala dentro de cada sistema, que resulta de la centralización. 3) La cibernetización, esto es, la cibernética y la automatización, como el más grande principio teórico y prác­tico de control, con la computadora como el elemento más impor­tante en la automatización.

Pero no sólo estos tres elementos van a encontrarse aquí. Existe otro elemento que aparece en todos los sistemas sociales: el sistema Hombre. Como lo señalé anteriormente, esto no quiere decir que la naturaleza humana no sea maleable, sino únicamente que permite un número limitado de estructuras potenciales, y nos en­frenta a ciertas alternativas susceptibles de ser averiguadas. La alternativa más importante en lo que se refiere a la sociedad tec­nológica es la siguiente: si el hombre está aburrido, es pasivo, insensible y unilateralmente cerebral, va a desarrollar síntomas patológicos tales como angustia, depresión, despersonalización, indiferencia hacia la vida y violencia. En verdad, como lo dice Robert H. Davis en un profundo escrito, " ...las implicaciones de largo alcance para la salud mental en un mundo cibernetizado son perturbadoras".60 Este punto merece destacarse, dado que la ma­yoría de los planificadores manejan el factor humano con la se­guridad de que puede adaptarse a cualquier condición sin causar ningún trastorno.

Las posibilidades que afrontamos son pocas, pero susceptibles de averiguación. Una de ellas es continuar adelante en la dirección que hemos tomado, lo cual nos conduciría a la guerra termonuclear, al desastre ecológico o a una grave patología humana. La segunda posibilidad es intentar cambiar ese rumbo por la; revolución violenta. Esto nos conducirla hacia la quiebra de todo el sistema y traería como resultado alguna forma de dictadura militar o de fascismo. La tercera posibilidad es la humanización del sistema, de tal manera que esté al servicio del bienestar y el crecimiento del hombre, por medio de cambios revolucionarios realizados gradualmente, como resultado de las demandas de un amplio sector de la población y cuya motivación es la razón, el realismo y el amor a la vida. La cuestión es: ¿Se puede llevar a cabo esto? ¿Qué pasos es necesario tomar para lograrlo?

Casi no tengo necesidad de asegurarle al lector que no es mi intención presentarle un "plan" que muestre cómo alcanzar esta meta. No sólo no podría hacerse en un libro tan corto, sino que requeriría de muchos estudios que únicamente podrían efectuarse con la colaboración de personas competentes e interesadas en el tema. Mi intención es analizar los pasos que, para mí, son los más importantes: 1) La planificación que incluya al sistema Hom­bre y que se base en normas derivadas del examen del funcionamiento óptimo del ser humano. 2) La activación del individuo mediante métodos de actividad y responsabilidad de raigambre popular, cambiando los métodos actuales de la burocracia enaje­nada por los de la administración humanista. 3) La transformación del patrón de consumo hacia un consumo que contribuya a la acti­vación y se oponga a la "pasivación"61 4) La aparición de formas nuevas de orientación y devoción psicoespirituales que sean equi­valentes de los sistemas religiosos del pasado.
2) La planificación humanista

Prosiguiendo con el análisis que acerca de la planificación comencé en el capítulo III, desearía asentar de nuevo que toda planificación está dirigida por juicios y normas de valor, se percate o no de ello los planificadores. Esto es cierto también para toda planificación mediante computadoras, en donde tanto la selección de hechos con que se alimenta a la computadora como la progra­mación implican juicios de valor. Si quiero llevar al máximo el rendimiento económico, mis hechos al igual que mi programa serán diferentes de los que necesitaría si quisiera llevar hasta lo máximo el bienestar humano expresado en alegría, interés en el trabajo, etc. En este último caso se considerarán otros hechos y el programa será distinto.

Aquí surgen varias cuestiones graves, a saber: ¿Cómo se puede llegar a tener algún conocimiento sobre valores humanos si no es aceptando los tradicionales, que al menos tienen la validez del consenso o son aceptados como asunto de gusto o preferencia per­sonal? En el capítulo IV, me he referido al hecho de que el estado de bienestar del hombre se puede describir tan empírica y obje­tivamente como el estado de malestar. Las condiciones que llevan al bienestar físico y mental se pueden averiguar, así como aquellas que conducen al malestar tanto físico como mental. Un estudio del sistema Hombre puede llevar a la aceptación de valores obje­tivamente válidos sobre la base de que conduzcan al funcionamiento óptimo del sistema o, al menos, de que si nos damos cuenta de las posibles alternativas, las normas humanistas serán acep­tadas de preferencia a sus opuestas por la mayoría de la gente sana.

Cualesquiera que sean los méritos de la fuente de la validez de las normas humanistas, el objetivo general de una sociedad indus­trial humanizada puede definirse así: el cambio de la vida social, económica y cultural de nuestra sociedad en tal forma que estimule y fomente el crecimiento y lo vivo del hombre antes que viciarlo; que active al individuo antes que hacerlo pasivo y receptivo; que nuestras capacidades tecnológicas sirvan al crecimiento del hom­bre. Para llegar a esto, debemos volver a ganar el control del sistema social y económico; y la voluntad del hombre, guiada por su razón y por su deseo de óptima viveza, debe hacer las decisiones.

Dados estos objetivos generales, ¿cual es el procedimiento de la planificación humanista? Las máquinas y las computadoras deberán volverse una parte funcional en un sistema social orien­tado por la vida y no un cáncer que empieza por hacer estragos y acaba por matar al sistema. Las máquinas y las computadoras deben volverse medios para los fines determinados por la razón y la voluntad del hombre. Los valores que determinan la selección de los hechos y que influyen en la programación de las computadoras se deben obtener a base del conocimiento de la naturaleza ­humana, de sus varias manifestaciones posibles, de sus formas óptimas de desarrollo y de las necesidades reales que llevan a éste. Es decir, el hombre, y no la técnica, debe ser la fuente última de los valores; el desarrollo humano óptimo, y no la máxima pro­ducción, el criterio para toda planificación.62 El desenvolvimiento del hombre, y no el "progreso" industrial, deberá ser el principio supremo de la organización social.

Aparte de esto, la planificación en el campo de la economía debe extenderse a todo el sistema; y el sistema Hombre, además, debe ser integrado en el sistema social completo. El planificador, como hombre que es, debe percatarse del papel del hombre como parte del sistema entero. Y precisamente porque él es el único ser viviente que sabe de sí mismo, el hombre como constructor y analizador del sistema debe hacerse el objeto del sistema que ana­liza. Esto significa que el conocimiento del hombre, de su natu­raleza y de las posibilidades reales de sus manifestaciones debe llegar a ser uno de los datos básicos para toda planificación social.



Lo que se ha dicho hasta ahora acerca de la planificación tuvo como base la suposición teórica de que los planificadores estaban esencialmente determinados por su deseo de lograr el bienestar óptimo de la sociedad y de los individuos que la forman. Pero, desafortunadamente, tal suposición no se cumple en la práctica. (Por supuesto, no estoy hablando de las ideas que tienen los pla­nificadores acerca de sus propias motivaciones. Ellos, como la mayoría de los hombres, creen que sus motivos son racionales y morales. La mayor parte de los individuos necesita de dichas racionalizaciones (ideologías) para realizar sus acciones, en parte para apoyarse en el sentimiento de rectitud moral, en parte con el fin de engañar a los demás acerca de sus motivaciones reales.) Al nivel de la planificación gubernamental, los intereses personales de los políticos comúnmente comprometen su integridad y, por ende, su capacidad para la planificación humanista. Este peligro únicamente se puede reducir con una participación mucho más activa del ciudadano en el proceso de tomar decisiones y con la búsqueda de las vías y métodos por medio de los cuales la plani­ficación gubernamental esté controlada por aquellos para los que se planifica.63

¿Debería, entonces, la planificación del gobierno reducirse más y dejarse la mayoría de las planificaciones, incluyendo las del sector público, en manos de las grandes corporaciones? Los argu­mentos en favor de esta idea son que las grandes corporaciones no están cargadas de procedimientos anticuados y no dependen de pre­siones políticas fluctuantes; que están más avanzadas en el aná­lisis de sistemas, en la inmediata aplicación de la investigación a la técnica; y que están guiadas por hombres de mayor objetividad porque no tienen que luchar cada pocos años en las campañas electorales por el derecho de continuar su trabajo. De mayor im­portancia aún es que siendo ahora la administración y el análisis de sistemas uno de los más avanzados tipos de actividades, es ló­gico que atraerá a muchas de las mentalidades más avanzadas, no sólo en términos de inteligencia sino también en términos de una visión del bienestar humano. Estos y muchos otros argumentos suenan muy persuasivos, pero no convencen con respecto a los puntos cruciales. En primer lugar, la corporación persigue ganan­cias, y su interés en ellas, aunque ha variado mucho en compa­ración con el interés por la ganancia del empresario del siglo XIX, a menudo estorba los mejores intereses de la comunidad. En segundo lugar, la corporación privada no está siquiera sujeta a ese pequeño control al que lo está el gobierno en un sistema de­mocrático. (Si se objetara esto aduciendo que la corporación está controlada por el mercado, es decir, indirectamente por el consu­midor, se ignoraría el hecho de que la corporación manipula extensamente los gustos y deseos del consumidor.) Precisamente porque los administradores con inclinaciones más convencionales no carecen de buena voluntad, sino más bien de imaginación y de visión de una vida plenamente humana, resultan aún más peli­grosos desde el punto de vista de la planificación humanista. En efecto, su decencia personal los hace más inmunes a las dudas sobre sus métodos de planificación. Debido a estas razones, no comparto el optimismo expresado por John Kenneth Galbraith y

otros. La planificación de la corporación debe estar sujeta al con­trol del gobierno, de los trabajadores y de los consumidores. En otras palabras, todos aquellos para quienes la industria planifica deben tener voz y voto en las decisiones de ésta.

3) Activación y liberación de energías
De todo lo que se ha dicho en los capítulos anteriores sobre el hombre, se sigue que un requisito básico para el bienestar humano es ser activo, en el sentido de ejercitar productivamente todas nuestras facultades; y que uno de los rasgos más patogénicos en nuestra sociedad es la tendencia a hacer pasivo al hombre privándolo de la oportunidad de participar activamente en los asuntos de su sociedad, en la empresa en la que trabaja y, de hecho, aunque en forma más disfrazada, en sus asuntos personales. Esta "pasivación" del hombre se debe en parte al método de "ena­jenación burocrática" utilizado en toda empresa centralizada.

EL MÉTODO HUMANISTA "VERSUS" EL MÉTODO BUROCRÁTICO ENAJENADO
Como sucede a menudo, aquí la gente se halla enfrentada a una falsa dicotomía confundidora. Se cree que hay que elegir, por un lado, entre un sistema anárquico sin ninguna organización ni con­trol y, por el otro, el género de burocracia que es típica del indus­trialismo contemporáneo y, aún más, del sistema soviético. Pero esta alternativa no es en modo alguno la única: tenemos otras opciones. La que tengo en mente es la opción entre el método de la administración humanista64 y el método de la burocracia ena­jenada por el cual conducimos nuestros asuntos.

Este procedimiento burocrático enajenado se puede caracterizar de varias maneras. Primero que nada, es un sistema de un solo sentido: las órdenes, las sugerencias, la planificación emanan desde arriba y están dirigidas hacia la base de la pirámide. No hay lugar para la iniciativa individual. Las personas son "casos", ya sea casos de bienestar o casos médicos, o bien, cualquiera que sea el marco de referencia, son casos que se pueden poner en una tarjeta de computadora, desechando aquellos rasgos individuales que marcan la diferencia entre una "persona" y un "caso".

Nuestro método burocrático es irresponsable en el sentido de que no responde a las necesidades, los puntos de vista, los requisitos de un individuo. Esta irresponsabilidad se relaciona estrechamente con el carácter de caso de la persona que se vuelve un "objeto" de la burocracia. No se puede responder a un caso, pero sí a una persona. Esta irresponsabilidad del burócrata tiene otro aspecto que ha sido un rasgo de la burocracia durante mucho tiempo. El burócrata, sintiéndose parte de la máquina burocrática, desea más que nada no tener responsabilidades, es decir, no tomar decisiones por las que pueda ser criticado. Trata por todos los medios de evi­tar tomar decisiones que no estén claramente formuladas por los reglamentos del caso y, si tiene dudas, remite a otro burócrata que a su vez hace lo mismo. Cualquiera que haya tratado con una organización burocrática conoce este proceso de ser enviado de un lado para otro, de un burócrata a otro, y algunas veces, después de mucho esfuerzo, de salir por, la misma puerta que entró sin haber sido escuchado salvo en la manera peculiar en que los buró­cratas escuchan: a veces amablemente, a veces con impaciencia, pero casi siempre con una actitud que es una mezcla de su propio desamparo e irresponsabilidad y de su sentido de superioridad hacia el sujeto que hace peticiones. Nuestro método burocrático provoca en el individuo el sentimiento de que no hay nada que él pueda iniciar y organizar sin la ayuda de la máquina burocrá­tica. Su resultado es que paraliza la iniciativa y crea un sentido profundo de impotencia.

¿CUAL ES LA NATURALEZA DE LA "ADMINISTRACIÓN HUMANISTA" Y SUS MÉTODOS?
El principio básico del método de la administración humanista es que, a pesar de lo grande de las empresas, de la planificación cen­tralizada y de la cibernetización, el participante individual hace sentir su valía ante los directivos, las circunstancias y las máqui­nas, y deja de ser una partícula sin poderes que no toma parte activa en el proceso. Sólo mediante tal afirmación de su voluntad pueden liberarse las energías del individuo y restaurarse su equi­librio mental.

El mismo principio de la administración humanista se puede expresar también en esta forma: mientras en la burocracia enajenada fluye todo el poder de arriba hacia abajo, en la administra­ción humanista existe una corriente de doble sentido; los "suje­tos"65 de la decisión hecha arriba responden de acuerdo a su propia voluntad e intereses; su respuesta no sólo alcanza a los que arriba toman las decisiones, sino que a su vez los obliga a responder. Los "sujetos" de las decisiones tomadas tienen el derecho de recusar a los que las toman. Tal recusación requeriría, ante todo, la regla de que si un número suficiente de "sujetos" exigiera que la burocracia correspondiente (al nivel que fuera) contesta­ra sus dudas o explicara sus procedimientos, los que toman las decisiones responderían a la exigencia.



Hasta este punto, se habrán ya acumulado en la mente del lector tantas objeciones a las sugerencias precedentes que más vale dis­cutirlas aquí mismo si no quiero perder la atención del lector en lo que sigue del capítulo. Voy a tratar primero sobre la adminis­tración de las empresas.

La primera objeción probablemente sea que el tipo de partici­pación activa de los "sujetos" sería incompatible con una admi­nistración y planificación centralizadas eficientes. Esta objeción es plausible a) siempre que no se tenga ninguna razón poderosa para pensar que el método presente de la burocracia enajenada es patogénico; b) si se piensa sólo en los métodos ensayados y demostrados y se aparta uno de imaginar nuevas soluciones; c) si se insiste en que hasta si pudieran encontrarse nuevos métodos, el principio de la máxima eficiencia debe mantenerse como el prin­cipio rector. Si, por otro lado, se siguen las consideraciones ofreci­das en este libro y se reconoce el grave peligro en que puede caer el sistema total de nuestra sociedad, intrínseco a nuestros métodos burocráticos, estas objeciones no resultan tan formidables como lo son para aquellos que están satisfechos con la operación de nues­tro sistema actual.

Más específicamente, si se reconocen las dificultades y no se parte de la convicción de que son insuperables, se comenzarán a examinar los problemas concretamente y en detalle. Aquí, tam­bién, se puede llegar a la conclusión de que la dicotomía entre la centralización máxima y la descentralización completa presenta una polarización innecesaria, que puede expresarse con el con­cepto de centralización óptima y de participación de raigambre popular óptima. El grado de centralización necesaria para la efectiva organización y planificación a gran escala constituiría la centralización óptima; la participación óptima seria aquella par­ticipación que no hace imposible la administración centralizada, pese a que permite a los participantes el óptimo de participación responsable. Obviamente, esta formulación es bastante general e insuficiente como base para tomar pasos inmediatos. Si surge un problema de tal magnitud en la aplicación de los conocimientos científicos a la técnica, el ingeniero no se desanimará; reconocerá, en cambio, la necesidad de la investigación que va a dar por re­sultado la solución del problema. Pero tan pronto como tratamos con problemas humanos, dichas dificultades tienden a desanimar a la mayoría de las personas, o éstas llanamente afirman que "no se puede hacer".

En realidad, contamos con una imaginación e iniciativa ilimita­das para resolver problemas técnicos, pero una imaginación de lo más restringida cuando se trata de problemas humanos. La qué se debe esto? Una respuesta obvia es que no tenemos en el campo de la ciencia del hombre el conocimiento que tenemos en el de la ciencia de la naturaleza y en el de la técnica. Pero esta respuesta no es del todo convincente, pues ¿por qué no tenemos el conocimiento necesario? O —y esto viene más al caso— ¿por qué no aplicamos el conocimiento que ya tenemos? Nada se puede probar sin un estudio posterior, pero estoy convencido de que encontrar una solución práctica para integrar la centralización óptima y la descentralización óptima será menos difícil que encontrar solucio­nes técnicas para los vuelos espaciales. La verdadera contestación de por qué esta clase de investigación no se realiza reside en el hecho de que, considerando nuestras actuales prioridades, es muy endeble nuestro interés por encontrar humanamente más solucio­nes aceptables a nuestra organización social. Sin embargo, al recalcar la necesidad de la investigación, no debemos olvidar que ya ha habido una buena cantidad de experimentación y de discu­sión sobre estos problemas, que se ha ido desarrollando en las últimas décadas. Tanto en el terreno de la psicología industrial como en el de la ciencia de la administración encontramos diver­sas discusiones teóricas y experimentos valiosos.

Otra objeción, muchas veces combinada con la que acabamos de ver, nos dice que mientras haya un control efectivo de la toma de decisiones a nivel político, no es necesario participar activamente en una corporación, ya que será supervisada en forma adecuada por las ramas legislativa y ejecutiva del gobierno. Esta objeción no toma en cuenta que hoy el gobierno y las corporaciones están ya tan entrelazadas que es difícil decir quién controla a quién, aparte de que las decisiones mismas del gobierno no están bajo el control efectivo de los ciudadanos. Pero hasta exis­tiendo una participación activa satisfactoria de los ciudadanos en el proceso político, como aquí se sugiere, la corporación misma debería responder a la voluntad, no sólo de los participantes, sino del público en general, por cuanto la afectan las decisiones de la corporación. Si no existe dicho control directo sobre la corpora­ción, será muy difícil para el gobierno ejercer su poder sobre el sector privado del sistema.

Una objeción más señalará que la doble responsabilidad en la toma de decisiones aquí propuesta sería una fuente de fricciones sin término entre los de arriba y los "sujetos", y que por esta razón psicológica sería inefectiva. Hablando del problema en un sentido abstracto, lo podríamos encontrar formidable, pero una vez que se acepten tales cambios, los conflictos resultantes serán mucho menos agudos e insolubles de lo que serian si se mira el cuadro de una manera abstracta. Después de todo, en la empresa los administradores tienen interés en actuar, e igual sucede con los participantes. Tan pronto como el burócrata se vuelve "vulnera­ble", es decir, comienza a responder a los deseos y reclamaciones de los que están sujetos a él, ambas partes se vendrán a interesar más en los problemas que en conservar sus posiciones, bien sea como autoridad o como demandante. Que esto es posible ha sido demostrado en varias universidades de Estados Unidos y del ex­tranjero en donde una vez que se aceptó la participación de los estudiantes, hubo poca fricción entre éstos y la administración. Ha sido demostrado también en el sistema yugoslavo de la autoadministración de los trabajadores y en la experiencia de los mu­chos movimientos de cooperativistas de todo el mundo.

Si el modo burocrático se cambiase de enajenado a humanista, ello necesariamente conduciría a un cambio en el tipo de adminis­trador que tiene éxito. El tipo de personalidad defensiva que se aferra a su imagen burocrática y que tiene miedo de ser vulnerable y de enfrentarse directa y abiertamente a las personas, estaría en desventaja. Por otra parte, la persona imaginativa, no temerosa y que responde tendría éxito, de cambiar el método de administra­ción. Estas consideraciones muestran cuán erróneo es hablar de ciertos métodos de administración que no pueden alterarse porque los administradores "no estarían dispuestos o no serian capaces de alterarlos". Lo que aquí se omite es el hecho de que los nuevos métodos constituirían un principio selectivo para los administradores. Esto no significa que la mayor parte de los directivos actua­les seria reemplazada por el nuevo tipo de administrador. Sin duda, hay muchos que bajo el sistema actual no pueden utilizar sus capacidades responsivas y que podrán hacerlo una vez que el sistema les dé una oportunidad.



Entre las objeciones a la idea de la participación activa del indi­viduo en la empresa en que trabaja, tal vez la más popular sea la afirmación de que, en vista del incremento de la cibernetización, las horas de trabajo individual serán tan cortas y el tiempo dedi­cado al descanso tan largo que la activación del individuo ya no necesitará tener lugar en su situación de trabajo, sino que será suficientemente realizada en su tiempo de descanso. Esta idea, creo, está basada en un concepto erróneo de la existencia humana y del trabajo. El hombre, aun bajo las condiciones tecnológicas más favorables, tiene que tomar la responsabilidad de producir el alimento, el vestido, la vivienda y demás necesidades materiales. Esto significa que tiene que trabajar. Incluso si la mayor parte del trabajo físico estuviera a cargo de las máquinas, el hombre tendría todavía que participar en el proceso de intercambio entre él mis­mo y la naturaleza. A menos que el hombre fuera un ser incor­póreo o un ángel sin necesidades físicas, el trabajo desaparecería completamente. Pero teniendo necesidad de asimilar la naturaleza, de organizar y de dirigir los procesos de producción material, de distribución, de organización social, y de responder a las catás­trofes naturales, no se puede quedar sentado y dejar que las cosas se resuelvan por sí solas. El trabajo en una sociedad tecnológica puede no ser ya una "maldición", pero el estado paradisíaco en el cual el hombre no tenga que cuidar de sus necesidades mate­riales es una fantasía tecnológica. ¿O será la solución, como Brzezinski66 lo predice, que sólo la élite tendrá el privilegio de trabajar mientras la mayoría estará ocupada con el consumo? En realidad, esa podría ser la solución al problema, pero reduciría a la mayoría al status de esclavos, en el sentido paradójico de que se volverían parásitos irresponsables e inútiles, en tanto que el hombre libre y solo tendría el derecho de vivir una vida plena, que incluye el trabajar. Si el hombre es pasivo en el proceso de producción y or­ganización, también será pasivo en su tiempo de descanso. Si abdi­ca a la responsabilidad y a la participación en el proceso de con­servar la vida, adquirirá el papel de la pasividad en todas las otras esferas de la vida y será dependiente de aquellos que lo cuidan.

Hoy vemos que esto ocurre ya. El hombre tiene más tiempo de descanso que antes, pero la mayoría de la gente muestra en el descanso esta actitud pasiva que le impone el método del burocra­tismo enajenado. El tiempo de descanso es más representativo del espectador o del tipo consumidor; rara vez es una expresión de disposición activa.



Si el hombre fuera exonerado de la tarea de ser responsable por el funcionamiento del sistema productivo y administrativo, se volvería un ser completamente inútil, carente de seguridad en sí mismo y dependiente de la máquina y de sus especialistas; no sólo sería incapaz de utilizar activamente su tiempo de descanso, sino que se enfrentaría a una catástrofe siempre que se amenazara el funcionamiento normal del sistema.

Hay un punto más, y muy importante, que se debe mencionar aquí. Incluso si las máquinas se encargaran de todo el trabajo, de toda la planificación, de todas las decisiones organizativas y hasta de todos los problemas de salud, no podrían hacerse responsa­bles de los problemas que se suscitan entre el hombre y su seme­jante. En esta esfera de las relaciones interpersonales, del juicio humano, de la respuesta, de la responsabilidad y de la decisión, la máquina no puede tomar el lugar de las funciones humanas. Los hay quienes, como Marcuse, piensan que en una sociedad cibernetizada y "no represiva", que está totalmente satisfecha en lo material, no habría más conflictos humanos como los que se ex­presan en el drama griego o shakespeareano o en las grandes nova las. Puedo entender que la gente completamente enajenada pueda ver el futuro de la existencia humana de esta manera, pero me temo que ellos revelan más sobre sus propias limitaciones emocio­nales que sobre las posibilidades futuras. La suposición de que los problemas, los conflictos y las tragedias entre el hombre y su seme­jante desaparecerán cuando no existan necesidades materiales insatisfechas, es un sueño infantil.

La participación activa en los asuntos del país, como un todo, y de los estados y las comunidades, así como en los de las grandes empresas, requeriría la formación de grupos cara a cara, den­tro de los cuales se efectuaría un proceso de intercambio de información, discusión y toma de decisiones. Antes de analizar la estructura de estos grupos, en todos los tipos de empresas centra­lizadas y en toda clase de decisiones, veamos las características que tales grupos cara a cara deben tener.

La primera es que el número de personas participantes se debe restringir de tal modo que la discusión sea directa y no permita que se haga efectiva la influencia retórica o manipuladora de los demagogos. Si las personas se reúnen regularmente y se conocen, empezarán a sentir en quién pueden confiar y en quién no, quién es constructivo y quién no lo es, y en el proceso de su propia participación, se desplegará su propio sentido de responsabilidad y confianza en sí mismas.

En segundo lugar, debe darse a cana grupo información objetiva y pertinente, la cual es la base para que todos tengan una idea aproximadamente clara y precisa de los asuntos básicos.



El problema de la información adecuada presenta muchas difi­cultades que nos obligan a hacer algunas digresiones. ¿No son los asuntos con los que tratamos en la política nacional y extranjera o en la administración de una corporación tan intrincados y es­pecializados que sólo los puede entender el especialista muy experimentado? Si esto fuera así, tendríamos que admitir que el proceso democrático, en el sentido tradicional de la participación del ciu­dadano en la toma de decisiones, ya no es factible; tendríamos que admitir, además, que la función constitucional del Congreso también es anticuada. El senador o el representante, en tanto in­dividuo, ño tiene ciertamente el conocimiento especializado que se supone es necesario. El presidente mismo parece depender del consejo de un grupo de especialistas expertos, ya que se supone también que no entiende problemas de una complejidad tal que están fuera del alcance del ciudadano instruido y bien informado. En resumen, si el supuesto de la insuperable complejidad y difi­cultad de los datos fuera correcta, el proceso democrático sería una forma vacía, viéndose el gobierno dominado por tecnólogos. Esto mismo rezaría para el proceso de la administración. Si los altos directivos no pudieran entender los problemas técnicos extre­madamente complejos sobre los que tienen que decidir, sencillamente tendrían que aceptar las decisiones de sus expertos técnicos.

La idea de que los datos han llegado a ser tan difíciles y complejos que sólo los expertos altamente especializados pueden atacarlos está enormemente influida por el hecho de que en las ciencias naturales se ha alcanzado tal grado de especialización que generalmente sólo unos cuantos científicos son capaces de comprender plenamente el trabajo de un colega de su propio cam­po. Por fortuna, la mayoría de los datos significativos en la toma de decisiones tanto políticas como administrativas no son de tal orden de dificultad o especialización. De hecho, las computadoras reducen bastante las dificultades porque pueden construir dife­rentes modelos y mostrar diferentes resultados de acuerdo con las premisas utilizadas en la programación. Echemos una mirada al ejemplo de la política extranjera estadounidense con respecto al bloque soviético. El juicio depende del propio análisis de los pla­nes e intenciones del bloque soviético, de sus metas y de su flexi­bilidad en la persecución de las mismas, especialmente en cuanto dependan de su deseo de evitar una catástrofe. Por supuesto, lo mismo reza para la política extranjera de los norteamericanos, los chinos, los alemanes, etc., y también sobre los planes e intenciones de la política extranjera estadounidense tal como es o puede ser entendida por el oponente. Opino que los hechos básicos son acce­sibles a cualquiera que se mantenga informado leyendo todas las noticias disponibles. (Es verdad que sólo unos cuantos periódicos, como el New York Times, dan toda la información necesaria, e incluso éstos, a veces, la seleccionan intencionalmente; pero esto se puede remediar y no toca el punto esencial.) Apoyándose en los hechos, el ciudadano informado, serio y critico puede conse­guir la información básica que necesita para formarse una idea de los asuntos fundamentales.

Por lo general, se cree que, puesto que carecemos de acceso a la información secreta, nuestra información es desastrosamente inadecuada. Creo que este punto de vista sobreestima la importan­cia de la información secreta, para no hablar del hecho de que los datos que el servicio de inteligencia ofrece son, a menudo, totalmente erróneos, como en el caso de la invasión a Cuba. La mayor parte de la información que se necesita para comprender las inten­ciones de otros países se puede obtener a través de un análisis cuidadoso y racional de su estructura y de sus antecedentes, siem­pre que el que los analice no esté prejuiciado por sus propias emo­ciones. Algunos de los mejores análisis de la Unión Soviética, de China, de los orígenes de la guerra fría, etc., se pueden encontrar en el trabajo de estudiosos que no tenían información secreta alguna a su disposición. El hecho es que mientras menos se confía en el análisis crítico y penetrante de los datos, tanto más se busca la información secreta, que muchas veces es un pobre sus­tituto del análisis. No estoy negando que el problema exista. El servicio militar de inteligencia que informa al alto mando sobre asuntos como nuevos sitios de cohetes militares, nuevas explosio­nes nucleares, etc., puede ser de importancia; pero si se tiene una idea adecuada de las metas y limitaciones del otro país, dicha información muchas veces, y especialmente su evaluación, es se­cundaria para el análisis general. El objeto de este argumento no es afirmar que la información secreta no tenga importancia, sino, que un cuidadoso análisis crítico de los datos disponibles hace po­sible tener una base para un juicio informado. Debiera añadir que es una cuestión abierta la de si existe una necesidad real de tener tanta información secreta como las burocracias política y militar nos quieren hacer creer. Ante todo, la necesidad del secreto co­rresponde a los deseos de la burocracia, que más bien ayuda a apoyar a una jerarquía de varios niveles que se caracteriza por su acceso a los diversos tipos de clasificación de la seguridad. Esto también aumenta su poder, pues en cada grupo, desde las tribus primitivas hasta las complejas burocracias, la posesión de los se­cretos hace a los dueños de los mismos que aparezcan dotados de una magia especial y, de ahí, que se les considere superiores al hombre promedio. Pero aparte de estas consideraciones se debe poner en tela de juicio si las ventajas de poseer información secreta (cuando ambas partes, de todos modos, tienen conocimiento recíproco de algunos de sus "secretos") valen el efecto social de minar la confianza del ciudadano y de todos los miembros de la legislatura y del poder ejecutivo —con excepción de unos cuantos que tienen acceso a los "secretos de estado"— a fin de cumplir sus papeles en la toma de decisiones. Puede resultar que las venta­jas militares y diplomáticas obtenidas por el secreto sean menores que las pérdidas en nuestro sistema democrático.

Volviendo de esta digresión al problema de la información de grupos cara a cara, debemos plantear: a) cómo se puede transmi­tir la información necesaria que sea relevante a los grupos, y b) cómo puede aumentar nuestra educación la capacidad del estu­diante para pensar críticamente más que hacerlo un consumidor de información. Sería inútil entrar en detalles acerca de cómo se puede transmitir este tipo de información. Habiendo preocupación e interés suficientes, no hay mayores obstáculos para desarrollar los métodos adecuados.

El segundo requisito para el funcionamiento de todo grupo cara a cara es el debate. Mediante el aumento del mutuo conocimiento de los miembros, el debate irá perdiendo el carácter áspero y de frase hecha para convertirse en un diálogo entre seres humanos y no en una disputa. Aun cuando siempre habrá fanáticos y gente más o menos enferma y necia, incapaces de participar en este tipo de discusión, se puede crear una atmósfera que por sí sola elimine la efectividad de tales individuos dentro del grupo. Para que el diálogo sea posible, es esencial que cada miembro del grupo no sólo trate de ser menos defensivo y más abierto, sino que también trate de comprender lo que la otra persona quiere decir más que la forma en que expresa su pensamiento. En todo diálogo fructífero, cada participante debe ayudar al otro a aclarar sus ideas antes que forzarlo a defender formulaciones sobre las que puede tener sus dudas. El diálogo implica siempre una mutua aclaración de quienes lo sostienen y, a menudo, la comprensión del interlocutor más que la de uno mismo.



Finalmente, la información y el debate resultarían estériles e impotentes si el grupo no tuviera el derecho de tomar decisiones y si estas decisiones no se aplicaran al proceso real de ese sector social al que pertenecen sus componentes. Si bien es cierto que para actuar el hombre tiene primero que pensar, también lo es que si no tiene oportunidad de actuar, su pensamiento se apaga y pierde su fuerza.

Es imposible dar un esquema de las decisiones que los grupos cara a cara tienen la obligación de tomar dentro de las empresas. Obviamente, el proceso mismo de la información y el debate ejer­ce una influencia educativa y cambia a las personas que parti­cipan en é1. Por tanto, es seguro que al principio tomen más decisiones equivocadas que después de varios años de práctica. De donde se desprende que el área de la toma de decisiones debe crecer a medida que la gente aprenda a pensar, a discutir y a hacer juicios. En un principio, sus decisiones podrían limitarse al derecho de pedir a los correspondientes burócratas que les expli­quen las decisiones, que les den la información específica deseada, y al derecho de presentar planes, reglamentos y leyes ante la consideración de los organismos que hacen las decisiones. El si­guiente paso sería el derecho de hacer hincapié en la reconsidera­ción de las decisiones por una mayoría calificada. Finalmente, los grupos cara a cara tendrían derecho a votar los principios fundamentales de la acción, mientras que la ejecución detallada de estos principios estaría esencialmente en manos de la administra­ción. La decisión de los grupos cara a cara quedarla dentro del proceso total de la toma de decisiones, complementando el prin­cipio de la planificación central con el principio del control e ini­ciativa de los "sujetos". Los consumidores también estarían repre­sentados en el proceso de la toma de decisiones.

El desarrollo de los sindicatos en las industrias manufactureras significó un paso en esta dirección. Los acontecimientos de las recientes décadas, desgraciadamente, han alejado a estas organiza­ciones de sus amplios propósitos sociales originales. Hoy día pro­porcionan una medida de control del trabajador sobre las condicio­nes internas; sin embargo, su campo de acción con frecuencia no se extiende más allá de los salarios, los horarios y ciertas prácti­cas de trabajo. Además, es muy común que esas organizaciones se desarrollen dentro de los lineamientos de una burocracia deshuma­nizada, por lo que necesitan reorganizarse si han de cumplir con su cometido de dar participación plena a sus miembros.

Daremos algunos ejemplos de los problemas fundamentales que se deben ventilar en los grupos cara a cara. En una fábrica, por ejemplo, los participantes discutirían los problemas básicos acerca de las decisiones que se tienen que tomar: el curso de la produc­ción, los cambios en las técnicas de producción, las condiciones de trabajo, las viviendas para los participantes, la supervisión de los obreros o empleados, etc. Se tendrían que proyectar los varios cursos posibles de la acción y que hacer explícitos los argumentos en favor o en contra de cada una de estas alternativas.

Cada grupo cara a cara debiera llegar a ser parte de las empre­sas, ya sea en los negocios, en la educación o en la salud pública. Dichos grupos participantes actuarían dentro de los distintos de­partamentos de la empresa y se interesarían por los problemas de su departamento en particular. En cuanto a las discusiones que se refieren a la empresa como un todo, se podrían llevar a cabo en todos los grupos y se anotarían todas las decisiones. Insisto, no hay que perder el tiempo en proponer detalles para esta clase de organización, ya que la elaboración de éstos requiere mucha experimentación.

Lo que reza para la participación en toda clase de empresas también reza para la vida política. En el estado nacional moderno, con su tamaño y complejidad, la idea de expresar la voluntad popular ha degenerado en una competencia entre los diversos par­tidos y entre los políticos profesionales, la mayoría de los cuales, en las elecciones, ajustan su programa a lo que las encuestas públicas les dicen acerca de cómo ganar votos y, cuando son ele­gidos, actúan conforme a las distintas presiones que los afectan, de las cuales la voluntad de los votantes es sólo una, pero que, por lo demás, únicamente para unos cuantos va de acuerdo con su conocimiento de los asuntos, con su interés y con su convicción.

El hecho es que existe una sorprendente correlación entre la educación y la opinión política de los votantes. Los menos infor­mados se inclinan más hacia soluciones irracionales y fanáticas, mientras que los más instruidos muestran una tendencia hacia soluciones más racionales y realistas. Dado que, por muchas ra­zones, ni es factible ni deseable restringir el sufragio general en favor de los más instruidos, y dado que la forma democrática



de sociedad es superior a la forma autoritaria, la cual ofrece muy pocas esperanzas de que los filósofos se conviertan en reyes, existe a la larga sólo una oportunidad para el proceso democrático: adaptarlo a las condiciones del siglo XX por un proceso político a través del cual los votantes lleguen a estar informados de los pro­blemas de su sociedad e interesados en ellos, tal como los miem­bros de una Asamblea Popular * lo estarían respecto de los pro­blemas de su ciudad. El desarrollo de las técnicas de comunicación puede llegar a ser muy útil en este proceso.

En resumen, un equivalente de la Asamblea Popular factible en una sociedad tecnológica podría ser el siguiente: formar una especie de Cámara de Diputados, compuesta por muchos miles de grupos del tamaño de una Asamblea Popular, que estaría bien informada y discutiría y tomaría decisiones acerca de los principios de las acciones políticas; sus decisiones formarían un nuevo elemento en los sistemas existentes de equilibrio entre los poderes; la técnica de computación permitiría anotar muy rápidamente las decisiones tomadas por los participantes en estas Asambleas Po­pulares. A medida que la educación política creciera, llegarían a ser más y más parte de la toma de decisiones a un nivel nacional y estatal. Debido a que estas asambleas estarían basadas en la información y la discusión, sus decisiones serían fundamentalmente diferentes de las de un plebiscito o una encuesta pública.



Pero una condición para que haya siquiera la posibilidad de estos cambios es que el poder en Estados Unidos retorne a aque­llos órganos a los que la Constitución ha hecho responsables del ejercicio del poder en diversas áreas. El complejo militar industrial amenaza con hacerse cargo de muchas funciones de las ramas legis­lativa y ejecutiva. El Senado ha perdido una gran parte de su papel constitucional en la modelación de la política exterior (del cual los esfuerzos valerosos e imaginativos del senador J. William Fulbright, Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, han salvado cuanto ha sido posible) ; las fuerzas armadas han influido más que nunca en la delineación de la política. Con­siderando el tamaño de nuestro presupuesto de defensa, no es sorprendente que el Departamento de Defensa (y la Agencia Cen­tral de Inteligencia, que opera sin el control efectivo de otras ramas del sistema gubernamental) tienda a expandirse más y más.

Si bien esto es comprensible, constituye un peligro decisivo para nuestro sistema democrático, peligro que puede evitarse sólo me­diante la firme expresión por parte de los votantes de su intención de reasegurar su voluntad .67



Pasando ahora de los problemas de la política y la economía a los de la cultura, encontramos que debe haber un cambio se­mejante también aquí: transformar la cultura pasiva del consu­midor en una cultura activa, participante. Éste no es el lugar para entrar en detalles, pero la mayoría de los lectores entenderá la diferencia entre, por ejemplo, el arte para espectadores (semejante a los deportes para espectadores) y el arte activo, que se expresa en grupos pequeños de teatro, de danza, de música, de lectura, y en otras formas.

La misma cuestión que existe con respecto al arte de espectador versus el arte activo se aplica al ámbito de la enseñanza. Nuestro sistema educativo, cuya fachada es tan impresionante por el número de estudiantes que van a las universidades, no lo es tal en calidad. Hablando en general, la educación ha degenerado en una especie de herramienta para el avance social o, en el mejor de los casos, en el uso del conocimiento para la aplicación práctica al área del "acopio de alimento" de la vida humana. Hasta nuestra enseñanza en las artes liberales —en tanto que no se hace en el estilo autoritario del sistema francés— es dispensada en una forma enajenada y cerebral. No es extraño, entonces, que las mejores mentes de nuestros universitarios estén literalmente "hartas", porque están llenas pero no estimuladas. Ellos no están satisfechos con el alimento intelectual que obtienen en la mayoría de los casos, aunque afortunadamente no en todos, y en esta circunstancia tien­den a descartar todos los libros,.valores e ideas tradicionales. Es simplemente fútil quejarse de este hecho. Lo que hay que cambiar son las condiciones que lo originan, y este cambio puede ocurrir únicamente si la escisión entre la experiencia emocional y el pen­samiento se reemplaza por una nueva unidad del corazón y el cerebro. Pero esto no se consigue por el método convencional y falto de imaginación de la lectura de cientos de grandes libros. Sólo se podrá lograr cuando los maestros mismos dejen de ser burócratas que ocultan su propia falta de vitalidad detrás del papel de impartidores burocráticos de conocimiento; esto es, cuando lleguen a ser —como Tolstoi dijo brevemente— "los condiscípulos de sus alumnos". Si el estudiante no se percata de la importancia de los problemas de la filosofía, la psicología, la sociología, la historia y la antropología en su propia vida personal y en la vida de su socie­dad, únicamente los menos dotados pondrán atención a sus cursos. El resultado es que la aparente riqueza de nuestro empeño edu­cativo no constituye más que un frente vacío que esconde una profunda falta de .respuesta ante los mejores logros culturales de nuestra historia civilizada. Las exigencias de los estudiantes de todo el mundo por una mayor participación en la administración de las universidades y en la formulación de los planes de estudio son únicamente los síntomas más superficiales de la exigencia de una clase diferente de educación. Si la burocracia educativa no entiende este mensaje, perderá el respeto que recibe de los estudiantes y, por fin, el del resto de la población. Por otra parte, si se vuelve "vulnerable", abierta y responsiva a los intereses de los estudiantes, sentirá la satisfacción y la alegría que acompaña a la actividad significativa como recompensa.68 Este humanismo de la educación no sólo se refiere, por supuesto, a la educación supe­rior, sino que comienza con el Jardín dé Niños y la Escuela Primaria. Que este método se puede aplicar incluso en la alfabetización de los campesinos pobres y de los habitantes de los barrios bajos ha sido demostrado por los métodos muy exitosos de alfabe­tización diseñados y aplicados en Brasil por el profesor P. Freire y ahora en Chile.

Al concluir esta discusión sobre la acción participatoria de los grupos cara a cara, insto al lector a no quedarse en la considera­ción de los méritos de las propuestas detalladas que he hecho. Se formularon únicamente como ilustraciones del principio de la idea de la participación y no porque piense que cualquiera de las sugerencias propuestas en sí ofrezca la mejor solución. Escribir en detalle sobre las varias posibilidades para formar grupos participatorios requeriría al menos otro libro, que sería solamente uno entre los muchos que pueden ser escritos por otros sobre el tema.

El proponer métodos de activación mediante la participación está dirigido a revitalizar el proceso democrático. Y se basa en la convicción de que la democracia norteamericana se debe forta­lecer y revitalizar o se marchitará. No puede permanecer estática.

4) El consumo humanizado
El objetivo de la activación del hombre en la sociedad tecno­lógica requiere otro paso tan importante y tan difícil como el reemplazar la estructura burocrática enajenada por el método de la administración humanista. Una vez más quiero pedir al lector que tome las siguientes propuestas sólo como ilustraciones de po­sibilidades deseables, no como objetivos y métodos definitivos.

Hasta el momento, nuestro sistema industrial ha seguido el prin­cipio de que se acepte indiscriminadamente todo lo que el hombre quiera o desee, y, de ser posible, que la sociedad satisfaga todos estos deseos. Hacemos algunas excepciones a este principio: por ejemplo, ciertas leyes restringen o incluso prohíben el uso del licor, sin tomar en cuenta el deseo de la persona de beber cuanto quie­ra; aún más estrictas son aquellas que están en contra de la inges­tión de drogas, en donde incluso la posesión de drogas como la marihuana (cuyo grado de nocividad todavía está en discusión) se castiga severamente; también restringimos la venta y la exhibi­ción de la llamada pornografía. Es más, nuestras leyes prohíben la venta de alimentos dañinos amparadas por el Acta de Alimen­tos y Drogas. En estas áreas hay un consenso general, cristalizado en las leyes estatales v federales, de que hay deseos que son nocivos al hombre y que no deben ser satisfechos a pesar de que la persona anhele la satisfacción de esos deseos. Ya el poder argüir que la llamada pornografía no constituye una amenaza real y que, además, la lascivia escondida de nuestros anuncios es por lo menos tan efectiva para despertar la codicia sexual como la pornografía abierta, reconoce el principio de que hay límites a la libertad de satisfacer los deseos subjetivos. Sin embargo, estas restricciones se basan esencialmente en sólo dos factores: el daño corporal y los vestigios de la moralidad puritana. Ya es tiempo de que empece­mos a estudiar el problema total de las necesidades subjetivas y el de si su existencia es una razón suficientemente válida para satisfacerlas; a poner en duda y a examinar el principio generalmente aceptado de la satisfacción de todas las necesidades (siem­pre que no preguntemos por sus orígenes o por sus efectos)

Al tratar de encontrar soluciones adecuadas, nos encontramos con dos obstáculos poderosos. Primero, los intereses de la indus­tria, cuya imaginación encienden demasiados hombres enajenados que no pueden pensar en productos que ayudarían a hacer al ser humano más activo en vez de más pasivo. A más de esto, la in­dustria sabe que a través de la publicidad se pueden crear nece­sidades y anhelos que se calculan por adelantado, de manera que haya poco riesgo de perder dinero si se sigue el método seguro de crear necesidades y de vender los productos que las satisfagan.

La otra dificultad reside en un cierto concepto de la libertad que está obteniendo una importancia cada vez mayor. La libertad de más relieve en el siglo XIX era la libertad de usar la propiedad y de invertir en ella en tal forma que permitiera beneficios. Puesto que los administradores de las empresas eran al mismo tiempo los dueños, sus propias motivaciones adquisitivas los hacían apoyar esta libertad del uso y de la inversión del capital. A mediados del siglo XX, la mayoría de los estadounidenses no poseen gran cosa, aun cuando hay un número relativamente grande de gente que amasa grandes fortunas. El norteamericano medio es un empleado y se le satisface relativamente con pequeños ahorros en efec­tivo, en acciones, en bonos o en seguros de vida. Para él, la libertad de inversión del capital es un asunto relativamente menor; e incluso para la mayoría de la gente que puede comprar acciones, esa libertad es una forma azarosa de juego en la que son aconsejados por informadores de inversiones o simplemente confían en los fondos de inversiones mutuas. Pero el sentimiento real de libertad reside hoy en otra esfera, la del consumo. En esta esfera todos, excepto aquellos que viven una existencia por abajo del promedio, experimentan la libertad del consumidor.



He aquí, entonces, a un individuo que es impotente para tener cualquier influencia —más allá de la marginal— en los asuntos del Estado o de la empresa en que está empleado. Este individuó tiene un jefe, y éste tiene su jefe, y el jefe de su jefe tiene otro jefe, y sólo quedan unos cuantos individuos que no tienen jefe y que no obedecen al programa de la máquina administrativa de la cual son parte. Pero, ¿qué poder tiene como consumidor? Exis­ten docenas de marcas de cigarrillos, de pastas dentífricas, de jabones, de desodorantes, de radios, de televisores, de programas de cine y de televisión, etc., etc. Y todas estas cosas buscan su preferencia. Están ahí "para su placer". El es libre de preferir una en vez de la otra, olvidando que no hay diferencias esenciales. Aunque esta libertad de otorgar su preferencia a su producto fa­vorito le produce una sensación de potencia. El hombre que es impotente desde una perspectiva humana se vuelve potente, pero como comprador y consumidor. ¿Puede hacerse algún intento de restringir esta sensación de potencia limitando la libertad de elec­ción en el consumo? Parece razonable suponer que es posible hacerlo bajo una sola condición: que el clima entero de la sociedad cambie y le permita al hombre ser genuinamente activo y estar genuinamente interesado en sus asuntos individuales y sociales y, por consiguiente, menos necesitado de esa falsa libertad de ser el rey del supermercado.69

El intento de poner en duda el patrón del consumo ilimitado tropieza con otra dificultad. El consumo compulsivo compensa la angustia. Como antes lo indiqué, la necesidad de este tipo de consumo emana de la sensación de vaciedad interna, de desesperanza, de confusión y de tensión. "Ingiriendo" los artículos de consumo, el individuo se reasegura de que es él, por decirlo así. Una buena parte de la angustia se volvería manifiesta si el consumo se redu­jera. La resistencia contra el posible despertar de la angustia se traduce en una falta de disposición para reducir el consumo.

El ejemplo más notable de este mecanismo se encuentra en la actitud pública hacia el consumo de cigarrillos. A pesar de los peligros bien conocidos para la salud, la gran mayoría continúa consumiendo cigarrillos. ¿Será que prefieren arriesgarse a una muerte más temprana que privarse del placer? Un análisis de la actitud de los fumadores muestra que esto es en gran medida una racionalización. El consumo de cigarrillos desahoga la tensión y la angustia ocultas, y la gente prefiere arriesgar su salud que enfrentarse con su ansiedad. Sin embargo, cuando el proceso cua­litativo del vivir llegue a ser más importante de lo que es ahora, muchos individuos dejarán de fumar o de consumir en exceso, no por su salud física, sino porque solamente cuando encaran sus angustias pueden encontrar modos de vivir más productivos. (De paso diremos que la mayoría de los apremios de placer, incluyendo el sexo, si son compulsivos, no son causados por el deseo de placer, sino por el deseo de evitar la angustia.)



Si el problema de los límites del consumo es tan difícil de eva­luar, se debe a que, incluso en la sociedad opulenta de Estados Unidos, no todas las necesidades legítimas están colmadas. Esto es verdad al menos para un 40 por ciento de la población. ¿Cómo podemos siquiera pensar en reducir el consumo cuando su nivel óptimo no ha sido alcanzado? La respuesta a esta pregunta debe guiarse por dos consideraciones: primera, que en el sector opulento ya se ha alcanzado el punto del consumo perjudicial; segunda, que el objetivo del consumo siempre en ascenso crea, aun antes de alcanzar el nivel óptimo de consumo, una actitud de avidez, en la cual se anhela no solamente colmar las necesidades legítimas, sino que se sueña con aumentar infinitamente los deseos y satisfacciones particulares. En otras palabras, la idea del alza ilimitada de la curva de producción y de consumo contribuye grandemente al desarrollo de la pasividad y la avidez del individuo, aun antes de que se alcance la cúspide del consumo.

A pesar de estas consideraciones, creo que la transformación de nuestra sociedad en otra que esté al servicio de la vida debe cambiar el consumo y, por tanto, cambiar indirectamente el patrón de producción de la actual sociedad industrial. Tal cambio obviamente vendría no como un resultado de disposiciones burocráti­cas, sino de las investigaciones, la información, la discusión y las decisiones realizadas por la población (educada para percatarse del problema de la diferencia entre las necesidades que fomentan la vida y aquellas que la obstruyen) . El primer paso en esta direc­ción sería efectuar estudios que, según lo que sé, nunca se han realizado seriamente, estudios que tratarían de distinguir estas dos clases de necesidades. Un grupo de psicólogos, sociólogos, econo­mistas y representantes del público consumidor podrían llevar a cabo un estudio de las necesidades "humanas", esto es, las que procuran el crecimiento y la alegría del hombre, al igual que de aquellas necesidades artificiales sugeridas por la industria y su pro­paganda con el fin de lograr dividendos para sus inversionis­tas. Como en muchos otros problemas, la cuestión no es tanto la dificultad de determinar la diferencia entre estos dos tipos de ne­cesidades y de ciertos tipos intermedios, sino más bien el planteo de una cuestión extremadamente importante que puede salir a relucir solamente si los científicos sociales comienzan a interesarse en el hombre en vez de hacerlo en el pretendido funcionamiento correcto de nuestra sociedad o en su papel de apologistas de ella.

Se puede introducir una consideración general en este punto respecto del concepto de la felicidad. El término "felicidad" tiene una larga 'historia, aunque éste no es el lugar para ventilar el significado del concepto desde su derivación del hedonismo griego hasta su uso contemporáneo. Baste decir que lo que la mayoría de la gente experimenta como felicidad hoy día es, en reali­dad, un estado de completa satisfacción de sus deseos, sin tomar en cuenta su calidad. Y al concebírsela en este sentido pierde las características importantes que la filosofía griega le dio, a saber, que la felicidad no es un estado de satisfacción de necesidades puramente subjetivas sino de aquellas necesidades que tienen una validez objetiva en función de la existencia total del hombre y de sus potencialidades. Hartamos mucho mejor en pensar en la ale­gría y en la intensa vivacidad que en la felicidad. La persona sen­sible, no sólo en una sociedad irracional sino también en la mejor de todas las sociedades, no puede eludir sentirse profundamente entristecida por las tragedias inevitables de la vida. Tanto la ale­gría como la tristeza son experiencias ineludibles para el individuo sensible y vivaz. La felicidad en su sentido actual comúnmente implica un estado agradable y superficial de saciedad antes que una condición concomitante de la plenitud de la experiencia hu­mana. Puede decirse que la "felicidad" es una forma enajenada de la alegría.

¿Cómo puede ocurrir semejante cambio en el patrón de consumo y de producción? Para empezar, es factible que muchos individuos hagan la experiencia de cambiar el patrón de consumo. Hasta cierto punto, esto ya ha sido realizado en pequeños grupos. Lo decisivo aquí no es el ascetismo o la pobreza, sino el consumo que afirme la vida frente a aquel que la niega. Esta distinción se puede hacer únicamente teniendo bien presente lo que es la vida, lo que es la disposición activa, lo que es estimulante, y lo que es lo opuesto. Un vestido, un objeto de arte, una casa pueden estar en una o en otra categoría. El vestido que sigue los linea­mientos de la moda lanzada por los intereses económicos de los fabricantes y sus funcionarios de relaciones públicas es del todo diferente a aquel que es hermoso o atractivo a la vez que el re­sultado de la elección y el gusto personales. Los fabricantes bien podrían vender sus productos a las damas que prefieren consumir los diseños que les gustan y no los que les imponen. Lo mismo sucedería con los objetos de arte y con toda clase de goce estético. Si las obras de arte perdieran su función de símbolos de rango o de inversiones de capital, el sentido de la belleza tendría oportuni­dad de ver un nuevo desarrollo. Lo innecesario o la promoción mercantilista estarían fuera de lugar. El automóvil privado, si llegara a ser un vehículo útil de transportación y no un símbolo de rango, cambiaría de significado. Ciertamente no habría razón para comprarse uno nuevo cada dos años, y la industria se vería forzada a hacer varios cambios drásticos en la producción. Para ponerlo en su expresión más simple: hasta ahora, el consumidor ha permitido e incluso ha invitado a la industria a lavarle el cere­bro o a controlarlo. El consumidor tiene la oportunidad de llegarse a percatar de su poder sobre la industria dándole vueltas y obligándola a producir lo que él quiere o a sufrir pérdidas con­siderables por los productos que él rechace. La revolución del consumidor en contra del dominio de la industria está todavía por venir. Es perfectamente posible y sus consecuencias son de largo alcance, a menos que la industria tome el control del Estado e imponga su derecho a manipular al consumidor.

Una medida posterior serían las restricciones legales a los mé­todos presentes de la publicidad. Este punto casi no necesita una explicación: se refiere a toda esa publicidad semihipnótica e irra­cional que se ha desarrollado en las últimas décadas. Ello se podría llevar a cabo por una simple ley, como aquella que dispu­so que los fabricantes de cigarrillos colocaran un aviso de peli­gro para la salud sobre las cajetillas,70 o bien como los anuncios fraudulentos o engañosos dentro del comercio interestatal, espe­cialmente los anuncios falsos respecto del alimento, las medicinas y los cosméticos, son prohibidos por los estatutos federales.71 Que tal ley logre ser promulgada contra las fuerzas combinadas

de la industria publicitaria, la prensa, la radio, la televisión y, sobre todo, contra esa parte de la industria para la cual la publi­cidad hipnótica es un aspecto importante de su planificación y su producción, depende de ciertos cambios en nuestro proceso democrático, principalmente de si los ciudadanos tienen oportu­nidad de informarse, y de debatir y discutir este problema, y de si, el poder de éstos es superior al de las camarillas y aquellos miembros del Congreso influidos por estas camarillas.

¿No sería bueno darle una nueva dirección a la producción en sí? Suponiendo que los mejores expertos y una opinión pública iluminada llegaran a la conclusión de que la producción de ciertos artículos es preferible a la de otros en bien de la población como un todo, ¿podría la libertad de la empresa para producir aquello que le acarrea más provecho o que requiere menos visión, experimentación y osadía ser restringida dentro del marco de nuestra Constitución? Legalmente, esto no es hoy un gran pro­blema. Mientras que en el siglo XIX tal cambio hubiera requerido la nacionalización de la industria, en la actualidad se puede lo­grar mediante leyes que no necesitan alterar nuestra Constitución. La producción de cosas "útiles" podría ser postergada y la pro­ducción de cosas inútiles e insalubres desalentada mediante leyes de impuestos que favorezcan a aquellas industrias que estén de acuerdo en ajustar su producción al patrón de una sociedad sana en vez de seguir el que busca el "lucro a todo trance". El go­bierno podría influir en la producción adecuada por medio de préstamos o, en ciertos casos, mediante empresas descentralizadas que abrieran el camino a la iniciativa privada, una vez que se probara la factibilidad de la inversión provechosa.

Aparte de esto, en lo que han insistido gran número de escri­tores —en particular John Kenneth Galbraith— es en la impor­tancia de la inversión creciente en el sector público en relación a la inversión en el sector privado. Todas las inversiones en el sector público, como el transporte, la vivienda, las escuelas, par­ques, teatros, etc., tienen un doble mérito: el de satisfacer las necesidades adaptadas a la vivacidad y el crecimiento del hombre y el de desarrollar un sentido de solidaridad y no de avaricia y envidia y, por tanto, de competencia con los demás.

Estas observaciones sobre el consumo nos conducen a un últi­mo punto que desearía señalar aquí: la conexión entre el ingreso y el trabajo. Nuestra sociedad, como muchas otras del pasado, ha aceptado el principio "el que no trabaja, no come". (El comu­nismo ruso ha elevado este viejo principio a un precepto "socialista" parafraseándolo de una manera un tanto diferente.) El problema no es que las personas cumplan su responsabilidad social contribuyendo al bienestar común. En efecto, en aquellas culturas que han aceptado explícita o implícitamente esta norma, el rico, que no tiene que trabajar, está excluido de este princi­pio, y su definición de un caballero es "un hombre que no tiene que trabajar con el fin de ganarse la vida". El problema es que todo ser humano tiene el derecho inalienable de vivir, indepen­dientemente de que realice o no un deber social. El trabajo y todas las demás obligaciones sociales deben ser lo bastante atrac­tivas como para incitar al hombre a que acepte su parte de res­ponsabilidad social, pero no se le debe obligar a hacerlo bajo la amenaza de dejársele morir de hambre. Si este último principio se aplicase, la sociedad no necesitaría revestir al trabajo de atrac­tivos ni ajustar su sistema a las necesidades humanas. Es verdad que en muchas sociedades del pasado, la desproporción entre el tamaño de la población y las técnicas de producción de que dis­ponían no permitió que se renunciara al principio de lo que es, de hecho, el trabajo forzado.

En la sociedad industrial opulenta no hay tal problema y, sin embargo, aun los miembros de las clases media y alta se ven for­zados a seguir las normas establecidas por el sistema industrial por el temor de perder sus empleos. Nuestro sistema industrial no les confiere toda la libertad que podría darles. Si ellos pierden su trabajo debido a que les falta el "espíritu adecuado" —lo que significa que son demasiado independientes, que expresan opinio­nes impopulares, que se casan con la mujer "equivocada"— ten­drán gran dificultad en encontrar otro trabajo de igual rango, y conseguir un empleo de rango inferior implica que ellos y sus familias sienten que su personalidad ha sido degradada. Pierden, así, los nuevos "amigos" que habían ganado en el proceso del ascenso; temen al escarnio de sus esposas y a la pérdida del respeto de sus hijos.

El objetivo que quiero alcanzar es que se sostenga el principio de que una persona tiene el derecho inalienable de vivir, derecho que no conlleva condiciones y que implica el derecho de recibir las comodidades básicas necesarias para la vida, el derecho de educación y de atención médica. Ella tiene derecho de ser tratada tan bien al menos como el dueño de un animal doméstico trata a éste, el cual no necesita "probar" nada a fin de que lo alimenten. Suponiendo que se admitiera este principio, si un hombre, una mujer o un adolescente pudieran estar seguros de que nada de lo que hagan pondrá en peligro su existencia material, el imperio de la libertad humana se enriquecería inmensamente. La acepta­ción de este principio también permitiría al individuo cambiar de ocupación o profesión usando uno o más años en prepararse para una nueva y, en cuanto a él, más adecuada actividad. Sucede que la mayoría de las personas toman decisiones acerca de su carrera a una edad en la que no tienen suficiente experiencia ni juicio para saber cuál es la actividad más de acuerdo con ellas. Tal vez a mediados de los treinta años abran los ojos al hecho de que es demasiado tarde para comenzar la actividad que ahora saben que hubiera sido la elección acertada. Por otra parte, a ninguna mujer se la obligaría a permanecer infelizmente casada por no haber tenido lo necesario para prepararse para un empleo con el cual hubiera podido ganarse el sustento. Tampoco se obli­garía a ningún empleado a aceptar condiciones que sean degra­dantes o desagradables para él si supiera que no se moriría de hambre durante todo el tiempo en que buscara un trabajo más de su gusto. Este problema de ningún modo se resuelve mediante el desempleo o el subsidio público. Como muchos lo han reco­nocido, los métodos burocráticos usados aquí son a tal grado hu­millantes que mucha gente teme estar dentro del sector de pobla­ción de ayuda pública, y este temor es suficiente para privarlos de la libertad de no aceptar ciertas condiciones de trabajo.

¿Cómo se podría llegar a realizar este principio? Varios econo­mistas han sugerido como solución un "ingreso anual garantizado" (a veces llamado "impuesto negativo al ingreso").72 El ingreso anual garantizado tendría que estar definitivamente por debajo del más bajo ingreso de trabajo con el fin de no despertar resen­timiento y enojo en aquellos que trabajan. Sin embargo, el ingreso mínimo actual resulta demasiado bajo para satisfacer las legítimas pretensiones de llevar una digna existencia de hombre. El ingreso tope para los desempleados, los ancianos y los enfermos tendría que elevarse para no hacer degradante el ingreso garantizado. E, igualmente, si de lo que se trata es de garantizar una base ma­terial modesta pero adecuada, el nivel presente de salarios tendría que mejorarse considerablemente. Es factible determinar un nivel mínimo de vida que sea tan alto como el nivel mínimo actual para contar con una base material modesta y adecuada. Todo aquel, sin embargo, que se sintiere atraído por un género de vida más rega­lado estaría en libertad de alcanzar un nivel de consumo más alto.

El ingreso anual garantizado podría también servir, como algu­nos economistas han observado, como un importante principio regulador de la economía. "Lo que necesitamos —escribe C. E. Ayres— es un dispositivo que pueda ser instituido permanentemente como un principio común de nuestra economía industrial, por medio del cual la demanda se puede mantener al parejo con una oferta en constante crecimiento. La garantía de un ingreso básico a todos los miembros de la comunidad, independiente de los emolumentos de trabajo, como la actual garantía de los pagos del seguro social para todas las personas mayores de 72 años, pro­porcionaría ese flujo de la demanda efectiva que la economía requiere cada vez más desesperadamente."73

Meno Lovenstein dice en un artículo sobre el ingreso garanti­zado y la economía tradicional: "Un economista, incluso el tra­dicionalista, debiera ser capaz, más que ninguna otra persona, de examinar su análisis de los mecanismos de elección y de ver cuán limitado, aunque esencial, es un instrumento. Como a muchas de las propuestas para erigir un nuevo pensamiento, al concepto del ingreso garantizado debiera dársele la bienvenida como un desafío a la teoría antes de que se convierta en un programa para la acción."74

La proposición del Ingreso Anual Garantizado tiene que habér­selas con la objeción de que el hombre es perezoso y no querría trabajar si se aboliera el principio de "trabajar o morir". De hecho, esta suposición está equivocada. Una evidencia abrumadora muestra que el hombre tiende de modo intrínseco a ser ac­tivo, y que la pereza es un síntoma patológico. Bajo el sistema de "trabajo forzado", donde se pone poca atención a lo atractivo del trabajo, el hombre busca escapar de él aunque sea por corto tiempo. Si todo el sistema social se cambiara de tal manera que la coacción y la amenaza se eliminaran de la obligación de trabajar, sólo una minoría de gente enferma preferiría no hacer nada. Es muy posible que una cierta minoría escogiera hacer lo que sería el equivalente de una vida monástica, dedicándose completamente a su desarrollo interno, a la contemplación o al estudio. Si la Edad Media podía darse el lujo de tolerar la vida monástica, ciertamente nuestra opulenta sociedad tecnológica es mucho más capaz de dárselo. Sin embargo, el principio entero se echaría por la borda tan pronto como se introdujeran métodos burocráticos que necesitaran que la gente tuviera que probar que hizo un "buen uso" de su tiempo.

Hay una variante específica del principio del ingreso garanti­zado, la cual, aunque es probable que no se acepte en la actuali­dad, constituye un principio importante. Me refiero al principio de que los requisitos mínimos para una vida digna no se obtengan con base en el dinero en efectivo sino como productos y servicios libres que no requieran pago. Hemos aceptado este principio para la educación primaria, y tampoco se necesita pagar por el aire que se respira. Podría comenzarse por extender este principio a toda la educación superior, que se volvería completamente gratuita fijando un estipendio para cada estudiante, y con lo cual éste go­zaría del acceso gratuito a la educación. También podemos exten­derlo en otra dirección, a saber, la obtención gratuita de necesidades básicas, comenzando, tal vez, por el alimento y el transporte gratuitos. Finalmente se podría extender a todas las necesidades que constituyen la base mínima material para una vida digna. No es necesario añadir que esta visión es utópica en lo que respecta a su realización en un futuro próximo. Pero es una idea racional, psicológica y económicamente, que lograría un estado mucho más avanzado de la sociedad.

El recomendar a muchos de los norteamericanos ricos que co­miencen a desligarse del proceso sin límite y cada vez más insen­sato del consumo en ascenso, requiere al menos un breve comen­tario acerca de las implicaciones estrictamente económicas de tal sugerencia. La pregunta es sencillamente esta: ¿Es técnica y eco­nómicamente posible que la economía permanezca fuerte y estable en la ausencia de niveles de consumo cada vez más altos?

Resulta aquí que la sociedad estadounidense no es tan rica, al menos para el 40% de la población, y un gran sector del 60% restante no sobreconsume. De aquí que la cuestión, en este mo­mento, no sea restringir el crecimiento del nivel de producción, sino guiar el consumo. Con todo, se debe plantear la cuestión de si, una vez que se alcance el nivel de consumo legítimo para toda la población, cualquiera que sea éste (incluyendo la producción que ayuda a las naciones pobres) , y considerando el incremento de la producción correspondiente al incremento de la población, hay un punto en el que la producción llegaría a ser estacio­naria; o si debemos, por razones económicas, tener por meta el incremento sin límite de la producción, que también significa in­crementar el consumo.

Es preciso que los economistas y los planificadores comiencen a estudiar el problema, aun cuando por el momento no parezca tan urgente desde un punto de vista práctico. Mientras nuestra planifi­cación esté orientada hacia un incremento sin límite de la produc­ción, nuestro pensamiento y nuestras prácticas económicas estarán influidos por esta meta. Ya esto es importante en las decisiones sobre la tasa de crecimiento de la producción anual. El objetivo de la tasa de máximo crecimiento económico se acepta como un dogma, debido sin duda a la urgencia de las necesidades reales v también al principio cuasi religioso del aumento ilimitado de la producción como la meta de la vida que llamamos "progreso", la versión industrial del cielo.

Es interesante notar que en los antiguos escritos de economistas políticos del siglo xix se vio con claridad que el proceso econó­mico de una producción cada vez mayor era un medio para obte­ner un fin y no un fin en sí mismo. Una vez que se hubiera alcan­zado un patrón justo de vida material, se confiaba en que las energías productivas tomarían de nuevo el camino del verdadero desarrollo humano de la sociedad. La meta de producir más y más cosas materiales como el fin último y total de la vida no les fue extraño. John Stuart Mill escribió:

La soledad, en el sentido de estar con frecuencia a solas, es esencial para toda profundización de la meditación o del carácter; y la soledad, en presencia de la belleza y la gran­diosidad naturales, es la cuna de pensamientos y de aspira­ciones que no sólo son buenos para el individuo, sino que la sociedad enfermaría sin ellos. Ni produce tampoco mucha sa­tisfacción contemplar un mundo que no deja nada a la acti­vidad espontánea de la naturaleza; que ha puesto en cultivo cada porción de terreno susceptible de dar alimentos para seres humanos; que ha arado cada erial florido o prado na­tural, exterminado a todo cuadrúpedo o pájaro no domesti­cado para uso del hombre como rivales que disputan el ali­mento, y arrancado de raíz cada seto o árbol superfluo, y en el que apenas queda un sitio donde pueda crecer un arbusto silvestre o una flor sin que se les destruya como una mala hierba en nombre del adelanto agrícola. Si la tierra ha de perder toda esa gran parte de su amenidad que debe a cosas que el crecimiento ilimitado de la riqueza y de la población extirparían de su superficie con la mera finalidad de permi­tirle sostener una población más numerosa, pero no mejor ni más feliz, confío sinceramente en que, para el bien de la pos­teridad, !a humanidad se contentará con permanecer estacio­naria, mucho antes que la necesidad la obligue a ello.



Casi no será necesario advertir que una condición estacio­naria del capital y de la población no implica un estado estacionario del adelanto humano. Sería más amplio que nunca el campo para todo tipo de cultura del entendimiento y para el progreso moral y social; habría las mismas posibili­dades de perfeccionar el Arte de Vivir, y muchas más proba­bilidades de hacerlo, cuando los espíritus dejen de estar absorbidos por el arte de ponerse a la delantera.75
Al discutir el consumo que hace "poco o nada para volver la vida más noble o, verdaderamente, más feliz", Alfred Marshall afirma: "Y aunque es verdad que el acortar las horas de trabajo reduciría en muchos casos el dividendo nacional y los salarios ba­jos, sin embargo, probablemente estaría bien que la mayor parte de la gente trabajara bastante menos siempre que la consecuen­te pérdida de ingreso material pudiera afrontarse exclusivamente abandonando todos los niveles sociales los métodos menos valio­sos de consumo y siempre que los individuos pudieran aprender a usar su tiempo de descanso."76

Es fácil descalificar a estos autores tachándolos de anticuados, románticos, y demás. Pero el pensamiento y la planificación del hombre enajenado no son mejores sólo porque sean muy recien­tes o estén más dentro de los lineamientos de los principios de programación de nuestra tecnología. Justamente debido a que hoy tenemos condiciones mucho mejores para la planificación, pode­mos ponerle mayor atención a las ideas y valores que ridiculizamos desde el punto de vista del espíritu de la primera mitad de esta centuria.

La cuestión teórica a plantear es entonces: ¿Es posible tener un sistema económico relativamente estacionario bajo las condiciones de los métodos tecnológicos modernos? Y si es así, ¿cuáles son las condiciones y las consecuencias?



Únicamente deseo hacer algunas observaciones generales. Si, por ejemplo, hoy recortáramos el consumo deshumanizador innecesa­rio, ello significaría menos producción, menos empleo, y un menor ingreso y una ganancia menor en ciertos sectores de la economía. Evidentemente, si esto se hiciera a la fuerza, sin planificación, etc., causaría penalidades extremas a la economía como un todo y a los grupos específicos de personas. Lo que se requeriría es un proceso planeado de extensión de las horas de descanso en todas las áreas de trabajo, de reentrenamiento de la gente y de redespliegue de algunos recursos materiales. Se necesitaría tiempo y, por supues­to, la planificación tendría que ser social en lugar de privada, ya que ninguna industria podría organizar y cumplimentar un plan que afectara a vastos sectores de la economía. Dada la pla­nificación apropiada, la reducción del ingreso y la ganancia totales no parecería ser un problema insuperable, puesto que la necesidad del ingreso se reduciría con la baja del consumo.

A medida que nuestro potencial productivo ha ido aumentando, hemos sido enfrentados a elegir entre tener mucho menos trabajo con un constante nivel de producción y de consumo, o tener una producción y un consumo mucho más altos con un nivel firme de trabajo. Algo a regañadientes, hemos elegido una mezcla de ambas cosas. Se ha aumentado la producción y el consumo y al mismo tiempo se han reducido las horas de trabajo y se ha abolido, en gran parte, el trabajo de menores de edad. Esta elección no fue dictada por la necesidad técnica, sino que fue el resultado de la modificación de actitudes sociales y de la lucha política.

Cualquiera que sea el mérito de estas sugerencias, resultan de poca importancia en comparación con lo que puedan los econo­mistas responder ante la pregunta sobre la posibilidad de una sociedad tecnológica estacionaria.

El hecho importante es que los especialistas se planteen este problema, y sólo lo harán si ven la trascendencia de la pregunta. No debemos olvidar que la principal dificultad puede residir no en los aspectos económicos y técnicos del problema sino en sus aspectos políticos y psicológicos. Los hábitos y las maneras de pensar no se doblegan fácilmente, y puesto que muchos intereses de grupos poderosos sostienen una verdadera contienda en mante­ner y acelerar el tráfago del consumo, la lucha para cambiar el patrón será dura y larga. Como se ha dicho muchas veces, el punto más sobresaliente en este tiempo es el de que fijemos un comienzo.

Una observación final sobre este asunto es la de que no estamos solos en nuestra fijación del consumo material; otras naciones occidentales, la Unión Soviética y las naciones europeas del Este también parecen estar atrapadas en la misma trampa destructiva. Basta con recordar la jactancia rusa de que enterrarán a Estados Unidos con sus lavadoras, y refrigeradores, etc. El verdadero reto no es comprometerlos en la carrera equivocada, sino, trascen­diendo esta etapa del desarrollo social, desafiarlos a construir una sociedad genuinamente humana, que no será definida ni medida por el número de automóviles o de aparatos de televisión.

En tanto que esta cuestión de alcanzar un nivel de producción estacionario es en este momento esencialmente teórica, hay una muy práctica que podría presentarse si los consumidores se propusieran reducir el consumo para satisfacer sus auténticas nece­sidades de seres humanos. Si esto sucediera, la tasa actual de crecimiento económico se podría conservar encauzando y transfi­riendo la producción de cierto consumo privado "innecesario" hacia formas más humanas de consumo social.

Aquí las necesidades son claras y han sido anotadas por varios analistas y escritores contemporáneos. Una lista parcial de activi­dades incluiría: una reconstrucción de mucho del espacio vital de la nación (millones de nuevas viviendas), una vasta expansión y mejoramiento de la educación y de la salud públicas, el desarrollo de sistemas urbanos e intercitadinos de transportación pública, decenas de millares de pequeños y grandes proyectos recreativos en las comunidades norteamericanas (parques, campos de juego, albercas, etc.) , un amplio inicio del desarrollo de la vida cultural, llevando el drama, la música, la danza, la pintura, la filmación de películas, etc., a cientos de millares de comunidades y a millones de vidas que por lo común no tienen experiencia real de esta di­mensión de la existencia humana.

Todos estos esfuerzos involucran producción física y el desarro­llo de extensos recursos humanos. Tales proyectos tienen la virtud inmediata de atacar los problemas específicos de las minorías pobres, al mismo tiempo que comprometer la imaginación y las energías de los que no son pobres. Y asimismo suavizan, de no eliminarlos completamente, los problemas creados por el recorte del consumo. Se requeriría, por supuesto, una planificación nacio­nal económica y social si los programas de este alcance fueran a llevarse a cabo, ya que involucrarían cambios sustanciales en el uso de los recursos humanos y materiales. Resultado principal de .tales esfuerzos sería mostrar que en verdad estábamos moviéndonos hacia una comunidad genuinamente humana. Y se daría otro gran paso hacia la creación de una sociedad viva y comprometida, si garantizáramos que, en cada aspecto de tales programas, la gente y las comunidades comprendidas se harían responsables del desarrollo y cumplimentación del proyecto. A nivel nacional, resul­ta necesaria una legislación competente a más del financiamiento adecuado, pero dado este mínimo de importancia absoluta, el prin­cipio primario sería la participación pública y la diversidad de proyectos máximos.

En tal cambio del sector privado de consumo al público, el gasto privado se reduciría a medida que entradas mayores se des­viasen hacia impuestos más altos, y habría un cambio medible del consumo privado deshumanizante a nuevas formas de consumo público que comprometerían a la gente en actividades creativas de la comunidad. No es necesario decir que tal cambio requeriría una planificación cuidadosa para evitar vuelcos severos en el sistema económico; en este respecto, encaramos el mismo proble­ma al transformar la producción de armamentos en una produc­ción de tiempos de paz.



5) La renovación psicoespiritual
Hemos argüido a través de todo el libro que el sistema Hombre no funciona adecuadamente si sólo se satisfacen sus necesidades materiales, garantizando así su supervivencia fisiológica pero no aquellas necesidades y facultades específicamente humanas, como el amor, la ternura, la razón, la alegría, etc.

Cierto es que, dado que también es un animal, el hombre, en primer lugar, precisa satisfacer sus necesidades materiales. Mas su historia es un registro de la búsqueda de sus necesidades supervivenciales a la vez que una expresión de las mismas, tal como se revelan en la pintura y la escultura, en el mito y el drama, en la música y la danza. La religión fue históricamente, aparte del arte, la que incorporó estos aspectos de la existencia humana. Pero con el crecimiento de la "nueva ciencia", la religión, en sus formas tradicionales, se hizo cada vez menos efectiva, apareciendo el peligro de que se perdieran los valores que en Europa estaban anclados en un marco de referencia teísta. Dostoievski expresó este temor en su famosa aseveración: "Si Dios no existe, todo está permitido." Ya en los siglos XVIII y XIX, algunos hombres perci­bieron la necesidad de crear un equivalente de lo que en el pasado significara la religión. Robespierre, por ejemplo, intentó crear una nueva religión artificial, pero hubo de fracasar debido a que el trasfondo de materialismo iluminista y el culto idolátrico a la pos­teridad que lo inspiraban, no le permitieron discernir los elementos básicos que eran necesarios para fundar una nueva religión, aun en el caso de que hubiere sido posible hacerlo. De manera seme­jante, las ideas de Comte acerca de una nueva religión y su posi­tivismo hicieron igualmente imposible alcanzar una respuesta sa­tisfactoria. En muchos respectos, el socialismo de Marx fue, en el siglo XIX, el más importante movimiento religioso popular, aunque formulado en términos seculares.

El pronóstico de Dostoievski de que todos los valores éticos se derrumbarían al dejarse de creer en Dios llegó a cumplirse sólo parcialmente. Aquellos valores éticos de la sociedad moderna que la ley y la costumbre aceptan generalmente, tales como el respeto a la propiedad, a la vida individual y otros principios parecidos, permanecieron intactos. Pero aquellos valores que van más allá de los requisitos de nuestro' orden social, en realidad, perdieron su influencia y su peso. Dostoievski, sin embargo, estaba equivocado en otro sentido más importante. Los desarrollos habidos en los últimos diez años, especialmente en los pasados cinco, en toda Europa y en América han mostrado una fuerte tendencia hacia los valores más profundos de la tradición humanística. Esta nueva búsqueda de una vida significativa no surgió únicamente entre grupos pequeños y aislados, sino que llegó a ser todo un movi­miento en países de estructuras sociales y políticas enteramente diferentes, así como dentro de la Iglesia Católica y la Iglesia Pro­testante. Lo que es común en este nuevo movimiento entre los creyentes y los no creyentes es la convicción de que los conceptos son secundarios a las acciones y a las actitudes humanas.

Este punto se puede ilustrar con un relato jasídico. Una vez le preguntaron a un discípulo de un maestro jasídico: "¿Por qué vas a escuchar al maestro? ¿Es para oír sus palabras de sabiduría?" Y la respuesta no se hizo esperar: "¡Oh, no; voy a ver cómo se ata sus sandalias!" Creo que esto no requiere mayor explicación. Así, lo que importa en una persona no es el conjunto de ideas u opiniones que acepta, sea porque ha estado expuesto a ellas desde la infancia o porque constituyen patrones convencionales de pen­samiento, sino el carácter, la actitud, la raíz visceral de sus ideas y convicciones. El Gran Diálogo se basa en la idea de que es más importante compartir el interés y la experiencia que los conceptos. Esto no significa que los diversos grupos a que aquí nos referimos hayan abandonado sus propios conceptos o ideas, o sostengan que no sean importantes, sino que han llegado a la convicción de que el interés, la experiencia y las acciones que comparten, los hacen tener mucho más en común que lo que los separan los con­ceptos que no comparten. El abate Piré lo ha expresado en una forma muy simple y enérgica: "Lo que importa hoy en día no es la diferencia entre los que creen y los que no, sino la diferencia entre los que tienen interés y los que no lo tienen."

Esta nueva actitud hacia la vida se puede expresar de una ma­nera más específica mediante los principios siguientes. El desarrollo del hombre exige que utilice su poder de trascender la prisión estrecha de su yo, de su avidez y su egoísmo, de su separación intrínseca respecto de su prójimo y, por ende, de su soledad bá­sica. Esta trascendencia es la condición para estar abierto y rela­cionado con el mundo, para ser vulnerable y, sin embargo, tener experiencia de la identidad y de la integridad; es la condición para que el hombre pueda gozar de todo lo vivo, derramar sus facultades en el mundo que lo rodea, "interesarse". En suma, ser en vez de tener y de usar es consecuencia de sojuzgar la avidez y la egomanía.77

Desde un punto de vista enteramente diferente, el principio que comparten todos los humanistas radicales es negar y combatir la idolatría en todas sus formas. "Idolatría" en el sentido profético de rendir culto al trabajo de nuestras propias manos y, por tanto, de hacer del hombre un subordinado de las cosas y, en este proceso, llegar a ser él mismo una cosa. Los ídolos contra los cuales lucharon los profetas del Viejo Testamento fueron ídolos de piedra o de madera, árboles o montes. Los ídolos de nuestros días son líderes, instituciones —especialmente el Estado—, la nación, la producción, la ley y el orden, y cada una de las cosas hechas por el hombre. El que se crea o no en Dios es asunto secundario respecto a negar o no a los ídolos. El concepto de enajenación es idéntico al concepto bíblico de idolatría. Es la sumisión del hom­bre a las cosas de su creación y a las circunstancias de su hechura. Sin importar lo que divida a los creyentes y los no creyentes, hay algo que los une cuando son fieles a su tradición común, y ésta es la lucha contra la idolatría y la profunda convicción de que ninguna cosa ni institución deben tomar jamás el lugar de Dios o, como un no creyente podría preferir decir, de ese lugar vacío que le está reservado a la Nada.

El tercer aspecto compartido por los humanistas radicales es la convicción de que existe una jerarquía de valores en la que los de orden inferior provienen del más elevado, y que estos valores son principios obligatorios y forzosos para la práctica de la vida tanto individual como social. Puede haber diferencias en el radi­calismo respecto a la afirmación de estos valores en la práctica propia de la vida, tal como se dan en el cristianismo o en el bu­dismo entre aquellos que se dedican a la vida monástica y aquellos que no. Pero todas estas diferencias carecen relativamente de im­portancia al lado del principio de que existen ciertos valores que no se pueden comprometer. Creo firmemente que si las personas aceptaran verdaderamente los Diez Mandamientos o la Noble Sen­da Óctuple budista como los principios efectivos para guiar sus vidas, tendría lugar un cambio dramático en toda nuestra cultura. No es menester en este punto discutir sobre los detalles de los valores que necesitan practicarse, ya que lo que importa es unifi­car a aquellos que aceptan el principio de la práctica antes que el del sometimiento a una ideología.

Otro principio común es el de la solidaridad de todos los hom­bres y la lealtad a la vida y a la humanidad que debe anteponerse siempre a la lealtad a cualquier grupo particular. De hecho, aun esta forma de asentarlo no es correcta. Todo verdadero amor por otra persona tiene una cualidad particular, puesto que amo en esa persona no únicamente a ella, sino a la humanidad misma, o, como diría un cristiano o un judío, a Dios. De la misma manera, si amo a mi país, este amor es a la vez un amor por el hombre y por la humanidad; y si no es así, se trata de una adhesión basada en la incapacidad para ser independiente y, en último análisis, de otra manifestación de idolatría.

La cuestión decisiva .es cómo pueden estos principios a la vez nuevos y viejos llegar a ser efectivos. Quienes están dentro de la religión esperan poder transformar la propia en la práctica plena del humanismo, pero muchos de ellos saben que, en tanto es po­sible demostrar esto a algunos sectores de la población, hay otros que por razones obvias no pueden aceptar los conceptos y rituales teístas, tan estrechamente entrelazados con los primeros que es casi imposible separarlos. ¿Qué esperanza hay para aquella parte de la población que no puede siquiera ingresar a las filas de la Iglesia viviente?

¿Puede fundarse una nueva religión carente de premisas tales como la revelación o cualquier clase de mitología?

Evidentemente, las religiones son manifestaciones del espíritu dentro del proceso histórico concreto y de las circunstancias sociales y culturales específicas de cualquier sociedad dada. No es posible fundar una religión con sólo reunir los principios. La misma "no-religión" del budismo no puede simplemente hacerse aceptar por el mundo occidental, pese a no tener premisas en con­flicto con el pensamiento racional y realista y a estar básicamente libre de toda mitología.78 Las religiones generalmente son fundadas por personalidades raras y carismáticas de un genio extraordinario. Tal tipo de personalidad no ha aparecido aún en el horizonte de hoy en día, aunque no hay razón para suponer que no haya na­cido. Entretanto, no podemos esperar a que surja un nuevo Moisés o un nuevo Buda, sino tenemos que contentarnos con lo que te­nemos, y tal vez en este momento de la historia esto sea una ganan­cia, porque el guía de la nueva religión podría convertirse rápidamente en un nuevo ídolo y su religión se podría transformar en idolatría antes de que tuviera la oportunidad de penetrar en los corazones y en las mentes de los hombres.

¿Tenemos, entonces, que conformarnos con nada, excepto con algunos principios y valores generales? No lo creo. Si las fuerzas constructivas de la sociedad industrial, que se hallan ahogadas por una burocracia retrógrada, por el consumo artificial y el aburri­miento manipulado, se liberaran en virtud de una nueva esperan­za, de la transformación social y cultural discutidas en este libro, y si los individuos recuperaran su confianza en sí mismos y entraran en mutua relación unos con otros haciendo vida grupal espontánea y genuina, surgirían y crecerían nuevas formas de prácticas psicoespirituales, las cuales podrían unificarse con el tiempo en un sistema total socialmente aceptable.

Pero el factor más importante es el despertar de la compasión. del amor, del sentido de la justicia y de la verdad, en respuesta a la situación política, social y cultural de la sociedad industrial de nuestros días, y las acciones que dicho despertar provoca. Este despertar del humanismo se expresa hoy en la protesta contra la guerra de Vietnam, contra las torturas vigentes en muchas partes del mundo, contra la proliferación de las armas nucleares, contra la ceguera hacia el peligro de destruir la vida a causa del desequi­librio ecológico, contra la desigualdad racial, contra la aniquila­ción del pensamiento libre e inconforme, contra el acrecentamiento de la miseria material de los pobres y la explotación de éstos por los ricos, contra el espíritu de deshumanización que el aparato de la producción impone al hombre transformándolo en una "cosa". Y se manifiesta también en la demanda de que la vida debe regir sobre las cosas y el hombre sobre las máquinas, de que toda me­dida social que se tome debe tener una finalidad: el desarrollo del hombre con todas sus potencialidades y la afirmación de la vida en todas sus formas, en contra tanto de la muerte como de la mecanización y la enajenación.

Resulta notable que este nuevo humanismo radical se halle en todos los países y en todas las religiones; que sea critico no sólo de los demás, sino, primariamente, del propio grupo a que se per­tenece, que es el único a cuyo cambio se puede contribuir; que sea realmente internacional, inter-racial e inter-religioso; que una a personas de diferentes ideas políticas, filosóficas y religiosas, pero que comparten la misma experiencia de ser humanos y de amar la vida.

En una palabra, el actual renacimiento espiritual está ocurrien­do no tanto en el campo de la teología y de la filosofía, sino en el de las acciones y movimientos políticos y sociales. De hecho, este nuevo humanismo constituye un retorno al mensaje de los profetas que no predicaron la creencia en Dios, sino que los hom­bres cumplieran la voluntad de Dios. Pero ¿cuál es la voluntad de Dios? "¿ . . . desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes metas en casa; que cuando vieres al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu carne?" (Isaías 58:6-7.)

Qué nuevas formas espirituales y qué nuevos símbolos y ritua­les surgirán es cosa que no puede predecirse. Probablemente no serán teístas en el sentido tradicional, pero participarán de la ex­periencia por la cual Dios, Nirvana o karma son símbolos poéti­cos. Que el hombre vuelva a instalarse en la vida y que organice la sociedad en donde mora para la vida y no para la muerte es la condición para que se produzca un tal renacimiento espiritual.






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