La psicologia tomista en la actualidad



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LA PSICOLOGIA TOMISTA EN LA ACTUALIDAD
El tema tiene la dificultad de expresar lo perenne de la concepción tomista de la persona, de sus actos humanos, de sus actos morales y de su accionar hacia la búsqueda del último fin, transitando por los fines intermedios. Todos conocemos en este ámbito académico esa filosofía y su consecuente psicología. El problema es su aplicación concreta en el paciente de hoy, necesitado de una psicoterapia efectiva y sanante en la “cosa concreta”.

En el correr del siglo que está por acabar, las teorías de base materialistas y biologistas han hecho perder el orden de las cosas y se ha potenciado distintos aspectos que se hicieron totalizantes y desvirtuaron la misma esencia de la persona cayendo en un psicologismo de un signo o de otro, que terminan por alejar al sujeto de la relación de trascendencia, colocándolo en una inmanencia de manera tal que la muerte es “el fin de toda ilusión”.

Siguiendo al médico y Filósofo argentino Dr. Mario Caponneto decimos que: frente a la Psicología de hoy es necesario rever todo el andamiaje que sostiene los esquemas básicos que han formado la línea de un pensamiento hacia un psicologismo, que es una reducción de esta Psicología.

Hoy tenemos que hablar de algo que va más allá de la clínica. Frankl la denominó metaclínica. Es la concepción bio-psico-socio-espiritual. De todo ello:

A.- Sería oportuno relacionar el hombre incondicionado y la Antropología Tomista.

B.- La Psicogénesis- el hecho.

C.- El Problema del Espíritu.

D.- De la Naturaleza del Acto Cognoscitivo.

E.- “Los pecados” del Psicologismo.

Pbro. JORGE HERRERA GALLO


Pontificia Universidad Católica Argentina

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad del Salvador

Facultad de Medicina

Buenos Aires, Argentina

A.- El “hombre incondicionado” y la antropología tomista.



  1. Existe, más allá de la clínica, un modo de conocimiento médico que consiste en pasar de la evidencia técnica (plano del conocimiento experimental, empírico y mensurable) a la autocomprensión (plano del conocimiento metafísico). En este último se hace evidente y explícita una suerte de metafísica implícita en toda cuestión médica. Esta metafísica explicitada constituye la metaclínica.

  2. Tal metaclínica no se presenta como un todo sistemático sino, más bien, como un conjunto de problemas por resolver Al respecto, dos son los problemas fundamentales: el problema cuerpo-alma y el problema de la voluntad libre. La dilucidación de ambos se encamina hacia un mismo propósito, a saber, descubrir, en la innegable condicionalidad psicofísica del hombre la incondicionalidad que proviene de su espíritu.

  3. Para intentar aproximarse del mejor modo posible (puesto que carece de solución) al primero de los problemas planteados (el problema cuerpo-alma) se impone, de entrada formular una epojé, es decir, poner entre paréntesis la teoría o los principios a partir de los cuales se ha intentado solucionar el problema. Esto significa, de hecho, rechazar tanto al “espiritualismo” como al “materialismo”, monismos extremos que han pretendido monopolizar históricamente los intentos de solución. El mundo y el hombre poseen una unidad, pero no la de un principio sino la de un orden (Hartmann).

  4. Debemos partir, como de un primum cognitum, de una concepción estratificada del ser en general y del ser del hombre en particular. Tal estratificación nos permite distinguir “estratos”, “esferas” o “capas” que se nos presentan entitativamente diversos y divergentes en su mutua relación. En esta perspectiva, la unidad y la totalidad del hombre no se nos hace presente si a la dimensión biopsicológica no se “añade” la dimensión espiritual, que es la específicamente humana.

  5. Siempre dentro de esta concepción estratificante del ser, se distingue, en el hombre, un organismo psicofísico del que no hay, propiamente hablando, existencia sino tan sólo facticidad; y una persona espiritual en cuyo ámbito es posible solamente la verdadera existencia. Entre ambos hay un hiato ontológico infranqueable.

Sin embargo, tal distinción es heurística puesto que el hombre se acusa como una totalidad y si bien el organismo psicofísico y la persona espiritual son ontológicamente inderivables e indeducibles resultan, no obstante, antropológicamente inseparables.

  1. La esencia de lo espiritual se deduce del modo, singular y único, en que se realiza el conocer humano. Adoptando una fuerte postura crítica frente al idealismo gnoseológico, en el marco de un “realismo”, se concluye que el conocimiento en el hombre consiste en una mutua copresencia (o implicancia) entre el cognoscente y lo conocido. Esta copresencia es ontológica, no óntica; resulta por tanto ajena a las categorías de causalidad y espacio que sólo se dan en lo intramundano y fenoménico. El error del idealismo ha consistido en “ontificar” la relación sujeto-objeto cuando, en verdad, ella es ontológica.

  2. El acto de nuestro conocimiento se define, pues, por esa mutua copresencia, no espacial sino real, lo que permite, en consecuencia, deducir la no espacialidad, la no causalidad, la no materialidad del espíritu.

  3. La presencia de lo cognoscente en lo conocido se define como la facultad originaria del espíritu; ella es el límite hasta donde podemos llegar. La ontología nos revela esta presencia pero al precio de renunciar a saber qué hay detrás de ella. La esencia de esta presencia se nos escapa.

  4. El espíritu (o mejor, lo espiritual) no es sustancia ni se deja abarcar en esta categoría; es pura dynamis.

  5. Lo espiritual revela, también, su plena autonomía tanto de frente a los condicionamientos biológicos como de cara a las disposiciones genéticas y hereditarias. El espíritu no procede de la materia. La materia es soporte y posibilidad del espíritu (así en el caso de las localizaciones cerebrales como en el del código genético) pero no es su causa ni lo determina.

  6. La persona espiritual emerge y domina sobre sus condicionamientos biopsicológicos. En este sentido, la enfermedad (aún la psicosis) no hace sino revelar siempre el margen, más o menos amplio, de libre dominio y de posibilidad expresiva de la persona. Esta se define como un in-sumable, un in-dividuo y un novum. Por tanto, no se reduce a ni se deduce de aquello que, por su propia naturaleza, es divisible y sumable.

  7. Así como lo espiritual afianza su autonomía frente a lo biopsicológico, la voluntad libre se afirma, a su vez, frente a la necesidad, la instintividad y el carácter.

Ellos son únicamente condiciones de la libertad, el suelo sobre el cual ella se asienta y a la vez vuela. Y en esto residen las virtualidades sanantes de una psicoterapia que, como la Logoterapia, apela a ese margen siempre posible de libertad, a ese irrecusable espacio de autonomía.
B.- La Psicogénesis

El hecho de la psicogénesis es deducido de la fenomenología de las enfermedades. En realidad, ¿Qué queremos significar con el término “psicogénesis?” En principio, si nos atenemos al lenguaje, una supuesta génesis o causación de ciertos hechos o fenómenos clínicos a partir de lo psíquico. Con lo cual presuponemos tres cosas: a) una psiquis, b) un soma, c) un determinado modo de relación causal entre ambos. Ningún médico, que entienda medianamente lo que se quiere decir con “psicogénesis” se atrevería a negar estos elementos. Que una alegría resulte tan eficazmente “vasodilatadora” de las arterias coronarias como un nitrito es algo que está al alcance de la experiencia de cualquier clínico. Pero la cuestión se plantea a la hora de hallar una explicación del hecho. Dijimos antes que el hecho psicosomático, como tal, resulta desdoblado en su simple aparición fenoménica y referido, de entrada, a una dicotomía de principios que guardan entre sí alguna relación causal. Y esto resulta inevitable en tanto hablemos de “psicogénesis”. Si lo que se pretende es mantenerse en el plano estricto de la fenomenología, tal vez el vocablo “psicogénesis” debiera ser sustituido por lo que él lleva de implícita significación explicativa. En efecto, un hecho es siempre un hecho y como tal puede ser un punto de partida; lo que no puede ser nunca es una explicación. De modo que cuántas veces constatemos la dilatación de las arterias coronarias en los estados de alegría, otras tantas deberemos abstenernos –si no queremos sobrepasar indebidamente lo fenomenológico- de hablar de “psicogénesis”. En cierto modo, (y pese a la adopción del término que cuestionamos) esta es la actitud de Frankl: hemos visto ya como rechaza toda teoría explicativa, todo “monismo” sistemático.1Volviendo al ejemplo anterior, si nos mantenemos en el plano estrictamente fenomenológico constataremos siempre el hecho de una vasodilatación arterial coronaria en la alegría; y este hecho lo podemos medir y repetir experimentalmente.

Pero todo “materialismo” que intente deducir a partir de él una reducción de lo psicológico a lo biológico o un “psicologismo” que razone a la inversa, sólo resultarán “intentos históricos de solución”. Y esto porque estarán condenados –por decirlo así- a ceñirse a “principios” explicativos. En el plano de la ontología, por el contrario, los “principios” resultan explicativos y no son necesarios para explicar la unidad del hombre puesto que esta unidad –como la unidad del mundo- no es la unidad de un principio sino la de un orden.

Enseña Santo Tomás que “cada cosa es una por su sustancia”2, y en otro lugar sostiene que el orden no es una sustancia sino una relación.3 Ambas premisas nos sitúan, de hecho, en la consideración metafísica del ente: todo ente, en tanto es ente, es uno; si es simple, es indiviso e indivisible; si es compuesto, no adquiere el ser hasta tanto sus componentes estén unidos constituyendo el compuesto. En cualquier caso, la unidad procede siempre de la sustancia (autosubsistente y simplícima en Dios, participada y compuesta en los entes creados). Por lo cual, el ser de cada cosa consiste en su indivisión y se dice, por ello, que “las cosas así como conservan su ser conservan su unidad”.4 En el caso particular del hombre hay, pues, necesariamente un principio de unidad tanto como un principio de ser; y ese principio no puede ser otro que el alma, que es forma sustancial por la cual el hombre es ente, recibe el ser y es uno. El orden, por sí mismo, no es fuente ni del ser ni de unidad.

Hay orden allí donde los elementos que forman una pluralidad guardan entre sí una precisa relación. En el orden, además, existe siempre un principio que configura jerárquicamente el conjunto ordenado. En el ente finito el orden se manifiesta por la unión, en el acto de ser, de todos los principios del ser que lo constituyen y, a la vez, por la unión de todos los entes mediante sus innúmeras relaciones recíprocas y la común referencia de todos ellos, en última instancia, al Ser Subsistente. En el hombre, en tanto ente finito, esta razón de orden se cumple de manera eminente y en un doble sentido. Como creatura espiritual, está referido al orden de un Universo en el cual ocupa un puesto singular que le viene dado por la condición de su alma racional, sustancia espiritual unida –como forma a su materia- a un cuerpo orgánico.

Esto hace de él un ser único e irrepetible en la economía del Cosmos, especie de confín o frontera entre el mundo invisible y el mundo corpóreo. Pero si, ahora, volvemos la mirada al interior del hombre, a su particular composición y “estructura”, veremos otro orden que deriva de la intrínseca relación de lo corpóreo y lo anímico. En el hombre, lo corporal se ordena al alma, lo vegetativo a lo sensitivo, lo sensitivo a lo racional, la sensación al pensamiento, el apetito a la razón. Lo múltiple del hombre sale en orden de lo uno, pues como enseña Santo Tomás, “ordine quodam ab uno in multitudinem proceditur”, en orden siempre procede lo múltiple de lo uno.5

El alma del hombre es una y ella es el fundamento de su ser y de su unidad. Por ella el hombre no sólo ejerce su acto de ser –“acto primero de un cuerpo orgánico que tiene la vida en potencia”, según la clásica definición de Aristóteles. Si no todos los actos segundos, es decir, la multitud de operaciones que se realizan, cada una, por mediación de las respectivas potencias. El genio ordenador de Santo Tomás describe con minuciosidad el orden que guardan esas potencias del alma, orden generativo y perfectivo a la vez. Así, de las potencias vegetativas (cuyo objeto es vivificar el cuerpo y cuyos actos son la generación, la nutrición y el crecimiento) se pasa a las potencias sensitivas cuyo acto es – en el plano del conocimiento- realizar la primera apertura cognoscitiva al ser desde los datos de los sentidos externos a la fina colaboración de los sentidos internos y –en el plano del apetito- el inicio de nuestra aprehensión del bien en tanto bien singular, concreto y sensible. Por último, las potencias intelectuales por las que somos capaces del conocimiento intelectual y de la búsqueda libre del bien universal y del fin último.6

En relación con la fenomenología psicosomática es necesario, todavía, volver nuestra atención a un aspecto fundamental que la doctrina tomista ha elaborado con notable acierto; nos referimos a la noción de pasión entendida como el movimiento del apetito sensitivo que sigue a la aprehensión de una forma por los sentidos. Tal movimiento va del cuerpo al alma (pasión corporal) y del alma en tanto motor del cuerpo para consumarse en él (pasión animal). La pasión no es un estado psíquico puro ni tampoco una simple alteración fisiológica; es una operación integral que comprende tanto la existencia de un estado psíquico y de un cambio fisiológico.

De allí la distinción clásica en toda pasión de un elemento cuasi material, el cambio corporal, y de otro cuasi formal, el apetito. Y si entre ambos elementos cabe hablar de causación (“psicogénesis”) ésta no es solamente en el orden de la causalidad motriz sino también y sobre todo en otro orden, el de la causalidad formal, dada por el apetito. Es en el movimiento del apetito, sincrónico con el movimiento corporal, donde lo psíquico recibe precisamente su cualidad de pasión. Y aún más: todo este flujo de la pasión en el hombre, todo el torrente de sus apetitos no está cerrado no clausurado en sí mismo sino abierto a lo racional, a una posibilidad de transfiguración por el espíritu. De modo, pues, que no sólo una “psicogénesis” sino, también, una “noogénesis” –como pretende Frankl- alcanzan su explicitación a la luz de estos principios del realismo, principios sin los cuales no es posible la dilucidación última de cuanto la fenomenología pone ante nuestros ojos.

Refiriéndose al hecho de la percepción, Cornelio Fabro ha dicho que la expresión “veo una casa, el árbol, el cielo” ha llegado a ser un “escándalo insuperable” en el marco de una psicología dominada por el principio de inmanencia y el principio de asociación.7 De modo análogo, “la dilatación arterial coronaria en el estado de alegría” constituye, también, un insuperable escándalo. Ocurre que todos los intentos por remontar el “escándalo” chocan con un límite, pues, en rigor, ellos no han superado nunca el dualismo en la medida en que han permanecido ciegos a la unión sustancial de alma y cuerpo, en la medida en que la noción de sustancia se ha alejado de sus horizontes, en la medida, finalmente, en que la unidad analógica del ente ha dejado de ser el principio resolutivo de nuestros conocimientos científicos.


C.- El problema del espíritu

El materialismo que hace derivar lo psíquico y aún lo espiritual de los estratos biofísicos del hombre constituye, según Frankl, una “metafísica monista”. Para superar esta posición se requiere, por tanto, demostrar que el espíritu, como tal, “es divisible por naturaleza”, irreductible a toda causalidad y espacialidad.

El punto de partida de Frankl, en este intento de demostración, es la gnoseología: en tanto es posible demostrar que en el acto de nuestro conocimiento lo conocido se da en el cognoscente como una presencia real y no espacial y que esa presencia no es la causa de lo real, que preexiste siempre al conocimiento, estaremos en condiciones de afirmar la no espacialidad, la no causalidad, la no materialidad, en suma, del espíritu. Curiosamente, es el mismo camino que transita Santo Tomás o, al menos, un camino semejante.

Es bien sabido que cuando Tomás de Aquino demuestra que el alma es una entidad subsistente e incorpórea acude a un argumento gnoseológico. En la cuestión 75 de la Primera parte de la Summa Theologiae, en el artículo 2, se muestra que el alma no posee la naturaleza de un cuerpo precisamente porque ella es capaz de contener en sí, en el acto del conocimiento intelectual, la naturaleza de todos los cuerpos. Sólo una forma inmaterial, no corpórea (y, por tanto, incorruptible e inmortal) conoce intelectualmente, pues conocer intelectualmente es justamente esto: poseer la especie inteligible de cada cosa, de manera intencional. El realismo gnoseológico de Santo Tomás es la clave de acceso a la inmaterialidad del alma, es decir, a su espiritualidad8. Frankl se aventura, como dijimos, por una vía semejante. Su análisis gnoseológico –que pretende ser superador del idealismo e inscribirse en un proclamado “realismo” en el que coinciden, según él, casi todas las corrientes filosóficas actuales- puede resumirse en tres puntos fundamentales: a) el mundo real no se puede demostrar (crítica de Kant); b) el conocimiento absoluto se define como una copresencia (o implicancia) dada entre el cognoscente y las cosas conocidas (“facultad originaria del espíritu”); c) en esa copresencia queda atrapada, por decirlo así, la esencia de lo espiritual, bien que la esencia de esta presencia se nos escape y permanezca oculta para nosotros.

Estos puntos son del más alto interés para una visión tomista como la que pretendemos aportar. En efecto, el mundo real no es demostrable sencillamente porque se encuentra más allá de cualquier demostración. En tanto la realidad es algo evidente no será necesario plantearse una demostración de su existencia. Precisamente este fue el punto de partida de la escolástica medieval.

Su “realismo” –tal como lo ha expresado con su habitual penetración Gilson- consistió en admitir “como evidente la existencia real del objeto, porque se niega que haya en esto, o porque todavía no se tiene conciencia de que haya en esto, un problema que resolver”.9 El idealismo que surge con Descartes es la antítesis de esta postura en la medida en que hace del conocimiento la condición necesaria del ser. Lo que vale, también, para el idealismo kantiano. Todo idealismo presupone, en su esencia, que del nosse al esse es posible tender un puente o nexo causal.10 Pues bien, Frankl dirige acertadamente su crítica contra este idealismo gnoseológico del cual toma sabia distancia. Incluso cuando sostiene, como vimos, que una mentalidad y un lenguaje espacial se introducen indebidamente en la relación sujeto-objeto y terminan “ontificando” esa relación (que es “ontológica”); o cuando pone en evidencia que el idealismo excluye de su horizonte la “cosa en sí” desembocando en el agnosticismo y en el solipsismo; o cuando señala el “foso insalvable” entre sujeto y objeto generado por esa misma mentalidad espacializante del idealismo, no podemos sino darle la razón y coincidir con él. Pero, ¿hasta dónde su “realismo” puede coincidir con el realismo escolástico? El tema plantea algunas dificultades.


D.- De la naturaleza del acto cognoscitivo

A la hora de definir la naturaleza del acto cognoscitivo, o al menos el modo en que éste se realiza, la indagación de Frankl no pasa de afirmar una cierta “presencia” del cognoscente en la cosa conocida. Hemos denominado a esto una “copresencia” puesto que ambos, objeto y sujeto, se “tienen” mutuamente, en una implicancia recíproca. Y es ese “estar presente” del espíritu en las cosas, es decir, su “facultad originaria”, lo que posibilita el conocimiento absoluto que es siempre existencial (por contraposición al conocimiento objetivo que sólo lo es de las esencias); de allí que la plenitud del conocimiento existencial se identifique con el amor. Desde nuestra visión tomista nos interesa rescatar esta noción de “presencia” aplicada al conocimiento. Si decimos que en el acto de la aprehensión intelectual la cosa conocida está “presente” en el alma que conoce, no hacemos sino formular con otro lenguaje, y hasta cierto punto, una de las verdades cardinales de la Escolástica.

En tanto el alma humana, forma intelectual, recibe por la luz del conocimiento la forma de aquello que conoce mediante la remoción de toda nota material, singular e individualizante, será lícito hablar de una “presencia” de las cosas en el alma. Aunque es mucho más que una presencia puesto que se trata de una aprehensión unitiva, una posesión intencional y una cierta identificación: anima est quanmodo omnia. Pero, ¿hasta dónde podemos sostener lo inverso, es decir, que el alma está en las cosas o que éstas son capaces de contener al alma? En un sentido simpliciter no podemos admitirlo, pues sería sostener que aquello que no tiene en sí la capacidad del conocimiento intelectual pueda hacerse continente del espíritu. Si hablamos tan sólo de una “presencia” o de una “copresencia” o de una mutua “implicancia” no será, quizá, decir del todo desacertado decir que el alma está en aquello que ella conoce; pero ese “estar” es más una figuración del lenguaje que una presencia real. Y no vale aquí la distinción entre un conocimiento objetivo y un conocimiento existencial por la razón sencilla de que todo conocimiento es “existencial” en la medida que es un acto que procede de nuestro ser; y todo conocimiento es “objetivo” en la medida en que versa acerca de un objeto dado y que sin la captación de aquello que constituye al objeto –es decir, su forma o esencia- no es posible conocer nada.

Es por esta mutua presencia o implicancia entre objeto y sujeto y por esta distinción entre un conocimiento objetivo y otro existencial, que Frankl se ve casi como obligado, diríamos, a sostener que el conocimiento existencial sólo es posible entre dos seres de igual naturaleza y a extremar tanto la tesis que, en definitiva, el conocimiento existencial termina identificándose con el amor. Sólo cuando conozco a otra persona, o cuando conozco a Dios, puedo decir que estoy en aquello que conozco o que soy, de algún modo, contenido; y puedo decir también que ese conocimiento se plenifica y culmina en el amor. La identidad de amar y conocer, que Frankl rescata de la lengua y la tradición hebreas, sólo es posible en la medida en que con ello se significa el paso de la unión cognoscitiva (siempre representativa de la especie del objeto) a esa otra unión más íntima del amor por la que se accede no a la especie de la cosa sino a su naturaleza misma.11

Todo esto lleva a Frankl, también, a reducir los límites de nuestro conocimiento a la esfera de lo humano. Así, Dios y el mundo escapan a la posibilidad de un conocimiento pleno; de ellos hay sólo un vislumbre y, en definitiva, un balbuceo. Pero esto es, justamente, negar la posibilidad de nuestro conocimiento connatural de las realidades visibles que están por debajo de lo humano y la posibilidad de conocer, por vía de remoción, de negación y de analogía, las realidades invisibles. Todo el problema gnoseológico queda, en cierto modo, saltado y reducido a una mera “presencia” cuya facticidad es prueba de la “facticidad” del espíritu y cuya naturaleza se nos escapa (sólo podemos constatar esta presencia, pero decir lo que ella es en su realidad última, no es posible). El camino elegido por Frankl es adecuado, pero nos animamos a decir que se pierde en él o, cuanto menos, se queda a mitad de ese camino. El “realismo” gnoseológico lo lleva a asegurar que el mundo exterior, las cosas exteriores, “están ahí”, distintas y anteriores a la conciencia que conoce; pero la “facultad originaria del espíritu” consiste en su posibilidad de estar en ellas, al modo de una presencia ontológica, no óntica. Ya vimos que esta presencia es, de suyo, imposible. Pero hay, no obstante, una intuición: si algo es capaz de estar ontológicamente presente, de manera real y no espacial, ese algo será, obligadamente, también él, de igual modo, real e inespacial. Hay aquí un eco del operatio sequitur esse de los escolásticos. Mas sólo un eco, y lejano. Porque el espíritu en Frankl es pura dynamis y no sustancia. En todo caso, ¿cómo será posible operar, actuar, ejercer un dinamismo dado sin una sustancia que sea soporte, sujeto, suppositum?. La originalidad de Tomás de Aquino consistió, justamente –como ya vimos- en transformar la noción de sustancia sacándola de los límites de la metafísica aristotélica. En tanto es sustancia, el alma humana tiene un ser subsistente independiente del ser del cuerpo al que está unido. ¿Y cómo se llega a esto? Precisamente por la experiencia del conocimiento intelectual que, sabemos, es una operación del alma que no requiere de órgano corporal alguno: si el alma es capaz de operar sin el cuerpo es capaz de ser sin el cuerpo. Aquí reside la cifra de su inmaterialidad, de su inmortalidad y, por ende, de su espiritualidad.12

Hemos traído en nuestra apreciación crítica dos nociones capitales de la filosofía tomista: el conocimiento intelectual como aprehensión de lo conocido por el alma que conoce y la sustancialidad del alma deducida de su modo particular de conocer. Ambas nociones están ausentes en Frankl aunque, inevitablemente, se hallan involucradas. Esta ausencia condiciona, a nuestro juicio, los límites de la investigación frankleana y deja el intento e demostración de la inmaterialidad del espíritu, de su no derivación de la materia, sin el adecuado soporte metafísico. Como en otras ocasiones, también aquí el maestro de Viena nos aporta tan sólo intuiciones, aproximaciones y vislumbres que, no obstante, son para nosotros del más alto interés en la medida que nos permiten el ejercicio de un diálogo y de una confrontación siempre fecundos.


E.- Los “pecados” del psicologismo.

La crítica del psicologismo tiene una particular importancia. A partir de ella no sólo van a quedar al descubierto las radicales insuficiencias de una ciencia psicológica que por largo tiempo ha empañado una adecuada visión de la vida psíquica y ha entorpecido el desarrollo de la Psicología y de la Psiquiatría sino que, además, va a quedar bien en claro la necesidad de plantear una nueva Psicoterapia y formular –no como sustituto, pero sí como complemento- la Logoterapia.

¿Cuáles son los errores imputables al psicologismo? Fundamentalmente dos: de un lado, objetiva a la persona individual haciendo de ella un simple objeto de mensuración y observación; de otro, como corolario de lo anterior, elimina la intencionalidad de los actos de los cuales la persona es centro. Frankl no titubea en llamar “pecados” a esta doble carencia del psicologismo; y si tenemos en cuanta la fuerza que esta palabra, pecado, posee en las tradiciones judía y cristiana, de las que Frankl es tributario, suponemos lícito admitir que ella no es mera metáfora ni simple recurso retórico.

“El nihilismo no se desenmascara por su habladuría sobre la nada, sino que se coloca la máscara por el giro: “nada más que”. Los norteamericanos hablan a este respecto de reduccionismo. Tal como se comprueba, el reduccionismo reduce al hombre no sólo en toda una dimensión sino que le resta, ni más ni menos, la dimensión de lo específicamente humano” (VICTOR E. FRANKL, La voluntad de sentido, cit., p.134)

“El psicologismo cosifica, objetiva a la persona. Pero el que habla de la persona como si fuese una cosa, pasa por alto su realidad. La persona escapa a toda captación cosificante.”13 Hemos subrayado el texto original pues, a nuestro entender, allí reside el núcleo del pensamiento frankleano.

La persona no es cosa, no es res que pueda ser objetivada al modo como las llamadas “ciencias positivas” proceden en su intento de captación de lo real. La persona, en tanto es espiritual, es existencia y esa existencia está siempre “detrás” del sujeto, de su pensamiento, al modo de un misterio. La existencia se resiste a toda objetivación; ella sólo puede ser elucidada y esa elucidación la efectúa ella misma desde el acto de su autocomprensión. La autocomprensión es irreductible; la existencia puede entenderse a sí misma, pero el acto de su propia autocomprensión no puede ser entendido. Esta “autocomprensión potenciada no puede darse en una dimensión superior a la de la autocomprensión originaria”; de aquí el carácter inmediato de esta autocomprensión. Quiere decir que en reino de la persona espiritual no hallamos más que esta autocomprensión, siempre original, inmediata y misteriosa. Y en esta autocomprensión va implícita la existencia misma. De allí que solamente el “análisis existencial”, que no debe confundirse con un análisis de la existencia, sea capaz de acceder a ella en cuanto sabe “respetar” en su “objeto” el carácter de sujeto. Toda “cosificación” de la persona, en consecuencia, implica, eo ipso, deslizar aquello que es existencia hacia la facticidad; he aquí la causa de este primer “pecado” del psicologismo: reducir la existencia a la facticidad. El resultado es que la existencialidad de la persona desaparece. En esta operación del psicologismo, la persona y el mundo terminan “desrrealizados”, lo que equivale a decir, vacíos de sentido, despojados del logos.

Pero (segundo “pecado”) no sólo la realidad de la persona queda eclipsada en la objetivación cosificante; también sus actos quedan desprovistos de sentido en la medida en que son despojados de su intencionalidad. Los actos de la persona espiritual son intencionales, tienden a algo; y este “algo” son los valores. La realización de los valores es el “fin” hacia el cual se dirigen los actos, que a la manera de un centro, emanan de la persona espiritual.

Tales actos se homogeneizan pues, al perderse de vista el sentido que los transfigura y el objeto de su tendencia -que son los valores- quedan, también ellos, reducidos a mera facticidad. Ya no son actos de una persona, sino fenómenos de un mero automatismo.

La Psicoterapia, en su sentido ordinario, no puede ver lo espiritual,; no lo entiende. Por ello está obligada a considerar lo espiritual como un epifenómeno o una emergente psicofísico.

Esto es una seria insuficiencia que involucra no sólo a la Psicoterapia, sino a toda la llamada “Medicina psicosomática”. ¿Dónde iba esta medicina, pregunta Frankl, a remitir todo aquello que en el hombre es expresión de su existencia espiritual sino a los estratos biológicos y psicológicos? Su propia limitación antropológica llevábala de la mano a su “incompetencia” terapéutica. Esta medicina y esta psicoterapia no comprenden que lo espiritual es independiente y que, como tal, no puede enfermar. No es el espíritu el que enferma, es el organismo psicofísico. Y lo que ocurre es que ambas (la Medicina psicosomática y la Psicoterapia psicologista) discurren en la ignorancia de que detrás de una aparente enfermedad hay una carencia espiritual. Siempre es posible que la crisis de maduración de una persona transcurra bajo el signo clínico de una neurosis; la neurosis puede, justamente, encubrir una “carencia metafísica”.



Por eso, aunque suene extraño y resulte paradójico, el objetivo fundamental de una psicoterapia como la propuesta por Frankl, llamada a compensar la incompetencia y la ceguera de las psicoterapias corrientes, no es tanto liberar al hombre de su enfermedad (si por “enfermedad” entendemos la mera expresión sobre el plano biopsicológico de un conflicto espiritual) sino conducir a la persona hacia la verdad, entendida esta “verdad” como la reinserción en el mundo del sentido y de los valores. El “santo y seña” de la Logoterapia es este: no te dejo ir hasta que seas tú mismo.

1 Victor E. Frankl, Dimensiones del existir humano, en Diálogo, n.1, Buenos Aires, 1954, p.59-60

2 S. Th, I, q 11, a 1, ad 1.

3 S Th, I, q 116, a 2, ad 3.

4 S Th, I, q 11, a 1, corpus.

5 S Th, I, q 77, a 4, corpus

6 Véase MARIO CAPONNETO, El orden psicosomático, en El descubrimiento del orden, 1991, Buenos Aires, p.51-62

7 CORNELIO FABRO, Percezione e pensiero, Brescia, Morcelliana, 1961

8 S Th, I, q 75, a 2, corpus.

9 ETIENNE GILSON, El realismo metódico, Madrid, 1974, p.70

10 ibidem, p 62-63

11 Fiel a la tradición judía, Frankl identifica conocimiento con amor; más específicamente, el conocimiento que resulta identificado con el amor es el llamado “conocimiento existencial”. Parecería que para nuestro autor el “conocimiento objetivo” no alcanza esa plena identificación de conocido y cognoscente en la medida que en el acto del conocimiento objetivo sólo podemos captar la esencia de la cosa conocida, en tanto el amor existencial nos une nupcialmente con ella. No podemos sino alabar la finura de esta distinción frankleana, mas ella introduce una confusión. En efecto, toda vez que conocemos, nos identificamos con la cosa conocida hasta “hacernos” la cosa misma, pero sólo mediante la posesión intencional de su especie inteligible. Desde luego que esta posesión despierta en nosotros el deseo de la posesión en su naturaleza (apetito elícito de los escolásticos) de lo conocido; y este es el puente del conocimiento al amor.

12 Cf. S Th, I, q 75, a 2

13 VICTOR E, FRANKL, El hombre doliente, etc. cit., p.208





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