La psicología jurídica en el continente americano



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La cura consistiría en volver pensable una situación dada al comienzo en términos afectivos, y hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa a tolerar. Que la mitología del shamán no corresponde a una realidad colectiva carece de importancia: la enferma cree en esa realidad y es miembro de una sociedad que también cree en ella. Lo que no acepta son dolores incoherentes y arbitrarios que, ellos sí, constituyen un elemento extraño a su sistema, pero que gracias al mito el shamán va a reubicar en un conjunto donde todo tiene sustentación.

La eficacia simbólica consistiría precisamente en esta propiedad inductora que poseerían, unas con respecto a otras, ciertas estructuras formalmente homólogas capaces de constituirse, con materiales diferentes en diferentes niveles del ser vivo; procesos orgánicos, psiquismo inconsciente, pensamiento reflexivo.

El poder traumatizante de una situación cualquiera no puede resultar de sus caracteres intrínsecos, sino de la capacidad que poseen ciertos acontecimientos que surgen en un contexto psicológico, histórico y social apropiado, de inducir una cristalización afectiva que tiene lugar en el molde de una estructura preexistente.

Inconsciente: la función simbólica, que en todos los hombres se rige por el conjunto de estas leyes.

P5) El malestar en la cultura - Freud

Es el programa del principio de placer el que fija su fin a la vida. Lo que en sentido estricto se llama "felicidad" corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de estasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Desde tres lado amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y a la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin, desde los vínculos con otros seres humanos. Nuestro penar proviene de tres fuentes: 1) la hiperpotensia de la naturaleza, 2) la fragilidad de nuestro cuerpo y 3) la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad.


No es asombroso, que bajo la presión de estas posibilidades de sufrimiento los seres humanos suelan atemperar sus exigencias de dicha, tal como el propio principio de placer se transformó, bajo el influjo del mundo exterior, en el principio de realidad, más modesto.

El programa que nos impone el principio de placer, el de ser felices, es irrealizable; empero, no es lícito, no es posible, resignar los empeños por acercarse de algún modo a su cumplimiento. Para esto pueden emprenderse muy diversos caminos, anteponer el contenido positivo de la meta, la ganancia de placer, o su contenido negativo, la evitación de displacer. Por ninguno de ellos podemos alcanzar todo lo que anhelamos.


Nos negamos a admitir el sufrimiento social. No podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado no habrían más bien de protegernos y beneficiarnos a todos.

Enuncia que gran parte de la culpa por nuestra miseria la tiene lo que se llama nuestra cultura; seríamos mucho más felices si la resignaríamos y volviéramos a encontrarnos en condiciones primitivas.


El ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales, y de ahí se concluyó que suprimir esas exigencias o disminuirlas en mucho significaría un regreso a posibilidades de dicha.

La palabra cultura designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres. Reconocemos como culturales todas las actividades y valores que son útiles para el ser humano en tanto ponen la tierra a su servicio, lo protegen contra la violencia de las fuerzas naturales.


Freud refiere que el elemento cultural esta dado con el primer intento de regular estos vínculos sociales. De faltar ese intento tales vínculos quedarían sometidos a la arbitrariedad del individuo, vale decir, el de mayor fuerza física los resolvería en el sentido de sus intereses y mociones pulsionales. Y nada cambiaría si este individuo se topara con otro aun más fuerte que el.

Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo. Su esencia consiste en que los miembros de la comunidad se limitan en sus posibilidades de satisfacción, en tanto que el individuo no conocía tal limitación.

El siguiente requisito cultural es, entonces, LA JUSTICIA, o sea, la seguridad de que el orden jurídico ya establecido no se quebrantará para favorecer a un individuo. El resultado último debe ser un derecho al que todos hayan contribuido con el sacrificio de sus pulsiones y en el cual nadie puede resultar víctima de la violencia bruta.
Semejanza del proceso de cultura con el del desarrollo libidinal del individuo. Otras pulsiones son movidas a desplazar las condiciones de su satisfacción, a dirigirse por otros caminos, lo cual en la mayoría de los casos coincide con la sublimación. La sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural; posibilita que actividades psíquicas superiores desempeñen un papel tan sustantivo en la vida cultural.
No puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción de poderosas pulsiones.
Los preceptos del tabú fueron el primer derecho. Por consiguiente la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor.
El prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo.

La existencia de esta inclinación agresiva es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo y que compele a la cultura a realizar su gasto. A raíz de esta hostilidad primaria y recíproca de los seres humanos, la sociedad culta se encuentra bajo una permanente amenaza de disolución.



La cultura es un proceso particular que abarca a la humanidad toda en su transcurrir, y seguimos cautivados por esa idea. Ahora agregamos que sería un proceso al servicio del Eros, que quiere reunir a los individuos aislados, luego a las familias, después a las etnias, pueblos, naciones, en una gran unidad: la humanidad. A este programa se opone la pulsión agresiva: pulsión de agresión que es el subrogado de la pulsión de muerte, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno. Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte que hemos descubierto junto al Eros, y que comparte con este el gobierno del universo.

El desarrollo cultural nos enseña la lucha entre Eros y Muerte, pulsión de vida y pulsión de destrucción, tal como se consuma en la especie humana. Esta lucha es el contenido esencial de la vida en general, y por eso el desarrollo cultural puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana.

El superyó de una época cultural tiene un origen semejante al de un individuo: reposa en la impresión que han dejado tras sí grandes personalidades conductas.
P7) Capítulo: En el nombre del padre
Con el nacimiento de las religiones monoteístas, la austeridad y el sufrimiento aparecen como valores. Este Dios monoteísta reconoce una mayor libertad sobre su creación, por la cual el hombre posee un libre albedrio, que le permite amar a dios, pero a la vez elegir su destino. Comienza una nueva faceta de la humanidad en tanto se empiezan a diferencias conductas buenas y malas, hasta ese momento el actuar bien o mal estaba reservado a la valoración Divina (como en Grecia). Por lo tanto se empiezan a castigar en nombre de Dios aquellas acciones consideradas malas. Las formas de castigo utilizadas eran la tortura física, el exilio o la muerte. Las priemras penas no buscaban penar, sino porteger. La pérdida de libertad no era considerada un valor ya que en esa época lo que imperaba era la esclavitud.

Con la revolución industrial y el paso de la esclavitud al hombre libre, éste debe empezar a trabajar en las fábricas para darle el sustento necesario a su familia.

Entonces la Libertad pasa a ser un valor en esta nueva forma de organización social. Se produce una profunda reforma social, y con ella se sientan nuevas bases sobre el Derecho conocido. El hombre es libre y con ellos nace su derecho a tener posesiones, se generaliza el concepto de propiedad privada. Por lo tanto el despojar a alguien de su propiedad constituye un delito, y como tal debe ser castigado. En tanto la libertad era un nuevo valor de la época, su retiro podía considerarse un castigo. De tal forma la privación de la libertad se convierte en una forma de pena, a su vez que implica la pérdida del trabajo y por tanto el sustento económico. Pero en esencia es una forma de alejar al defensor de sus potenciales víctimas, una forma de protegerse de los infractores

La llamada pena de privación de la libertad lleva inmersa en si la necesidad de la rehabilitación, pues anteriormente a ella no había tal necesidad. La pérdida de libertad sumada a la necesidad de capacitar a los habitantes en el trabajo industrial da vida a las llamadas prisiones, que en sus orígenes se denominaron “casas de trabajo”, lugares donde los infractores eran encerrados e iniciados en las prácticas laborales con la intención de crear un hábito con ellas.


P8) La criminalización de las necesidades

Basaglia
Según Basaglia nos encontramos ante la presencia simultánea de dos tipos de guerra: la guerra imperialista Vs movimientos anti-imperialista; y la guerra cotidiana o de la paz, con sus instrumentos de tortura y sus crímenes, donde se van aceptando el desorden, la violencia y la crueldad como norma de la vida de paz.

Hospitales, cárceles, manicomios, fabricas, escuelas, son los lugares en los cuales se llevan a cabo y se perpetúan estos crímenes en nombre del orden y de la defensa del hombre. Pero el hombre al que se quiere defender no es el hombre real: es aquello que el hombre debe ser después de la cura, del adoctrinamiento, la destrucción, el achatamiento de sus potencialidades, la recuperación.

Las ideologías científicas y las instituciones tienen la tarea de garantizar esta manipulación, uniendo en el mismo juego (obviamente con grados diferentes de posibilidad y alternativas) a manipuladores y manipulados, controladores y controlados, los unos a través de la identificación con su papel, aparentemente activos y autónomos, los otros en el sufrir aquello que no tienen la posibilidad de rechazar.

En cada momento de crisis resurgen los conceptos abstractos de “hombre” y de “humano”. En nombre de este hombre abstracto existe el progreso de las ciencias, el progreso de la civilización.

De acuerdo a si las circunstancias son favorables o no, la lógica económica tiende a establecer aquello que es humano y lo que no lo es, lo que está sano y lo que está enfermo, lo bello y lo feo, lo correcto y lo incorrecto.

Se continúa sosteniendo que se han dado pasos gigantescos por parte del hombre hacia la conquista de la propia libertad y del propio destino. La ciencia, en cada campo, declara estar dedicada a la búsqueda de instrumentos siempre nuevos para la liberación del hombre de las propias contradicciones y de las contradicciones de la naturaleza. Pero si se analiza y sobre todo se trabaja dentro de las instituciones creadas por nuestra “ciencia” y por nuestra “civilización”, nos damos cuenta de cómo cada instrumento técnicamente innovador no ha servido en realidad más que para dar un nuevo aspecto formal a condiciones que permanecen inmutables en su naturaleza y significado.

Para el hombre moralmente extraviado: la cárcel; para el enfermo del “espíritu”; el manicomio; ésta es la gran conquista de la ciencia.

Durante siglos los desviados de la norma (locos, delincuentes, prostitutas, homosexuales, alcholicos etc) compartieron un mismo lugar, en ese entonces se buscaba aislar al anormal del comercio social. Locura y delincuencia representaban juntas la parte del hombre que debía ser eliminada, circunscripta y escondida.

Locura y delincuencia representaban juntas la parte del hombre que debía ser eliminada, circunscripta y escondida, hasta que la ciencia no estableció claramente la división a través de la individualización de los diversos caracteres específicos.

Según el racionalismo iluminista, la cárcel debía ser la institución de castigo para quien trasgredía la norma, encarnada en la ley. El loco, el enfermo del “espíritu”, aquel que se apropiaba de un bien atribuido comúnmente a la razón dominante (el extraño que vivía según normas creadas por su razón o por su locura) comenzaron a ser clasificados como enfermos para los cuales es necesaria una institución que defina claramente los límites entre razón y locura y donde poder relegar y encerrar con una nueva etiqueta a quien contravenía el orden público bajo criterios de peligrosidad enferma o de escándalo público.

Cárcel y manicomio, una vez separados, continuaron conservando sin embargo la misma función de tutela y de defensa de la “norma”, donde la anormalidad (enfermedad o delincuencia) se convertía en norma en el momento en el cual era circunscrita y definida por los muros que establecían las diferencias y la distancia.

La ciencia ha separado entonces la delincuencia de la locura, reconociendo a las dos una nueva dignidad: a la locura la de ser traducida en una abstracción (su definición en términos de enfermedad) y a la delincuencia la de convertirse en objeto de investigación de parte de criminólogos y científicos, que llegaron a individualizar factores biológicos genéricos como originarios del comportamiento anormal, hasta el descubrimiento del cromosoma Y supernumerario. No obstante la separación formal de las dos entidades abstractas, cada una con la propia institución especifica, queda inalterada la estrecha relación de una y otra con el orden público: lo que mantiene inalterada la función de ambas instituciones como cuidado y defensa de este orden.

Ni el delincuente ni el loco han sido jamás considerados hombres, y las instituciones construidas para ellos no han modificado ni su función ni su naturaleza, siguiente en sus evoluciones separadas, vías paralelas.

Demostrando que la finalidad efectiva de los institutos de reeducación y de cura es siempre la supresión de quien debiera ser reeducado y curado.

Estos organismos llamados rehabilitativos tienen una doble función: la violencia como sistema concreto de eliminación y destrucción, y la violencia como amenaza simbólica de esta exterminación y destrucción.

En el capitalismo la organización de las necesidad comporta solamente la creación de nuevos organismos q son automáticamente insertados en el ciclo productivo, ofreciendo nuevos papeles, nuevos puestos de trabajo, nuevos servicios que ponen en movimiento el mismo circuito productivo, cuya justificación para la propia existencia es su misma supervivencia y el mantenimiento o el aumento de los objetos que contiene.

El delincuente se convierte automáticamente en pertenencia de la criminología, ciencia que tiene como objeto de investigación la criminalidad y no el hombre en su totalidad; asi como el loco son automáticamente pertenencia de la psiquiatría, ciencia que suele tener como objeto de investigación las desviaciones psíquicas y no el hombre en su totalidad.

Las ideologías científicas sirven entonces para fijar en términos absolutos los elementos de su competencia, haciéndolos convertirse en accidentes naturales contra los cuales el hombre puede tan poco como la ciencia. Si enfermedad y delincuencia sólo son fenómenos naturales y no son también productos históricos sociales.

Pero estos hechos que la ciencia ve como naturales, sólo aparecen como propios de la naturaleza del proletariado. Es decir, la locura y la delincuencia de los pertenecientes a esta clase son convertidas en naturales e irreductibles a través del proceso de absolutización del diferente. Cuando se trata de casos de delincuencia en la clase alta, estos se explican apelando contingencias histórico sociales.

En los países en donde la situación económico-social, por su grado de desarrollo no exige un tipo de superestructura institucional dividida, la desviación ocupa todavía por lo general el mismo espacio: la internación indiferenciada o la violencia explícita, sin encubrimiento.



La violencia, o la amenaza de violencia, es aún un instrumento suficiente para garantizar el orden público. En el caso de que exista esta división de la normalidad fundada sobre ppios científicos, ella resulta un tipo de organización institucional, una superestructura de importación que no responde mínimamente a la realidad local.

En los países sudamericanos, la tortura representa la superestructura, la organización institucional que responde realmente al nivel estructural de aquéllos países. La tortura como institución se convierte en el único instrumento que los políticos (es decir, los militares) saben usar para controlar una situación que no puede ser controlada sino a través de un estado continuo de amenaza de violencia. Para un pueblo que no tiene la esperanza de cambiar su condición invivible o que no traduce en una lucha concreta esta esperanza, la amenaza de la internación en la cárcel o en el manicomio, como sanciones por los comportamientos desviados, no tiene peso porque para quien no come o no tiene una casa en donde dormir, la internación puede tb ser una solución para la supervivencia. La tortura es entonces el único medio de eliminación y por lo tanto el verdadero control social que responde a un nivel de desarrollo todavía arcaico.



Estructura económica y organización institucional coinciden siempre a cada nivel de desarrollo y no es casual que los manicomios se estructuren en el sentido técnico-institucional con el inicio de la revolución industrial.

Con el nacimiento de la era industrial, la relación es entre hombre y producción, lo que crea un nuevo uso discriminante de todo elemento que pueda ser un estorbo al ritmo productivo.

Al nivel de desarrollo tecnológico de los países occidentales esta organización del control ya no es explícita. El control es enmascarado y al mismo tiempo legitimado por las diversas ideologías científicas: para el manicomio, por la ideología médica que encuentra en la definición de la irrecuperabilidad de la enfermedad la justificación a la naturaleza violenta y segregante de la institución; para la cárcel, por la ideología del castigo. El encarcelado paga por la culpa cometida en daño de la sociedad; el enfermo, paga por una culpa no cometida y el precio es tan desproporcionado a la “culpa” que le hace vivir una doble forma de alienación procedente de la total incomprensión e incomprensibilidad de la situación que se ve obligado a vivir. La ideología de la punición sobre la cual se funda la cárcel y la de la irrecuperabilidad de la enfermedad sobre la que se funda el manicomio, son totalmente extrañas al problema de la delincuencia y al de la enfermedad.

Su función es la de una simple contención de las desviaciones y por lo tanto de su control. La ideología encubre la represión simplemente justificándola y legitimándola. Pero la violencia legitimada sigue siendo violencia.

Si la finalidad rehabilitativa de ambas instituciones fuese real, habría detenidos e internados rehabilitados y reinsertados en el contexto social.

La afinidad formal entre estas instituciones parece realizarse para ambas sobre un plano puramente negativo.

La realidad de las instituciones se mantiene fundada sobre el concepto de culpa por expiar, por pagar a través del castigo, incluso en el caso de la enfermedad.



Los locos que Pinel había separado de los delincuentes, encadenados, están todavía real o simbólicamente, encadenados uso y otros en instituciones separadas, pero fundadas sobre los mismos ppios destructivos; definidos y recluídos en los mismos juicios de valor que establecen de cualquier forma su naturaleza diferente. Los locos han obtenido del racionalismo iluminista la dignidad de enfermos y los delincuentes han pasado del ámbito de la culpa moral al de una abstracto justificación endógena.

La delincuencia y la enfermedad son un producto histórico social y sin embargo continúa haciendo pagar las consecuencias a quien es golpeado como si se tratase siempre y sólo de culpas individuales, usadas para destruir a quien está fuera o estorba el ciclo productivo.

Los organismos llamados rehabilitativos tienen una doble función:


  1. la violencia como sistema concreto de eliminación y destrucción

  2. la violencia como amenaza simbólica de esta exterminación y destrucción.

Lo que importa es individualizar rápidamente al diferente y aislarlo para confirmar que no somos nosotros (los sanos, los normales, los buenos ciudadanos); no es la estructura de nuestra organización social la que produce las contradicciones. Es siempre el otro, el extranjero, el extraño, el corruptor, son las “malas compañías” las que producen el contagio que debe ser prevenido y neutralizado en defensa de lo no contradictorio de la norma, de los parámetros según los cuales es definido el orden moral y público. En esta caza de la individualización precoz de la diversidad para confirmarla como desigualdad se funda el carácter preventivo de las ideologías, así como en la confirmación de esta desigualdad se funda el carácter violento de las instituciones.

Las pericias psiquiátricas no son más que un instrumento que permite el pasaje de un terreno al otro, a través de una medición cuantitativa de los elementos anormales presentes en el sujeto examinado.

Los criminólogos continúan reconociendo la realidad carcelaria como la expresión más directa y evidente de la delincuencia natural del detenido, así como los psiquiatras continúan reconociendo la realidad manicomial como signo del deterioro psíquico y moral producido por la enfermedad.

Es sobre esta lógica destructiva como se mantiene la eficiencia de la organización institucional, porque la institución en cuanto organización no puede permitirse riesgos. Pero los riesgos que no se permite la institución se traducen en realidad práctica negativa para los hombres que ella contiene, para los cuales no existen necesidades, exigencias ni carencias a las cuales se deba responder, porque el ser definido como enfermo mental o delincuente lo priva de los más elementales derechos, aún cuando las instituciones continúen definiéndose como rehabilitadoras y terapéuticas. Las llamadas instituciones rehabilitadoras tienen una función explícita: dar un papel institucional controlable a quien no es controlable a través de su participación en el ciclo productivo.

Quien está fuera de este cerco y no acepta las reglas del juego, debe encontrar un lugar en el cual asumir un papel específico con el cual la institución delegada jugará después en el gradual proceso destructivo que le corresponde.

En un nivel tecnológico-industrial más avanzado, como el control clásico de la desviación a través de las instituciones segregantes ya no basta. El sistema capitalista, además de producir un aumento de los bienes de consumo que son impuestos como signo del grado de bienestar alcanzado por la población, produce simultáneamente un aumento de contradicciones, o sea un aumento de desviaciones de la regla. El control de estas desviaciones no pasa ya únicamente a través de las instituciones segregantes y violentas (que sin embargo continúan existiendo). En este caso se puede tb permitir proyectar la restructuración formal de estas instituciones que pueden ser modernizadas, vueltas menos explícitamente represivas, más tolerantes, porque el control se efectúa esencialmente en otro lugar.





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