La pedagogia del maestro jesúS



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JESÚS MAESTRO Y PEDAGOGO

Aportes para una cultura escolar desde los valores del evangelio
Antonio Pérez Esclarín (2008)

Suelo decir que, independientemente de la posición cristiana



en la que siempre traté de estar, Cristo será para mí,

como lo es, un ejemplo de pedagogo…

Lo que me fascina de los evangelios es la indivisibilidad

entre su contenido y el método con que Cristo lo comunicaba”
(Paulo Freire)

A todos los maestros y maestras que se esfuerzan cada día

por seguir los pasos de Jesús y trabajan con entusiasmo por

gestar una educación y una pedagogía al servicio del



desarrollo integral de sus alumnos.

PRESENTACIÓN
Hace aproximadamente dos mil años, el Maestro Jesús, arrastrado por el Espíritu, empezó a recorrer los caminos y aldeas de Palestina, con un ferviente llamado a la conversión, a la revolución profunda del corazón. Dios era un Padre que nos amaba entrañablemente a todos y que, por ello, quería que viviéramos como hermanos. Era un Pastor amoroso, buscador incansable de la oveja perdida. Era un Médico, ansioso siempre de curar. No era un Juez lejano y frío, sino una Madre cariñosa.
La plenitud y la felicidad no se encontraban en el poder, en las riquezas, en el prestigio, sino en el amor. Había que vivir construyendo el Reino de la fraternidad, la justicia y la verdadera paz. La perfección no consistía en el cumplimiento estricto y minucioso de la ley y de los preceptos, sino en el servicio al hermano, sobre todo al hermano excluido, golpeado, abandonado, rechazado. El templo no era el lugar sagrado por excelencia, morada predilecta de Dios. Dios moraba en el corazón necesitado del hermano.
Pobres, enfermos y menesterosos, sobre todo, se colgaban de sus labios, bebían con avidez sus palabras en las que encontraban una respuesta a las esperanzas y ansias de sus vidas. Jesús era como una fuente de agua viva en la que podían lavar sus cansancios, limpiar sus suciedades y saciar su sed más profunda. Era una Luz que guiaba sus pasos por caminos de esperanza y plenitud. Era Sal que le daba sabor a la vida. Era Pan que alimentaba y daba fuerzas, Vino que alegraba los corazones.
Desde hace ya algún tiempo, vengo constatando con preocupación que los educadores cristianos no estudiamos con la debida seriedad y profundidad a Jesús como Maestro. Difícilmente superamos las generalidades de algunas frases como llamarle “El Maestro de Maestros”, pero no abrevamos nuestra práctica educativa y pedagógica en sus enseñanzas y estilo pedagógico. Junto a esto, observo también que la formación religiosa que muchos reciben en retiros y convivencias no siempre se traduce posteriormente en cambios pedagógicos, en nuevas relaciones, en cultivo y alimento de la vocación de servicio. Pareciera que no terminamos de integrar fe y vida y seguimos atrapados en una fe y una religión en las que parecemos buscar consuelo para nuestras vidas, más que aliento y fuerza para cambiar de vida.
Me preocupa también que, en muchos centros católicos, la pastoral aparece como un apéndice, como un añadido, como una materia donde se aprende la doctrina cristiana, pero no se convierte en el espíritu, en fuerza que anima toda la cultura y la vida escolar. En estos tiempos de incertidumbre y confusión, la educación católica debe constituirse en la “levadura en la masa” de la educación. Debe ser mucho más propositiva, demostrar con hechos que está comprometida en lograr una educación de verdadera calidad integral para todos, en especial para los más pobres, necesitados y carentes, medio esencial para abatir la pobreza y lograr una verdadera ciudadanía participativa y solidaria.
Para ello, la educación católica tiene que ser mucho más radical, es decir, tiene que volver a sus raíces y afincarse fuerte en ellas. Y sus raíces son Jesús, Palabra de un Dios que arde en deseos de comunicarse con nosotros, sus hijos, Camino a la Vida Verdadera.
Este libro sólo pretende aportar algunas preocupaciones y tal vez unos pocos elementos para que, entre todos, vayamos estructurando nuestros centros educativos sobre los valores evangélicos y los educadores cristianos podamos modelar nuestra conducta y nuestras prácticas en el Maestro Jesús, ese pueblerino que, sin estudios especiales, fue capaz de revolucionar la historia y nos enseñó la profunda sabiduría de salvar la vida, haciendo de ella semilla de vida para los demás. .

I.- SER CRISTIANO EN TIEMPOS DE POSTMODERNIDAD Y DE

POSTCRISTIANDAD.
Vivimos tiempos de incertidumbre y crisis. Todo cambia a velocidades vertiginosas e incluso pareciera que lo único que permanece es el cambio permanente. Si las generaciones anteriores nacían y vivían en un mundo de certidumbre y valores absolutos en el que los cambios eran a un ritmo tal que podían asimilarlos con naturalidad, hoy sentimos que el vértigo de los cambios continuos nos asoma a un mundo desconocido, misterioso, extremadamente complejo, y que, en consecuencia, se hunden estrepitosamente bajo nuestros pies muchas de nuestra viejas certidumbres y seguridades. Vivimos también en un profundo relativismo ético y cada vez más, cada uno decide qué es bueno y qué es malo, qué se puede hacer y qué no se puede hacer. Las viejas tablas de salvación a las que antes nos aferrábamos con fuerza se hunden ante nuestros ojos y vamos quedando desnudos, sin seguridades y convicciones, a la intemperie.
Son tiempos de profundos desengaños, de renuncia a los grandes compromisos e ideales, de acomodarnos en un narcisismo plácido, de pensamiento descomprometido y débil. Hoy, más que una dictadura del pensamiento único, lo que en verdad impera es la ausencia del pensamiento. De la duda como método filosófico para construir un mundo de certezas absolutas, pasamos a la duda como única certeza. Del “pienso, luego existo” cartesiano, raíz de la modernidad, hemos pasado al “consumo, luego existo; pienso, luego estorbo”, de la postmodernidad.
La modernidad avanzó avasalladora tras la luz de la Razón que se creyó iba a traer prosperidad para todos y acabar con las sombras de lo desconocido y misterioso, raíz de la magia y las religiones, propias de los estadios primitivos de la humanidad. Del optimismo pasamos rápidamente al desencanto. El imperio de la razón terminó construyendo un mundo sin razón, un mundo irracional. El inmenso poderío de la tecnociencia no fue capaz de acabar con los problemas del hambre y la miseria, ni se orientó a construir una auténtica ciudadanía planetaria, donde todos pudiéramos vivir con la dignidad de personas humanas, iguales y diferentes al mismo tiempo. Se utilizó, más bien, para construir armas cada vez más terribles y sofisticadas, para levantar barreras y muros físicos, psicológicos y legales entre los pueblos, para contaminar y destruir el planeta, para inventar campos de exterminio y métodos cada vez más sofisticados de tortura.
Sin absolutos, sueños ni grandes horizontes, los seres humanos nos hemos refugiado en la trivialidad efímera de las cosas. El mundo se ha convertido en una cosa repleta de cosas, en un gran mercado, en un inmenso almacén. Todos los grandes sueños han quedado reducidos a comprar y consumir; la libertad se ha degradado a la posibilidad de elegir entre miles de productos o de canales, y la felicidad se ha rebajado a “salir de compras”, “pasarlo bien” y a responder a los estímulos permanentes del mercado.
Es la sociedad del consumo y el espectáculo. El mercado necesita producir cada vez más y más cosas y la publicidad se encarga de convencernos de que las necesitamos. Ya no compramos lo que necesitamos, sino que compramos lo que el mercado necesita que compremos. El consumismo es como las drogas, cuanto más compra uno, más necesita comprar. No en vano hoy se comienza a hablar de la nueva enfermedad de “adicción a las compras”, de compradores compulsivos.
El deseo de comprar cada vez más y más cosas, de responder a los estímulos de la publicidad, impide disfrutar de los objetos comprados. “Use y bote”, parece ser la orden que doblega corazones y voluntades. Los cada vez más inmensos y sofisticados centros comerciales que ofrecen todos los productos inimaginables ocupan hoy el lugar de los antiguos templos. Los estadios deportivos son los únicos lugares de pasiones verdaderas. Lo superficial se propone como lo valioso, el ideal de vida. Los efímeros héroes del deporte, la música, la moda que los medios de comunicación crean y recrean permanentemente son los modelos a imitar y seguir.
Cambiar el mundo se reduce a producir nuevas cosas. La calidad de vida se identifica con la cantidad de cosas. El lucro, la utilidad y el consumo sustituyen los antiguos valores de honor, generosidad, gratuidad, coraje, honestidad.
En un mundo transformado en objeto, el hombre está llamado a convertirse él mismo en una cosa, en mera mercancía, que se usa, se compra, se vende, se desecha. Hoy, cada vez más, las cosas determinan el valor de las personas: “Vales lo que tienes”; si no tienes, no vales, no eres nadie, no cuentas, tu delito es existir.
Todos necesitamos llenarnos de cosas para poder ser, para sentirnos importantes y queridos. La vida se nos va en trabajar y ganar para comprar: objetos, placeres, sensaciones, viajes, apariencias. Perdemos la salud para hacer dinero y luego perdemos el dinero para recobrar la salud. Nos llenamos de seguros: aseguramos el carro, la casa, la vida…, pero no somos capaces de combatir nuestra creciente inseguridad.
La otra cara del consumo es la miseria y la violencia. Cada quien se refugia en su mundito sin importarle realmente lo que sucede a su alrededor, sin ojos ni corazón para ver cómo aumenta la pobreza, el hambre, la miseria. Impera el mercado, impera la insensibilidad, impera la violencia. La publicidad nos invita a todos a entrar en el banquete del consumo, pero cierra violentamente las puertas a la mayoría que no tienen cómo pagar la entrada. Como cada vez escasea más el trabajo bien remunerado y los medios lícitos para poder responder a los estímulos del mercado, y como por otra parte cada día se debilitan más y más los principios éticos, “todo vale” para tener: robo, corrupción, asalto, engaño…Por ello, cada día crecen más pujantes las economías subterráneas del sicariato, el secuestro, la prostitución de adultos y de niños, la pornografía, el tráfico de armas, de drogas, de órganos. Los que no tienen se arman para poder tener. Los que tienen se arman para defender lo que tienen. “Armaos los unos a los otros” está sustituyendo el “amaos los unos a los otros” de Jesús.
Lo más grave de todo es que nos estamos acostumbrando a ver como normal un mundo completamente anormal. Ya no nos causa indignación –tal vez sólo malestar: pedimos que los recojan para no verlos, para que no nos molesten, pero no atacamos las raíces que los crea y los lanza a la calle en números cada vez mayores- el ver a mendigos revolviendo los pipotes de basura; indígenas pidiendo en los semáforos; niños viviendo y creciendo en la calle, sin hogar, sin escuela, sin cariño, sin mañana; el espectáculo de la muerte de pueblos enteros bajo las dentelladas del hambre, el sida, o cualquiera de esas enfermedades de la miseria (diarrea, tuberculosis, dengue…) hoy tan fácilmente derrotables si la humanidad se lo propusiera…
Según la ONU, cada tres segundos, muere un niño de hambre, 1.200 cada hora. El hambre produce una matanza diaria similar a todos los muertos que ocasionó la bomba nuclear sobre Hiroshima. Sin embargo, si la humanidad se lo propusiera seriamente, el hambre podría ser derrotada hoy fácilmente: Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) la agricultura moderna está hoy en capacidad de alimentar a doce mil millones de personas, casi el doble de la población actual. Pero no hay voluntad política para ello: Todas las campañas y propuestas para aliviar la pobreza y el mundo han fracasado estrepitosamente. Y no hay voluntad política, porque hemos perdido la sensibilidad, la compasión, la misericordia.
El mundo de la opulencia reparte migajas y sigue su desenfreno consumista sin importarle los demás. Sólo en Europa se gastan cada año once mil millones de dólares en helados y cincuenta mil millones de dólares en cigarrillos. Sólo en Inglaterra se gastó en estas pasadas navidades 150 millones de dólares en regalos para mascotas, y cerca de los aeropuertos de las más importantes ciudades del mundo hay lujosos hoteles para perros, gatos, y las más increíbles mascotas, donde las habitaciones pueden alcanzar el astronómico precio de 170 dólares la noche.
Nos parece normal que un deportista famoso gane por la publicidad de una marca de zapatos más que los miles de obreros que los fabrican en verdaderas condiciones de neoesclavitud como son las maquilas, y hasta nos sentimos orgullosos y felices cuando compramos y usamos esos zapatos. O que a una obrera salvadoreña se le pague 25 centavos de dólar por cada una de las camisetas GAP que cose que luego serán vendidas a 34 dólares cada una.
Nos sorprende escuchar, pero no nos mueve al compromiso, que mientras una vaca europea es subvencionada con tres dólares al día, mil doscientos millones de personas deben vivir con menos de un dólar diario y dos mil cuatrocientos millones con menos de dos dólares; o que cada año un millón de niños entra en el infierno de la esclavitud sexual; o que en los últimos 20 años hemos pasado de 23 a más de 400 millones de niños esclavos que viven del robo, la limosna, o se prostituyen en las calles, son obligados a mendigar, con frecuencia mutilados para que su deformidad impresione a la gente, son reclutados a la fuerza como soldados y obligados a combatir y a matar, o son asesinados para proveer el mercado negro del tráfico de órganos, o malviven o mueren en minas y maquilas.. Para que los niños de Occidente puedan tener todos los juguetes imaginables, que posiblemente muy pronto irán a la basura, millones de niños en China y otros países del Oriente deben trabajar jornadas de catorce o más horas diarias, siete días a la semana, encerrados en unos galpones que más bien parecen cárceles y por unos pocos centavos de dólar al día.
Hasta nos estamos acostumbrando a asistir cada día al espectáculo de racimos de muertos por el terrorismo o las guerras que todas las noches, antes de acostarnos, nos brindan los noticieros internacionales.
De tanto que lo hemos escuchado ya no nos mueve a la ira el hecho monstruoso de que cada minuto el mundo gasta más de un millón de dólares en armas, o que cada segundo desaparece del planeta una superficie de bosques equivalente a un campo de fútbol. Hay cada vez más dinero para aniquilarnos, destruirnos y destruir el planeta, pero no hay dinero para acabar con el hambre, la pobreza, la miseria y construir la paz.
El adiestramiento de un soldado de guerra cuesta al año 64 veces más que educar a un niño en edad escolar, y la cuarta parte de los científicos del mundo se dedican a la investigación militar, mientras escasean los dedicados a curar enfermedades hasta ahora incurables como el sida, que está despoblando a algunos de los países más pobres del mundo, especialmente en el África.
Con lo que cuesta un caza supersónico se podría poner en funcionamiento 40.000 consultorios de salud, y el valor de un solo tanque moderno equivale al presupuesto anual de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación). Se calcula que con sólo lo que se gasta en armas en diez días, se podría proteger a todos los niños del mundo. Con ocho mil millones de dólares adicionales al año, lo que equivale al gasto militar mundial de cuatro días, podría garantizarse el acceso a la escuela a todos los niños durante diez años.
Estamos ciegos ante las injusticias, incapaces de ver la anormalidad que se oculta en la supuesta “normalidad” de nuestro mundo. Vivimos ciegos en un mundo de ciegos. Caminamos en tinieblas sin saber exactamente a dónde vamos ni qué queremos. Guiados por ciegos que nos ofrecen plenitud en el tener, en el placer, nos convertimos también en ciegos guiando a otros ciegos. Instalados en la vida, con la única aspiración profunda de tener más para vivir mejor, vamos viviendo una existencia cada vez más gris, sin saber a dónde vamos ni para qué vivimos.
Vivimos programados desde fuera y ya no nos planteamos ser dueños de nosotros mismos. La sociedad de consumo, la publicidad, las modas, van decidiendo lo que ha de interesarnos, los gustos, lo que debemos comprar, usar y vestir, cómo debemos vivir. Totalmente manejados, confundimos la libertad con la capacidad de responder a los estímulos de la publicidad y del mercado; es decir, con su opuesto, con llenarnos de cadenas. Esclavos del consumo, de la apariencia, de la pasión, de las ansias de tener o de las ambiciones de poder, nos sentimos libres cuando estamos cada vez más llenos de cadenas. “Porque soy libre hago lo que quiero”, dicen muchas personas e ignoran que están así totalmente encadenados a sus caprichos, sus miedos, su flojera, su mediocridad.
La libertad es la capacidad de romper las cadenas que nos atenazan y nos impiden emprender el vuelo soberano de nuestra libertad. Libre es la persona que logra ser dueña de sí misma, la que nada ni nadie tiene poder sobre ella. Libre para ver las cosas como son y no sus meras apariencias. Para ser capaces de ver el absurdo de nuestro mundo y contemplar indignados el hambre, la miseria, la siembra de muerte y destrucción, el dolor, el vacío, la soledad. Libre para atreverse a emprender el propio camino y no dejarse llevar ciegamente por todos aquellos que nos encandilan con el fulgor falso de resplandores artificiales para podernos llevar a donde quieren.
Esta es la temática desarrollada magistralmente por José Saramago en su novela Ensayo sobre la ceguera1: Un hombre que está esperando que cambie la luz frente a un semáforo en rojo, se queda súbitamente ciego. Es el primer caso de una “ceguera blanca” que se expande por todas partes de manera fulminante. Recluidos en una serie de campamentos o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse con lo más primitivo de su naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio. La novela es una aterradora parábola de los tiempos que estamos viviendo. Cegados por la ambición, el egoísmo, la envidia, la cobardía, el consumismo…, dejamos de ser personas y actuamos por instinto. En el mundo impera una especie de darwinismo social, la sobrevivencia del más fuerte o el más astuto y parece haberse impuesto el grito de “sálvese el que pueda”. Estando ciegos, creemos verlo todo con claridad y con realismo. Nos autoengañamos y pensamos que nuestra visión de la realidad -que además no es nuestra, sino la que nos imponen los medios y los mercaderes del mundo-, es “la” visión de la realidad. No vemos: vivimos engañados en la mentira. “La verdad les hará libres”, nos dice Jesús. Vivir en verdad supone caer en la cuenta de que estamos ciegos. Pero para poder recobrar la visión, debemos aceptar nuestra ceguera y querer salir de ella.
Para ello, es preciso que hagamos un alto en nuestro ajetreado caminar y nos preguntemos con valor y sinceridad a dónde vamos, a dónde queremos ir, qué queremos, para qué vivimos. Para salir de la ceguera y recuperar la visión, necesitamos aprender a cerrar los ojos. Sólo con los ojos cerrados podremos conocernos y encontrarnos con nosotros mismos. Pero nos da miedo conocernos; le tenemos pánico al silencio, a la reflexión, a la supuesta oscuridad del recogimiento que es de donde brota la luz verdadera. Por eso, nos dispersamos, nos llenamos de trabajos, nos perdemos en el ruido, en el bullicio, nos la pasamos huyendo de nosotros, de la vida.
“Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve bien con el corazón”, nos dice Saint Exupery en El Principito. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un viejo refrán. Pero el refrán es aún más verdadero al revés: “Si el corazón no siente, los ojos no son capaces de ver”. Es el corazón el que enseña a los ojos a ver. De hecho, muchos pasan frente a la miseria, el hambre, el dolor y la explotación y no son capaces de verla porque son ciegos de corazón.
Necesitamos con urgencia aprender a cerrar los ojos para mirar con el corazón. Sólo así podremos reencontrarnos con nosotros mismos y con los demás y recuperar la esperanza y el amor. La tarea de los educadores, en especial de los educadores cristianos debe ser, como la de Jesús, dar vista a los ciegos, quitar las vendas de los ojos para que puedan abrirse a la realidad. Pero esto sólo será posible si educamos la mirada2, si aprendemos y enseñamos a ver con los ojos del corazón, ojos compasivos, misericordiosos, vueltos al dolor y el sufrimiento de los demás.


I. 1.-De la muerte de Dios a la muerte del espíritu
La modernidad estaba convencida de que el progreso científico haría desaparecer a Dios como una hipótesis superflua e innecesaria. Dios y las religiones tenían los días contados pues sólo se justificaban en los estadios precientíficos como explicación de lo que todavía la ciencia no había podido comprender. De ahí que la modernidad fue atea, o mejor, antitea. Se opuso a Dios por considerarlo un impedimento para la grandeza del hombre. Si Dios existe no puedo existir como persona porque él me reduce a la condición de objeto. Hay que elegir entre Dios o yo: Si yo quiero ser libre, autónomo, tengo que negar a Dios. Todas las grandes filosofías de la modernidad (marxismo, existencialismo, positivismo…) en defensa de la autonomía del hombre, combatieron la idea de Dios.
Hoy, pasados los fervores de los ateísmos militantes y de los desgarrados anuncios de la muerte de Dios, estamos hundidos en un pragmatismo descarnado, que se traduce en una especie de agnosticismo light : No sé si Dios existe o no, pero en todo caso no lo necesito: vivo como si no existiera. ¿Para qué preocuparse de aquello que carece de respuestas claras y, sobre todo, de utilidad práctica? La fe en Dios es algo íntimo, personal, que, incluso para la mayoría de los que se confiesan creyentes, tiene muy poco que ver con la vida concreta, con la conducta de las personas, con los valores. De hecho, es bien difícil averiguar si uno es creyente o no si analizamos su comportamiento.
Del anuncio de la muerte de Dios, estamos avanzando aceleradamente a la muerte del hombre, a la muerte del espíritu. Si bien no es totalmente cierta la expresión de Dostoievski “Si Dios no existe, todo está permitido”, pues hay excepciones y algunos ateos son profundamente éticos, sí es verdad que el debilitamiento de la fe está llevando a una vida trivial, a un profundo relativismo ético, a la muerte creciente del espíritu incluso entre los creyentes.
El mundo ha dejado de tener sentido, se ha convertido en una pregunta tan infinita como angustiante, y que por ello muy pocos osan ya plantearse. Privados de la Verdad que la divinidad aseguraba, los hombres se han visto abocados a la inmediatez absurda de las cosas, a una existencia desarraigada y “light”. En palabras de Pagola, “sin relación viva ni consigo mismos ni con los demás ni con Dios, poco a poco van cayendo en la trivialidad y el empobrecimiento personal. Esta carencia de interioridad impide a muchos construir su vida de forma digna y gozosa, desarrollando las energías y posibilidades que en ellos se encierran. Unos construyen solamente su fachada exterior, pero por dentro están inmensamente vacíos. Son personas que apenas dan ni reciben nada, simplemente se mueven y giran por la vida. Otros construyen su vida de manera falsa, desarrollan un ‘yo’ fuerte y poderoso, pero inauténtico. Ellos mismos saben en lo secreto de sí mismos que su vida es apariencia y ficción. La existencia humana se hace insoportable cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad. Por lo general, el estilo de vida impuesto por la sociedad moderna aparta de lo esencial, impide a las personas descubrir y cultivar lo que son en potencia, no les deja llegar a ser ellas mismas, bloquea la expansión libre y plena de su ser. Para crecer, la persona necesita adentrarse en su misterio y llegar al corazón de su vida, allí donde es total y sólo ella”3.
Hoy, necesitamos con urgencia recuperar la espiritualidad. Todavía la mayoría de las personas está atrapada en esa concepción dualista que opone cuerpo y espíritu, material y espiritual. En el uso corriente de la lengua, la palabra espiritual se usa para expresar lo opuesto a material, corporal, temporal. Ser espiritual es sinónimo de evasión, alienación, renuncia al goce y al disfrute de la vida y del cuerpo. Es dedicarse a las cosas “divinas”, al rezo, a las actividades religiosas, pasársela en la iglesia, huir del compromiso, de la vida. En esta concepción, la espiritualidad tiene muy poco que ver con las actividades cotidianas, como el cocinar, el enseñar, el gobernar, con la vida familiar, con la sexualidad, con la educación de los hijos, con la política, con la diversión, con el ocio. Todo esto son cosas “mundanas”, que no tienen nada que ver con lo espiritual. De ahí que cuando oímos hablar de que una persona es espiritual, enseguida pensamos en una persona lánguida y rezandera, que se mueve entre prácticas religiosas muy frecuentes, que parece vivir allá arriba, en las nubes, poco preocupado y menos ocupado de la vida cotidiana, de los problemas de este mundo, de la materialidad de la existencia. Es una persona que parece haber renunciado a su misión de sujeto histórico, de constructor de vida, de recreador permanente del mundo y vive refugiado en una interioridad lánguida, preocupado por su salvación, quejándose tal vez de lo mal que está el mundo, pero sin comprometerse con valor en su cambio y transformación.
Estos conceptos de espíritu y espiritualidad como realidades opuestas a lo material, a lo corporal, a lo mundano, provienen de la cultura griega, que hemos asimilado con naturalidad y que han condicionado toda nuestra visión de lo espiritual. Para el pensamiento bíblico, espíritu no se opone a materia, ni a cuerpo, sino a maldad (destrucción); se opone a carne, a muerte (la fragilidad de lo que está destinado a la muerte); y se opone a la ley (imposición, miedo, castigo). En este contexto semántico, espíritu significa vida, construcción, fuerza, acción, libertad. El espíritu no es algo que está fuera de la materia, fuera del cuerpo, o fuera de la realidad real, sino algo que está dentro, que inhabita la materia, el cuerpo, la realidad, y les da vida, los hace ser lo que son; los llena de fuerza, los mueve, los impulsa; los lanza al crecimiento y a la creatividad en un ímpetu de libertad4.
En hebreo, la palabra espíritu, ruah, significa viento, aliento, hálito. El espíritu es como el viento: ligero, potente, arrollador, impredecible…Es como el hálito de la respiración: quien respira está vivo; quien no respira está muerto. El espíritu no es otra vida sino lo mejor de la vida, lo que le da vigor, la sostiene y la impulsa.
En eso consistió precisamente Pentecostés, la llegada del Espíritu, que se expresó como fuerza y fuego, como huracán arrollador, que cambió a unos asustados apóstoles que estaban con las puertas trancadas por temor a los judíos, en unos testigos valientes, llenos de ímpetu y creatividad, que salieron a proclamar con valor y convicción a Jesús Resucitado, el grano de trigo que murió para dar vida, el “Hombre que venía de Dios”5. El espíritu los llenó de valentía, transformó su corazón acobardado, los hizo vencedores del miedo y de la muerte, los convirtió en comunidad misionera, que se lanzó a anunciar al mundo entero a Jesús Resucitado. .
Ahora sí podemos entender que cuando decimos que una persona es espiritual estamos hablando de una persona “con espíritu”, valiente, comprometida, que se enfrenta sin miedo y con pasión a todo lo que ocasiona muerte y destrucción, a todo lo que encadena la vida y atenta contra ella, contra la plenitud de la vida. El espíritu es fuerza de vida que nos libera del desencanto y de la mediocridad. Cuanto más conscientemente vive y actúa una persona, cuanto más cultiva sus valores, su ideal, su mística, sus opciones profundas, su utopía, más espiritualidad tiene.
La persona espiritual es aquella capaz de enfrentarse con valor al misterio de su propia existencia, la que no elude sino que trata de responder con profundidad las preguntas esenciales de ¿quién soy?, ¿cuál es mi proyecto de vida?, ¿cómo me considero una persona realizada y feliz? Por lo contrario, una persona sin espíritu es una persona sin ánimo, sin pasión, sin ideales, que vive encerrada en una vida mediocre y sin horizontes, sin proyecto, sin preguntas, que se pierde en el anonimato del rebaño, que se deja guiar por la televisión , las propagandas y los mercaderes de ilusiones falsas..
Es en este sentido que venimos diciendo que de la muerte de Dios, avanzamos a pasos gigantescos a la muerte del espíritu, porque la actual cultura propone la banalidad, el descompromiso, la trivialidad, como horizontes de vida. Es una cultura que reduce la libertad a la posibilidad de elegir entre un número cada vez más inverosímil de productos o canales; llama amor al sexo sin compromiso y reduce la felicidad a “pasarlo bien” o “salir de compras”.
Todos necesitamos llenarnos de cosas para tapar nuestro vacío interior y nuestra creciente soledad. Hemos conquistado el espacio exterior y hemos penetrado en las profundidades de la tierra y de los océanos, pero cada día hay más miedo a entrar en nuestro espacio interior y penetrar en las profundidades de nuestro corazón.
El desarrollo de la ciencia moderna y de la técnica ha introducido un modo de ser y de pensar que sólo miran a la eficacia, el rendimiento y la productividad. Como plantea Pagola, cada vez parece interesar menos lo que pueda hacer relación al sentido último de la existencia, al destino del ser humano, al misterio del cosmos o lo sagrado. Se ansía vivir cada vez más, cada vez mejor, cada vez más intensamente, pero sin plantearse qué significa vivir intensamente, cuál es el sentido último de la existencia, de una existencia en plenitud. La lucha por la vida, la competencia despiadada, la presión continua, están llevando a muchos a la asfixia y el ahogo espiritual. Está sociedad donde el estrés y el infarto han llegado a ser el símbolo de todo un modo de vivir, corre el riesgo de ir perdiendo el alma y el espíritu
Preocupados por el sinsentido de nuestro mundo y con la intención de generar un debate sobre el tema, Álvaro Mutis y Javier Ruiz Portella lanzaron su provocador “Manifiesto contra la muerte del espíritu”6:
El Manifiesto no pretende denunciar políticas gubernamentales, ni repudiar actuaciones económicas, ni protestar contra específicas actividades sociales. Contra lo que se alza es contra algo mucho más general, hondo… y por lo tanto difuso: contra la pérdida de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea… contra la reducción de dicho sentido a la función de preservar y mejorar la vida material de los hombres. Trabajar, producir y consumir: tal es todo el horizonte que da sentido a la existencia de los hombres y mujeres de hoy…Producir y consumir: tal es nuestro santo y seña. Y divertirse: entretenerse en los pasatiempos (se denomina con acertado término “actividades de ocio”) que la industria cultural y los medios de comunicación lanzan al mercado con objeto de llenar lo que, sólo indebidamente, puede calificarse de “vida espiritual”; con objeto de llenar, más propiamente hablando, lo que constituye ese vacío, esa falta de inquietud y de acción que la palabra ocio expresa con todo rigor…
Lo que nos mueve no es la inquietud ante la muerte de Dios, sino ante la del espíritu: ante la desaparición de ese aliento por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo como entidades orgánicas. La inquietud que aquí se expresa es la derivada de ver desvanecerse ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo; esa ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su interrogación ante el portento del que ninguna razón podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan; estén dotados de sentido y de significación. ¿Para qué vivimos y morimos nosotros: los hombres que creemos haber dominado al mundo…, el mundo material, se entiende? ¿Cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros símbolos…, estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían? ¿Cuál es nuestro destino? Si tal es la pregunta que cimienta y da sentido a cualquier civilización, lo propio de la nuestra es ignorar y desdeñar tal tipo de pregunta: una pregunta que ni siquiera es formulada, o que, si lo fuera, tendría que ser contestada diciendo: “Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”. Carecer de destino, estar privados de un principio regulador, de una verdad que garantice y guíe nuestros pasos: semejante ausencia –semejante nada- es sin duda lo que trata de llenar la vorágine de productos y distracciones con que nos atiborramos y cegamos. De ahí proceden nuestros males. Pero de ahí procede también –o mejor dicho: de ahí podría proceder toda nuestra fuerza y grandeza: la de los hombres libres…, de los hombres que buscan, se interrogan y anhelan: sin rumbo ni destino fijo. Libres, es decir, desamparados. Sin techo ni protección. Abiertos a la muerte. (…)
Aún más angustioso que la propia muerte del espíritu, es el hecho de que, salvo algunas voces aisladas, dicha muerte parece dejar a nuestros contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias…Desvanecido el talante inquieto y crítico que honró antaño a la modernidad, entregado nuestro tiempo a las exclusivas manos de los señores de la riqueza y del dinero –de ese dinero cuyo espíritu impregna por igual a sus vasallos-, sólo queda entonces la posibilidad de lanzar un grito, de expresar una angustia. Tal es el propósito del presente Manifiesto, el cual, además de lanzar dicho grito, también pretende posibilitar que se abra un profundo debate.
Esbocemos una última cuestión, quizá la más decisiva. Toda la desespiritualización aquí denunciada está íntimamente relacionada con lo que cabría denominar el desencanto de un mundo que ha realizado el más profundo de los desencantamientos: ha aniquilado a las fuerzas sobrenaturales que, desde el comienzo de los tiempos, regían la vida de los hombres y daban sentido a las cosas. No hace falta insistir en la necesidad de dicho desencantamiento para explicar los fenómenos físicos que conforman el universo. Imprescindibles resultan para ello las armas de una razón cuyas conquistas materiales (tanto teóricas como prácticas) están sobradamente probadas. Ahora bien, ¿no son estas mismas armas y estas mismas conquistas las que lo pervierten todo, cuando, dejando de aplicarse a lo material, intentan dar cuenta de lo espiritual? ¿No es el poder de la razón el que lo reduce todo a un mecánico engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades, cuando pretende encarar la significación del mundo, cuando intenta enfrentarse al sentido de la existencia? El fondo del problema, ¿no estriba en este desmesurado poder que se ha atribuido el hombre al proclamarse no sólo “dueño y señor de la naturaleza”, sino también dueño y señor del sentido?”.
Esta desespiritualización que denuncian vigorosamente Mutis y Ruiz Portella ha penetrado también con fuerza en el cristianismo que se ha convertido más en una doctrina, en unas prácticas de ciertas actividades religiosas, que en un modo de vida con espíritu. La mayoría vivimos una fe sin fuerza, sin espíritu, que no transforma profundamente la vida. No aceptamos la revolución de Jesús, la conversión profunda del corazón. No somos testigos, presencia viva del espíritu de Jesús en el mundo. No nos atrevemos a jugárnosla en serio, no estamos dispuestos a “perder la vida, para ganarla”. Perder la vida, según la visión ciega del mundo. Perder la vida, como Jesús la perdió, para ser fecundos, para dar vida.
Decimos que aceptamos el evangelio pero tenemos el corazón atrapado por los valores de este mundo. Nos proclamamos seguidores de Jesús Resucitado, pero conservamos los valores de los que lo crucificaron. Por eso, no nos distinguimos demasiado de los no-cristianos, y con frecuencia, muchos de ellos son más generosos, serviciales, comprometidos que nosotros.
Somos cristianos sin fuego, sin alegría profunda, sin espíritu. Hemos hecho de Jesús, un personaje “light”, edulcorado; vivimos un cristianismo “light”, sin verdaderas exigencias. Algunos, en estos tiempos en los que es tan fácil vocear un profundo espíritu revolucionario, pretenden utilizar a Jesús para imponer su proyecto político, y se esfuerzan por convertirlo en una especie de guerrero, en ese Mesías Glorioso y Triunfante que Él con tanta insistencia rechazó. Es la tentación del Mesianismo, tan presente siempre en la historia del cristianismo: Poner a Dios a nuestro servicio (o al servicio de la Iglesia) para que se haga nuestra voluntad, no la suya.
De ahí la necesidad de analizar qué espíritu mueve nuestras vidas, cuáles son sus frutos. ¿Son paz, alegría, generosidad, servicio; o más bien envidia, egoísmo, violencia, ansias de poder o de figurar? El Espíritu de Jesús libera de todas las cadenas internas (egoísmo, comodidad, miedos, ansias de tener o de poder…), nos rescata de la esclavitud y nos abre al horizonte luminoso de una vida plena de hijos y de hermanos
De ahí también el crecimiento desmedido, en estos tiempos de postmodernidad y de vida “light”, de una religiosidad difusa, sin verdadero compromiso ni disposición a cambiar de valores y de vida, que se expresa fundamentalmente en la proliferación de todo tipo de devociones. Religiosidad que no nos mueve a cambiar de vida, sino a encontrar consuelo, fuerza, esperanza para seguir en la misma vida mediocre o antievangélica. Pedro Trigo nos describe muy acertadamente este tipo de religiosidad descomprometida7:
Las prácticas devotas incluyen siempre el rezo de oraciones, que suelen ir acompañadas de diversos gestos como persignarse, mirar y tocar el santo, hincarse de rodillas ante él, cantar; aunque no pocas veces lo más característico es alguna acción como prender una candela al santo, visitarlo en su santuario, llevarle flores, cargar su imagen en una procesión, cargar una estampa, y besarla o frotarla contra el corazón”.
Esta religiosidad de las devociones se propaga capilarmente, por contaminación y contagio de devotos y encuentra en Internet un medio propicio de propagación rápida: El buzón de correo electrónico es invadido por cadenas de oraciones, por ofertas de soluciones milagrosas de los problemas, con ruegos de no romper la cadena y ofertas de beneficios si uno cumple lo que se le pide y se convierte en un eslabón más de la cadena.
La religión se asume como una especie de transacción con Dios o con los santos: me porto bien, prendo una vela, doy limosna, me sacrifico… y así compro su voluntad, me conceden los favores que les pido, resuelvo mis problemas, me ayudan a sentirme bien. Dan ayuda puntual, consuelan, reconcilian; llevan a otro mundo y uno regresa confortado, aliviado.
El fin de las devociones o prácticas religiosas es siempre lograr algún beneficio, implorar la protección, el perdón, la paz. La religiosidad se vive como una experiencia gratificante, proporciona un refugio para huir del sinsentido y la banalidad de nuestro mundo. Uno no se pregunta si se ha encontrado con el Dios verdadero, ni qué exige ese encuentro, sino si lo que hago me estimula, me alivia, me anima.
Es, en definitiva, una utilización de la religión en mi provecho o beneficio. Más que disponerme a cumplir la voluntad de Dios, espero y suplico que Dios cumpla la mía.


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