La próxima edad media



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LA PRÓXIMA EDAD MEDIA


(Transcribo aquí la introducción y extractos de algunos apartados del libro. El índice servirá para situar tales apartados –señalados en amarillo– en el esquema general.)
ÍNDICE
LA CUENTA ATRÁS
PRIMERA PARTE. CIVILIZACIÓN
1. ¿ESTÁ LA HUMANIDAD EN PELIGRO?

QUÉ TIENE DE ESPECIAL LA ESPECIE HUMANA

¿QUÉ RIESGOS REALES CORRE LA HUMANIDAD?
2. LA CIVILIZACIÓN EN PELIGRO

EL FENOTIPO CAMBIANTE DE LA ESPECIE HUMANA

GENERACIONES CULTURALES

LA GRAN PRÓTESIS

¿EQUIVOCACIÓN O DESTINO?
SEGUNDA PARTE. MEDIEVO
3. EDADES MEDIAS

EL PROBLEMA DEL BARQUERO

QUÉ ES UNA EDAD MEDIA

EL FIN DE SÚMER

CRISIS EN EGIPTO

EL COLAPSO MAYA

LA RUINA DEL MUNDO ROMANO


4. LA PRÓXIMA EDAD MEDIA

UN SISTEMA INSOSTENIBLE

MUCHO MÁS QUE CLIMA

EL CAMINO A LA EDAD MEDIA. NUESTRO SIGLO V

EL CAMINO A LA EDAD MEDIA. EL MUNDO DE HOBBES

EL COLAPSO

LOS RESTOS DE LA CIVILIZACIÓN


TERCERA PARTE. RENACIMIENTO
5. UNA CIVILIZACIÓN VIABLE

LA ENERGÍA Y LOS RECURSOS

CONTENER LA POBLACIÓN

VIVIR EN UN SOLO MUNDO

EL CONTROL DE LAS MALAS TENDENCIAS

EVOLUCIÓN DIRIGIDA

LA FUERZA MOTRIZ

LAS DIMENSIONES DEL FUTURO

LA CUENTA ATRÁS


Paseo a medianoche por el parque suburbano a cuyos pies se extienden, hasta el horizonte, las innumerables luces de la ciudad. Se distinguen las luminosas serpientes de las autopistas con su incansable tránsito intestinal, las avenidas de los barrios del ensanche, las geometrías de las nuevas urbanizaciones, algunos ampulosos edificios de los que llaman “emblemáticos” (el estadio, el auditorio, las sedes de la Administración; un feo rascacielos que quiso ser y no fue) y la nebulosa del centro histórico. Una escena de calma casi submarina bajo el enervante océano de silencio nocturno; aparentemente plácida: todo parece ocupar desde siempre su sitio natural en el orden cósmico. Y, sin embargo, bajo ese apacible manto, todo está a punto de desmoronarse.

Nada de lo que se ve o se adivina ahí abajo es “natural”. Nada estaba ahí antes de que generaciones de humanos lo construyeran laboriosamente. Es, sin duda, un espectáculo bello, pero después de lo que ahora sabemos, ya no es posible contemplarlo con ojos inocentes: el artificio se ha hecho excesivamente grande, exigente y complejo como para que los pigmeos que lo han creado y lo habitan (demasiado pequeños para ser vistos en la escala de este escenario) sean capaces de controlarlo. Ese temor lo sofocamos con la ruidosa luz del día y su interesada saturación de sensaciones, pero ahora, en la fragilidad de la noche, aflora lo que inútilmente tratamos de negar: toda esta tramoya ha alcanzado su límite; como una torre de fichas que empieza a tambalearse y sospechamos que a la siguiente pieza no aguantará.

En efecto, la ciudad que a mis pies no acaba de dormirse es sólo una pequeña pieza de un enorme edificio que cada vez recuerda más a la mítica torre de la confusión. Todavía funciona, pero nadie conoce ya todos los resortes. Podría parecer que tiene vida propia, y, sin embargo, no es verdaderamente autónomo. Lo mantiene un nosotros colectivo, individualmente irresponsable, y empezamos a sospechar, a saber, que el descomunal mecanismo al que nos hemos enchufado, en el que vivimos, nos movemos y existimos, a cuya religión hemos confiado nuestras vidas, ya nunca más independientes, puede irse al garete. Escribo estas líneas cuando acaba de hacerse público el IV Informe de evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, elaborado para la ONU por grupos muy numerosos de expertos para explicar a los políticos los nuevos datos sobre el calentamiento global, inducido por el hombre, y sus impactos sobre el entorno humano. El desastre en ciernes no es ya una documentada apreciación interesadamente cuestionada, sino una certeza creciente, ratificada por los mejores medios científicos con los que cuenta la civilización humana.

Pero el cambio climático es sólo una dimensión, ciertamente dramática, de una crisis general de nuestra relación con el medio. Somos ya demasiados, gastamos demasiados recursos y demasiada energía y trastornamos demasiado el entorno del que dependemos. El metabolismo hipertrofiado de esta civilización no funciona en ciclo cerrado; es un parásito que se alimenta del metabolismo de la Tierra, que está siendo forzado más allá de su capacidad de autorregulación, adaptada a los lentos ritmos geológicos. O tal vez equivocamos la perspectiva: lo que está en juego es el preciso equilibrio metabólico en el que -nosotros, los parásitos- prosperamos. El planeta viviente es muy duro: le bastaría ajustar levemente algunos parámetros para sacudirse a los intrusos y reanudar la historia desde otro punto, como otras veces en el pasado. La química de las envolturas exteriores de la Tierra, de la que ha emergido y con la que interactúa la propia química de la vida, encontrará un nuevo equilibrio. Los ecosistemas se reacomodarán sin seres como los que una vez, fugazmente, atisbaron la maravilla sin merecerla ni saber disfrutarla. Nadie llorará ni celebrará sus honras fúnebres. Pero ni siquiera sucederá algo tan dramático. Lo que verdaderamente no tiene futuro es la particular maquinaria de esta “civilización” que nos proporciona a una parte -a una parte- de la Humanidad las condiciones de vida de las que, aunque sea con algunos incómodos efectos secundarios (un poco de estrés y de humo), nos sentimos tan orgullosos. Eso, nuestro tinglado de bienestar, sí tiene los días contados.

Me gustaría marcar, no obstante, una distancia con el pesimismo remilgado de cierto establishment intelectual. Mis amigos me achacan, más bien, un obstinado optimismo, aunque supongo que se debe a que hoy se considera optimista no ya a quien afirma que las cosas saldrán finalmente bien, sino incluso a quien simplemente cree que intervenimos decisivamente, por acción o por omisión, en inclinar la balanza hacia uno u otro lado y que la suerte no se debe sólo a factores externos incontrolables que, miren por dónde, no se sabe por qué extraño designio, siempre buscan nuestra ruina. Visto de este modo, sí me incluyo en esta segunda clase de optimistas posibilistas: creo que no somos víctimas inocentes, sino que tenemos algún margen de maniobra y mucha responsabilidad sobre nuestra buena o mala fortuna. La extensión del escepticismo sobre la eficacia de los propósitos y las acciones humanos y de los controles y los proyectos sociales es un triunfo de quienes en efecto dirigen –ellos sí– sin oposición la marcha de las cosas. Pero si empujamos más de la cuenta el platillo equivocado de la balanza, entonces el destino se convierte en inexorable. Es pura física. Usted tiene la libertad de tirarse desde un décimo piso, pero, si da el salto, cae al suelo y con toda probabilidad se mata. Cuando se ha tirado, no puede escapar a su destino. Bien, tal vez nos hemos tirado ya del décimo piso, y mientras empezamos a caer echamos la culpa a la ley de la gravedad y buscamos con desesperación algún truco para amortiguar la caída.

Otra idea que he expresado es que para cambiar de rumbo no se puede partir de cero y que no queda más remedio que hacerlo desde la situación presente. Parece una perogrullada, tal vez necesaria frente a los brotes de inocencia adánica. Sin embargo, debo hacer ahora un serio reparo. La situación presente es tan decisiva en algunos aspectos que no se puede confiar en el gradualismo, en la lenta iniciativa a que nos acostumbra la política internacional, para superarla. Será difícil que los cambios necesarios se produzcan sin una seria sacudida social, pero no es previsible hoy, en las satisfechas democracias occidentales, una revolución exitosa al estilo clásico: los augurios de desastre suenan todavía a alarmismo exagerado. ¿Reaccionaremos cuando las condiciones se vuelvan insoportables? A veces, cuando el desorden parece dominar la escena, el medio se satura y cristaliza; o el ruido empieza a generar información y orden, como cuando los aplausos caóticos de una multitud se acompasan solos. Este extraño fenómeno, que los físicos llaman resonancia estocástica, es más común de lo que pueda pensarse. También en la historia ha habido momentos en los que los factores positivos o negativos se han aliado para empujar el devenir en una u otra dirección. Podríamos esperar, pues, que la actual agitación acabara sincronizándose y resonando de tal modo que consiguiera remover los obstáculos que ahora frenan la aplicación de las políticas necesarias. Actuaría como una vacuna: los primeros embates todavía atenuados de la enfermedad activarían nuestras defensas contra la versión más virulenta. Pero tampoco deberíamos depositar nuestra suerte en ese fenómeno de autorrefuerzo, que actúa tanto en sentido favorable como desfavorable a nuestros intereses: a veces, cuando las cosas empiezan a ir mal, la resonancia estocástica se conjura para empeorarlas más, como un alud que se alimenta a sí mismo.

Además, y sobre todo, me temo que ya es tarde para esperar un milagro. Empecé a escribir este libro como advertencia ante una amenaza: todavía creía en la posibilidad de corregir los graves defectos de la actual vía de civilización. Pero a medida que reflexionaba y avanzaba en el texto me iba convenciendo de que estamos ya demasiado metidos en la trampa como para escapar sin sufrir, de todos modos, un tremendo correctivo. Como veremos, el puzzle que tratamos de montar es imposible, porque sobran o faltan piezas. Siempre hay alguna –los recursos limitados, la población excesiva, la capacidad tecnológica o nuestras pasiones incontroladas– que no encaja. Quizás podamos estirar un poco la ficción con tecnologías nuevas, pero sólo servirá para liar más la madeja si lo demás no cambia; y parece imposible que cambie sin una rigurosa purga.

Por mucho que nuestro instinto de supervivencia y nuestra tendencia al autoengaño aparten la amenaza como puramente retórica o la desplacen a algún tiempo demasiado lejano como para tomarla en serio, cada vez son más evidentes los signos de la crisis que todavía no queremos reconocer, y es más que probable que la actual generación de jóvenes llegue a sumergirse de lleno en su vorágine. La próxima Edad Media está muy próxima. Sólo después de pasar ese peaje podrá haber otra oportunidad.

De manera que la cuestión ya no es si pasaremos o no una dura prueba, sino si todavía saldremos de ésta con daños aceptables para salvar lo esencial o si sufriremos una caída tan grande que obligue a una Humanidad frustrada y fracasada a empezar de nuevo desde muy abajo.

Lo cierto es que a estas alturas deberíamos estar más que alarmados. Si alguien cree que exagero y que confundo el riesgo con la certeza, puede seguir leyendo estas páginas como advertencia acerca de lo que pasaría si no recondujéramos el rumbo e hiciéramos bien los deberes, porque lo que no admite duda es la amenaza; y difícilmente habrá reacción sin miedo. En tal caso, si no estoy en lo cierto y todavía hubiera una salida no catastrófica, tal vez sirvan de algo las reflexiones que aquí se hacen sobre las condiciones que debería cumplir una sociedad tecnocientífica para ser viable. Por mi parte, aunque creo que no conseguiremos evitar el declive, confío en que las mismas medidas servirían para moderarlo y sentar las bases de una recuperación. Así que de todas formas nos conviene actuar como si pudiéramos superar el actual trance esforzándonos en cambiar el modelo económico, en vez de intentar perpetuarlo. Tal vez así podamos estar mejor preparados para los malos años, hacer que el periodo de penitencia que nos espera sea más corto y más soportable y afrontar con más garantías el siguiente asalto. El precio final dependerá de cómo se desarrollen los próximos acontecimientos.

El libro tiene ahora el propósito de hurgar en la herida. James Lovelock, el autor de la idea de Gaia, de la Tierra como organismo planetario, en un libro reciente (La venganza de la Tierra) que quiere ser un llamamiento para que se pongan los medios para minimizar el desastre, sostiene que, en el mejor de los casos, la especie humana quedará reducida a 500 ó 1000 millones de seres, con un ajuste lleno de dramatismo político y social. Las siguientes páginas contienen un cierto grado de especulación sobre las amenazas que podemos intuir e identificar, pero no será tanto un ejercicio de adivinación como de reflexión sobre algunas implicaciones de la actual crisis. Corremos el peligro de quedarnos en la superficie, de creer que basta poner un parche, por ejemplo haciendo algunos arreglos aquí y allá en nuestro modelo energético y bajando el termostato del planeta, para que todo quede en un susto y las cosas vuelvan de nuevo a su cauce, por supuesto el del neoliberalismo triunfante (casi nadie dice ya capitalismo). El calentamiento global, con sus consecuencias, es un problema más que serio, pero, por otra parte, es sólo un síntoma de un modelo de desarrollo que no puede garantizar una vida buena al conjunto de la Humanidad. No puede funcionar a medio plazo ni siquiera con los parches. Si nos limitamos a atajarlo como si fuera un problema autónomo, el cambio climático acaba convirtiéndose en una coartada para no ver ni abordar las causas más profundas. Se amontonan los indicios de que esto es justo lo que está sucediendo

Es evidente que nadie puede predecir el futuro, pero tenemos bastantes elementos de juicio como para analizar con provecho algunas ramificaciones de la ruina que ya ha empezado y a las que todavía no prestamos atención, apremiados como estamos por taponar las grietas más evidentes.

¿Cuál es el alcance de la actual crisis y qué está en riesgo? Casi nadie cree que exista un peligro real de desaparición física de la Humanidad, aunque prestar un poco de atención a este asunto (qué importancia tendría la extinción de la especie humana) servirá para recuperar algo de la autoestima de la que nos han privado los rigores del relativismo. Lo que sí se tambalea es el edificio de la civilización, que, como veremos, no es algo accesorio a la propia Humanidad. Así que dedicaré la primera parte (“Civilización”), a reflexionar sobre el significado de la vida civilizada, a separar las luces de las sombras, a sopesar lo que hemos hecho bien y mal y a apreciar las conquistas memorables de la especie humana que algunos condenan sin apelación poniéndolas en la misma lista roja de los errores. ¿Es la civilización un camino equivocado, o es el destino necesario de una especie dotada de mente consciente? ¿Pudieron nuestros antepasados no seguir esa tentación? ¿Podemos abolirla o desertar de ella? ¿Por qué tiene importancia la herencia acumulada por la Humanidad? Reflexionar sobre estas cuestiones tal vez nos ayude a adquirir perspectiva y a entender lo mucho que hay en juego y que nos vale la pena defender hasta donde sea posible, para asegurar su refundación sobre un fundamento más sólido.

En la segunda parte (“Medievo”), especularé sobre la deriva que podría tener la actual situación. Aun dando por hecho, como trataré de argumentar, que una corrección severa es ya inevitable, quedan unas cuantas preguntas inquietantes que no deberían parecernos retóricas, por la cuenta que nos trae: ¿hasta dónde podríamos precipitarnos y cuánto podríamos perder de todos esos logros que ahora damos por sentados? ¿Cómo se produciría la pérdida? ¿Cómo sería la Edad Media de una sociedad altamente tecnificada? ¿Qué, y cómo, se podría salvar de la quema? Los aficionados a las películas de catástrofes echarán en falta más realismo en los efectos especiales. Se podrían hacer muchas películas diferentes, todas igual de improbables. Así que, como la línea del porvenir está muy abierta, he preferido recurrir más a las tendencias lógicas que a la dramatización.

También será una especulación la tercera parte. La he titulado “Renacimiento” porque no tendría futuro la simple restauración del mundo impracticable que conocemos. Si no existiera la esperanza de que nuestros descendientes se sobrepongan algún día al fracaso de nuestro camino de civilización, escribir un libro como éste sería sólo un ejercicio de masoquismo. Pero el lector no encontrará aquí sólo palabras como “crisis” y “colapso”, sino también otras como “futuro” y “aventura” (por cierto, son palabras muy solemnes, así que espero no utilizarlas en vano). Así pues, el pesimismo acerca de cómo discurrirán las cosas a corto plazo no tiene nada que ver con la creencia, muy extendida en algunos círculos, de que la especie humana y su civilización tengan un vicio invencible de origen. Comparto la confianza ilustrada en la capacidad de la Humanidad para labrarse una buena vida en este mundo; y es precisamente el aprecio de la civilización y del proyecto ilustrado lo que sustenta las críticas que aquí se hacen sobre un modelo de sociedad que los amenaza. Ese proyecto se ha visto erosionado también por algunos malentendidos, y requiere una puesta al día, pero sólo él ofrece esperanza en el mundo sin dioses, y debería servir de guía para replantear el futuro.

Se puede hacer una lectura positiva de la crisis: puesto que el actual modelo no tiene solución, su caída es la condición necesaria para intentar una alternativa viable. Como ha dicho Robert Wright, un camino verosímil hacia el triunfo a largo plazo es una catástrofe a corto plazo. De modo que, si tuviéramos la oportunidad de una refundación, ¿sobre qué bases elegiríamos levantar el nuevo proyecto humano? Podemos intuir las oportunidades que este universo ofrece a seres que han adquirido la capacidad de admirarlo y comprenderlo en algún grado, así que no es una pérdida de tiempo imaginar lo que podríamos ser. No se trata de inventar una utopía finalista, y no tenemos ni idea de la apariencia que tendrá la próxima civilización, pero es difícil que se pueda evitar recorrer de nuevo, de una forma u otra, el camino de la tecnociencia. Así que ¿qué condiciones imprescindibles debe cumplir una civilización tecnocientífica para ser viable? ¿Qué cláusulas de nuestro contrato con el mundo deberían cambiarse para no tropezar otra vez en la misma piedra?

Una de las condiciones será encontrar solución a problemas que ahora se antojan irresolubles. La saturación demográfica, el límite de los recursos, en especial de los energéticos, y las malas tendencias crónicas de nuestra naturaleza se interponen como muros casi infranqueables ante nuestra aspiración a una buena vida universal.

Los cambios necesarios, primero, para salir de este embrollo sin excesivo quebranto y, después, para propulsar el Renacimiento son tan profundos que justifican el escepticismo sobre la voluntad y la capacidad de acometerlos, pero no hay un destino enteramente escrito y contamos con algunas armas para promoverlos. Un medio, imprescindible pese a su merecida mala fama, es la política. Por supuesto, estamos ya demasiado resabiados para confiar en la iniciativa de los gobernantes firmándoles un cheque en blanco. Los políticos se deben a intereses contrapuestos, y hay que azuzarles sin descanso para contrarrestar las otras fuerzas que les empujan en la dirección catastrófica. Hasta ahora, el control humano sobre los acontecimientos ha sido muy imperfecto; ha dejado excesivos cabos sueltos y demasiado espacio a merced de los oportunistas. Para ser viable, una sociedad tecnocientífica no tiene más remedio que desarrollar un orden político mucho más eficiente en la escala global y reducir el peso del azar y sus parásitos. La ciega evolución ha mantenido su inercia hasta el presente, pero el futuro sólo es posible en forma de evolución organizada. Eso es muy exigente. Requiere conocimiento, sentido ético (que implica domesticar algunas inclinaciones de la naturaleza humana que a estas alturas de la historia resultan ya excesivamente peligrosas), dedicación, voluntad y amor al mundo.

En fin, la eficacia de la actuación humana sobre el entorno ha llegado al punto de alterarlo globalmente, pero sin control ni planificación globales. El mismo desajuste afecta a la globalización social y económica. Esto nos obliga a replantearnos tanto nuestra relación con el mundo en que vivimos como nuestras relaciones intraespecíficas. La especie humana debe adaptarse a la nueva situación creada por ella. Y no podrá hacerlo por los mecanismos clásicos de la evolución biológica, sino sirviéndose de las mismas armas de la cultura que han provocado el problema; creativa y planificadamente.

Resumiré así la idea en que se sustenta este libro: navegamos atolondradamente hacia el gran iceberg. Las alarmas no bastarán para esquivarlo del todo, pero tal vez podamos maniobrar todavía lo suficiente para que las averías no sean fatales. Y si no, si el Titanic ha chocado ya con daños irreparables aunque apenas lo hayamos notado, si sólo es cuestión de tiempo el hundimiento, en vez de atropellarnos caóticamente, ¿no deberíamos hacer inventario y salvar lo más preciado en las chalupas?

* * *
(EXTRACTO DEL APARTADO “EQUIVOCACIÓN O DESTINO”)

La vida civilizada es una construcción frágil que necesita muchos cuidados. Un reguero de esqueletos de organismos sociales que un día la sostuvieron jalonan la historia y nos advierten de esa fragilidad; son otros tantos experimentos fallidos.

Y, sin embargo, la aventura de la civilización no es un desvío, sino la consecuencia lógica de la estrategia cultural de la especie humana. Estamos equipados para la civilización desde antes de ser civilizados. El carácter de especie social, la mente consciente y la capacidad tecnológica son nuestra preinstalación para la vida civilizada. Siendo humanos, no podíamos no seguir algún día ese camino. Y lo mismo se puede decir de la tecnociencia, que es otro peldaño de la misma escalera. La naturaleza humana ha hecho crecer así una enorme prótesis que forma ya parte de nosotros y sin la cual veríamos mermada nuestra humanidad. Esa herencia creciente de conocimiento y de medios es nuestra defensa frente a las incertidumbres del entorno y nuestra herramienta para acomodarlo a nuestros deseos.

Al juntar ambas cosas, la inclinación irrefrenable de la Humanidad a la civilización y los continuos fracasos, en especial el de nuestra propia civilización tecnocientífica, por su globalidad, los más pesimistas proclaman que no es nuestra civilización la que no tiene futuro, sino la propia civilización, que es una vía equivocada que conduce necesariamente al desastre por un fallo fundamental de nuestra naturaleza, incapaz de moderar sus malas tendencias. Lo que es tanto como decir que la misma Humanidad es un error de diseño evolutivo; una aberración. Por consiguiente, estaríamos condenados a cometer siempre los mismos errores y a toparnos una y otra vez con nuestro límite insalvable, rebotando cada vez a un estadio anterior, en una dramática versión del eterno retorno. Hasta ahora, todavía quedaba espacio para nuevas equivocaciones. Pero, ahora, el ecosistema completo de la Tierra está saturado. No hay más huida hacia delante. Toda la estrategia de la cultura creciente era un fraude. Se terminó el invento. Este sería el verdadero final de la historia. No la meta buscada y conseguida; sólo el final.

Pero nadie puede demostrar semejante aserto. También tenemos motivos para pensar que la civilización es, como decía Gandhi de la civilización occidental, “una excelente idea” (en realidad dijo que “sería una excelente idea”: it would be an excellent idea) y no deberíamos confundir los frutos magníficos de esa idea con los imperfectos organismos sociales que los albergan; y, puesto que estamos condenados a reincidir en la misma vía de la civilización, más nos vale conocer los motivos de los fracasos para intentar evitarlos en el futuro. El avance a trompicones es demasiado fatigoso y tiene, en efecto, un límite, pero los hallazgos del genio griego y de la Ilustración demuestran que hay otro camino menos turbulento para mejorar la condición humana; que no son necesarias las escabechinas de la historia, y que la curiosidad, el entusiasmo por el conocimiento, la filantropía y otras fértiles pasiones son también un buen combustible para el descubrimiento y el progreso. Es el único camino que permitiría romper algún día de manera más definitiva el maleficio que ha acompañado al progreso.

Pero ahora, antes de que eso llegue, volvemos a estar, de nuevo, al final de un callejón equivocado. Volvemos a estar con el agua al cuello, y nos toca enfrentamos a nuestro propio colapso. Nuestro sistema de civilización –nuestro vehículo de civilización-, tan eficiente y tan exitoso, es otra experiencia fallida. Y otra vez toda esa morralla acumulada que nos lastra y nos echa a pique arrastrará consigo hasta el fondo las valiosas joyas de familia.

* * *




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