La noviolencia como alternativa política (*)



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Hasta la polémica Intifada palestina tiene algunos rasgos comunes a ésta: resistencia al «mal», desobediencia civil, no-cooperación, boicot económico, etc. Precisamente, llegamos a la conclusión de que su estudio teórico es de mucho interés, porque se mueve en un terreno ambiguo y movedizo en la práctica: mediante el uso de la violencia de una forma moderada, limitada y calculada; y, porque estaba protagonizada por actores muy singulares: fundamentalmente niños.64

En cualquier caso, como hemos dicho, toda lucha de liberación nacional ha tenido que beber de algunas de las fuentes doctrinales de la teoría política de la noviolencia para poder triunfar.

7.2. La lucha contra los regímenes dictatoriales y totalitarios.


También ha destacado la noviolencia por la lucha contra los regímenes dictatoriales y totalitarios. Siendo éstas, posiblemente, algunas de las etapas más duras y dolorosas de cualquier acción noviolenta, puesto que este tipo de gobiernos no suelen tener muchos escrúpulos: amparándose en la violencia de estado para cometer toda forma de guerra sucia contra defensores de derechos humanos o demócratas en general.

En estas circunstancias, como señala Sharp, las metodologías de la lucha –sin cambiar sustancialmente–, han de cuidar estos adversos contextos, procurando un trabajo en pequeñas células o grupos, una innegable clandestinidad, la máxima de las atenciones para evitar sistemas de represalias inútiles, o barajar con la mayor de las cautelas una acción de masas porque un fracaso puede conducir a una situación manifiestamente más violenta que la de partida.

Una de las etapas más interesantes, para su estudio, se desarrolló durante la ocupación militar de Europa por los regímenes nazi y fascista de Alemania e Italia. En este sentido, la historiografía se ha dedicado a subrayar a los movimientos de Resistencia, especialmente a los que llevaron a cabo métodos armados como los protagonistas principales y, hasta únicos –además de los ejércitos aliados– en este tipo de lucha underground. 65 Y, sin embargo, son menos otros episodios protagonizados por la Resistencia noviolenta.

Así, por ejemplo, los esfuerzos de los enseñantes noruegos contra la nazificación emprendida en las escuelas por su gobierno colaboracionista (1942). La no-cooperación de los daneses con los funcionarios nazis para hacer más dificultosa la persecución de la comunidad de judíos (1943). Esto mismo ocurrió en Bulgaria (1942-44). O, los actos de rebeldía de los universitarios dirigidos por Aldo Capitini en Italia (1944)66.

Tras la guerra mundial, especialmente en la Europa del Este, la Europa comunista, los casos de la República Democrática de Alemania (1953), Hungría (1956-57) y Checoslovaquia (1968). Para todos estos casos, además de estar presentes profundos sentimientos nacionales y culturales que marcaron hitos importantes para el futuro, fueron las primeras huelgas generales y boicots en regímenes de socialismo real en los que no sólo se movilizaron obreros, sino estudiantes, amas de casa e, incluso, funcionarios descontentos con las formas esclerotizadas y sovietizadas alcanzadas. También resultó de vital importancia para estos movimientos de masas noviolentos el difícil juego de los equilibrios de la guerra fría, así como la presión de la opinión pública internacional, lo que hizo fracasar políticamente los levantamientos pero, a cambio de demostrar la gran debilidad ideológica del estalinismo sobre el que se sustentaba el poder soviético.67

Años después, en la Polonia de la década de los ochenta, el sindicalismo libre concentrado en Solidarnosc supo combinar tradiciones nacionales y sentimientos religiosos, junto a nuevas estructuras sindicales y la acción de masas urbanas descontentas con la evolución económica del régimen. Un movimiento que, aunque surgió mal organizado, pronto adquirió una gran fuerza no sólo por las robustas convicciones religiosas de sus líderes (como Lech Walesa), sino muy especialmente por el eco y el apoyo internacional occidental recibido desde el primer momento. Pero, indudablemente, la estrategia noviolenta no hubiera tenido tanto éxito si no se hubiera sabido combinar con apelaciones históricas tradicionales y nostálgicas, junto a modernas apelaciones a ideales democráticos y antisoviéticos sobre derechos humanos, libertades, etc.. La cuestión polaca ayudó a precipitar el derrumbe de los regímenes comunistas, porque tal experiencia alimentó esperanzas en viejos grupos políticos de disidentes y jóvenes generaciones ansiosas de cambios sociales.68

El año 1989, supuso el mayor despliegue de masas que de una manera más o menos espontánea ocupó embajadas extranjeras buscando un visado; cruzó las fronteras en dirección a Occidente; o, simplemente, comenzó a resistirse o a desobedecer órdenes de sus gobiernos. El desconcierto generalizado, posiblemente, podría haberse restituido con medidas de fuerte represión, pero ello no hubiera hecho sino deslegitimar aún más las reformas (glasnost y perestroika) emprendidas por Moscú. Sin duda, parece que jugó un papel destacado la tenaz experiencia organizativa de la disidencia simbolizada por intelectuales disidentes como Andréi Sajárov o Václav Havel. La creciente resonancia de los derechos humanos entre la población civil como el movimiento Carta 77. También, como no, la presión de Occidente en la Conferencia de Helsinki de 1975 o los Estados Unidos de Reagan con la guerra de las galaxias. Así como la acostumbrada ineficacia gubernamental. El resultado fue que la caída del telón de acero se hizo de la manera menos esperada: con actos de desobediencia, de resistencia, de no colaboración y de boicot, es decir, mediante acciones noviolentas

Al calor de los acontecimientos europeos, importantes y dinámicos sectores de la disidencia china (movimientos de la Democracia del Muro o el Movimento Beijing) intentaron minar las bases del poder totalitario y desafiar a las autoridades comunistas. Tian’an Men, sin embargo, no contó con los suficientes apoyos internacionales, ni los sectores sociales e intelectuales que sostuvieron las concentraciones de estudiantes habían hecho un trabajo previo de concienciación –en la noviolencia y los derechos humanos– con otros potenciales apoyos sociales y políticos. No obstante, a pesar de la posterior represión y del final brusco del movimiento, un gigante como China, su gobierno inflexible y las viejas estructuras estatales comunistas estuvieron a punto de tambalearse por la sola persistencia de miles de estudiantes concentrados en una plaza, así como por el miedo gubernamental a la pérdida del consenso, a las paradojas de toda represión, al solo hecho de la desobediencia y, especialmente, a que ésta fuese transmitida a través de las 625 líneas a todo el mundo.

En otras geografías y dictaduras, como en Latinoamérica, los movimientos sociales que se han apoyado en metodologías noviolentas han causado una notable solidaridad internacional. Su trabajo se ha sostenido en la reivindicación de las libertades y en la defensa de los derechos humanos. Una labor en muchas ocasiones callada, concienzuda y constante. La cuestión de los desaparecidos, entendida desde la noviolencia como una lucha por la recuperación de la memoria de las víctimas, por la búsqueda de la verdad y de la justicia, por evitar la impunidad ética y política y por construir una reconciliación sobre bases duraderas y sostenibles ha centrado buena parte del quehacer de asociaciones como el SERPAJ (Servicio de Paz y Justicia), las asociaciones sustentadas por las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, o las BIP (Brigadas Internacionales para la Paz).69

Asimismo, el caso de Filipinas contra la dictadura de Marcos, ha constituido un ejemplo histórico de este tipo de activismo. Tanto las acciones previas desde el exilio de Benigno Aquino, como posteriormente el liderazgo ejercido por su viuda, Corazón Aquino, atrajeron hacia la noviolencia a grandes masas que demostraron una gran capacidad de disciplina para derribar ordenadamente una dictadura con varias décadas de vida. Este hecho modélico se ha denominado por la historiografía como el Poder del Pueblo, es decir, el poder de transformación política y radical de unas masas que –durante la dictadura– estaban habituadas a comportamientos pasivos, obedientes y desmovilizados, se transformó en nuevas actitudes: activas, comprometidas y exigentes. Ese proceso complejo de conversión que derribó una dictadura, permitió una más fácil andadura hacia la democratización del país, todo ello bajo consignas y acciones noviolentas. Asimismo, la concienciación de muchos agentes sociales (asociaciones políticas, agrupaciones de vecinos, iglesias –católica y protestante–, etc.) en una dirección noviolenta del cambio fue decisiva.70

7.3. La reivindicación de derechos y libertades.
Muchas de las reivindicaciones de derechos y libertades han sido también dirigidas a través de acciones noviolentas. Durante la lucha gandhiana el programa de apoyo a los Harijan (Hijos de Dios), esto es, los intocables, los parias, la «escoria» de la sociedad india fue un buen ejemplo. Asimismo, precedentes importantes especialmente durante el siglo XIX, entre los grupos de cuáqueros que lideraron la abolición de la tenencia y mercado de esclavos; así como muchos movimientos feministas en su lucha por la obtención del voto y la igualdad civil. La contestación de una parte del populismo ruso en favor del campesinado o la defensa de las libertades religiosas de los dukjovores por una figura como Tolstoi contra la Rusia zarista. La historia de los grupos de objeción de conciencia contra la conscripción y la guerra. La incorporación activa de la noviolencia a grupos católicos y sindicales a través de Dorothy Day, o la lucha por la dignidad de los chicanos del líder campesino César Chávez.71

Si bien no todos estos casos son profundamente conocidos, posiblemente las actividades más extendidas y publicitadas hayan sido las campañas por la obtención de los derechos civiles que se fraguaron en los Estados Unidos de América en los años 50 y 60, bajo el liderazgo del ministro baptista Martin Luther King y de una serie de organizaciones muy activas (la Asociación Nacional para la Promoción de la Gente de Color, el Congreso para la Igualdad Racial o el Comité Estudiantil de Coordinación No violenta) entroncadas con movimientos religiosos (La Conferencia de Líderes Cristianos del Sur o la Alianza de Ministros Baptistas) y ramificaciones y expresiones muy singulares de la cultura afroamericana. Desde el boicot a los autobuses de Montgomery en Alabama, a las campañas en otros estados del Sur por la integración en el sistema escolar, la obtención del voto, las políticas de incorporación de la comunidad negra a servicios sociales y asistenciales, etc., consiguieron en sólo una década, más que los cien años que habían transcurrido desde el final de la guerra civil –si bien no es menos cierto porque existieron condiciones estructurales para ello–. Y, aunque en estas acciones no dejó de haber violencia institucional, racial y revolucionaria, y ciertos grupos basados en éstas nacieron o se consolidaron (p.e. el Black Power o el Ku-Klus-Klan), resultan innegables los efectos políticos y psicológicos de cada una de las campañas, no sólo sobre la población negra, sino también entre muchos blancos-anglosajones.

La propia Marcha sobre Washington (agosto de 1963) marcaría el punto simbólico e histórico de no retorno de aquellas luchas. Como la Marcha de la Sal de Gandhi, la Plaza de Tian’an Men, o la Caída del Muro se convirtió en un signo asociado –en todo el mundo– a las luchas de minorías por su dignificación pero, también, dejó ver las limitaciones de muchos sistemas no sólo totalitarios, sino también en los democráticos, anunciando que la lucha noviolenta podría ensanchar sus horizontes.

La virtud del trabajo noviolento en los Estados Unidos, por parte de la población de color, resultó más efectiva de lo esperado: el problema negro se dio a conocer en todo el Planeta, los medios de comunicación transmitieron muchas de las consignas y discursos que dejaron ver con toda nitidez la violencia estructural y directa que sufría una comunidad minoritaria en el país que se sentía orgulloso de ser una de las democracias más viejas del globo. Pero, sobre todo, se vislumbraba la realización –o su comienzo– del objeto central de la noviolencia como estrategia política: el principio de la liberación comenzaba por la participación democrática, por la toma de conciencia y por el ejercicio del poder ciudadano, ese había sido uno de los grandes logros, porque la política alimentaría el resto de los espacios de poder.72

Como en los Estados Unidos de los años sesenta, en otros muchos países, desde entonces, se han realizado campañas de reivindicación de derechos y libertades. Una de las más significativas en las últimas décadas han sido las luchas masivas y exitosas de naturaleza noviolenta en Sudáfrica. El esfuerzo contra el sistema del apartheid requirió una mayor movilización y continuidad, además de un apoyo firme y presión de las opiniones públicas y las ciudadanías de terceros países –especialmente de Europa occidental y de los Estados Unidos de Norteamérica–, pero con resultados francamente positivos. Símbolos como la ciudad de Soweto –el lugar del mundo más peligroso, pero a la vez más solidario– en esa lucha reflejaban las experiencias cotidianas de contra la opresión.73

Pero, si esta forma de liberación política ha sido muy clara para la ampliación de libertades y reconocimientos de minorías –o mayorías marginadas por cuestiones de raza–, también lo está siendo –desde hace tiempo– para otros colectivos o grupos sociales cuyas reivindicaciones están siempre en la ampliación de las fronteras limitativas de conceptos como la ciudadanía, la igualdad o la justicia. Y, no sólo han sido los nuevos movimientos sociales, especialmente los grupos ecologistas, feministas y pacifitas que se han convertido en un poder en movimiento. Sino, también, muchos grupos étnicos, indígenas, campesinos, homosexuales, discapacitados, mujeres, insumisos, etc., han aprendido a usar las metodologías de la noviolencia en sus protestas, ampliando su capacidad de maniobra y encontrando la solidaridad de otros muchos grupos sociales y políticos.

Así, movimientos como: el Chipko (India), Mandato por la Paz (Colombia), Gay Rights (Estados Unidos), Greenham Common (Inglaterra), Movimiento Perugia-Asís (Italia), Las Abejas (México), por tan sólo ofrecer media docena de ejemplos, son una muestra de la importancia que está adquiriendo la noviolencia dentro de la lucha por los derechos civiles y políticos.

Es en estos campos donde la noviolencia se entrecruza con la teoría de los derechos humanos, y donde las acciones y campañas de desobediencia, boicot o desaprobación a los sistemas políticos, económicos y sociales imperantes buscan –en una lucha desde dentro de los mismos sistemas– ensanchar la capacidad y potencialidad de la democracia; el reparto equitativo de recursos, bienes y riquezas; el reconocimiento de la diferencia, etc. Actúan como auténticos grupos de presión, si bien es cierto que desigualmente organizados y no siempre coincidentes en sus fines programáticos.

8.- EL FUTURO DE LA NOVIOLENCIA
Como hemos podido ver, existen múltiples obstáculos y dificultades para que se coronen con eficacia muchas formas de insurrección o, simplemente, de protesta, contra dictaduras, sistemas totalitarios, democracias formales, cumplimiento de derechos humanos, reconocimiento de minorías, etc.; pero, también, sabemos que no son imposibles y que además muchas han sido luchas históricas con éxito

En muchas ocasiones los continuados años de represión sobre las poblaciones civiles han acabado limitando las posibilidades de las oposiciones, conduciendo a la desesperación de éstas, o a la falta de fortalecimiento social que merma la capacidad de empoderamiento de una sociedad, siendo éste uno de los elementos claves para debilitar a las dictaduras según la teoría política de Sharp, el cual –como se sabe– mantiene una concepción plural del poder.

Igualmente, se hace muy problemática la utilización de la noviolencia entre aquellos pequeños grupos o minorías étnicas que pretenden utilizarla para poner de manifiesto las situaciones de injusticia y atropellos que soportan, dado que les resulta muy complejo establecer simpatías y denunciar los prejuicios sociales que sobre ellos han recaído históricamente, rompiendo con ello muchos círculos de incomprensión, olvido e indiferencia.

Tanto más si se trata de grupos indígenas extremadamente dependientes del exterior o con economías muy empobrecidas cuyos umbrales de resistencia y supervivencia están de antemano muy mermados, en este caso parece plausible que una lucha prolongada se les hace insoportable si no es con un apoyo solidario y continuado del exterior.

Al contrario ocurre para ciertos gobiernos militaristas (como la Junta salvadoreña en los años 80) cuyas economías nacionales han podido ser mantenidas artificialmente por el apoyo recibido por potencias aliadas (como los Estados Unidos de Norteamérica), dificultando aún más el trabajo noviolento de grupos opositores.

Otra cuestión amenazadora para la lucha noviolenta ha sido la tendencia a la privatización de algunos aparatos de seguridad y de vigilancia que, de hecho, ha descargado de sus obligaciones a muchos estados, legalizando en la práctica situaciones de abuso de ciertos grupos que sí se pueden permitir pagar y mantener esta forma de protección, sin tener que dar cuentas de sus acciones a las autoridades. O, también, la escalada que ello ha tenido al permitir crear, o no poder controlar, cuerpos paralelos de naturaleza paramilitar que actúan sin intervención o, incluso, con altos grados de inmunidad apoyándose en informaciones o en personas que sí pertenecen a los cuerpos policiales y militares de contra insurgencia. Así como agencias de inteligencia, academias militares y escuelas de entrenamiento han financiado programas específicos de adiestramiento y técnicas de represión alimentando la guerra sucia de muchos países en América Latina, África o Asia, que han creado una geografía del horror alimentada desde gobiernos con enormes responsabilidades políticas en el concierto internacional.

Pues bien, muchos de estos escuadrones de la muerte que han actuado deteniendo y ejecutando extra judicialmente, engrosando la lista de desaparecidos, han sido y son un poderoso instrumento de terror y violencia que menoscaba las posibilidades de lucha de la noviolencia, quiebra muchas adhesiones en defensa de los derechos humanos y degrada la lucha política hasta cotas infrahumanas. Estas formas de represión en «conflictos de baja intensidad» pretenden neutralizar a las fuerzas de oposición sin distinguir actores armados de luchadores noviolentos, consiguiendo alargar indefinidamente los conflictos pero siendo incapaces de resolverlos o interrumpirlos. Aún más, al contrario, para tratar de ser, supuestamente, más efectivos han de ir ampliando los círculos concéntricos de la represión a más sectores y niveles sociales (políticos, sindicalistas, intelectuales, académicos, religiosos, estudiantes, etc.) lo que les puede hacer caer en las «paradojas de la represión» de las que antes hablábamos («sobrepasarse puede ganar batallas pero perder la guerra»).

Como es de suponer este tipo de escaladas de la violencia han tenido efectos perniciosos y descorazonadores en las luchas noviolentas. No obstante, existen muchos elementos interconectados que dinamizados pueden contrarrestar o, incluso, detener muchos de esos efectos perversos, como: las denuncias, el apoyo y la presión internacionales; el cumplimiento de las legislaciones sobre derechos humanos y crímenes contra la humanidad; las intervenciones diplomáticas; las acciones políticas de acompañamiento; las fuerzas de interposición; las brigadas internacionales de paz (siguiendo la tradición gandhiana); además de las sanciones económicas y culturales, entre otras.

Si bien es cierto que las campañas de noviolencia han tenido como objetivos operativos centrales los estados-nación y los gobiernos que los dirigían; sin embargo, no son ni las únicas empresas abordadas, ni su único ámbito, además de el apoyo sin descanso desafiando a las autoridades estatales, también se está haciendo con instituciones internacionales y en muchos terrenos. Por ejemplo, parte de esas organizaciones y movimientos noviolentos transnacionales, han realizado campañas en favor de la mejora de las condiciones laborales de muchos trabajadores del Tercer Mundo, especialmente de niños usados como mano de obra barata. Asimismo, los movimientos ecologistas han presionado para mejorar el cumplimiento de las leyes medioambientales, han conseguido poner tasas especiales a las externalidades o, incluso, han logrado el cierre de fábricas altamente contaminantes y peligrosas. Y, algunas organizaciones no gubernamentales han conseguido negociar con organismos internacionales e intergubernamentales cuestiones de derechos humanos como la limitación de la pena capital o el control de algunos métodos de guerra como la utilización restringida de las minas anti-persona.

No obstante, el éxito o fracaso de la noviolencia en el mundo también tendrá que ver, de manera directa, con el grado de presión positiva que las sociedades civiles del Primer mundo (junto con lo que puedan hacer las del Segundo y Tercer mundo) ejerzan sobre sus gobiernos, sus parlamentos, sus sistemas de partidos, sus normas de procedimiento, sus preferencias en la enseñanza, sus códigos de valores, sus medios de comunicación, etc., para posibilitar que, al igual que el capitalismo ha logrado una dimensión global, la noviolencia consolide, también, esa dimensión como método de negociación entre poderes, como medio para disminuir la violencia existente y como forma de construcción de paz positiva. Para que sea mucho más que una esperanza o una expectativa para todos aquellos grupos y sociedades que sin dejar de buscar la justicia renuncian a alcanzarla por la vía de la violencia.

Por último, otro de los ámbitos donde las acciones y las conductas de la noviolencia tendrán más futuro se han desarrollado, en los últimos tiempos, mediante el sostén de políticas alternativas tales como una nueva cultura para la construcción de la paz; una educación fundamentada en un sistema de valores democráticos y sostenibles; en la crítica a modelos energéticos no renovables o altamente peligrosos para las generaciones presentes y futuras (incluida la energía nuclear); en una defensa del medio ambiente; en un uso más racional de los recursos y de nuestra relación con la naturaleza (entre otras con formas como el vegetarianismo, la permacultura); en la incorporación de la ética a la experimentación con animales; en modelos de defensa completamente diferentes a los actuales (defensa popular noviolenta, control y limitación progresiva de armamentos –tanto convencionales como no convencionales–); así como a todas las campañas humanitarias que se han basado en una extensión seria y real de los derechos humanos (contra la tortura y la pena de muerte; por la restitución de la justicia en situaciones de violaciones sistemáticas; por el apoyo a las mujeres en zonas de conflictos; por el amparo a los refugiados; por las campañas sanitarias y alimentarias en países necesitados, etc.).

Algunas de estas reivindicaciones son viejas y tienen años de maestría y experiencia sobre las espaldas de muchos activistas y teóricos de la noviolencia. Tan sólo expondré algunos ejemplos para ilustrar cómo desde muchos campos y geografías ha existido y existe un trabajo constante de difusión, cimentación y experimentación.

Por ejemplo, Italia puede ser un buen ejemplo de lo mucho que se puede hacer en el futuro desde la noviolencia. Recojo tres casos. La lucha por la integración de los marginados, llevada a cabo en Sicilia en los primeros años 50 por Danilo Dolci y su metodología (pedagogía de los marginados), que sirvió no sólo para restarle terreno a las mafias de la droga, sino especialmente para cargar de orgullo a grupos de desheredados y para encontrar instrumentos que autogestión y redención económico-social. Igualmente, el trabajo de concienciación sindical y laboral del abogado turinés, Doménico Sereno Regis, en la ciudad sede de la Fiat, trabajando en los quartieri de forma solidaria y combinando técnicas gandhianas de acción social con grandes movilizaciones sindicales (de impronta comunista) y, todo ello, mediante la noviolencia. La lucha por la modificación de las leyes sobre la objeción de conciencia al servicio militar y contra un modelo de defensa basado en el despliegue del armamentismo nuclear se dio, en esa misma década, con Aldo Capitini (un viejo luchador antifascista) y su grupo de Perugia. Sus caminatas o marchas por La Paz de Perugia a Assisi, todos los años, desde 1961 se convirtieron en un referente obligado de difusión, coordinación y debate entre grupos pacifistas, ecologistas y feministas en Italia.




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